Estelar

Mary Shelley · Capítulo 2 de 49

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Estelar

Capítulo 2

 

 

S e me aceleró el corazón por la emoción. Un as enemigo. Combatir contra drones era apasionante, sí, pero también le faltaba algo. No era lo bastante personal. En cambio, un duelo contra un as daba la misma sensación que los cuentos de la yaya. Valientes pilotos enfrentándose adustos en la antigua Tierra durante los días de las Grandes Guerras. Persona contra persona.

—Te cantaré —susurré—. Mientras su nave arde y tu alma vuela, cantaré. En honor del combate que hemos librado.

Muy teatral, sí. Mis amigos aún solían reírse de mí cuando decía cosas como esa, cosas como las que se declamaban en las viejas historias. Ya casi nunca lo hacía. Pero seguía siendo yo, y esas cosas no las decía para mis amigos. Las decía para mí misma.

Y para el enemigo al que estaba a punto de matar.

El as se abalanzó hacia mí, disparando sus destructores en un intento de alcanzarme mientras estaba concentrada en los drones. Sonreí, descendí para apartarme y clavé mi lanza de luz en un pedazo de escombro espacial. Hacerlo me permitió pívotar deprisa, a la vez que situaba el escombro detrás de mí para bloquear los disparos. Los ConGravs de M-Bot absorbieron la mayoría de la aceleración, pero aun así noté un tirón hacia abajo al recorrer el arco mientras el fuego de destructor impactaba en el escombro y un disparo me pasaba muy cerca. Tirda. Aún no había tenido ocasión de reactivar mi escudo.

—Este podría ser buen momento para regresar y llevar las naves enemigas hacia los otros —sugirió M-Bot—, tal y como decía el plan…

En vez de eso, reparé en que los disparos del as enemigo pasaban de largo, di media vuelta y me lancé en su persecución.

—Frase dramáticamente dejada en el aire —añadió M-Bot—, cargada de implicaciones sobre tu personalidad irresponsable.

Disparé al as, que rotó sobre su eje perpendicular mientras desactivaba sus propulsores. El impulso lo siguió llevando hacia delante aunque hubiera dado la vuelta y estuviera encarado hacia mí. No podría dirigir bien la nave volando al revés, por lo que la maniobra solía ser arriesgada, pero si tenía el escudo cargado al completo y su enemigo carecía de él…

Me vi obligada a interrumpir la persecución con un impulso a la izquierda para esquivar el fuego de destructor. No podía exponerme aun enfrentamiento cara a cara, de modo que me concentré un momento en los drones, hice estallar uno y atravesé a toda velocidad sus restos, que rasparon el ala de M-Bot y le golpearon la cubierta de la cabina con un fuerte crujido.

Ay, cierto, no tenía escudo. Y en el espacio los escombros no caían después de destruir una nave. Había sido un error de principiante, un recordatorio de que, a pesar de todo mi entrenamiento, seguía siendo una novata en el combate en gravedad cero.

El as se puso a mi cola con una experta maniobra de persecución. Volaba bien, lo cual, por una parte, era emocionante. Por otra…

Traté de virar de nuevo hacia la batalla, pero los drones se acumularon delante de mí para impedirme el paso. Quizá la situación estuviera empezando a superarme un poco.

—Llama a Jorgen —dije— y explícale que a lo mejor me he dejado acorralar. No puedo llevar al enemigo hasta nuestra emboscada, así que pregunta si él y los demás estarían dispuestos a venir a ayudarme.

—Ya era hora —replicó M-Bot.

Esquivé un poco más, estudiando el curso del as enemigo en mi monitor de proximidad. Tirda. Ojalá pudiera oírlo igual que oía a los drones.

«No, es mejor así —pensé—. Tengo que ir con cuidado de impedir que mi don se convierta en una debilidad.»

