El mapa del creador
Capítulo 22
consecuencia, de que ninguno de los dos tuviéramos la obligación de regresar. Entonces, como si Montse hubiera leído mi pensamiento, me cogió de la mano y dijo.
–A menudo me siento en la Academia como en una cárcel; pero entonces pienso que si no hubiera pasado por la Academia, no te habría conocido.
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Mi última conversación con el secretario Olarra resultó la más sincera de todas. Le encontré sentado en el sillón de su despacho, a contraluz, junto al gramófono, que escupía una marcha militar a todo volumen. Creo que las vibraciones de aquella música infernal le insuflaban vitalidad, le servían de alimento para el alma. Pero incluso afinando mucho el oído, los sonidos que reproducía aquel aparato no eran más que un clamor de voces altisonantes e incomprensibles debajo de un fondo de trompetas y tambores. Aguardó a que terminara la última nota para preguntarme.
–¿Más tranquilo, José María?
–Supongo.
–Por favor, siéntate.
Obedecí, expectante.
–Lo que ha ocurrido hoy es un asunto feo, sobre todo porque el señor Fábregas sigue empeñado en cursar una denuncia contra tu persona -se arrancó a hablar Olarra-. Claro que yo le he dicho que había otra solución…
Empezaba a sentirme como el reo al que se le brinda la posibilidad de quitarse la vida por sus propios medios para que no tenga que pasar por el trance de una ejecución deshonrosa, así que me adelanté a las conclusiones del secretario Olarra.
–Me iré esta misma tarde, no se preocupe.
–Creo que será lo mejor -admitió-. Pero antes de que te marches, me gustaría mantener contigo una conversación que tenemos pendiente desde hace algún tiempo. Quiero ser franco, José María. nunca me has gustado.
¿Sabes por qué? Porque tu comportamiento siempre ha sido el de una persona tibia. Y en los tiempos que corren, nada hay más indecente que la tibieza, que la indecisión, que la indiferencia, que las medias tintas. Me ha preocupado tanto que incluso en su día me tomé la molestia de preguntar a
tus compañeros, sí, a Hervada, a Muñoz Molleda, a Pérez Comendador, y a otros cuantos, qué era lo que pensaban sobre ti. ¿Sabes cuál fue la respuesta que me dieron? Que eras una persona fría y distante, sin manías, sin aficiones, sin ardor y, lo que es peor, sin preocupaciones aparentes. ¿Y cabe en este mundo un hombre sin preocupaciones cuando su país se desangra en una guerra intestina? No. Por lo que mi interés por ti fue aún más lejos. Les pedí entonces que sondearan tus ideas políticas y que trataran de sonsacarte el signo de tu voto en las últimas elecciones generales. También en eso coincidieron todos. «Es un abstencionista», dijeron; tras lo cual se encendieron todas las alarmas. Durante semanas, o incluso meses, escuché con atención tus palabras, medí tus gestos, vigilé tus pasos, hasta que llegué a la misma conclusión que tus compañeros. eres un abstencionista. Lo que me intrigó entonces, y todavía me sigue intrigando, es saber si eres un abstencionista activo, es decir, un rebelde, o, por el contrario, si el tuyo es un abstencionismo incompetente, motivado por tu pasividad. Has de saber que, pertenezcas a uno u otro grupo, el abstencionista es un ser vacío, negado para la lealtad y, en consecuencia, también para la virtud.
–Tal vez fuera así, pero he cambiado -dije.
–¿Te refieres al incidente de esta mañana?
–Me refiero a que son las personas como usted las que convierten en héroes a cobardes como yo.
Olarra sacudió la cabeza para poner de manifiesto su disconformidad.
–¿Tú un modelo de héroe? No me hagas reír -se mofó-. ¿De verdad crees que levantarle la mano y la voz a un hombre como el señor Fábregas te ha convertido en un héroe? Tal vez lo seas para la señorita Montserrat, pero no para mí.
