Estelar

Mary Shelley · Capítulo 14 de 49

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Estelar

Capítulo 14

 

M e alineé con las otras naves, cuya gran diversidad seguía impresionándome, y miré los asteroides que rodaban y entrechocaban. Estaban más cerca unos de otros de lo que había esperado, y apenas tendríamos espacio para maniobrar entre algunos de ellos. Quizá los hubieran remolcado hasta allí para procesarlos.

Mientras esperábamos instrucciones, otra nave se unió a la hilera unos pocos puestos más allá de la mía. Era un caza krell aerodinámico y de cubierta negra, del tipo contra el que había combatido en Detritus, del tipo que siempre iba tripulado por un as krell.

«Tranquila —me dije—. No es tan raro que alguien traiga una nave como esa a una prueba de pilotaje.»

Aun así, me puso nerviosa y no pude dejar de echarle miradas con el rabillo del ojo. ¿Quién estaría pilotándolo? ¿Le dione con cara bicolor? No, había visto que elle se metía en una sencilla lanzadera, no en un elegante caza. De hecho, estaba segura de que no había visto aquella nave en ninguna plataforma de lanzamiento. ¿Quién…?

Al volver a mirar la nave, me llegó una sensación. Fue una especie de… repiqueteo suave y distante, y supe de inmediato quién era. La humana estaba allí.

Cuna y Winzik estaban jugando a algún juego político y usando a citónicos como Brade y yo a modo de peones. Sin embargo, el conocimiento… no, la certeza de que Brade estaba en aquella nave me dejó más inquieta si cabe. Era una humana pilotando un caza krell. Estaba mal a una cantidad indescriptible de niveles.

—Gracias por responder a nuestra llamada —dijo la voz de Winzik por el canal general de instrucciones—. Les recordamos que vamos a anular el racionamiento de radio entre naves para este ejercicio. Permiso 1.082-b, autorizado por mí mismo. Significa que podrán comunicarse entre ustedes, si encuentran algún motivo para hacerlo.

»Reconocemos y elogiamos su valentía. Si en algún momento durante esta prueba sienten una ira o una agresividad excesivas, por favor retírense de la contienda desactivando el motor de su nave y encendiendo las luces de emergencia. Una de nuestras naves acudirá y los remolcará de vuelta a la estación minera.

—¿En serio? —pregunté en voz baja. Tenía el micrófono silenciado, por lo que estaba hablando solo con M-Bot—. ¿Si sentimos agresividad durante un ejercicio de combate, se supone que debemos retirarnos?

—Es posible que, al contrario que tú, no todo el mundo esté acostumbrado a transformar cada aspecto de sus vidas en una competición —replicó M-Bot.

—Va, venga ya —dije—. No es para tanto.

—Te tengo grabada intentando convencer a Kimmalyn de hacer una competición de cepillado de dientes la otra noche en los barracones.

—Eso era para divertirnos —aduje—. Además, a ese sarro hay que matarlo bien muerto.

Winzik siguió hablando por el canal general.

—Hoy vamos a poner a prueba no solo su destreza en vuelo, sino lo bien que mantienen la compostura bajo ataque —dijo—. ¡Les ruego que no sean temerarios! Si les preocupa el riesgo que entraña este combate, por favor apaguen el motor y activen las luces de emergencia. Quedan advertidos, sin embargo, de que ese acto supondrá que dejemos de tenerlos en cuenta como posibles pilotos. Buena suerte.

El canal se cerró y, al instante, mis sensores de proximidad se volvieron locos cuando decenas de drones se separaron de debajo de la plataforma minera y empezaron a abalanzarse hacia nosotros. ¡Tirda!

Empece a moverme antes de que mi mente acabara de registrar el peligro. Aceleré a Mag 3 y maniobré entre enormes terrones de asteroide, sintiendo la espalda apretada contra el asiento.

