Estelar

Mary Shelley · Capítulo 40 de 49

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Estelar

Quinta Parte

QUINTA

PARTE

38

 

P osé mi nave robada en un muelle para cazas estelares de la Plataforma Primaria y abrí la cubierta. Había desactivado mi holograma y aún se me hacía raro ver mis manos con su tono de piel natural.

Y aquel lugar… ¿Las paredes siempre habían sido tan austeras? Todo en Visión Estelar había estado adornado con colores. ¿El aire siempre había olido tanto a rancio? Me descubrí añorando el tenue aroma de los árboles y la tierra, y hasta el matiz a canela de la presencia de Vapor.

Kimmalyn vino a buscarme a la cabina, sonriendo como una idiota mientras subía por la escalerilla, y rodeó mi cabeza con casco en un abrazo. Me fijé en su sonrisa y me pareció una expresión extraña. Agresiva.

Por los santos y las estrellas. Tampoco había estado fuera tanto tanto tiempo. Pero al levantarme y volver a abrazar a Kimmalyn, tuve una sensación residual de desconexión. De que todo en aquel universo era un ruido que dolía. Era un remanente de las emociones que el zapador me había imbuido por la fuerza.

Intenté apartar esos sentimientos con todas mis fuerzas. Abrazar a una amiga debería haber sido lo más relajante que hubiera hecho en semanas, y sin embargo una parte de mí quería revolverse. No por Kimmalyn, sino por mí. Imaginé que mi amiga estaba abrazando a algún tipo de criatura extraña, como a una larva alienígena, en vez de a una persona. ¿Sabía Kimmalyn lo que era yo? ¿Lo sabía yo siquiera?

—Oh, alabada sea la Santa —dijo Kimmalyn, apartándose—. Peonza, no puedo creer que de verdad seas tú.

—¿Y Jorgen? —pregunté.

—Está allá abajo, en el planeta, de permiso. Ya hace unos días que no lo veo. No sé qué de que necesitaba un descanso o algo así.

En fin, podía pasarnos a cualquiera. Era solo que tenía muchas ganas de verlo. Tal vez… tal vez él pudiera sacarme de aquel extraño bajón que me había entrado.

—¿Qué…? —empezó a decir Kimmalyn—. O sea, Jorgen nos contó que te había enviado a una misión. ¿De verdad ha salido bien? ¿Les has robado un hipermotor? ¿Qué pasa con M-Bot?

Noté mi corazón a punto de partirse.

—Yo…

Sonaron bocinazos de alarma, advirtiéndonos con estruendo de un ataque inminente. Las dos miramos hacia las luces y escuchamos el intercomunicador llamando a todos los cazas de servicio a la batalla.

—Te lo explicaré —prometí a mi amiga—. O lo intentaré, por lo menos. Después de…

—Sí —dijo Kimmalyn.

Me dio otro abrazo rápido, yo aún de pie en mi cabina, ella en la escalera. Luego bajó deprisa y corrió hacia su nave. Mis instintos hicieron fuerza para que volviera a sentarme y volara a la batalla, pero Cobb había sido firme. Tenía que presentarme a informar primero.

Bajé y me crucé con Duane, del personal de tierra. Me sonrió y levantó el pulgar antes de darme una palmada en la espalda por mi heroico regreso. Lo miré patidifusa, tratando de interpretar las emociones en su rostro, que de pronto me resultó raro y estrambótico. Comprendí sus expresiones como si llevaran retraso. Como si tuviera que esperar a que un intérprete me las tradujera. Tirda, ¿qué me estaba pasando?

«Es solo que estás cansada —me dije—. Llevas dos semanas sin parar de apretar, y eso mientras te hacías pasar por otra persona.» Y en efecto, me golpeó una oleada de agotamiento cuando abrí la puerta para llegar al pasillo, pero me detuve y dediqué una mirada tierna al caza sin nombre de la Supremacía. No era M-Bot, pero me había hecho un buen servicio. ¿Volvería a volar en él alguna vez? Seguramente no. Lo desmontarían para analizarlo: acceder a un caza krell intacto era un privilegio inaudito para la FDD.

