Estelar

Mary Shelley · Capítulo 11 de 49

Páginas del PDF

Estelar

Capítulo 11

 

U na humana. Era joven, de veintipocos años, y llevaba un uniforme azul y rojo que no había visto antes. Un krell salió de la nave detrás de ella como un caballero con armadura, aunque su «armadura» era un caparazón cristalino de color verde oscuro.

—¿Qué ocurre? —preguntó M-Bot—. ¿Eso son sirenas?

No le hice caso y salí corriendo del edificio, con la mano metida en el bolsillo de mi traje de vuelo y los dedos cerrados en torno a la pequeña pistola de destructor que guardaba allí. ¡Una humana!

Tirda. Me detuve en la escalera y Cuna salió por delante de mí, con paso fluido y tranquilo. Intenté obligarme a relajarme mientras la humana y el krell se acercaban a nosotros.

—Caramba —dijo el krell con una voz proyectada desde el frontal de su armadura, mientras hacía aspavientos—. ¡Pero si es Cuna, del Departamento de Integración de Especies! No esperaba encontrarte aquí. Caramba, caramba.

—Dejé una anotación específica en el informe, Winzik —repuso Cuna—, mencionando la llegada de esta piloto. Procede de una de las especies a las que he invitado a hacer las pruebas para nuestro programa.

—Caramba, caramba. ¿Y esta es la emisaria? Ni siquiera sabía de su llegada. ¡Debe de pensar que estamos muy desorganizados! ¡Nuestros departamentos acostumbran a comunicarse entre ellos mucho mejor!

Salí de detrás de Cuna. No necesitaba que me protegiera nadie, y mucho menos un ser alienígena en quien no confiaba. Pero al mismo tiempo… ¡había un krell! ¡Hablando directamente conmigo!

Yo sabía, en términos lógicos, que la palabra «krell» era un acrónimo de «Ketos Redgor tErren Listro Listrins», el nombre alienígena de la fuerza policial que reprimía a mi pueblo. La especie a la que pertenecían los seres como aquel se llamaba varvax. Sabía todo eso, pero aun así no podía evitar asociar aquellos pequeños cangrejos de armadura cristalina con la palabra «krell».

La humana se quedó un poco atrás y al instante empezó a llamar la atención de la gente que pasaba por la calle. A mí nadie me había mirado dos veces durante el trayecto hasta el edificio, pero en ese momento estaban congregándose miembros de toda una variedad de especies alienígenas distintas para mirarla boquiabiertos y señalarla con tentáculos, antenas o brazos.

—Una humana —dije.

—¡No se preocupe! —exclamó Winzik—. Esta humana está debidamente autorizada. Lamento haber tenido que traerla, pero verá, hay un asunto de gran relevancia, y discúlpeme si hablo con demasiado atrevimiento o agresividad… Un asunto de gran relevancia que debemos tratar.

—No hacía falta que vinieras, Winzik —dijo Cuna—. Tengo esto bajo control.

—¡Pero la seguridad no es tu cometido, Cuna, sino el mío! Vamos, Brade. Salgamos de la calle y dejemos de dar el numerito. Por favor, entremos. Por favor.

Como antes, el krell gesticulaba trazando amplios arcos con los brazos. Su voz, en la traducción que oía yo, tenía tono femenino, pero no estaba segura de cuánto podía deducir de ello.

—Puedo responder por la emisaria —dijo Cuna.

—Debo insistir —replicó el krell—. ¡Lo lamento muchísimo, pero es el protocolo! Vamos para dentro.

Tirda. Los otros krells que había visto por la calle, los que habían mostrado una amabilidad tan exagerada, eran meros charlatanes baratos comparados con aquella criatura. La forma que tenía de moverse y hablar, tan florida y con un aire de falsa cordialidad, tenía que ser la cosa más ofensiva que podía llegar a imaginar en la vida. No confiaba en Cuna para nada. Sabía que estaba intentando manipularme. Pero aquella criatura… aquella criatura me ponía la carne de gallina.

