Estelar

Mary Shelley · Capítulo 8 de 49

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Estelar

Capítulo 8

 

 

L a mujer era al mismo tiempo conmovedoramente familiar y sorprendentemente alienígena. Tenía la piel de color violeta claro, el pelo de un blanco puro y unos salientes blancos como óseos en las mejillas, subrayándole los ojos. Sin embargo, a pesar de sus rasgos extraños, tenía una evidente figura femenina bajo la ajustada chaqueta de vuelo. Casi podría haber sido una de nosotras.

Me sorprendió. No sabía que existieran alienígenas allí fuera que pareciesen tan… humanos. Siempre había supuesto que la mayoría eran como los krells, criaturas tan ajenas a nosotros que parecían tener más en común con las piedras que con la humanidad.

Me descubrí contemplando anonadada aquel rostro menudo hasta que reparé en el panel de control roto y las negras marcas de quemaduras que había en el lado izquierdo del abdomen de la piloto, empapado de algo más oscuro que la sangre humana. Era evidente que el panel había explotado y un fragmento había empalado a la mujer.

Me puse a buscar como loca un sistema de apertura manual de la cubierta, pero no estaba donde esperaba encontrarlo. Tenía sentido: aquello era ingeniería alienígena. Aun así, era de cajón que tenía que haber alguna forma de abrir la cabina desde fuera de la nave. Palpé en torno a la cubierta en busca de algo parecido a una tranquilla mientras Kimmalyn subía por el ala y llegaba a mi lado. Dio un respingo al ver a la alienígena.

—Por los santos y las estrellas —susurró, tocando el cristal de la cubierta —. Qué hermosa es. Casi… casi como una demonia de las antiguas historias.

—Está herida—dije—. Ayúdame a encontrar…

Me interrumpí al encontrarlo yo misma, justo en la parte trasera de la cubierta. Era un pequeño panel que, al abrirlo, dejó al descubierto una manecilla. Tiré de ella y la cubierta emitió un siseo al liberarse su sellado.

—Spensa, esto es una estupidez —dijo Kimmalyn—. No sabemos qué tipo de gases respira. Y podríamos exponernos a bacterias alienígenas o… o yo qué sé. Hay cien razones para no abrir eso.

Tenía razón. El aire que salió olía bastante raro. Era un aroma floral pero también acre, olores que en teoría no casaban. Pero no pareció hacerme daño cuando volví a un lado y, al no saber qué otra cosa hacer, extendí un brazo para buscar el pulso a la alienígena en el cuello.

Lo noté. Era débil e irregular, pero vete a saber si aquello era lo normal en su especie.

De pronto los párpados de la mujer temblaron y sus ojos se abrieron y yo me quedé petrificada, mirándola a sus iris violetas. Me espeluznó lo humanos que eran.

Habló en voz baja, pronunciando unas palabras alienígenas con consonantes que no supe distinguir. Era un habla elegante, efímera, como el sonido del aire al pasar las páginas de un libro. Me resultó extrañamente familiar.

—No te entiendo —dije cuando arrancó a hablar de nuevo—. No…

Tirda. El líquido oscuro que tenía en los labios debía de ser sangre. Me afané en sacar los vendajes de emergencia del bolsillo de la pernera de mi pantalón.

—¡Espera! —exclamé, pero Kimmalyn sacó primero los suyos y me los puso en las manos.

Me metí más en la cabina, me apoyé contra el panel de control y apreté el vendaje contra el costado de la mujer.

—Viene ayuda en camino —le aseguré—. Han enviado…

—Humana —dijo la mujer.

Me quedé inmóvil. Lo había dicho en inglés. Pareció fijarse en mi reacción y tocó con el dedo un pequeño alfiler que llevaba en el cuello de la chaqueta. Cuando volvió a hablar en su idioma liviano, el dispositivo tradujo sus palabras.

—Una humana de verdad —dijo, y entonces sonrió haciendo que le cayera sangre por la comisura del labio—. Así que es cierto. Todavía existís.

—Tú aguanta —insistí, tratando de contener la hemorragia de su costado.

