Estelar
Capítulo 39
M ientras corría, sentí que la sombra se hacía más fuerte en mi interior. Al rozar la ninguna-parte para escuchar, había dejado que entrara más de ese ser. Los pensamientos de los zapadores. Tocaban la parte de mí que no podía explicar.
Esa parte de mí odiaba a todo el mundo. Los molestos zumbidos que hacía la gente. Los chasquidos y la perturbación del vacío de pura calma que era el espacio.
La humana de mi interior se resistió. Veía vidas tras los puntitos de la pantalla. Había volado con el enemigo y había encontrado amigos en él.
No me entendía a mí misma. ¿Cómo era posible que fuese las dos cosas a la vez? ¿Cómo podía querer detener la pelea, pero al mismo tiempo desear que todos se destruyeran entre ellos?
Salí disparada del hangar de la Plataforma Primaria, volando en mi caza de la Supremacía, ya que era la única nave que no estaba en uso en esos momentos. Cobb de verdad estaba preocupado. Había movilizado hasta el último caza que teníamos.
Seguí el rumbo que me habían proporcionado entre los caparazones que rodeaban Detritus, acelerando a ritmo constante, con la espalda apretada contra el asiento. Terminé emergiendo al espacio más allá de las plataformas… y contemplé el caos de centenares de naves combatiendo al mismo tiempo. Los disparos de destructor rasgaban franjas en la negrura y las naves explotaban con destellos de luz que se extinguían casi al instante. En la lejanía, la Pesos y Medidas observaba estoica, alineada con los dos acorazados.
Creía entender el plan de Winzik, y tenía una especie de astucia retorcida. Necesitaba exterminar a los humanos de Detritus. Al escapar, estábamos acercándonos demasiado a demostrar que era débil, o incluso un fraude. Pero todavía no contaba con la fuerza espacial necesaria para hacer el trabajo en persona.
A la vez, necesitaba un zapador en nuestro espacio que pudiera controlar y usar como amenaza. No podía saberse que estaba invocándolo él, sin embargo. Así que ¿cuál era la solución? Enviar sus tropas a Detritus para «luchar valientemente» contra los humanos. Y en secreto, hacer que Brade atrajera a un zapador a nuestros dominios y permitirle destruir Detritus. Podía culparnos a nosotros de la invocación. Al fin y al cabo, todo el mundo sabía que los humanos ya habían intentado hacerlo una vez.
Después de consumir a los humanos, el zapador se pondría a buscar más presas. Pero Winzik podía usar su recién entrenada fuerza espacial para controlarlo, enviarlo a algún lugar seguro, hacerlo rebotar entre mundos deshabitados.
Al hacerlo, se convertiría en un héroe. Y en el ser más importante de la galaxia. Porque con un zapador errante poniendo en jaque a todos los planetas civilizados, solo sus tropas serían capaces de proveer alguna protección. Sus pilotos estarían de guardia para defender los planetas que lo solicitaran… pero si alguien se oponía a Winzik, en fin, a lo mejor el zapador encontraba por casualidad el camino hasta su región sin ninguna fuerza defensiva que lo espantara.
Brutal. Efectivo.
Aterrador.
Me propulsé hacia el campo de batalla, donde los cazas estelares rodaban y esquivaban, disparaban y luchaban. ¿Dónde estaba Brade? La oía gritar hacia la ninguna-parte, pero no lograba sentir desde dónde. ¿Estaría en la Pesos y Medidas?
«No. No les interesa que esa cosa penetre en nuestro espacio cerca de una nave suya. Estará ahí fuera, en alguna parte.»
Pero ¿dónde? Aquella batalla era varias veces más grande que cualquiera en la que yo hubiera intervenido. Posiblemente más grande, comprendí, que cualquiera que nadie de allí hubiera visto jamás. El campo de batalla estaba degenerando en caos a pasos agigantados, mientras los escuadrones trataban de mantenerse unidos y los frenéticos almirantes intentaban seguir una estrategia coherente.
Creció en mí un familiar entusiasmo, la anticipación de la lucha, la oportunidad de forzar mis límites. Pero… ese día iba acompañada de una vacilación que quizá en otro tiempo habría llamado cobardía. Di las gracias en silencio a Cobb por sacarme a golpes esa manera de pensar durante el entrenamiento.
No estaba allí para luchar. Así que, en vez de disparar al primer dron de la Supremacía que me pasó cerca, estudié mi monitor de proximidad… y reparé en que seguía sincronizado con las señales de la Supremacía. Me habían bloqueado en su canal de comunicaciones general, por lo que no podía oír lo que se decían entre ellos, pero aún podía resaltar naves y designaciones individuales en mi pantalla.
