El mapa del creador
Capítulo 3
–¿Te ha escrito?
Pese a que nunca hablábamos de Montse desde su marcha, estaba claro que se sólo se podía referir a ella.
–A mí no.
–A mí tampoco, pero creo que es buena señal -observó.
–¿Qué quieres decir? – me interesé.
–Que sólo escribiría si no pensara regresar.
–¿Tú crees?
–Sí, lo creo. Montse nos pertenece.
Pero yo sabía que aprehender a Montse, reducirla a una me¬ra pertenencia, aunque sólo fuera en los sueños etílicos de dos borrachos, era lo mismo que pretender atrapar una de las estrellas que aquella noche alumbraban el cielo lombardo y guardar¬la en un bolsillo.
3
A primeros del mes de agosto comencé a trabajar en el estu¬dio de un arquitecto llamado Biagio Ramadori. Un hombre sin talento para la arquitectura, pero con un gran predicamento para entablar relaciones con las personas adecuadas. Gracias a esa facilidad para entrar en contacto con las altas esferas del poder político, el arquitecto Ramadori había obtenido la pro¬mesa de un gran proyecto en el E42. Pero el 1 de septiembre de 1939, Hitler invadió Polonia, y Francia e Inglaterra se vie¬ron obligadas a declararle la guerra a Alemania. Lo que hasta entonces había sido una
ventaja a la hora de obtener preben¬das, se volvió en contra del arquitecto Ramadori y, con el pre¬texto de la posible entrada de Italia en el conflicto armado, le fue encargado el diseño de un búnker para el Palazzo degli Uffici, obra que habría de realizar bajo la supervisión del arquitecto Gaetano Minnucci. Ramadori calificó el encargo de «migaja» («en consideración a mi talento y a los servicios prestados al ré¬gimen», dijo), y para darle una bofetada a Minnucci, que para colmo era el jefe de Servicio de Arquitectura del Ente (el E42), delegó el encargo en mi persona. Nunca he llegado a saber las verdaderas causas que originaron aquella disputa entre Ramadori y Minnucci (imagino que serían las convencionales entre seres humanos. celos, envidia y la soberbia de creerse mejor que el prójimo), pero como consecuencia de la misma mi suer¬te profesional dio un giro de noventa grados y, casi sin darme cuenta, me vi de pronto trabajando para uno de los mejores arquitectos del momento. Es cierto que mi labor se circunscribió al búnker del Palazzo degli Uffici, pero el resultado obtenido, más aún teniendo en cuenta que los tambores de guerra sona¬ban cada vez con más insistencia, hizo que llovieran los encar¬gos en el estudio de Minnucci, y que éste, centrado en sacar ade¬lante el gigantesco proyecto del E42, me encargara el diseño y la ejecución de los nuevos trabajos.
Para diseñar un búnker hay que atenerse a varios princi¬pios. El primero de todos es que el búnker no está ideado para integrarse en su entorno, sino para defenderse de él. El segundo es que se trata de una arquitectura de emergencia cuya efi¬cacia depende de su capacidad para soportar desastres, de ahí que en esa clase de edificios abunden los afilados volúmenes y los acabados ásperos. Vistos desde dentro, los búnkeres no son más que vientres de hormigón. Ésa es la razón por la que diseñar un búnker no es el sueño de ningún arquitecto.
He de reconocer que mi trabajo no tuvo ningún mérito, a pesar de que hubo quien opinó lo contrario; simplemente, es¬tudié en profundidad las técnicas de defensa empleadas por los distintos ejércitos a partir de la guerra del catorce, desde la fa¬mosa línea Maginot (la mayor barrera defensiva jamás construida, que contaba con 108 fuertes principales a 15 kilómetros de
distancia entre sí, multitud de pequeños fuertes y más de 100 kilómetros de galerías, que se extendía por toda la frontera franco-alemana, y que luego resultó un fiasco) hasta las forti¬ficaciones belgas, y llegué a la conclusión de que el diseño de los búnkeres checos era realmente revolucionario y novedoso. Tradicionalmente, los búnkeres se construían siempre orienta¬dos hacia la línea de avance enemiga. Eso suponía que la arti¬llería adversaria disparaba directamente contra las posiciones en las que se habían instalado las armas defensivas. Pues bien, los ingenieros checos solucionaron ese problema construyen¬do sus fortificaciones de espaldas al enemigo. Las ventajas eran más que evidentes, pues de esa forma la parte de la estructura que recibía el fuego enemigo era la menos vulnerable del búnker, al tiempo que la defensa del mismo se hacía atacando los flancos (lo que además permitía alcanzar la retaguardia de las tropas ata¬cantes) y no frontalmente. Con esa disposición, un búnker de¬fendía al de al lado, y viceversa. Además, todos los búnkeres se encontraban comunicados entre sí por líneas telefónicas insta¬ladas a gran profundidad y una red subterránea de corredores que servía para el desplazamiento de tropas y suministros.
