El mapa del creador
El mapa del creador
Emilio Calderón
El mapa del creador
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PRIMERA PARTE.
Cuando ese día de octubre de 1952 leí en los periódicos que el príncipe Junio Valerio Cima Vivarini había muerto decapitado en el glaciar Schleigeiss, al pie del monte Hochfeiler, un remoto paraje de los Alpes austriacos, sentí alivio y preocupación al mismo tiempo. Consuelo porque con su muerte acababa para mí la segunda guerra mundial, a pesar de que Europa ya llevaba varios años tratando de reconstruirse a sí misma; inquietud porque la última vez que Junio conversó con Montse, mi mujer, allá por el mes de marzo de 1950, le confesó que en caso de morir violentamente recibiríamos ciertos documentos con sus correspondientes instrucciones. Y cuando Montse le preguntó a qué documentos se refería, Junio se limitó a responderle que se trataba de un secreto que no podía desvelar «por nuestra propia seguridad». Puesto que la guerra había terminado hacía más de siete años, y dado que Junio había sido un entusiasta defensor del Tercer Reich, lo último que deseábamos era vernos involucrados en sus asuntos. Al margen de las implicaciones personales que podía acarrearnos su muerte, la desaparición de Junio había tenido una repercusión enorme en todos los medios de comunicación, no sólo por tratarse de un personaje controvertido, sino por el hecho de que otro hombre, un tal Emmanuel Werba, había fallecido pocos meses antes en el mismo lugar y en las mismas circunstancias. Las decapitaciones de Junio y del señor Werba, por tanto, habían reavivado la leyenda que aseguraba que los nazis ocultaban toda clase de tesoros en los Alpes bávaros, en cantidad suficiente como para poner en marcha el IV Reich. Esos tesoros estarían custodiados por miembros de un cuerpo de elite de las SS, fieles seguidores de las creencias esotéricas del Reichsführer, Heinrich Himmler.
A los nombres de Junio y del señor Werba, había que añadir los de los alpinistas Helmut Mayer y Ludwig Pichler, cuyos cadáveres también habían aparecido mutilados en la misma región. Según contaban los periódicos, en una mina del Alt Aussee se había descubierto una galería subterránea repleta de obras de arte provenientes de toda Europa. 6.577 pinturas, 230