Me fijé en una nave estelar concreta que estaba volando casi siempre a solas, cerca del extremo derecho del campo de batalla. La Nada a Contracorriente en un Arroyo que Refleja el Sol. La nave de Hesho. Mi antiguo escuadrón. Quizá ellos supieran dónde estaba Brade.
Pero Hesho y yo habíamos pasado a ser enemigos. El kitsen sabía lo que era yo en realidad, justo lo que más odiaba en el universo.
Viré mi nave en esa dirección de todos modos. Serpenteé a través del campo de batalla para evitar los disparos de varios drones, y luego los de varios cazas de la FDD que sin duda no se habían creído la señal codificada que me identificaba como aliada suya.
Los drones y las naves de la FDD terminaron enfrentándose entre ellos, lo que me permitió trazar un arco hacia Hesho. Los kitsen hicieron virar su nave en dirección a la mía y yo fui ralentizando hasta quedar inmóvil en el espacio a una buena distancia de ellos. ¿Qué iba a hacer a continuación?
Probé a abrir un canal privado con la nave kitsen.
—Hesho —dije—, lo siento.
No hubo respuesta. Es más, la nave energizó sus destructores y empezó a avanzar hacia mí. Casi pude oír las órdenes a bordo, a Hesho ordenando a los kitsen prepararse para la batalla. Mis dedos se crisparon sobre los controles. ¿Creían que podían conmigo? ¿De verdad querían comprobar de qué estaba hecha? Eran ruidos insignificantes y sin sentido en una inmensa…
«No.» Separé la mano de la esfera de control y comprobé los sellos de mi casco.
Entonces abrí la cubierta.
El aire de mi cabina salió despedido al vacío en una ráfaga de viento. El agua del aire se vaporizó de inmediato y luego se congeló, condensándose como escarcha en el interior de la cubierta. Cristalizó y centelleó en el aire, reflejando la luz del lejano sol.
Abrí las hebillas que me sujetaban, todas excepto la de una cuerda que se tensaría para fijarme los pies en su sitio si eyectaba el asiento. En esos momentos no estaba tensa y me mantuvo enlazada con la cabina.
Salí flotando y cerré los ojos. Imaginé que volaba. Libre. Yo, el vacío y las estrellas que cantaban canciones distantes, pero había un ruido más alto que iba ganando volumen cerca. Al fondo del campo de batalla. No dejaba de crecer. El zapador se aproximaba.
—¿Qué estás haciendo? —dijo la voz de Hesho a través de mi casco—. Vuelve a tu nave para que podamos enfrentarnos en combate singular.
—No —susurré.
—Esto es una necedad, Alanik, o comoquiera que te llames de verdad. Te lo advierto. No contendremos el fuego solo porque estés imposibilitada.
—Te lo prometí, Hesho, ¿te acuerdas? —dije—. El primer disparo a un humano es tuyo.
Abrí los ojos a la surrealista escena del vacío por todo mi alrededor. Siempre había sabido que estaba allí, y lo había cruzado volando, pero por algún motivo, estar fuera de la nave con solo el traje separándome del vacío lo volvió mucho más real para mí.
Una vez, había alzado la vista al cielo y me había sobrecogido. En ese momento me tragaba, me consumía. No parecía haber una línea de separación entre él y yo. Éramos uno.
En la ninguna-parte estaba perforado por lo que fuese que estaba haciendo Brade. Un grito, proyectado a la ninguna-parte. Un chillido peligroso.
La nave de Hesho flotaba delante de mí, a solo unos metros de distancia, con sus torretas de destructores apuntándome. Le sostuve la mirada.
—Hablas de promesas —dijo Hesho—, cuando todo lo que me ofreciste fueron mentiras.
—Siempre he sido la misma persona, Hesho —repliqué—. Nunca has conocido a Alanik. Solo me conociste a mí.
—A una humana.
—A una aliada —dije—. Cuando éramos pilotos juntos, me hablaste de un deseo compartido de resistirnos a la Supremacía y buscar nuestra propia forma de usar hipermotores. Tengo el secreto, Hesho. Lo he descubierto. Puedes llevártelo cuando vuelvas con los tuyos.
—¿Por qué debería creerte?
—¿Por qué deberías creerlos a ellos? —pregunté—. Sabes que no soy el monstruo que dicen que soy. Has volado conmigo. Nuestros pueblos fueron aliados hace mucho tiempo. Sabes que a la Supremacía no le importa tu especie. Ven conmigo. Ayúdame.