En un pasillo estéril y demasiado metálico encontré a un par de soldados de infantería esperándome. Se ofrecieron a venir conmigo para ayudarme a encontrar a Cobb, pero no pude evitar que me recordaran a los guardias y los drones guía que me habían escoltado a bordo de la Pesos y Medidas. No era que la FDD no confiara en mí. Era solo que sabían que el enemigo era capaz de afectar las mentes de la gente, sobre todo de los citónicos.

Así que… bueno, supuse que sí que era que no confiaran en mí. No del todo. Aquello no estaba siendo exactamente la festiva bienvenida a casa que había esperado.

Los hombres me llevaron a una sala de mando con una gran pantalla panorámica en una pared y varias decenas de puestos informáticos más pequeños debajo, en los que los miembros del Mando de Vuelo monitorizaban a los escuadrones individuales y no perdían de vista al enemigo. Habían estado trabajando en mi ausencia y todo parecía más profesional, con menos paneles al descubierto, que como lo recordaba.

Varios subalmirantes estaban dirigiendo la batalla desde puestos de mando. Cobb estaba detrás de ellos al fondo de la sala, con aspecto distinguido con su uniforme blanco y su bigote plateado erizado en el labio superior. Le habían montado un imponente trono de almirante desde el que se veía todo, pero él usaba el asiento para amontonar varias pilas de papeles y el apoyabrazos para dejar su café mientras repasaba informes y murmuraba entre dientes.

—¿Nightshade? —dijo cuando los guardias me llevaron con él—. ¿Se puede saber qué cuernos has hecho? ¿No se suponía que la misión a la que te envió Jorgen era furtiva? Porque esto tiene toda la condenada pinta de que casi nos has echado encima a la Supremacía entera.

Por algún motivo, oír renegar a Cobb fue lo más reconfortante que podía haberme pasado en esos momentos. Dejé escapar un suave suspiro. Mi universo entero estaba volviéndose del revés, pero Cobb era tan constante como una estrella. Una estrella enfadada y hosca que tomaba demasiado café.

—Lo siento, Cobb —dije—. Acabé metida en la política de la Supremacía y… bueno, no creo que la culpa de este ataque sea toda mía, pero sí que es verdad que mis actos parecen haberles dado alguna excusa para plantarse aquí.

—Deberías haber vuelto antes.

—No podía. Mis poderes… Estoy aprendiendo, pero… Oye, prueba tú a aprender a teleportarte usando el cerebro. No es tan fácil como suena.

—Suena tirdósamente difícil.

—A eso iba.

Cobb gruñó.

—¿Y la misión? ¿Esa que os inventasteis entre los dos, sin la debida autorización?

—Ha salido bien. Me hice pasar por esa alienígena que se estrelló aquí, usando los hologramas de M-Bot para que colara, y he vivido en la Supremacía el tiempo suficiente para descubrir el secreto de sus hipermotores. —Hice una mueca—. Puede… que la haya cagado también un poquito aquí y allá.

—En fin, no serías tú si no me complicaras la vida a cada ocasión, Peonza.

Asintió mirando a los guardias, que se retiraron. Aquella conversación había sido en parte una prueba, y la había superado. Cobb estaba seguro hasta cierto punto de que yo no era una impostora.

Dio un sorbo a su café y me indicó que me acercara.

—¿Qué está pasando de verdad ahí fuera?

—La Supremacía tiene un puñado de facciones. No me he enterado de mucho; la verdad es que me supera un poco. Pero una facción militar quiere hacerse con el poder y va a intentar exterminarnos para dar un empujón a su credibilidad. Quiere librarse de la «plaga humana» para demostrar que es indispensable.

En la pantalla de la pared, que mostraba un mapa de batalla abstracto con puntitos luminosos representando a las naves, la Pesos y Medidas estaba desplegando escuadrones de cazas. Parecía haber varios centenares de drones del tipo normal que solíamos combatir. Y otras cincuenta naves, que brillaban más que el resto.

—Naves pilotadas —explicó Cobb—. Ases enemigos. Cincuenta, nada menos.

