Estelar
Tercera Parte
TERCERA
PARTE
Interludio
J orgen Weight entró en la enfermería con su casco de vuelo bajo el brazo. Tal vez debería haber guardado el casco, pero no había ninguna regla que lo exigiera y a él le gustaba llevarlo. Hacía que se sintiera preparado para volar sin previo aviso. Le daba la ilusión de mantener el control.
La criatura tendida en la enfermería demostraba que no era así. Habían enganchado a la mujer alienígena a toda clase de tubos y monitores y le habían puesto una mascarilla en la cara para controlar su respiración, pero lo que llamó de inmediato la atención de Jorgen fueron las correas que sujetaban sus brazos a la camilla. Los mandamases de la FDD no querían jugársela lo más mínimo, aunque Spensa había parecido opinar que la alienígena no suponía un peligro.
La fisiología alienígena de la piloto caída tenía perplejos a los médicos de la FDD. Lo más que habían podido hacer era cerrarle las heridas y confiar en que terminara despertando. En los últimos dos días, Jorgen había ido a verla al menos seis veces. Sabía que era muy improbable que recobrara la conciencia estando él allí, pero aun así quería tener la oportunidad de ser el primero en hablar con ella. El primero en hacerle la pregunta.
«¿Puedes encontrar a Spensa?»
Su inquietud aumentaba a cada día que Spensa pasaba fuera sin comunicarse. ¿Había hecho lo correcto al animarla a marcharse así? ¿La había dejado abandonada, sola, sin refuerzos, para que la capturaran y la torturaran?
Se había saltado el protocolo de cadena de mando de la FDD al decirle que se fuese. Si la apresaban por ello… Bueno, a Jorgen no se le ocurría nada peor que desobedecer y luego descubrir que hacerlo había sido un error. De modo que iba a la enfermería y albergaba esperanzas. Aquella alienígena era citónica, así que podría encontrar a Spensa y ayudarla, ¿verdad?
Pero antes, la alienígena tenía que despertar. Una médica que llevaba una tablilla con pinza se acercó a Jorgen y le enseñó solícita el informe sobre las constantes vitales de la paciente. Jorgen no sabía interpretar la mayoría de los datos, pero la gente tendía a mostrar respeto a los pilotos. Hasta los cargos más altos del gobierno solían apartarse para dejar pasar a un hombre o mujer que luciera una insignia de piloto en activo.
A Jorgen le daban igual las atenciones, pero llevaba la insignia por tradición. Su pueblo existía, vivía, porque la maquinaria bélica funcionaba. Y si él tenía que ser uno de sus engranajes más notorios, ostentaría el puesto con solemnidad.
—¿Alguna novedad? —preguntó a la médica—. Dígame lo que no viene en el informe. ¿Se ha movido? ¿Habla en sueños?
La doctora negó con la cabeza.
—Nada. Tiene el pulso irregular, aunque no sabemos si es lo normal en su especie. Respira bien nuestro aire, pero tiene los niveles de oxígeno bajos. De nuevo, no estamos seguros de si es normal o no.
Igual que siempre. Y podían pasar semanas antes de que despertara, si es que llegaba a hacerlo. Ingeniería estaba analizando su nave, pero de momento no habían podido romper el cifrado de sus bases de datos.
Los científicos podían dedicarse a analizar eso tanto como quisieran. Los secretos que Jorgen anhelaba estaban en el cerebro de aquella criatura. Sentía una… electricidad cuando se acercaba a ella. Una tenue descarga que le recorría el cuerpo, como la sensación de que le salpicara el agua fría. La notaba en esos momentos, de pie a su lado, escuchando el rítmico siseo del respirador.
Había sentido lo mismo en otra ocasión, al conocer a Spensa. Lo había tomado por atracción, y desde luego que atracción sentía. Por mucho que Spensa lo frustrara, se veía tan atraído como una polilla a una llama. Pero había otra cosa. Algo que la alienígena también tenía. Algo que Jorgen sabía que estaba oculto en las profundidades de su árbol familiar.
Se volvió hacia la médica.
—Por favor, tome nota de avisarme si cambia cualquier cosa en ella.
—Ya lo hice —respondió la doctora.
—Según el código que hay debajo del informe, ha actualizado usted su prioridad de estado, lo que exige que renueve mi petición. Trámite 1.173-b del departamento.
—Ah —dijo ella, repasando de nuevo el informe—. Muy bien.
Jorgen se despidió con un gesto de la cabeza y salió de la enfermería al pasillo de la Plataforma Primaria. Iba de camino hacia el atracadero de su nave para recibir el informe del equipo de tierra cuando los cláxones se volvieron locos. Jorgen se quedó inmóvil, escuchando la pauta de la vibrante alarma que resonaba por el estéril pasillo metálico.
«Fuego entrante—pensó—. Mal asunto.»
Bregó contra la oleada de pilotos y personal de tierra que corrían en desbandada hacia sus naves y se dirigió hacia la sala de mando. Era fuego entrante, no naves entrantes. No iban a lanzar los cazas. Aquello era algo más gordo. Algo peor.
