El mapa del creador
Capítulo 24
Por último, deshice las maletas y fui colocando la ropa en el armario.
Encontré una vieja Biblia en el cajón de la mesilla de noche. La abrí al azar.
En el Éxodo, leí. «No esparcirás rumores falsos, no prestarás ayuda al culpable para dar testimonio a favor de una injusticia. No te dejarás arrastrar al mal por la mayoría y no declararás en un juicio siguiendo a la mayoría para falsear la justicia». Sentí un pellizco en el estómago. Entonces recordé que no había comido desde el desayuno.
24
Me desperté a la mañana siguiente igual que me había acostado. lleno de aprensiones. No tenía la impresión de encontrarme en Roma, sino en una ciudad extraña, algo que me hacía sentir incómodo. Durante la noche había orinado en el orinal para no tener que ir al cuarto de baño, que era común para todos los huéspedes, y ahora me veía en la obligación de vaciarlo. La idea de exhibirme en pijama delante de desconocidos tampoco me complacía, así que aguardé hasta una hora tardía para salir del cuarto, asearme y vestirme.
Siguiendo la recomendación del segundo Smith fui a visitar al padre Sansovino a la Biblioteca Vaticana. Me intrigaba el asunto del veneno, y me preocupaba que Junio pudiera vengarse. No me recibió. Se limitó a hacerme llegar una nota a través de un scriptor, que decía. «Nos vemos a las cuatro de esta tarde en la cripta de la basílica de Santa Cecilia. En el caso de que no puedas acudir a la cita, comunícaselo al portador de esta nota».
Como tenía el resto de la mañana libre, decidí cumplir cuanto antes con el encargo del príncipe. Puse rumbo al Borgo, crucé el Tíber por Castel Sant'Angelo, torcí a la izquierda para coger la Vía dei Coronari, y anduve hasta el número 23, que era el inmueble al que había de llevar el paquete que me dieran en la farmacia. Se trataba de un edificio corriente, una de
tantas casas de vecinos. Luego continué el periplo hasta el Corso del Rinascimento.
La botica estaba situada frente a una librería, así que me detuve a mirar el escaparate antes de atreverme a entrar. En realidad, lo que hice fue esperar a que no hubiera clientes en la farmacia.
–Che cosa desidera? – me preguntó solícito el mancebo, aprovechando que el farmacéutico le había dejado momentáneamente al frente del negocio.
–Estoy buscando a don Oreste.
–Un attimo -dijo sin ocultar su decepción.
El mancebo entró en la rebotica. Un minuto más tarde salió un hombre de mediana edad y complexión robusta, que más que un farmacéutico parecía un atleta, a pesar de que llevaba puesta una impoluta bata blanca.
–¿Preguntaba por mí?
–Vengo a recoger el pedido del príncipe Cima Vivarini -dije.
–Le estaba esperando -añadió, al tiempo que sacaba de uno de los bolsillos de la bata un pequeño paquete envuelto en papel de estraza que no medía más de cinco centímetros de largo por dos y medio de ancho-. Aquí tiene.
–¿Es todo?
–Guárdelo en el bolsillo de la chaqueta -me respondió.
De nuevo en la calle tuve la tentación de abrir el paquete, pero me contuve por temor a ser descubierto. A continuación me dirigí de nuevo a la Vía dei Coronari. Una vez frente a la casa, me quedé un rato inspeccionándola.
Quería cerciorarme de que mi presencia allí no obedecía a una trampa.
Cuando me cansé de esperar a que ocurriera algo, entré en el edificio y subí con suma cautela hasta el segundo piso. Como no había timbre, golpeé la
puerta con los nudillos. Nadie acudió a mi llamada, así que volví a golpear con más fuerza. Un minuto más tarde giró la mirilla, tras la cual pude ver un ojo vidrioso de mujer cuyas pestañas habían sido embadurnadas con rimel.
Se cerró la mirilla y se abrió la puerta lo suficiente para que la mujer pudiera sacar un brazo y extender una mano, sobre la que deposité el paquete. Luego el brazo retrocedió a su madriguera cual serpiente y la puerta volvió a cerrarse. Entonces oí la voz de un hombre en el interior de la vivienda, que repitió la misma frase varias veces en una lengua extranjera, tal vez en alemán. Creí reconocer la expresión Mein Gott. Eso fue todo.
