El mapa del creador
Capítulo 2
acuarelas y dibujos, 954 grabados y bosquejos, 137 esculturas, 78 muebles, 122 tapices y 1.500 cajas de libros. Había obras de los hermanos Van Eyck, de Vermeer, de Brueghel, de Rembrandt, de jalls, de Rubens, de Tiziano, de Tintoretto, y de otros muchos maestros de la pintura universal. Además, en la localidad de Redl-Zif, un soldado norteamericano había encontrado joyas, oro y seiscientos millones de libras esterlinas falsas, escondidas en cofres y graneros, con las que los alemanes pretendían colapsar la economía de Gran Bretaña de haber durado la guerra más tiempo. El plan, bautizado como «Operación Bernhard», había sido concebido por el comandante de las SS Alfred Naujocks, y fue ratificado por el propio Hitler. En julio de 1944, los nazis tenían preparados cuatrocientos mil billetes falsos, que pensaban arrojar desde las bodegas de sus aviones sobre suelo inglés. Una medida que hubiera provocado inevitablemente la devaluación de la libra esterlina y el consiguiente caos en la economía británica. Imprevistos posteriores (a esas alturas de la guerra la Luftwaffe no podía dedicar ninguno de sus aviones a otro menester que no fuera la defensa del espacio aéreo alemán) frenaron la operación, y el dinero fue escondido en Austria, donde se perdió su rastro. De modo que las muertes de Junio y del señor Werba podían interpretarse como una advertencia para aquellos que cayeran en la tentación de buscar los tesoros nazis que aún quedaban por descubrir.
Cuando terminé de leer la prensa, comencé a recordar con nitidez hechos acaecidos quince años atrás.
2.
Todo comenzó a finales del mes de septiembre de 1937, después de que don José Olarra, en su condición de secretario de la Academia Española de Historia, Arqueología y Bellas Artes en Roma, decidiera subastar un cuadro del pintor Moreno Carbonero, con el fin de recaudar fondos para el bando nacional. El adjudicatario de la subasta resultó ser un político alemán residente en Milán.
Por aquel entonces, la guerra civil española ya había cumplido su primer año, y la vida en Roma se había ido complicando con el transcurrir de los meses. Desde un primer momento, la embajada de España ante el Quirinal se puso del lado de los alzados. El director de la Academia nombrado por la República fue cesado fulminantemente, y el secretario quedó como responsable máximo de la institución. El hecho de que resultara extremadamente difícil y peligroso el Víaje desde Roma a España, fue la excusa para que nos fuera concedida una prórroga de nuestras pensiones a los cuatro pensionados que por entonces permanecíamos en la Academia.
José Ignacio Hervada, José Muñoz Molleda y Enrique Pérez Comendador, al que acompañaba su esposa, Magdalena Lerroux, comulgaban con las ideas del bando nacional; yo, en cambio, no sentía inclinación política por ninguno de los dos bandos. En compañía, pues, del secretario Olarra y de su familia, y del mayordomo de la casa, un italiano llamado Cesare Fontana, pasamos los primeros meses de la contienda.
Dada la falta de noticias de primera mano, y en aprovechamiento de la privilegiada situación topográfica de la Academia, que coronaba el monte Áureo, la embajada decidió instalar una estación de radiotelegrafía en una de las terrazas a finales de 1936, en la que trabajaban tres técnicos las veinticuatro horas del día.
Con el inicio del nuevo año, llegaron a la Academia quince familias catalanas que habían huido de Barcelona por su afinidad con los sublevados; burgueses que temían represalias de las autoridades republicanas y de las hordas anarquistas. Así las cosas, en febrero de 1937
vivíamos en la Academia Española de Roma más de cincuenta personas, entre pensionados, personal de la casa, militares y «prófugos» (el término lo acuñó el propio Olarra para referirse a los exiliados catalanes en los informes que la embajada de España ante el Quirinal le demandaba).
ObVíamente, la escasez de medios materiales se agudizó, y antes de que terminara el invierno vivíamos rodeados por el frío y el hambre.