La mujer levantó un brazo tembloroso y me tocó la cara. Tenía los dedos cubiertos de sangre y los noté húmedos en la mejilla. Kimmalyn susurró una breve oración, pero yo me quedé con la mujer, medio dentro, medio fuera de la cabina, mirándola a los ojos.

—Una vez fuimos aliados —afirmó—. Dicen que sois monstruos. Pero yo pensé… que nada puede ser más monstruoso que ellos… y si alguien puede combatirlos… serán aquellos a quienes encerraron… el terror que una vez estuvo a punto de derrotarlos.

—No lo entiendo —dije.

—Abrí mi mente… os busqué durante mucho tiempo. Tardé mucho en oíros por fin, llamando. No os creáis… sus mentiras. No confiéis… en su falsa paz.

—¿De quién? —pregunté. Las cosas que decía eran demasiado imprecisas —. ¿Dónde?

—Allí—susurró ella, sin dejar de tocarme la cara—. Visión Estelar.

Sentí algo a la vez que la palabra, el impacto de una fuerza que colisionó en mi cerebro. Me dejó aturdida.

La mano de la mujer cayó. Sus ojos parpadearon y se cerraron, y temí que hubiera muerto… pero me costaba mucho pensar después del raro golpe que había sufrido mi mente.

—Por los santos y las estrellas del cielo —repitió Kimmalyn—. ¿Spensa? —Volvió a tomarle el pulso a la mujer—. No está muerta, solo inconsciente. Tirda, espero que esa unidad de infantería incluya dotación médica.

Entumecida, estiré el brazo y cogí del cuello de la alienígena el pequeño alfiler, el aparato que había traducido nuestras palabras. Tenía forma de estrella estilizada, o quizá de estallido solar. ¿Qué era eso último que había dicho? Lo sentía como taladrándome el cerebro. Me había suplicado ir a aquel… lugar. ¿Visión Estelar?

Sabía en lo más profundo que aquella mujer era como yo. No solo una citónica, sino una citónica desconcertada que buscaba respuestas. Respuestas que había esperado encontrar en ese sitio, el que me había taladrado en el cerebro.

«Yo… podría ir allí», comprendí. De algún modo supe que, si quería, podía utilizar las coordenadas que la mujer me había metido en la cabeza para teleportarme directa a esa posición.

Me eché hacia atrás mientras tres transportes de tropas de la FDD aterrizaban con habilidad sobre sus grandes anillos de pendiente azules al lado de la nave. Llegaban acompañados de otros siete cazas, el resto del Escuadrón Cielo, reunido para proporcionarnos un apoyo que al final no habíamos necesitado.

Bajé de la nave alienígena y me alejé. Llegué con M-Bot mientras la nave de la mujer se convertía en un hervidero de actividad. Me guardé el alfiler traductor en el bolsillo y subí al ala de M-Bot. Por favor, sobrevive, pensé dirigiéndome a la alienígena herida. Necesito saber lo que eres.

—Hummm —dijo M-Bot—. Fascinante. Fascinante. Procede de un pequeño planeta apartado que no forma parte de la Supremacía. Al parecer, hace poco la Supremacía envió un mensaje al pueblo de esta mujer pidiéndole pilotos a los que reclutar para su fuerza espacial. Esta piloto fue la respuesta a esa petición. La enviaron para intentar alistarse en el ejército de la Supremacía.

Parpadeé y luego gateé hasta la cubierta abierta de M-Bot.

—¿Qué? —dije—. ¿Cómo lo sabes?

—¿Hummm? Ah, he hackeado su ordenador de a bordo. No es una máquina muy avanzada, por desgracia. Esperaba encontrar otra IA para que pudiéramos quejarnos juntos de los orgánicos. ¿A que habría sido divertido?

—¡Divertido! —exclamó Babosa Letal desde el apoyabrazos de mi asiento, al que se había encaramado.

Me metí en la cabina.

—¿De verdad has hecho eso? —pregunté.

