Estelar

Mary Shelley · Capítulo 9 de 49

Páginas del PDF

Estelar

Segunda Parte

SEGUNDA

 

PARTE

9

 

S olo estuve un momento en la ninguna-parte, pero en ese lugar el tiempo no parecía significar nada. Flotaba sola, sin nave. Me rodeaba una infinita negrura, puntuada únicamente por luces que se parecían mucho a estrellas, solo que malévolas. Me veían allí levitando, expuesta. Me sentí como una rata bajada en un cordel a una jaula llena de lobos hambrientos.

Los ojos se centraron en mí y su ira creció. Estaba entrando sin ningún derecho en su territorio. Yo era un gusano insignificante… pero mi presencia les infligía dolor de todos modos. Mi mundo y el suyo no estaban destinados a juntarse. Sus luces se abalanzaron hacia mí. Iban a desgarrar mi alma en jirones y dejar solo restos de… Aparecí de vuelta en la cabina de M-Bot.

—¡… funcionado! —concluyó M-Bot.

—¡Ah! —grité, dando un salto. Me aferré a los lados del asiento en la cabina—. ¿Has visto algo de eso?

—¿Algo de qué? —repuso M-Bot—. Mi cronómetro indica que no ha transcurrido ningún tiempo. Has activado el hipermotor citónico y… bueno, más bien creo que tú eres el hipermotor citónico.

Me llevé la mano al pecho y la apreté contra el grueso tejido de mi traje de vuelo, que me resultaba muy raro con el color cambiado. Se me aceleró el corazón y pensé a toda velocidad. Aquel lugar, la ninguna-parte… había sido como nadar en el lago de una caverna profunda sin llevar ninguna luz. Sabiendo en todo momento que había cosas al fondo, observándome, intentando alcanzarme…

«Eran ellos —pensé—, las cosas que destruyeron al pueblo de Detritus. Las cosas que hemos visto en la grabación.» Los zapadores existían. Ellos y los ojos eran lo mismo.

Respiré hondo, esforzándome por tranquilizarme. Por lo menos, el hipersalto había funcionado. Había utilizado mis poderes otra vez, con la ayuda de las coordenadas que Alanik había introducido en mi mente.

Muy bien, había llegado el momento de las heroicidades. Podía hacer aquello.

—¡Spensa! —exclamó M-Bot—. ¡Están contactando con nosotros!

—¿Lo qué? —pregunté.

—¡El qué! —chilló Babosa Letal a mi lado.

—Nos has traído a las inmediaciones de una estación espacial de cierto tamaño perteneciente a la Supremacía—dijo M-Bot—. Mira a tus cinco. Las conversaciones por radio son moderadas pero distinguibles.

Apoyé la mano en Babosa Letal para tranquilizarla. El animalito flauteaba enojado, tal vez sintiendo mi desasosiego. Miré en la dirección que había señalado M-Bot y vi una cosa que había pasado por alto en mi primer vistazo al campo de estrellas. A lo lejos había una estación espacial de algún tipo, unas luces en la oscuridad agrupadas en tono a una superficie lisa central.

—Visión Estelar—dije—. Así la ha llamado la alienígena, Alanik, —Me apresuré a ponerme el casco y las correas—. ¿Están contactando con nosotros? ¿Qué dicen?

—Alguien de la estación solicita que nos identifiquemos —dijo M-Bot—. Nos habla en dione, un idioma estándar de la Supremacía.

—¿Puedes falsificar la señal del transpondedor de Alanik?

—Estoy en ello.

—Genial. Pues entretenlos un ratito mientras yo pienso.

Era evidente que M-Bot seguía teniendo el aspecto de la nave alienígena y, a juzgar por mis manos de color violeta suave, mi holograma también estaba activo. Si la misión fracasaba, no sería por limitaciones tecnológicas, sino por las limitaciones de la espía.

—Lo primero es lo primero —dije—. Tenemos que comprobar nuestra vía de retirada, a ver si podríamos volver a casa si algo saliera mal. Déjame otro minuto.

Inhalé y exhalé, tranquilizándome, haciendo los ejercicios que me había enseñado la yaya. Eran los mismos ejercicios que ella había aprendido de su madre, quien a su vez había hecho los hipersaltos de nuestra antigua flota espacial antes de que se estrellara en Detritus.

Yo había logrado saltar hasta allí para cumplir la misión, pero quería saber si podría saltar de vuelta en caso de que hiciera falta. Todo sería muchísimo más fácil si aquella expansión de mis poderes que me había concedido Alanik al rozar mi cerebro pudiera funcionar de nuevo.

