El mapa del creador
Capítulo 13
Smith. Lo tenía delante de mí, de espaldas, frente a la tumba de Keats.
Repetía como una letanía el epitafio de la lápida. «Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua». Luego yo tocaba su hombro para advertirle de mi presencia. Entonces, al volverse y mostrarme su rostro, descubría que no tenía boca, a pesar de lo cual oía su voz con claridad. «Mi alma es demasiado débil; sobre ella pesa / como un sueño inconcluso, la espera de la muerte / y cada circunstancia u objeto es una suerte / de decreto divino que anuncia que soy presa / de mi fin, como un águila herida mira al cielo…», recitó un fragmento de un poema de Keats. «Me mintió, me dijo que no había peligro, y ahora usted está muerto», le reproché. «Todos deseamos ser diferentes de lo que somos, todos albergamos en nuestro interior un alma convulsa, por eso vivir puede resultar tan peligroso», me replicó. «¿Qué quiere decir?», le pregunté. Smith me sonrió encogiendo los ojos y los mofletes, antes de añadir. «La respuesta a su pregunta es sí, ha merecido la pena. Ahora, no pierda más tiempo conmigo y vuelva a sus asuntos».
Me desperté sobresaltado y sudoroso, como si hubiera estado corriendo durante un buen rato tratando de huir de aquellas imágenes, y con el temor de que aquella pesadilla pudiera durar más que la misma muerte.
13
Pero si hubo algo que me causó desazón, fue la relación de Montse con el príncipe Cima Vivarini, cuyos encuentros se hicieron más frecuentes en aquellos días. Durante dos semanas, Montse cambió el espionaje por el cine sonoro, los trajes de chaqueta de viyela, las cenas a la luz de las velas y los paseos nocturnos por la ciudad más romántica del mundo (lo angosto de las calles romanas pone de manifiesto el deseo de la urbe de defender la intimidad de moradores y transeúntes). De modo que no me quedó más remedio que leer en su rostro lo que estaba ocurriendo. Resulta sorprendente cuánto puede decirnos el movimiento de los ojos o la torsión
de la boca sobre el estado de ánimo de una persona. Incluso si ésta lo que pretende precisamente es ocultar sus sentimientos. Ése era el caso de Montse, que evitaba por todos los medios a su alcance toda señal de inquietud, de nerviosismo o de azoramiento. A veces, simplemente, le temblaba la barbilla, las ventanas de su nariz se abrían más de la cuenta, o sus ojos brillaban como piedras preciosas, pero yo sabía cómo interpretar aquellos pequeños gestos. Eran la expresión viva de su amor.
Sólo tenía la ocasión de encontrarme con ella a la hora del desayuno (gracias a la intervención de Junio había empezado a asistir a un curso de catalogación en la biblioteca del Palazzo Corsini que le ocupaba la mayor parte del día), momento que aprovechaba para dar parte a su madre y a doña Julia de los avances de su relación. Aunque lo hacía de manera inconsciente, o cuando menos velada, mientras desgranaba el argumento del film que había visto el día anterior en compañía del príncipe. Recuerdo todavía el título de algunas de esas películas por el significado melodramático (de hecho solía tratarse de melodramas) que tuvieron para mí. Una era Sotto la croce del Sud, del director Guido Brignone, cuya historia hacía hincapié en lo importante que era en la vida experimentar emociones desconocidas y, en consecuencia, crecer interiormente. Era obvio que Montse estaba inmersa en un proceso de esa naturaleza, cuando uno descubre las ventajas de un mundo nuevo, sin tener presente los inconvenientes. Aquellas citas eran para ella una prueba de iniciación a la vida adulta. Luego la conversación derivaba hacia la ropa que Montse debía ponerse esa noche. El señor Fábregas había cumplido su promesa, y el guardarropa de Montse había aumentado con cuatro o cinco nuevas prendas, a las que había que sumar los trajes y vestidos que las otras mujeres de la Academia ponían a su disposición. El comedor se llenaba de pronto de palabras incomprensibles para mí. abertura, abolsado, acanalado, bateu, bies, blonda, camisé, cardigan, cinta, colección, corchetes, costura, dobladillo, doble manga, duvetin, así hasta la z. Yo aprovechaba esos momentos para leer su rostro, porque era entonces cuando empezaba a relajarse, cuando bajaba la guardia porque creía haber encontrado una respuesta satisfactoria a las preguntas que momentos antes le había formulado en silencio a su corazón.
En ese estado de cosas, yo buscaba refugio en la terraza. Subía media hora antes del crepúsculo, cuando la luz del tramonto se reducía a la mínima expresión y teñía la ciudad con su pátina dorada, que un instante más tarde daba paso a un arco iris de tonos sepias primero y más tarde violáceos, como si la llegada de la noche obedeciera a un proceso de estrangulamiento.
El día moribundo sitiando a la ciudad agonizante. Me gustaba contemplar cómo Roma se diluía delante de mis ojos tal que un hermoso sueño y, cómo, una vez reducida a vagos y fantasmales contornos, mis pupilas transformaban el paisaje en amenazantes figuras oníricas. Era como si las sombras dotaran de movimiento a los edificios. Las iglesias parecían saltar las barbacanas; la distancia entre las torres y cúpulas se llenaba de oscuridad, formando un único y gigantesco ajimez de negrura; la imponente masa marmórea del monumento a Vittorio Emanuele se convertía en la sábana de un aterrador fantasma; y las eminencias del Aventino, el Palatino y el Capitolio, hermosas atalayas diurnas, fundían su acervo de templos y ruinas con un horizonte que parecía esculpido en piedra. En esos momentos, me daba por pensar que el verdadero drama de Roma no era ser la Ciudad Eterna, sino estar precisamente condenada a vivir eternamente. Escritores como Quevedo, Stendhal, Zola o Rubén Darío habían cantado su decadencia o vaticinado su disolución, sin tener en cuenta que la condena de Roma era permanecer para siempre, con mejor o peor cara, en el vasto mundo de los recuerdos.
