El mapa del creador

Emilio Calderón · Capítulo 14 de 42

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El mapa del creador

Capítulo 14

–¿Ve cómo no soy el único que ve cosas extrañas desde esta terraza? –

planteó-. Y es que hay cosas que están aunque no puedan verse, mi pensionado. Le pondré un ejemplo. Un día iba yo caminado descalzo por una playa de mi Galicia natal, cuando de pronto sentí un fuerte pinchazo en la planta del pie derecho. Me paré para ver si se trataba de un trozo de cristal, pero no encontré nada, así que, intrigado pues el dolor se hacía cada vez más intenso, decidí excavar en la arena. Entonces encontré un pez enterrado, una faneca brava o araña, llámelo usted como prefiera, especie que permanece soterrada en los fondos someros cuando baja la marea, y con un potente veneno en las aletas dorsal y pectoral. De modo que en aquella playa había enterrado un pez que no se veía. Tal vez ocurra lo mismo con el barco de la señorita.

Recordé la metáfora del barco bogando a contracorriente que solía emplear el secretario Olarra para referirse a la situación general de la Academia, y llegué a la conclusión de que, en efecto, tal vez éramos nosotros quienes navegábamos a la deriva. Sí, quizá fuera ésa la imagen que tuviera alguien que observara la Academia con unos prismáticos desde el Aventino. la de una nao surcando el cielo de Roma.

14

Tres semanas más tarde, Junio invitó a Montse a visitar la Biblioteca Vaticana. Yo, temiendo que pudiera aprovechar la ocasión para robar el Mapa del Creador, pedí unirme a ellos. Para mi sorpresa, Junio no puso ninguna objeción; todo lo contrario, envió el coche a la Academia para recogernos.

Gábor nos recibió con una sonrisa tan pagada de sí misma, que me llevó a pensar que estaba al tanto de lo que había ocurrido en el cementerio

protestante, y que era yo y no otro el motivo de su regocijo. Incluso llegué a pensar que era a él a quien había que atribuirle la autoría del crimen de Smith. Sí, ahora lo veía claro. Era tan diligente a la hora de conducir como de matar, y probablemente también lo sería en el caso de que tuviera que propinarle una paliza o de torturar a una persona. Él era el encargado de realizar el trabajo sucio, mientras el príncipe evadía su responsabilidad leyendo la poesía de Byron, que luego, haciendo gala de una exquisita sensibilidad, susurraría al oído de una dama en el velador de cualquier café de moda. «Ésta es la edad patente de nuevas invenciones para matar los cuerpos, y para salvar almas, y todas propagadas con la mejor intención».

–El príncipe les espera en la puerta de la Biblioteca Vaticana -nos informó Gábor.

Luego atravesamos el Gianicolo de parte a parte, cruzamos la plaza de San Pedro y bordeamos las murallas leoninas hasta detenernos frente al Ingresso di Santa Anna.

–Entren por ese callejón y diríjanse hasta la Vía di Belvedere. El príncipe les espera allí -nos indicó el chofer.

En efecto, Junio aguardaba en la entrada del Cortile di Belvedere, en compañía de un hombre de cuyo cuello colgaba un crucifijo. Charlaban de manera distendida, como si entre ambos existiera una gran confianza.

Estaba seguro de que en cuanto me enfrentara a la mirada del príncipe sabría cuál había sido su grado de implicación en el asesinato de Smith, como si cometer un crimen dejara una huella o mancha visible a los demás, pero cuando eso ocurrió no percibí nada especial. Junio parecía el de siempre. Comprendí entonces que la muerte de Smith me había afectado sobremanera, y que mis elucubraciones tenían su epicentro en los celos que sentía hacia la persona del príncipe.

–Montserrat, José María, éste es el padre Giordano Sansovino. Giordano éstos son mis amigos españoles -nos presentó Junio.

Tras estrecharnos protocolariamente las manos, el sacerdote dijo.

–Lamento lo que está sucediendo en su país, es como una llaga abierta en el corazón del catolicismo.

Y se persignó.

Se trataba de un hombre de rostro grave y consumido, ojos hundidos y gruesas cejas. No vestía sotana ni llevaba alzacuello, pero su traje era igualmente severo. Cuando pienso en el padre Sansovino, no puedo olvidar que, tras finalizar nuestra visita, Junio aseguró que su amigo pertenecía a la unidad de contraespionaje del Vaticano, que había mandado crear el cardenal Merry del Val por orden de Pío X a principios de siglo, y que en su día había formado parte del llamado Russicum, un departamento encargado de formar sacerdotes que eran introducidos clandestinamente en la Unión Soviética para llevar a cabo labores de espionaje. Lo hizo además con naturalidad, como si revelar un secreto de esa naturaleza no tuviera ninguna importancia.