Detrás de mí, en pocas palabras, los otros quinientos aspirantes se volvieron locos. Se dispersaron en todas las direcciones y me recordaron a un puñado de insectos descubiertos de repente bajo una piedra. Me alegré de que mis instintos me hubieran sacado de allí por delante de ellos, porque bastantes chocaron entre sí al no coordinar bien sus rumbos de vuelo. No vi ninguna colisión seria ni ninguna explosión, por suerte. Las naves llevaban escudos y sus pilotos no eran unos incompetentes. Pero aun así, resultó evidente a primera vista que muchos de ellos jamás habían volado en un campo de batalla.

Los drones se arremolinaron detrás de nosotros, siguiendo las pautas normales de ataque de los krells, que consistían en acosar a los rezagados y aprovechar su superioridad numérica para abrumar al enemigo. Sin embargo, aparte de esa táctica general, los krells no se sincronizaban nada bien entre ellos. No volaban en parejas ni en equipos organizados de compañeros de ala y no coordinaban grupos de naves distintas para desempeñar papeles diferentes en la batalla.

Siempre nos habíamos preguntado a qué se debía eso, y nuestra teoría era que el cascarón de Detritus interfería sus comunicaciones. Pero en ese momento, mientras me apartaba más del resto, no lo vi tan claro. Mi pueblo se había forjado en constante enfrentamiento, obligado a desplegar solo a nuestros mejores pilotos en una lucha incesante y agotadora por la supervivencia. En cambio, la Supremacía tenía unos recursos cuantiosos y sus pilotos de drones no estaban arriesgando la vida.

Lo comprobé y, en efecto, podía oír las instrucciones que se enviaban a aquellos drones a través de la ninguna-parte. Dado que la comunicación era instantánea, al menos según las investigaciones de la FDD, quizá aquellas naves estuvieran pilotadas por las mismas personas que combatían contra nosotros en Detritus. Pero ¿de verdad era posible que la Supremacía tuviera un solo grupo de pilotos de dron?

No había manera de saberlo. De momento, pivote a través del campo de asteroides, usando mi lanza de luz para hacer unos virajes rápidos,

—No nos persigue ningún dron —dijo M-Bot—. Estoy escaneando por si han tendido alguna emboscada.

M-Bot era más rápido y tenía mejor respuesta que cualquier otra nave que hubiera visto en aquella prueba de vuelo. Aunque era más grande que muchos de nuestros cazas de la FDD, M-Bot era lo que llamábamos un interceptor: una nave muy maniobrable y veloz, destinada al movimiento y la evaluación rápida en el campo de batalla.

En casa, yo había formado parte de un equipo con papeles especializados. Por ejemplo, Jorgen solía pilotar un largo, un caza pesado con un gran escudo y mucha potencia de fuego. Kimmalyn pilotaba un francotirador, una nave pequeña y muy certera que podía derribar cazas enemigos mientras su atención estaba desviada hacia mí o hacia Jorgen. Luchar durante aquellos últimos meses había sido un trabajo en grupo, y nuestro escuadrón solía componerse de seis interceptores, dos cazas pesados y dos francotiradores.

Me dio una extraña sensación de aislamiento estar volando sola a la batalla en esa ocasión, después de luchar durante tanto tiempo junto a mi equipo. Pero esa emoción también me hizo sentir culpable. No había apreciado de verdad lo que tenía y solía separarme del grupo y volar en solitario. En ese campo de asteroides, habría dado cualquier cosa por tener a Jorgen o a Kimmalyn allí fuera conmigo.

Me obligué a concentrarme en el vuelo. Era bueno estar en una cabina entrenando un poco. Me permití prestar atención a eso, a los propulsores que zumbaban detrás de mí, al tenue sonido de M-Bot proporcionándome actualizaciones del campo de batalla. Aquello lo conocía. Esa parte, por lo menos, sabía hacerla.

Di media vuelta y volé a través del campo de asteroides por debajo de donde la mayoría de las otras naves esquivaban a los drones. Quería tener una visión general del campo de batalla y predecir cómo iba a desarrollarse la prueba de pilotaje.