Aun así, regresé al edificio. Cuna esperó en la puerta, impasible mientras Winzik entraba. La mujer humana por fin se unió a nosotros. Me sacaba unos pocos centímetros de altura y era musculosa, y emanaba una cierta potencia con cada paso que daba. Tenía una cara delgada que parecía un poco demasiado… adusta para su edad, y llevaba el pelo rapado.

—Brade, hazle la prueba —ordenó Winzik.

Sentí una presión contra mi mente. Di un respingo, abrí mucho los ojos y de algún modo me resistí.

—Citónica —dijo la mujer, Brade, en el idioma de la Supremacía—. Y fuerte.

—Figura en la documentación —respondió Cuna—. Su gente viaja empleando una primitiva habilidad citónica. Pero no están lo bastante avanzados en sus estudios para constituir un peligro.

—Sigue sin estar autorizada —dijo Winzik—. Tu departamento no debería pasar por alto ese hecho.

—Ella…

—Ella está aquí mismo —los interrumpí, cada vez más irritada con todo el asunto—. Lo que quieran decir, me lo pueden decir a la cara.

Tanto Cuna como Winzik me miraron con expresiones que interpreté como de sorpresa, elle echándose atrás y Winzik haciendo un gesto de extrañeza con las manos. Brade, la humana, se limitó a componer una sonrisa astuta.

—Caramba, caramba, qué agresiva —dijo Winzik, juntando las manos con un suave chasquido—. Emisaria, ¿es consciente del peligro que supone para nosotros ? ¿Para su propia gente? ¿Sabe que, al hacer lo que hace, podría provocar una gran destrucción?

—Tengo… una leve idea —respondí con cautela—. Cuna dice que quieren que nos unamos a la Supremacía para que empecemos a usar sus hipermotores, en vez de depender de la citónica.

—Sí, sí, sí—dijo Winzik gesticulando—. Supone usted un peligro para la galaxia entera. Nosotros podemos ayudar. Siempre y cuando su pueblo se incorpore a la Supremacía.

—¿Y si no lo hacemos? —pregunté—. ¿Nos atacarán?

—¿Atacar? —Winzik hizo un gesto amplio—. Creía que andaban ustedes ya cerca de la inteligencia primaria. ¡Cuánta agresividad! Caramba, caramba. Si se niegan a unirse a nosotros, quizá debamos tomar medidas para aislar su especie. Disponemos de inhibidores citónicos para impedirles salir de su planeta natal, pero no les atacaríamos.

Winzik se llevó una mano al pecho en un gesto que, aunque para mí era desconocido, lograba transmitir su absoluto horror ante la idea, Por tanto, hacía lo mismo que Cuna: en apariencia, se mostraba a favor de la paz. Pero yo sabía la verdad.

—Winzik es el director del Departamento de Servicios de Protección — me dijo Cuna—. Tiene mucha experiencia en el aislamiento de especies peligrosas.

Dirigía… dirigía el grupo que mantenía apresados a los míos. En un instante extraño y surrealista, comprendí que estaba hablando nada menos que con el general —Cuna acababa de hablar de él en masculino— de las fuerzas krells. No me pareció que Winzik tuviera mucho aspecto de guerrero, pero no iba a permitir que su amaneramiento me engañara.

Tenía delante a la persona que, en esencia, era el máximo responsable de la forma en que se nos había tratado. Y de la muerte de mi padre. Pero ¿por qué una persona como él iba a estar allí, ocupándose de algo tan nimio como la supuesta infracción protocolaria de Alanik?

Pasé la mirada de Cuna a Winzik y me pregunté si todo aquello podría ser una elaborada farsa diseñada para mí. Cuna se presentaba con actitud amable y me ofrecía un trato. Entonces llegaba Winzik con sirenas y amenazas para hacer lo mismo. Estaban ansiosos por controlar la citónica, y no era de extrañar, ya que todo ser capaz de hipersaltar amenazaba el monopolio que ostentaba la Supremacía sobre el viaje espacial. ¿Mis poderes eran de verdad peligrosos o era todo un embuste?

