El mapa del creador
Capítulo 7
Roma amaneció cubierta por un manto de hojarasca que despedía un fuerte aroma a fermentación, un olor parecido al de la fruta demasiado madura.
Daba la sensación de que el verano había terminado hacía una eternidad, y de que una sola noche había bastado para modificar el paisaje de la ciudad, que se había teñido de ocres, marrones y amarillos. El repentino cambio de estación me llevó a pensar que nada sucede como esperamos, porque la confianza que tenemos en que ocurran las cosas tal y como deseamos hace que la realidad nos coja desprevenidos. Eso mismo había acontecido con nuestra guerra, se había estado gestando durante mucho tiempo y, sin embargo, nadie había sido capaz de evitarla. Todos pensaron que estaba muy lejos, nadie creyó que pudiera empezar de verdad, de la misma manera que yo estaba convencido de que el otoño aún iba a tardar en llegar, a pesar del calendario.
Quedé con Montse en el claustro después del desayuno, y subimos al despacho del secretario para contarle nuestros planes de invitar al comprador del famoso libro a la Academia. El hecho de que yo describiera a Junio como un joven camisa negra miembro de la nobleza italiana, además de un reconocido paleógrafo, facilitó las cosas, pues a Olarra nada le congratulaba más que codearse con dirigentes del partido fascista. Creo que en el fondo anhelaba que alguien le presentase al Duce, personaje por el que sentía una admiración sin límites.
–¿Y cómo dices que se llama ese príncipe? – se interesó el secretario.
–Junio Valerio Cima Vivarini -respondí.
Dejamos a Olarra degustando aquel nombre con sumo deleite, como si se tratara de un manjar para el paladar.
–Ahora el secretario irá a mi padre con el cuento del príncipe italiano, y
tendremos las manos libres -observó Montse.
Después de la comida pusimos rumbo a la librería del señor Tasso llevando media docena de Quijotes, todos los que habíamos encontrado en los anaqueles. Montse estaba especialmente excitada, tanto por haber ideado una estratagema impecable como por nuestra misteriosa cita en el cementerio. Volvería a ver a Junio en cuanto aceptara nuestra invitación, y para entonces ella ya sabría muchas cosas sobre él gracias a nuestra reunión secreta. ¿Acaso podía pedir más? En cuanto a mí, creo que había empezado a aceptar mi papel de comparsa, a la espera de que las cosas se aclararan definitivamente.
–Si la montaña no va a Mahoma, que Mahoma vaya a la montaña. Me parece una idea estupenda y me gustaría sumarme como invitado, si no tenéis inconveniente -respondió el señor Tasso a nuestra propuesta.
La primera parte del plan había salido a pedir de boca. Luego tomamos el tranvía hacia el Testaccio. Una sacudida arrojó a Montse a mis brazos.
Deseé que nuestras vidas estuvieran llenas de sacudidas como aquélla. Tuve que hacer un esfuerzo por no convertir aquel encontronazo fortuito en un abrazo premeditado, pero afortunadamente me di cuenta a tiempo de que no era el momento ni el lugar para las demostraciones de afecto. Nos apeamos en la parada de la Oficina de Correos.
–Un edificio feo para un mundo feo -observó Montse, ajena a lo que representaba esa clase de arquitectura.
Recorrimos la Vía Caio Cestio bordeando el muro del cementerio, hasta que encontramos una cancela cerrada. Un cartel rezaba. CIMITERO
ACATTOLICO DI TESTACCIO. PER ENTRARE BASTA SUONARE LA CAMPANA.
Una vez en el interior del camposanto, nos dimos de bruces con uno de los parajes más hermosos de Roma. Veinte o veinticinco mil metros cuadrados sembrados de artísticas lápidas, monumentales mausoleos, azaleas, hortensias, lirios, adelfas, glicinias, cipreses, olivos, laureles y granados, al
abrigo de la muralla Aurelia y la pirámide de Cayo Cestio. Un lugar de una belleza sobrecogedora. Meses después, cuando las circunstancias me llevaron a interesarme por las obras poéticas de Keats y de Shelley, comprendí que éste escribiera en su Adonais, la elegía que le dedicara a su amigo Keats, que uno podría enamorarse de la muerte si supiera que iba a ser enterrado en un lugar tan hermoso.