—Mando de Vuelo —dije después de abrir un canal—, aquí Alanik, la piloto de ReAlba. ¿Podrían detallar el objetivo de esta prueba?

—¿El objetivo, piloto? —llegó la respuesta de una voz desconocida—. Es muy sencillo. Seguir con vida durante treinta minutos estándar.

—Sí, pero ¿qué constituye una «muerte» en este ejercicio? —pregunté—. ¿Un escudo caído? ¿O están usando munición de pintura?

—Piloto —me respondieron—, creo que no lo entiende.

Por encima de mí, los drones empezaron a disparar largas ráfagas de fuego de destructor. Una nave apartada que volaba cerca de mí se iluminó con una sucesión de fogonazos, acabó perdiendo el escudo y terminó estallando. Más allá, unos disparos perdidos de destructor detonaron contra asteroides, destellando antes de que el vacío los consumiera.

—¿Están usando fuego real? —casi grité—. ¿En un ejercicio de prueba?

No llegó ninguna respuesta del Mando de Vuelo. Se me tensaron las manos en los controles y mi corazón empezó a acelerarse. De pronto, el contexto de aquel combate había cambiado por completo.

—Tirda—dije—. Pero ¿qué les pasa a estos? ¿Se quejan de la agresividad y luego envían drones armados contra un puñado de aspirantes a medio entrenar?

—Creo que es posible que la Supremacía no sea muy buena gente— repuso M-Bot.

—¿Qué te ha llevado a esa brillante deducción?

Gruñí e hice virar mi nave con un pivote de lanza de luz en torno a un asteroide. Desde arriba, tres drones krells descendieron entre los asteroides en mi dirección.

«Calma —me dije—. Sabes hacer esto.» Me moví por instinto, propulsándome un poco más deprisa y evaluando la estrategia de ataque de los drones. Dos se quedaron a mi cola mientras el tercero aceleraba y se escoraba a la derecha para intentar adelantarme.

No estaba utilizando mis sentidos citónicos para escuchar las instrucciones de los drones porque no quería revelar que sabía hacerlo, de modo que me ceñí a un pilotaje normal. Viré a un lado, empalé un asteroide con la lanza de luz y rodé en torno a él antes de soltarme en el momento exacto para salir despedida de vuelta hacia los drones. Pero contuve el fuego. Después de cruzarme con ellos, pivote otra vez y me lance tras ellos.

Estaba a su cola. Normalmente, mi trabajo consistiría en perseguirlos de regreso hacia el lugar donde Kimmalyn estaría esperando para derribarlos. Pero ese día tendría que hacerlo todo yo sola. Empecé a disparar a los drones, pero se separaron en direcciones distintas. Elegí uno y me escoré hacia él.

—Estoy rastreando a los otros dos —dijo M-Bot—. Están dando un rodeo para volver, pero van despacio por los asteroides.

Asentí, concentrada casi en exclusiva en la persecución de aquel dron. Se precipitó hacia abajo, pero pude anticiparme a la maniobra y volé en paralelo a él. Esperé a que virase de nuevo y, en el momento justo, activé la lanza de luz y la clavé en la nave enemiga. A toda prisa, antes de que pudiera tirar de mí y desviarme de mi rumbo, disparé el otro extremo de la lanza a un asteroide cercano.

El resultado fue que la nave enemiga se encontró de repente enlazada a un asteroide. Cuando intentó virar, la lanza de luz tiró de ella y la estampó contra el asteroide con una explosión de chispas. «Espero que lo hayas visto, Cuna», pensé con una sonrisa de satisfacción.

—Bien hecho —dijo M-Bot—. El enemigo más próximo está a tus ocho. Lo resalto en el monitor de proximidad.

Seguí la sugerencia de M-Bot y emprendí una serie de maniobras que me llevaron a una parte más densa del campo de asteroides. Allí las enormes rocas rodaban en el espacio bañadas por las sombras móviles que proyectaban los faros de mi nave. M-Bot tuvo el detalle de cambiar su monitor de proximidad a un holograma en tres dimensiones que mostraba un mapa flotante a escala del campo de asteroides que iba rotando con mis giros.