Apreté los dientes y tomé una decisión instantánea. No podía regresar a la batalla principal, así que descendí hacia Detritus. Los caparazones defensivos que rodeaban el planeta no eran continuos, sino que estaban compuestos de inmensas plataformas que habían albergado dormitorios, astilleros y armas. Aunque habíamos empezado a recuperar las plataformas más cercanas al planeta, aquellas capas exteriores seguían configuradas para disparar automáticamente a cualquier cosa que se les aproximara.

Sobrecargué el propulsor y aceleré a una velocidad que, en la atmósfera, habría hecho que casi cualquier caza estelar se sacudiera o incluso se desintegrara en pedazos. Allí arriba solo sentí la aceleración, no la velocidad.

Llegué enseguida a la plataforma espacial más próxima. Era larga, fina y un poco curvada, como un trozo de cáscara rota de huevo. Los drones que quedaban y el as enemigo seguían a mi cola. A esas velocidades, el combate de cazas era mucho más peligroso. Mi tiempo de reacción antes de estrellarme contra algo se reduciría mucho, y el más leve toque en la esfera de control me haría desviarme más deprisa de lo que quizá pudiera controlar.

—¿Spensa? —dijo M-Bot.

—Sé lo que hago —murmuré, concentrándome.

—Sí, seguro —respondió M-Bot—, pero… por si acaso… recuerdas que todavía no controlamos estas plataformas exteriores, ¿verdad?

Concentré toda mi atención en pasar cerca de la superficie metálica de la plataforma sin chocar contra nada. Las baterías de armamento que había allí empezaron a seguir mis movimientos y disparar, pero también empezaron a disparar a los enemigos.

Me dediqué a esquivar. O, mejor dicho, a hacer culebreos erráticos. Podía volar mejor que los drones en términos de pericia cruda, pero me superaban en número. Allí abajo, cerca de la plataforma, eso suponía una desventaja para mis enemigos porque, a ojos de los cañones, todos éramos objetivos.

Varios drones me iluminaron al explotar, pero casi al instante se extinguió el brillo, las llamas ahogadas por el vacío del espacio.

—Me pregunto si esas armas se sienten satisfechas al poder disparar a algo por fin, después de tantos años aquí arriba—dijo M-Bot.

—¿Celoso? —pregunté con un gruñido, esquivando.

—Por lo que dice Rodge, no tienen verdaderas inteligencias artificiales, sino meras funciones de puntería. Por tanto, eso sería como si tú sintieras celos de una rata.

Cayó otro dron. «Solo un poco más.» Quería igualar un poco las tomas mientras esperaba a que llegaran mis amigos.

Me sumergí en un nuevo trance mientras volaba. No podía oír los controles de los puestos de armamento, pero en momentos como aquel, en momentos de pura concentración, me sentía como si estuviera fusionándome con mi nave.

Sentí otra vez la atención de los ojos puesta en mí. Me atronó el corazón en el pecho. Con aquellos cañones apuntándome… con mis perseguidores dándome caza sin dejar de disparar…

«Un poco más…»

Mi mente se hundió y tuve la impresión de alcanzar a sentir las mismas entrañas de M-Bot. Corría un grave peligro. Tenía que escapar.

Seguro que en ese momento podría hacerlo.

—¡Activa el hipermotor citónico! —exclamé, e intenté hacer lo que había hecho aquella vez para teleportar mi nave.

—Hipermotor citónico no operativo —dijo M-Bot.

Tirda. La única vez que había funcionado, M-Bot había podido decirme que estaba operativo. Lo intenté de nuevo, pero… ni siquiera sabía qué era lo que había hecho aquella vez. Había estado en peligro, a punto de morir. Y entonces… había hecho…

¿Algo?

El disparo de un cañón cercano estuvo a punto de cegarme y, mientras me rechinaban los dientes, ascendí y me alejé del alcance de las armas defensivas. El as había sobrevivido, pero se había llevado un impacto o dos, así que tal vez su escudo estuviera debilitado. Además, ya solo quedaban tres drones.