–¿La tumba de John Keats? – le pregunté al vigilante.
–Las tumbas de Percy Shelley y August Goethe subiendo, al frente; la de John Keats, a la izquierda; y la de Antonio Gramsci, a la derecha -dijo mecánicamente.
Montse entrelazó su brazo con el mío, en señal de temor y respeto, y comenzamos a caminar en la dirección indicada. De repente, el abigarrado solar se transformó en un jardín inglés, con su hierba bien cortada y sus árboles centenarios de gruesos troncos y copas anchas, salpicado de tumbas aisladas. La de Keats era la última, y estaba a los pies de la pirámide. En la lápida no figuraba su nombre, tan sólo un epitafio que decía.
HERE LIES ONE WHOSE NAME WAS WRIT IN WATER.
Como Montse aseguraba hablar inglés, le pregunté.
–¿Qué quiere decir?
–«Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua» -tradujo.
–Es poético -añadí.
–Es la tumba de un poeta.
Cinco minutos más tarde se acercó hasta nosotros un hombre de mediana edad que encajaba a la perfección con la descripción de don Enrico. ojos
glaucos, pelirrojo, piel lechosa y la cara llena de pecas.
–Veo que recibisteis mi mensaje. Me llamo Smith, John Smith -dijo en un italiano con un fuerte acento inglés.
–Ella es Montserrat Fábregas, y yo me llamo José María Hurtado de Mendoza.
Intercambiamos sendos apretones de manos.
–Imagino que os estaréis preguntando la razón por la que os he hecho venir hasta aquí, pero no es fácil explicarlo en pocas palabras, de modo que, si me lo permitís, tendré que extenderme.
Smith, o como quiera que se llamase de verdad, se calló a la espera de que le diéramos nuestra conformidad.
–Adelante -intervino Montse.
–Dividiré mi historia en tres capítulos que, aunque separados en el tiempo, están relacionados entre sí como comprobaréis más adelante -añadió.
–Si no quiere que perdamos la paciencia, diga lo que tenga que decir de una vez -observé.
–Ésta es la tumba de John Keats, uno de los poetas más importantes de Inglaterra -comenzó la narración-. Y esa otra, la que está a su lado, contiene los despojos de la persona que cuidó de él hasta su muerte, el pintor Joseph Severn. Ambos llegaron a Roma juntos, en septiembre de 1820. Severn había emprendido el viaje después de ganar una medalla de oro de la Royal Academy; Keats, en cambio, venía a Italia en busca de un clima más benigno, puesto que estaba aquejado de tuberculosis. La pareja de amigos, que en realidad se habían conocido tres días antes de que el barco zarpara de Inglaterra, se instaló en un pequeño piso del número 26 de la plaza de España. La salud de Keats no mejoró; todo lo contrario, hasta el punto de que a principios de 1821 Severn comenzó a buscar un lugar apropiado para
enterrar a su compañero. Ese lugar es el que estáis contemplando ahora.
