El mapa del creador

Emilio Calderón · Capítulo 29 de 42

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El mapa del creador

Capítulo 4

Palazzo Farnese, que quedaba justo al otro lado del Tíber. Pronto, como había hecho durante mi estancia en la Academia, comencé a contar las cúpulas y torres que quedaban al alcance de mi campo de visión. Il Gesú, San Carlo ai Cattinari, Sant'Andrea della Valle y la Chiesa Nuova.

Esta casa es la misma en la que vivo con Montse en la ac¬tualidad, y creo que ha llegado el momento de contar cómo y en qué circunstancias regresó a mi lado.

4

La guerra devoró 1940 con la misma avidez con que Alema¬nia engullía naciones. Durante los primeros meses del año, Mussolini titubeó ante la recomendación de la clase política italiana, incluido el Rey, de unirse a Alemania. La resistencia de Mussolini a entrar en la guerra era debida a que conocía las limitaciones del ejército italiano, a pesar de que los servicios de propaganda lo habían vendido al mundo como uno de los más aguerridos y mejor preparados. Por fin, cuando el Duce tuvo la certeza de que la derrota de Francia era inminente, le declaró la guerra a ese país y a Gran Bretaña, más por el temor a que Italia fuera invadida por los alemanes en el caso de no dar ese paso, que por la confianza de obtener una victoria en el campo de batalla. Era el día 10 de junio de 1940, y por aquel entonces ningún italiano en sus cabales dudaba del triunfo de Alemania en la guerra.

La incapacidad empero de los italianos para someter el sur de Francia, cuyo ejército había sido desmembrado por los ale¬manes, marcaría la pauta de la intervención de las huestes fascistas durante el resto del conflicto armado.

Dirigidas por el príncipe de Saboya, quien se hizo acompañar por condes, du¬ques, marqueses y jerarcas fascistas, las tropas italianas apenas pudieron avanzar por suelo francés debido a la debilidad mos¬trada por sus mandos y a una línea de abastecimiento mal con¬cebida. En apenas una semana de

combates, el ejército italiano sufrió seiscientas bajas y dos mil heridos. Sólo el armisticio en¬tre ambas naciones logró que cesaran las hostilidades. Pero a pesar de que Italia era supuestamente la vencedora, el trata¬do de paz se firmó siguiendo las recomendaciones de Alema¬nia, que era quien de verdad había doblegado al ejército galo. Mussolini reclamó Córcega, Avignon, Valenza, Lyon, Túnez, Casablanca y otras plazas de menor importancia. Hitler, argu¬mentando que no quería humillar a Francia, máxime cuando pensaba utilizar su suelo para dar el salto a Inglaterra, única¬mente le concedió a Italia una franja desmilitarizada de cin¬cuenta kilómetros en la frontera ¡talo-francesa, y otra en la li¬bio-tunecina.

Los sucesivos fracasos del ejército fascista en el Egipto bri¬tánico primero, y más tarde en Grecia, obligaron a los alema¬nes a intervenir en su ayuda, y eso acabó por resquebrajar la confianza que muchos italianos tenían depositadas en sus mi¬licias y en su Duce.

Pese a que Junio nunca osó confesar abiertamente su de¬sencanto, a primeros de octubre de 1940 intensificó sus contac¬tos con las SS. El día 15 de ese mes puso rumbo de nuevo a Wewelsburg, donde tenía previsto encontrarse con Himmler. Al parecer, iba a viajar con la comitiva de Hitler hasta Hendaya, donde el Führer tenía previsto entrevistarse con Franco, para luego continuar viaje hasta Madrid y Barcelona como acompa¬ñante del Reichsführer. Luego Junio me contó una de esas his¬torias que tanto le gustaba escuchar al segundo Smith. Era una historia que se refería a una leyenda cátara, según la cual el Cáliz de Cristo se encontraba guardado en las entrañas del cas¬tillo de Montsegur, al sur de Francia, desde poco antes de que la fortaleza cayera en 1244. Sin embargo, Montsegur estaba construido sobre un bloque de piedra compacta, lo que llevó a pensar a los estudiosos que anhelaban encontrar el Santo Grial que tal vez estuviera oculto en una de las cuevas del monaste¬rio de Montserrat, al otro lado de la frontera franco-española. De modo que Himmler había tomado la decisión de viajar a Montserrat para recorrer las grutas secretas del monasterio barcelonés. Además de Junio, la expedición de Himmler estaba compuesta por veinticinco personas, entre las que se encontra¬ban Günter Alquen, director de la revista Das Schwarze Korps, el general Karl Wolf, jefe de su estado mayor, y un extraño personaje llamado Otho Rahn. Digo

extraño porque Rahn era un experto en literatura medieval y catarismo, autor de un libro titulado Cruzada contra el Grial y de otra obra singular, La Corte de Lucifer, uno de los textos predilectos de Himmler, que fue distribuido encuadernado en piel de becerro entre los dos mil altos oficiales de las SS. Pero Rahn, que había llegado a es¬tar destinado en el estado mayor de Himmler, tenía un pro¬blema, su abuela se llamaba Clara Hamburger y su bisabuelo Leo Cucer, apellidos habituales de los judíos centroeuropeos, de modo que se decidió «eliminarle» para que siguiera prestando sus servicios a las SS con otra identidad. De esa forma, Otto Rahn se convirtió en Rudolph Rahn. Si hago hincapié en este personaje, es porque sería nombrado embajador alemán en Ro¬ma en los últimos meses de la ocupación.

