El mapa del creador
Capítulo 8
Hubo varias cosas que llamaron mi atención cuando ate¬rricé en el aeropuerto de Templehofer Felde. La primera fue el buen estado de conservación de las instalaciones. La se¬gunda fue la sencillez de los trámites en la aduana, debido al parecer a que toda persona que viajaba a Alemania había sido investigada y clasificada previamente (en mi caso, no sólo ha¬bía sido reclamado por la mayor empresa constructora de Alemania, sino que contaba además con un informe firmado por Dollmann en el que hablaba de mi aportación en las lí¬neas defensivas del sur de Italia). La tercera fue el ambiente de tranquilidad que se respiraba, como si la guerra fuera algo secundario. Por último, tras un breve interrogatorio en las dependencias de la Gestapo, me hicieron entrega de los vales para la comida de una semana completa, y un chofer se en¬cargó de trasladarnos hasta el centro de la ciudad.
Berlín reflejaba a la perfección el propósito de Hitler de dejar su legado escrito en «documentos de piedra». Para lo¬grarlo contaba con la figura de uno de los arquitectos más destacados de Alemania, Albert Speer. A él le fue encargada la transformación de la provinciana Berlín en la cosmopolita Germania, la nueva capital de Alemania, que habría de supe¬rar en belleza y magnificencia a ciudades como París o Viena. El proyecto, que tenía que estar concluido en 1950, incluía una avenida más grande que la de los Campos Elíseos, un gran arco de ochenta metros de altura, y una especie de pala¬cio de reuniones coronado por una cúpula de doscientos cin¬cuenta metros de diámetro. El material elegido era la piedra, puesto que los edificios habían de perdurar mil años, lo mismo que el Tercer Reich. Entre tanto, Speer se encargó de la construcción de la Nueva Cancillería provisional, un edificio monumental de dimensiones colosales que logró terminar en el plazo de un año.
Recuerdo que lo primero que me vino a la mente al con¬templar las fastuosas sedes del gobierno de la Wilhelmstrasse fue esa frase del filósofo
Arthur Moeller Van der Bruck que dice. «La monumentalidad produce el mismo efecto que las grandes guerras, los levantamientos populares o el nacimien¬to de las naciones. libera, consolida y es tan dictadora como endosadora de destinos».
La magnitud de los edificios era en efecto sobrecogedora, y buscaba empequeñecer a la persona, impresionándola e inti¬midándola. Se trataba de una arquitectura en la que destacaba la horizontalidad y la simetría, y era al mismo tiempo ampu¬losa y reiterativa. Pero como ocurría con la arquitectura fascis¬ta italiana, detrás de que aquellos edificios inexpresivos que asemejaban fortalezas, no había más que un inmenso vacío.
Otra cosa que llamó mi atención fue el hecho de que los jardines hubieran sido sustituidos por campos de cultivo, en los que crecían patatas y legumbres en vez de flores.
En el otoño de 1943, Berlín era ya la capital de una nación derrotada, a pesar de que la propaganda decía lo contrario. De hecho, mi presencia en la ciudad así lo corroboraba. La em¬presa Hochtief había solicitado mis servicios para que les ayudara a convertir la ciudad en un gigantesco refugio an¬tiaéreo, algo que entraba en contradicción con la Germania de Albert Speer.
Pese a que los controles para sofocar los movimientos di¬sidentes en el interior del país eran numerosos (por ejemplo, los guardias de bloqueo, cuya misión era vigilar casa por casa), se percibía claramente que una parte de la población no comulgaba con el nazismo. Como señaló un opositor al régi¬men, Alemania llevaba entonces una doble vida, y junto a la Alemania de las banderas con la cruz gamada, de los unifor¬mes y las columnas de soldados, divulgada hasta la saciedad por la radio y el cine, existía otra Alemania secreta muy dife¬rente, omnipresente de una manera vaga, pero palpable. De modo que se podía afirmar que Alemania se asemejaba a un palimpsesto o a una pintura retocada. si se elimina la superfi¬cie visible con paciencia y con cuidado, aparece debajo un escrito o un cuadro completamente diferente, que posiblemente se haya estropeado con el retoque o el raspado, pero que es un todo armonioso y coherente.
Han pasado nueve años desde entonces, y aún resuena en mi cerebro el sonido de las alarmas que avisaban de la llega¬da de la fuerza aérea enemiga y el ruido incesante de las bombas rasgando el cielo. A partir de mediados de noviembre, los bombardeos sobre Berlín se intensificaron.
Primero fue la Ro¬yal Air Force británica, cuyas incursiones se producían siem¬pre durante la noche. Más tarde comenzaron a surcar el cielo de Berlín las fortalezas volantes de la fuerza aérea nortea¬mericana, que preferían soltar su mortífera carga durante el día. Fue así como la ciudad se transformó en un inmenso crá¬ter, y muchas de sus calles quedaron convertidas en simples cicatrices. Dos tercios de los edificios se vinieron abajo o su¬frieron alguna clase de daño, y quienes pudieron huyeron de la ciudad.
