Estelar

Mary Shelley · Capítulo 27 de 49

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Estelar

Capítulo 26

 

 

E ntramos en la ninguna-parte. Como siempre, empezó con un chillido.

Oscuridad absoluta, interrumpida por los ojos. Ardiendo al rojo blanco, mirando hacia donde no debían. Cuanto más hacía aquello, más alcanzaba a percibir la… sombra de lo que eran. Seres ciclópeos, inescrutables, cuyas figuras no encajaban en comprensión de cómo deberían funcionar las formas físicas.

Estuve allí flotando durante lo que me pareció una eternidad. Aparte de Brade, que no quería hablar del tema, el resto de mi escuadrón decía que no apreciaba en absoluto el paso de ningún tiempo al atravesar la ninguna-parte. Para ellos, el hipersalto era instantáneo. Nunca veían la oscuridad ni los ojos.

Transcurrido un tiempo, sentí que se acercaba el final. Una sutil sensación de desvanecimiento que…

Uno de los ojos se volvió y me miró.

La Pesos y Medidas reapareció en el espacio normal fuera de Visión Estelar. Di un respingo, con el pulso enloquecido y los sentidos de batalla en plena alerta.

Me había visto. Uno de ellos me había mirado directamente.

Estábamos regresando a Visión Estelar después de otra jornada de entrenamiento, la décima desde que había entrado en el ejército. Ese día acompañar a los demás en sus ejercicios me había cansado más de lo normal. ¿Sería por eso por lo que me había visto?

¿Qué había hecho? ¿Qué estaba mal?

—¿Capitana Alanik? —dijo Hesho—. Aunque no acostumbro a tratar con tu especie, pareces exhibir síntomas tradicionales de aflicción.

Bajé la mirada hacia el kitsen. Los ingenieros de la nave de Hesho habían transformado varios asientos de la sala de salto en puestos de viaje kitsen, que en esencia eran pequeños edificios de varios pisos de altura, fijados a la pared y equipados con asientos más pequeños en el interior para toda su tripulación.

Charlaban entre ellos dentro de las estructuras abiertas, pero Hesho tenía todo el tejado para él y sus sirvientes. Me quedaba más o menos a la altura de los ojos, y albergaba una lujosa butaca de capitán. También tenía una barra y varios monitores para el entretenimiento, lo que parecía una opulencia exagerada para la media hora corta que solíamos pasar en la Pesos y Medidas cada día, en el trayecto de ida y vuelta a Visión Estelar.

—¿Alanik? —insistió Hesho—. Puedo llamar a la cirujana de mi nave, que está por aquí abajo. Eso sí, está poco experimentada en especies alienígenas. ¿Cuántos corazones tienes?

—Estoy bien, Hesho —dije—. Ha sido solo un escalofrío.

—Hummm —dijo él, reclinándose en su butaca y subiendo los pies—. Un momento de fragilidad en una guerrera poderosa. Este es un instante hermoso, que voy a atesorar.

Asintió para sus adentros y luego suspiró y pulsó un botón que tenía una luz intermitente en su apoyabrazos, lo que hizo que una pantalla rotase hacia él.

Se suponía que no debíamos utilizar comunicaciones inalámbricas salvo en casos de emergencia. Sin embargo, Hesho tenía una definición muy laxa de la palabra «emergencia» y le habían concedido, tras insistentes peticiones, un salvoconducto a través del escudo anticomunicaciones que rodeaba la Pesos y Medidas.

Seguro que era de mala educación poner la oreja. Pero al mismo tiempo, Hesho estaba sentado justo a mi lado. Y mi alfiler traducía y transmitía las palabras a mi auricular, quisiera yo o no.

En su pantalla apareció otra kitsen, hembra a juzgar por las franjas de pelo claro y oscuro, vestida con un traje formal de seda colorida y un tocado a juego. Hizo una reverencia a Hesho.

—Su ineminencia que no es rey —dijo—, llamo para suplicar consejo en la votación de mañana sobre el fondo nacional de impuestos.

Hesho se rascó el pelo por debajo del hocico.

—Me temo que esto no está funcionando, senadora Aria. He hablado con nuestros supervisores de la Supremacía y afirman que todavía ejerzo una influencia indebida en el funcionamiento de nuestro senado.

