Estelar

Mary Shelley · Capítulo 5 de 49

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Estelar

Capítulo 5

 

R etrocedí a trompicones de la pantalla hasta chocar con el grupo de oficiales. De pronto estaba en plena alerta, igual que me sentía antes de una batalla, y me di cuenta de que tenía los puños cerrados. Si no me dejaban salir, me liaría a puñetazos hasta que…

—¿Spensa? —dijo Kimmalyn cogiéndome del brazo—. ¡Spensa!

Parpadeé y miré alrededor, sudando, con los ojos como platos.

—¿Cómo puede ser? —pregunté—. ¿Cómo es que…?

Volví a mirar la pantalla, que estaba en pausa mostrando la imagen del hombre muerto y la sala llena de estrellas. La línea de la parte inferior indicaba que el vídeo había llegado a su fin.

La imagen congelada era un plano completo en el que salía yo de pie detrás de él. Yo estaba allí. YO ESTABA ALLÍ. Vestida con mi moderno traje de vuelo de la FDD. Con el mismo pelo castaño hasta los hombros y la misma cara estrecha. Estaba petrificada en la imagen, extendiendo un brazo hacia el hombre.

Pero la expresión que tenía… parecía aterrorizada. Entonces esa expresión cambió, aunque fuese imposible, imitando la forma en que me estaba sintiendo en esos instantes.

—¡Apagadlo! —grité.

Intenté llegar a la pantalla, zafándome de las manos de Kimmalyn, pero alguien más fuerte me aferró. Luché también contra esas manos, tratando de alcanzar la pantalla, tanto con mi cuerpo como con… con algo más. Con algún sentido de mi interior. Con alguna parte primordial, presa del pánico, aterrorizada. Era como un grito silencioso que emergiera de dentro y se expandiese hacia fuera.

Entonces, desde algún lugar lejano, sentí como si algo respondiera a mi chillido.

Te… oigo…

—¡Spensa! —exclamó Jorgen.

Alcé la mirada hacia él. Estaba reteniéndome, con la mirada fija en mis ojos.

—Spensa, ¿qué estás viendo? —preguntó.

Miré hacia la pantalla y la imagen de mí que mostraba. Mal, estaba mal. Mi cara. Mis emociones. Y…

—¿Tú no lo ves? —dije yo, mirando a los demás y sus expresiones confundidas.

—¿La oscuridad? —preguntó Jorgen—. Hay un hombre en la pantalla, el que estaba grabando el registro. Y hay una oscuridad detrás de él, interrumpida por luces blancas.

—Son como… ojos —dijo un técnico.

—¿Y la persona? —pregunté—. ¿No veis a alguien en la oscuridad?

Mi pregunta provocó miradas estupefactas.

—Es solo negrura —dijo Rodge desde un lado del grupo—. ¿Peonza? Ahí no hay nada más. Yo ni siquiera veo ninguna estrella.

—Yo veo estrellas —insistió Jorgen, entornando los ojos—. Y algo que podría ser una silueta. Quizá. Pero más que nada, es una sombra.

—Apagadlo —ordenó Cobb—. Poneos a ver si encontráis más registros o archivos. —Me miró—. Hablaré con la teniente Nightshade en privado.

Miré hacia él y luego hacia las caras sorprendidas que llenaban la sala, inundada por una repentina vergüenza. Ya había superado la preocupación de que me consideraran una cobarde, pero aun así era embarazoso estar montando una escenita como aquella. ¿Qué pensarían todos al ver que me desmoronaba de aquella manera?

Me obligué a tranquilizarme y asentí mirando a Jorgen mientras me soltaba de sus manos.

—Estoy bien —dije—. Es solo que me he dejado llevar un poco por el vídeo.

—Estupendo. Aun así, luego aún tenemos que hablar —dijo Jorgen.

Cobb me hizo una seña para que lo siguiera fuera de la sala y eché a andar hacia la puerta, pero justo antes de que saliéramos él se detuvo y miró de nuevo hacia el interior.

—¿Teniente McCaffrey? —llamó.

—¿Señor? —dijo Rodge, levantando la cabeza desde donde estaba, al lado de la pared.

—¿Sigue trabajando en ese proyecto suyo?

—¡Sí, señor! —respondió Rodge.

—Bien. Vaya a ver si sus teorías se cumplen. Luego hablaré con usted.

Y siguió adelante, guiándome hacia el pasillo.

