Estelar
Cuarta Parte
CUARTA
PARTE
Interludio
J orgen pasó el día aprendiendo a hacer pan. A la abuela de Spensa se le daba muy bien el pan, a pesar de que era ciega. Estaban sentados los dos en la estrecha casa de una sola habitación donde vivía ella en Ígnea. La madre de Spensa había aceptado un nuevo alojamiento, pero su abuela se había empeñado en quedarse donde estaba. Decía que le gustaba la «atmósfera» que tenía.
Entraba luz roja por la ventana y el aire olía a calor del aparataje. Se podía oler el calor, había descubierto Jorgen. O por lo menos el metal caliente. Era una especie de olor quemado, pero no un olor a quemado. Era el olor de las cosas que habían superado tan de largo estar en llamas que hasta sus cenizas se cocían.
La yaya estaba obligándolo a trabajar como ella, recurriendo solo al tacto y al olfato. Jorgen cerró los ojos, estiró el brazo y palpó una cacerola de hierro para cogerla y comprobar el polvo que contenía. Se llevó un pellizco de él a la nariz y lo olisqueó.
—Esto es la harina —dijo, inhalando el saludable, aunque de algún modo también sucio, aroma del grano molido—. Necesito unos quinientos gramos.
Cogió una taza para medir, la hundió y la sopesó sin verla. La alzó, localizó a tientas el cuenco que tenía en el regazo y dejó caer en él la harina.
—Bien —dijo la yaya.
Jorgen mezcló con la mano mientras contaba hasta cien.
—Ahora el aceite —dijo, y se llevó el recipiente adecuado a la nariz.
Lo olió, asintió y lo decantó para que el aceite goteara de su dedo al cuenco. La yaya quería que midiera las cosas así, nada menos que al tacto. Lo siguiente fue el agua.
—Muy bien —dijo la yaya. Tenía una voz paciente. Una voz como la que tendría una piedra, imaginó Jorgen. Inmóvil, antigua y pensativa.
—Preferiría mirar para comprobar que tengo bien las cantidades —dijo Jorgen—. En realidad no he medido nada.
—Pues claro que sí—replicó ella.
—No con exactitud.
—Mézclalo. Palpa la masa. ¿Te parece que está bien?
Jorgen amasó con los ojos aún cerrados. La yaya se negaba a dejarle usar un mezclador eléctrico. Quería que amasara a mano, estrujando la masa elástica entre los dedos mientras los ingredientes se combinaban.
—Está… —dijo—. Está demasiado seca.
—Ah. —La yaya extendió un brazo y metió la mano en el cuenco—. Sí que lo está, sí. Añádele un poco de agua, pues.
Jorgen obedeció, todavía sin abrir los ojos.
—No has echado ni un vistazo —comentó la yaya—. Cuando enseñé a hacer esto a Spensa, no dejaba de mirar por un ojo. Tuve que desafiarla a hacerlo sin mirar, convertirlo en un juego, para que hiciera lo que le pedía.
Jorgen siguió amasando. Había renunciado a intentar averiguar cómo iba a saber la yaya si él abría los ojos o no. Era evidente que estaba ciega, porque la nudosa anciana tenía los ojos de un blanco lechoso. Pero había un poder en ella. Cerca de la mujer, Jorgen sentía aquel mismo zumbido, más tenue que con Spensa o con la alienígena.
—Y tampoco te quejas nunca —añadió la yaya—. Llevas cinco días aprendiendo a cocer pan al tacto y ni una vez me has preguntado por qué te estoy obligando a hacerlo.
—Mi oficial al mando me ordenó venir a que usted me entrenara. Supongo que todo terminará teniendo sentido.
La yaya soltó un bufido al oírlo. Como si… como si quisiera que Jorgen se resistiera a aquel extraño estilo de instrucción. Pero él había hablado con decenas de soldados sobre sus primeros días de instrucción y las tareas monótonas que les habían encargado. Pasaba más en la tropa de tierra que en la escuela de vuelo, pero lo comprendía de todos modos.
La yaya estaba entrenándolo antes que nada para aceptar la instrucción. Eso Jorgen podía hacerlo. Tenía sentido. Pero desearía que la mujer se diera prisa. En el mismo día de aquel primer ataque, los acorazados habían lanzado otras dos descargas de prueba hacia Detritus y ambas habían sido interceptadas. Desde entonces, las fuerzas enemigas se habían quedado quietas allí, reuniendo recursos y haciendo crecer su flota. El regreso de los krells a la inactividad tenía a Jorgen muy tenso.
Los krells tenían una pistola muy grande apuntándoles a las cabezas. Jorgen tenía que completar deprisa aquel entrenamiento, determinar si podría proporcionar a la flota lo que le era necesario y luego volver para informar a Cobb.
Dicho eso, no pensaba protestar. A todos los efectos, la yaya había pasado a ser su oficial al mando.
—¿Oyes alguna cosa? —preguntó la yaya mientras Jorgen seguía amasando.
