El mapa del creador
Capítulo 6
por entero a un hombre. En ese sentido, Montse es como uno de esos billetes que se dividen en trozos y se reparten entre varios amigos que se van a vivir a distintos continentes. Para comple¬tar de nuevo el billete se han de reunir y aportar cada uno la parte que le correspondió.
Pero como digo, aquella noche no ocurrió nada extraordina¬rio y, sin embargo, sirvió para sellar nuestra unión para siempre. Así que a cambio de negarme su pasión en el amplio sentido de la palabra, Montse me concedió el privilegio de su intimidad, la posibilidad de dormir con ella, de desayunar a su lado, los dos sentados en la terraza de nuestra casa mirando hacia las frondosidades del Gianicolo, de almorzar y cenar juntos, mientras el mundo se desangraba a nuestro alrededor sin remedio. Cuando echo la vista atrás, creo que lo más sobresaliente de nuestra re¬lación en esos años fue que, a pesar de nuestros diferentes ca¬racteres, ambos supimos contagiarnos dosis suficientes de op¬timismo, un bien tan escaso en aquella época como la carne o los artículos de importación. Un ejemplo claro de lo que digo es el hecho de que nos casáramos precipitadamente, pocas sema¬nas más tarde, para llevarle la contraria a la guerra. Podríamos habernos comprometido una vez acabado el conflicto, pero actuar como lo hicimos nos dio confianza en nosotros mismos, nos hizo creer que éramos nosotros quienes dominábamos la situación, y no la guerra. De hecho, creo que el optimismo si¬gue siendo en la actualidad uno de los pilares de nuestra rela¬ción.
Digamos que es un bien raíz que obtuvimos durante los años de guerra, y que a día de hoy nos sigue proporcionando una renta vitalicia.
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Fue también el entusiasmo ante la posibilidad de contraer matrimonio con Montse el que me preparó para aceptar el he¬cho de que nunca podríamos tener hijos. Recuerdo que el día que hablamos de casarnos, me dijo que antes de tomar ninguna decisión tenía que contarme algo. «El episodio más triste de mi vida», añadió. Luego, haciendo gala de una extraordinaria
sere¬nidad, me narró la historia de una joven inexperta y enamora¬diza que perdió la cabeza por un joven unos cuantos años mayor que ella, un joven de mundo que atesoraba un gran atractivo físico, numerosos ideales y un universo de experiencias que deslumbraron a la inexperta muchacha. La joven, pues, se en¬tregó en cuerpo y alma al joven durante unas cuantas semanas, el tiempo suficiente para quedarse embarazada. Pero la joven sabía que los días de su compañero en su país estaban contados, pues se trataba de un extranjero, y que llevar a término aquel embarazo hubiese supuesto la deshonra para ella y su familia. Por no mencionar que la posición del joven, cuyo trabajo era de suma importancia para cierta causa política, podía quedar com¬prometida. Desestimada la posibilidad de seguir al joven a su país, decidió no decirle nada y abortar. La joven recurrió enton¬ces a un tío suyo, una persona de ideas liberales y gran deter¬minación que conocía a las personas apropiadas para solucio¬nar un problema como ése. Gracias a que la joven vivía en un país en el que se había instaurado recientemente una Repúbli¬ca, no tuvo problemas para ver cumplido su deseo sin tener que dar demasiadas explicaciones y sin que le resultara demasiado oneroso para el bolsillo. Desgraciadamente, como consecuencia de la intervención, la joven quedó incapacitada para tener más hijos, y pensó que era el castigo que le enviaba Dios por su pro¬ceder.
Tuvieron que pasar tres años hasta que logró sobreponer¬se, y aún así, padecía accesos de remordimiento de vez en cuan¬do, una enfermedad que, con toda seguridad, se había vuelto crónica. «Por eso le estoy tan agradecida a mi tío Jaime, y por eso nunca podré tener hijos», concluyó Montse.
Ni siquiera la invasión de Polonia o de Francia por parte de los alemanes me sorprendió tanto como aquella confesión. Por algún extraño prejuicio, yo la imaginaba virgen. Pero una vez me hube repuesto de la noticia, le dije.
–No me importa. La guerra dejará el mundo lleno de ni¬ños huérfanos, así que, si queremos ser padres, siempre podre¬mos adoptar un hijo.
–No lo comprendes, ¿verdad? Jamás podré adoptar un hi¬jo. Cada vez que viera el rostro de ese niño, me acordaría de ese otro hijo que arranqué
voluntariamente de mis entrañas. No, no quiero tener hijos.