Una vez que el secretario Olarra abrió la veda de las subastas, los pensionados, apoyados por el grueso de los «prófugos», pensamos en la
posibilidad de enajenar algunos bienes de la casa que nos proporcionaran dinero en efectivo. El propio secretario Olarra, ante la situación de necesidad extrema que atravesábamos, tuvo que mirar para otro lado y hacer la vista gorda. Al principio, nos conformamos con vender toda clase de muebles, pero luego pensamos que la madera podría servirnos como material de combustión cuando arreciara el frío, y centramos nuestro objetivo en los libros. Si había algo valioso en la Academia, era su biblioteca, dotada con numerosos ejemplares de la época de su fundación, allá por 1881, y hasta alguno de los siglos anteriores, herencia de los monjes que habían habitado el edificio desde el siglo XVI. Como Magdalena Lerroux, la mujer del pensionado Pérez Comendador, conocía una antica libreria en la Vía dell' Anima, decidimos hacer un lote y probar fortuna.
La encargada de la selección fue Montserrat, una joven «prófuga» que había decidido poner en orden la biblioteca sin que nadie se lo hubiera pedido, por puro entretenimiento. Siempre vestida con una camisa y una falda larga de blanco roto, y un pañuelo del mismo color cubriéndole la cabeza, Montserrat, Montse, parecía más una enfermera que una bibliotecaria vocacional. En algunos casos incluso su comportamiento era parecido al de una novicia, pues hablaba poco y con cautela, sobre todo si había personas mayores a su alrededor. Al cabo de las semanas, Montse me confesó que tanto el atuendo como la actitud habían sido obra de su padre, para que pasara desapercibida. Pero a Montse la delataban sus hermosos ojos verdes, su blanca piel de mármol de Carrara, su largo cuello de una delicadeza incomparable, su figura esbelta y su caminar pausado y elegante. Una clase de belleza que ningún disfraz podía ocultar y que dejaba perplejos a los hombres.
Pérez Comendador echó a suertes quién de los pensionados debía acompañar a la «prófuga» hasta la librería para negociar un trato beneficioso.
–Te ha tocado, José María -dijo.
Cualquier actividad que sirviera para romper con la rutina, que en nuestro
caso consistía en estar pendientes en todo momento de las noticias que llegaban de España a través de la estación de radiotelegrafía, era bienvenida, así que no puse reparos. He de reconocer, además, que Montse me había atraído desde el primer día, tal vez porque veía en su belleza una forma de salvación, una manera de librar mis pensamientos del cataclismo de la guerra.
–¿Y cuánto dinero he de pedir? – pregunté, dado mi desconocimiento del mundo de los negocios.
–El doble de lo que te ofrezcan, de esa manera podrás rebajar tus pretensiones hasta una cifra intermedia que esté entre lo que pides y lo que te ofrecen -observó Pérez Comendador, a quien la vida de casado le hacía mantenerse alerta con los números.
Como cualquier escolar enamorado que se dispone a pasear en compañía de su amada, me hice cargo de los libros, y Montse tomó la iniciativa.
Descendimos por el fresco y frondoso jardín de la Academia y salimos a la Vía Garibaldi por la «puerta prohibida», llamada así porque la policía de Mussolini había ordenado clausurarla, al parecer, por el trasiego de anarquistas y mujeres de vida ligera que la utilizaban para entrar y salir por las noches. Los supuestos anarquistas no eran otros que los propios pensionados, pintores y escultores en su mayoría, y las fulanas sus modelos.
A la espera de que la orden se llevara a término, seguíamos utilizando aquella puerta, más cómoda que la que daba a la escalinata de San Pietro in Montorio, demasiado fatigosa por su gran pendiente.
Una vez a cielo abierto, el sol nos recordó que todavía estábamos en verano, un estío canicular y húmedo como todos los de Roma. Tan sólo la presencia de unas nubes grises sobre las colinas Albanas anunciaba la inminente llegada del otoño. El blanco roto de las vestimentas de Montse me hizo pensar en un ángel, y el contoneo de sus caderas en un demonio. Creo que fue ese detalle, descubrir que su comportamiento en la Academia no era más que una impostura calculada, lo que llamó mi atención. Incluso me atrevería a asegurar que el amor que más tarde llegué a sentir por ella, germinó en esos instantes.
