El mapa del creador
Capítulo 2
mínimo, pero tras la marcha de los «prófu¬gos» y de los pensionados de la Academia a España, era la única persona con la que mantenía un trato más o menos estable. No voy a entrar a valorar si mi relación con Junio era de auténtica amistad (no en vano una amistad puede perfectamente cimen¬tarse sobre el rencor, de la misma manera que una sonrisa puede ser de desprecio), pues siempre estuvo sujeta a altibajos, pero saber que no era una persona de fiar me infundía tranqui¬lidad y me hacía sentir seguro, contrariamente a lo que cabía esperar. Por otra parte, estaba convencido de que Junio conocía mis actividades, y como desde mi punto de vista todos esos fac¬tores redundaban favorablemente en nuestra relación, acabé aceptando su invitación. Creo que después de no haber sido ca¬paz de hacerme el harakiri con un kris malayo, albergaba la es¬peranza de tener un fin heroico al lado del príncipe; ya porque me mandara asesinar; ya porque sucumbiera junto a él, a ma¬nos de uno de los muchos enemigos que yo le suponía.
2
Realizamos el viaje desde Roma a Como en una confortable carrozza de un tren cuyo destino era Lugano, y nos instalamos en el Grand Hotel Serbelloni, una antigua villa privada cons¬truida por la familia Frizzoni, en 1852. Junio y Gábor ocuparon sendas habitaciones contiguas (si no recuerdo mal, fue entonces cuando comencé a sospechar por primera vez de las preferencias sexuales del príncipe); yo me instalé en una amplísima y lumi¬nosa suite con vistas al lago, en el otro extremo de la planta. La habitación estaba decorada con muebles franceses, pesadas corti¬nas de terciopelo, viejas alfombras persas, chandeliers de cristal de Murano y pinturas al fresco. Nunca había estado rodeado de tanto lujo y, desde luego, nunca he vuelto a estarlo, con lo que el recuerdo que guardo de aquellos días es comparable a un placen¬tero sueño que, a la vez que se va alejando en el tiempo, se vuel¬ve más dulce e imperecedero en la memoria.
El tiempo, perdidas las aristas de los días, pareció volverse líquido y profundo como las aguas del lago; el aire puro llenaba todos los rincones del espacio; los caminos estaban flanqueados por cientos de arriates de los que brotaban flores de vivos colo¬res suspendidas sobre sus tallos; la vida, en suma, adquirió esa laxitud que sólo disfrutan los músculos en reposo después de haber realizado un exigente esfuerzo físico. Porque un gran es¬fuerzo era lo que requería mi vida en Roma tras la marcha de Montse.
Incluso llegué a envidiar la forma de ser de los luga¬reños, reservados y apacibles a partes iguales, y mucho más asépticos en sus manifestaciones políticas que los italianos de otras regiones que había conocido. Como solía decir Junio. «Se comportan como verdaderos suizos».
He de reconocer que durante esos días albergué la idea de que existía el paraíso en la Tierra.
Casi todas las mañanas organizábamos excursiones al «cam¬po», según la expresión de Junio, como si en verdad no estu¬viéramos ya en él. El servicio de restaurante del hotel nos preparaba una cesta con comida y una botella de prosecco, y Gábor nos llevaba en coche hasta Punta Spartivento, el istmo que dividía el lago en tres ramas. la de Lecco, a la derecha; la de Co¬mo, a la izquierda; y en medio la parte norte. Desde allí, ade¬más, se podía contemplar una bellísima vista de los montes de la Terra Lariana, los mismos que describió el escritor Alessandro Manzoni en su obra I promessi sposi, con sus picachos ame¬nazantes cubiertos de nieves perpetuas. En otras ocasiones, vi¬sitábamos las villas famosas de la comarca, cuyos propietarios recibían a Junio con agrado. Todavía hoy recuerdo los apelli¬dos de rancia prosapia de algunos de aquellos anfitriones que vieron asaltadas sus mansiones por nuestra curiosidad. Aldobrandini Sforza, Gonzaga, Ruspoli, Borghese, etc. Pero en la mayoría de las ocasiones, Gábor se ponía al volante y recorría¬mos las sinuosas carreteras locales sin rumbo fijo. Una maña¬na, en cambio, tomamos el traggetto en el embarcadero de Be¬llagio y surcamos las aguas del lago hasta Villa D'Este, el hotel que competía en magnificencia con el Serbelloni. Byron, Rossini, Puccini, Verdi y Mark Twain se encontraban entre la dis¬tinguida clientela de ese establecimiento de leyenda. Por no hablar de la lista de reyes,
príncipes y magnates de los nego¬cios, que convertían a Villa D'Este en un escaparate donde mi¬rar y ser mirado con la superioridad moral que da saberse un elegido entre los elegidos. No creo haberlo dicho, pero Junio era de esa clase de persona a la que le hubiera gustado gozar del don de la ubicuidad para poder estar en dos lugares al mis¬mo tiempo. Siempre he relacionado esa necesidad perentoria de encontrarse en dos sitios a la vez con su carácter vitalista, algo que entraba en contradicción con su oficio de asesino. Pe¬ro así era Junio. una persona contradictoria, una especie de Dr.
