El mapa del creador

Emilio Calderón · Capítulo 4 de 42

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El mapa del creador

Capítulo 4

navega inmerso en un temporal, de modo que de dormir nada de nada.

Además, por si no tuviera bastantes preocupaciones, ando empeñado en traducir al castellano las reglas de catalogación de la Biblioteca Vaticana, que a día de hoy son un verdadero un galimatías.

Diplomado cum laude por la Escuela de Biblioteconomía de la Vaticana, el secretario Olarra se dedicaba a refundir los tratados existentes en un único texto en castellano, que sirviera para catalogar las ingentes colecciones de la Biblioteca Apostólica Vaticana. Una labor que le había ocupado los últimos años y que, paradójicamente, había provocado que descuidara la catalogación de la biblioteca de la Academia. Aunque ahora que Olarra contaba con la ayuda de Montse, las cosas habían comenzado a enderezarse.

4.

Montse arrancó a andar sin saber que iba a reunirse con su destino. En cuanto sus pies pisaron la Vía Garibaldi volvió a convertirse en la joven vitalista y descarada de la víspera. Percibí que se había perfumado más de la cuenta, y pensé que tal vez lo había hecho pensando en mí. Un síntoma evidente de que había empezado a interesarme. Luego comenzó a hablarme con una curiosidad cada vez más creciente, que yo trataba de corresponder en la misma medida preguntándole por su vida en Barcelona y sus planes de futuro, hasta que me soltó de sopetón.

–En cuanto te hagan entrega del dinero, me lo das para que lo esconda.

La cara de sorpresa que puse le obligó a añadir.

–Me he puesto una faltriquera para la ocasión.

–¿Acaso desconfías de mí? – le pregunté.

–Vamos a ver, ¿tú eres un artista o un intelectual?

Si Montse tenía una virtud que destacaba sobre las demás, era su capacidad para abordar cualquier tema con absoluta naturalidad, llamando a las cosas por su nombre, sin perder jamás la sonrisa o el buen humor. No le daban miedo las palabras, y eso siempre le otorgaba una ventaja sobre su interlocutor.

–¿A qué viene esa pregunta?

–Responde -insistió.

Desde luego, nunca había pensado que tendría que pronunciarme sobre una cuestión tan imprecisa y subjetiva como ésa.

–¿Un artista? – dejé caer con toda clase de reservas.

–Pues los artistas suelen ser negados para los negocios -sentenció.

–¿Y qué hubieras dicho si me hubiera decantado por la otra opción? – me interesé movido por la curiosidad.

–Lo mismo. También los intelectuales son unos ineptos para asuntos de dinero.

Me sorprendió el aplomo de su discurso, segura como estaba de los estrechos vínculos que unían a su familia con el mundo de la empresa.

Posiblemente le había oído repetir a su padre ese discurso burgués que divide a las personas según el carácter práctico de las actividades que desarrollan.

–Me temo que también lo son las jóvenes de veinte años de la burguesía catalana -le repliqué.

–El 11 de enero cumplo veintiuno, y desde los dieciocho ayudo a mi padre

en la oficina. He estudiado taquigrafía, sé lo que es un asiento contable, sé rellenar un formulario para importar o exportar bienes de consumo, sé lo que es el debe y el haber, y hablo cinco idiomas. inglés, francés, italiano, catalán y castellano.

El alarde me dejó sin palabras.

–En el año treinta y uno, cuando se proclamó la República, mi padre y mis tíos Ernesto y Olga decidieron hacerle la vida imposible a mi tío Jaime, el innombrable, porque se había pasado al Frente Popular y andaba metido en no se qué clase de líos político-financieros -prosiguió-. Tras una dura batalla legal que duró más de dos años y medio, consiguieron echarlo del negocio familiar, con la resultante ruina de mi tío. Así las cosas, se vio obligado a vender un reloj de oro que había heredado de mi abuelo para poder sobrevivir. Media hora después de cerrar la operación, dos desconocidos le propinaron una soberana paliza y le robaron el dinero a trescientos metros de la joyería. Estuvo a punto de morir. Yo fui la única que fue a visitarlo al hospital, en secreto.

A tenor de la historia que Montse acababa de contar, cabía suponer que los inductores de la paliza habían sido su padre y sus tíos, y no el joyero, pero preferí no decir nada.

–El señor Tasso no parece de esa clase de hombres -observé.

–Tú, por si acaso, entrégame el dinero en cuanto lo recibas, a ser posible sin que te vean.

En la puerta de la librería había aparcado un coche de la marca Italia, parecido al que Valle-Inclán había dejado abandonado en San Pietro in Montorio antes de regresar a España, cuya matrícula estaba compuesta por unas siglas y un número. S. M. O. M. 60. Un chofer dormitaba en su interior con una gorra de plato cubriéndole el rostro. Supuse que se trataba de un coche oficial.

–¿Nuestro comprador? Con ese coche debe de ser un pez gordo -sugirió

Montse.