–¿Sabes ir? – me preguntó con un tono de voz que denotaba que había dejado su pudor dentro de los muros de la Academia.
–Sí, no te preocupes.
–Este empedrado es imposible -dijo refiriéndose al adoquinado que cubría casi todas las calles de la ciudad.
Entonces me di cuenta de que Montse se había calzado unos zapatos de tacón de aguja, como los que se hubiera puesto para ir a bailar con su novio.
–Con esos tacones corres el riesgo de torcerte un tobillo -observé.
–He pensado que me daban un aspecto más serio y formal, y mi padre siempre dice que en los negocios lo más importante es la seriedad y la formalidad.
Y también en la vida cotidiana, pensé, recordando el sempiterno gesto adusto y severo del señor Fábregas, el padre de Montse, un industrial textil con fábrica en Sabadell atormentado por lo que había ocurrido en Barcelona. Siempre llevaba consigo el recorte de un periodista británico llamado George Orwell, hombre de ideas izquierdistas afín a la causa del Frente Popular, que había escrito que llegar a la ciudad condal era algo así como desembarcar en un continente diferente en el que daba la sensación de que las clases adineradas habían dejado de existir, el tratamiento de «usted»
había desaparecido y el sombrero y la corbata eran consideradas prendas fascistas. Si alguien le preguntaba por los motivos de su forzado exilio, el señor Fábregas recurría al artículo de marras, que leía con voz alta y clara.
Y en el supuesto de que su interlocutor acusara a Franco de haber roto la legalidad vigente, el señor Fábregas mostraba otro recorte de prensa, en esta ocasión del diario independentista catalán La Nació, fechado el 9 de Junio de 1934, donde había subrayado el siguiente párrafo. «Nosotros no hemos querido pactar nunca con el Estado español porque nos ofende el olor a gitano»; tras lo cual añadía. «Aquí tiene la profecía de la guerra. Aquí tiene la respuesta a por qué Franco decidió romper la baraja. los jugadores eran
desleales y anidaban bajos instintos». Ahora, desde la distancia, se dedicaba a recaudar fondos para que Cataluña fuera liberada de la anarquía bolchevique, según sus palabras.
–¿Te gusta Roma?-le pregunté a continuación para romper el hielo.
–Los edificios me gustan más que los de Barcelona; en cambio, prefiero las calles de Barcelona. Las calles de Roma son como las del Chino, pero con palacios. ¡Y qué palacios! Y a ti, ¿te gusta Roma?
–Pienso vivir aquí toda mi vida -respondí categóricamente.
Pese a que se trataba de una idea que llevaba rondándome la cabeza desde hacía varios meses, era la primera vez que la manifestaba a viva voz.
–¿Como pensionado en la Academia? – se interesó Montse.
–No, cuando termine la guerra se habrá acabado también la Academia.
Pienso abrir un estudio de arquitectura.
Curiosamente, había sido Valle-Inclán, en su condición de director de la Academia, quien me había invitado para que estudiara la arquitectura fascista, por si algo de ella se pudiera aprovechar para nuestra República.
Ahora él había muerto en su Galicia natal, y la República estaba a punto de desmoronarse como un edificio mal construido. Gracias al objeto de mi estudio, el secretario Olarra no recelaba de mí, al menos abiertamente, puesto que entre sus misiones se encontraba la delación, informar a la embajada sobre aquellas personas cuyas ideas políticas o cuyo comportamiento resultara sospechoso.
–¿Por qué no quieres regresar a España? Yo estoy deseando volver a Barcelona. Además, si algo va a hacer falta en España cuando acabe la guerra, son arquitectos.
Montse tenía razón. En caso de ganar la guerra, Franco iba a necesitar arquitectos que conocieran a fondo la arquitectura fascista. Pero una cosa
era lo que Franco fuera a necesitar, y otra muy distinta lo que yo deseaba.
–No tengo familia, así que nadie me espera en España -reconocí.
Montse me escrutó con una mirada que demandaba una información más prolija.
–Mis padres murieron, y también mis abuelos. Y soy hijo único.
–Tendrás algún tío, algún primo…, todo el mundo tiene primos.