Jekyll y Mr. Hyde, un pistolero que se emocionaba leyen¬do a Lord Byron.
Pero no fue ése el único descubrimiento que hice en aquellos días. Una mañana, mientras almorzábamos en una de las terrazas del Serbelloni con vistas al lago, Junio me habló de su infancia (que calificó de itinerante por los numerosos viajes y cambios de residencia), de su familia (demasiado dispersa por culpa del dinero, que le permitía hacer a cada uno lo que qui¬siera), e incluso se refirió al camino que había tenido que reco¬rrer para llegar a ser el hombre que ahora era. Describió su ad¬hesión a la causa fascista, así como la devoción que sentía por la doctrina nacionalsocialista de Hitler, como «una obligación de familia», habida cuenta los lazos que unían a su estirpe con las clases dirigentes de ambos movimientos. Se definió como una persona moderadamente religiosa, contraria a todo extre¬mismo, pues ante todo era un hombre práctico. Junio era par¬tidario de que de la misma manera que el Estado laico se había dejado impregnar por los valores del catolicismo, la Iglesia hi¬ciera lo propio y asumiera con naturalidad algunos postulados del laicismo. Por ejemplo, el divorcio.
En una ocasión le pregunté por qué había escogido Bellagio para pasar sus vacaciones y no Venecia. Me respondió.
–Primero porque el fuerte carácter de mi madre lo inunda todo en Venecia (es como una segunda laguna, imagínate), y lue¬go porque siendo joven me labré cierta mala reputación, y todo caballero que se precie tiene la obligación de mantener intacta su mala reputación. Si mis conciudadanos vieran en qué me he convertido, dejarían al instante de hablar de mí o incluso de di¬rigirme la palabra. Y con toda la razón.
Y tras una pausa, añadió.
–Venecia es la única ciudad del mundo a la que no es ne¬cesario volver constantemente, porque no hay diferencia entre visitarla y soñar con ella.
Sí, ni siquiera hace falta estar dormido para soñar con Venecia. No me malinterpretes, quien ha¬bla de sueños incluye también el capítulo de las pesadillas.
–Yo no conozco Venecia -reconocí.
–¿De veras? A estas alturas tenía la impresión de que todo el mundo la conocía. Al menos, aunque no sea así, sí que todo el mundo ha oído hablar de ella. Lo digo porque hay otros muchos lugares de los que nadie habla y, por supuesto, a los que nunca irán. Supongo que habrás oído decir un millón de veces que Venecia es la ciudad de los enamorados; sin embargo, yo opino lo contrario. se trata de la ciudad idónea para las parejas que no están enamoradas. ¿Quieres saber por qué?
–Desde luego.
–Porque Venecia es sólo un decorado, como el falso amor. Te describiré sucintamente qué es lo que se puede encontrar en Ve¬necia. viejos palacios a los que sólo sus moradores tienen acceso coronados por zaquizamíes abandonados, enredaderas y ajimeces idénticos que convierten los canales en una sucesión monó¬tona, todo mezclado con una humedad que se confunde con la melancolía, y una legión de mosquitos que nos recuerda en todo momento que los cimientos de la ciudad están hundidos en una laguna de aguas pútridas. Hay dos formas de ver una góndola. como un cisne negro o como un ataúd flotante. Yo soy partida¬rio de la segunda opción. De las continuas inundaciones, de las brumas y del frío invernal te hablaré en otra ocasión.
Una noche calurosa y estrellada, después de habernos be¬bido una botella de un vino toscano con aroma a cuero viejo y sabor a terciopelo, dos amaros y sendos combinados a base de ron añejo y zumo de pera, me preguntó.