Tenía el estómago revuelto cuando llegó a la sala de mando, cuyos guardias le dejaron pasar. Dentro, el sonido de la alarma estaba silenciado. A aquellas alturas, la FDD había trasladado a la mayoría de sus oficiales con mando desde la base Alta a la Plataforma Primaria. El almirante Cobb quería separar el complejo militar de la población civil, para dividir los objetivos potenciales de los krells.
Pero aún estaban organizándolo todo, por lo que la sala era un desastre de cables y monitores provisionales. Jorgen no molestó al personal de mando, que estaba congregado ante un enorme monitor al fondo de la estancia. Aunque su graduación le permitía unirse al grupo operativo, no quería ser una distracción para ellos. En vez de eso, recorrió la hilera de puestos informáticos hasta el de la alférez Nydora, una joven del Cuerpo de Radio con la que había ido a la escuela.
—¿Qué ocurre? —preguntó, inclinándose a su lado.
Ella respondió señalando la pantalla, que, según el texto de la parte inferior, mostraba el vídeo en directo de una nave exploradora que patrullaba más allá de los caparazones. En la imagen había dos gigantescos acorazados krells avanzando hacia el planeta.
—Están tomando posiciones —susurró Nydora— para disparar a través de un hueco que se abrirá en las plataformas defensivas y alcanzar la base Alta en la superficie.
—¿Podemos devolver el fuego? —preguntó Jorgen.
Nydora negó con la cabeza.
—Aún no controlamos los cañones de largo alcance que hay en las plataformas exteriores, y aunque lo hiciéramos, esos acorazados están lo bastante lejos para poder esquivar antes de que llegaran nuestros disparos. En cambio, el planeta no puede esquivar.
El estómago de Jorgen se retorció sobre sí mismo. Desde la órbita, el enemigo podía bombardear la superficie de Detritus con una lluvia devastadora de fuego y muerte. Con un fuego sostenido y con la misma gravedad del planeta favoreciendo a los krells, esos acorazados podrían arrasar incluso las cavernas más profundas.
—¿Qué posibilidades tenemos? —preguntó Jorgen.
—Depende de cuánto haya avanzado Ingeniería en…
Jorgen se sintió impotente al ver los dos acorazados colocarse en posición y luego abrir sus cañoneras.
—No hay respuesta a nuestras solicitudes de diálogo —dijo alguien en la hilera—. Tampoco parece que vayan a empezar con un disparo de advertencia.
Los krells siempre habían actuado así. Sin advertencias. Sin cuartel. Sin peticiones de rendición. La FDD sabía, por la información que había robado Spensa, que gran parte de lo que los krells habían hecho hasta entonces tenía la única intención de reprimir a los humanos. Sin embargo, seis meses antes el enemigo había pasado a pretender el exterminio total.
—Pero ¿por qué ahora? —preguntó Jorgen.
—Tenían que esperar a que las plataformas se alinearan —dijo Nydora—. Esta es la primera vez en semanas que tienen un disparo limpio a Alta. Por eso están actuando ahora.
En efecto, Jorgen vio en la pantalla que el inescrutable movimiento de las muchas plataformas que componían los cascarones de Detritus las alineaba y proporcionaba una abertura. Los acorazados empezaron de inmediato a disparar munición cinética pesada, proyectiles que tenían el tamaño de cazas. Jorgen envió una silenciosa plegaria a las estrellas y los espíritus de sus antepasados que navegaban en ellas. Por mucha habilidad y entrenamiento que tuviera en cabina, no podía enfrentarse a un acorazado.
El destino de la humanidad reposaba en manos de los santos y los ingenieros de la FDD.
La sala quedó tan en silencio que Jorgen alcanzaba a oír sus propios latidos. Nadie respiró mientras la lluvia de proyectiles caía hacia el planeta. Entonces algo cambió: una de las plataformas contiguas a la abertura empezó a moverse y sus antiguos mecanismos se iluminaron. Los datos fluyeron al monitor secundario de Nydora, procedentes de informes de Ingeniería y de las naves exploradoras de la FDD.
El planeta Detritus no era un objetivo fácil. La pantalla principal de Nydora resaltó la plataforma en movimiento, una lámina lisa de metal. Parecía desplazarse despacio, pero también lo hacían las bombas. Jorgen observaba desde tanta distancia que a su cerebro le costaba asimilar la escala del enfrentamiento: aquella sección metálica tenía cien kilómetros de largo.
Mientras las bombas se acercaban, varios sectores de la plataforma se abrieron y proyectaron una sucesión de refulgentes rayos de energía al espacio. Los rayos alcanzaron los proyectiles disparados por los acorazados, oponiendo energía a la fuerza, desviándolos y anulando su impulso. Se alzó un escudo en torno a la plataforma que interceptó los escombros, los ralentizó e impidió que cayeran a la superficie.
