El mapa del creador
Capítulo 16
mantenido con esta ciudad ha sido la misma que mantuve con Marisiña, mi primera novia. ver, pero nada de tocar. No, no me voy enamorado de Roma, así que no se preocupe por mí, mi pensionado -me replicó Rubiños.
–¿Y cuándo se marcha? – me interesé.
–Embarco en Ostia mañana por la tarde. El barco va a Málaga, donde voy a unirme al ejército de Queipo.
–Comprendo.
Realizamos el resto de la ascensión en silencio, cada uno absorto en sus pensamientos y esquivando tolvaneras que parecían pequeños huracanes. Al coronar el monte Áureo, una fría ráfaga de ponentino me recordó el viento de locura que soplaba sobre el mundo. Cuando recuperamos el resuello, nos fundimos en un abrazo y nos deseamos suerte mutuamente.
16
El 26 de diciembre, Cesare Fontana, el mayordomo de la Academia, me contó una enrevesada historia. Al parecer, Rubiños le había dejado un libro para que me lo hiciera llegar con discreción (es decir, sin que se enterara el secretario Olarra), y yo se lo debía entregar a Montse, después de leer la nota que guardaba en su interior, puesto que en realidad el ejemplar pertenecía a la biblioteca de la Academia.
Hombre de mirada fría e inexpresiva, aunque dotado de cierta agilidad física, el mayordomo de la Academia solía emplear un lenguaje ampuloso, que había aprendido del propio Olarra. En realidad, era los ojos y los oídos del secretario en el farragoso y prosaico mundo de los asuntos domésticos, aunque había empezado a utilizar su cargo en beneficio propio arrogándose
una autoridad digna de un reyezuelo. Sobre él recaía la intendencia de la casa, de modo que quien necesitaba una bombilla de más o que le cambiaran la silla del estudio, tenía que avenirse a negociar. Quien no transigía recibía el castigo de la demora. De modo que tratar con el mayordomo se había convertido en un negocio en que cada una de las partes procuraba sacar las mayores ventajas.
–¿Qué quiere a cambio de guardar silencio? – le pregunté sin ambages.
–Por tratarse de un libro prohibido, le cobraré diez liras -me dijo.
–Es usted un ladrón, don Cesare. En la Academia no hay libros prohibidos, al menos que yo sepa -le repliqué.
–Se equivoca. Muchos de los libros que hay en esta casa son de la época republicana, y en la España de Franco están prohibidos los libros republicanos -razonó.
–Franco aún no ha ganado la guerra, con lo que ningún libro ha sido prohibido -le hice ver.
–Es cierto, pero como esta institución está del lado de los cruzados, todo lo que huela a República apesta. Le he oído decir al secretario que piensa hacer una hoguera con los libros de los rojos el día menos pensado.
No quería seguir discutiendo con el mayordomo, por lo que cedí al chantaje sin más objeciones.
El supuesto libro prohibido no era otro que La rebelión de las masas, de don José Ortega y Gasset. No pude menos que sonreír.
La pregunta era qué diablos hacía un tipo acomodaticio y sin aparente conciencia filosófica como Rubiños con aquel libro. Supuse que sería cosa de Montse. Luego busqué la nota a la que había hecho referencia el mayordomo. Se trataba de una cuartilla escrita con una caligrafía primorosa que semejaba filas de hormigas en procesión. Decía.
