Estelar

Mary Shelley · Capítulo 3 de 49

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Estelar

Capítulo 3

 

M-Bot hizo los cálculos para nuestra aproximación. Los demás aún no estaban cómodos del todo con él. ¿Un programa informático capaz de pensar y hablar como una persona? La yaya, que había vivido de niña los días anteriores a que nuestro pueblo se estrellara en Detritus, decía que había oído hablar de esas cosas, pero que las habían prohibido.

Aun así, M-Bot nos proporcionaba una ventaja a la que no podíamos renunciar. Con sus cálculos hipereficientes, podíamos trazar con facilidad un rumbo a través de las plataformas defensivas que rodeaban Detritus sin ayuda de los matemáticos de la FDD.

Seguimos al pie de la letra el rumbo que nos indicaba y pasamos justo fuera del alcance de las baterías armamentísticas montadas en unas plataformas metálicas del tamaño de cordilleras. Me fijé en las sombras de los rascacielos. En la escuela había recibido las clases obligatorias de historia todos los cursos: habíamos visto imágenes de la antigua Tierra y nos habían llevado a ver animales de muchas variedades en unas cavernas especiales donde los criaban. Por eso sabía cosas sobre la vida de allí, y lo que eran los rascacielos, aunque siempre había encontrado más interesantes las historias de la yaya sobre los tiempos antiguos que esas clases de historia.

Los rascacielos sugerían que las plataformas que rodeaban Detritus habían estado habitadas en otro tiempo, como lo había estado el planeta en sí, pero algo había aniquilado a esa gente hacía siglos.

La visión de todas las plataformas curvándose hacia lo que parecía el infinito siempre me dejaba sin aliento. Nuestros cincuenta cazas estelares eran motas de polvo en comparación. ¿Cuánto tiempo habría costado construir todo aquello? Tendríamos unas cien mil personas viviendo en las redes de cavernas que componían nuestra nación, las Cavernas Desafiantes. Pero esa población al completo podría perderse sin remedio en solo una de las plataformas.

Llegó la orden de desacelerar. Volteé a M-Bot junto a los demás y apunté sus propulsores hacia el planeta. Un impulso tranquilo y suave ralentizó mi nave.

Al estar encarada de nuevo hacia los caparazones, me recordaron un poco a los engranajes de algún reloj ignoto que funcionara con algún propósito incognoscible. Cada plataforma rotando a su ritmo, los cañones dispuestos a vaporizar a cualquiera, humano o alienígena, que tratara de interferir. Pero aquellas capas de armamento eran el motivo de que siguiéramos con vida, así que nadie me oiría quejarme.

Nuestras naves tardaron poco en superar la capa más próxima al planeta, que era distinta a las demás por varías razones. La más evidente era que contenía miles de luces masivas que brillaban como faros e iluminaban apuntando hacia abajo, a distintos sectores del planeta. Aquellas cieluces creaban un ciclo artificial de día y noche.

Ese cascarón más interior, además, estaba en mucho peor estado que los otros. En aquel lugar, justo al borde de la atmósfera, daban tumbos por el espacio unos enormes campos de escombros. Suponíamos que eran los restos de otras plataformas destruidas. Algunas secciones habían caído hacia dentro y habían terminado impactando contra el planeta después de quedarse sin energía.

Crepitó una voz de hombre en el altavoz de mi casco.

—Escuadrones Cielo y X īwàng, el almirante Cobb ordena que atraquen en la Plataforma Primaria. Los demás, diríjanse a la superficie y considérense en turno de descanso hasta nueva rotación.

Identifiqué al hablante como Rikolfr, un miembro del personal del almirante. Obedecí haciendo virar la nave en la dirección adecuada. Al hacerlo, Detritus entró en mi campo visual, una esfera gris azulada con una atmósfera brillante y acogedora. Treinta naves de nuestra flota salieron volando hacia abajo en dirección al planeta.

El resto de nosotros nos quedamos bordeando la atmósfera, dejando atrás varias plataformas cuyas luces titilaban en un amistoso azul en vez del enfurecido rojo de los otros caparazones. Gracias a las capacidades furtivas de M-Bot habíamos podido aterrizar en una de ellas y hackear sus sistemas. Por suerte, los protocolos de seguridad interna de las plataformas hacían algunas pequeñas excepciones para los humanos, hecho que había dado un cierto respiro a nuestros ingenieros, breve pero suficiente para completar la tarea.