Así que lo único que tuve que hacer fue seguir el ejemplo de los checos y mejorar algunos aspectos formales.
Junio aprovechó mi repentina «fama» para recomendarme a la empresa Hochtief, la mayor constructora de Alemania, con uno de cuyos directivos me entrevisté en Grand Hotel de Roma. Pese a que no llegamos a cerrar un acuerdo, quedamos en la po¬sibilidad de trabajar juntos en un futuro inmediato. Algo que ocurrió a partir del año 1943, y de lo que hablaré en otro mo¬mento.
Mi nuevo cometido satisfizo plenamente al segundo Smith, a quien empecé a facilitar no sólo la información que obtenía del príncipe, sino también el fruto de mi trabajo como arqui¬tecto. Ese salto cualitativo en mi carrera como espía me llenó de orgullo y hasta me hizo comprender que podía resultar un trabajo honorable. Smith, que siempre había sido sincero a la hora de valorar los riesgos que asumía en mis labores de espio¬naje, me advirtió de que a partir de la entrega del primer plano mi vida correría peligro en el supuesto de ser descubierto. Pero para entonces yo ya había tomado la determinación de no darle la espalda a aquella nueva guerra, en
la que ya no estaba en jue¬go el destino de un pequeño país como España, sino el del mun¬do en su conjunto.
Creo que actuando de aquella manera buscaba la mortifica¬ción. Por un lado, sentía que crecía el vacío a mi alrededor, co¬mo si cada día al despertar hubiera desaparecido una parte del mundo. En realidad, no era el mundo el que desaparecía, sino mi interés por él. Por otra parte, mi vida había cambiado tanto en los últimos tiempos que ahora sentía remordimientos por no haber participado de manera activa en la guerra de España, y esa sensación me impulsaba a comprometerme con la nueva guerra que acababa de comenzar. Ahora, cuando miro hacia atrás, tengo la impresión de que comportándome de esa manera buscaba ser eliminado físicamente, toda vez que carecía de valor para poner fin a mi vida por mis propios medios. He de recono¬cer que mi trabajo como arquitecto me resultó de gran ayuda para sobrellevar tanta zozobra, y que en cuanto tuve unos in¬gresos de forma regular, comencé a buscar un piso donde vivir solo, lejos de doña Giovanna y sus manías. De modo que al mis¬mo tiempo que estaba dispuesto a morir, me preocupaba por encontrar una nueva casa donde vivir, algo sin duda contradic¬torio. El hecho de que me tomara tan en serio la búsqueda de un hogar demostraba que mi desánimo no era debido a que hubiera perdido interés por vivir, sino a que para mí la vida ha¬bía perdido todos sus alicientes. La marcha de Montse había resultado determinante, y pensar en su ausencia se había ido convirtiendo en un hábito que, de tanto repetirse, acabó por in¬hibirme del mundo que me rodeaba. Así que yo no estaba real¬mente vivo cuando tomé la decisión de mudarme de casa. Era una especie de autista que había perdido todo contacto con la realidad. Tuve que diseñar un búnker y después otro, y otro más para reencontrarme conmigo mismo. Comprendí entonces que mi trabajo tenía una utilidad, y que trabajando doce o trece ho¬ras diarias, también la tendría mi vida. Así que trabajaba trece horas y dormía ocho, con lo que sólo me quedaban tres horas que llenar. Fue entonces cuando tomé la decisión de buscar ca¬sa, labor a la que dedicaba las tres horas libres de mi día. Después de visitar dos docenas de pisos, opté por alquilar un ático con te¬rraza en la Vía dei Riari, una tranquila calle que nacía en la Vía della Lungara y se prolongaba hasta las estribaciones del Gianicolo.
Desde la terraza se disfrutaba de una hermosa vista del Trastévere y del