Apagué el propulsor e hice rodar la nave sobre su eje, de forma que seguí moviéndome hacia delante pero encarada hacia atrás, una maniobra que indicaba que me disponía a disparar a algo que viniera siguiéndome. Y en efecto, el as se apartó de inmediato. No era tan valiente con su escudo debilitado. En vez de disparar, me propulsé hacia el as, escapando de los drones, que se arremolinaron hacia mi anterior posición.

Me situé a la cola del as e intenté acercarme lo suficiente para disparar, pero, quienquiera que fuese, pilotaba de maravilla. Inició una compleja serie de esquivas sin dejar de incrementar su velocidad en ningún momento. Calculé mal un viraje y de pronto estaba alejándome de la nave enemiga. Me recuperé enseguida, imité su siguiente escora y descargué una ráfaga de fuego de destructor, pero estaba a demasiada distancia y los disparos pasaron de largo y se desvanecieron en el espacio.

M-Bot iba leyéndome velocidades y ángulos para que no tuviera que desconcentrarme ni siquiera durante la fracción de segundo que requeriría echar un vistazo al panel de control. Me incliné hacia delante, intentando seguir uno por uno los virajes del otro caza estelar, escorándome, rodando y propulsándome. Buscando ese momento crítico en el que quedaríamos alineados el tiempo suficiente para que pudiera dispararle.

Por su parte, mi enemigo podía voltearse en cualquier momento y devolverme el fuego, de modo que con toda seguridad estaba esperando lo mismo que yo, confiando en pillarme desprevenida durante un momento de alineación.

Qué concentración tan perfecta. Qué intensidad tan bullente. Qué momento de conexión tan extravagante en el que el piloto alienígena reflejaba mis intenciones, esforzándose, en tensión, sudando, aproximándonos cada vez más y más en una competición que resultaba paradójicamente íntima. Durante un instante, seríamos como un solo ser. Y entonces lo mataría.

Yo vivía para desafíos como aquel. Para luchar contra alguien de verdad y saber que era él o yo. En momentos como ese, no estaba combatiendo por la FDD ni por la humanidad. Combatía para demostrar que podía.

Viró a la izquierda a la vez que yo. Se volteó y quedó de cara a mí mientras nos alineábamos por un breve instante, y ambos disparamos una ráfaga al otro.

Sus disparos fallaron. Los míos no. El primer impacto acabó con su escudo debilitado. El segundo le dio justo a la izquierda de su cabina y destrozó la nave con forma de disco en un fogonazo de luz.

El vacío consumió hambriento la explosión y yo viré a la derecha para esquivar los escombros. Respiré hondo varias veces, procurando ralentizar mi corazón. El sudor empapaba las almohadillas de mi casco y me caía por los lados de la cara.

—¡Spensa! —gritó M-Bot—. ¡Los drones!

Tirda.

Giré mi nave y me propulsé a un lado al mismo tiempo que tres cegadoras explosiones iluminaban la cabina. Hice una mueca, pero las luces no eran el resultado de que me hubieran disparado, sino las de los drones estallando uno tras otro. Dos naves de la FDD pasaron raudas junto a mí.

—Gracias, chicos —dije después de pulsar el canal de grupo en el panel de comunicaciones de mi cuadro de mandos.

—No hay de qué —respondió Kimmalyn por el canal—. Como decía siempre la Santa: «Ten cuidado con los listos, porque tienden a ser idiotas».

Hablaba con acento y sin prisas, lo cual de algún modo confería a su voz un perenne tono optimista, incluso cuando me regañaba.

—Pensaba que la idea era que distrajeras a los drones —dijo FM— y luego los trajeras de vuelta hacia nosotros. —Tenía una voz confiada, que sonaba como si debiera proceder de alguien con el doble de su edad.

—Tenía planeado hacerlo en algún momento.

—Ya —dijo FM—. Y por eso tenías apagado el comunicador para que Jorgen no pudiera gritarte, ¿verdad?