Una vez hecho eso, Rodge y los demás ingenieros habían encontrado la forma de desactivar otras pocas plataformas cercanas, lo que nos había permitido hacernos también con el control de ellas. Hasta la fecha, todo ese trabajo había servido para capturar solo diez de los miles de plataformas que orbitaban en torno al planeta, pero era un inicio prometedor.

La Plataforma Primaria era la más grande de esas diez, una construcción inmensa que tenía compartimentos de atraque para cazas estelares. La habíamos convertido en un cuartel general en órbita, aunque los equipos de ingeniería todavía estaban trabajando en algunos de sus sistemas, los más notables de los cuales eran las antiguas bases de datos.

Llevé la nave a su compartimento asignado, un pequeño hangar individual. Las luces se encendieron cuando se cerró la esclusa y se presurizó el recinto. Respiré hondo, suspiré y abrí la cubierta de la cabina. Regresar de una batalla a la vida normal me daba una sensación de lo más gris. Por poco realista que fuese, siempre deseaba poder seguir patrullando y volando. La respuesta a la pregunta de quién era, de qué era, estaba en algún lugar allí fuera, no en aquellos pasillos metálicos y estériles.

—¡Oye! —exclamó M-Bot mientras salía de la cabina—. Llévame contigo. No quiero perderme la diversión.

—Solo van a echarme una bronca.

—Como iba diciendo… —replicó él.

Pues muy bien. Metí la mano bajo el panel de control frontal y desenganché su nuevo receptor móvil, un brazalete que contenía algunos sensores, un proyector holográfico, un receptor que ampliaba las capacidades de comunicación de M-Bot y una pequeña pantalla de reloj. M-Bot afirmaba haber dispuesto de un receptor móvil como aquel en el pasado, pero se había perdido: con toda probabilidad, su antiguo piloto se lo había llevado siglos antes cuando se había marchado a explorar Detritus.

Cuando M-Bot había proporcionado los diseños para construir uno nuevo a los ingenieros, se habían vuelto todos locos con la tecnología microholográfica que contenían. Por suerte, habían dejado las celebraciones el tiempo suficiente para fabricarme un reemplazo. Me había acostumbrado a llevarlo puesto en lugar de la línea de luz de mi padre, ya que era muy raro que le encontrara algún uso desde que había dejado de explorar cavernas casi a diario.

Me puse el brazalete holográfico y le entregué el casco a Dobsi, una miembro del equipo de tierra, cuando subió por la escalerilla para hablar conmigo.

—¿Algo en lo que debamos fijarnos? —preguntó.

—Me ha dado un trozo de escombro en el lado derecho del fuselaje con el escudo apagado.

—Le echaré un vistazo.

—Gracias —dije—. Pero te advierto que tiene un día de los suyos.

—¿Y cuándo no lo tiene?

—Hubo una vez —respondí— que estaba procesando un auto-diagnóstico y no dijo nada durante cinco minutos enteros. Fue maravilloso.

—Sabéis que estoy programado para ser capaz de reconocer el sarcasmo, ¿verdad? —dijo M-Bot.

—¿Qué gracia tendría si no? —repuse.

Entré en el vestidor, que también me hacía de alojamiento allí arriba, aunque la verdad era que no tenía muchas cosas. Allí guardaba la insignia de mi padre, mis viejos mapas de las cavernas y algunas de mis armas improvisadas. Las tenía en un baúl al lado del catre, con mis mudas de ropa.

Tal y como llegué, me saludó un trino aflautado. Babosa Letal estaba en su sitio al lado de la puerta. Era de color amarillo chillón con pequeños pinchos azules a lo largo del lomo, y estaba acurrucada entre algunas de mis camisas viejas con las que se había hecho un nido. La rasqué en la cabeza y ella hizo otro alegre sonido aflautado. No era pringosa, sino más bien dura, como el tacto de un buen cuero.

Me alegré de verla allí. Se suponía que debía quedarse en mi dormitorio, pero de alguna manera siempre acababa escapándose y muchas veces la encontraba en el hangar. Parecía gustarle estar con M-Bot.