—La sensación vibrante que procede de usted —dijo—, como ya le informé. Pero no es algo que oiga de verdad. Es más bien una impresión. Como cuando se siente vibrar una máquina lejana que hace temblar el suelo.
—¿Y si extiendes la mente como te he enseñado? —preguntó ella—. ¿Si te imaginas a ti mismo volando por el espacio?
Jorgen intentó hacer lo que le pedía la mujer, pero no sirvió de nada. ¿Imaginarse a sí mismo flotando en el espacio? ¿Recorrer las estrellas volando? Él había estado allí en su nave y podía visualizar la experiencia a la perfección. ¿Qué se suponía que conseguiría con eso?
—¿Nada? —preguntó ella.
—Nada.
—¿No hay cantos? ¿No tienes la sensación de algo distante que te llama?
—No, señora—respondió él—. Hummm, quiero decir, no, yaya.
—Ella está ahí fuera —dijo la yaya, y la antigua voz se le quebró al susurrar las palabras—. Y está preocupada.
Jorgen abrió los ojos de golpe. Captó un fugaz atisbo de la yaya, una mujer vieja y arrugada que parecía toda huesos y tela, con el pelo blanco como el polvo y los ojos lechosos. Había inclinado la cabeza hacia arriba, hacia el cielo.
Al instante Jorgen apretó los párpados con fuerza,
—Perdón —dijo—. He mirado. Pero… pero ¿usted puede sentirla?
—Sí —respondió la yaya en voz baja—. Ha pasado hoy mismo. He sentido que estaba viva. Asustada, aunque puede que se niegue a reconocer hasta eso.
—¿Puede pedirle un informe de su misión? —preguntó él, mientras la masa escapaba entre sus dedos al apretarla—. ¿O traerla aquí?
—No —dijo la yaya—. Nuestro contacto ha sido momentáneo, efímero. No soy lo bastante fuerte para más, Y no debería traerla de vuelta, ni aunque pudiera. Tiene que librar esta batalla.
—¿Qué batalla? ¿Está en peligro?
—Sí. Igual que nosotros. ¿Más? Puede ser. Extiéndete, Jorgen. Vuela entre las estrellas. Escúchalas.
Él lo intentó. Vaya si lo intentó. Contrajo los que creía que eran los músculos correctos. Hizo fuerza y se obligó a sí mismo a intentar imaginar lo que la mujer decía.
Que no ocurriera nada le hacía sentir que estaba decepcionando a Spensa. Y odiaba ese sentimiento.
—Lo siento —dijo—. No me llega nada. A lo mejor debería probar con algún primo mío. —Cerró un puño y se lo apretó contra la frente, todavía cerrando los ojos con fuerza—. No debí decirle que se marchara. Debí cumplir las normas. Esto es culpa mía.
La yaya gruñó.
—Vuelve con tu masa —dijo. Cuando Jorgen siguió hiñendo, ella volvió a hablar—. ¿Te he contado la historia de Stanislav, el héroe de la casi-guerra?
—¿La… casi-guerra?
—Fue allá en la antigua Tierra —dijo la yaya, y Jorgen oyó el raspar de los cuencos cuando la mujer empezó a preparar su propia masa para hornear —. Durante una época en que dos grandes naciones tenían sus armas terribles apuntadas mutuamente y el mundo entero esperaba en tensión, temiendo lo que ocurriría si los gigantes decidían guerrear.
—Conozco esa sensación —dijo Jorgen—. Tenemos las armas krells apuntadas hacia nosotros.
—Así es. Bueno, pues Stanislav era un oficial de servicio, encargado del equipo de sensores que debía advertir a los suyos si se había lanzado un ataque. Su deber era informar de inmediato si los sensores captaban algo.
—¿Para que su gente pudiera escapar a tiempo? —preguntó Jorgen.
—No, no. Eran unas armas como las de los bombarderos krells. Armas aniquiladoras de vida. No había escapatoria: el pueblo de Stanislav sabía que, si llegaba un ataque del enemigo, estaban condenados. Su misión no era impedirlo, sino dar el aviso para que pudieran tomar represalias. De ese modo, las dos naciones quedarían destruidas, no solo una.
»Me imagino que tuvo una vida de tensa calma, esperando, deseando, rezando por no tener que hacer nunca su trabajo. Pues si lo hacía, significaría el final de miles de millones de personas. Menuda carga.
—¿Qué carga? —dijo Jorgen—. No era un general, así que la decisión no era suya. Él era solo un operador. Lo único que tenía que hacer era transmitir la información.
—Y aun así —continuó la yaya con voz suave—, no lo hizo. Llegó un aviso. ¡El sistema informático decía que el enemigo había hecho un lanzamiento! Había llegado ese día terrible y Stanislav sabía que, si la lectura era real, todas las personas a las que había conocido, todas a las que amaba, podían darse por muertas. Solo que le entraron sospechas. «El enemigo ha lanzado muy pocos misiles y este sistema nuevo no está probado como debería», razonó. Se debatió, y se devanó los sesos, y al final decidió no llamar y no contar a sus superiores lo que había pasado.
