El mapa del creador
Capítulo 5
Aproveché un momento de descuido para entregarle el dinero a Montse, según su deseo. Aunque en realidad lo hice para ponerla a prueba.
–No, guárdalo tú -me dijo bajando la voz.
–¿Y si nos asaltan como a tu tío Jaime? – le recordé.
–¿Quién iba a asaltarnos, un príncipe con chofer, un Robin Hood fascista?
En las palabras de Montse había algo más que una simple dosis de ironía.
Su organismo había puesto en marcha los mecanismos que hacen que una persona confíe en otra sin reservas, sin otro motivo que la atracción física.
Algo que me pareció injusto por no ser yo el depositario de esa confianza.
Pero por aquel entonces, Montse era demasiado joven, y en Roma había tantos príncipes destronados como gatos callejeros. Una plaga que fuimos descubriendo con el paso de los años.
5.
Las dieciséis mil liras sólo impresionaron al secretario Olarra, que tras contar en dos ocasiones el dinero, exclamó.
–¡El Duce le daba quince mil liras mensuales a José Antonio Primo de Rivera para el sostenimiento de la Falange! ¡Y vosotros habéis conseguido vender un libro por dieciséis mil! ¡Definitivamente el mundo se ha vuelto loco!
El resto estaba ocupado en comentar un incidente que había tenido como protagonista a doña Julia, una de las «prófugas» más respetadas por sus artes culinarias. Al parecer, la buena mujer había tenido un encontronazo con el fantasma de la Academia durante la siesta. Se había tumbado a
descansar un rato como cada tarde, cuando de pronto sintió que la abrazaban unos brazos largos y transparentes de mujer desde el interior del colchón. Tras comprobar que la fuerza del abrazo le impedía levantarse de la cama, había optado por cerrar los ojos y rezar un Padrenuestro que, al parecer, es lo que hay que hacer cuando uno se ve en semejante situación.
El fantasma desapareció y doña Julia salió pitando de su habitación con el mismo terror que ánimo para divulgar su experiencia.
Para los pensionados, la historia del fantasma no era nueva; todo lo contrario, formaba parte de los entresijos de la Academia. Según unos, se trataba del espectro errante de Beatrice Cenci, una aristocrática dama romana que había muerto decapitada en el cadalso tras asesinar a su padre, el cual abusaba sexualmente de ella, y cuyo cuerpo había sido enterrado en la vecina iglesia de San Pietro in Montorio. El hecho de que su cabeza cercenada hubiera sido guardada en una urna de plata, y de que ésta hubiera desaparecido cuando las tropas francesas entraron en Roma, en 1798, habría provocado el enfado del espectro de la difunta, que ahora vagaba por las dependencias de la Academia reclamando que le fuera devuelto aquello que le había sido usurpado. Otros aseguraban que el fantasma era el espíritu de uno de los monjes que había residido en el edificio, cuando era convento de la orden franciscana. Sea como fuere, los «prófugos» habían sido advertidos de la presencia del fantasma nada más desembarcar en Roma, y era cuestión de tiempo que la sugestión les jugara una mala pasada.
Después de soportar durante más de una hora los detalles del incidente y las opiniones de cada uno (hubo quien llegó a proponer que la Academia fuera exorcizada por un sacerdote), decidí dar un paseo por el Trastévere para poner en orden mis ideas. Me embargaba un extraño sentimiento de melancólico desasosiego, y aunque me costaba reconocerlo, en mi fuero interno sabía que estaba relacionado directamente con Montse. Sentía que había algo extraño en sus ideas, que estaban muy por encima de las de otras chicas de su edad e incluso de la mía, que era siete años mayor que ella.
Siempre estaba dispuesta a disfrutar de cada momento como si fuera el último, y por ese mismo motivo era extremadamente exigente consigo misma y con los demás. Era como si la sola aparición de Junio me hubiera hecho comprender que aunque algún día llegara a tenerla, nunca se
entregaría del todo. Ésa era su naturaleza, la libertad formaba parte intrínseca de su ser más íntimo, y nada ni nadie, ni siquiera el amor más profundo, podría hacerla cambiar. Intentarlo habría sido lo mismo que encerrar un pájaro en una jaula. Junio, por tanto, no fue únicamente una amenaza, también fue la piedra de toque que me permitió conocer la verdadera esencia de Montse. En el fondo, mi relación con ella no habría sido posible sin él, al menos en los términos en los que se produjo. Sí, tal vez habría logrado un compromiso temporal, uno de esos noVíazgos adolescentes, pero jamás que a la finalización de la guerra civil permaneciera conmigo en Roma, renunciando incluso a su familia. Pero como digo, en esos momentos me sentí impelido a huir de la Academia, pensando que de esa forma conseguiría dejar atrás mis temores.
En esa ocasión descendí por la escalinata que unía San Pietro in Montorio con la Vía Goffredo Mameli. Luego tomé la Vía Bertani, crucé la Piazza San Cosimato, seguí por la Vía Natale del Grande, giré a la izquierda por San Francesco a Ripa y, sin haberlo planeado conscientemente, me encontré delante de Frontoni, un viejo y destartalado café familiar. Entré y pedí un cappuccino fredo. Don Enrico, el propietario, me contó por enésima vez que la popular modalidad de café había tomado su nombre del hábito de los monjes capuchinos, al que se parecía por la mezcla de los colores marrón y blanco. Daba igual que yo llevara cerca de dos años frecuentando aquel café, cada vez que solicitaba un cappuccino, me contaba aquella breve historia.
Durante tres cuartos de hora permanecí en silencio, absorto en mis pensamientos y bajo la mesiánica mirada del Duce, presente en el local por medio de un gigantesco cartel propagandístico, hasta que don Enrico vino a sacarme de mis cavilaciones.
–Un caballero me ha pedido que le hiciera entrega de esta nota cinco minutos después de que se hubiera marchado.
Cuando alcé la vista, me sorprendió lo mucho que don Enrico se parecía a Mussolini. Era como si todos los italianos se hubieran puesto de acuerdo para parecerse a su líder, un extraño fenómeno mimético sólo comparable al
que se da entre amo y perro.
–¿Un caballero? – pregunté sorprendido.
–Extranjero como usted.
–¿Cliente habitual?
–No, nunca había estado antes por aquí. Tenía cara de… hombre del norte -
añadió, al tiempo que su mano derecha dibujaba un garabato en el aire.
–¿De hombre del norte?
–Ya sabe, pelo rubio, ojos claros y la cara llena de pecas. Si estuviéramos en Sicilia, diría que se trataba de un descendiente de normandos, pero como no lo estamos, digo que se trata de un normando. ¿Y dónde viven los normandos? En el norte.
La lógica aplastante de don Enrico me dejó sin argumentos, momento que aprovechó para hacerme entrega de una cuartilla doblada por dos veces. Me tomé unos segundos antes de atreverme a leer su contenido. Decía.
Si quieres información sobre SMOM 60, nos vemos mañana en el cementerio protestante, a las cinco. Delante de la tumba de John Keats. Ven con la chica.
Habría tomado aquel mensaje como una broma pesada, si no hubiera sido porque mencionaba las siglas de la matrícula del coche de Junio, un detalle que había llamado mi atención desde el principio.
Desconocía quién podía haber escrito aquella extraña nota y las razones que le habían llevado a hacerlo, si bien evidenciaba que alguien más tenía conocimiento del negocio que acabábamos de cerrar con el príncipe. Pero si ese detalle resultaba sorprendente por sí mismo, no lo era menos que el