Mi pensionado, le ruego que me disculpe por los comentarios vertidos la otra noche en su presencia. Usted no tiene la culpa de nada (me refiero a mis decisiones), y ni siquiera huele demasiado a colonia (aunque insinuara lo contrario). Llevo varios meses tratando de poner mi cabeza en orden, porque a veces no entiendo por qué hago las cosas que hago. He intentado solucionar el problema escuchando Radio Vaticano y conversando con usted, pero el runrún seguía dentro de mí como una de esas tenias que se alimentan de lo que otros comen. No sé si me explico, aunque en este caso lo importante son los hechos. La señorita Montse siempre me ha parecido un ángel, y desde luego no he conocido en toda mi vida una persona tan buena ni que sepa tanto de libros, así que pensé que tal vez ella podría ayudarme. Después de exponerle mi caso, me dijo que el mío era un problema existencial (para no parecer idiota le oculté que ni siquiera sabía qué era eso de ser existencial y, para serle sincero, sigo sin saberlo), y me encasquetó un libro. Sí, es el que tiene usted entre las manos. Según aseguró la señorita Montse, el autor era un filósofo muy importante que había llegado a decir que «yo soy yo y mis circunstancias y si no las salvo a ellas me salvo yo», lo que al parecer significa que todos estamos condicionados por el mundo que nos rodea. No me río de la filosofía porque no me alcanzan las entendederas, pero me parece que tiene delito que un señor filósofo tenga que escribir un libro para decir semejante sandez. No porque no esté de acuerdo con el razonamiento, sino porque se trata de algo que sabe cualquier recién nacido en cuanto ve por primera vez la luz del mundo. Es cierto que no he conseguido leer más allá del capítulo tercero, pero me ha bastado para llegar a varias conclusiones. Primera. al señor Ortega y Gasset no hay quien le entienda, como suele ocurrir con las personas que son demasiado inteligentes. Escribe tan bien el castellano que parece otro idioma. Segunda. si no me gusta mi vida actual, es precisamente por las circunstancias que me rodean. Tercera. para volver a ser verdaderamente yo, las circunstancias tienen que ser otras. Cuarto. sólo en ese caso yo volveré a ser yo y las circunstancias volverán a ser ellas. Y con el propósito de lograr alcanzar lo expuesto en esta última premisa, he creído necesario alistarme para el frente.
¡Viva España!
Soldado Rubiños
Posdata. Cuide de la señorita Montse, porque me da en la nariz que sus circunstancias tampoco son las idóneas. Ese barco que ve anclado en la colina del Aventino algún día zarpará.
Después busqué a Montse para cumplir con el segundo requisito de Rubiños, y de paso mostrarle la nota y pedirle una explicación.
–Le recomendé ese libro porque Ortega es un humanista en un mundo deshumanizado, y creí que lo que Rubiños necesitaba era precisamente calor humano, comprensión -argumentó.
–Es posible que Ortega sea lo que dices, pero Rubiños es una bala en la recámara de un fusil apuntando a ese mundo deshumanizado. Tal vez deberías haberle recomendado que leyera la Biblia -le hice ver.
–Me dijo que después de hablar contigo, cada vez que se asomaba a la terraza, Roma le parecía un vientre abierto con los intestinos al aire.
Comparó el dédalo de calles del centro storico con los conductos membranosos de ese intestino plegado en muchas vueltas, cuyos jugos gástricos estaban digiriendo poco a poco edificios, iglesias y monumentos.
Según él, la ciudad no tardaría en ser regurgitada y convertida en ruinas, porque todo lo que está putrefacto y marchito se acaba desplomando.
Francamente, en realidad tenía que haberle recomendado que se pusiera en manos de un frenópata.
–Cualquiera que se asome al pretil de la terraza para contemplar la ciudad de noche puede ver cualquier cosa, aunque no exista -reconocí.
–Roma era para él peor que una cárcel -observó Montse.
–Espero que para ti no llegue a serlo nunca -dije.
–¿Por qué habría de serlo para mí?
–Porque crees que la colina del Aventino es un barco listo para zarpar. Tú también empiezas a ver cosas que no existen.
–Todos vemos cosas que sólo existen para nosotros. Y en esas visiones está la raíz de eso que llamamos esperanza -observó.
–Conservemos entonces la esperanza de que Rubiños haya hecho lo correcto.
Yo sabía que el príncipe Cima Vivarini había partido con rumbo a Venecia esa misma mañana para pasar unos días en compañía de su familia, y era mucho el terreno que había perdido en las últimas semanas, así que aproveché para invitar a Montse a comer.