—No estaba apagado —objeté—. Solo tenía a M-Bot entreteniéndolo.

—¡A Jorgen no le gusta nada hablar conmigo! —exclamó M-Bot, entusiasta—. ¡Lo noto por la forma en que me lo dice!

—Bueno, en fin, el enemigo se retira —dijo FM—. Y tú tienes suerte de que ya estuviéramos de camino para ayudarte, incluso antes de que te decidieras a reconocer que tenías problemas.

Yo seguía hecha un pequeño desastre sudoroso, con el corazón acelerado y las manos húmedas, mientras reactivaba mi escudo y hacía virar la nave para volar hacia las otras dos. El rumbo me llevó junto a los restos de la nave a la que había derrotado, que seguía moviéndose más o menos a la misma velocidad que llevaba cuando le había disparado. Era lo que tenía el espacio.

La nave se había partido en pedazos en lugar de estallar del todo, por lo que, con un escalofrío, pude distinguir el cadáver del as enemigo. Era una figura alienígena corpulenta y achaparrada. Quizá la armadura que llevaba pudiera protegerla del vacío y…

No. Al pasar a su lado, vi que la explosión había destrozado también la armadura. La criatura que había en su interior se parecía un poco a un pequeño cangrejo bípedo, larguirucho y de un brillante color azul, con caparazón a lo largo del abdomen y la cara. Ya había visto a algunos como aquel pilotando lanzaderas cerca de su estación espacial, que estaba más alejada y vigilaba Detritus desde la distancia. Eran nuestros carceleros y, aunque los datos que habíamos robado llamaban a su especie los varvax, la mayoría de nosotros seguíamos llamándolos krells aunque supiéramos que esa palabra era un acrónimo en algún idioma de la Supremacía de una frase hecha sobre mantener contenidos a los humanos, no el verdadero nombre de su especie.

Aquel estaba muerto de verdad. El baño líquido que había llenado su armadura se había derramado en el vacío, al principio hirviendo con violencia y luego congelado en vapor sólido. El espacio era raro.

Fijé la mirada en el cadáver, ralenticé a M-Bot y tarareé en voz baja una de las canciones de mis antepasados. Un canto fúnebre vikingo.

«Bien luchado», pensé dirigiéndome al alma saliente del krell. Cerca de nosotras, algunas de nuestras naves de rescate empezaron a llegar desde donde habían presenciado la batalla en relativa seguridad, más cerca del planeta. Siempre recuperábamos las naves krells, sobre todo las que habían estado pilotadas por seres vivos. Era posible que así termináramos capturando un hipermotor roto de la Supremacía. Sus naves no se desplazaban utilizando las mentes de los pilotos. Tenían alguna especie de tecnología real que les permitía viajar entre las estrellas.

—¿Peonza? —me llamó Kimmalyn—. ¿Vienes?

—Sí —respondí. Me volví y alineé mi nave con las de Kimmalyn y FM —. M-Bot, ¿qué habilidad para el vuelo dirías que tenía ese piloto?

—Similar a la tuya —dijo M-Bot—. Y su nave era más avanzada que cualquier otra a la que nos hayamos enfrentado. Te seré sincero, más que nada porque estoy programado para ser incapaz de mentir: creo que ese combate podría haber terminado de manera muy distinta.

Asentí, más o menos con esa misma sensación. Había estado muy igualada a aquel as. Por una parte, era bonito confirmar que mi destreza no dependía solo de mis capacidades para alcanzar la ninguna-parte. Sin embargo, ya del todo fuera del trance y con aquella rara sensación de propósito desinflado que siempre seguía a una batalla, me descubrí presa de una extraña preocupación. En todo el tiempo que llevábamos luchando allí, solo habíamos visto un puñado de aquellas naves negras pilotadas por seres vivos.

Si los krells de verdad querían aniquilarnos, ¿por qué enviaban a tan pocos ases? Eso, y además… ¿de verdad aquello era lo mejor que tenían? Yo era buena, pero llevaba volando menos de un año. Nuestra información robada señalaba que nuestros enemigos dirigían una enorme coalición galáctica de centenares de planetas. Por fuerza, debían de tener acceso a pilotos mejores que yo.