–Siempre me he preguntado por qué le cuesta tanto admitir que existan personas que no están dispuestas a aceptar las reglas que la sociedad impone.
Un instante después de pronunciar aquellas palabras, me di cuenta de que acababa de cometer un grave error, y de que hubiera sido preferible mantener un paciente silencio antes que darle a Olarra la oportunidad de ensañarse de nuevo conmigo.
–Precisamente porque vivimos en sociedad, y porque nos hemos dotado de normas que regulan la convivencia, así que quien no las cumple queda excluido de ella -me replicó-. El instinto de sociabilidad es inherente a la misma naturaleza del hombre, de manera que no se puede concebir un individuo que pueda vivir separado de la infinita cadena de seres que conforman la humanidad en su conjunto. Lo dijo Nietzsche y el Duce no para de repetirlo. El mundo de «Haz lo que quieras» no existe; el único mundo posible es el de «Haz lo que debas». No, no se puede aspirar a explicar la sociedad poniéndose fuera de ella. Pero ni siquiera ése es tu caso. Me consta que provienes de una familia acomodada, que no has pasado privaciones; además, has finalizado con brillantez tus estudios de arquitectura. No creo que seas precisamente el prototipo de persona de la que se pueda decir que vive al margen de la sociedad. Ni siquiera eres una persona singular. No, tu problema es de conciencia. Tu vida adolece de falta de acción, carece de vigor y entusiasmo. Tu mal es el fatalismo, contra el que únicamente cabe reaccionar con la voluntad. Porque, has de saber José María, que es la unión de todas las voluntades la que debe preparar el terreno sobre el cual se ha de desarrollar el futuro.
Curiosamente, más que sentirme molesto por las palabras de Olarra, me sorprendió su facilidad para encontrarle una explicación razonable a todo.
Como si estuviera plenamente seguro -una clase de seguridad que hundía sus raíces en el ideario político fascista-, de su capacidad para capturar lo inaprensible con la mera filosofía de la contraposición.
–¿Ha terminado ya?
–Una última cosa antes de que te marches. deja en paz a la niña de los Fábregas. Los padres creen que el príncipe empingorotado amigo vuestro bebe los vientos por ella. Yo, que no me chupo el dedo, sé que un príncipe italiano con ínfulas no se fija en una niña burguesa de Barcelona, por mucha
fábrica que tenga su señor padre en Sabadell, salvo que sea para cobrarse el virgo de la señorita y luego, a la hora de la verdad, si te he visto no me acuerdo. El trato que te propongo es el siguiente. tú te olvidas de la niña de los Fábregas, y yo me encargo de que la denuncia no prospere.
–Supongo que no le molestará si no le estrecho la mano para sellar el acuerdo.
Olarra levantó el brazo derecho para mostrarme su aquiescencia y su resignación a partes iguales, pero pronto encontró la forma de estirarlo un poco más y transformar la escena en un saludo romano.
–Te deseo suerte, José María. La vas a necesitar -concluyó cuando ya me había levantado.
Montse aguardaba sentada en la balaustrada del claustro, junto a la pequeña fuente, cuyo rumor hacía más audible el silencio. Parecía una de las muchas figuras pintadas por Il Pomarancio en los lunetos que adornaban las paredes, personajes sencillos e ingenuos, casi naifs.
–¿Qué ha pasado? – me preguntó.
–Tengo que marcharme.
–He hablado con Junio. Me ha dicho que lo del trabajo está hecho.
–Voy a hacer las maletas.
–Permíteme que te ayude. Es lo mínimo que puedo hacer.
–Será mejor que no te vean conmigo. Olarra me ha hecho prometerle que no voy a molestarte más. Si no cumplo con mi palabra, interpondrá una denuncia en la embajada.
–En cuanto te instales en tu nueva casa, iré a visitarte. Nos veremos todas las tardes, a escondidas. Seguiremos con lo nuestro.