El mapa del creador

Emilio Calderón · Capítulo 18 de 42

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El mapa del creador

Capítulo 18

que este hecho me intrigó durante mucho tiempo, y que hasta el mes de octubre de ese año no llegué a vislumbrar qué pretendía el padre Sansovino trasladándome aquella noticia que nunca tuvo confirmación oficial.

18

La visita in pompa magna de Hitler a Roma puede resumirse con el comentario de una niña italiana que, al verse rodeada de esvásticas por todas partes, exclamó. «¡Roma está llena de arañas negras!». En realidad, ésa fue la sensación que tuvimos todos, pequeños y mayores. nos sentimos acechados por una plaga de artrópodos de uniforme que atenazaban el normal transcurso de la vida cotidiana con sus continuos controles y registros. Durante una semana, la ciudad se convirtió en un gigantesco escenario, decorado con pendones, trípodes, fasces, antorchas, águilas e insignias de la antigua Roma, y se multiplicaron los arengarii, los edificios públicos equipados con tribunas (en muchos casos desmontables) que Mussolini utilizaba para dirigirse a la nación. Se organizaron manifestaciones, paradas y maniobras militares, recepciones y visitas turísticas en honor del canciller alemán. Incluso se lavó la cara a los viejos palacios, de manera que el Führer y su corte tuvieran la impresión de encontrarse en la capital de una superpotencia. Como escribió el poeta romano Trilussa en un epigrama. «Roma de Travertino / rifatta de cartone /

saluta l’imbianchino / suo prossimo padrone». («Roma de [mármol]

Travertino / rehecha de cartón / saluda al pintor de brocha gorda / su próximo patrón.»)

Aproveché ese estado de cosas para contarle a Montse mi conversación con el padre Sansovino. No he podido olvidar la cara de incredulidad que puso cuando le narré que Junio había cumplido su amenaza de sobornar a un scriptor, al que había mandado ejecutar una vez tuvo en su poder el Mapa del Creador. Pensé que la noticia iba a provocar un cataclismo en su

conciencia, hasta el punto de hacerla renunciara seguir adelante con la misión de sonsacar al príncipe. Y así fue. Sin embargo, cuando vi que flaqueaba, fui yo quien la espoleó para que continuara con su cometido, como si nuestro comportamiento estuviera ahora sujeto a un destino mayor que nos obligaba a dejar los deseos personales en un segundo plano.

Montse y Junio se reunieron dos semanas más tarde en la cervecería Dreher, un local muy frecuentado por la comunidad alemana en Roma. El príncipe acababa de regresar del castillo de Wewelsburg, en Westfalia, adonde había ido acompañando al Reichsführer, Heinrich Himmler, después de viajar hasta Alemania en el tren de Hitler. Durante el trayecto, Junio fue conducido hasta la carrozza del Führer para que le hiciera entrega personalmente del Mapa del Creador. Según le contó a Montse, la alegría inicial de los altos mandatarios nazis se tornó en decepción cuando comprobaron que el mapa no podía ser desplegado sin sufrir daños irreparables. No obstante, a la espera de que los científicos alemanes encontraran una solución a este contratiempo, Himmler recordó a los presentes que, al margen de otras consideraciones, lo valioso era el objeto en sí mismo. «Lo importante de un objeto de poder es su posesión. Es como disponer de una llave que abre las puertas del mundo», dijo. Hitler estuvo de acuerdo con el Reichsführer, y le ordenó llevar el mapa hasta el castillo de Wewelsburg, centro de revelación de miembros de las SS.