En numerosas ocasiones he estado tentado de pedirle que me hablara de aquel joven con el que había consumido todo su ardor, pero a la hora de la verdad nunca me he atrevido. En el fondo, considero a ese joven como el sueño sobre el que Mont¬se construyó su personalidad a posteriori. Sin la intervención de ese muchacho, yo tampoco hubiera tenido cabida en su vida. Y si alguna vez he sentido celos o incluso le he odiado, se ha tratado de unos celos indefinidos y de un odio cordial. De ma¬nera que aprendí a aceptar las virtudes de Montse y a obviar sus defectos. En alguna parte he leído que en todas las uniones matrimoniales existe el deseo de engañar a la persona con la que se vive acerca de algún punto débil en el propio carácter, porque resulta intolerable vivir constantemente con un ser hu¬mano que advierte nuestras pequeñas mezquindades. De ahí que haya tantos matrimonios que terminan siendo desgracia¬dos. El cúmulo de mezquindades pesa más en la balanza que cualquier otro aspecto positivo de la convivencia. Yo suscribo plenamente esas palabras, pues mi actitud fue la de obviar las pequeñas mezquindades de Montse, a pesar de lo cual tampoco estoy seguro de que el nuestro sea un matrimonio feliz.
La ceremonia la ofició el padre Sansovino, y Junio y algunos de mis compañeros de estudio ejercieron de testigos. Si de¬cidimos casarnos por la Iglesia, fue por el hecho de que hacerlo por lo civil suponía un triunfo para el estado fascista. La en¬trada de Italia en la guerra había aumentado la tirantez entre el Estado y la Iglesia. Y a pesar de que el nuevo Papa trataba de mantener un equilibrio propio de un volatinero (luego, con el paso de los meses, Pío XII pasó de funámbulo a títere de los na¬zis) con las potencias en conflicto, una parte de la Iglesia se quitó la venda y acusó a Mussolini de ser cómplice de las atrocidades que estaban cometiendo los alemanes en las naciones que conquistaban. Aproveché las charlas prematrimoniales con el padre Sansovino para comentarle lo que Junio me había con¬tado sobre la visita de Himmler a Montserrat en busca del San¬to Grial.
–Estoy al tanto del viaje del Reichsführer a Barcelona. Pero el Cáliz de la última Cena está en Valencia, y se trata de una información de dominio público -aseguró.
–¿Y qué hay de todas esas leyendas que les atribuyen a los cátaros? – le pregunté
–No son más que eso, leyendas. El Grial que reconoce la Iglesia apareció en Huesca antes de la invasión árabe de la pe¬nínsula ibérica. En el año 713, el obispo de Huesca, un tal Audaberto, huyó de la sede episcopal con el Grial y escondió la reli¬quia en la cueva del monte Pano. En ese mismo lugar se fundaría posteriormente el monasterio de San Juan de la Peña. Un do¬cumento con fecha de 14 de diciembre de 1134, consigna que el Cáliz de Cristo estaba custodiado en dicho cenobio. Otro docu¬mento fechado el 29 de septiembre de 1399, revela que la copa fue donada al rey Martín el Humano. El Grial fue llevado en¬tonces al palacio de la Aljafería de Zaragoza primero, y luego a la capilla de Santa Ágata, en Barcelona. Allí permaneció hasta la muerte de Martín el Humano. Luego, bajo el reinado de Alfon¬so el Magnánimo, el Grial fue trasladado a la catedral de Valen¬cia.
Desde 1437 está allí. Ésa es la historia oficial, y como ves los cátaros no aparecen en ella.
–Entonces ¿qué buscaba Himmler en Montserrat?
–Lo desconozco, pero sé que ni siquiera quiso visitar la ba¬sílica. Eso provocó que los abades de Montserrat se negaran a recibirle. El encargado de hacerle los honores fue el padre Ripoll, que hablaba alemán. Según el clérigo, a Himmler no le in¬teresaba el monasterio, sino la naturaleza, llegando a asegurar que en Montserrat se había propugnado la herejía albigense con la que los nazis tenían tantas cosas en común.
–No estoy al tanto de lo que significó esa herejía -reco¬nocí.