Había algo en todo aquello que no me encajaba. En otros tiempos, los krells habían enviado solo un máximo de cien drones contra nosotros. Esa norma se había relajado y ya podían desplegar hasta ciento veinte a la vez, pero seguía pareciendo una cifra pequeña, teniendo en cuenta el tamaño aparente de su coalición.

Por tanto, ¿qué estaba ocurriendo? ¿Por qué seguían conteniéndose?

Kimmalyn, FM y yo nos reunimos con el resto de nuestros cazas. La FDD estaba haciéndose cada vez más fuerte. Ese día solo habíamos perdido una sola nave, cuando en el pasado acostumbrábamos a perder más de media docena en cada batalla, Y estábamos cogiendo impulso. En los últimos dos meses, habíamos empezado a desplegar la primera de nuestras naves fabricada empleando la tecnología que habíamos descubierto en M-Bot. Solo había transcurrido medio año desde el gran número de bajas que sufrimos en la Segunda Batalla de Alta, pero el estímulo moral que había supuesto, sumado al hecho de que nuestros pilotos sobrevivían más tiempo para depurar sus habilidades, nos estaba reforzando a cada día que pasaba.

Al interceptar al enemigo allí fuera y no permitir que se acercara, habíamos sido capaces de expandir nuestras operaciones de rescate. En consecuencia, no solo estábamos haciéndonos con el control de las plataformas defensivas más cercanas, sino que también podíamos obtener más material con el que construir más y más naves.

Todo eso suponía que la fabricación de naves y el reclutamiento se estaban incrementando a pasos agigantados. Pronto dispondríamos de la suficiente piedra de pendiente y los suficientes pilotos para desplegar cientos de naves estelares.

En conjunto, el progreso era una bola de nieve cada vez más grande. Y aun así, una parte de mí estaba preocupada. El comportamiento de los krells era extraño. Y además de eso, teníamos una desventaja enorme. Ellos podían viajar por la galaxia, mientras que nosotros estábamos atrapados en un solo planeta.

A menos que yo aprendiera a utilizar mis poderes.

—Esto… ¿Spensa? —dijo M-Bot—. Está llamando Jorgen, y creo que está molesto.

Suspiré y activé la línea.

—Aquí Cielo Diez.

—¿Estás bien? —preguntó él con voz severa.

—Sí.

—Vale. Luego hablaremos de esto. —Y cortó la comunicación.

Hice una mueca. Jorgen no estaba molesto: estaba iracundo.

Sadie, la chica nueva a quien habían asignado como mi compañera de ala, se situó a mi cola en la cabina de Cielo Nueve. Percibí un nerviosismo en la postura de su nave, aunque tal vez estuviese sacando demasiadas conclusiones. Siguiendo nuestro plan, la había dejado atrás cuando los krells habían enviado una fuerza abrumadora para destruirme. Por suerte, Sadie había tenido el buen juicio de obedecer las órdenes y quedarse cerca de los demás en vez de seguirme.

Teníamos que esperar la orden del Mando de Vuelo antes de regresar volando al planeta, así que nos quedamos un rato flotando en el espacio. Kimmalyn acercó su nave junto a la mía. Miré a través de la cubierta al interior de su cabina. Siempre la veía rara con el casco puesto, que le tapaba el pelo largo y oscuro.

—Oye —me dijo por una línea privada—, ¿estás bien?

—Sí —respondí.

Era mentira. Cada vez que ponía en práctica mis extrañas capacidades, sentía un conflicto interno. Nuestros antepasados habían temido a la gente como yo, las personas con poderes citónicos. Antes de estrellarnos en Detritus, habíamos trabajado en las salas de máquinas de las naves, alimentando y dirigiendo nuestros trayectos.