—¿De qué iba eso, señor? —le pregunté mientras la puerta se cerraba a nuestras espaldas.

—Ahora mismo no es importante —dijo Cobb, llevándome hacia el observatorio que había al otro lado del pasillo.

Era una sala ancha y poco profunda, a la que llamábamos el observatorio por la vista espectacular que tenía del planeta de abajo. Entré detrás del almirante y afronté la visión de Detritus por el ventanal que constituía la pared del fondo.

Cobb se quedó junto al ventanal y dio un sorbo de café, Me acerqué, intentando que no se me notara el nerviosismo en los pasos. No pude evitar una mirada por encima del hombro hacia la sala en la que habíamos visto el vídeo.

—¿Qué has visto en esa grabación? —preguntó Cobb.

—A mí misma —dije. Con Cobb podía ser sincera. Había demostrado hacía largo tiempo que merecía mi confianza, y mucho más—. Sé que suena imposible, Cobb, pero la oscuridad del vídeo ha tomado forma y era yo.

—Una vez vi a mi mejor amigo y compañero de ala intentar matarme, Spensa —dijo con suavidad—. Ahora sabemos que algo había sobrescrito lo que estaba viendo, o la forma en que su cerebro interpretaba lo que veía, para que me confundiera con el enemigo.

—¿Y crees… que esto es algo parecido?

—No tengo ninguna otra explicación para que te hayas visto a ti misma en un archivo de vídeo que tiene siglos de antigüedad. —Dio un largo sorbo de café e inclinó la taza hacia atrás para absorber las últimas gotas—. Aquí estamos ciegos. No sabemos de qué es capaz nuestro enemigo, ni siquiera quién es ese enemigo en realidad. ¿Has visto alguna otra cosa en esa oscuridad?

—Me ha parecido oír que alguien me decía… que podía oírme. Pero no sé, eso me ha dado una sensación distinta. Como si viniera de otro sitio, y ni de lejos tan furiosa. No sabría explicarlo.

Cobb gruñó.

—Bueno, al menos ahora podemos hacernos una idea de lo que le pasó a la gente de este planeta.

Hizo un gesto con la taza hacia la ventana y yo me acerqué para bajar la mirada a Detritus. Parecía desolado, una superficie que algo había convertido en escoria. Los escombros de la órbita inferior, aquellas plataformas dañadas, aquellos cascotes, con toda probabilidad los había creado la gente del planeta al disparar a la entidad que los estaba envolviendo.

—Sea lo que sea esa cosa de la grabación —dijo Cobb—, vino aquí y… destruyó a todos en el planeta y también estas plataformas. Lo han llamado un zapador.

—¿Habías oído hablar alguna vez de algo así? —le pregunté—. Ya sabes lo de… lo de los ojos que veo a veces.

—No había oído la palabra «zapador» —respondió Cobb—. Pero tenemos tradiciones que se extienden a antes de que vivieran nuestros abuelos. Hablan de seres que nos vigilan desde el vacío, desde la oscuridad profunda, y esos relatos nos advierten de que evitemos las comunicaciones inalámbricas. Por eso usamos la radio solo para los canales militares importantes. El hombre del vídeo ha dicho que el zapador llegó porque había oído sus comunicaciones, así que a lo mejor está relacionado. —Cobb me miró—. También nos advierten de no crear máquinas que puedan pensar demasiado deprisa y de…

—Y de que debemos temer a las personas capaces de ver en la ninguna-parte —susurré—, porque llaman la atención de los ojos.

Cobb no me contradijo. Fue a dar otro sorbo de café, encontró vacía la taza y gruñó con suavidad.

—¿Crees que esa cosa que hemos visto en el vídeo tiene algo que ver con los ojos que ves tú? —preguntó.

Tragué saliva.

—Sí —dije—. Son lo mismo, Cobb. Los entes que observan cuando uso mis poderes son lo mismo que esa cosa pinchuda que ha aparecido en la grabación. El hombre decía algo sobre su citoescudo. Suena muy parecido a la citónica.

—Un escudo para impedir que el enemigo escuche o encuentre a los citónicos del planeta, tal vez —dijo Cobb—. Y falló. —Soltó un suspiro y negó con la cabeza—. ¿Has visto esos acorazados que han llegado?

—Sí, pero las plataformas nos protegerán de un bombardeo, ¿verdad?