Me lavé, pero volví a ponerme el traje de vuelo. Entonces, una vez hube perdido tanto tiempo como me sería posible justificar, hice acopio de valor con la determinación de una guerrera y salí al pasillo. La luz de allí siempre me resultaba demasiado brillante después de haber estado en el espacio; las paredes blancas eran resplandecientes y reflectantes. Lo único que no estaba demasiado pulido ni iluminado era la alfombra que recorría el centro del pasillo y había envejecido considerablemente bien, suponíamos que porque todo aquello había estado en el vacío hasta que el equipo de ingeniería había tapado los agujeros de la estación y activado los sistemas de soporte vital.

En el pasillo estaban esperando los otros miembros de mi escuadrón. Nedd y Arturo discutían sobre si a los pilotos debería permitírsenos o no que pintáramos dibujos en los morros de nuestras naves. No les hice caso y fui con Kimmalyn, que tenía el pelo revuelto y el casco bajo el brazo.

—Supongo que sabrás lo enfadado que está Jorgen —me susurró.

—Puedo manejarlo —dije yo.

Kimmalyn enarcó una ceja.

—En serio —insistí—. Solo tengo que ponerme lo bastante confiada e intimidante. ¿Tienes por ahí algo de ojo negro?

—Eh… ¿Qué es eso?

—Un tipo de pintura de guerra que usaban los hombres para luchar en campos con rayas y números de la antigua Tierra. Era una especie de batalla a muerte en la que había involucrado un cerdo muerto.

—Mola. Pero se me ha terminado. Y… Peonza, ¿no sería mejor que no cabrearas más a Jorgen, por una vez?

—No sé si soy capaz.

FM pasó por delante de nosotras y me dio ánimos levantando el pulgar. Le devolví el gesto, aunque a veces todavía me sentía incómoda en su presencia. La mujer alta y esbelta se las ingeniaba de algún modo para llevar incluso un traje de vuelo con estilo, mientras a mí aquella ropa tan aparatosa siempre me daba la sensación de llevar puestas tres capas de más. Se puso a hablar con Tenderete y Gatero, dos chicos que se habían incorporado a nuestro escuadrón para suplir bajas. Tenían veintipocos años, con lo que nos sacaban unos cuantos a los demás, pero hacían todo lo posible por integrarse.

Aparte de Jorgen, la única otra miembro de nuestro equipo era Sadie, la chica nueva. En el momento en que pensé en ella, la vi tropezar con el pequeño desnivel que había entre su vestidor y el pasillo y estuvo a punto de caérsele el casco. Su pelo azul y sus rasgos peculiares me recordaban a… bueno, me traían recuerdos dolorosos.

La mayoría de los demás siguieron pasillo abajo hacia el comedor, pero yo me quedé esperando a Jorgen. Era mejor enfrentarme a él ya, aunque acostumbrara a ser el último en bajar de su nave porque repasaba la lista de comprobaciones posteriores al vuelo cada vez, con sumo detalle, y eso que no pasaba nada por dejar que lo hiciera el personal de tierra. Kimmalyn se quedó esperando conmigo y Sadie correteó hacia nosotras.

—¡Has estado genial ahí fuera! —exclamó, apretándose el casco contra el pecho mientras sonreía de oreja a oreja.

Tirda. Solo íbamos un curso por delante de su grupo, así que a grandes rasgos teníamos la misma edad. Pero desde luego, no parecíamos ni por asomo tan jóvenes como ella.

—Ya, bueno, tú también has volado bien —dije.

—Ah, pero ¿me estabas mirando?

No la había estado mirando, pero asentí para darle ánimos.

—¡Quizá pronto pueda ser como tú, Peonza!

—Lo has hecho de maravilla, querida —dijo Kimmalyn, dando una palmadita en el hombro a Sadie—. Pero nunca intentes ser quien no eres, porque te falta muchísima práctica para salirte con la tuya.

—Claro, claro —dijo Sadie. Hurgó en su bolsillo y sacó una libretita y un lápiz—. Nunca… quien no eres…

Apuntó el dicho como si fuese un texto sagrado, aunque yo estaba segura de que Kimmalyn se lo había inventado sobre la marcha.