—No son ases —dije yo—. Pero sí que son naves pilotadas. La Supremacía ha estado preparando a un grupo de pilotos reales para luchar contra nosotros. Yo… Hummm, yo he entrenado a algunos de ellos.

La taza de Cobb se detuvo a medio camino de sus labios.

—¿De verdad pudiste unirte a su fuerza espacial y entrenar con ellos?

—Eh… Sí. Señor.

—Maldición. ¿Y esa nave que has robado? ¿Tiene hipermotor?

—No. Pero sé el secreto. ¿Sabes esa babosa amarilla que tengo como mascota, la que encontré en la caverna de M-Bot? Pues son lo que la Supremacía utiliza para hipersaltar. Tenemos que enviar una expedición a las cavernas de Detritus, a ver si podemos atrapar alguna más.

—Pondré varios equipos a ello ya mismo. Suponiendo que sobrevivamos a esta batalla. ¿Alguna otra bomba que quieras soltarme encima?

—Eh… He revelado mi identidad a uno de los cargos más altos del gobierno de la Supremacía, y nos llevamos bastante bien. Creo que podría convencer a esa otra facción del gobierno para que firme la paz con nosotros. Hummm, suponiendo que sobrevivamos a la susodicha batalla.

—¿Y tu caza? Ese que tiene una actitud tan irritante.

Sentí una punzada de vergüenza.

—Eh… Lo he dejado atrás, señor. Y también a Babosa Letal. Estaban persiguiéndome enemigos, y los tenía cada vez más cerca, y…

—Está bien, soldado —dijo Cobb—. Has vuelto, que es más de lo que teníamos ningún derecho a esperar. —Desvió la mirada hacia la pantalla y la creciente inundación de puntitos de luz—. Quiero que vayas a una sala de informe con una grabadora y nos cuentes todo lo que puedas recordar de sus capacidades militares. Yo me quedaré aquí y haré lo que pueda para sobrevivir a esta invasión. Tirda, menudo montón de cazas.

—Cobb —dije, acercándome más—. Lo de ahí fuera no son monstruos sanguinarios. Son solo personas. Gente normal, con vidas, y amores, y familias.

—¿Y contra qué pensabas que estábamos luchando todos estos años? — preguntó Cobb.

—Eh…

No lo sabía. Contra criaturas de ojos rojos y sin rostro. Contra destructores implacables. Lo cual no se alejaba mucho de cómo veían ellos a los humanos.

—Eso es lo que es la guerra —me dijo Cobb—. Un hatajo de imbéciles lamentables y desesperados en los dos bandos que solo intentan salir vivos. Es la parte que dejan fuera esas historias que te encantan, ¿verdad? Siempre es más conveniente si puedes luchar contra un dragón. Contra algo de lo que no tengas que preocuparte por si empieza a importarte.

—Pero…

Me cogió por el brazo, apartó unos papeles y me sentó con suavidad en la silla. No me envió enseguida a grabar mi informe. Quizá me quisiera allí para responder preguntas.

Me hundí en el asiento y vi cómo Cobb se adelantaba para ponerse al mando. Se le daba mucho mejor que lo que habría cabido suponer. No intentaba hacerlo todo él solo. Dejaba que los otros almirantes, a los que había escogido en persona por su sentido del combate, lideraran los segmentos individuales de la batalla. Solo se entrometía cuando consideraba que era necesario. Sobre todo, se limitaba a cojear por la sala, bebiendo café y ofreciendo consejos de vez en cuando.

Vi que los enjambres de naves se acercaban uno al otro. Intenté hundirme más en el asiento mientras miraba. Puntos rojos y azules en una pantalla… pero algunas de aquellas luces eran mis seres queridos. Seres queridos en ambos bandos. ¿Estaría Morriumur allí fuera, rebosando terror pero también decisión? ¿Y Hesho y los kitsen? ¿Los derribaría Kimmalyn?

Aquello no estaba bien. No podía ocurrir. Y además, era la opción equivocada. No solo en términos morales, sino también tácticos. Miré los mapas de batalla y el bando de la Supremacía parecía impresionante. Doscientos drones y cincuenta naves pilotadas. Nuestra propia fuerza de cazas dispares se cifraría solo en unos ciento cincuenta.