—¡Desobedeció órdenes! —exclamó Jorgen—. Fracasó en su cometido más fundamental.
Amasó con más fuerza, apretando la masa contra la base del cuenco ancho y poco profundo.
—Así es —convino la yaya—. Su voluntad se vio puesta a prueba, sin embargo, cuando el ordenador informó de otro lanzamiento. Más numeroso esa vez, aunque todavía sospechosamente pequeño. Stanislav dudó. Sabía que su deber era dar a los suyos la oportunidad de vengarse. Enviar la muerte a sus enemigos mientras todavía fueran capaces. El hombre y el soldado batallaron en su interior.
»Al final, concluyó que el informe del ordenador era una falsa alarma. Esperó, sudando… hasta que no llegó ningún misil. Ese día se convirtió en el único héroe de una guerra que nunca se declaró. En el hombre que evitó el final del mundo.
—Aun así, desobedeció —dijo Jorgen—. No le correspondía tomar la decisión que tomó. Correspondía a sus superiores. Que tuviera razón hace que la historia lo justifique al final, pero si se hubiera equivocado, se lo recordaría como un cobarde en el mejor de los casos, como un traidor en el peor,
—Si se hubiera equivocado —susurró la yaya—, nadie lo habría recordado. Porque nadie habría vivido para recordarlo.
Jorgen echó la espalda hacia atrás y abrió los ojos. Miró la firme masa que tenía en las manos y empezó a trabajar con más fuerza, plegándola y apretándola, furioso por razones que no sabría explicar.
—¿Por qué me ha contado esa historia? —preguntó a la yaya levantando la voz—. Spensa decía que siempre le contaba historias de gente decapitando monstruos.
—Le contaba esas historias porque las necesitaba.
—¿Y cree que yo necesito una historia como esta? ¿Porque me gusta obedecer órdenes? No soy una máquina sin emociones, yaya. Ayudé a Spensa a reconstruir su nave espacial. O por lo menos, no le dije a nadie lo que estaba haciendo cuando se llevó el propulsor de Arcada. En contra del protocolo.
La yaya no respondió, así que Jorgen siguió trabajando, aplastando la masa una y otra vez, plegándola como los antiguos espaderos plegaban el metal.
—Todo el mundo piensa que solo porque me gusta que haya un poco de estructura, un poco de organización, ¡soy una especie de alienígena! Pues lo siento por preocuparme de que exista algún tipo de estructura. ¡Si todo el mundo fuese como ese tal Stanislav, el ejército sería un desastre! ¡Ningún soldado dispararía por miedo a que la orden que le han dado pudiera ser una falsa alarma! ¡Ningún piloto volaría, porque quién sabe, puede que los sensores se equivoquen y no haya ningún enemigo!
Dejó la masa con un golpe en el cuenco y apoyó la espalda en la pared.
La yaya cogió su masa y la apretó entre los dedos.
—Excelente —dijo—. Por fin te veo amasar bien, chico. Este sí que será un buen pan.
—Yo…
—Cierra los ojos —ordenó la yaya—. Bah.
Jorgen se secó la frente con la manga. No se había dado cuenta de que estaba alterándose tanto.
—Mire, puede que hiciera bien en decirle a Spensa que se marchara. Pero quizá no debería haberlo hecho. No soy…
—¡Que cierres los ojos, chico!
Jorgen se dio un cabezazo contra la pared, pero obedeció.
—¿Qué oyes?
—Nada—dijo él.
—No digas bobadas. ¿Oyes la maquinaria de fuera, los golpes y los chirridos del aparataje?
—Bueno, sí, claro, pero…
—¿Y a la gente de la calle que monta escándalo volviendo a casa con el cambio de turno?
—Supongo.
—¿Y el latido de tu corazón? ¿Eso lo oyes?
—No lo sé.
—Inténtalo.
Jorgen suspiró, pero hizo lo que le decían y trató de escuchar. Lo oía aporreando en su interior, pero seguro que era solo porque se había dejado poner histérico.
—Stanislav no fue un héroe por desobedecer órdenes —dijo la yaya—. Fue un héroe porque supo cuándo desobedecer órdenes. Eso lo aprendí de mi madre, la que nos trajo aquí en uno de sus últimos actos. Creo que sintió algo en este lugar. Algo que necesitábamos.
—Entonces no debería estar mirando hacia las estrellas —replicó Jorgen, todavía frustrado—. Deberíamos estar mirando el planeta que tenemos debajo.
—Yo siempre he querido regresar a las estrellas —dijo la yaya.
—Me gusta volar, no me malinterprete —dijo Jorgen con los ojos aún cerrados—. Pero al mismo tiempo, este es mi hogar. No quiero escapar de él, quiero protegerlo. Y a veces, cuando estoy tumbado en la cama, con el silencio de las cavernas profundas, juraría que…
—¿Que qué? —preguntó la yaya.
Jorgen abrió los ojos de sopetón.
—Sí que oigo algo. Pero no está por encima de nosotros. Está muy abajo.