El pez gordo resultó ser un joven cenceño de unos treinta años, un metro ochenta y cinco de estatura, piel atezada, facciones bien proporcionadas, barbilla prominente, partida en dos en la base, ojos oscuros de mirada viva e insolente, y el cabello negro y brillante pegado al cráneo gracias a un fijador. Vestía la camisa negra y los pantalones gris tórtola de los fascistas italianos, y despedía un fuerte olor a perfume caro.

–Os presento al príncipe Junio Valerio Cima Vivarini. Se trata de un reconocido paleógrafo, y está muy interesado en adquirir vuestro libro -

intervino el señor Tasso.

Que aquel príncipe fuera un afamado paleógrafo resultaba tan extravagante como si el señor Tasso lo hubiera presentado como un eficiente carnicero.

En realidad, más que un príncipe de sangre azul parecía un miembro de los principi, la fuerza de choque que los fascistas empleaban para reventar huelgas y reprimir toda manifestación antifascista. Aunque también podía pasar por un bullo di quartiere o chulo de barrio, típico personaje violento y pendenciero de las comedias romanas que se caracteriza porque prefiere perder un amigo antes que una buena respuesta.

–Piacere -se presentó el joven, al tiempo que se cuadraba haciendo chocar ruidosamente los tacones, al más puro estilo teutón.

Jamás había presenciado una escena tan ridícula. Un príncipe paleógrafo de ideología fascista escenificando un saludo marcial en el interior de una librería repleta de libros viejos y polvorientos. Mussolini tenía razón cuando dijo que «toda la vida es gesto».

–Piacere -repitió Montse, al mismo tiempo que se despojaba del pañuelo que le cubría la cabeza.

Por el tono de su voz supe que la había perdido, que jamás podría competir en fascinación con aquel personaje que parecía recién salido de una opereta italiana. Aunque también sabía que deslumbrar a una persona es

relativamente sencillo y llevaba tan sólo un instante. Lo verdaderamente difícil es mantener la luz encendida un largo período de tiempo sin dañar la visión de la persona que tenemos enfrente. Y Junio no parecía de la clase de hombre que sólo se preocupa por una mujer (tenía que ocuparse de tantos y tan variados asuntos que carecía de la constancia necesaria que requiere toda relación). Pasaron meses, incluso años, hasta que ambos pudimos completar el mapa de la personalidad de Junio, un ser tan extremadamente complejo que llegaba a parecer simple. El más cruel y también el más bondadoso de los hombres; el más intolerante y al mismo tiempo el más comprensivo; el más soberbio y humilde; el más fuerte y vulnerable. Y

como Montse, vivía en una permanente impostura según fuera el círculo en el que le tocara desenvolverse, una suerte de disimulo que le llevó incluso a disponer de varias identidades. Ahora, con la compasión a la que estoy obligado tras conocer las dramáticas circunstancias de su muerte, diría que fue una víctima de su época. Un demente que había nacido precisamente en un momento en el que Europa se había vuelto loca.

Lo cierto era que si en un primer momento Junio me arrebató a Montse, el mundo peligroso e inaccesible que rodeaba a nuestro amigo me la fue devolviendo poco a poco. Gracias a que yo era el vínculo entre Junio y ella, acabó fijándose en mí, terminó por aceptarme. Sólo tuve que esperar. Pero vayamos por partes, porque Montse no volvió a mí de una vez, sino como la consecuencia de un naufragio cuyos objetos son devueltos por el mar a la playa en distintas ocasiones y de forma aleatoria, tras un largo proceso que sólo las corrientes marinas conocen.

–El libro vale al menos siete mil liras, pero estoy dispuesto a llegar hasta las quince mil -ofertó Junio.

La desmoralización que me había producido el comportamiento de Montse, se multiplicó cuando el joven príncipe echó por tierra la recomendación de Pérez Comendador de pedir el doble de lo que me ofrecieran para luego rebajar mis pretensiones a la mitad.

–No entiendo. Si el libro vale siete mil liras, por qué quiere pagar quince mil. Es absurdo.

Montse me dedicó una mirada feroz, de desaprobación, tal vez convencida de que ella era la causa de aquel exagerado gesto de generosidad.

–Digamos que el dinero no es un problema para mí -dijo con cierta suficiencia.

–Entonces ¿por qué no pagar dieciséis mil, o mejor aún, diecisiete mil? –

insinué.

–Está bien, les daré diecisiete mil liras -accedió.

Por un momento, tuve la sensación de que estábamos manteniendo un pulso sin otro objetivo que imponer nuestros egos.

–Trato hecho -acepté.

–Están olvidando mi comisión -intervino el señor Tasso, que había permanecido a la expectativa hasta ese momento.

–¿A cuánto asciende? – preguntó el príncipe, mucho más ducho que yo en el arte de la compra y venta.

–A mil liras por cada parte.

–Me parece una cantidad justa.

Luego ambos hombres me miraron, a la espera de que me pronunciara.

–A mí también -dije por fin.

Interpreté aquella negociación como una victoria sobre Junio, y como una forma de reivindicarme delante de Montse, sin sospechar que, además del libro, también nos estaba comprando a nosotros. Pero entonces todavía era demasiado pronto, y nosotros demasiado ingenuos para darnos cuenta.