Claro que entonces el cementerio no estaba vallado ni cuidado, y las cabras triscaban la hierba por entre las tumbas en compañía de sus pastores. A pesar de lo cual abundaban las margaritas, los narcisos, los jacintos y las violetas silvestres. Keats quedó entusiasmado con la descripción que Severn le hizo del lugar, tanto que le obligó a volver en varias ocasiones. En una de esas visitas, Severn se topó con un pastor, con el que conversó amigablemente. Al cabo, el pastor le confesó haber descubierto un extraño documento enterrado a los pies de la vecina pirámide de Cayo Cestio, dentro de un cofre. Se trataba de un papiro egipcio, que Severn le compró al pastor con el propósito de llevárselo a Keats, necesitado de distracciones que le hicieran olvidar su enfermedad. Keats recibió el regalo con entusiasmo, y no dudó en contarle los pormenores del hallazgo a su médico, el doctor Clark, quien a su vez le transmitió la noticia al cónsul británico en Roma. Lo más seguro es que el papiro de Keats fuera la comidilla de lugares como el Antico Caffé Greco, en el que se reunían los intelectuales extranjeros, y que su existencia llegara a oídos de algún miembro de la curia vaticana. Keats creía que el papiro contenía las claves para descubrir en Egipto el tesoro de un faraón o algo parecido. Desgraciadamente, el poeta falleció el 23 de febrero de ese año. Pero la cosa no terminó ahí. ¿Me seguís?
–Continúe -intervine.
–Keats era para la Iglesia católica un protestante, y en 1821 se pensaba que su dolencia podía dar lugar a una epidemia, por lo que se ordenó quemar todo lo que había en el interior de la vivienda. muebles, ropas, libros, papeles, etc. Hoy creemos que, en realidad, el Vaticano estaba interesado en hacerse con el papiro que Severn le había regalado.
–¿Por qué motivo? – preguntó Montse.
–Porque supuestamente contenía un mapa, el llamado Mapa del Creador.
–¿Y qué se supone que contiene ese mapa? – intervino de nuevo Montse.
Smith se tomó unos segundos antes de responder.
–Eso depende de lo creyente que uno sea. Según se dice, el mapa en cuestión habría sido elaborado por el mismísimo Dios, y en él estarían las claves para comprender el mundo desde sus orígenes.
–Nada semejante puede existir -objeté.
–Será mejor que pasemos al segundo capítulo -dijo pasando por alto mi comentario-. Supongo que os estaréis preguntando cómo y cuándo llegó el mapa hasta la base de la pirámide de Cayo Cestio. ¿Habéis oído hablar de Germánico, el general romano? Fue uno de los hombres más importantes de su época. Hijo de Druso, el hermano del emperador Tiberio, fue adoptado por éste a la muerte de su padre. Sin embargo, Tiberio veía en Germánico a un peligroso competidor, al que el pueblo y el ejército adoraban. En el año 17 de nuestra era, y con el pretexto de apaciguar a los partos, fue enviado a Antioquia. Pero Germánico no sólo era un soldado, también era un hombre sensible que escribía y recitaba poesía, por lo que decidió realizar un viaje por Egipto sin la autorización de Tiberio. Llegó al país del Nilo en la primavera del año 19, y permaneció allí hasta el otoño. Durante esos seis meses, Germánico entró en contacto con numerosas sectas que preservaban la cultura y la sabiduría de los antiguos egipcios. Fue así cómo consiguió hacerse con el Mapa del Creador.
–¿Y cómo se supone que los egipcios habían obtenido el mapa? – se interesó Montse.
–El mapa habría llegado a Egipto durante la ocupación persa, cinco siglos antes. La cuestión es que Germánico fue envenenado a su regreso a Antioquia por la mano de un tal Pisón, quien obedecía órdenes de Tiberio.
Así las cosas, el mapa llegó a Roma con la herencia del militar. Las razones por las que alguien decidió esconderlo, se nos escapan, pero llama poderosamente la atención que lo hiciera en un edificio típicamente egipcio como es la pirámide de Cayo Cestio.
–De modo que el mapa fue de Persia a Egipto, de Germánico pasó a manos
de un desconocido que lo escondió en la base de la pirámide de Cayo Cestio, luego lo encontró el pastor que se lo vendió a Severn y, por último, lo requisó el Vaticano tras la muerte de John Keats -recapituló Montse.
