El mapa del creador

Emilio Calderón · Capítulo 19 de 42

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El mapa del creador

Capítulo 19

Lo que no sabía Montse era que el Smith del que hablaba era otra de las víctimas de Junio (o al menos eso creía yo). Tal vez precisamente porque tras los últimos acontecimientos mi animadversión hacia el príncipe había trascendido el ámbito puramente personal, ahora era yo el que veía necesario que nos mantuviéramos firmes en nuestras posturas.

–Sé que siempre te ha disgustado mi falta de compromiso, pero si decides no volver a ver al príncipe, serás tú la que traiciones tus ideales. Si antepones los sentimientos a la razón, mucha gente puede resultar perjudicada -traté de convencerla.

Ni siquiera yo sabía a qué gente me estaba refiriendo, supongo que se trataba de una forma de hablar, pero para entonces ya había empezado a sentir en mi espíritu los síntomas del virus del idealismo, una clase de enfermedad que me hacía ver la realidad como algo insólito y hasta extravagante, y ante la que había que rebelarse. No podíamos dejar que Junio se saliera con la suya. Ya no se trataba de una cuestión de celos, sino de principios.

–Es que he perdido la fe en el amor -volvió a excusarse.

–Entonces actúa sin fe. ¿Acaso crees que Junio tiene fe en el amor? No, está muy ocupado ordenando asesinatos, perpetrando robos y complaciendo a los nazis.

–Está bien, haré de tripas corazón -aceptó por fin.

Si algo tenía Montse, era un temperamento optimista y alegre, así que supuse que no tardaría en sobreponerse, y que pronto volvería a hacerse dueña de la situación.

19

Me cité con Smith en el E42, la nueva ciudad que Mussolini estaba construyendo al sur de Roma para albergar la Exposición Universal que tenía que celebrarse entre 1941 y 1942, y que tras la finalización de la guerra vino a llamarse el EUR. Un proyecto de dimensiones colosales en el que estaban implicados los mejores arquitectos del momento. Giovanni Guerrini, La Padula y Romano habían proyectado el Palazzo della Civiltá del Lavoro, que a la postre se convertiría en el icono de aquel intento fallido por recuperar la gloria de la vieja Roma en pleno siglo XX; Adalberto Libera se había hecho cargo del Palazzo dei Ricevimenti e dei Congressi; mientras que Minnucci llevaba a cabo las obras del Palazzo degli Uffici, edificio destinado a ser el centro neurálgico del E42. Había otros muchos arquitectos implicados en las distintas obras, y todos eran conscientes de que no bastaba con levantar una colección de llamativos edificios que asombraran al mundo, lo que el Duce les pedía era que construyeran una metáfora de las excelencias de la ideología fascista. Sé que juego con ventaja, pues la Exposición Universal de Roma de 1942 no se celebró, pero lo cierto fue que los edificios del EUR jamás llegaron a ser ocupados o a tener alguna utilidad durante la dictadura fascista. De modo que las construcciones que se levantaron reflejaron fielmente el paradigma del fascismo italiano. monumentalidad exterior y vacío interior, sin otra finalidad que la de servir de eficaz vehículo propagandístico del poder político. Hoy, cuando las autoridades vuelven a hablar de dar un nuevo y definitivo impulso al proyecto, el EUR es un claro ejemplo de lo que se conoce como «arquitectura de la autoridad» o «arquitectura efímera».