Durante un rato deambulé sin rumbo por la Piazza Navona y la Vía del Governo Vecchio, hasta que decidí buscar refugio en un café. Ahora mi brío inicial había dado paso a una especie de aturdimiento, que me obligó a quedarme largo rato sentado frente a un cappuccino al que no hice ningún caso. No entendía lo que podía estar pasando, menos aún qué podía contener el paquete de la farmacia. ¿Vivía en aquella casa un alemán que, por alguna razón desconocida, se veía obligado a ocultarse? ¿Acaso se trataba de un enfermo? ¿Y qué tenía que ver el príncipe con todo aquello?
Desde luego, en cuanto tuviera la ocasión pensaba compartir mi experiencia y mis dudas tanto con Montse como con el segundo Smith.
Por último, comí un bocado y puse rumbo al Trastévere siguiendo la ribera del río, que parecía una soga parda tratando de estrangular a la ciudad.
Antes de bajar a la cripta de la iglesia de Santa Cecilia, me quedé contemplando la escultura de la santa, obra de Stefano Maderno. Un capolavoro de inigualable belleza que, según la tradición, representaba a la santa en idéntica postura a como había sido encontrada en su tumba por el cardenal Sfrondati, durante el pontificado de Clemente VIII. Con la cabeza vuelta del revés envuelta en un pañuelo, debido a que en última instancia la mártir había sido decapitada, y el cuerpo de lado, mirando al frente, lo que más llamaba la atención eran las manos, con tres dedos estirados, que aludían al misterio de la Santa Trinidad individua. Pensé que gracias a la guerra de España y a Hitler había vuelto el tiempo de los mártires a Europa.
Cuando por fin descendí las escaleras que conducían a la cripta, me sorprendió encontrarme con las ruinas de una domus republicana del siglo III a.C., sobre la que se había superpuesto una ínsula del siglo II de nuestra era. Por un momento, tuve la impresión de estar adentrándome en uno de los grabados de Piranesi que había visto en el despacho del señor Tasso.
Avancé por un largo pasillo iluminado por pequeñas claraboyas que daban a la iglesia, a cuyos lados se abrían media docena de oscuras estancias embebidas de un olor rancio y desagradable. En una de ellas observé siete pilas de tosco ladrillo destinadas a teñir telas, y un nicho con un bajorrelieve de Minerva, la diosa protectora de la casa; en otra conté cinco sarcófagos romanos de bellísima factura; en una tercera se almacenaban columnas y restos del pavimento original. Más a la derecha, sumido en la penumbra, se encontraba el caldario donde la santa había sufrido suplicio durante tres días antes de ser decapitada. Al fondo del corredor, coincidiendo con el altar de la basílica, había una estancia de mayor tamaño que las demás, de estilo neogótico, con suelos cosmatescos de imitación y una docena de pomposas columnas, donde reposaban las urnas de santa Cecilia y de su esposo, san Valeriano. Fue lo mismo que saltar de un grabado de Piranesi al decorado de una ópera de Richard Wagner. En la cancela que protegía la cela, una inscripción rezaba. OBRA DE G. B.
GIOVENALE POR ENCARGO DEL CARDENAL MARIANO
RAMPOLLA DEL TINDARO. AÑO DE 1902.
El padre Sansovino llegó con retraso y, como el día que ascendió hasta la Academia para interesarse por el paradero de Junio, venía sin resuello.
–Disculpa la demora, José María, pero creo que me siguen desde hace varios días, así que me he visto obligado a coger el Circolare Rossa.
El sacerdote se refería al tranvía que recorría los suburbios de Roma.
Supuse que quienes vigilaban al padre Sansovino eran los hombres de Smith, tal y como habíamos acordado, y no le di mayor importancia al asunto.
–¿Y bien, has tenido noticias de nuestro amigo? – me preguntó una vez hubo recuperado el aliento.
–Ha ocurrido algo terrible -me arranqué a hablar-. Los dos técnicos alemanes encargados de desplegar el Mapa del Creador han muerto. Al parecer, el papiro estaba infectado con el bacilo del ántrax.
El rostro del padre Sansovino sufrió una repentina transformación.