–Tíos y primos sí que tengo, pero viven en Santander y nunca les he tratado. A mis tíos les he visto un par de veces en Madrid, cuando vinieron para hablar de la herencia de mis abuelos. Pero las cosas se torcieron, y la relación entre mis padres y mis tíos quedó dañada. En cuanto a mis primos, son unos extraños para mí…
–La familia es como un país en pequeño, en el que también caben los traidores -soltó Montse, al tiempo que suspiraba.
En esa ocasión fui yo quien la miró sin ocultar cierta sorpresa.
–Es una frase de mi padre. Mi tío Jaime es rojo. Nos ha prohibido mencionar su nombre -añadió.
–Pero tú acabas de hacerlo -observé.
–Porque no estoy dispuesta a que mi padre y mi tío acaben como Caín y Abel.
Estuve a punto de preguntarle a cuál de los dos le asignaba el papel de Caín y a quién el de Abel, pero al final no lo hice por temor a dar pie a una discusión de resultado incierto. Si algo había aprendido en los últimos meses, era que en tiempos de guerra las palabras a menudo provocaban malentendidos o incluso actos violentos.
–En el fondo, tu padre tiene razón. Los países son como las familias. Una vez que sus miembros se declaran la guerra lo único que les importa es que la correlación de fuerzas les sea favorable, sin tener en cuenta el daño que se infligen -añadí.
Cruzamos el Tíber por el Ponte Sisto tapándonos la nariz con las manos para no tener que respirar el aroma untuoso y pútrido que emanaba de las aguas. El río parecía una cicatriz purulenta sobre la faz de la ciudad.
Alguien había pintado unas fasces en uno de los extremos del puente, la segur en un hacecillo de varas que era el distintivo de los cónsules y lictores de la antigua Roma, y que Mussolini había recuperado como insignia de su movimiento.
En la Piazza Navona, a la altura de la Fontana dei Fiumi, Montse se refirió a la leyenda que arrastraba la fuente más famosa de Bernini.
–Dicen que los colosos que representan al Nilo y al Río de la Plata vuelven la cabeza para no tener que ver la iglesia de Sant'Agnese in Agone, de Borromini, ya que la enemistad entre ambos artistas era proverbial.
–Todo el mundo cuenta la misma historia, pero es falsa -dije-. La fuente se construyó antes que la iglesia. La estatua que simboliza al Nilo tiene la cara tapada porque entonces se ignoraba dónde estaba su nacimiento. Roma está llena de leyendas que lo único que pretenden es engrandecer aún más su historia. Es como si la vieja ciudad dudara de su belleza y hubiera encontrado en el pábulo un alimento para sobrevivir, un método de rejuvenecimiento.
En la librería, un pequeño y vetusto local recubierto de estanterías repletas de libros antiguos de lance y de grabados de las famosas Vedute di Roma de Piranesi, nos atendió un hombre de unos cincuenta años, de aspecto inflamado y color sanguíneo. cara gruesa y redonda, mejillas al rojo vivo, ojos abultados inyectados en sangre, nariz ganchuda y labios voluptuosos.
–Me llamo Marcello Tasso -se presentó-. Imagino que venís de parte de la señora de Pérez Comendador. Os estaba esperando.
Observamos que debajo del mostrador había una mesita de madera taraceada, sobre la que descansaba un libro antiguo abierto de par en par, y unos cuantos objetos metálicos que asemejaban alguna clase de instrumental médico. La visión nos causó tanta sorpresa que el señor Tasso se vio en la obligación de darnos una explicación.
–Además de comprar y vender libros, también los restauro o incluso los recupero para la vida -añadió-. Muchos clientes me llaman el médico de libros de Roma, y eso me llena de orgullo. Estoy pensando en la posibilidad de abrir un museo de libros maltratados, en el que mostrar que el mayor peligro para el libro no son los insectos, el fuego, la luz del sol, la humedad o el paso del tiempo, sino el hombre. Algo sin duda paradójico teniendo en cuenta que es el hombre su artífice. Es lo mismo que decir que el mayor peligro para el hombre es Dios, su creador… Aunque cabe la posibilidad de que Dios deplore al hombre en la misma medida en que éste deplora los libros… Pero estaremos más cómodos en mi despacho. Seguidme.