No llegó respuesta. Extendí una mano hacia la nave.
—Hesho —susurré—, Winzik planea algo terrible. Creo que va a usar a Brade para invocar un zapador. Si es verdad, necesito tu ayuda. La galaxia entera necesita tu ayuda. Ahora no necesitamos solo a un capitán de nave. Necesitamos a un héroe.
Más allá, la batalla estaba en pleno fragor. Dos fuerzas de gente asustada, ambas sin más opción que matar a la otra. Era eso o morir.
—No sé qué hacer —dijo Hesho.
—A lo mejor podrías consultarnos —dijo la voz de Kauri, casi de fondo.
El canal quedó en silencio. Me quedé allí, flotando en el espacio justo por encima de mi nave. Luego Hesho habló de nuevo por fin.
—Pues parece ser que mi tripulación no quiere dispararte. Me han… desautorizado. Qué experiencia más curiosa. Muy bien, Alanik. Nos aliaremos por un intervalo breve de tiempo, el suficiente para que averigüemos si estás diciéndonos la verdad o no.
—Gracias —dije con alivio. Di un tirón con el pie para volver hacia mi cabina—. ¿Dónde están los demás? ¿Y Morriumur?
Hice acopio de valor para afrontar la noticia de que habían derribado su nave. A fin de cuentas, ¿por qué si no estarían los kitsen allí fuera solos?
—Morriumur no ha venido —dijo Hesho—. Ha decidido en el último momento que su etapa como piloto ha concluido y ha vuelto con su familia. Vapor está en algún sitio aquí fuera. Nos hemos separado en la refriega. Y Brade…
—Tienes razón en una cosa, Alanik —dijo Kauri desde el puente—. Brade está haciendo algo extraño. Se supone que debemos distraer a los cazas humanos y mantenerlos alejados de ella. Está volando inadvertida más cerca de tu planeta.
—Puedo sentirla —dije. Volví a ponerme las correas y represuricé la cabina—. Pero no logro localizarla. Esto es malo. Muy muy malo. Tenemos que detenerla.
—Al unirnos a ti —declaró Hesho—, estaremos cometiendo traición contra la Supremacía.
—Hesho —respondí—, parte del motivo de que todos odien a los míos es que hace cien años la humanidad trató de convertir a los zapadores en armas. ¿De verdad vas a quedarte de brazos cruzados y hacer la vista gorda mientras la Supremacía está a punto de intentar justo eso mismo?
Los humanos de Detritus habían fracasado en su intento de controlar un zapador. Yo los había visto morir. Winzik estaba convencido de que no sufriría el mismo destino, pero yo no lo creía ni por asomo, Había sentido a los zapadores. Sus ideas no dejaban de intentar infiltrarse en mi cerebro ni en esos mismos instantes. Winzik no podría controlarlos. Si su plan salía bien, el zapador terminaría escapando sin remedio a su control. Igual que amenazábamos con hacer los humanos.
Me lancé a través del campo de batalla, seguida por la Nada a Contracorriente.
—Seguro que no serán tan insensatos como para jugar con ese peligro — me dijo Hesho—. Seguro que lo que está haciendo Brade tiene otra explicación.
—Tienen un miedo atroz a los humanos, Hesho —repliqué—, y Winzik necesita una victoria decisiva para demostrar a la Supremacía lo poderoso que es. Piénsalo. ¿Para qué entrenar una fuerza que combata a los zapadores, si hace décadas desde la última vez que alguien vio uno? Esa «arma» que Winzik ha desarrollado es en realidad solo una forma de dirigir a los zapadores hacia donde los quiere. Esto no es solo por Detritus. Es para que tenga una forma de controlar la galaxia entera.
—Si eso es verdad —dijo Hesho—, la Supremacía se hará incluso más dominante de lo que ya es. Dices que conoces el secreto de sus hipermotores. ¿Nos lo darás como prueba de buena fe?
Mi indecisión duró solo un momento. Sí, el secreto era importante, pero que hubiera gente controlándolo y negándoselo a otros formaba parte del problema.
—Investiga una especie de babosa llamada taynix. La Supremacía afirma que son peligrosas y hay que informarlos de inmediato si se ve alguna, pero es porque son citónicas y la Supremacía no quiere que la gente lo sepa. Utilizándolas de algún modo, la Supremacía teleporta sus naves sin llamar la atención de los zapadores.