En la sala, todo el mundo dejó escapar un colectivo suspiro de alivio. Nydora hasta aulló. Los acorazados se retiraron con parsimonia, como dando a entender que, aunque habían disparado contra la propia base Alta y saltaba a la vista que no les habría importado destruirla, aquello había sido un ejercicio para probar las defensas planetarias.
Jorgen dio una palmadita en la espalda a Nydora y fue hacia el lado de la sala, respirando hondo para calmar los nervios. «Buenas noticias por fin.» Una vicealmirante activó la línea de comunicación general para dar la enhorabuena a los ingenieros por su trabajo.
Pero por extraño que pareciera, el almirante Cobb se quedó delante del monitor, sosteniendo sin fuerza una taza de café vacía y mirando la pantalla, incluso después de que todos los demás se marcharan a emitir anuncios o felicitar a las tropas.
Jorgen se acercó.
—¿Señor? —dijo—. No parece satisfecho. Los ingenieros han podido activar las defensas a tiempo.
—Nuestros ingenieros no estaban trabajando en esa plataforma —dijo Cobb en voz baja—. Lo que ha pasado ha sido por la antigua programación defensiva de Detritus. Hemos tenido suerte de que hubiera una plataforma operativa cerca y de que aún fuera capaz de desplegar contramedidas antibombas.
—Oh. —Parte del alivio de Jorgen se esfumó—. Pero… aun así estamos a salvo, señor.
—Mira las lecturas de energía en la parte de abajo de la pantalla, capitán —dijo Cobb—. La cantidad de energía que ha drenado este incidente es increíble. A estas viejas plataformas apenas les queda vida. Aunque pongamos otras en funcionamiento, tardaríamos meses o años en fabricar nuevos colectores solares.
»Y aunque lo hiciéramos y las contramedidas siguieran funcionando… bueno, si los krells inician un bombardeo sostenido, terminarán atravesando las plataformas. Nuestras defensas no están pensadas para protegernos de un ataque a largo plazo. Son un seguro de último recurso para retrasar a los invasores hasta que puedan llegar al sistema acorazados amistosos y expulsarlos. Solo que nosotros no tenemos acorazados amistosos.
Jorgen volvió la mirada hacia la sala llena de gente celebrándolo. Se veían imponentes en sus impolutos y planchados uniformes de la FDD. Pero eran solo apariencias. En comparación con los recursos del enemigo, la FDD no era un ejército opuesto, sino un grupo de refugiados harapientos que apenas tenían una pistola entre todos.
—Si nos quedamos atrapados en este planeta —dijo Cobb—, moriremos. Es así de sencillo. Somos un huevo con el cascarón muy duro, sí, pero estamos perdidos en el momento en que el enemigo comprenda que no puede abrirnos con una cuchara y se decida a usar un mazo. Por desgracia, nuestra única posibilidad de escapar está desaparecida sin rastro. Esa chica…
—Me reafirmo en mi decisión, señor —interrumpió Jorgen—. Spensa no va a fallarnos. Solo tenemos que dejarle tiempo.
—Aun así, ojalá me hubieras llamado —dijo Cobb.
Lo que Jorgen había hecho no había tenido repercusiones. Habría podido argumentar que el artículo 17-b lo autorizaba a tomar la decisión que había tomado, pero lo cierto era que ni siquiera había sido el oficial de mayor graduación en aquella misión. El coronel Ng del ejército de tierra había estado al mando del equipo de seguridad. Jorgen debería haber hablado con él, o haber llamado a Cobb.
Era posible que, al haber dicho a Spensa que se marchara, Jorgen los hubiera condenado a todos. «Si nos quedamos atrapados en este planeta, moriremos. Es así de sencillo.»
Jorgen respiró hondo.
—Señor, es posible que tenga que incumplir otra norma.
—No me sé ni la mitad de ellas, capitán. No le des más importancia.
—No, señor. Me refiero a… una norma familiar. Es una cosa de la que se supone que no debemos hablar.
Cobb le lanzó una mirada.
—¿Sabe lo mucho que se esforzó mi familia para evitar que se hablara del defecto? —preguntó Jorgen—. ¿Para impedir que su conocimiento se hiciera público? Me refiero al que tenía el padre de Spensa, a la… la…
—¿La citónica?
—Había un motivo, señor —dijo Jorgen.
—Lo sé. Algunos antepasados tuyos la tenían. No se limitaba solo a la gente de motores. ¿Estás diciéndome que oyes cosas, hijo? ¿Ves cosas?
Jorgen apretó los labios y asintió.
—Luces blancas, señor. En los bordes de la visión. Son como… como ojos.
Hala, ya lo había dicho. ¿Por qué estaba sudando tanto? Pronunciar las palabras no había sido tan tan difícil, ¿verdad?
—Bueno, algo es algo —dijo Cobb mientras sostenía su taza a un lado. Un ayudante la cogió y se fue corriendo para rellenarla—. Acompáñame. Quiero presentarte a alguien.
—¿A alguien del Cuerpo de Psicología de la flota? —preguntó Jorgen.
—No. A una anciana con un gusto excelente en pasteles.