Miré a Kimmalyn. Sus expresiones serenas tenían fama de ser difíciles de interpretar, pero el brillo de sus ojos delató que le encantaba que hubiera alguien tomando nota de sus dichos.

—Ojalá hubiera podido seguirte hoy, Peonza. Parecía peligroso para estar allí tú sola.

—Lo único que quiero que sigas, Sadie —dijo una voz firme—, son tus instrucciones. Estaría muy bien que otras se dignaran a hacerlo.

No tuve que mirar para saber que Jorgen, jefe de escuadrón y a veces Caracapullo, por fin se había reunido con nosotras y estaba de pie a mi espalda.

—Hummm, gracias, señor —dijo Sadie, y luego hizo un saludo marcial y se marchó hacia el comedor.

—Buena suerte —me susurró Kimmalyn, apretándome el brazo—. Que obtengas solamente lo que mereces.

Y luego, por supuesto, me abandonó.

En fin, a aquel monstruo podía aniquilarlo yo sola. Di media vuelta con la barbilla levantada… y entonces tuve que echar la cabeza un poco más hacia atrás. Tirda, ¿por qué tenía que ser tan alto? Jorgen Weight, con su piel marrón oscuro, era un dechado de exquisita y disciplinada determinación. Se iba a la cama todas las noches con el Código de Conducta de la EDD guardado bajo la almohada, desayunaba escuchando discursos patrióticos y solo utilizaba cubiertos que tuvieran grabadas en los mangos las palabras: «No dejes que Spensa se divierta».

Quizá algunas de esas cosas me las hubiera inventado. Pero en todo caso, sí que parecía que dedicaba demasiado tiempo de su vida a quejarse de mí. Bueno, yo había crecido rodeada de matones. Sabía cómo plantar cara a alguien que…

—Spensa —me dijo—, tienes que dejar de comportarte como una matona.

—Uuuh —dijo la voz de M-Bot desde mi muñeca—. Muy bueno.

—Cállate —le murmuré—. ¿Matona? ¿Matona? —Clavé mi índice en el pecho de Jorgen—. ¿A quién llamas matona?

El se quedó mirando mi dedo.

—Es imposible que haga de matona contigo —añadí—. Eres más alto que yo.

—La cosa no funciona así, Spensa —gruñó Jorgen, haciendo que su voz bajara de tono—. Además… ¿qué es eso que llevas en la cara?

¿En la cara? Aquello era tan incongruente que, por un momento, olvidé la discusión con Jorgen y desvié la mirada hacia la pared de metal pulido para ver mi reflejo. Tenía unas franjas negras pintadas bajo los ojos. ¿Qué estaba pasando?

—Ojo negro —explicó M-Bot desde mi muñeca—. La pintura que llevaban los atletas de la antigua Tierra. Antes le has dicho a Kimmalyn que…

—Era en broma —dije. La pintura en la piel era un holograma que M-Bot había proyectado sobre mí mediante su receptor móvil—. De verdad que necesitas que alguien reescriba tu programa de humor, M-Bot.

—Oooh —dijo él—. Perdón.

Hizo desaparecer el holograma. Jorgen negó con la cabeza, pasó a mi lado y echó a andar por el pasillo, obligándome a trotar para alcanzarlo.

—Siempre has sido muy independiente, Peonza, eso lo entiendo —dijo—. Pero ahora estás usando tus poderes y tu posición para mangonear a todo el mundo, Cobb incluido. Te saltas el protocolo y las órdenes porque sabes que no hay nada que los demás podamos hacer al respecto. Esos son los actos de una tirdosa matona.

—Intento proteger a los demás —repliqué—. ¡Aparto al enemigo de ellos! ¡Me convierto en su objetivo!

—El plan era que hicieras eso y luego volvieras a traérnoslos para que pudiéramos atacar desde los flancos. He visto que tenías varias oportunidades de hacerlo, y cada vez has tomado la decisión consciente de empeñarte en combatirlos tú sola. —Me lanzó una mirada—. Intentas demostrar algo. ¿Qué te está pasando últimamente? Antes siempre estabas ansiosa por trabajar en equipo. Tirda, si podría decirse que fuiste tú quien forjó este equipo. ¿Y ahora te comportas así, como si tú fueras la única que importa?