Y antes de que pudiera siquiera darme cuenta, el señor Tasso me había arrebatado los libros que yo llevaba, en un claro signo de que aquéllos eran sus dominios.
No sé por qué, pero el olor a papel rancio y apolillado que se respiraba en la librería, amén del entusiasmo de su propietario, me hizo sentir seguro. Era como volver a los años anteriores a la guerra, como entrar en un mundo en el que no había lugar para las confrontaciones. Sin embargo, en cuanto puse los pies en el despacho, me sentí repelido por la colección de grabados que colgaba de las paredes. Se trataba de la serie titulada Carceri d'invenzione (Cárceles de invención), dieciséis aguafuertes firmados por el propio Piranesi en 1762, en los que el autor recreaba una arquitectura irreal de pasadizos y escaleras que conducían a un mundo subterráneo y angustioso, tal vez el Averno. Una obra ejecutada en pleno Siglo de las Luces en la que predominaban las sombras y los claroscuros. En una de las láminas leí una frase del historiador Tito Livio que hacía alusión a Ancus Marcius, el primer rey que ordenó construir una cárcel en Roma.
–¿Te gustan las «cárceles» de Piranesi? – me preguntó el señor Tasso, tras comprobar que mi vista se había sentido atraída por aquellas estampas.
–No mucho. Resultan demasiado sombrías -respondí.
–Lo son. En las cárceles de Piranesi vemos todo aquello que encadena a los seres humanos. el miedo y el tormento de sabernos mortales; la enormidad del espacio que nos recuerda nuestra propia pequeñez; el hombre convertido en Sísifo, consciente de que el combate con la vida está perdido… Pero, por favor, acomodaos.
Como las dos butacas dispuestas para las visitas estaban ocupadas por columnas de libros polvorientos, tuvimos que permanecer de pie.
–¿Os apetece beber algo? – nos ofreció a continuación.
Montse y yo negamos con la cabeza, a pesar de que ambos teníamos la garganta seca por el paseo y la excitación del momento.
–Veamos qué me traéis.
El señor Tasso escrutó la mercancía con sumo cuidado, pero con la diligencia de quien sabe lo que se trae entre manos. De un vistazo revisó las cubiertas, los índices, la calidad del papel y comprobó el estado de la encuadernación de cada uno de los ejemplares.
–¿De dónde habéis sacado este libro? – preguntó por fin, al tiempo que mostraba una de las obras y mantenía enarcadas las cejas.
–Todos proceden de la biblioteca de la Academia Española -observó Montse, empleando un italiano tan correcto que me sorprendió.
El señor Tasso se tomó unos segundos antes de añadir.
–Se trata de un libro de mucho valor. ¿Habéis oído hablar de Pierus
Valerianus?
Montse y yo volvimos a negar con la cabeza.
–Fue Protonotario Apostólico del papa Clemente VII. Escribió una obra titulada Los jeroglíficos, o un comentario sobre las letras sagradas de los egipcios y otros pueblos. Se imprimió por primera vez en 1556, en Basilea, y el libro constaba de cincuenta y ocho capítulos. Valerianus fue uno de los primeros escritores que trataron de desvelar el significado de los jeroglíficos egipcios, haciendo hincapié en las verdades del simbolismo animal en conexión con la historia natural. Una labor ciertamente difícil teniendo en cuenta que la Contrarreforma estaba en pleno apogeo.
–¿Y bien? – dijo Morase.
–El ejemplar que me habéis traído pertenece a esa primera edición, la de 1556.
–Entonces, le interesa -di por sentado.
El señor Tasso esbozó una amplia sonrisa, que dejó a la vista una lengua de un intenso color carmesí.
–Digamos que tengo un comprador para este libro, alguien que estaría dispuesto a pagar una suma interesante por él.
–¿Y qué hay del resto del lote? – planteé, dispuesto a llevar el negocio hasta sus últimas consecuencias.
–El resto os lo compro yo. Ahora que España está en guerra, el interés por la literatura española ha aumentado entre los lectores italianos. En cuanto al Valerianus, volved mañana a la misma hora.
Cerrado el trato y con el dinero en la mano, recuperé el valioso libro y nos dispusimos a abandonar el local.