Estelar
Capítulo 34
U na babosa. Tirda. T . IRDA Tenía todo el sentido del mundo. La entrada sobre la especie de Babosa Letal en la red de datos… afirmaba que eran peligrosas. Era mentira. La Supremacía solo quería asegurarse de que si alguien veía una, pensaran que era venenosa y no se acercaran.
«Informen de cualquier avistamiento a las autoridades sin demora.»
—¿Prueban a cambiarlo? —sugirió una voz en la grabación.
—Spensa —me dijo M-Bot al oído—, ¿qué está pasando?
—Estamos cargándolo. ¿Podemos hacer algo para resolver esto? Genera demasiado papeleo.
Les diones sacaron el nuevo hipermotor de una unidad de almacenamiento que había al lado de la pared. Era otra babosa, muy parecida a Babosa Letal. Metieron la nueva en la escotilla y activaron el hipermotor. Esa vez funcionó.
Casi pude oír aquel chillido otra vez en mi mente. El gemido agudo… el grito del hipermotor. Proferido por las criaturas que estaban utilizando para teleportarse.
—Dron, deten vídeo —susurré.
Había esperado algo horroroso, como cerebros de citónicos extraídos quirúrgicamente. Pero… ¿por qué iban a ser los seres sapientes los únicos que tuvieran aquellos poderes? ¿No sería lógico que algunas otras criaturas desarrollaran también una forma de teleportarse a través de la ninguna-parte?
Pensé en todas las veces que había encontrado a Babosa Letal en lugares donde no esperaba verla, todas las veces en que se me había pasado por la cabeza que casi nunca la veía moverse, pero siempre parecía capaz de llegar a sitios deprisa cuando yo no miraba.
Y entonces me cayó encima de golpe una última pieza que encajaba. Una frase de apariencia sencilla que había en la entrada de la red de datos: «Pueden encontrarse cerca de distintas cepas de hongos»,
M-Bot. Cuando había despertado, una de las pocas cosas que tenía en sus bancos de memoria era una base de datos abierta para catalogar las clases locales de setas. Estaba obsesionado con eso y sabía que era importante, pero no por qué.
Su piloto había estado buscando babosas hipermotoras.
—¿Cómo? —pregunté a Cuna, intentando encubrir lo mucho que me había sorprendido todo aquello—. ¿Cómo sabía que tenía una babosa hipermotora?
—Yo te seguí—dijo Vapor, haciéndome saltar. Seguía olvidándome a veces de que estaba cerca—. Cuando saliste con Morriumur aquel día al jardín acuático.
Babosa Letal me había recibido en la puerta ese día. Tirda, estaba rara y letárgica desde que habíamos llegado. ¿Sería porque los inhibidores citónicos de Visión Estelar interferían con sus poderes?
Cuna desconectó el dron y volvió a meterlo en mi mochila. Luego entrelazó los dedos y me observó con una pensativa expresión alienígena.
—Esto supone problemas —dijo—. Problemas que superan todo lo que es probable que usted comprenda. Tenía la esperanza de… —Hizo un gesto para quitarle importancia y abrió la compuerta de la lanzadera—. Acompáñeme.
—¿Adonde? —pregunté con suspicacia.
—Quiero mostrarle exactamente lo que es la Supremacía, Alanik —dijo Cuna mientras cogía mi mochila y salía.
No me fiaba nada de aquella expresión sombría, dominada por una sonrisa inquietante. Me quedé dentro, oliendo a canela.
—Puedes confiar en elle —me aseguró Vapor.
—¿Y qué ibas a decirme si no? —repliqué—. Pero ¿puedo confiar en ti ?
—No he revelado a nadie lo que eres en realidad, ¿a que no? —susurró.
Desvié una mirada brusca hacia el espacio vacío donde se hallaba. Luego, sintiéndome superada, salí de la lanzadera.
—Cuna —dijo Vapor en voz alta desde detrás de mí—, ¿ me necesita para algo más?
—No. Puedes volver a tu misión principal.
—Afirmativo —repuso Vapor, y la compuerta de la lanzadera se cerró.
Cuna echó a andar hacia el edificio sin esperar a ver si yo me movía. ¿Por qué me daba la espalda? ¿Y si yo fuese peligrosa? Me apresuré tras elle.
—¿La misión principal de Vapor no era yo? —pregunté, señalando con la barbilla la lanzadera que despegaba.
—Usted fue un golpe de suerte —dijo Cuna—. En realidad, Vapor está allí para vigilar a Winzik.
Cuna llegó a la puerta lateral, que tenía una ventanilla a través de la que se veía a une guardia de seguridad dentro. Asintió mirando a Cuna, pero entonces enseñó los dientes en un fruncimiento de ceño dione dirigido a mí.
—Viene conmigo, bajo mi autoridad —dijo Cuna.
—Tendré que hacerlo constar, ministre. Es algo insólito.
Cuna esperó a que le guardia rellenara unos papeles. Aproveché la ocasión para tabalear un mensaje corto en mi brazalete: M-Bot, ¿ aún me recibes?
—Sí —dijo él por mi auricular—. Pero estoy muy confundido.