Recuerdo que cuando le pregunté a Junio si pensaba buscar a Montse, me respondió.

–No, voy a buscar el Santo Grial. Pero si me la encuentro, le diré cuánto la echas de menos.

–¿Lo harás por mí?

–Te lo prometo.

Y tras reflexionar unos segundos, añadió.

–Creo que las cosas serían más fáciles si en vez de buscar el Grial o cualquier otra reliquia, la gente se conformara con encontrar el amor, ¿no te parece?

–¿Qué quieres decir?

–Nada que tenga importancia. Sólo digo que a veces nos empeñamos en buscar lo que no existe, y rechazamos lo que tenemos al alcance de la mano. Es como si la sencillez (las co¬sas sencillas en general) no fuera suficiente para poblar el mun¬do de deseos, o mejor dicho, para cubrir las necesidades de deseo del ser humano. Pero supongo que siempre ha sido

así, de lo contrario no existirían tantos mitos y dioses. Hitler cree haber encontrado la solución a ese problema rescatando el concepto de Hombre-Dios, un modelo de ser superior que lleva incorpo¬rado todas las preguntas y todas las respuestas.

Una ventosa y desapacible tarde de noviembre (en la que me embargaba un profundo sentimiento de melancolía), Junio llamó a la puerta de mi casa.

Acababa de regresar de su viaje a Barcelona y traía noticias de «nuestra amiga», según sus pala¬bras. Estaba exultante, y desde mi punto de vista, me habló de Montse como quien ha cancelado una deuda pendiente con su pasado o expiado un pecado.

–Definitivamente, el Grial no está enterrado en Montse¬rrat, pero a cambio me encontré con nuestra amiga -expuso.

–¿La viste? ¿Dónde? – me interesé.

–Antes sírveme una copa.

–Puedo ofrecerte un amaro. Es la única bebida con alcohol que tengo.

–¿Averna?

–Averna.

–De acuerdo. Me la encontré en el hotel Ritz. Fue una ca¬sualidad, porque era allí donde nos alojábamos los miembros de la comitiva que acompañaba al Reichsführer.

–Tal vez no fuera una casualidad -sugerí-. La llegada de Himmler a Barcelona tuvo que ser anunciada en los periódicos locales, y Montse conoce la estrecha relación que mantienes con el Reichsführer, así que es probable que se acercara hasta el hotel Ritz con la esperanza de encontrarse contigo.

–Es posible. De todas maneras, no pude verla fuera del ho¬tel porque alguien robó el maletín de Himmler de su habita¬ción, y desde ese momento todos anduvimos de cabeza. Tenías que haber visto el escándalo que se formó.

Cuando Junio hizo aquella confesión no se me ocurrió pen¬sar que Montse pudiera estar detrás de aquel robo. Menos aún que en el plazo de quince días fuera yo a tener el maletín del Reichsführer en mi poder.

–Montse me preguntó por ti, y le conté que ahora traba¬jas como arquitecto en el estudio del arquitecto Minnucci, y también le hablé de tu nueva casa.

Se puso muy contenta al saber que todo te iba tan bien. Me pidió tu dirección para escri¬birte.

–Y ella, ¿qué tal está? ¿A qué se dedica? – me interesé.

–Ha roto las relaciones con su padre, y ya no vive en la casa familiar. Una vez al mes se reúne con su madre en el hotel Ritz, meriendan juntas y doña Montserrat le entrega una pequeña cantidad de dinero para que pueda sobrevivir dignamente hasta que encuentre un trabajo bien remunerado.

Vive en una pensión, y trabaja como traductora para una editorial. Traté de con¬vencerla para que volviera a Roma. Le dije que aquí estaría me¬jor y más segura que en Barcelona, a pesar de la guerra. Antes de despedirme le entregué un sobre con dinero y un salvocon¬ducto para entrar en Italia. Me dijo que lo pensaría.

Aquella conversación con Junio me desasosegó y al mismo tiempo me insufló esperanzas, pues por el tiempo que había transcurrido pensaba que jamás volvería a tener noticias de Montse. De hecho, a estas alturas ya no sabía si de verdad es¬taba enamorado de ella o de su recuerdo. Hasta ese momento, siempre había dado por hecho que la vida de Montse en Barcelo¬na transcurría libre de complicaciones; en cambio, las palabras de junio daban a entender lo contrario. De haber podido, hubie¬ra corrido en su ayuda, pero a mi deseo de no regresar a Espa¬ña, se unía ahora mi compromiso laboral con el estudio del ar¬quitecto Minnucci. Lo que no podía imaginar era que en aquel preciso momento, Montse aguardaba en el