El mapa del creador
Capítulo 15
El 24 de diciembre, por mandato del secretario Olarra, nos reunimos todos en la iglesia de Santa María de Montserrat, sita en la Vía di Monserrato, para asistir a la misa del gallo. Construida sobre un hospicio para peregrinos catalanes por orden del papa Alejandro VI, la iglesia se había convertido en el punto de reunión de la colonia española en Roma desde el siglo XVII No había festividad relacionada con España que no tuviera su extensión religiosa en esta iglesia. La escalinata de la entrada servía de mentidero, en el que los recién llegados de España contaban los últimos acontecimientos acaecidos en la Península, y los que se marchaban recogían cartas, mensajes y recuerdos que habían de entregar a familiares y amigos. También era el centro de las intrigas y los chismorreos.
–¡Qué alegría me da verle, príncipe! Pero ¿qué hace esperando en la puerta con este frío? Entre con nosotros, se lo ruego -saludó el señor Fábregas a Junio.
El príncipe, cuya asistencia a aquel acto religioso no estaba anunciada, se desmarcó con una respuesta que dejó sorprendidos a todos.
–Se lo agradezco, señor Fábregas, pero estoy esperando al rey.
–¿De Italia? – se interesó el señor Fábregas, entre perplejo y admirado de que el mismísimo Vittorio Emanuele III pudiera asistir al oficio religioso.
–No, espero a su rey, el Rey de España.
El señor Fábregas no había tenido en cuenta que para un noble, los reyes no pierden su condición de tales, aunque hayan tenido que huir con una mano delante y otra detrás, como era el caso de Alfonso XIII.
–Nos vemos entonces a la salida. Me encantaría estrecharle la mano al
monarca -añadió el señor Fábregas con cierto tono de complicidad.
Según le contó Junio a Montse esa misma noche, su presencia allí obedecía a una orden directa del Duce, a quien don Alfonso XIII había pedido ayuda para recuperar el trono; pese a que Mussolini se había decantado por sufragar las actividades políticas de los falangistas, quería seguir manteniendo buenas relaciones con la casa real española, por lo que pudiera pasar en el futuro, y nadie mejor que un príncipe camisa negra para cumplir con ese cometido.
Cinco minutos después de que el aforo de la iglesia se llenara, llegó el Rey en compañía de la Reina, de sus hijos y del periodista César González-Ruano, que seguía los pasos del monarca en el exilio para elaborar un reportaje.
Durante el oficio, el responsorio por los caídos tuvo mayor peso que la propia homilía, tanto que pasamos rezando casi toda la misa. Oramos por los dieciséis obispos ejecutados sumariamente, por los siete que andaban desaparecidos, por los cinco mil ochocientos religiosos asesinados y por los seis mil quinientos sacerdotes masacrados, amén de las decenas de miles de víctimas civiles. Nadie se acordó, en cambio, de los sacerdotes que Franco había mandado ejecutar en Guipúzcoa y Vizcaya por su ideología nacionalista, ni tampoco de las víctimas civiles del otro bando. Sólo nos faltó rezar para que aquel ex rey de rostro ceroso y triste como un cirio que ocupaba la primera fila, recuperara el trono que el sufragio universal le había arrebatado. Al parecer, don Alfonso XIII tenía el ánimo decaído, pues sus únicas ocupaciones eran el bridge y las mujeres. Con las cartas era poco diestro y causaba lástima entre quienes se veían en la obligación de desplumarlo; con las mujeres, en cambio, todo el mundo coincidía en señalar que su majestad era todo un garañón, pues su lista de amantes en España había sido interminable. Sin embargo, la situación había cambiado radicalmente desde su llegada a Roma. Ahora tenía que acostarse con las damas en un cuarto de hotel, que era donde vivía, por no mencionar que la halitosis crónica que padecía se había acentuado con el trauma del exilio, con lo que las féminas habían empezado a perder interés por su persona.
Así las cosas, y teniendo en cuenta que un Borbón sin mujeres es medio
Borbón, tal y como había dicho alguien, el Rey se había convertido en un fantasma primero, y más tarde en un gafe, hasta el extremo de que si un italiano pronunciaba su nombre, lo hacía al mismo tiempo que tocaba madera. En eso Junio también era distinto a sus connazionali, puesto que no tuvo reparos en sentarse a la izquierda del Rey, hombro con hombro, y hasta de tenderle una mano cuando don Alfonso se arrodilló después de la comunión.
Terminado el oficio religioso, me quedé en la puerta de la iglesia con el grupo de españoles (entre los que se encontraban la familia Fábregas al completo y el secretario Olarra) que querían felicitar la Navidad al monarca. Todavía hoy recuerdo lo que don Alfonso le dijo a César González-Ruano una vez estuvieron en la calle.
–No entiendo cómo nadie puede quejarse de los hoteles. Son mucho mejores que los palacios reales.