–Así es. Pero aún falta el tercer capítulo, el más importante de todos y por el que estáis aquí. En 1918, un noble alemán de adopción llamado Rudolf von Sebottendorff fundó una sociedad ocultista llamada Thule, sobre las bases de la Germano Orden, una organización que aglutinaba a media docena de asociaciones nacionalistas. El nombre de Thule fue elegido en recuerdo del legendario reino del mismo nombre, una especie de Atlántida nórdica que sirvió de inspiración, entre otros, a Richard Wagner. Von Sebottendorff había vivido una temporada en El Cairo, y allí entró a formar parte de la logia del Rito de Menfis, donde tuvo conocimiento de la existencia del Mapa del Creador. Un año más tarde, Anton Drexler, otro miembro de Thule, fundó en Munich el Partido de los Trabajadores Alemanes, que era en realidad el brazo político de Thule. Adolf Hitler, que en ese momento era un informador de la policía política militar, asistió a una reunión del partido, y a su finalización se afilió. Pocos meses más tarde asumió la dirección de la organización, que pasó a llamarse Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes, es decir, el partido nazi que ahora conocemos. La ascensión al poder de Hitler conllevó la participación de la Sociedad Thule en todos los órganos de gobierno. El objetivo de los Thule era fomentar que el pensamiento científico demostrara las cualidades de la raza aria. En este punto aparece una figura clave, Karl Haushoffer, profesor de geopolítica, orientalista y miembro de Thule, que ha desarrollado su idea de «sangre y suelo», según la cual la supremacía de una raza depende de la conquista de lo que él denomina Lebensraum, el
«espacio vital». Es decir, para una nación el espacio no sería tan sólo un vehículo del poder, sino el poder en sí mismo. Para reforzar las teorías de Haushoffer, Thule ha creado la Deutsche Ahnenerbe (Organización Alemana de la Herencia Ancestral), una especie de sociedad de estudios para la antigua historia del espíritu, dotada con un departamento de lingüística y otro dedicado a la investigación sobre los contenidos y símbolos de las tradiciones populares, cuya finalidad es encontrar pruebas que corroboren la supremacía de la raza aria y su derecho ancestral a ocupar territorios allende sus fronteras. Por lo pronto, las ideas de Haushoffer ya
han calado en Hermann Göring, que ha manifestado en público el interés de Alemania por controlar Austria y Checoslovaquia, y su deseo de que las potencias occidentales les dejen las manos libres para actuar en Europa del Este. Además, sabemos que en los próximos meses van a aumentar el número de departamentos de Ahnenerbe. habrá uno dedicado a la arqueología germánica, y otro estará especializado en esoterismo. Los nazis están convencidos de que existen en el mundo una docena de «objetos sagrados» capaces de otorgarle un poder ilimitado a quienes los posean. El Mapa del Creador sería uno de esos objetos supuestamente mágicos.
–¿Trata de decirnos que los nazis andan detrás de ese mapa? – le dije, ya convertido en abogado del diablo.
–Voy a responderte precisamente con una frase de John Keats. «Los fanáticos crean un ensueño y lo convierten en el paraíso de su secta». No sólo desean el Mapa del Creador, también quieren hacerse con el Arca de la Alianza, con el Santo Grial y con la Santa Lanza de Longinos, entre otros objetos místicos. Los nazis creen en la geomancia, y están convencidos de la existencia de una geografía sagrada, de modo que ningún país sería el resultado de acciones seculares sin planificar, sino que detrás de cada territorio habría un plan maestro. El Mapa del Creador les serviría para desvelar ese plan.
–No entiendo cómo -dijo Montse.
–Verás, a lo largo de la Historia han sido numerosas las montañas consideradas como moradas de los dioses. Por ejemplo, el monte Olimpo para los griegos; los montes Sinaí y Horeb para los judíos; el Kanchenjunga para los budistas tibetanos; los montes Meru y Kalias para los hindúes.
Según los geomantes, estas montañas sagradas serían en realidad centros de energía que canalizarían las fuerzas cósmicas a través de una serie de Líneas Ley o Santas que se extenderían por todos los confines de la Tierra.