Babosa Letal es hipermotor. Si muero, ve a Detritus. Díselo.
—¿Qué? —respondió M-Bot—. ¡Spensa, no puedo hacer eso!
Los héroes no escogen sus desafíos.
—¡Ni siquiera puedo volar por mí mismo, no digamos hipersaltar!
Babosa es hipermotor.
—Pero…
Le guardia por fin abrió la puerta. Entré en el edificio detrás de Cuna y, como me había temido al ver lo parecido a una fortaleza que era desde fuera, tenía escudos para impedir el espionaje y la voz de M-Bot se esfumó.
El vestíbulo del edificio estaba vacío y el calzado de Cuna repicó contra el suelo mientras caminábamos hasta una puerta rotulada como SALA DE OBSERVACIÓN. Dentro había una estancia pequeña con una pared de cristal que dejaba ver una sala más grande, hundida, de dos pisos de altura y con paredes metálicas. Me acerqué hacia el cristal y reparé en los símbolos que había en varias paredes.
«Otra vez ese idioma extraño —pensé—. El mismo que había en el laberinto de zapador… y en las cavernas de Detritus.»
Cuna se sentó en una silla cerca de la pared de cristal y dejó mi mochila junto al asiento. Yo me quedé en pie.
—Tiene usted el poder de destruirnos —dijo Cuna en voz baja—. Winzik teme a los zapadores y los políticos discuten sobre reductos de alienígenas agresivos, pero a mí siempre me ha preocupado un peligro más perverso. Nuestra propia miopía.
Fruncí el ceño mirando a le dione.
—No podíamos conservar para siempre el secreto del hipermotor — prosiguió—. En realidad, no debería haber sobrevivido a las guerras humanas. Superamos una docena de apuros cuando el secreto empezó a filtrarse. Nuestro control absoluto de la comunicación interestelar siempre fue suficiente, aunque por los pelos, para contener la verdad.
—No podrán guardar ese secreto mucho más tiempo —dije yo—. Terminará sabiéndose.
—Lo sé—respondió Cuna—. ¿Es que no me escucha?
Señaló con la cabeza hacia el cristal.
Abajo se abrieron unas puertas y entraron dos diones arrastrando a alguien por los brazos. ¿Era…? Reconocí a ese alguien. Era Gul’zah el burl, el alienígena gorila al que habían expulsado del programa de pilotaje hacía tiempo, después de la prueba, y que luego había estado protestando contra la Supremacía.
—¡Había oído que la Supremacía había llegado a un acuerdo con los manifestantes! —exclamé.
—Se solicitó que interviniera Winzik para ocuparse del asunto —dijo Cuna—. Su departamento ha estado obteniendo demasiada autoridad. Afirma haber negociado un trato con los disidentes para que entregaran a su líder. Ya no logro llevar la cuenta de qué parte de lo que dice es verdad y qué parte es mentira.
«Eses diones… —pensé, fijándome en la ropa a rayas marrones que llevaban—. Vi a unes como elles limpiando después de que desaparecieran los manifestantes.»
—Este burl lleva detenido desde entonces —dijo Cuna, señalando a Gul’zah con la barbilla—Hay quienes temen que el incidente de hoy en la Pesos y Medidas lo hayan provocado unos revolucionarios, así que se ha adelantado el exilio. Y no me cabe la menor duda de que Winzik buscará otras maneras de aprovechar el ataque de usted contra nosotros en beneficio de sus objetivos.
Abajo, une técnico dione tecleó algo en una consola que había a un lado de la sala. El centro de la estancia titiló y entonces apareció algo, una esfera negra del tamaño de una cabeza humana. Pareció absorber toda la luz a su interior mientras flotaba allí. Era oscuridad en estado puro. Una negrura absoluta que yo conocía íntimamente.
La ninguna-parte. De algún modo, habían abierto un agujero hacia la ninguna-parte.
Los kitsen ya me habían mencionado que la Supremacía, y también los imperios humanos, habían extraído piedra de pendiente de la ninguna-parte. Sabía que tenían portales hacia ese lugar. Pero aun así, ver aquella esfera oscura me afectó a un nivel primigenio. Aquella era una oscuridad que no debería existir, una oscuridad que trascendía la mera ausencia de luz. Una anomalía.
Y ellos vivían allí.
Sospechaba lo que iba a ocurrir a continuación, pero aun así me horrorizó. Les guardias asieron al preso y, mientras este se retorcía, pusieron su cara por la fuerza en contacto con la esfera oscura. El cuerpo del manifestante empezó a estirarse y luego lo absorbió la negrura.
Le técnico hizo colapsar la esfera. Mientras todo el mundo se marchaba, me volví hacia Cuna.
—¿Por qué? —exigí saber—. ¿Por qué me enseña esto?
—Porque antes de su jugarreta de hoy —respondió Cuna—, era usted mi mejor esperanza de detener esta abominación.
—¿En serio espera que me crea que a une alto cargo de la Supremacía le importa lo que les ocurra a las especies inferiores? —Escupí las últimas palabras, quizá con demasiado fervor. Debería haber sido más política, mantener controladas mis emociones, hacer hablar a Cuna.