Logré situarme detrás de uno de los otros krells, pero el tercero, el que se había desviado hacia fuera, se puso a mi cola. A mi alrededor brillaron unos disparos de destructor que destruyeron piedras e hicieron llover lascas a través del vacío. Los escombros golpearon contra mi escudo.

—Activando indicadores auditivos sintéticos —dijo M-Bot, y el silencio del espacio se vio reemplazado por traqueteos y explosiones, reproducidos para recordarme las batallas en atmósfera.

Lo asimilé todo, la visión de los asteroides, la sensación de las explosiones, las frías lecturas, el martilleo de mi propio corazón, y sonreí de oreja a oreja.

Aquello sí que era vida.

Serpenteé entre los asteroides, renunciando a la persecución, y permití que los dos drones se situaran a mi cola. Empecé a arrastrarlos a un juego de zigzag. Esquivé y usé la lanza de luz para mantenerme justo por delante de ellos. Todo mi alrededor se llenó de estallidos. Era combate en estado puro. Mi destreza contra la de los pilotos, que dirigían los drones desde la seguridad de dondequiera que estuviesen escondidos.

Las explosiones que estaban produciéndose en otras partes del campo de batalla me confirmaron sin lugar a dudas el poco aprecio que les diones y los krells tenían por la vida de cualquiera a quien consideraran inferior a ellos. Era cierto que casi siempre ofrecían a las naves la posibilidad de rendirse si caían sus escudos. Muchos aspirantes lo hacían, y en realidad otros muchos renunciaban incluso antes de perderlos.

Pero era difícil ser preciso con fuego real y algunas desafortunadas naves recibían algún disparo perdido justo después de que su escudo fallara. Esas no tenían posibilidad de rendirse. Otras seguían luchando, tozudas, cuando las superaban en número y las abrumaban. No recibían la menor clemencia.

Un disparo de mis perseguidores hizo explotar en cascotes un asteroide por delante de mí. Gruñí y pivoté alrededor de otro asteroide para apartarme. Los ConGravs se activaron a plena potencia con el giro y mi asiento rotó para desviar la fuerza de aceleración hacia atrás. Aun así, el repentino viraje me apretó la piel de la cara contra el cráneo.

—Cuidado —dijo M-Bot—. Preferiría que no me hicieran explotar hoy, cuando justo empiezo a creer que estoy vivo. Sería una lástima pasar de pronto a estar no-vivo.

—Eso intento —respondí, sonriendo con los dientes rechinando mientras me lanzaba fuera del volteo, reorientaba la nave y los drones se esforzaban por seguirme.

—¿Crees que podría aprender a mentir? —preguntó M-Bot—. A mentir de verdad, digo. Y en caso afirmativo, ¿crees que eso demostraría tal vez que soy un ser sapiente?

—M-Bot, de verdad que no es un buen momento para tener una crisis existencial. Concéntrate, por favor.

—No te preocupes. Soy capaz de hacer las dos cosas a la vez gracias a mis rutinas de multitarea.

Rodeé otro asteroide, y luego otro, forzándome a mí misma y también a los ConGravs avanzados de M-Bot hasta el límite. Obtuve mi recompensa cuando una de las naves que me perseguían colisionó contra un asteroide.

—¿Sabes? Los humanos tenéis suerte de que la Supremacía prohíba las inteligencias artificiales avanzadas —dijo M-Bot—. Los tiempos de reacción de las máquinas son muchísimo más rápidos que los de los carnosos, y vuestro inferior cerebro biológico nunca podría adelantarse a ellos. —Vaciló —. No es que los humanos sean inferiores del todo a los robots, ojo. Hummm, por ejemplo, tú tienes mejor gusto que yo en… esto… gafas.

—Pero si no llevas gafas —dije—. Un momento, ¡pero si yo no llevo gafas!