Los templos, monasterios y otros edificios sagrados serían entonces puntos de confluencia de estas fuerzas telúricas, capaces de ejercer una influencia decisiva sobre el cuerpo psíquico de las naciones. Y quien domina el cuerpo psíquico de un país no tiene problemas para controlar el poder político. Eso
explicaría el gran éxito que han tenido las religiones en todos los rincones del orbe. En el Mapa del Creador estarían reflejadas todas estas líneas portadoras de energías sutiles.
La idea de un mapa de semejantes características me resultaba tan absurda como empezaba a parecerme nuestra presencia allí, por lo que solté.
–Soy arquitecto, y le aseguro que nadie ha podido demostrar que la ubicación de un edificio pueda influir en la psique de sus moradores.
–Los chinos lo llaman feng-shui -observó Smith.
–Todas las supersticiones tienen un nombre. Además, ¿qué tenemos que ver nosotros en este asunto?
–El Pierus Valerianus es el único libro en el mundo que habla del Mapa del Creador en uno de sus apéndices. En realidad, la edición de 1556, tal y como la conocemos hoy, no se corresponde con la primera impresión. Hubo una edición anterior, publicada en las mismas fechas, que fue retirada precisamente porque hacía mención a la existencia del Mapa del Creador, que la iglesia no reconocía. Esta edición princeps fue mandada quemar en la misma Basilea. Pero como suele ocurrir, no todos los ejemplares de esa
«edición especial» fueron destruidos. Siempre se ha creído que tres o cuatro ejemplares se libraron de la hoguera, pero nadie sabía dónde se encontraban. Vuestro libro es uno de ellos.
–Y ahora cree que el príncipe Cima Vivarini quiera venderle el libro a los nazis -razoné.
Por primera vez, Smith dejó escapar una sonrisa.
–No lo creo, estoy seguro. El príncipe Cima Vivarini es el hombre de la Sociedad Thule en Roma. Aunque su padre es veneciano, su madre es una aristócrata austriaca con estrechos vínculos con la nobleza germana. Lo curioso es que a pesar de su origen, tiene pasaporte de la Soberana Orden Militar de Malta, el país más pequeño del mundo.
–¿Se refiere a la isla de Malta? – intervino Montse.
–Digamos que los caballeros de la Soberana Orden de Malta perdieron la isla en el primer tercio del siglo pasado. Entonces se establecieron en Roma, donde crearon un país independiente, cuyo territorio es el Palazzo di Malta, en el número 68 de la Vía dei Condotti, y Villa Malta, en el Aventino. En el palacio reside el Gran Maestre y se reúnen los órganos de gobierno; en la villa del Aventino tienen sus sedes el priorato de la orden y las embajadas ante la Santa Sede y el Reino de Italia. La orden tiene un gobierno propio, una magistratura independiente y relaciones bilaterales con numerosos países, expide sus propios pasaportes, emite sellos y acuña monedas como cualquier estado soberano. La matrícula de los coches de ese país está formada por las siglas SMOM. Soberana Militar Orden de Malta.
Montse y yo nos dedicamos sendas miradas de incredulidad.
–¿Está hablando en serio? – le pregunté a Smith.
–También a mí me costó hacerme a la idea al principio, pero Roma es la única ciudad del mundo que da solar a tres países distintos. el Reino de Italia, el Estado Vaticano y la Soberana Orden de Malta. Sus miembros pertenecen a la alta nobleza europea, políticos y empresarios de profundas creencias católicas. El grupo más influyente lo componen los Habsburgo, los Hohenzollern y los Luxemburg, familias de la más rancia aristocracia alemana con lazos con la Santa Sede. En teoría, la finalidad de la orden es proporcionar asistencia humanitaria a los más necesitados, por medio de clínicas, hospitales, ambulancias, y ayuda a los refugiados, pero en realidad sirve de puente entre la clase política y el poder económico con el Vaticano.