—¿Quejarme de los orgánicos? Claro, si es muy fácil. ¿Sabes cuántas células muertas se te caen cada día? Pues todos esos pedacitos de ti están ensuciando mi cabina.

—M-Bot, céntrate. ¿Has hackeado su ordenador?

—¡Ah! Sí. Como te decía, no es muy avanzado. Tengo la base de datos completa sobre su planeta, su pueblo, su cultura y su historia. ¿Qué quieres saber? El planeta fue aliado de las fuerzas humanas en la última guerra, aunque ahora muchos de sus políticos defienden que la presencia humana allí fue una ocupación autoritaria, y varias de sus culturas recibieron una influencia significativa de las culturas humanas. Su idioma no es tan distinto al tuyo, por ejemplo.

—¿Cómo se llama ella? —pregunté en voz baja, echando una mirada a su nave. El ajetreo de los técnicos médicos alrededor de la cabina me dio esperanzas de que la mujer sobreviviera a su herida.

—Alanik de los UrDail —dijo M-Bot, pronunciando su nombre como una palabra aguda—. Según sus registros de vuelo, iba de camino a la estación comercial más importante de la Supremacía, en el espacio profundo. Pero no llegó. Parece que, de algún modo, descubrió dónde estábamos y vino hacia aquí. ¡Oh! ¡Spensa, es citónica, como tú! Es la única de su pueblo capaz de utilizar los poderes.

Me recliné en el asiento, sintiéndome embotada.

M-Bot no reparó en lo mucho que aquello estaba perturbándome, porque siguió hablando como si nada.

—Ajá, su bitácora personal estaba cifrada, pero también me lo he saltado. Confiaba en hallar respuestas sobre sus poderes en la Supremacía, aunque su propio pueblo no los tiene en gran estima. Tiene algo que ver con su forma de gobierno.

«Puedo sentir el lugar al que se dirigía», pensé de nuevo. Tenía las coordenadas grabadas a fuego en el cerebro, pero estaban apagándose como un motor roto. Chisporroteando y perdiendo energía. Podía saltar. Podía ir allí. Pero solo si actuaba deprisa.

Me quedé quieta en un momento de indecisión. Entonces me levanté en la cabina y llamé a Jorgen, que había bajado de su nave para ver trabajar al equipo médico.

—¡Jorgen! —grité—. Necesito que vengas aquí ahora mismo y me convenzas de no hacer una estupidez alucinante.

Jorgen se volvió hacia mí y, con una mirada de repentino pánico, echó a correr y se aupó al ala de M-Bot. No sabía si sentirme agradecida por lo rápido que había reaccionado o avergonzada por lo en serio que parecía tomarse la amenaza de que yo hiciera una estupidez.

—¿Qué pasa, Peonza? —preguntó mientras llegaba a la cabina.

—Esa alienígena me ha metido unas coordenadas en el cerebro —dije, intentando explicarme a toda prisa—. Iba a hacer las pruebas para entrar en la fuerza espacial de la Supremacía, que está reclutando, y quería averiguar si sabían algo sobre los citónicos, pero acabo de darme cuenta de que esta es la ocasión perfecta para poner en práctica el plan de Rodge. Si fuese yo imitándola, no quedaría ni la mitad de raro que si intentara imitar a un krell. M-Bot ha conseguido su registro entero y su base de datos planetaria, así que puedo ocupar su lugar. Tienes que detenerme porque, como no lo hagas, estoy a punto de hacerlo porque las coordenadas están evaporándose de mi cerebro.

Jorgen parpadeó ante la avalancha de palabras que me salían de la boca.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó.

—No lo sé seguro —dije, ansiosa por lo rápido que perdía intensidad la impresión—. No mucho. ¿Cinco minutos, tal vez? Sí, y el instinto me dice que vaya ahora mismo. ¡Que es por lo que necesito que me convenzas de no hacerlo!

—Vale, vamos a meditarlo.

—¡No hay tiempo de meditar nada!