–Por los viejos tiempos -puse énfasis viendo que no se decidía.
–Acepto con la condición de que luego me acompañes a hacer una cosa.
Pero no me preguntes qué. Es un secreto.
–Conforme.
Elegí el restaurante Alfredo, uno de los más famosos de la ciudad. Tal vez porque Montse ya se había acostumbrado a frecuentar esta clase de locales en compañía de Junio, no me reprochó el alarde. Pedimos zuppa all'ortolana para entrar en calor, y luego fettucine all'Alfredo, un plato cuya fama había cruzado el Atlántico gracias a la pareja de actores Douglas Fairbanks y Mary Pickford.
Esperé a que la mantequilla de los fettucine se fundiera con las lonchas de queso parmesano dentro de su boca para decirle.
–Echo de menos verte más a menudo. Deberíamos quedar para comer de vez en cuando.
–Junio podría ponerse celoso -me respondió.
–Lo que estimularía su interés hacia ti, y mientras mayor sea su devoción también lo será su confianza. Y si te ganas su confianza…
–Tu visión de los celos es propia de alguien que jamás los ha padecido -me interrumpió-. Los celos provocan suspicacia.
–¿Y si te dijera que los celos me consumen? Ahora, en este instante, siento celos…
–Te diría entonces que lo que sientes por la persona que crees amar no es amor, puesto que de serlo sabrías que los celos incitan a la desconfianza, y no lo contrario.
Tuve que hacer un esfuerzo para que no me llevaran los diablos.
Rematamos el almuerzo con unos profiteroles, que comimos en silencio.
Más tarde, Montse me pidió que la excusara unos instantes, tras lo cual se levantó y desapareció por una puerta que yo creí la del servicio. Cuando regresó venía sonriente y portaba consigo una voluminosa bolsa.
–¿Qué es eso? – le pregunté sorprendido.
–Sobras para los gatos -me respondió ufana.
–¿Para qué gatos?
–Los de Roma. Me gusta llevarles comida de vez en cuando.
Me quedé desconcertado, pensando que tal vez había aceptado mi invitación con el único propósito de conseguir sobras para los gatos
callejeros de Roma.
–¿Cuando sales a comer con Junio te llevas las sobras? – le pregunté a continuación.
–No, porque con él no tengo la suficiente confianza. Anda, vamos a darle de comer a los gatos. Me lo has prometido.
A veces tenía la impresión de que Montse y yo éramos como esos dos viajeros bien educados que deciden viajar juntos por el mundo de los que habla Stendhal; cada uno de ellos se toma la molestia y considera un placer sacrificar por el otro los proyectos cotidianos, y al final del viaje resulta que se han molestado constantemente.
En Roma no existía una ruina sin gatos, hasta el punto de que se habían convertido en una plaga muy grata para los romanos. Montse eligió el Área Sacra di Largo Torre Argentina, una vasta plaza de reciente construcción bajo la cual se había descubierto uno de los complejos arqueológicos más importantes de la ciudad, y en cuyo solar vivían un centenar largo de gatos barcinos, blancos, negros, pardos, atigrados y pelirrojos, que exhibían su arisca indolencia entre columnas truncadas y piedras rotas.
Cuando llegamos después de atravesar de punta a punta la Vía del Corso ya casi había anochecido, y el Área Sacra se había convertido en una hondonada que rebosaba oscuridad. No era descabellado pensar que los gatos que allí habitaban fueran en realidad los espectros de los antiguos romanos que moraron en la zona, pretores, cuestores, tribunos o gente de la plebe, como aseguraban los más supersticiosos, pues había algo evanescente en aquellas figuras arrogantes de ojos encendidos que a cada paso parecían querer desvanecerse.
–¿Sabes por qué me gustan los gatos? – me preguntó Montse, al tiempo que vertía el contenido de las sobras en el lugar en el que Julio César había caído herido de muerte.
–No.