–Los cátaros, también conocidos como «los hombres bue¬nos», no creían en la muerte de Jesús a manos del ejército ro¬mano, por lo que renegaban de la Cruz. Sólo reconocían como libro sagrado el Evangelio de san Juan, vestían largas túnicas negras y recorrían las tierras del Languedoc en parejas, ayu¬dando a quien lo necesitara. Sentían un desapego absoluto por las riquezas materiales, y no tardaron en ser aceptados por to¬dos los
estratos de la sociedad, necesitada de identificarse con cualquier filosofía liberadora. Pero este pequeño movimiento local cruzó las fronteras de Francia para instalarse en Alema¬nia, Italia y España, con lo que Roma decidió tomar cartas en el asunto. Teniendo en Cuenta que estos «hombres buenos» creían que Lucifer, al que ellos llamaban Luzbel, era asimismo un be¬nefactor de la humanidad, el papa Inocencio III lo tuvo muy fá¬cil para emprender una cruzada contra ellos. Comenzó enton¬ces una persecución implacable, que acabó con la vida de miles de personas y dio pie a la famosa leyenda de que los cátaros, antes de ser exterminados, pudieron poner a salvo inmensos tesoros, entre los que se encontraría el Grial.
Desconozco qué puntos en común puede haber encontrado Himmler con los cá¬taros, salvo que el Grial que reconoce la Iglesia y el que busca el Reichsführer no sean el mismo.
–¿A qué se refiere?
–Algunas antiguas leyendas paganas aseguran que el San¬to Grial no es el Cáliz de la última Cena, sino una piedra sa¬grada capaz de canalizar las energías celestes. El poeta Wolfram von Eschenbach dice en su Parsifal que el Grial es una piedra «del tipo más puro». Otros la han calificado como
«piedra con espíritu» o «piedra eléctrica». Según algunas teorías se trataría de una energía neutral, y estaría custodiada por un grupo de ángeles a los que se conoce por el nombre de Los Dudosos, por cuanto que permanecieron al margen de la disputa entre Dios y el Diablo. Von Eschenbach, cuya obra narraría hechos que ocurrieron durante la cruzada contra los cátaros, escribió de es¬tos ángeles. «Esos que no estuvieron de ningún lado / cuando Lucifer y la Trinidad lucharon. / Esos ángeles dignos y nobles, / que a descender a la tierra fueron obligados / hasta esta misma piedra…».
–De modo que Himmler no buscaba en Montserrat el Cá¬liz de Cristo, sino una fuente de energía.
–Es posible. Una energía neutral que puede ser utilizada tanto para el bien como para el mal. Ni que decir tiene que dentro de estos dos mundos antagónicos, el papel de Heinrich Himmler es el del mago negro Klingsor,
antiguo caballero del Grial renegado.
–Supongo que ahora el Reichsführer espera encontrar el lugar exacto donde se halla esa piedra en el Mapa del Creador.
–Tal vez. Aunque para serte sincero, veo muchas contra¬dicciones en esta historia.
–Explíquese.
–Los cátaros rechazaban poseer bienes materiales, los ini¬ciados incluso estaban obligados a renunciar a ellos. Además, se oponían a la adoración iconoclasta. De modo que creer que po¬seían un tesoro y que hicieron todo lo posible por ponerlo a salvo es sencillamente absurdo, pues iba en contra de sus prin¬cipios. Me temo que Himmler es lo que podríamos llamar un
«cataroidiota».
–Comprendo.
Fue Smith quien arrojó un poco de luz después de traducir los documentos que contenía el maletín del Reichsführer. Los planos que Montse había visto pertenecían en efecto a los sub¬terráneos de Montserrat, pero también había otros de los bún¬keres que el ejército de Franco estaba construyendo en la Línea de la Concepción. Un total de cuatrocientos noventa y ocho fortificaciones de hormigón que, según se desprendía de las notas a pie de página, iban a ser utilizadas por parte del ejército alemán para tomar Gibraltar. Una operación que fue bautizada con el nombre en clave de
«Félix», y que quedó abortada tras la reunión de Franco y Hitler en Hendaya. Además de estos pla¬nos, el maletín de Himmler contenía documentos que ponían de manifiesto la colaboración que existía entre la policía polí¬tica franquista y las SS. Por último, el Reichsführer portaba consigo un extraño informe que hacía referencia a la existen¬cia de trece ciudades subterráneas en la cordillera de los Andes. Trece ciudades de piedra iluminadas artificialmente y conecta¬das entre sí a través de túneles, cuya capital era la ciudad de Akakor, que se extendía más allá del río Purus, en un alto valle situado entre la frontera de Brasil y Perú. Ese reino
subterrá¬neo, mandado levantar por los Grandes Maestros hace miles de años, disponía de una planta capaz de reblandecer la piedra. Un hallazgo que los nazis deseaban poseer a toda costa.