Eh…

Mis objeciones se desvanecieron. Porque sabía que Jorgen tenía razón, y sabía que poner excusas en esa situación sería luchar con el arma equivocada. Solo había una cosa que podía llegar a funcionar de verdad con Jorgen. La verdad.

—Están decididos a matarme, Jorgen —dije—. Lanzarán contra nosotros todo lo que tengan hasta que yo esté muerta.

Nos detuvimos al final del pasillo, bajo una cegadora luz blanca.

—Sabes que es verdad —añadí mirándolo a los ojos—. Han descubierto lo que soy. Si me destruyen, podrán apresarnos en Detritus para siempre. Pasarán a través de quien sea para llegar hasta mí.

—¿Y tú decides ponérselo fácil?

—Los distraigo, como te decía, para que… —Las palabras murieron en mis labios. Tirdoso Caracapullo y sus tirdosos ojos intensos y astutos—. Vale, muy bien. Estoy intentando forzarme. La única vez que pude hacerlo, la única vez que di un hipersalto, estaba dentro de una explosión. Estaba desesperada, amenazada, a punto de morir. Así que creo que, si pudiera recrear esa emoción, a lo mejor lograría hacerlo otra vez. Lograría averiguar qué es lo que soy capaz de hacer, qué es… lo que soy de verdad.

Él suspiró y subió la mirada al techo con lo que a mí me pareció una expresión melodramática.

—Que los santos nos amparen —murmuró—. Peonza, eso es de locos.

—Es de valientes —repliqué—. Una guerrera siempre se pone a prueba a sí misma. Siempre se fuerza. Siempre busca los límites de sus habilidades.

Jorgen me miró, pero yo me mantuve firme. Jorgen tenía un don para hacerme vocalizar las cosas que en general no quería reconocer, ni siquiera ante mí misma. Tal vez eso fuese lo que lo hacía un buen jefe de escuadrón. Tirda, el hecho de que pudiera así-como-más-o-menos manejarme a mí ya era suficiente prueba de eso.

—Spensa —dijo—, eres lo mejor que tenemos. Eres crucial para la FDD… y para mí.

De pronto fui consciente de lo cerca que lo tenía. Se inclinó hacia abajo un poquito, y por un momento pareció que quería llegar más allá. Por desgracia, al mismo tiempo había algo que nos bloqueaba, que interfería con lo que fuera que podríamos haber tenido. Para empezar, la relación entre jefe de escuadrón y piloto era incómoda.

Pero había más que eso. Él era la encarnación del orden y yo… bueno, yo no. No sabía quién ni qué era en realidad. Siendo sincera conmigo misma, tenía que reconocer que ese era el motivo de que no hubiera avanzado nada con él en los últimos seis meses.

Al final Jorgen se apartó.

—Ya sabes que la Asamblea Nacional está hablando de que eres demasiado importante para arriesgarte en batalla. Que quieren alejarte del frente.

—Pues que lo intenten —dije, furiosa con la idea.

—Una parte de mí también lo querría —dijo, y sonrió con cariño—. Pero en serio, ¿de verdad necesitamos darles munición? Formas parte de un equipo. Todos formamos parte de un equipo. No empieces a pensar que tienes que hacer las cosas tú sola, Spensa. Por favor. Y por el amor de las estrellas, deja de intentar ponerte en peligro. Encontraremos otra manera.

Asentí, pero… para él era fácil decir cosas como aquella. La yaya me había contado que, incluso cuando nuestros antepasados habían formado parte todos de una flota espacial, temían a la gente como yo.

La gente de máquinas. Los hipermotores. Éramos extraños. Quizá incluso inhumanos.

Jorgen tecleó su código en la puerta que había al final del pasillo, pero, antes de que terminara, se abrió. Kimmalyn la había activado desde el otro lado.

—Chicos —dijo, casi sin aliento—. ¡Chicos!

Fruncí el ceño. Kimmalyn no solía emocionarse tanto.

—¿Qué?

—Me ha avisado Rodge —dijo ella—. ¿Sabéis los ingenieros que trabajan en los sistemas informáticos de la plataforma? Acaban de encontrar algo. Una grabación.