La senadora alzó la mirada.

—Pero ineminencia, si el senado votó justo lo contrario a la preferencia que expresaste.

—Sí, y lo hizo bien —respondió Hesho—, pero la Supremacía parece opinar que me limité a deciros que votarais en contra de mis deseos, y que en consecuencia continúo manipulándoos.

—Es una situación complicada —dijo la senadora Aria—. ¿Cómo deseas que procedamos?

—Bueno —dijo Hesho—, parece que… a la Supremacía le gustaría mucho que eligierais según vuestras propias preferencias.

—Mi mayor deseo en todo el universo es cumplir la voluntad del rey.

—¿Y si su voluntad es que seas tú misma?

—Cómo no. ¿Qué clase de yo misma te gustaría?

—¿Qué tal si elegís al azar lo que votáis cada vez? —propuso Hesho—. ¿Crees que eso funcionaría?

—Ciertamente, en ese caso la Supremacía no podría alegar que estamos sometidos a más influencia que la del destino. —La senadora Aria hizo otra reverencia—. Confiaremos en tu dominio sobre el universo, manifestado en nuestros votos aleatorios. Una solución sabia, ineminencia.

La kitsen cortó la comunicación.

Hesho suspiró.

—Parecen muy… leales —comenté.

—Estamos intentándolo —dijo Hesho—. Esto es difícil para nosotros. Me han enseñado toda la vida a ir con cuidado a la hora de expresar mi voluntad, pero no sé cómo evitar expresarla en absoluto. —Se frotó las sienes con los ojos cerrados—. Debemos adoptar las costumbres de la Supremacía o exponernos a la conquista, si los humanos regresan alguna vez. Ellos encarnan mi verdadero miedo; nos atacaron primero, durante la guerra humana inicial. Su líder afirmó que nuestro pasado en común hacía que en la práctica fuésemos ya «una colonia humana». Bah. Se me eriza el pelo solo de pronunciar esas palabras.

»Debemos cambiar para estar preparados, pero el cambio es complicado. Mi pueblo no es de necios ni pusilánimes. Lo que ocurre es que, durante muchos, muchos siglos, el trono fue la única fuerza inmutable de la que podían depender. Que se lo arrebaten de pronto es como arrancar un vendaje antes de que la herida haya sanado como debe.

Me descubrí asintiendo, lo cual era de locos. Por supuesto que era mejor derrocar el mandato de Hesho. ¿Que clase de cultura subdesarrollada mantenía una monarquía hereditaria? Una estratocracia militar en la que los pilotos más fuertes y los almirantes gobernaban después de demostrar sus méritos en batalla tenía mucho, mucho más sentido.

—Puede que no debas preocuparte tanto por los humanos —sugerí a Hesho—. O sea, es posible que ni siquiera regresen jamás.

—Es posible —aceptó Hesho—. Me enseñaron desde cachorro a anteponer las necesidades del planeta a todo lo demás. Pasamos siglos intentando recuperar a los caminantes de la sombra, pero debemos afrontar la realidad. Nunca volveremos a tener citónicos entre nosotros. Perdimos ese privilegio hace mucho tiempo.

Me miró.

—No te compadezcas de mí por la autoridad que he perdido. —Continuó —: Hace muchos años, mi trastatarabuelo cabalgó a la batalla al frente de nuestros ejércitos para repeler la invasión de la humanidad. Combatió a los gigantes con una espada. Antes de eso, los daimios de los diecisiete clanes estaban siempre dispuestos a encabezar a su pueblo en la guerra. Pero a mí siempre me había apetecido ser capitán de mi propia nave. Esto saldrá bien. Siempre que mi pueblo no se diluya sin más en la Supremacía como gotas de sangre en un océano.

—No sé si merece la pena el esfuerzo, Hesho —dije, reclinándome en mi asiento—. ¿Tanto trabajo, para doblegarnos y ser lo que ellos quieren?

—Las opciones son eso o quedarnos atrapados en nuestros planetas sin hipermotores. Mi pueblo ya lo ha probado, y está asfixiándonos. La única forma de existir con alguna relevancia es cumplir las normas de la Supremacía.

