Estelar

Mary Shelley · Capítulo 4 de 49

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Estelar

Capítulo 4

 

 

J orgen y yo seguimos a Kimmalyn hasta la sala que todo el mundo llamaba la biblioteca, aunque no tuviera libros. Allí, el Cuerpo de Ingeniería había estado trabajando sin descanso en las viejas bases de datos. Habían arrancado varios paneles de las paredes para dejar al descubierto las redes de cables que recorrían su interior como tendones. Aunque buena parte de aquella plataforma se había activado sin apenas contratiempos, seguíamos sin poder acceder a varios sistemas informáticos.

Kimmalyn nos llevó con un grupo de ingenieros vestidos con monos del equipo de tierra que bisbiseaban y charlaban con emoción en torno a un gran monitor que habían instalado. Miré alrededor buscando al resto de mi escuadrón, pero no los vi. Allí solo estábamos Jorgen, Kimmalyn, yo y algunos oficiales del personal del almirante. Tiré de mi grueso traje de vuelo, que aún estaba empapado de sudor por la batalla.

—Ojalá me hubiera cambiado —murmuré a Jorgen.

—¡Podría crearte el holograma de un traje nuevo! —propuso M-Bot—. Sería…

—¿Y en qué cambiaría eso que estoy toda sudada? —le pregunté. En serio, desde que habíamos puesto en marcha el brazalete remoto y el sistema holográfico, M-Bot solo hacía que buscar cualquier excusa para lucirse.

Pero al oír mi voz, alguien del grupo de ingenieros levantó la cabeza. Se volvió y sonrió al vernos.

Rodge era larguirucho y pálido, con una maraña de pelo rojizo. En los últimos tiempos sonreía más que cuando éramos pequeños. De hecho, no me quitaba de encima la impresión de haberme perdido algo, de que, de algún modo, durante el tiempo en que estuvimos reparando juntos a M-Bot, alguien se había llevado a mi nervioso amigo y lo había reemplazado con aquella persona confiada.

Yo estaba orgullosa de él, sobre todo cuando reparé en que había vuelto a ponerse su insignia de cadete, la que Cobb había ordenado que esmaltaran en rojo para él, un nuevo símbolo de reconocimiento reservado para miembros sobresalientes del personal de tierra o ingeniería.

Rodge se acercó a nosotros con brío y habló en voz baja.

—Qué bien que Kimmalyn os haya encontrado. Esto vais a querer verlo.

—¿Qué es? —preguntó Jorgen, estirando el cuello para ver el monitor.

—Los últimos registros de la estación —susurró Rodge—. Los últimos diarios en vídeo de antes de que cerraran este sitio. Los interrumpieron a media grabación y el proceso de cifrado no pudo terminar de ejecutarse antes de que el vídeo se archivara. Es el primer buen cacho de datos que hemos podido recuperar. —Echó una mirada hacia atrás—. La comandante Ulan ha insistido en que esperemos a Cobb antes de reproducirlo, pero he pensado que nadie protestaría si la Heroína de Alta Segunda también quería verlo.

En efecto, mi llegada había llamado la atención. Un par de ingenieros intercambiaron codazos y me señalaron con la barbilla.

—¿Sabes, Peonza? —dijo Kimmalyn a mi lado—. Puede ser bastante conveniente andar por ahí contigo. La gente se fija tanto en ti que los demás podemos hacer lo que nos venga en gana.

—¿Y qué puede venirte a ti en gana? —preguntó Jorgen—. ¿Dar un sorbito de más al té?

Como Jorgen seguía intentando llegar a ver el monitor, no se fijó en el gesto sorprendentemente grosero que le hizo Kimmalyn. Me la quedé mirando boquiabierta. ¿De verdad acababa de hacer eso?

Kimmalyn me lanzó una sonrisa traviesa, que tapó enseguida con la mano. Esa chica… Justo cuando creía que la tenía calada del todo, iba y hacía algo como eso, seguro que a propósito para escandalizarme.

La conversación se interrumpió cuando se abrió la puerta y entró Cobb. Se había dejado crecer una barbita corta blanca y seguía cojeando por su vieja herida, pero se negaba a llevar bastón salvo en las ocasiones más formales. Traía una humeante taza de café en una mano y llevaba puesto el inmaculado uniforme blanco del almirante de la flota de la Fuerza de Defensa Desafiante, la parte derecha del pecho engalanada con cintas que denotaban sus méritos y su graduación.

Había ocupado de mala gana el puesto después de que Férrea, con idéntica mala gana, se jubilara. Obedeciendo a según qué criterios, Cobb era el ser humano vivo más importante que existía. Y sin embargo, aún seguía siendo… bueno, Cobb.

