El mapa del creador

Emilio Calderón · Capítulo 17 de 42

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El mapa del creador

Capítulo 17

–Porque no se dejan someter por el ser humano, a pesar de que su subsistencia depende del hombre. Han aprendido que para recibir las atenciones y cuidado de los seres humanos, lo mejor es vivir precisamente de espaldas a ellos.

–Desde luego es una rara virtud -admití.

–Se llama libertad -me corrigió.

Ni ella ni yo podíamos siquiera imaginar que llegaría un día en el que los gatos de Roma serían sacrificados en beneficio de la propia subsistencia de los habitantes de la ciudad. Siempre que Montse y yo hablamos sobre este asunto, aflora su lado más idealista, y afirma que el espíritu de los gatos que los romanos no tuvieron más remedio que comerse para no morir de hambre, insufló a la población ansias de libertad y fortaleza de espíritu frente al enemigo.

17

El año 1938 comenzó con varios acontecimientos relevantes. Montse cumplió veintiún años el 11 de enero; el 31 de ese mismo mes la aviación de Franco bombardeó Barcelona, causando ciento cincuenta y tres víctimas mortales y ciento ocho heridos, hecho que fue muy celebrado entre los

«prófugos»; el ejército nacional recuperó Teruel, que había sido tomada por las tropas republicanas; y por último, el 14 de marzo, día de mi cumpleaños, Hitler anunció la anexión de Austria al Tercer Reich, confirmando los peores temores de Smith. Con ser eso grave, más preocupante fue lo que ocurrió un mes y pocos días más tarde, cuando se anunció la visita del Führer a Roma para la primera semana de mayo.

Creo que fue el día 2 de ese mes cuando Cesare Fontana, el mayordomo de la Academia, me dijo que tenía una visita. Se trataba del padre Sansovino.

En un principio, achaqué su estado de agitación a las escalinatas de la Vía Garibaldi, pero inmediatamente comprendí que el motivo era otro. Sin siquiera dedicarme un saludo, me preguntó con un tono que reflejaba preocupación.

–¿Sabes dónde está nuestro amigo, el príncipe?

Según mis noticias, Junio le había dicho a Montse que no podrían verse en dos o tres semanas, puesto que había sido nombrado miembro del comité de bienvenida del Führer. En realidad, Junio se quedó corto a la hora de valorar su papel en aquel «comité», tal y como supimos más adelante. Sobre sus hombros recayó la negociación con el Santo Padre para que se reuniera con Hitler, y de camino le permitiera visitar los Museos Vaticanos. La respuesta de Pío XI fue contundente. «Si Hitler quiere entrar en el Estado Vaticano, tendrá que pedir perdón públicamente por la persecución que sufre la Iglesia católica en Alemania». Hitler no transigió, así que el día de la llegada del Führer, el Santo Padre dijo que se sentía triste de ver enarbolada en Roma una cruz que no fuera la de Cristo, en referencia a la cruz gamada, y se trasladó a su residencia de Castel Gandolfo, previa orden de que los Museos Vaticanos permanecieran cerrados y de que L'Osservatore Romano no publicara una sola línea sobre la visita del canciller alemán. La enemistad entre Pío XI y el Führer duraba ya un año, cuando el primero publicó la encíclica «Mit brennender sorge» («Con ardiente preocupación»), en la que ponía de relieve el carácter pagano del nazismo y condenaba el racismo, y Hitler respondió deteniendo a un millar de destacados católicos alemanes, trescientos de los cuales acabaron en el campo de concentración (por aquel entonces todavía se creía que se trataba de una campo de trabajo) de Dachau.

Claro que Junio no iba a permitir que Hitler regresara a Berlín con las manos vacías, así que le preparó una agradable sorpresa que compensara la afrenta del Sumo Pontífice. De hecho, la pregunta que el padre Sansovino acababa de formularme estaba relacionada directamente con aquella

sorpresa.

–Creo que anda fabricando estandartes nazis y comprando canapés con los que agasajar a Hitler -dije con sarcasmo.

–¡Maldición! – exclamó.

–¿Puede saberse qué ocurre?

–Me temo que Junio ha cumplido su amenaza, y lo que es aún más grave, le ha costado la vida a un hombre.

Instintivamente pensé en el segundo Smith, pero el padre Sansovino me sacó de mi error.

–Hace cuatro horas nos han comunicado la muerte de uno de nuestros scriptores después de abandonar la antica librería que el señor Tasso posee en la Vía dell'Anima. Alguien le ha disparado varias veces.