–Giordano y yo fuimos compañeros de estudios en la Escuela de Paleografía y Diplomática que fundara el papa León XIII. En la actualidad es uno de los scriptores de la Biblioteca Vaticana, de modo que hoy será nuestro cicerone -nos explicó Junio a continuación.

–Pero sólo eso. No quiero pasar la tarde discutiendo sobre fantasías -se desmarcó el sacerdote.

–Llevo una hora tratando de sonsacarle a mi amigo dónde tienen guardado el Mapa del Creador, el mapa del que habla el libro que os compré, pero se niega a soltar prenda -aclaró Junio.

Todavía hoy me pregunto qué pretendía el príncipe hablando sin tapujos, poniendo en evidencia a su interlocutor y a sí mismo. A veces pienso que su comportamiento era el reflejo de la situación de euforia que, por aquel entonces, vivían las triunfantes huestes fascistas italianas. No en vano, el Estado Vaticano debía su existencia al movimiento fascista. De modo que en San Pedro habían dejado de tener un solo Dios, y ahora también tenían

que adorar a Mussolini. Tal vez por esa razón, Junio y los suyos se pavoneaban como si fueran los auténticos propietarios, se sentían como dioses en sus propios templos, con derecho a reclamar tributo a la Santa Sede. Aunque las malas lenguas aseguraban que lo que Mussolini había pretendido al firmar el Tratado de Letrán de 1929, que reconocía al Vaticano como Estado independiente, era tener encerradas y vigiladas a «las cucarachas negras», sobrenombre con el que los fascistas llamaban despectivamente a los miembros de la curia papal.

–Ya te he dicho mil veces que ese mapa no existe, y en el caso de que existiera y de que estuviera aquí, ni siquiera habría sido catalogado -le rebatió el padre Sansovino.

–¿Tal vez por su carácter secreto? – sugirió Junio, sin atender a los deseos del sacerdote de cambiar de tema.

–Nada de eso. Simplemente, porque la biblioteca cuenta con más de un millón y medio de volúmenes, ciento cincuenta mil manuscritos, otros tantos mapas, y sesenta mil códices re partidos en una treintena de fondos.

De éstos sólo conocemos el contenido de unos cinco mil, a pesar de que llevamos catalogándolos desde 1902. Una persona no puede catalogar más de diez al año. Lleva mucho tiempo leerlos, verificarlos y sistematizar su contenido, así que aún pasará otro siglo hasta que se pueda saber qué esconde en realidad la Biblioteca Vaticana. De hecho, cada año suele producirse un descubrimiento, el VI libro de la República de Cicerón, por ejemplo; pero dudo mucho que algún día aparezca un mapa creado… por Dios. Eso sería…

El padre Sansovino volvió a santiguarse.

–Si Dios le entregó a Moisés las Tablas con los Diez Mandamientos, no sé por qué no podría haber confeccionado un mapa del mundo -observó junio.

–Porque no hay constancia en ningún texto de la existencia de ese mapa.

–Sí la hay, la edición princeps del Pierus Valerianus lo menciona, y también

lo hicieron el pintor Joseph Severn y el poeta John Keats en sus cartas.

–Te aseguro que he leído las cartas de John Keats, y en ninguna menciona la existencia de un mapa.

–Keats no sabía lo que se traía entre manos, ni Severn tampoco, por eso a la muerte del poeta, y con la excusa de que se trataba de un enfermo contagioso, la Iglesia requisó el mapa y quemó las cartas en las que se hacía referencia al papiro comprado por Severo en el cementerio protestante.

Probablemente se encuentre en el Archivo Secreto.

Por un momento, tuve la impresión de estar oyendo hablar a Smith y no a Junio.

–¡Fantasías! El Archivo Secreto se creó para guardar documentos oficiales, no para ocultar nada.

–Todo el mundo sabe que dentro del Archivo Secreto hay un archivo secreto. Me pregunto por qué jamás habéis desclasificado uno solo de los documentos que guardáis ahí abajo.