—Estoy intentando descubrir cómo se miente, ¿vale? No es tan fácil como todos intentáis hacer creer que es.

Giré y llegué a un inmenso claro en el campo de asteroides, una zona abierta en la que no había tanto riesgo de colisión. Allí, muchos de los aspirantes a piloto más tercos seguían dando vueltas en un caótico desbarajuste y el fuego de destructor iluminaba los plácidos asteroides.

—Uno más uno —dijo M-Bot— es igual a dos.

Pude imaginar el pánico que sentían aquellos pilotos. Yo misma lo había experimentado durante algunas de mis primeras batallas. Sin apenas entrenamiento, confundida por el revoltijo de destrucción que me rodeaba. Con los instintos oponiéndose a la formación.

—Uno más uno —dijo M-Bot— es igual a… eeeh… dos.

Tal y como nos habían asegurado, los drones dejaban en paz a cualquiera que activase las luces de emergencia. Pero casi sentía yo misma la angustia que debía de suponer verse obligados a hacerlo. Habían pasado toda la vida en aquella sociedad sofocante, sin poder meterse en ninguna buena pelea. Y luego, les daban una sola y hermosa oportunidad de expresarse… solo para arrebatársela.

—Uno más uno —dijo M-Bot— es igual a… tr… no, dos. No puedo decirlo. A lo mejor, podría reescribirme a mí mismo para…

—¡No! —exclamé.

Clic, respondió él. Cliclicliclic.

«Genial.» Seguía teniendo un perseguidor, ¿verdad? Comprobé el monitor de proximidad, preguntándome si me lo habría quitado de encima en la batalla. Y en efecto, cuando me interné en la parte más densa del campo de asteroides, no me siguió ninguna nave.

Había perdido a mi perseguidor. No estaba acostumbrada a que pasara. Los krells siempre intentaban aislar a los cazas de uno en uno, sobre todo si demostraban ser muy hábiles. Formaba parte de sus instrucciones de buscar y destruir a los citónicos enemigos.

Pero ese día parecía que tenían otras órdenes: atacar a la presa más fácil. Mientras sobrevolaba la parte superior del campo de asteroides, no vinieron más drones a por mí. De hecho, reparé en que varios viraban a propósito para rehuirme. Y… bueno, supuse que en realidad era una buena táctica. ¿Para qué desperdiciar más recursos poniendo a prueba a una piloto cuya habilidad era evidente?

Se me atenazó el corazón al ver una lanzadera explotar después de que su escudo se viniera abajo. Se le había concedido la oportunidad de rendirse, pero, presa del pánico, su piloto había perdido el control y había chocado contra un asteroide. Pobrecillo.

Observé el campo de batalla y me fijé en otra nave a la que habían obligado a alejarse del grupo principal. Era un caza grande con un largo fuselaje frontal que recordaba al cañón de una pistola. Como caza, era una nave lenta, pero iba armada con muchos destructores. Era evidente que se trataba de una nave de combate.

Quizá por su lentitud, había atraído a una gran cantidad de krells. Los drones revoloteaban a su alrededor, disparando, desgastando su escudo. Saltaba a la vista que la nave estaba condenada, pero se negaba a rendirse. A mí también me había pasado. Me había negado a reconocer que estaba derrotada, porque la derrota echaría por tierra el sueño.

—¡He vuelto! —exclamó M-Bot—. ¿Me he perdido algo?

—Vamos a entrar otra vez —dije, virando hacia el desafortunado caza—. Agárrate.

—No tengo manos —replicó él—. ¿Para qué quieres entrar? Parece que la mayoría de las naves enemigas no están haciéndonos caso.

—Lo sé —dije.

—Este es un ejercicio de supervivencia temporal —dijo M-Bot—. Si queremos maximizar nuestra probabilidad de éxito, deberíamos quedarnos apartados y no llamar la atención. ¿Por qué no hacerlo?

—Porque a veces, uno más uno es igual a tres —dije, y me interné de nuevo en la refriega hacia el apurado caza.