Me imaginé a mí misma flotando en el espacio… estrellas pasando veloces a mi alrededor… Sí: como acababa de dar un hipersalto, la acción me resultaba familiar. La ninguna-parte estaba cerca. Acababa de estar allí. Podía volver.

Pero esas cosas me verían otra vez.

«No pienses en eso», me insistí a mí misma. Me concentré en el ejercicio. Estaba volando, viajando entre las estrellas, desplazándome a toda velocidad…

«¿Hacia dónde?» Ahí estaba el problema. Si quería dar algo más que un salto muy corto, necesitaba saber el lugar exacto al que me dirigía. No me bastaba con invertir la dirección que me había proporcionado Alanik, porque esa dirección no incluía mi punto de partida en Detritus, solo las coordenadas de mi destino, aquella estación espacial.

—M-Bot—dije, saliendo del trance—, ¿puedes calcular nuestra posición?

—Estoy calculándola a partir de datos astronómicos. Pero Spensa, te advierto que mis técnicas de distracción no están funcionando. Van a enviar naves para investigar.

—¿Qué has estado haciendo?

—Enviarles código binario.

—¿Qué? —restallé—. ¿Eso es lo que haces para entretener a alguien?

—¡Y yo qué sé! He pensado: «A los orgánicos les gustan las tonterías, y esto es bastante tonto». Pero ahora que le doy un par de vueltas, a lo mejor no ha sido lo bastante tonto. Bueno, en todo caso nos avistarán antes de un minuto.

Había llegado la hora de la verdad. Respiré hondo. Era una guerra. Entrenada por mi abuela desde la infancia para afrontar mi heroico destino con valor. «Puedes hacerlo —me dije—. Esto es solo otra clase distinta de batalla. Eres como Huā Mùlán o Epípole de Caristo, que fueron a la guerra con la identidad de otra persona.»

La yaya me había contado esas historias una docena de veces. El problema era que los engaños de ambas mujeres habían acabado descubriéndose. Y ninguna de las dos había terminado demasiado bien.

Tendría que preocuparme de no acabar como ellas. Hice girar a M-Bot mientras se aproximaban dos naves procedentes de la lejana estación. Eran rectangulares y estaban pintadas de blanco, como las lanzaderas krells que había visto en la estación espacial que había cerca de Detritus.

Las dos naves se pusieron al nivel de la mía y rotaron en el mismo eje para que pudiéramos vernos a través de los frontales transparentes de sus vehículos. Los pilotos eran un par de alienígenas de piel carmesí. No llevaban cascos y vi que no tenían pelo, pero sí unas cejas y unos pómulos muy marcados. Parecían humanoides a grandes rasgos, con dos brazos y una cabeza, pero me resultaban lo bastante ajenos como para no poder determinar su sexo.

M-Bot se conectó a su sistema de comunicaciones y mi cabina se llenó de palabras alienígenas. Saqué el dispositivo de interpretación de Alanik y lo activé, con lo que la charla se tradujo a su idioma, cosa que no me sirvió de mucho.

—M-Bot —susurré—, has dicho que lo arreglarías.

—Huy —dijo él—. Hackeando la interfaz de idioma del alfiler… ¡Ja! Acabo de configurarlo en inglés.

—Nave sin identificar —estaba diciendo un alienígena—, ¿requiere asistencia? Por favor, clasifíquese.

Me lancé de cabeza. No me quedaba elección.

—Me llamo Alanik de los UrDail. Soy piloto y mensajera del planeta…

—ReAlba —susurró M-Bot.

—Del planeta ReAlba. He venido para trabajar de piloto con vosotros. Hummm… en vuestra fuerza espacial. Es lo que pedíais, ¿verdad? —Hice una mueca. No estaba siendo demasiado convincente—. Perdón por la extraña transmisión de antes. Mi ordenador puede ser todo un incordio cuando quiere.

—Ja, ja, ja —me dijo M-Bot—. Eso sí que era sarcasmo. Lo sé porque en realidad no ha tenido ninguna gracia.

Las dos naves patrulleras se quedaron calladas un rato, supuse que porque habían cambiado a un canal de comunicación privado. Me quedé allí esperando, flotando en el espacio, preocupándome. Examiné sus naves blancas cuadradas… y me sorprendió no encontrar ninguna compuerta de armamento en ellas.

—Emisaria Alanik —dijo uno de los alienígenas, de nuevo por mi canal de audio—, la Autoridad de Atraque de la Plataforma le da la bienvenida. Al parecer la esperaban, aunque comentan que llega más tarde que cuando dijo que lo haría.

—Hummm —respondí—, ha habido unos problemas de poca importancia allá en casa. Pero es posible que tenga que marcharme dentro de poco y luego volver de nuevo.