–¿Cuándo aprenderemos los hombres que las respuestas a nuestros problemas no se encuentran en la oscuridad? ¿Cuándo entenderemos que provocar la muerte no sirve para conjurar nuestras angustias, sino todo lo contrario? ¿Cuándo seremos capaces de descubrir que el enemigo lo llevamos dentro, y que es con uno mismo con quien se ha de luchar encarnizadamente? ¡Dios tenga piedad de todos nosotros! – tronó el alma turbada del sacerdote.
–Junio cree que es usted el responsable del envenenamiento -completé la información.
–El príncipe se equivoca, aunque ahora eso carece de importancia -añadió-.
¿Recuerdas al scriptor que le vendió el Mapa del Creador a Junio? En uno de sus bolsillos encontramos un papel en el que había dibujado un octógono con el nombre de Jesús en cada lado, y la siguiente inscripción. «Dispuesto al dolor por el tormento, en nombre de Dios». Es el lema de un antiguo grupo católico llamado Círculo Octogonus. Siempre en número de ocho, sus miembros eran fanáticos dispuestos a defender la religión católica a toda costa, incluso haciendo uso de la violencia. El origen de esta secta hay que buscarlo en tiempos de las guerras de religión que tuvieron lugar en Francia a finales del siglo XVI y principios del XVII. ¿Has oído hablar de un monje llamado Ravaillac?
–No -dije.
–Asesinó a Enrique IV de Francia asestándole varias puñaladas, el 14 de mayo de 1610. Siempre se ha creído que Ravaillac era miembro de esa siniestra organización, que ha aparecido y desaparecido a lo largo de la historia a su conveniencia, sin que nadie haya podido siquiera demostrar su
existencia fehacientemente ni determinar quiénes eran sus miembros. La última vez que los «8» dieron señales de vida fue durante la época napoleónica. Por supuesto, los enemigos de la Iglesia siempre han defendido que el Círculo Octogonus estaba íntimamente ligado a la Santa Alianza. Pero te aseguro que el scriptor asesinado no tenía vínculos con los servicios de espionaje del Vaticano.
–¿Insinúa que el hombre se inmoló voluntariamente, que sabía que después de entregar el mapa iba a ser asesinado?
–En efecto, el scriptor que robó el mapa sabía que corría el riesgo de morir.
–De modo que ése es el motivo por el cual L'Osservatore romano y Radio Vaticano no se hicieron eco de su muerte. Darle publicidad hubiera sido lo mismo que reconocer la existencia de una secta de asesinos en el seno de la Iglesia -reflexioné en voz alta.
–Queríamos cortar el mal de raíz. Nada contraría más a la iglesia que saber que su nombre sirve de excusa a un grupo de asesinos, por muy católicos que digan ser. La postura de Su Santidad con respecto a Hitler es bien conocida por todo el mundo, pero eso no significa que el Santo Padre desee, y mucho menos que instigue o aliente, que se cometan acciones violentas que puedan poner en peligro la vida del canciller alemán.
No se lo dije al padre Sansovino, pero después de escuchar su historia llegué a la conclusión de que comprender a quienes hablaban en nombre de Dios resultaba tan difícil como entender a los nazis.
–¿Y qué va a pasar ahora?
–Ahora que sabemos que detrás de la venta del Mapa del Creador se escondía un plan para cometer un crimen, trataremos de desenmascarar con más ahínco si cabe a los miembros del Círculo Octogonus.
–El problema es que Junio desconoce la existencia de ese círculo de fanáticos y, como le he dicho, cree que el instigador de los crímenes es
usted. Tal vez intente vengarse.
–Estoy dispuesto al dolor por el tormento, en nombre de Dios -me respondió con los brazos abiertos.
–¿No es ése el lema de la organización criminal de la que acaba de hablarme? – pregunté perplejo.
–Llegados a un determinado punto también puede aplicarse a cualquier persona dispuesta a convertirse en mártir. Un sacerdote ha de estar siempre preparado para el sacrificio, siguiendo el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo -me respondió.
Fue entonces cuando comprendí que la elección de la cripta de la basílica de Santa Cecilia no era casual, puesto que entre aquellas paredes había vivido y sufrido martirio la santa. Citándome allí quería mostrarme la clase de armas con que contaba la Iglesia para luchar contra sus enemigos. fe y resistencia; astucia y determinación. Y la convicción de que la sangre de los mártires no manaba en vano.