Arrendado por el propio Himmler en julio de 1934 al ayuntamiento de Büren, y reconstruido con fondos del Ministerio de Hacienda, la idea del Reichsführer era convertir Wewelsburg en lo que fue Marienburg para los Caballeros Teutónicos o Camelot para el rey Arturo. La transformación del castillo corrió a cargo del mago Karl Maria Wiligut, un tipo que afirmaba poseer una «memoria clarividente ancestral» que le permitía recordar acontecimientos acaecidos hace miles de años, y al que en 1924 le había sido diagnosticada una esquizofrenia complicada con alucinaciones megalómanas y paranoicas, enfermedad por la que tuvo que ser recluido en un psiquiátrico. Los invitados eran escogidos personalmente por Himmler, y su número nunca superaba los doce, puesto que doce habían sido los miembros de la mesa redonda, doce los apóstoles y doce los pares de Carlomagno, el fundador del I Reich. La mesa de roble macizo que presidía

el gigantesco comedor (de 35 X 15 metros) disponía de doce butacones tapizados con piel de cerdo, cada uno con una placa de plata con el nombre del caballero de las SS al que pertenecía y su escudo de armas. Había una habitación dedicada a Barbarroja, que siempre se mantenía cerrada y que estaba reservada a Hitler. Otras estancias estaban dedicadas a Otón el Grande, a Felipe el León, a Federico Hohenstauffen, a Felipe de Schwaben, y a otros ilustres príncipes teutones. Debajo del gran salón había una cripta con doce nichos conocida con el nombre de «La esfera del muerto», en cuyo centro se abría una cavidad que contenía una copa de piedra que servía de pira funeraria. Los doce jerarcas contaban además con su propia habitación en el castillo. La segunda planta albergaba el Tribunal Supremo de las SS. En el ala sur se encontraban las dependencias de Himmler, que incluían una sala con la colección de armas del Reichsführer y una biblioteca con doce mil volúmenes. Pero si algo llamó poderosamente la atención de Junio fue un Sol negro esculpido en el suelo de la sala de columnas, un símbolo que hacía referencia a la supuesta existencia de un pequeño astro en el interior de la Tierra -cuyo núcleo estaría hueco, según algunas teorías esotéricas-, que iluminaría a las civilizaciones superiores que tenían allí su morada. Himmler estaba convencido de que en cuanto pudieran desplegar el Mapa del Creador, descubrirían los caminos que conducían a esos remotos lugares. Una vez allí, su dominio del mundo sería absoluto.

Que Himmler pudiera creer en semejantes patrañas, y que Junio se prestara a alentarlas, me causó tanta perplejidad como temor, pues no me costó imaginar hasta dónde podía llegar una persona que creía ciegamente que la Tierra estaba hueca por dentro. Desgraciadamente, mis temores se cumplieron cuando Himmler se convirtió en el máximo valedor de lo que se llamó «La solución final», el método de exterminio que acabó con la vida de millones de judíos en Europa. Un plan vesánico que sólo estaba al alcance de un demente como él, convencido de ser la reencarnación de Enrique I el Cazador, fundador en el siglo X de la estirpe real sajona, que renegó del catolicismo para adorar al dios pagano Wotan.

Por último, hablaron de Gábor, después de que Montse preguntara el motivo de su ausencia. Junio le respondió henchido de orgullo que su

chofer, dadas sus aptitudes físicas y genealógicas, había sido reclamado por Himmler para cumplir la misión de procrear una raza superior. Y como Montse le conminó a que se explicara, el príncipe le contó que Gábor se encontraba en un hogar de la Lebensborn, una sociedad creada por Himmler para «fabricar» la Herrenrasse, la raza de los señores, mediante técnicas de reproducción selectiva. Su trabajo consistía en copular con distintas jóvenes arias previamente seleccionadas, de manera que de estas uniones naciera una nueva raza de seres genéticamente perfectos.

Sólo interrumpí el relato de Montse para preguntarle si le había mencionado a Junio el asesinato del scriptor.

–Las cosas ya no volverán a ser como antes -me respondió.

Obviamente, hablaba de la relación entre ambos.

–Aseguró no tener nada que ver con ese desgraciado asunto -continuó-.

Dijo que Roma está llena de grupos antifascistas dispuestos a desestabilizar a la más mínima oportunidad, que un cura con los bolsillos llenos de dinero era una presa fácil, y que él era únicamente responsable del soborno.

