El mapa del creador
Capítulo 20
–¿De veras? ¿Y qué piensa hacer?
–No pienso decirle nada, por supuesto.
–Tal vez no sea mala idea mantener abierto un canal con el Vaticano -
sugirió Smith.
–¿Qué quiere decir?
–Es muy sencillo. Usted le cuenta las actividades del príncipe, tal y como hace con nosotros, y luego nos cuenta a nosotros lo que el sacerdote tenga que decirle. Quid pro Quo.
–¿Y si el padre Sansovino resulta ser un agente de los rusos? Fue miembro del Russicum, el departamento de la Santa Alianza especializado en introducir espías en Rusia. Tal vez sea un agente doble.
–Creo que sólo hay una forma de averiguarlo. Póngase en contacto con él, y nosotros nos encargaremos de seguirle los pasos. Si hay alguna novedad, le avisaremos.
Fue así como hice bueno el dicho que asegura que un espía se vende siempre dos veces, y hasta tres si es agente doble. Un camino que me causó no pocos problemas de conciencia, habida cuenta la dificultad que tenía para descubrir la verdad, no sólo la de los demás, sino también la mía propia.
20
La batalla del Ebro nos mantuvo a todos en vilo desde finales de julio hasta mediados del mes de noviembre de 1938. La terraza se convirtió en el centro de reunión de la Academia, pese a la oposición del secretario Olarra,
que no tuvo más remedio que transigir y permitir que los «prófugos»
mantuvieran un retén permanente frente al radiotelégrafo en consideración a que del resultado de aquella batalla dependía el futuro de España. El día 25
de julio, cuando el ejército republicano desencadenó la ofensiva cruzando el Ebro y poniendo en jaque las posiciones defensivas del ejército de Franco, doña Julia sufrió un vahído, como si los aguerridos milicianos del Frente Popular acabaran de cruzar el vecino río Tíber y estuvieran a punto de asaltar la Academia. En total, ochenta mil soldados tomaron parte en la operación, apoyados por ochenta baterías de artillería y aviones de combate rusos Polikarpov, los llamados «moscas» y «chatos». El avance fue tan rápido e inesperado que en La Fatarella un general del bando nacional fue capturado en calzoncillos, cuando dormía plácidamente con su mujer; en Gandesa un soldado marroquí se ahogó en un tonel de vino en el que se había escondido para no ser capturado por las tropas republicanas; y en otra localidad de la Terra Alta, el párroco tuvo que interrumpir la celebración de la misa y huir por piernas ante la inminente llegada del ejército rojo. Al día siguiente, la que se indispuso fue doña Montserrat, después de escuchar por la radio el retrato que un locutor del bando nacional hizo del general republicano Líster, al que describió como un ser demoníaco, de piel roja por el efecto del alcohol, afilados incisivos, puesto que desayunaba carne humana todas las mañanas, y rabo satánico, dada su afición por la vida disoluta y promiscua. Pero tras el éxito del ataque inicial, el ejército nacional logró detener la ofensiva republicana abriendo las compuertas de unos embalses cercanos que estaban bajo su control. La moral de los
«prófugos» subió tanto y tan rápidamente como las aguas del Ebro, sobre todo cuando entró en acción el Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, al que atribuían el vigor de los invencibles y cuyas acciones bélicas jaleaban y vitoreaban. Lo cierto fue que, a partir del 14 de agosto, cuando Líster perdió el control de la Sierra Magdalena, la contienda se fue decantando a favor del ejército de Franco, y doña Julia, doña Montserrat, y el resto de las mujeres, volvieron poco a poco a hablar de las cuitas del fantasma de Beatrice Cenci (según anunció doña Julia, el fantasma de la desdichada dama pensaba aparecerse el 11 de septiembre en el Ponte Sant'Angelo, fecha en la que fue decapitada en ese mismo lugar en el año del Señor de 1599), del calor infernal del verano romano y de otros temas
livianos, compatibles con el ardor guerrero que transmitían los locutores radiofónicos.