Pero aquella mañana de finales de mayo de 1938, el E42 era aún una pequeña criatura que, de la mano del Estado, daba sus primeros pasos y crecía a base de ingerir biberones de cemento, de remover toneladas de tierra con las máquinas excavadoras y de apilar otras tantas de mármol travertino. Cientos de obreros se afanaban en simular el vitalismo y el orden que el régimen exigía de ellos, mientras que otros tantos curiosos se acercaban hasta allí todas las mañanas para aplaudir la evolución de las obras o simplemente para preguntar si en aquella «tercera Roma» (la que

iba a construir Mussolini para el pueblo), tan alejada en el tiempo de la primera (la de los Césares) y tan distante de la segunda (la de los Papas), se iban a construir pisos a buen precio. Los charlatanes encargados de difundir la propaganda del régimen no dudaban en responder. «Se harán pisos con vistas al mar». Y si quien había preguntado, volvía a preguntar, esta vez incrédulo, toda vez que el mar quedaba a más de diez kilómetros de distancia del E42, el charlatán le respondía. «Eso es cosa del Duce, que todo lo puede. Pero ya le adelanto que hay planes serios para que Roma se extienda hasta el Tirreno. Convendrá usted conmigo que en la capital de un imperio como el que estamos construyendo, tiene que haber pisos con vistas al mar»; tras lo cual señalaba con el dedo las gaviotas que planeaban por el cielo. El asunto llegó a ser tan serio que Mussolini ordenó labrar la siguiente frase en el frente del Palazzo degli Uffici. «LA TERZA ROMA SI DILATERA' SOPRA ALTRI COLLI LUNGO LE RIVE DEL FIUME

SACRO SINO ALLE SPIAGE DEL TIRRENO». («La tercera Roma se extenderá por encima de las colinas a lo largo de las orillas del río sagrado hasta las playas del Tirreno.»)

La bullanga de trabajadores, proveedores y curiosos era tal, que consideré que el E42 era el lugar idóneo para reunirme con el segundo Smith. Se suponía que, tras la muerte del primer Smith, yo debía acudir a la pizzería y esperar allí instrucciones de Marco, pero bastó que sugiriera una reunión en el E42 para que mi propuesta fuera aceptada.

Visto en medio de aquel descampado rodeado de obreros y de fisgones, y recortada su figura sobre el fondo de un cielo cerúleo, el segundo Smith tenía el aspecto de un contratista de obras. Llevaba puesto un abrigo de pelo de camello, y miraba a su alrededor como si de verdad le interesara lo que veía. Al llegar a mi altura, me hizo una señal con los ojos, como si esperase de mí que le entregara un sobre con dinero fruto de una extorsión o algo parecido.

–¿Qué está pasando? – le pregunté.

–Están pasando muchas cosas, ¿a cuál de ellas se refiere? – me respondió, al tiempo que alzaba las solapas de su abrigo para guarecerse de un

inexistente frío.

Una mala pasada de mi subconsciente, me llevó a relacionar el estrépito de las taladradoras y las hormigoneras con la guerra que se libraba en España, como si aquel ruido pudiera compararse con el silbido de las balas o el estruendo de los cañones.

–El príncipe Cima Vivarini le ha entregado el Mapa del Creador a los alemanes -dije, yendo directamente al grano-. Sobornó a un scriptor de la Biblioteca Vaticana, y luego ordenó su asesinato. Eso ocurrió el 2 de mayo y, sin embargo, ningún medio de comunicación se hizo eco de la noticia al día siguiente.

–¿Qué esperaba que dijeran si Hitler tenía previsto comenzar su visita a Italia ese mismo día?

–¿Y qué me dice de L'Osservatore Romano y de Radio Vaticano?

–Mussolini no le hubiera permitido al Papa un nuevo escándalo durante la visita de Hitler. Puede decirse que el hecho de que Pío XI abandonara Roma para no tener que entrevistarse con Hitler, ha sido la gota que ha colmado el vaso. De modo que si Pío XI tiene una reclamación que hacerle al Duce, la formulará sottovoce, a través de la nunciatura.

La explicación del segundo Smith, aunque no llegaba a convencerme del todo, no carecía de sentido, por lo que decidí proseguir con mi informe.

–Al parecer, los alemanes no han podido abrir el mapa porque está muy deteriorado. Hitler le ha ordenado a Himmler que lo lleve al castillo de Wewelsburg para que sea estudiado. El Reichsführer, por su parte, cree que en cuanto consigan desplegar el mapa, encontrarán las claves para llegar al centro de la Tierra y desde allí dominar el mundo.