—Puede —repuso Cobb—. Algunos sistemas funcionarán, pero de otros no estamos tan seguros. Nuestros ingenieros creen que algunas de las plataformas más alejadas tienen contramedidas para evitar los bombardeos, pero no podemos saberlo con certeza. No estoy seguro de que podamos permitirnos el lujo de preocuparnos por los zapadores, ni por los ojos, ni por nada de eso. Tenemos un problema más inmediato. Los krells, o como se llamen de verdad, no hacen caso a nuestras súplicas de que cesen sus ataques. Ha dejado de importarles si preservan o no a algún humano. Están decididos a exterminarnos.

—Nos tienen miedo —dije yo.

Cuando M-Bot y yo habíamos robado datos de su estación seis meses antes, aquella era la más importante y sorprendente revelación que había descubierto sobre los krells. No nos mantenían retenidos por rencor, sino porque de verdad estaban aterrorizados por la humanidad.

—Nos tengan miedo o no —dijo Cobb—, nos quieren muertos. Y a no ser que encontremos la forma de viajar entre las estrellas como hacen ellos, estamos condenados. Ninguna fortaleza, por poderosa que sea, puede resistir para siempre, y mucho menos contra un enemigo tan fuerte como la Supremacía.

Asentí. Era un dogma crucial en la táctica bélica: siempre había que tener un plan de retirada. Mientras siguiéramos atrapados en Detritus, corríamos peligro. Si lográbamos salir del planeta, se nos abrirían toda clase de opciones. Huir y escondernos en algún otro lugar. Buscar otros enclaves humanos, si es que existían, y reclutar ayuda. Contraatacar y poner al enemigo a la defensiva.

Nada de todo eso sería posible hasta que yo aprendiera a usar mis poderes. O en vez de eso, hasta que halláramos la forma de robar al enemigo la tecnología de hipermotores. Cobb tenía razón. Los ojos, los zapadores, podían ser importantes para mí, pero respecto al cuadro completo de la supervivencia de mi pueblo, no eran más que un problema secundario.

Era primordial que encontráramos la manera de salir del planeta.

Cobb me miró con cautela. Siempre me había dado la sensación de ser viejo. Sabía que solo tenía unos años más que mis padres, pero en ese momento tenía el aspecto de una roca que hubieran dejado demasiado tiempo en el exterior y hubiera sobrevivido a demasiados meteoritos cayendo.

—Férrea se quejaba siempre de lo difícil que era este trabajo —masculló —. ¿Sabes qué es lo peor de estar al mando, Peonza?

—No, señor.

—La perspectiva. Cuando eres joven, das por sentado que los mayores comprenden en qué consiste la vida. Pero cuando te ponen al mando, te das cuenta de que todos somos esos mismos chavales, solo que con cuerpos envejecidos.

Tragué saliva otra vez, pero no dije nada. De pie al lado de Cobb, miré por el ventanal hacia el desolado planeta y los miles de plataformas que lo rodeaban. Una increíble red defensiva que, al final, se había demostrado impotente para detener a lo que fuese que era aquel zapador.

—Spensa —dijo Cobb—, necesito que tengas más cuidado ahí fuera. La mitad de mi personal opina que eres el mayor punto débil que hayamos metido jamás en una nave. La otra mitad cree que eres una especie de Santa encarnada. Me gustaría que dejaras de proporcionar buenos argumentos a los dos bandos.

—Sí, señor—respondí—. Y… la verdad es que estaba intentando forzarme, ponerme en peligro. Pensaba que si lo hacía, a lo mejor ponía en marcha mi cerebro y activaba mis poderes.

—Aunque agradezco la intención, es una forma estúpida de intentar resolver nuestros problemas, teniente.

—Pero sí que tenemos que averiguar cómo viajar entre las estrellas. Lo dijiste tú mismo.

—Preferiría encontrar alguna forma menos temeraria —dijo Cobb—. Sabemos que las naves de la Supremacía recorren las estrellas. Tienen tecnología de hipermotores, y los ojos, los zapadores, no los han destruido a ellos. Por tanto, es posible.

Cobb adoptó una expresión contemplativa, observando de nuevo el planeta por el ventanal. Se quedó tanto tiempo callado que empecé a ponerme nerviosa.

—¿Señor? —dije.

—Ven conmigo —dijo él—. Puede que tenga una manera de sacarnos de este planeta sin depender de tus poderes.