—Has dicho que tenemos cinco minutos. Cinco minutos de meditación son mejores que ninguno. —Y entonces, como la insufrible roca de protocolo que era, dejó su casco en el ala con gesto meticuloso—. El plan de Rodge consistía en que imitaras a un piloto krell y te colaras en la estación que tienen aquí, cerca de Detritus.

—Sí, pero Cobb no cree que vayamos a poder imitar a un krell jamás.

—¿Y qué te hace pensar que podrías imitar a esta alienígena?

—Es de un mundo remoto —intervino M-Bot— que no forma parte oficial de la Supremacía. Nadie en la Supremacía habrá conocido nunca a ningún miembro de su especie, así que nada de lo que haga Spensa les parecerá inapropiado.

—Aun así, podría darles la impresión de ser humana —objetó Jorgen.

—Y no pasaría nada —dije yo—, porque Alanik, que es como se llama, viene de un mundo que fue aliado de los humanos no hace mucho tiempo.

—En efecto —confirmó M-Bot—, hubo mucho intercambio cultural.

—No hablas en ningún idioma de la Supremacía —dijo Jorgen.

Vacilé un momento y luego metí la mano en el bolsillo para sacar el alfiler traductor que había cogido a la alienígena. Los médicos la tenían conectada a un dispositivo respirador y estaban extrayéndola con sumo cuidado de su nave. Noté una punzada de preocupación, aunque acababa de conocerla.

Aún podía sentir su contacto en mi mente. Y su súplica. Era como una flecha que iba desvaneciéndose en mi cerebro, apuntando a las estrellas.

Levanté el alfiler para que lo viera Jorgen.

—Puedo usar este alfiler para que me haga de intérprete, creo.

—Confirmado —dijo M-Bot—. Puedo configurarlo para que emita en inglés y así entiendas lo que dicen ellos.

—Muy bien, es un principio —reconoció Jorgen—. Veamos, ¿puedes imitar la nave de esa piloto con tus hologramas?

—Antes tendría que escanearla.

—Pues entonces supongo que no hay tiempo…

—Hecho —dijo M-Bot, y adoptó el aspecto de la nave alienígena derribada. Le encajaba mucho mejor que la nave krell, porque M-Bot y la nave de Alanik se parecían mucho más en forma y tamaño.

Jorgen asintió.

—Estás pensando que debería ir —le dije—. ¡Tirda, de verdad crees que debería seguir adelante!

—Creo que deberíamos considerar todas nuestras opciones antes de decidirnos.. ¿Cuánto tiempo queda?

—¡No mucho! ¡Un minuto o dos! Tampoco es que tenga un reloj en el cerebro. Es solo que la sensación va desapareciendo. Deprisa.

—M-Bot, ¿puedes hacer que Spensa se parezca a esa alienígena?

—Siempre que lleve el brazalete puesto —respondió M-Bot.

Me apresuré a desengancharlo del cuadro de mandos y ponérmelo.

—Qué oportunos —dijo M-Bot—. Nuestros médicos acaban de hacerle un escáner buscando signos vitales. Y… ya está.

Mis manos cambiaron de color a un púrpura claro mientras M-Bot superponía a mi cara y mi piel un holograma de Alanik. Hasta hizo cambiar mi traje de vuelo para imitar el suyo a la perfección.

Me miré las manos, impresionada, y luego alcé los ojos hacia Jorgen.

—Tirda —susurró él—. Es asombroso. Muy bien. Entonces ¿cuál es el plan?

—¡No hay tiempo para un plan!

—Hay tiempo para un esbozo rápido. Irás al centro de reclutamiento ocupando el lugar de esta alienígena y haciéndote pasar por ella. Superarás las pruebas para ingresar en el ejército enemigo y… Un momento, ¿por qué reclutan pilotos? Seguro que quieren reforzar sus tropas para venir a combatirnos, ¿verdad?

—Sí —dije. Eso tendría sentido.

—Podría resultarnos útil. Si lo consigues, podrías obtener información valiosa sobre sus operaciones. Después de eso, intentarás robar un hipermotor o su diseño para los ingenieros y te teleportarás de vuelta aquí. ¿Crees que podrás volver tú sola?