—¿Qué me han dicho de no sé qué registro? —exigió saber—. ¿Qué hay en ese condenado trasto?

—¡Señor! —exclamó la comandante Ulan, una mujer alta de ascendencia yeongiana—. Todavía no lo sabemos. Queríamos esperarle.

—¿Qué? —dijo Cobb—. Pero ¿sabéis lo despacio que camino? La dichosa estación podría hacer tres rotaciones de turno en el tiempo que me cuesta recorrer el maldito armatoste.

—Hummm. Señor. Creíamos que… O sea, nadie cree que su pierna lo haga lento… esto… no muy lento, quiero decir…

—No me haga la pelota, comandante —espetó él.

—Solo queríamos guardarle respeto.

—Tampoco me guarde respeto —gruñó él, y dio un sorbo al café—. Me hace sentir viejo.

Ulan soltó una risita forzada a la que Cobb frunció el ceño, poniendo a Ulan incluso más incómoda a ojos vistas. Empaticé con ella. Aprender a tratar con Cobb era una habilidad tan especializada como llevar a cabo un bucle Ahlstrom triple con salto a cola inverso.

Los técnicos abrieron paso a Cobb, así que Kimmalyn y yo aprovechamos para acercarnos más a la pantalla. Jorgen se quedó atrás, de pie con las manos sujetas a la espalda y dejando que los oficiales de mayor graduación ocuparan las posiciones más próximas. A veces ese chico podía ser demasiado cumplidor. Casi hacía que una se sintiera mal por utilizar su fama para conseguir un buen sitio.

Cobb me lanzó una mirada.

—He oído que vuelves a hacer de las tuyas, teniente —dijo en voz baja mientras un técnico de los más expertos trasteaba con los archivos.

—Esto… —dije.

—¡Ya lo creo que sí! —exclamó la voz de M-Bot desde mi muñeca—. Acaba de decirle a Jorgen que está intentando a propósito…

Pulsé el botón de silenciar. Luego, por si acaso, apagué también su proyector holográfico. Me sonrojé y miré a Cobb.

El almirante dio un sorbo al café.

—Hablaremos después. No quiero enfurecer a tu abuela haciendo que te maten. Me cocinó un pastel la semana pasada.

—Hummm, sí, señor.

La pantalla se emborronó un momento y entonces se abrió el vídeo, que mostraba una imagen de aquella misma sala pero sin las paredes despedazadas. Había un grupo de personas ajetreadas ante sus monitores, vestidas con uniformes desconocidos. Se me trabó el aliento. Eran seres humanos.

Siempre habíamos sabido que así sería. Aunque habíamos encontrado Detritus deshabitado, gran parte de la maquinaria estaba inscrita con idiomas de la antigua Tierra. Aun así, era perturbador estar mirando a aquella gente misteriosa hacia atrás en el tiempo. El planeta y aquellas plataformas debían de haber estado habitados por millones y millones de ellos, si no miles de millones. ¿Cómo habían desaparecido todos?

Parecían estar hablando, y de hecho los veía agitados, afanándose de un lado a otro de la sala. Fijándome más, parecía que varios de ellos chillaban, pero el vídeo no tenía sonido. Un hombre de pelo rubio se sentó en el asiento que había enfrente de nuestro mismo monitor y su cara llenó la pantalla. Empezó a hablar.

—¡Perdón, señor! —dijo un técnico que estaba cerca de mí—. Estamos trabajando en el audio. Un segundo.

De pronto salió sonido de la pantalla. Gente gritando, una docena de voces superpuestas.

—… hacer este Informe —dijo el hombre de la pantalla, hablando en inglés con mucho acento—. Tenemos pruebas iniciales de que los citoescudos del planeta, en contra de lo que llevamos mucho tiempo suponiendo, son insuficientes. El zapador ha escuchado nuestras comunicaciones y las ha seguido hasta nosotros. Repito, el zapador ha regresado a nuestra estación y…

Dejó la frase inconclusa y miró hacia atrás. La sala estaba sumida en una enorme confusión, con algunas personas perdiendo el juicio y cayendo al suelo histéricas y otras gritándose entre ellas.

El hombre de nuestra pantalla empezó a teclear.

—Tenemos vídeo de una plataforma del perímetro —dijo—, la número 1.132. Pincho ese punto de vista.

Me incliné hacia delante mientras la grabación cambiaba a un campo de estrellas, la visión de una cámara situada en el caparazón exterior, enfocada al espacio. Alcancé a ver la curvatura de la plataforma en la parte inferior de la pantalla.

La gente de la grabación se calló. ¿Estaban viendo algo en aquella negrura salpicada de estrellas que a mí se me escapaba? ¿Sería…?