—Por los antiguos cantares —susurró Hesho—. En nuestro planeta había una pequeña colonia de esas babosas. La Supremacía tuvo el detalle de enviar una flota para exterminarlas, según ellos antes de que el brote pudiera destruirnos. ¡Serán miserables! Mira, tengo los planes de batalla que me ha enviado la Pesos y Medidas. Deberíamos poder utilizarlos para deducir dónde está Brade. Tenían que llevarla cerca de tu planeta.
—Para que el zapador ataque Detritus en primer lugar —dije—, en vez de ir a por las naves de la Supremacía.
—¡Lo tengo! —dijo una kitsen desde el puente. Me pareció que era Hana —. Por la distribución de la batalla, sospecho que la nave de Brade debería estar en las coordenadas que estoy transmitiendo a tu monitor, Alanik.
Viramos en esa dirección, aunque el trayecto requería pasar a través de un campo de batalla cada vez más frenético. Dimos un rodeo en torno a un grupo de cazas de la FDD con símbolos del Escuadrón Tormenta Nocturna y luego alrededor de unos escombros de nave que hicieron relampaguear mi escudo. Empezábamos a ganar velocidad cuando un puñado de drones krells se pusieron a nuestra cola.
—¡La Pesos y Medidas nos ha visto al fin, capitán! —exclamó un kitsen por la línea—. Exigen saber qué estamos haciendo.
—¡Entretenlos! —ordenó Hesho.
Yo no sabía si serviría de gran cosa. Habían reparado en mí, a juzgar por cómo los drones empezaban a sumarse a la persecución. Sobrecargué mi propulsor, pero aquella nave no estaba construida como M-Bot. Era muy utilizable, pero no excepcional, y la nave kitsen se movía incluso más despacio.
Mientras emprendíamos maniobras defensivas, agradecí con toda mí alma haber obligado a los kitsen y a los demás a hacer ejercicios de combate espacial. Lo más probable era que solo estuviéramos sobreviviendo por lo agitado que estaba el campo de batalla. Los pilotos de los drones tenían dificultades para rastrearnos, e incluso más problemas para abandonar el rumbo de intercepción sin que los derribaran de inmediato.
De algún modo, lo conseguimos, y distinguí un caza negro solitario que volaba con experta precisión. Brade. Pero no estaba del todo en el lugar que indicaba el plan de batalla, sino luchando contra un dron por algún motivo. Mientras mirábamos, Brade acertó varios disparos al dron, abrumó su escudo y lo destruyó.
Hesho y yo le dimos caza, perseguidos a nuestra vez por otros tres drones más. Oí que el sonido de la mente de Brade se intensificaba, en un chillido citónico cada vez más exigente. Su potencia me hizo temblar, y eso interfería con mi capacidad de pilotaje. Por eso tardé un momento en darme cuenta de que uno de los drones que nos perseguían empezó a comportarse de forma extraña. Salió de formación y disparó a los otros dos desde detrás.
—Bueno —dijo Vapor por una línea privada con mi nave—, entonces ¿eres de este planeta y no de ReAlba? Una humana de una reserva. ¿Cuna lo sabe?
—Se lo he contado —respondí mientras la añadía al canal con Hesho—. Justo antes de todo este desastre. Vapor, perdona que te mintiera y…
—Me trae bastante sin cuidado —me interrumpió ella—. Debería haber adivinado la verdad completa. En todo caso, mi misión era y sigue siendo vigilar a Winzik y sus lacayos. ¿Brade está haciendo lo que yo creo que hace ?
—Intenta invocar un zapador—dije—. Está llamándolos. Bueno, más bien chillándoles. Me da la impresión de que es la primera vez que lo intenta.
Eché una mirada a mi cubierta y, aparte del creciente dolor de cabeza que tenía por los chillidos de Brade, empecé a ver sus reflejos. Los ojos que se abrían, que nos miraban desde la ninguna-parte.
—Le está funcionando —añadí—. Los zapadores están observándonos ahora mismo. Puedo sentirlos… desperezarse.
Vapor soltó una retahila de palabras que mi alfiler se limitó a traducir como: «Insultos cada vez más vulgares relacionados con hedores fétidos».
—No pensaba que llegarían tan lejos —dijo Vapor—. Esto es grave. Muchos lo llamarían alta traición a la Supremacía. —Calló un momento—. Otros lo llamarían verdadero patriotismo.
—¡Pero esos últimos no pueden ser muchos! —exclamó Hesho.
—Supongo que dependerá de si este ataque les sale bien —dijo Vapor—. Mucha gente de la Supremacía odia a muerte a los humanos, y la política tiende a favorecer a los triunfadores. ¿Winzik tiene algo pensado para enviar ese ser a otra parte después de invocarlo?