Encontré a Montse esperándome en la puerta de mi nueva casa. Caminaba rauda de un lado a otro del portal aterida de frío, a pesar de lo cual su cuerpo traslucía el sosiego que a mí me faltaba. Durante unos instantes tuve la sensación de que se movía por un escenario cuyos límites eran las sombras fracturadas del edificio. A sus pies, un charco reflejaba las últimas luces del día. Me pregunté cuándo había llovido y en qué había estado pensando para no darme cuenta.
–¿Por qué no has subido? ¿Por qué no me has esperado dentro? – le dije con cierto tono de reproche.
–Lo he intentado, pero tu casera me ha dicho que están prohibidas las visitas femeninas, y luego me ha dado con la puerta en las narices.
–Esa bruja es peor que el secretario Olarra -me quejé.
–Eso es imposible. Ahora Olarra desconfía de mí. Lo veo en sus ojos de acero. He tenido que concertar una cita con Junio para que no me siguiera.
Hemos tomado café y luego Gábor me ha traído en el coche. Dentro de una hora vendrá a recogerme para devolverme de nuevo a la Academia. Me temo que para poder vernos, tendré que estrechar de nuevo los lazos con el príncipe.
Recordé mi conversación del día anterior con Junio, cuando me preguntó si Montse nos trataba a los dos por igual.
–Veo que nada ha cambiado en la Academia.
–Doña Julia ha vaticinado que la guerra se habrá acabado en abril, y cuando Olarra le ha preguntado si se tenía callado que trabajaba para los servicios secretos del gobierno de Burgos, la buena mujer le ha respondido que su fuente era el fantasma de Beatrice Cenci, que por llevar varios siglos vagando por las dependencias de la Academia Española, había acabado interesándose por los asuntos patrios. Entonces Olarra ha querido seguir con la burla preguntándole a la mujer si el fantasma de la Cenci le había comunicado alguna otra noticia de interés. La respuesta de doña Julia ha sido contundente. «El Santo Padre morirá el 10 de febrero del año próximo». Ya te puedes imaginar el revuelo que se ha armado. Incluso los hay que han cruzado apuestas. ¿Tú que opinas?
–Yo no opino nada, porque tengo bastante con lo mío -me desmarqué.
–Junio me ha dicho que vas a trabajar para él, al menos hasta que consiga que te admitan en un estudio de arquitectura.
–Quiere emplearme como correo. Esta mañana he tenido que recoger un paquete en una farmacia y llevarlo a un piso de la Vía dei Coronari. Tenía prohibido hacer preguntas, pero creo que en la casa vivía un alemán que ha empezado a dar gritos de alivio cuando ha tenido el paquete en sus manos.
Ha exclamado varias veces. «Mein Gott!».
–Tal vez se trataba de un enfermo y le daba las gracias a Dios por haber recibido la medicina.
–Yo también he pensado lo mismo, pero el hecho de que el hombre sea un enfermo, digamos grave o terminal, no explica que el mancebo de la farmacia no pudiera hacerse cargo de la entrega, menos que tuviera que llevarse a cabo con tanto secretismo. Junio aseguró necesitar a alguien de confianza para realizar el trabajo, y eso es precisamente lo que no encaja, porque si recela de una persona es de mí.
–Quizá haya cambiado de opinión -sugirió Montse.
–No, al menos mientras siga pensando que hablas de mí más de la cuenta.
–¿Eso te ha dicho?
–No te preocupes, yo le he dicho que delante de mí no paras de hablar de él.
Montse sonrió con complacencia antes de decir.
–Menudo par de idiotas engreídos. ¿Me llevas a tomar algo caliente?
–Creía que ya habías tomado café con el príncipe.
–Y así es, pero la media hora que llevo esperándote a la intemperie me ha dejado helada.
–¿Quieres que suba a por una prenda de abrigo?
–Prefiero que me abraces -soltó.
Cuando la estreché entre mis brazos, noté cómo su cuerpo se estremecía presa de una fragilidad y una languidez que yo no había sospechado que pudiera darse en ella; una sacudida que, según mi parecer, no sólo obedecía al fresco, sino también a un sobresalto de sus sentidos. Luego apoyé mi mejilla derecha sobre su mejilla izquierda. Noté el frío tan intensamente