Hasta que un día ocurrió una cosa que puso de relieve que el suelo sobre el que Montse pisaba no era tan firme como ella creía. De hecho, llegué a la conclusión de que no sabía qué clase de suelo pisaba.
Una tarde la encontré ocupando mi puesto habitual de observación en la terraza, en compañía de Rubiños, que con instrucciones ciertamente abstractas, trataba de enseñarle cómo manejar unos prismáticos.
–¿Qué hacéis? – les pregunté.
–La señorita busca no sé qué barco anclado en aquella montaña, mi pensionado -se adelantó Rubiños.
–Trato de localizar el Aventino, pero este trasto es una lata -dijo Montse, al tiempo que le devolvía los prismáticos al radiotelegrafista.
–Cuéntele lo del barco, señorita, porque si hay alguien que sepa todo lo que puede verse de Roma desde aquí, ése es mi pensionado -añadió Rubiños.
–Supongo que se trata de una tontería. Es una historia que me ha contado Junio.
–¿De qué historia se trata?
–Esta tarde, después de llevarme a tomar café, me ha preguntado si no tenía inconveniente en acompañarle hasta el Priorato de la Orden de Malta, en la Piazza dei Cavalieri di Malta. Al parecer, tenía que entregar no sé qué documentos porque los caballeros de la orden están preparando un viaje…
Hasta ahora todo parecía normal.
–¿Y bien?
–Una vez frente al portón de entrada, me ha dicho que mirara a través de la cerradura…
–… Y has visto una perspectiva de la cúpula de San Pedro enmarcada en una avenida de cipreses, tal que una postal -me adelanté.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque todo el mundo en Roma ha mirado alguna vez a través de ese buco.
Todo el conjunto es obra de Piranesi. De hecho, es la única obra del Piranesi arquitecto, y si no estoy equivocado, sus restos descansan en un mausoleo de la iglesia de Santa María del Priorato, que forma parte del complejo.
–Me he quedado de una pieza cuando lo he visto -reconoció Montse.
–Eso era lo que pretendía Piranesi. Su propósito era superar la distancia (quizá sea más exacto decir el espacio) que separa el Aventino de la basílica de San Pedro mediante un efecto óptico, de modo que al mirar a través de la cerradura, el observador tenga la impresión de que la cúpula está situada justo al finalizar el jardín, y no a varios kilómetros de distancia -expuse.
Montse digirió mis explicaciones durante unos cuantos segundos. Luego me preguntó.
–¿Y qué me dices del barco?
–¿De qué barco hablas?
–Veo que todo el mundo en Roma ha mirado a través de esa cerradura, pero nadie parece haber oído hablar de la historia del barco. Al terminar la visita, Junio me ha asegurado que la colina sobre la que se asienta el Priorato de la Orden de Malta es en realidad un gigantesco barco listo para zarpar en cualquier momento a Tierra Santa. Y como le he dicho que eso no era posible, me ha hecho prometerle que en cuanto regresara a la Academia me asomaría a la terraza para comprobar cómo la cara sur de la colina había sido cortada como una gran «V», para que sirviera de proa.
–Un barco necesita algo más que proa para poder navegar -le hice ver.
–Lo sé. La puerta de ingreso a la villa de los caballeros de la orden sería la entrada al casco; los laberínticos jardines serían el dédalo de jarcias; los parapetos del parque representarían el alcázar de la embarcación, y los obeliscos que decoran la plaza los mástiles.
–¿Y te has creído ese cuento?
–Está claro que eres demasiado cartesiano -me echó en cara.
–Y Junio es un vendedor de sueños -contraataqué.
–Ya he conseguido enfocar el Aventino -intervino Rubiños.
Montse le arrebató los prismáticos sin ninguna consideración.
–Es increíble, pero el recinto se asemeja en efecto a un barco -observó.
–Déjame ver -intervine.
Cuanto vi a través de aquellas lentes de aumento no fue más que un par de edificios colgando sobre la ladera de la colina aventina, y un paisaje de árboles, setos y parterres domesticados.
–Sí, parece una nao, pero no da la impresión de que vaya a zarpar esta noche. Puedes estar tranquila, no creo que el príncipe vaya a huir en ese barco antes de que no suba la marea dentro de diez mil años -me mofé.
–Eres muy gracioso.
Por último, le tocó el turno a Rubiños.
–A mí me recuerda una parroquia gallega. Una con un buen cepillo, eso sí.
Lo digo por la abundancia de mármol.
Me llevó un buen rato convencer a Montse de que en Roma convivían muchas ciudades distintas (la imperial, la medieval, la renacentista, la barroca, la neoclásica, la de Mussolini, a las que había que añadir una Roma en superficie y otra construida debajo de las casas, una Roma pecadora y otra redimida, una Roma rica y otra pobre, una Roma viva y otra que había sido exhumada como un cadáver), y que una de ellas gustaba del amor barroco por la mentira y el truco. Era la Roma de la «Perspectiva» del Palazzo Spada, de la falsa cúpula de la iglesia de San Ignacio de Loyola, del monte Testaccio (levantado con los detritus de las ánforas de vino y aceite que arribaban al antiguo puerto de la ciudad), de la pirámide de Cayo Cestio, de los obeliscos egipcios, monumentos extemporáneos en la capital de la cristiandad, la Roma, en definitiva, de los guiños de Piranesi. Creía ya haber convencido con mis argumentos a Montse, cuando Rubiños se desmarcó.