Por eso tememos que ahora que Thule tiene en su poder la prueba de la existencia del Mapa del Creador, quiera sustraerlo de la Biblioteca Vaticana.
–Aún no nos ha dicho por qué nos cuenta todo esto -le hice ver.
–Digamos que necesito vuestra ayuda -reconoció.
–¿Qué clase de ayuda? – me interesé.
–Quiero que continuéis la relación con el príncipe Cima Vivarini, y que tratéis de averiguar cuáles son sus planes.
Cualquiera que no creyera en las casualidades tenía aquí la prueba de que existían. Era como si Montse se hubiera adelantado a la propuesta de Smith al invitar a Junio a visitar la biblioteca de la Academia. Hasta ese instante, espiar era para mí sinónimo de escuchar las conversaciones ajenas con la oreja pegada a la puerta de un dormitorio, y jamás se me había ocurrido pensar que existiera otra clase de espionaje. Me disponía a desestimar la propuesta de Smith en nombre de los dos, cuando Montse se me adelantó.
–Yo lo haré. Odio a los nazis desde que empezaron a quemar libros en 1933
-se ofreció.
No me cabía duda de que para Montse la conversación estaba resultando tan excitante como leer una novela de terror. el lector experimenta y comparte el miedo con los protagonistas, pero queda exento de sufrir las consecuencias.
–Ni siquiera sabemos si dice la verdad; ni siquiera nos ha dado un motivo convincente por el cual tengamos que hacer lo que nos pide -observé.
–Tienes razón -reconoció Smith-. Pero por ahora sólo os conviene saber que represento, digamos, a un grupo de personas que defiende la pervivencia de la democracia en Europa, y que la vida de mucha gente podría estar en peligro.
–Yo lo haré -insistió Montse con terquedad.
Estaba seguro de que la palabra democracia era tabú en casa de los Fábregas, que Montse ni siquiera sabía lo que significaba en realidad, de modo que si estaba dispuesta a convertirse en una Mata-Hari, era por una razón estrictamente sentimental. En realidad, lo comprendí más tarde,
detrás de aquel impulsó se escondía un acto de rebeldía.
–¿Sabes en qué lío podemos meternos si seguimos adelante con esto? Tú piensas que se trata de un juego, pero Smith habla de espiar a una persona que puede ser… peligrosa -dije, en un nuevo intento por persuadirla para que cambiara de opinión.
–Tu amigo tiene razón -admitió Smith-. No puedo negarte que existe la posibilidad de que corras algún peligro, aunque si procedes con cautela será remota.
–Yo lo haré -repitió Montse por tercera vez, como un estribillo.
Esta vez me sentí como Jesús después de que Pedro hubiera negado conocerlo tres veces. No entendía la obstinación de Montse, me ofendía. Ni ella ni yo pertenecíamos a aquel mundo, nosotros éramos gente corriente.
–Está bien -acabó aceptando Smith-. Después de que te hayas reunido con el príncipe, dirígete a una pizzería llamada Pollarolo, en la Vía di Ripetta, junto a la Piazza del Popolo. Pregunta por Marco y dale tu nombre en clave.
Liberty. Él te dirá que la mejor pizza es la Margarita. Tú le respondes que te gusta con una hoja de albahaca. Comes tranquilamente, pagas y luego te presentas aquí a las cinco de la tarde, como hoy. No escribas nada de lo que el príncipe te cuente, y tampoco hables con nadie. Ni siquiera con José María.
Las instrucciones de Smith me hicieron comprender que aquel estúpido juego iba en serio, así que decidí tomar cartas en el asunto.
–Que salga con el príncipe para sacarle información puedo admitirlo, pero que luego tenga que ir de un lado a otro de Roma dando nombres e informes secretos, me parece demasiado peligroso. Que ella se encargue de la cita y yo quedaré aquí con usted para trasmitirle lo que me cuente.
Tenía que reconocer que también yo iba a convertirme en espía por una razón estrictamente sentimental.