Hice una mueca.

—No lo sé. Mis poderes… no son muy consistentes. Pero la bitácora de Alanik dice que iba a la Supremacía porque esperaba aprender de ellos sobre sus propias capacidades.

—Entonces, o bien tendrás que investigarlo tú misma, o no te quedará más remedio que ingeniártelas para robar un hipermotor y luego volver aquí con M-Bot y la tecnología robada.

—Sí. —Descrito así, sonaba imposible. Pero cuando alcé la mirada a las estrellas, noté un fuego arder en mi interior— Parece una locura —dije—, pero Jorgen, creo que tengo que ir. Tengo que intentar esto.

Bajé los ojos a los de él, de pie sobre el ala junto a mi cabina. Entonces me sorprendió asintiendo.

—Estoy de acuerdo.

—¿En serio?

—Peonza, puedes ser insensata, incluso temeraria, pero llevo ya casi un año volando contigo. Confío en tus instintos.

—Mis instintos me meten en líos.

Extendió el brazo y me puso la mano en un lado de la cara.

—Nos han sacado de muchos más líos que en los que te han metido a ti, Spensa. Tirda, no sé si esta misión es lo correcto. Pero sí que sé que nuestro pueblo corre un grave peligro. Siempre hablamos en plan optimista, pero el personal de mando sabe la verdad. Estamos muertos a no ser que encontremos la forma de usar hipermotores.

Puse la mano sobre la suya. La información de mi cerebro se atenuaba. Nos quedaban solo unos segundos.

—¿Puedes hacerlo? —me preguntó—. ¿Tu instinto te dice que puedes?

—Sí —susurré. Y entonces, con más firmeza, con la fuerza de una guerrera, lo repetí—. Sí. Puedo hacerlo, Jorgen. Conseguiré un hipermotor y lo traeré. Lo prometo.

—Entonces, ve. Confío en ti.

Caí en la cuenta de que eso era lo que necesitaba. No su permiso, ni siquiera su aprobación. Necesitaba su confianza.

Por puro impulso, me levanté en la cabina, lo cogí por el traje de vuelo y tiré de él hacia abajo para poder besarlo. Lo más probable era que no estuviésemos preparados para eso, y que no fuese el momento, pero lo hice de todos modos. Porque… en fin, tirda. Jorgen acababa de animarme a confiar en mi instinto.

Fue maravilloso. Sentí su fuerza al devolverme el beso, casi una electricidad que pasaba de su cuerpo al mío… y luego regresaba más fuerte por el fuego que me ardía en el pecho. Prolongué el beso tanto como me atreví antes de apartarme.

—Debería ir contigo —dijo él.

—Por desgracia —terció M-Bot—, solo tenemos un receptor móvil. Te identificarían como humano al instante.

Jorgen dio un gruñido.

—Supongo que alguien tendrá que explicar esto a Cobb, de todas formas.

—Va a cabrearse mucho —dije.

—Lo entenderá. Estamos tomando la mejor decisión que podemos dadas nuestras limitaciones de tiempo e información. Que los santos nos amparen, creo que tenemos que intentarlo. Vete.

Le sostuve la mirada un momento, la aparté y volví a meterme en la cabina.

Jorgen se tocó los labios con la mano un momento y luego recobró la compostura, recogió su casco y bajó saltando del ala de M-Bot. Retrocedió hacia los demás, que estaban concentrados en la nave de la alienígena y se habían perdido los poderosos momentos que acababan de tener lugar.

—Me confunde lo que ha sucedido ahora mismo entre vosotros dos —dijo M-Bot—. Creía que me habías repetido varias veces que no sentías inclinaciones románticas hacia Jorgen.

—Mentía —repuse.

Me aferré a la persuasiva sensación que la alienígena me había incrustado en el cerebro. Ya casi no quedaba nada, pero seguía notándola como una flecha apuntada al cielo. Justo cuando amenazaba con evaporarse del todo, de algún modo tiré de ella.

—Hipermotor citónico operativo —dijo M-Bot—. ¡Oye, ha…!

Desaparecimos.