En esta ocasión me acordé del primer Smith.

–¿Y qué tiene que ver el príncipe con la muerte de su scriptor? – intervine.

En mi fuero interno, deseaba que el padre Sansovino me dijera que Junio había sido visto apretando el gatillo, pero su respuesta superó con creces mis expectativas.

–El scriptor había robado el Mapa del Creador -reconoció.

Me quedé perplejo, sin habla. Fruncí el ceño, a la espera de que el sacerdote corroborara o desmintiera lo que acababa de decir, pero al final tuve que ser yo quien dijera.

–Usted aseguró que ese mapa no existía.

En esta ocasión, fue el padre Sansovino quien frunció el ceño. Por un

momento, temí que sus gruesas cejas pudieran caer al suelo.

–Y en cierta manera, así es. El mapa existe sólo a medias -trató de justificarse.

–¿Qué quiere decir?

–Es verdad que la Iglesia requisó un papiro egipcio en la casa del poeta John Keats tras su muerte, y que los expertos que lo analizaron aseguraron que contenía un extraño mapa que, entre otras cosas, demostraba la esfericidad del mundo. Creo incluso que aparecía dibujado con precisión el continente antártico, que no fue descubierto hasta el siglo XIX. Estaba escrito en caracteres cuneiformes, y dada su antigüedad y en consideración a que se trataba de un mapa muy avanzado para su época, los expertos comenzaron a denominarlo como «El Mapa del Creador». Claro que podían haberlo llamado «Mapa Anónimo», sin más. La cuestión es que aunque el mapa haya sido bautizado con ese nombre, no significa que su autor sea Dios. Desgraciadamente, el mapa comenzó a deteriorarse seriamente después de pasar por diversas manos, hasta el extremo de que si alguien lo despliega en la actualidad lo único que conseguirá será destruirlo. El mapa no puede abrirse sin que se pierda la información que contiene, por eso te he dicho que sólo existe a medias.

–¿Y qué les hace estar tan seguros de que el mapa no es obra de Dios, tal y como defiende el príncipe? – le pregunté.

–Las razones son diversas. Para empezar, su existencia no se menciona en texto sagrado alguno. Pero hay otra razón que nos parece de sentido común.

si Dios hubiera querido elaborar un mapa de la Creación, pongamos por ejemplo, nunca habría utilizado un soporte tan vulnerable como el papiro.

¿Acaso los Diez Mandamientos no fueron labrados sobre piedra? Los antiguos hititas y babilonios utilizaban tablillas de arcilla, mucho más resistentes que el papiro, de manera que sería completamente absurdo pensar que Dios, dada su infalibilidad, cometiera semejante error de principiante.

No me costó encontrar una grieta en el argumento del religioso.

–Hay algo que no encaja en su historia. Usted asegura que el mapa fue bautizado con ese nombre en el siglo XIX, después de que le fuera arrebatado al difunto John Keats; sin embargo, el libro de Pierus Valerianus ya habla del Mapa del Creador dos siglos y medio antes -objeté.

–Así es, pero no hay ninguna contradicción. Si los expertos lo bautizaron con ese nombre, fue precisamente porque conocían la existencia del libro de Valerianus. Pero lo que hace Pierus Valerianus en su obra es recoger una antigua leyenda egipcia. Tampoco él llegó a ver el mapa con sus propios ojos.

Y, tras tomarse unos segundos, añadió.

–El asunto de las reliquias es extremadamente complejo, sobre todo a la hora de establecer la autenticidad de cada objeto. Para que te hagas una idea. En la actualidad, la Santa Sede ha contabilizado la existencia de más de sesenta dedos de san Juan Bautista. Se veneran tres prepucios de Nuestro Señor Jesucristo en las catedrales de Amberes, Hildesheim y Santiago de Compostela. Existen otros tantos cordones umbilicales del niño Jesús en Santa Maria del Popolo, en San Martino y en Chalons. Por el mundo hay repartidas doscientas supuestas monedas de las que cobró Judas por su traición, hay quien asegura poseer la calavera de Lázaro, e incluso en el Sanctasanctórum del Vaticano se conservan lentejas y pan sobrante de la última Cena, además de una botella con un suspiro de san José, que un ángel depositó en una iglesia cercana a la ciudad francesa de Blois.