—Y aun así, les diones y demás altos cargos se hacen llamar las razas superiores —dije—. Ahí los tienes, tan orgullosos de lo avanzados que son, mientras lo que hacen se reduce a esclavizar a todos los demás.

—Hummm —dijo Hesho, pero no me dio más respuesta.

Seguí su mirada por encima del hombro y me sonrojé al ver que Morriumur ocupaba el asiento de su otro lado. Tirda. ¿Cuándo aprendería a pensar un poco antes de hablar?

Cuando la Pesos y Medidas hubo atracado, Winzik dio permiso a los pilotos para dirigirse a sus lanzaderas y volver a casa.

—Disfruta del día libre —me dijo Hesho mientras los kitsen salían volando de nuestra sala.

Morriumur se apresuró por delante de los demás y no me miró a los ojos. Genial. Bueno, tampoco era culpa mía que su especie fuera un grupo opresor de déspotas.

—Eh —dijo Brade mientras yo cogía mi bolsa para marcharme.

Eché una mirada atrás, algo sorprendida de oírla hablar. En general, no se relacionaba con nosotros una vez concluido el entrenamiento del día.

—Buen trabajo hoy —me dijo—. Creo que este grupo al fin lo está pillando.

—Gracias —respondí—. Significa mucho. De verdad.

Se encogió de hombros y pasó por delante de mí para salir por la puerta, como avergonzada de que la hubieran sorprendido en un momento de sinceridad. Me quedé sentada en la silla, perpleja. Sorprendentemente, parecía que estaba haciendo avances con ella. A lo mejor lograba salirme con la mía.

Llena de renovada determinación, salí deprisa de la sala siguiendo a los demás. Ese día tenía un trabajo que hacer.

«Una heroína no puede escoger sus propios desafíos. Recuerda eso.»

Al llegar a la intersección cerca de la sala de máquinas, respiré hondo y me acerqué al guardia que había apostado allí.

M-Bot estaba convencido de que podíamos construir un dron espía y programarlo, pero cuando lo llevara a la nave, podría costarme unos minutos configurarlo. Eso no podía hacerlo muy bien con los otros miembros de mi escuadrón a mi alrededor. La opción más sencilla parecía ser la mejor.

—Tengo que ir al servicio —dije a la guardia que vigilaba el pasillo que llevaba a Ingeniería. Era una krell, hembra a juzgar por las formaciones de caparazón visibles a lo largo del exterior del pequeño crustáceo que controlaba la armadura.

—Entendido —respondió ella—. Solicitaré un dron.

La seguridad era estricta en la Pesos y Medidas. Aunque podíamos caminar solos entre los hangares de vuelo y nuestra sala de salto, si queríamos ir a cualquier otro lugar, incluso si se nos convocaba a una reunión con el personal de mando, era obligatorio que nos acompañara un atento dron remoto, dirigido por algún miembro del equipo de seguridad.

La guardia, claro está, no abandonó su puesto. Detrás de mí, Hesho, Kauri y varios otros kitsen se quedaron esperando hasta que les indiqué que siguieran. Luego miré a la espalda de la guardia, pasillo abajo. ¿Existiría alguna forma de sacarle información a la vigilante mientras esperaba?

—Oye —dije—, ¿qué hay que hacer para entrar en la infantería?

—Mi puesto no es para especies inferiores, piloto de cazas estelares — replicó la guardia, moviendo el guantelete de su armadura en varios gestos complejos—. Da gracias de que se te conceda el privilegio de entrenar como estás haciendo.

—Pero ¿cómo es el trabajo? —pregunté—. Estás a todas horas de pie en esta esquina. ¿Al menos te dejan ir a otros sitios? No sé, quizá a… hummm…

—Esta conversación ha terminado —dijo ella.

Tirda, esa parte del espionaje se me daba fatal. Apreté los dientes, frustrada por mi propia incapacidad, hasta que llegó un dron para acompañarme al servicio. Nuestros cazas, por supuesto, tenían sistemas de recolección de residuos que se conectaban a nuestros trajes de vuelo: al fin y al cabo, pasábamos horas y más horas allí fuera. Hasta el momento, no había necesitado utilizar los aseos de la Pesos y Medidas.