La cara que puso el segundo Smith fue de verdadero asombro.

–¿Al centro de la Tierra? ¿Qué diablos piensan hacer los alemanes en el

centro de la Tierra?

–¿De qué se sorprende? Fueron ustedes quienes me pusieron al tanto de las estrafalarias creencias del Reichsführer. Himmler está convencido de que nuestro planeta está hueco, y de que en su interior mora una civilización de hombres superiores. El Mapa del Creador sería el vehículo para llegar hasta ellos.

–Comprendo.

–Pero me temo que no cree sólo en eso -proseguí-. También ha montado una red de «granjas de reproducción», en las que jóvenes arios y arias de buen ver copulan sin freno con el propósito de procrear una raza superior.

Himmler ha reclutado para tal fin al chofer del príncipe, un húngaro llamado Gábor.

–La Lebensborn forma parte de la doctrina Lebensraum del profesor Haushoffer -me aclaró el segundo Smith-. Es decir, para ocupar el espacio vital se necesita una raza que esté en consonancia con la magnitud del proyecto, de ahí que resulte de suma importancia contar con un pueblo fecundo capaz de engendrar un elevado número de hijos sanos. Educando a los niños en centros especiales de adoctrinamiento, los nazis no sólo buscan la creación de una raza superior, sino que esa raza sea fiel a sí misma. Para Hitler, los pueblos que renuncian a mantener la pureza de su raza, renuncian al mismo tiempo a la unidad de su alma. Ya lo anticipó en su libro Mein Kampf, cuando escribió que un Estado que, en una época de envenenamiento de las razas, se dedicara a sus mejores elementos raciales, un día se convertirá en amo del mundo.

–De modo que en Alemania el amor está también sujeto al totalitarismo -

observé.

–Incluso están estudiando la forma de reducir los embarazos a la mitad del tiempo que marca la naturaleza, con lo que aumentaría el número de hijos por mujer.

–Eso se parece bastante a una granja de gallinas ponedoras.

–También alientan a los miembros de las SS a que procreen reencarnaciones de los antiguos héroes alemanes manteniendo relaciones sexuales en los cementerios viejos. La revista de las SS Das Swartze Korps ha llegado ha publicar una lista con los nombres de los camposantos más idóneos -

completó su exposición el segundo Smith.

Por aquel entonces, ninguno de los dos podíamos imaginar que, una vez comenzada la invasión de Europa por parte de los alemanes, el proyecto Lebensborn iba a incluir entre sus actividades principales el secuestro de niños de aspecto ario -debían ser hermosos, saludables, bien constituidos físicamente, de cabello rubio o castaño claro, ojos azules, y sin ascendencia judía- en las naciones ocupadas, que, tras ser sometidos a exhaustivos reconocimientos médicos y psiquiátricos, eran educados en centros especiales o entregados en adopción a familias de raza aria. Sólo en Polonia fueron secuestrados o arrancados de sus familias doscientos mil niños, de los que únicamente cuarenta mil pudieron ser devueltos a sus hogares al finalizar la guerra. En Ucrania la cifra de niños ascendió a varios miles, la misma cantidad que en los países bálticos. Pero también hubo niños Lebensborn en países como Checoslovaquia, Noruega o Francia. Todo un ambicioso plan por incorporar al Tercer Reich a aquellos que debían formar parte de él por razón de su raza.

–Hay otra cosa que quiero comentarle. ¿Ha oído hablar del padre Sansovino?

Smith negó con la cabeza antes de preguntar.

–¿Quién es?

–Se trata de un scriptor de la Biblioteca Vaticana. Es amigo del príncipe Cima Vivarini. Al parecer, formó parte del servicio de contraespionaje del Vaticano. Me ha insinuado que le gustaría que le informara sobre las actividades del príncipe.