–Tal vez la respuesta esté en el hecho de que el Vaticano exista como Estado desde hace tan sólo ocho años y medio. ¿Acaso un niño de ocho años tiene secretos inconfesables que guardar? No. A lo sumo, pequeños e inocentes pecadillos veniales.

Junio rió de forma estentórea antes de soltar una nueva invectiva.

–Es cierto que el Estado Vaticano es reciente, pero también lo es que la Iglesia existe desde hace más de mil novecientos años, y que su supervivencia ha dependido en gran medida de su capacidad para controlar la información que sus actividades y las de sus enemigos generaban. En eso el Vaticano no se diferencia de otros países, de ahí que vuestro pequeño Estado esté levantado sobre un gigantesco sótano lóbrego y oscuro que os permite esconder todo aquello que, por decoro o conveniencia, no es recomendable que vea la luz de la conciencia. Si os parecéis a alguien, no

es desde luego a una inocente criatura de ocho años, sino al mismísimo diablo.

A estas alturas, la camaradería había dado paso a un manifiesto malestar.

–A veces tengo la impresión de que eres cualquier cosa menos un estudioso.

Aunque está claro que la política tiene mucho que ver con el cambio que has experimentado. Sabes perfectamente que la mayoría de los fondos que se guardan en el Archivo Secreto no pueden ser expuestos a la luz del sol.

Algunos libros o pergaminos ni siquiera pueden ser abiertos sin que se corra el riesgo de que se pierdan para siempre. Una cosa es devolver un texto a la luz y otra muy distinta exponerlo a la luz del sol. La conciencia nada tiene que ver.

–Por eso es el lugar idóneo para ocultar un documento «singular» como el Mapa del Creador. Si tú no me ayudas, tendré que buscar la colaboración de otro scriptor.

El hecho de que Junio insinuara que estaba dispuesto a sobornar a un bibliotecario no hizo que el sacerdote perdiera la paciencia; todo lo contrario, dijo con aparente cortesía.

–Lo mejor será que entremos, o tus invitados se morirán de aburrimiento.

–A mí me parece un tema muy interesante -intervino Montse.

–Nada si lo comparamos con los tesoros que se esconden detrás de estos muros. Seguidme -añadió el sacerdote.

Tal vez Junio, Montse o el propio padre Sansovino no eran capaces de apreciarlo, pero el primer tesoro de aquella biblioteca era el edificio, obra de Domenico Fontana, el arquitecto que sentó las bases de la Roma moderna. Ascendimos por la escalera que dividía el patio de Belvedere del de Pigna y, tras atravesar varios corredores y estancias que nos condujeron hasta el patio de los Papagayos, accedimos al antiguo palacio del papa Nicolás V, sede de la primera biblioteca Vaticana. Distribuida en cuatro

amplias salas de tamaño desigual, impresionaba la profusa decoración de frescos, obra de Melozzo da Forli, Antoniazzo Romano, y de Domenico y Davide Ghirlandaio. De allí proseguimos el periplo hasta el vestíbulo del salón de Sixto V, donde, adosados a las paredes, nos recreamos con los hermosísimos pupitres taraceados, obra de Giovannino de Dolci, el arquitecto de la capilla Sixtina. Las taraceas representaban armarios de una antigua biblioteca con los postigos semiabiertos y, en su interior, los libros colocados horizontalmente, según era costumbre en las bibliotecas en esa época. Pensar que en aquellos pupitres se habían sentado artistas de la talla de Rafael o Bramante era de lo más emocionante. Nuestro siguiente destino fue la galería y el salón Sixtino propiamente dicho, que ocupaba un gigantesco espacio de más de sesenta metros de longitud por quince de ancho. Llamaba la atención por el equilibrio entre arquitectura y decoración, a pesar de su carácter eminentemente manierista.

–En los armarios de madera que veis alineados a las paredes era donde se guardaban originalmente los manuscritos, pero en tiempos de Paolo V, a principios del siglo XVII se pensó que era mejor conservar los documentos en una sede contigua. Fue entonces cuando se fundó el que todo el mundo conoce como Archivo Secreto -expuso el padre Sansovino-. Pero desde luego no se hizo con la intención de esconder nada; simplemente, durante el siglo XVII se incorporaron grandes fondos, como la Biblioteca Palatina de Heidelberg, los manuscritos de los duques de Urbino y los de la reina Cristina de Suecia, y eso provocó la necesidad de disponer de un mayor espacio.