Mi corazón dio un saltito de emoción cuando el dron me llevó al otro lado de la vigilante, hacia la sala de máquinas. Por desgracia, solo recorrimos una distancia corta antes de girar a la derecha por otro pasillo que tenía varios letreros de servicios en la pared. Al igual que otros aseos que había visto, aquellos estaban organizados según especies. El dron me llevó al que utilizaban les diones, ya que teníamos una biología lo bastante similar.

El dron entró conmigo al servicio, pero no en el compartimento, lo cual era bueno. Me di un toque en la muñeca para iniciar un cronómetro en mi brazalete holográfico que nos diera una estimación aproximada del tiempo que me costaría aquello en circunstancias normales y entré en el compartimento, solté la mochila y me puse a hacer lo mío. Quienquiera que estuviese manejando el dron no dijo nada, aunque mientras me lavaba las manos oí que charlaba distraído con algún colega por el altavoz que se había dejado activado. Por tanto, quizá no prestaría nunca demasiada atención a aquellos asuntos.

El dron me llevó de vuelta al pasillo, donde me sorprendió encontrar a Hesho todavía esperándome, aunque su tripulación había seguido adelante a excepción de Kauri y sus sirvientes, que volaban en el disco con él. Me acompañó flotando a la altura de mi cabeza mientras seguíamos hacia los hangares de lanzaderas.

—¿Va todo bien, capitana? —me preguntó.

—Sí, es que tenía que ir al servicio.

—Ah. —Hesho dejó de hablar y miró hacia atrás mientras seguía volando —. Veo que te han llevado por el pasillo que da a la sala de máquinas.

—El aseo más cercano está a la derecha nada más entrar.

—No habrás podido echar un vistazo en la sala de máquinas en sí, ¿verdad? ¿Por un casual?

—No, no he llegado tan lejos.

—Qué pena. —Continuó flotando—. He… oído que tienes una nave propia capaz de hipersaltar. Es solo un rumor, en realidad. No es que tengas ninguna obligación de revelarnos nada al respecto, claro.

Lo miré mientras volaba junto a mí, intentando hablar con fingida despreocupación. Entonces me descubrí sonriendo. Hesho intentaba averiguar si yo sabía algo sobre los hipermotores de la Supremacía, pero aquello no se le daba ni una pizca mejor que a mí. Sentí una punzada de afecto por el pequeño dictador peludo.

—No sé cómo funcionan sus hipermotores, Hesho —dije en voz baja mientras entrábamos en el hangar de lanzaderas—. Soy citónica. Puedo teleportar mi nave si es necesario, pero hacerlo es peligroso. Uno de los motivos por los que he venido es para que mi pueblo obtenga acceso a la tecnología más segura de la Supremacía.

Hesho meditó sobre aquello y cruzó la mirada con Kauri.

El hangar de recogida era un hervidero de actividad, de pilotos subiendo a lanzaderas que los llevarían a sus respectivos hogares en Visión Estelar. Los demás kitsen ya estaban abordando una lanzadera, pero Hesho, tras un momento de reflexión, hizo un gesto a Kauri para que acercara su plataforma a mi cabeza.

—Eres caminante de la sombra —dijo—. No lo sabía.

—No es algo que esté cómoda revelando —respondí—. Tampoco es que me moleste que lo sepas. Solo es… raro.

—Si esto no sale bien —dijo Hesho en voz muy baja, con un gesto hacia el hangar—, si algo va mal, visita a mi pueblo. Ha pasado mucho tiempo desde que había caminantes de la sombra entre nosotros, pero algunas de sus tradiciones figuran en nuestros registros. Quizá… quizá tu gente y la mía puedan descifrar la tecnología de la Supremacía.

—Lo recordaré —dije—. Pero aún confío en que esto salga bien, O quizá podré descubrir…

Me interrumpí.

«¡Serás imbécil! ¿Qué ibas a hacer? ¿Decirle a las claras, en pleno hangar enemigo, que estás intentando descubrir cómo robarles su tecnología?»

Sin embargo, Hesho pareció entender.

—Mi pueblo —dijo sin levantar la voz— intentó robar tecnología de la Supremacía una vez. Eso fue hace décadas, y es la… razón tácita de que nos retiraran la condición de ciudadanos durante una temporada.

Se me trabó el aliento y no pude evitar preguntarle:

—¿Funcionó?