El 16 de agosto, el príncipe se unió a la «tertulia» vespertina, cuando la radio hacía recapitulación de los partes recibidos del frente. Al parecer, su interés era debido a que tenía un primo luchando en la Terra Alta, en la División Littorio. Repitió la visita durante siete u ocho tardes seguidas, y como el calor y la humedad resultaban insoportables incluso cuando ya había caído la noche, traía helado para las damas y limoncello y una barra de hielo para los caballeros. Gábor se encargaba de trocearlo con un punzón, con rapidez y violencia inusitadas, mientras el frío reflejo del hielo se clavaba en sus ya de por sí gélidos y desafiantes ojos azules. Cometido el
«crimen» del hielo, se retiraba discretamente a la espera de recibir órdenes de su señor.
La rutilante belleza de Montse contrastaba con el objeto de aquellas veladas. Pero para entonces ya había tomado la decisión de hacer sufrir al príncipe tanto como él le había hecho padecer a ella. Para lograrlo, puso en práctica un plan que consistía en llamar la atención de Junio resaltando sus cualidades y atributos de mujer a base de soltarse el cabello, un correcto maquillaje, manicura de salón de belleza, vaporosos vestidos con topos o estampados que dejaban sus hombros al descubierto, zapatos de tacón de aguja, y un perfume capaz de competir con la fragancia de las noches de verano, al tiempo que mostraba interés por cualquiera menos por él. Si Junio se dirigía a ella, bostezaba al cabo de uno o dos minutos, como si la conversación le aburriera solemnemente y su belleza corriera el riesgo de marchitarse. Si el príncipe se ofrecía a traerle un helado o una limonada, declinaba el ofrecimiento, para un instante más tarde levantarse y servirse ella misma. En resumidas cuentas, de nuevo comenzó a comportarse como la chica formal a la que el señor Fábregas había adiestrado para pasar desapercibida, con la salvedad de que ahora imponía su físico con indisimulada coquetería. Exactamente lo contrario de lo que había venido sucediendo hasta ese momento, cuando Montse escuchaba a Junio con arrobamiento de enamorada incurable sometida a la voluntad de su amado.
Lo cierto era que conforme la indiferencia de Montse fue en aumento, más
solícito se mostraba el príncipe. Era como si se sintiera culpable, pero sin saber cuál era su pecado y no se atreviera a preguntar, puesto que la formulación de la pregunta llevaba implícita la aceptación del delito. De modo que Junio no tuvo más remedio que encajar aquella situación y tratar de mejorar su comportamiento mostrándose más cariñoso y comprensivo.
Nunca he vuelto a ver a Junio tan indefenso, tan alejado de su capacidad para pergeñar un crimen o incluso para cometerlo. Se le veía desconcertado e inseguro, consciente tal vez de que el comportamiento en apariencia caprichoso de Montse estaba cargado de razón. Por contra, aquella experiencia le sirvió a Montse para subir un peldaño en la escalera que conduce desde la adolescencia hasta la edad adulta. Se volvió más sofisticada y desconfiada, siguiendo el ejemplo de un mundo que era siempre el espejismo de otro.
Una de esas noches, el señor Fábregas me preguntó en un aparte.
–¿Sabes tú a qué está jugando mi hija? Lo va a echar todo a perder. Y la vida no está como para tirar un príncipe a la basura.
–Está poniendo a prueba su resistencia y la calidad de su amor. Para que nos entendamos, señor Fábregas, Montse piensa que su relación se ha estancado, y cree que ya es hora de que el príncipe dé un paso adelante.
Pocas cosas me complacían tanto como tomarle el pelo al señor Fábregas, sobre todo sabiendo que no me tenía en buena estima precisamente por la estrecha amistad que mantenía con su hija.
–La mujeres no se arriesgan si no ven porvenir en sus relaciones sentimentales, en eso son como los hombres de negocios, pero con faldas -
reflexionó el señor Fábregas, poniendo de manifiesto su espíritu comercial.
El 7 de noviembre las tropas nacionales ocuparon Mora de Ebro; el 13
tomaron La Fatarella; y el 16 se produjo el repliegue del ejército republicano, con lo que se puso fin a la batalla del Ebro. En total, ciento dieciséis días de luchas que causaron más de sesenta mil muertos. Según las