Estaban apareciendo más estrellas.

Cobraron existencia como agujeritos en la realidad. Eran centén… miles de ellas, demasiado brillantes para ser estrellas de verdad. De hecho, se movían en el cielo, acumulándose, congregándose. Incluso a través del monitor, incluso a una distancia gigantesca tanto en el tiempo como en el espacio, yo podía sentir su malignidad.

Aquello no eran estrellas. Eran los ojos.

Se me atenazaron los pulmones. El corazón empezó a aporrearme en el pecho. Siguieron apareciendo más y más luces, que me observaban por medio de la pantalla. Me conocían. Podían verme.

Empecé a entrar en pánico. Pero a mi lado, Cobb siguió dando sorbos tranquilos al café. Por algún motivo, su actitud calmada me ayudó a combatir la ansiedad.

«Esto ocurrió hace mucho tiempo —me recordé a mí misma—. Ahora no corro peligro.»

Las luces de la pantalla empezaron a emborronarse. Era polvo, comprendí. Apareció una nube de polvo que parecía filtrarse a través de pinchazos en la realidad. El polvo brillaba con una luz blanca y se expandía a una velocidad increíble. Entonces llegó algo siguiéndolo, una forma circular que emergió como de la nada en el centro de la nube.

Era difícil distinguir algo más que la sombra de esa cosa. Al principio mi mente se negó a aceptar la impresionante escala que tenía. La cosa que había aparecido, la negrura en el interior del polvo refulgente, hacía que la enorme plataforma pareciera diminuta. Tiiirda. Fuera lo que fuese, tenía el tamaño de un planeta.

—Tengo… confirmación visual de un zapador —dijo el hombre que estaba grabando el vídeo—. Madre de todos los santos, está aquí. El proyecto de citoescudo es un fracaso. El zapador ha dado media vuelta y… y ha venido a por nosotros.

La masa negra giró hacia el planeta. ¿Eso que entreveía en las sombras eran brazos? No, ¿podían ser espinas? Su forma parecía diseñada con el objetivo consciente de frustrar la mente mientras yo intentaba, contra todo pronóstico, encontrar algún sentido a lo que estaba viendo. Al poco tiempo, la negrura se volvió absoluta. La cámara se apagó.

Creí que el vídeo habría terminado, pero entonces aparecieron de nuevo la biblioteca y el hombre sentado ante su mesa. Casi todos los demás monitores estaban abandonados, exceptuando los del hombre y una mujer. Oí gritos procedentes de algún otro lugar en la plataforma mientras el hombre, tembloroso, se levantaba y daba un golpe al monitor que había estado usando, haciendo girar la cámara.

—¡Signos vitales desapareciendo en los anillos defensivos exteriores! — gritó la mujer. Se levantó de su silla—. Plataformas entrando en modo de reposo. ¡El Alto Mando nos ha ordenado activar el modo autónomo!

Visiblemente alterado, el hombre volvió a sentarse. Vimos a través de una cámara torcida cómo tecleaba con energía. La mujer que quedaba en la sala se apartó de su mesa y luego alzó la mirada al techo cuando un sonido grave retumbó por toda la plataforma.

—Defensas autónomas activadas —musitó el hombre, todavía tecleando —. Las naves de huida están cayendo. Por los santos…

La sala se sacudió de nuevo y las luces flaquearon.

—¡El planeta nos dispara! —chilló la mujer—. ¡Nuestra propia gente nos está disparando!

—No nos disparan a nosotros —explicó el hombre, tecleando como en trance—. Disparan al zapador mientras este envuelve el planeta. Lo que pasa es que estamos en medio. Tenemos que asegurarnos de que la no-vía esté cerrada. No puedo acceder a ella desde aquí, pero a lo mejor…

Siguió murmurando, pero a mí me llamó la atención otra cosa. Había unas luces acumulándose en la pantalla, al fondo de la sala. Estaban desgarrando la realidad, haciendo que la pared pareciera estirarse, transformarse en un campo estelar infinito penetrado por puntitos intensos, llenos de odio.

Los ojos habían llegado. La mujer de la sala aulló y… desapareció. Pareció retorcerse sobre sí misma y luego encogerse, aplastada por alguna fuerza invisible. El hombre que quedaba, el que había hablado, siguió tecleando con frenesí en su puesto, con los ojos desorbitados. Un loco trabajando a destajo como si tecleara su testamento. Aunque su rostro dominaba la pantalla, se entreveía la oscuridad concentrándose detrás de él.

Iluminada por estrellas que no eran estrellas.

El infinito cuajando.

Una forma emergió de la negrura.

Y era idéntica a mí.