Pero éramos la FDD, forjada en batalla y más diestra a cada día que pasaba, mientras que la Supremacía había desplegado a unos controladores de drones entrenados para no ser agresivos y a un grupo de reclutas novatos con solo un par de semanas en cabina. Winzik debía de saber que en realidad sus fuerzas combatían en desventaja.

«También sabe que nos hacemos más fuertes cada día, y ahora, después de encontrar los restos de mi pistola destructora, teme que hayamos podido llegar hasta Visión Estelar. Sabe que tenemos citónicos. Sabe que estábamos espiando sus operaciones…»

De pronto, vi la batalla bajo una nueva luz. Vi a un aterrorizado Winzik dándose cuenta de que sus presos estaban descontrolados, de que la amenaza que tan a menudo había usado para asustar al resto de la Supremacía era real. Y entonces ¿qué plan tenía? No podía ser solo dejar morir a su incipiente flota espacial bajo el fuego de nuestros destructores.

Mientras los dos grupos de cazas empezaban a enfrentarse, me devané los sesos para deducir lo que podría estar planeando el líder krell. Por desgracia, nunca había sido muy dada a preocuparme de la táctica a gran escala. Mi trabajo era meterme en la cabina y ponerme a disparar. De acuerdo, podía sacarme algún as de la manga sobre la marcha y ganar una batalla, pero ese día tenía que ser algo más. Entendía nuestros enemigos mejor que cualquier otra persona. Había vivido entre ellos. Había hablado con su general, había cumplido sus órdenes.

¿Qué estaba haciendo allí, en esos momentos? Observé la batalla y, muy despacio, me levanté del asiento, de la silla del almirante, que se alzaba sobre la sala entera. Miré los puntitos de la pantalla y vi a la gente que había al otro lado. Sentí que el mundo se disipaba poco a poco a mi alrededor. Vi… y oí… estrellas.

… informando en directo desde la reserva de Detritus…

… valientes combatientes, que confían en contener la plaga humana…

Winzik estaba retransmitiendo los acontecimientos. Aquel ataque era puro teatro. Imaginé a millones de personas allá en Visión Estelar, viendo la emisión con miedo. Si fracasaba en Detritus, Winzik podía destruir su reputación. Y fracasaría, ¿verdad? No podía derrotarnos.

… informes de que los humanos están haciendo algo extraño…

… esta reserva, rodeada de antiguos mecanismos procedentes de la Segunda Guerra Humana…

… el movimiento esas plataformas. Parece estar ocurriendo algo…

Más allá de eso, oí otra cosa. Como… como un chillido en aumento. ¿O un desafío? ¿Era Brade, chillando hacia la ninguna-parte? No podía hacer eso, atraería a los ojos. Podría…

Todo se enfocó de golpe. Las cosas que estaba oyendo, las advertencias de Cuna, las explicaciones que me había dado Brade. El plan de Winzik.

Iban a traer un zapador a nuestro espacio a propósito.

Algunas personas de la sala se dieron cuenta de que me había levantado y Rikolfr dio un codazo a Cobb.

—¿Peonza? —preguntó el almirante, acercándose.

—Tengo que irme, señor —dije, con la mirada todavía fija en el mapa de batalla.

—No sé si podemos arriesgarte —objetó él—. Ninguna de nuestras otras naves puede proteger tu cerebro de los ataques citónicos. Además, no sabemos si encontraremos esas babosas del hiperespacio que mencionas, así que… bueno, podrías hacernos falta pronto.

—Hago falta ahora mismo —dije. Bajé la mirada hacia él—. Va a pasar algo terrible. No creo que pueda explicártelo. No tengo tiempo. Pero tengo que impedirlo.

—Ve —me dijo—. Puede que derrotemos a los cazas, pero ¿a esos acorazados? Ahora que se han decidido a venir a por nosotros con todo lo que tienen, se nos agota el tiempo. Así que si puedes hacer algo… bueno, ve. Que los santos te guarden.

Ya estaba corriendo hacia el pasillo incluso antes de que terminara de hablar.