Teniendo en cuenta que Nuestro Señor Jesucristo sólo pudo tener un cordón umbilical y un prepucio, en consideración a que san Juan Bautista contaba con dos manos que sumaban diez dedos, y que fueron treinta y no doscientas las monedas que cobró Judas por su traición, llegamos a la conclusión de que nos sobran muchas reliquias, demasiadas diría yo. De modo que hablar de un mapa creado por Dios es casi una… boutade…

–Comprendo. Supongo que ahora detendrán al príncipe por el asesinato del scriptor.

–Antes detendrían al Santo Padre que al príncipe Cima Vivarini. Me apuesto lo que quieras a que la prensa de mañana tratará el asesinato de nuestro hermano como un atentado perpetrado por fuerzas antifascistas y ateas, cuyo propósito es desestabilizar el régimen de Mussolini.

–Pero la policía no puede quedarse cruzada de brazos…

–Por encima de la policía está la policía política, y son los hombres como el príncipe quienes la controlan -me interrumpió-. Junio ha querido devolverme el golpe que le asesté a su orgullo hace unos meses.

–¿Devolverle el golpe?

–¿Acaso no os contó el otro día que yo era un espía al servicio del Vaticano?

Me sorprendió que el padre Sansovino diera por sentado ese extremo.

–Lo hizo en cuanto salimos de la biblioteca -reconocí.

–Pues estaba en lo cierto. Lo fui hasta hace muy poco. Trabajé en el Sodalitium Pianum, el servicio de contraespionaje del Vaticano dependiente de la Santa Alianza. Mi misión consistía en descubrir «topos», y la Providencia me llevó a atrapar al más importante de todos. Hace cosa de un año detectamos que se estaba produciendo una fuga de información desde el interior de la Santa Sede, así que llevamos a cabo una discreta investigación, hasta que dimos con el traidor. Se trataba de Monseñor Enrico Pucci, quien había sido reclutado por Arturo Bocchini, el jefe de la policía fascista, allá por 1927. El nombre en clave de Pucci era, según supimos más tarde, «Agente 96». Entonces se me ocurrió urdir un plan para dejar en evidencia a Pucci. Hicimos circular un documento falso con la firma del cardenal secretario de Estado, Pietro Gasparini, según el cual habíamos descubierto que un tal Roberto Gianille era agente británico y había estado pasando información sensible del Reino de Italia y del Estado Vaticano. En cuanto el documento estuvo en manos de monseñor Pucci,

informó al jefe de la policía Bocchini, que no dudó en emitir una orden de busca y captura contra el señor Gianille. El problema era que Gianille no existía, era una invención mía. De esa forma todos los miembros de la Red Pucci pudieron ser desenmascarados. Claro que mi posición también quedó comprometida, de ahí que ahora me dedique a otros menesteres. De modo que dejé a los fascistas sin informadores en el Vaticano, y ahora me devuelven el golpe robando el Mapa del Creador delante de mis narices.

Sobornando a un scriptor me están diciendo que no necesitan establecer una red de espionaje para obtener lo que quieran, y asesinándolo que el poder terrenal está en sus manos.

–Suena descorazonador -dije.

–Es descorazonador. Sobre todo, porque detrás de la vendetta de Junio, está el mensaje que Mussolini le envía al Santo Padre para que someta su voluntad al Estado laico que él representa. El Duce ha confesado en sus círculos más íntimos que está dispuesto a «rascarle la costra» a los italianos y convertirlos en anticlericales si el Papa no cambia de actitud con respecto a Hitler y a él mismo. Asegura que el Vaticano está lleno de hombres insensibles y momificados, y que la fe religiosa cotiza a la baja, pues nadie puede creer en un Dios que se ocupa de nuestras miserias. Sí, los tiempos han cambiado, y ahora cometer un delito contra la Iglesia merece el aplauso del Estado.

–De modo que el crimen del scriptor quedará impune.

–A lo sumo, cuando el aparato diplomático del Vaticano reclame una investigación a fondo, detendrán a un inocente al que le cargarán el muerto, nunca mejor dicho. ¿Me mantendrá informado si tiene noticias del príncipe?

Me gustaría tener vigilado a Junio, por lo que pudiera pasar.

El hecho de que el padre Sansovino me pidiera que me convirtiera en su informador, me hizo desconfiar de sus intenciones. Recelo que aumentó al día siguiente, cuando ningún medio de comunicación oral u escrito, incluidos Radio Vaticano y L’Osservatore Romano, mencionó el asesinato del scriptor de la Biblioteca Vaticana en la Vía dell'Anima. He de reconocer