Ésa fue la primera y la última vez que oí hablar a don Alfonso, pero por el tono errático de su voz, me pareció muy acertado lo que El Caballero Audaz había escrito en un diario en referencia a la vida nómada que el monarca llevaba. «Su alma parecía obstinada en alejarse deprisa de un pasado que siempre iba con él…». Visto de cerca, en el rostro de don Alfonso habían hecho mella cada uno de los adjetivos que los cronistas e historiadores le habían dedicado. rey polémico, rey paradójico, rey perjuro, rey felón, rey rechazado, rey calumniado, rey carlista, y rey patriota. Yo no sé cuál de esos adjetivos era el que iba mejor con su persona o con sus actos, pero lo que sí tenía claro era que don Alfonso había abandonado España argumentando que de esa manera evitaba un baño de sangre, cuando la verdad era que había salido del país porque no contaba con el apoyo del Ejército para provocar precisamente un baño de sangre que le hubiera permitido conservar el trono.
Años más tarde, cuando el propio César González-Ruano escribió que «la muerte puede consistir en ir perdiendo la costumbre de vivir», estuve seguro de que había escrito aquellas palabras pensando en Alfonso XIII, pues ya entonces, en la Navidad de 1937, había perdido las ganas de vivir,
consciente tal vez de que moriría en una habitación de hotel, por muy cómoda que le resultara, y que sus restos terminarían reposando en la iglesia que acababa de abandonar, tal y como sucedió.
Pero aquella Nochebuena me tenía reservada otra sorpresa. Cuando ascendía por la Vía Garibaldi en dirección a la Academia en compañía de Rubiños, me dijo.
–Mi pensionado, regreso a España.
–¿Has conseguido que te manden a casa? ¡Ésa sí que es una gran noticia!
¡Enhorabuena! – exclamé.
–No voy a mi casa, mi pensionado, sino al frente. Marcho voluntario.
–¿Voluntario, Rubiños? Tengo un amigo en España que dice que voluntario sólo se ha de ir a las casas de putas -añadí.
–Usted tenía razón. No puedo seguir viviendo en esta oscuridad.
–Yo jamás he tenido razón en nada, Rubiños. Además, ¿quién me va a llamar bobo cuando suba a la terraza y me quede mirando el paisaje como un pasmarote?
–Tengo un primo sacerdote en Barcelona. Han encontrado su cadáver con una cruz incrustada en el maxilar.
–Lo siento.
–Lo que yo siento es tener que estar en esta ciudad de beatas y tíos perfumados. Olarra ha censurado la información para no crear un incidente diplomático, pero a muchos de los italianos que han mandado a España hay que llevarlos al frente a punta de bayoneta, porque en cuanto oyen silbar una bala se cagan en los pantalones. ¿Sabe que pasó en Guadalajara? Yo se lo diré, ya que Olarra no lo hace. Después de salir derrotadas, las tropas italianas huyeron en desbandada, y la policía militar tuvo que tomar cartas
en el asunto. Al final, consiguieron reunir a diez mil italianos en el campo de concentración del Puerto de Santamaría, tres mil de los cuales eran desertores, y otros dos mil fueron declarados ineptos y devueltos a Italia. Y
mientras, a los que de verdad estamos dispuestos a derramar nuestra sangre por España, nos tienen tomando el sol en una terraza de Roma.
Rubiños acompañó su discurso con un imaginario esputo sobre el suelo.
–También usted se cagaría en los pantalones si tuviera que ir a luchar por un país que no es el suyo. Está bien, Rubiños, si se quiere ir a pegar tiros, váyase, pero no me diga que he sido yo quien le ha metido la idea en la cabeza, porque si algo le pasara me sentiría…
–No se preocupe, mi pensionado, usted no me ha metido ninguna idea en la cabeza. Soy un hombre de acción, no de ideas. Si le sirve de consuelo, le diré que también usted me parece un italiano perfumado.
El menosprecio de Rubiños devolvió la tranquilidad a mi espíritu.
–Para que vea que no me quejo por capricho, mi pensionado, mire el corte que me ha hecho el barbero esta tarde -continuó-. Le dije al hombre que me pelara al cero y que me diera un buen afeitado, algo sencillo, y a cambio se ha puesto a frotarme el cuero cabelludo, a untarme ungüentos por la cara y a perfumarme y empolvarme hasta la náusea. Total, me he puesto tan nervioso que al final, ¡zas!, me he llevado un tajo en la mejilla.
–A eso se le llama en Roma fare bella figura, es decir, mejorar de aspecto.
El barbero romano se cree un artista, y su obligación es embellecer a sus clientes tanto como le sea posible.
–Si los barberos españoles se dedicaran a fare bella figura como usted dice, irían todos de cabeza a la cárcel por conducta desviada.
–¿Y si una vez en España resulta que echa de menos Roma?
–Ni ella me echará de menos a mí, ni yo a ella. La relación que siempre he