Pero quienes no teníamos la posibilidad de abandonar Berlín, nos veíamos obligados a pasar buena parte del día y de la noche en alguna de las estaciones del metro, puesto que los extranjeros teníamos prohibido entrar en los refugios antiaé¬reos, reservados exclusivamente a personas de raza aria.
Una noche, mientras aguardaba a que cesaran los bom¬bardeos de la RAF
en uno de los túneles de la estación de me¬tro de Niederschöneweide, se me acercó un miembro de las SS de origen español. Se trataba de un ex oficial de la Divi¬sión Azul llamado Miguel Ezquerra, que había optado por permanecer en Alemania tras su disolución. Ahora formaba parte del servicio de espionaje alemán, y los nazis le habían encomendado la misión de reclutar a todos los españoles que pudiera para formar un regimiento español de las SS. Según me contó, ya había conseguido reclutar a más de un centenar, en su mayoría obreros que habían sido enviados por Franco a las fábricas de armamento, y que ahora habían perdido sus puestos de trabajo al haber sido destruidas por las bombas.
–¿Qué me dices? ¿Te apuntas? – me propuso.
–Trabajo como arquitecto para la empresa Hochtief -me desmarqué.
–No digo ahora, en este momento, sino más adelante, cuando la situación empeore.
Una bomba estalló en ese momento a escasos metros de donde nos encontrábamos, y sobre nuestras cabezas cayó una fina lluvia de polvo.
–¡Joder con el Carnicero Harris! Ésa ha caído cerca -se quejó Ezquerra.
Con ese nombre era conocido el mariscal de la RAF, sir Arthur T. Harris, entre los habitantes de Berlín. Harris se ha¬bía ganado a pulso el apodo, puesto que de él había partido la orden de sustituir las bombas explosivas de los bombarderos británicos por otras incendiarias, mucho más efectivas a la hora de quebrar la moral de la población civil y de los traba¬jadores de las fábricas.
–Vivo en Roma, y allí me espera mi familia -dije cuan¬do la calma regresó al subterráneo.
Utilicé la palabra «familia» para darle legitimidad a mi de¬seo de regresar a casa.
–Tal y como se están poniendo las cosas, tal vez no pue¬das marcharte de Berlín.
Si había algo que me angustiaba, por encima de los bom¬bardeos o de resultar herido o muerto, era pensar en la posi¬bilidad de tener que permanecer en Berlín hasta el final de la guerra, lejos de Montse.
–Si no puedo regresar a Roma, significará que la guerra está perdida para Alemania -observé a modo de consta¬tación.
–En ese caso puedes localizarme en los barracones de la empresa Motorenbau. Está muy cerca de aquí.
Desde luego me sorprendió sobremanera que estaciones como Niederschöneweide, Friedrichstrasse o Anhalter, estu¬vieran atestadas de
hombres como Miguel Ezquerra, letones, estonios, franceses, georgianos, turcos, hindúes y hasta algún inglés fascista, dispuestos a entregar sus vidas por el Tercer Reich.
Volví a encontrarme con Ezquerra durante los intensos bombardeos que tuvieron lugar entre los días 22 y 26 de no¬viembre. Iba acompañado por uno de sus subordinados. Un hombre de mirada extraviada y un tic nervioso en los párpa¬dos llamado Liborio, cuya única preocupación era mitigar el hambre, habida cuenta la escasez de comida. Si la memoria no me traiciona, el día 26, al correr la noticia de que las bombas aliadas habían destrozado e incendiado el Zoo de Berlín, el hombre dijo.
–Si nos damos prisa, tal vez encontremos un cocodrilo o un oso muerto que echarnos al estómago. Incluso es posible que ya estén asados. Es lo único bueno que tienen las jodidas bombas incendiarias, dejan la carne de los animales lista para ser consumida.
–¿Le gusta la carne de oso, arquitecto? – me preguntó Ezquerra.
–Ya he comido, gracias.
–Oh, claro, ustedes, los que viven en lugares como Unter den Linden y Alexanderplatz, comen todos los días, ¿no es así?
–Como el menú reglamentario, como todo el mundo. Co¬les, patatas…
–Se equivoca, en Berlín ha dejado de comer todo el mun¬do. Y como sigan las cosas así, pronostico que pronto nos co¬meremos los unos a los otros -
observó Ezquerra.
No me quedó más remedio que invitarles a cenar en el res¬taurante Stoeckler, en el Kurfürstendamm. Gasté de mis va¬les de provisiones ciento veinticinco gramos de carne, otro tanto de patatas, y treinta de pan, además de tres flanes químicos por los que no tuvimos que pagar nada. Los flanes químicos eran un invento de la casa I.G. Farben, que también fabricaba hue¬vos, mantequilla y otros alimentos vitaminados tras un pro¬ceso de