—No —respondió Hesho—. Entonces reinaba mi abuela, y coordinó el robo de tres naves distintas de la Supremacía, todas ellas con hipermotores, al mismo tiempo. Y las tres, después de llevárnoslas, dejaron de funcionar. Cuando mi gente miró en el sitio donde habían estado los hipermotores, encontraron solo cajas vacías.

«Como en M-Bot», pensé.

—Los hipermotores de la Supremacía —intervino Kauri— se teleportan al ser robados, se arrancan a sí mismos de las naves y las dejan abandonadas. Es una de las razones por las que, pese al paso de los siglos, esa tecnología sigue contenida a todos los efectos.

Hesho asintió.

—Esa verdad la descubrimos por las malas.

—Es raro —dije—. Muy raro.

«Otro obstáculo que superar.»

—He llegado a la conclusión de que la mejor manera de ayudar a mi pueblo es cumplir las normas de la Supremacía —dijo Hesho—. Pero… ten en mente mi oferta. Me da la impresión de que nos están utilizando para algo en este proyecto. No confío en Winzik ni en su departamento. Si vuelves con tu gente, hazles saber de la mía. Compartimos un vínculo, capitana Alanik: padecimos la opresión humana en el pasado y somos juguetes en manos de la Supremacía en el presente. Podríamos ser aliados.

—Eh… te lo agradezco —dije—. Puedes considerarme una aliada, Hesho. Pase lo que pase.

—Compartiremos nuestro destino, entonces. Como iguales. —Sonrió enseñando los dientes—. Excepto cuando nos enfrentemos a los humanos en batalla. ¡Entonces seré yo quien dispare al primero!

Torcí el gesto.

—¡Ja! Me lo tomo como una promesa. Cuídate, capitana Alanik. Superaremos juntos estos tiempos tan extraños.

Kauri se lo llevó volando, y tirda, me encontré deseando con todo mi corazón ser Alanik de verdad. A lo mejor podríamos lograr algo juntos, combinando el conocimiento de la gente de Hesho con las habilidades bélicas de la mía. Solo que mi gente eran los humanos. Precisamente lo que le daba tanto miedo que lo había llevado a obedecer los estrictos mandatos de la Supremacía.

De repente me sentí expuesta, habiendo hablado así con Hesho. Sí, los muelles eran un ajetreo, pero nuestra conversación había rayado en la traición a la Supremacía. ¿No habría sido justo lo que me merecía, ocultar que era humana pero aun así terminar detenida como Alanik? Un momento, ¿a qué olía el aire? Grasa. Líquido limpiador estéril. Nada sospechoso.

De verdad tenía que empezar a husmear por si Vapor andaba cerca antes de emprender cualquier actividad sospechosa.

En esa ocasión tuve una lanzadera para mí sola, que voló sobre los amarraderos hacia la ciudad mientras yo me preparaba para que desapareciera la música de las estrellas. Incluso esperándolo, tuve una sensación de pérdida cuando ocurrió.

«Minimizan la comunicación inalámbrica, pero aun así tiene lugar. Necesitan que exista.» Eso podía comprenderlo. Tenían que equilibrar el miedo a los zapadores con la necesidad de toda sociedad de comunicarse.

Mientras pensaba en eso, reparé en otra cosa. Los manifestantes. Ya no estaban. Me había acostumbrado a ver al grupo allí fuera, en el límite de la ciudad, sosteniendo pancartas y reclamando derechos para las especies inferiores. Pero la zona estaba despejada, aunque algunes diones con ropa a rayas marrones estaban limpiando los desperdicios que habían dejado atrás los manifestantes.

—¿Qué ha pasado con las protestas? —pregunté a M-Bot con un susurro.

—Han llegado a un acuerdo con el gobierno —dijo él—. Indemnizaciones para las familias de los fallecidos en la prueba y la promesa de establecer más protocolos de seguridad para las pruebas similares que tengan lugar en el futuro.

Me pareció un final decepcionante para las protestas. Un final burocrático, en el que nada iba a cambiar de verdad. Pero ¿qué otra cosa había esperado? ¿Disturbios en las calles?

Suspiré y miré por el parabrisas trasero de la lanzadera, con los ojos fijos en ese lugar y en les diones que trabajaban, hasta que se perdieron de vista.