Entonces le repliqué que eso mismo era lo que el padre Sansovino había dicho que diría.

–¿Y qué te respondió? – me interesé.

–Me dijo que el padre Sansovino no era de fiar. Naturalmente, le pedí que fuera más explícito.

–¿Y bien?

Montse se tomó unos segundos antes de recitar de memoria la respuesta de junio.

–«Nadie que se haya visto alguna vez involucrado en una red de espionaje vuelve a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. ¿Y sabes por qué? Porque la verdad y la mentira son la cara y la cruz de una moneda,

y cualquiera que se dedique al espionaje sabe que valen lo mismo», me dijo.

–Tampoco él es de fiar -observé.

–Incluso se ha despojado del sello familiar para ponerse un horrible anillo de plata con una calavera grabada. Ése ha sido el regalo que le ha hecho Himmler. un anillo -prosiguió

Montse, sin ocultar la decepción que este hecho le había causado.

Años más tarde, cuando el Tercer Reich se desmoronó, supimos que el anillo en cuestión era el talismán que portaban los iniciados de las SS, en cuyo seno había sido admitido por los servicios prestados.

–El hecho de que Junio haya cambiado de anillo no significa que su comportamiento sea distinto -le hice ver.

–¿Acaso estás tratando de justificarle? – me inquirió.

–En absoluto, precisamente intento decirte que Junio sigue siendo el mismo, aunque haya cambiado de anillo. No es un hombre diferente al de hace unas semanas.

–Sí lo es. Ninguna persona que cambie el sello familiar por un anillo con una calavera puede ser la misma.

Montse no se daba cuenta, pero en realidad era ella la que había cambiado.

Un simple anillo había sido suficiente para que dejara de reconocer a la persona de la que creía estar enamorada. Bastaba con contemplar la expresión de su rostro para comprender que sus grandes ojos verdes habían vuelto a ver la luz, y que, libre del letargo del amor y recuperadas las certidumbres de los sentidos, su corazón se había cerrado como un puño.

Era como si súbitamente hubiera descubierto los secretos de la vida adulta, esos que nos enseñan que después de habernos fiado de alguien y de comprobar que ese alguien nos ha defraudado o traicionado, hay que empezar a tomar precauciones.

–No pienso enamorarme jamás -añadió, como si de verdad hubiera perdido su capacidad para sentir.

Estaba claro que Montse tenía herido el orgullo y que estaba seriamente enojada consigo misma, pero precisamente por eso no se daba cuenta de que la víctima de su cerrazón no era Junio, sino yo. Mi único delito había sido enamorarme de ella. Aunque, en los códigos que rigen las leyes de amor, los delitos como el mío solían estar castigados con la indiferencia.

Así que todavía tuvieron que pasar varios meses antes de que Montse mostrara interés por mí. Y para cuando lo hizo, tuvimos que esforzarnos por encontrar un terreno común, puesto que la pasión que yo demandaba de su parte le resultaba tan incómoda como para mí lo era su falta de compromiso. De hecho, su comportamiento en la mayoría de las ocasiones era más parecido al de una sonámbula (que con los ojos cerrados repite mecánicamente los mismos movimientos, el mismo recorrido) que al de una mujer enamorada. He intentado buscar una explicación a este hecho, y creo haberla encontrado en los largos y enfebrecidos años de la guerra, que, cual enfermedad crónica, acabaron minando la salud sentimental de Montse y dejando en su espíritu la secuela de un existencialismo que desconfiaba del sentido que tenía la vida.

–Pues es ahora cuando debes aparentar estar más enamorada -le dije.

–Los novios rompen cuando una de las partes deja de sentirse atraída por la otra -me replicó.

En su obstinación había desencanto y tristeza al mismo tiempo.

–¿Y qué le cuento a Smith, que ha dejado de gustarte el príncipe?

–Dile la verdad. Cuéntale que se trata de un asesino despiadado.

–Eso ya lo sabe Smith.