A continuación recorrimos nuevas estancias con bóvedas llenas de frescos que, entre otros temas, representaban el traslado del obelisco egipcio a la plaza de San Pedro, del que se había hecho cargo el propio Fontana. Un trabajo que le había reportado al arquitecto el título de «Señor del Obelisco». Por último, la visita nos condujo hasta las salas de lectura. La primera y de mayor tamaño, la llamada sala Leonina en honor del papa León XIII, que fue quien modernizó la biblioteca, estaba presidida por una escultura del pontífice y contaba con dos naves de dos plantas cada una, desde una de las cuales se veía la imponente cúpula de San Pedro. Desde allí pasamos a la Biblioteca Cicognara, dedicada a los libros de arte y

antiguos, atravesamos el gabinete numismático, y concluimos el recorrido en la Sala Manoscritti, una estancia de tamaño medio repleta de mesas corridas con atriles y paredes de un blanco impoluto que le conferían el aspecto de un pulcro taller artesano. Una docena de estudiosos de ojos ávidos equipados con lupas y guantes se afanaban en descifrar otros tantos documentos, bajo la atenta mirada de los scriptores. Sólo se oía el crujido de las hojas que, cual gigantescas alas de mariposa, desprendían una fina capa de polvo al ser batidas. Pero si la sala de los manuscritos destilaba una serena hermosura, no era menos interesante lo que escondía la Biblioteca en sus entrañas. No en vano, aquélla era la «Biblioteca de las Bibliotecas», tal y como la solían llamar los expertos, el centro de documentación histórica más importante del mundo. Entre aquellas paredes se encontraba el famoso

«Codex B», la Biblia que Constantino regaló a las principales basílicas después de su conversión al catolicismo, tras el Concilio de Nicea, en el año 325; había manuscritos de Miguel Ángel y de Petrarca, de Dante y de Bocaccio; textos de Cicerón; cartas de Lucrecia Borgia a su padre, el papa Alejando VI; epístolas de Enrique VIII a Ana Bolena; misivas del emperador Justiniano, de Martín Lutero; códices árabes, griegos, hebreos, latinos, persas, y un largo etcétera.

–Las llaves que guardan estos tesoros son la prudencia, la templanza y la sabiduría. Ahora quiero mostraros los doce nuevos kilómetros de estanterías de acero que el Santo Padre ha ordenado instalar recientemente -observó el padre Sansovino.

–¡Doce kilómetros! – exclamó Montse.

–A los que hay que añadir los trece ya existentes, lo que suman un total de veinticinco kilómetros. Por no mencionar las estanterías del Archivo Secreto. En total, entre la Biblioteca Vaticana y el Archivo Secreto, estaríamos hablando de unos cincuenta kilómetros de estanterías. Y os aseguro que aún nos falta espacio.

–Pío XI fue bibliotecario antes que fraile -intervino Junio-, así que un buen día envió a diez sacerdotes expertos en biblioteconomía a Washington para que aprendieran las técnicas de clasificación de la Biblioteca del Congreso

de Estados Unidos.

Recordé que el secretario Olarra andaba traduciendo precisamente no sé qué libro de reglas de catalogación de la Biblioteca Vaticana de la lengua de Shakespeare al castellano.

–Sólo está prohibido tocar -nos advirtió el padre Sansovino.

En cuanto realizamos varios requiebros por aquel laberinto de estanterías repletas de libros, tuve la impresión de estar adentrándonos en un mundo misterioso y a la vez siniestro. Tal vez fuera por la oscuridad o por la falta de aire fresco, pero pronto comencé a experimentar la misma sensación que me asaltó cuando visité las catacumbas de San Calisto, en la Vía Appia.

todos los corredores parecían iguales, todas las estanterías, enhebradas entre sí en hileras de infinitos nichos, eran idénticas. Incluso olía a humedad.

Pensé en lo extraño que resultaba estar allí, caminando tras el padre Sansovino y el príncipe Cima Vivarini, que ya preparaba un nuevo asalto después de haber dado por concluida la maniobra de reconocimiento.

–¡Este pasillo carece de interés! ¡Aquí sólo hay libros! – se quejó Junio.

–¿Y qué quieres que haya en una biblioteca, sino libros? – le replicó el padre Sansovino.

–¡Secretos, Giordano, queremos secretos! – volvió a exclamar el príncipe.