Nos habían llamado la gente de máquinas, sin más. Los demás tripulantesmos habían rehuido, hasta terminar inculcando en nuestra cultura unas tradiciones y unos prejuicios que habían perdurado incluso después de que olvidáramos lo que era un citónico.

¿Podía ser solo una superstición o había algo más? Yo había sentido la malevolencia de aquellos ojos. Al final, mi padre había atacado a los suyos. Culpábamos de eso a los krells, pero a mí seguía preocupándome. Había parecido muy enfadado en las grabaciones.

Me inquietaba que, fuera yo lo que fuese, mis actos pudieran ponernos en más peligro del que ninguno de nosotros alcanzara a comprender.

—¿Chicas? —dijo Sadie, haciendo ascender su nave a mi lado—. ¿Qué significa este aviso que tengo en la consola?

Miré la luz intermitente que había en mi monitor de proximidad, maldecí entre dientes y escruté el vacío. Apenas alcanzaba a distinguir la estación de vigilancia krell allí fuera y, mientras la miraba, apareció algo más a su lado. Dos objetos que eran incluso más grandes que la estación.

Acorazados.

—Acaban de llegar dos naves nuevas al sistema—dijo M-Bot—. Mis sensores de largo alcance confirman lo que está viendo el Mando de Vuelo. Parecen ser naves de guerra.

—Tirda —exclamó FM por el canal.

Hasta el momento solo nos habíamos enfrentado a otros cazas, pero sabíamos por la información robada que el enemigo disponía de al menos unos pocos acorazados enormes como aquellos.

—Nuestros datos sobre el armamento de naves como esas están limitados —informó M-Bot—. La información que robamos tú y yo contenía solo generalidades al respecto. Pero según mis procesadores, es probable que esas naves estén equipadas para bombardear el planeta.

Bombardear. Podían descargar fuego de artillería sobre el planeta desde el espacio exterior y golpearlo con la suficiente potencia para pulverizar incluso a quienes vivían en las cavernas más profundas.

—No podrán superar las plataformas defensivas —dije.

Suponíamos que ese era el motivo de que, en el pasado, los krells hubieran utilizado solo bombarderos de altitud baja, no orbitales. Las plataformas del planeta estaban dotadas de contramedidas para impedir el bombardeo a distancia.

—¿Y si destruyen primero las plataformas? —preguntó Sadie.

—Sus defensas son demasiado fuertes —dije.

En parte, era pura bravuconería. No sabíamos a ciencia cierta si las defensas de Detritus podían evitar un bombardeo. Quizá cuando obtuviéramos el control de todas, podríamos determinar sus capacidades completas. Pero, por desgracia, aún faltaban meses para eso.

—¿Oyes alguna cosa? —me preguntó Kimmalyn.

Extendí mis sentidos citónicos.

—Solo una música tenue y suave —dije—. Casi como estática, pero… más bonita. Tendría que acercarme para entender algo concreto dé lo que están diciendo.

Siempre había sido capaz de oír los sonidos que procedían de las estrellas. Al principio, los había considerado música. Durante mis meses de entrenamiento, y a partir de las conversaciones con mi abuela, habíamos determinado que esa «música» era el sonido de las comunicaciones superlumínicas enviadas a través de la ninguna-parte. Lo más probable era que lo que oía en esos momentos fuese el sonido de la estación o de los acorazados comunicándose con el resto de la Supremacía.

Esperamos mucho tiempo, obedeciendo la orden de mantener la posición para ver si aquellas naves avanzaban. No lo hicieron. Parecía que lo que fuese que las habían enviado a hacer no iba a tener lugar en el futuro inmediato.

—Han llegado órdenes —terminó diciendo Jorgen a través del comunicador—. Esos acorazados están acomodándose, así que tenemos que regresar a la Plataforma Primaria. Andando.

Suspiré, di la vuelta a la nave y me dirigí hacia el planeta. Había sobrevivido a la batalla.

Era el momento de ir a que me gritaran.