—Creo que planea usar su fuerza espacial para mantenerlo distraído — respondí—. Según Brade, en nuestro espacio a veces los zapadores dejan pasar años entre ataque y ataque.
—A veces sí—dijo Vapor—, pero a veces atacan sin cesar. Esto es de una cortedad de miras que espanta.
Entró en formación a mi izquierda y Hesho siguió a mi derecha mientras maniobrábamos hacia Brade. Ella iba en dirección a los caparazones que rodeaban Detritus, intentando acercarse todo lo posible al planeta.
Saber hacia dónde iba nos proporcionaba una leve ventaja, ya que podíamos intentar obligarla a cambiar de rumbo. Nos puse a los tres a ello, pero me pasó por la cabeza una idea angustiante: no estaba nada segura de que entre los tres pudiéramos detener a Brade. Era buena, incluso mejor que yo. Y además, podía aparecer un zapador en cualquier momento.
Tal vez pudiera hacer algo para mitigar el desastre si ocurría aquello último. Llamé por la línea general de la FDD.
—¿Mando de Vuelo? Aquí Peonza. Tengo que hablar con Cobb.
—Estoy aquí —dijo Cobb en mi oído.
—Necesito que apague toda comunicación con las naves de ahí fuera. Que todas las naves de la FDD entren en silencio radiofónico y desactive todas las radios de Alta. Si lo ve factible, incluso deje sin energía la Plataforma Primaria y pase a modo sigiloso.
Me preparé para discutir. Pero Cobb me respondió con una calma sorprendente.
—¿Se da cuenta, Peonza, de que eso supondría dejar a todos nuestros pilotos luchando solos? Sin coordinación. Sin apoyo de tierra. Sin la capacidad de pedir ayuda a compañeros de ala siquiera.
—Me doy cuenta, señor.
—Necesitaría estar absolutamente seguro de que es necesario antes de adoptar una medida tan extrema.
—Señor… viene uno de ellos. Un zapador.
—Ya veo. —Cobb no soltó palabrotas, ni gritó, ni siquiera protestó. Pero de algún modo, su tono tranquilo resultaba mucho, mucho más perturbador—. Avisaré a los pilotos y luego ordenaré silencio en las comunicaciones. Que las estrellas la guarden, teniente. Y al resto de nosotros, pobres desgraciados.
Cortó la línea.
Sentí un escalofrío, un horror acumulado, cuando Brade se volvió hacia nosotros, como había deseado que hiciera. Nos faltaban escasos segundos para interceptarla.
—Vapor —dijo Hesho—, ¿puedes tomar el control de su caza como has hecho con los drones?
—Es más difícil con una nave tripulada que con un dron —respondió Vapor—. Tendrá una anulación manual, desarrollada para resistir los ataques de mi especie. Creo que podría dejarla sin control de vuelo y obligar a la nave a detenerse, al menos durante un tiempo. Tendría que tocar su caza, lo que supondría eyectarme de este dron e intentar alcanzarla. Hasta ahora se ha cuidado de apartarse de las naves que piloto y no me ha dejado entrar en alcance para apoderarme de su caza.
—Entendido —dije—. Prepárate para intentarlo.
No ordené el silencio radiofónico entre nosotros tres. Quería proteger Detritus, pero de momento nuestra comunicación era crucial para el último intento desesperado de impedir aquello.
Disparando a una amiga.
Abrí un canal con Brade cuando nuestras naves se acercaron.
—Brade, ya sabes a qué hemos venido.
—Lo sé—dijo ella con suavidad—. No te lo reprocho. Naciste para matar.
—No, Brade…
—Debería haberme dado cuenta de lo que eres. Sabía que la sentías. La necesidad de destruir, como un dragón enroscado en tu interior, avivando su llama. Esperando a atacar, anhelando atacar. Voraz de atacar.
—Por favor, no nos obligues a hacer esto.
—¿Cómo, y renunciar a la pelea? —dijo ella—. Reconócelo, llevas desde el principio preguntándotelo, ¿a que sí? Cuál de nosotras dos es mejor. Bueno, pues vamos a averiguarlo.
Apreté los dientes y cambié al canal privado con Hesho y Vapor.
—Muy bien, equipo. Tenemos que derribarla. —El chillido de su mente resonó en mi cerebro más fuerte que sus palabras—. Y no podemos limitarnos a disparar para inhabilitar su nave. Seguirá intentando invocar a ese zapador mientras conserve la vida. Así que, si tenéis la oportunidad… matadla.