–Ahora os enseñaré la «clínica», uno de los lugares más importantes de la biblioteca -se desmarcó el bibliotecario-. Aunque no lo parezca, además de la suciedad, los desgarros, los microbios y los insectos y los parches de restauraciones anteriores, la gran amenaza de un libro es la humedad. Si la humedad supera el 55 por ciento, mala cosa, y si la temperatura es inferior a 18 °C y superior a 21°C, otro tanto. Con lo que podemos llegar a la conclusión de que el peor enemigo de una biblioteca es la propia biblioteca.

Contemplábamos los diversos tipos de tinta, las diferentes colas, el pan de oro, y el variado instrumental que los especialistas empleaban para

restaurar, cuando el príncipe dijo.

–Estoy dispuesto a ofrecerte hasta doscientas cincuenta mil liras por ese mapa.

En un primer momento, interpreté las palabras de junio como una nueva demostración de audacia, pero al instante descubrí en su rostro que hablaba en serio, que su propósito era poner a prueba al scriptor.

–Creo que el aire enrarecido de este lugar te ha trastornado -respondió el padre Sansovino.

–Tienes razón, tal vez esté perdiendo la cabeza. Subo la oferta a medio millón.

Desde luego, el ofrecimiento del príncipe rozaba el absurdo.

–Está bien, Junio, te has salido con la tuya. has logrado colmar mi paciencia. Volvamos a la superficie -replicó resignadamente el sacerdote.

–Montse y José María son testigos de que he tratado de persuadirte por las buenas. Lo que ocurra a partir de ahora será responsabilidad tuya -advirtió Junio.

–¿Acaso mi responsabilidad disminuiría si me dejara «persuadir», como tú dices, por tus liras? Pero eso no ocurrirá jamás.

–Aunque no lo creas, me gustaría que trabajáramos juntos, codo con codo.

–Trabajar contigo sería lo mismo que hacerlo para Mussolini, o lo que es aún peor, para su amo. Hitler. Yo sólo obedezco al Santo Padre, que es el pastor de la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo.

–No te estoy pidiendo que des la espalda a Cristo; pero de la misma manera que existe un poder celestial, hay otro terrenal, más cercano y prosaico, que requiere ser gobernado con pulso firme por la mano del hombre. Piensa en

lo que están haciendo los comunistas en Rusia y comprenderás que Dios corre tanto peligro de ser exterminado como nuestra civilización. ¿Acaso Pío XI no ha dicho que el comunismo es intrínsecamente perverso porque socava los fundamentos de la concepción humana, divina, racional y natural de la vida misma, y porque para prevalecer necesita afirmarse en el despotismo, la brutalidad, el látigo y la cárcel?

–En efecto, eso es lo que ha dicho el Sumo Pontífice; pero te aseguro que la idea que tiene sobre el nazismo no es muy diferente. No, amigo mío, la fe, y en consecuencia la Iglesia, no está en peligro; todo lo contrario que las ideologías, pues en el fondo la política es lo mismo que correr un albur.

¿Acaso alguien puede creer que el Tercer Reich durará mil años, tal y como pronostican sus dirigentes? Ten por seguro que no existe ningún poder eterno en la Historia, fuera del poder de Dios, que es el creador de todos los poderes. Lo eterno no es propiedad humana, ni siquiera del alma humana. Y

no creas que estas palabras son sólo mías. Ya llevan un tiempo escritas, y la misma Historia ha demostrado que son ciertas. Así que me temo que te guías por la exaltación política que azota el mundo como una moda. Pero de la misma manera que ahora sientes la euforia de la embriaguez, cuando superes sus efectos te verás de nuevo cegado por la luz de la realidad.

–Es posible que tengas razón, pero tampoco la iglesia sobrevivirá otros mil años si el régimen comunista extiende sus tentáculos por Europa. Mi oferta sigue en pie -insistió Junio.

Así terminó nuestra visita a la Biblioteca Vaticana, de forma abrupta, con Junio y el padre Sansovino enfrentados. Pero no había que ser un lince para comprender que, a pesar de que las diferencias que existían entre ambos eran notables, se complementaban. Algo parecido ocurría con Junio y con Montse; y también con Montse y conmigo. Todos nos necesitábamos, todos éramos eslabones de una misma cadena, pese a que nuestras necesidades e intereses fuesen distintos. Como dijo el poeta Hölderlin. «Donde está el peligro, allí se encuentra también la salvación»; de ahí que a la postre los contrarios puedan encontrarse, incluso devenir en idénticos.