Para mí, aquellas historias estaban huecas, como la Tierra en la que creía Himmler, a pesar de que el Reichsführer pen¬sara que la consecución de sus fines acabaría por remover los cimientos del mundo.
Ahora, cuando pienso en todos estos viejos asuntos, me doy cuenta de que logré sobrellevarlos gracias a Montse. Es como si el destino me hubiera premiado con una recompensa al permitirme contraer matrimonio con ella.
De otra forma no sé cómo hubiera podido soportar la carga que para mí suponía tener que aceptar la superchería de los nazis, máxime cuando me precio de ser una persona racional. Sé que el segundo Smith se tomaba aquellos descubrimientos muy en serio; a mí, en cambio, me parecían una pérdida de tiempo, porque mientras nosotros nos preocupába¬mos por descifrar el nombre de no sé qué legendaria ciudad del Amazonas, la máquina militar alemana seguía mostrándose im¬placable. Sí, para mí, andar tras la pista del Mapa del Creador, de la Sagrada Lanza de Longinos, o del Santo Grial no tenía ningún sentido, y hubiera sido partidario de otra línea de actuación, más expeditiva, para detener el avance de los panzer del Tercer Reich. No hubiera dudado en bombardear los búnkeres que yo mismo diseñaba, y cuya ubicación conocía el segundo Smith gracias a mis informes. En no pocas ocasiones llegué incluso a enfadarme con él ante lo que yo consideraba una actitud pasiva de su parte, pero siempre acallaba mis quejas recomendándome que no me impacientara, puesto que el ejército aliado sabría utilizar la infor¬mación que yo le suministraba a su debido momento.
Otro tanto ocurría con Junio. Si algo le reprocho, además de su comportamiento criminal, es precisamente que se dejara do¬minar por la superstición. Al principio pensé que formaba parte de su carácter, pero con el paso del tiempo llegué a la conclu¬sión de que su gusto por lo esotérico no era más que un capri¬cho, uno de esos placeres ridículos que puede permitirse la gente rica. Porque al margen de su afición por la paleografía y por la política, Junio nunca había trabajado en nada. Ni siquiera se ocupaba
de los negocios familiares, que eran administrados por una legión de abogados, agentes de cambio y bolsa y con¬tables. Pero supongo que ése era el comportamiento que se es¬peraba de un príncipe que disfrutaba del privilegio de la amis¬tad del rey de Italia.
Como nos ocurrió a todos, la guerra sacó a la superficie lo peor y lo mejor de Junio. Y cuando la ineficacia del ejército ita¬liano acabó arruinando su fe inquebrantable en el movimiento fascista, buscó refugio en el esoterismo con la vehemencia de un alcohólico que confunde su ebriedad con la realidad. Era rara la reunión en la no hiciera referencia a alguna de las estra¬falarias misiones que le encargaba Himmler. encontrar el Mar¬tillo de Wotan; dar con el paradero del Rey del Mundo; hacerse con el Bastón de Mando, etc. De entre todas, recuerdo una que nos contó mientras cenábamos en el restaurante Nino, en la Vía Borgognona. Según Junio, el Reichsführer le había encargado la importante misión de organizar una expedición a Centroa¬mérica en busca de lo que el llamó «El cráneo del destino». Al parecer, en enero de 1924, un explorador llamado Fredrik A.
Mitchell-Hedges, había descubierto una calavera tallada en cris¬tal de roca en las ruinas de un complejo arquitectónico de la ci¬vilización maya, al que bautizó con el nombre de Lubaantum (que significaba «Ciudad de las Piedras o de los Pilares Caídos»), en la zona del Yucatán perteneciente a Belice. El cráneo, de cinco kilogramos de peso, había sido esculpido en una sola pieza, y la perfección del tallado, la exactitud de sus detalles (la mandíbula era articulada) y su dureza (que en la escala de Mohs alcanza¬ba siete sobre diez), hacía de este objeto una pieza única y sin¬gular. Tanto que los expertos afirmaban que sólo se podía haber cortado y pulido con herramientas como el corindón o el dia¬mante, y de haberse tallado a mano, como se suponía, el artesano o artesanos tenían que haber invertido más de trescientos años en finalizar la obra. Pero aún había más, los kekchi, indígenas que habitaban en la zona, aseguraban que existían trece calaveras como aquélla, que habían pertenecido a los sacerdotes lo¬cales, y que éstas eran tradicionalmente utilizadas para cere¬monias esotéricas, puesto que eran fuentes de poder capaces de curar o matar. Mitchell-Hedges no dudó en asegurar que aque¬llas ruinas y aquella calavera pertenecían al continente perdido de la Atlántida.