Pero estaba enfadada. Furiosa. Acababan de obligarme a presenciar un exilio, quizá incluso una ejecución. Estaba cabreada conmigo misma por dejarme atrapar, frustrada por conocer por fin el secreto de los hipermotores y estar tan cerca de llevar ese secreto a mi gente… solo para que Cuna me amenazara. Porque para eso me había llevado allí, por supuesto. Para advertirme de lo que me esperaba si no obedecía.
Cuna se levantó. Yo era bajita en términos humanos, así que Cuna me sobrepasó con mucho al acercarse al cristal y apoyar una mano azul en él.
—Cree usted que aquí todo el mundo opina igual —dijo—, lo cual denota el mismo defecto del que adolece buena parte de la misma Supremacía. El prejuicio.
»Puede elegir no creerme, Alanik, pero mi objetivo ha sido desde el principio cambiar la forma en que mi pueblo considera a otras especies. Cuando el secreto de los hipermotores escape de nuestras manos, necesitaremos algo nuevo para mantener la unidad. No podremos basarla en nuestro monopolio sobre los desplazamientos. Tendremos que poder ofrecer alguna otra cosa.
Cuna se volvió hacia mí y sonrió. La misma sonrisa siniestra y desconcertante de siempre. Pero esa vez me llamó la atención y caí en la cuenta de una cosa.
No era una expresión dione. Elles apretaban los labios formando una línea para expresar la alegría, y enseñaban los dientes para expresar desagrados. A veces gesticulaban con las manos, igual que los krells. No lograba recordar a ningune otre dione, ni siquiera a Morriumur, sonriendo jamás.
—Usted sonríe —dije.
—¿Esta configuración facial no es señal de amistad entre su pueblo? — preguntó Cuna—. Me he dado cuenta de que tienen expresiones parecidas a las de los humanos. He estado practicando para el día en que pueda hablar con ellos y ofrecerles mi mano por la paz. Pensé que esas mismas expresiones podrían funcionar con usted.
Sonrió de nuevo, y esa vez vi algo nuevo en el gesto. No era inquietante, sino desacostumbrada. Lo que yo había interpretado como señal de engreimiento había sido un intento de hacer que me sintiera cómoda. Un intento fallido, pero la única ocasión que recordaba en toda mi estancia allí en que une dione había tratado de usar nuestras expresiones.
Por los santos y las estrellas… Había cimentado por completo mi respuesta visceral a aquella persona en el hecho de que no sabía sonreír bien.
—Winzik y yo concebimos el Proyecto de Resistencia a Zapadores en equipo, pero con intenciones muy diferentes —dijo Cuna—. Él lo veía como una forma de volver a tener un auténtico cuerpo de cazas estelares pilotados. Yo veía algo distinto. Veía una fuerza de especies inferiores prestando un servicio a la Supremacía, protegiéndola.
»Tal vez fuesen imaginaciones necias, pero en mi mente visualizaba el día en que pudiera llegar un zapador y en que una persona como usted, o los kitsen, o de alguna otra especie nos salvara. Visualizaba un cambio en mi pueblo, un momento en que empezarían a darse cuenta de que un poco de agresividad es útil. De que las distintas formas en que actúan las especies supone una fuerza para nuestra unión, no un defecto en ella. Y por eso les animé a ustedes a incorporarse.
Señaló la sala que contenía el portal negro.
—La Supremacía es engañosamente débil. Exiliamos todo aquello que no concuerda con nuestro ideal de no-agresividad. Incentivamos a las especies para que sean cada vez más un reflejo nuestro antes de poder incorporarse, y existen buenos ideales en nuestro pueblo. Paz, prosperidad para todo el mundo. Pero ¿al coste de renunciar a la individualidad? Eso es lo que debemos encontrar el modo de cambiar. —Volvió a apoyar los dedos en el cristal—. Nos hemos vuelto autocomplacientes, cobardes. Me temo que un poco de agresividad, un poco de conflicto, podría ser justo lo que necesitamos. O de lo contrario… de lo contrario, caeremos ante el primer lobo que logre colarse por nuestras puertas.
Creí sus palabras. Tirda, estaba convencidísima de que Cuna hablaba con sinceridad. Pero ¿podía confiar en mi propio juicio? El hecho de que hubiera malinterpretado en tanta medida sus expresiones reforzaba mis dudas. Estaba entre alienígenas. Eran personas, con verdadero amor y verdaderas emociones, pero también, por definición, no harían las cosas de la misma manera que los humanos.
¿En quién podía confiar? ¿En Cuna, en Vapor, en Morriumur, en Hesho? ¿Sabía lo suficiente para confiar en cualquiera de ellos? Me daba la impresión de que alguien podría pasar la vida entera estudiando a otra especie y, aun así, equivocarse en cosas como aquella. De hecho, los intentos de sonreír por parte de Cuna demostraban precisamente esa idea.
Aun así, me descubrí moviendo el brazo y arremangándome. Abrí la pequeña cubierta en mi brazalete que impedía que pulsara el botón sin querer.
Y entonces, después de respirar hondo, desactivé mi holograma.