—Como desee. De momento, tiene permiso para atracar. Embarcadero 1.182, que está en el séptimo sector. Allí la recibirá un funcionario. Disfrute de su visita.

Dicho eso, dieron media vuelta y emprendieron el regreso hacia la estación.

Yo permanecí tensa. Seguro que era una trampa. Seguro que mi tosco intento de engañarlos era evidente para ellos. Empujé un poco el acelerador para seguir a las dos naves… y no reaccionaron.

Las tenía en mi punto de mira. Podía haberlas derribado a las dos, sobre todo teniendo en cuenta lo cerca y lo lánguidas que volaban. En nombre de los Setenta Santos, ¿cómo se atrevían a darme así la espalda? Lo inteligente habría sido hacer que yo volara por delante a una distancia segura, para poder tenerme vigilada desde una posición de fuerza.

Aceleré, pero mantuve las naves dentro de mi alcance para poder dispararles si se volvían contra mí. No parecieron ni darse cuenta. Si aquello era una trampa, estaban actuando a las mil maravillas.

Babosa Letal flauteó nerviosa. Yo también lo estaba.

—M-Bot —dije—, ¿has calculado ya dónde estamos?

—Así es —repuso él—. No nos hallamos demasiado lejos de Detritus, quizá a unos cuarenta años luz. Esta estación, que en efecto se llama Visión Estelar, es un importante núcleo comercial y alberga el gobierno regional de la Supremacía.

—Dame las coordenadas, dirección y distancia hasta Detritus.

—Muy fácil —dijo M-Bot—. Tienes los datos en pantalla.

Aparecieron varios números muy largos en el monitor del sensor de proximidad. Fruncí el ceño y luego extendí la mente para localizar esas cifras con mis incipientes sentidos citónicos. Solo que… ¿hacia dónde debía extenderla? Aquellos números tan largos apenas tenían ningún significado para mí. Sí, me decían dónde estaba Detritus, pero yo seguía sin saber de verdad dónde era eso. No podía sentirlo, no como lo había sentido cuando Alanik me había enviado su impresión citónica de la posición de Visión Estelar.

—Así no va a funcionar —dije—. No podré sacarnos de aquí si no aprendo más sobre mis poderes.

—En teoría, nos marcharemos con un hipermotor robado de la Supremacía, ¿verdad? —dijo M-Bot.

—Ese es el plan. Lo que pasa es que me quedaría más tranquila si supiera que tenemos otra vía de escape. ¿Cuánto nos costaría llegar a Detritus por el camino largo?

—¿Con «el camino largo» te refieres a velocidades sublumínicas? — preguntó M-Bot—. Eso nos llevaría unos cuatrocientos años, dependiendo de la fracción de la velocidad de la luz que pudiéramos alcanzar antes de gastar la mitad de nuestra energía y teniendo en cuenta la desaceleración al final del trayecto. Bueno, la dilatación temporal haría que para nosotros transcurriera menos tiempo, pero serían solo unos cuatro años de diferencia a esas velocidades, por lo que de todos modos estarías supermuerta para cuando llegáramos.

Estupendo. No era una opción. Pero tanto Jorgen como yo habíamos sabido que podía terminar atrapada allí. Esa era la misión. No se parecía a nada que hubiera afrontado antes, pero yo era la única que podía lograrlo.

Me propulsé cada vez más cerca de la estación, que era más grande de lo que había estimado. La escala y el tamaño eran difíciles de juzgar en el espacio. La estación se parecía un poco a las plataformas que rodeaban Detritus. Era una ciudad flotante, con forma de disco del que salían edificios por ambos lados, y estaba rodeada por una burbuja de algo brillante y azul.

Siempre había dado por sentado que la gente vivía dentro de estaciones como aquella, pero a medida que nos aproximábamos vi que no era así. La gente vivía en la superficie de esa estación y andaba por ahí con la negrura abierta sobre sus cabezas. «Esa burbuja debe de mantener dentro el aire y el calor, haciéndola habitable.» Y en efecto, al acercarnos más, las dos naves patrulleras atravesaron el escudo azulado.

Yo me detuve fuera de ese escudo. Entonces, por última vez, intenté usar mis sentidos citónicos. Extendí mi mente en la dirección que me había indicado M-Bot y sentí un tenue… aleteo al borde de mi consciencia. Era la dirección correcta. Sentía la presencia de alguien allí. ¿Alanik, tal vez?

No era suficiente. No podría teleportarme de vuelta. Por tanto, era el momento de internarme en la base enemiga. Hice acopio de valor y llevé la nave a través de la envoltura del escudo aéreo.