Recordé la terrible imagen del zapador destruyendo a los humanos de Detritus. No. El peligro no era ningún embuste. Pero desde luego, daba la impresión de que la Supremacía había aprovechado esos miedos y los había utilizado para establecer su control sobre la galaxia.

La mujer humana, Brade, estaba observándome. Mientras los otros dos hacían gestos y ruidos para indicar que no estaban siendo agresivos, ella tenía un aire relajado. Su función era evidente. Brade era el arma. Si no se me podía controlar… ella me detendría.

—Necesito que nos prometa… —dijo Winzik, sacando una tableta de datos de la bolsa que llevaba a un lado—. ¡No, que nos jure! Caramba, en esto debemos ser enérgicos. Júrenos que no intentará ningún hipersalto cerca de Estelar. Debe obedecer las regulaciones sobre la citónica: nada de ataques mentales, ni siquiera sondas, dirigidos hacia los habitantes de la estación. Ni el menor intento de eludir los escudos que impiden los saltos citónicos en la zona. Y absolutamente nada de hojas mentales, aunque dudo mucho que tenga usted la suficiente práctica para eso.

—¿Y si me niego? —pregunté.

—Se te expulsará —dijo Brade. Me miró con los ojos entornados—. De inmediato.

—Brade —dijo Winzik—, ¡no es necesario ser tan contundente! Emisaria, sin duda comprenderá la necesidad de que seamos cuidadosos con este asunto. ¡Nos bastará con que me dé su palabra! A fin de cuentas, Cuna responde por usted.

—Bien —respondí—, cumpliré sus normas.

Aunque confiaba en haber vuelto a Detritus con un hipermotor robado antes de que pasara mucho tiempo.

—¿Lo ves, Cuna? —preguntó Winzik, apuntando algo en su tableta—. ¡Solo tenías que traer contigo a un dirigente acreditado! Ahora sí que está bien hecho. Caramba, caramba.

Winzik se retiró seguido de su guardia humana. Los vi marcharse con el ceño fruncido, confusa por aquella conversación tan rara.

—Discúlpeme por todo esto —dijo Cuna—. Sobre todo por la humana. Al parecer, el Departamento de Servicios de Protección ha pensado que debía hacerle llegar un mensaje explícito. —Cuna vaciló—. Aunque quizá sea para bien. Le conviene tener aliados aquí, entre tantas experiencias extrañas y nuevas, ¿no le parece?

Cuna sonrió de nuevo y un escalofrío me bajó por la columna vertebral.

—En todo caso —prosiguió—, le he asignado privilegios de solicitud para que pueda abastecer este lugar según sus necesidades. Considérelo una especie de embajada, un refugio para su especie en Visión Estelar cuando hayamos logrado labrarnos un nuevo futuro juntos. Si desea comunicarse conmigo, envíe un mensaje al Departamento de Integración de Especies y me encargaré de que reciba respuesta inmediata.

Y dicho eso, se despidió y bajó de nuevo a la calle, donde la multitud se había dispersado y regresado a su eterno fluir.

Sintiéndome agotada, me senté en los peldaños del edificio y miré pasar a la gente. Una interminable sucesión de criaturas, con una variedad que parecía infinita.

—¿M-Bot? —llamé.

—Aquí estoy —dijo él en mi oído.

—¿Tú encuentras algún sentido a todo esto?

—Da la impresión de que hemos topado con una disputa de poder —dijo M-Bot—, y te están utilizando como una ficha en su juego. Ese Winzik tiene un cargo importante, tanto como el de Cuna. Me resulta extraordinario que cualquiera de los dos se haya presentado en persona para ocuparse de la visita de una especie en apariencia tan insignificante.

—Pues sí —repuse, y entonces alcé la mirada desde la muchedumbre hacia el cielo negro. En algún lugar de allí fuera estaba Detritus, en el mismísimo punto de mira de los destructores de la Supremacía.

—Ven a recogerme —sugirió M-Bot—. Me sentiré más seguro fuera de esta plataforma de lanzamiento pública. Debería haber algún tipo de cable o conexión en tu edificio que me permita acceder a la red de datos pública de la estación. Podemos empezar a buscar información ahí.