Estelar
Capítulo 35
L os ojos de Cuna se desorbitaron tanto al mirarme que casi se le salieron de la cabeza. Entonces enseñó los dientes y se apartó de mí.
—¿Qué? —preguntó con ahínco—. ¿Qué es esto?
—Nunca he sido Alanik —le dije—. Ocupé su lugar después de que se estrellara en mi planeta. —Le tendí la mano—. Me llamo Spensa. Has dicho que esperabas la oportunidad de ofrecer la mano a un humano por la paz. Bueno, pues aquí me tienes.
Quizá fuese la cosa más loca que había hecho jamás. De verdad que no estoy segura de que pudiera explicar por qué lo hice. De hecho, acababa de comprender que no podía confiar necesariamente en mi instinto en lo relativo a los alienígenas: sus costumbres, sus expresiones, sus maneras no encajarían con mis expectativas.
Pero aquello era distinto. Aquello no era una reacción instintiva a algo que había hecho un ser alienígena. Aquello era una decisión. Si existía siquiera la menor posibilidad de que las palabras de Cuna fuesen sinceras, podía significar el final de la guerra. Podía significar la seguridad para los míos.
No estaba nada convencida de que aquello fuese lo que habrían hecho los héroes de las historias de la yaya. Pero fue lo que hice yo. En ese momento. Aceptando ese riesgo.
Aceptando esa esperanza.
Cuna, aunque lo hizo echándose hacia atrás al mismo tiempo, cogió mi mano con las suyas. Supuse que a una parte de elle le repugnaba la idea de tocarme. Pero aun así, se obligó a hacerlo. Quizá Cuna usara expresiones como «especies inferiores», pero me daba la impresión de que de verdad lo estaba intentando.
Me miró con más atención, sin soltarme la mano.
—¿Cómo? No lo comprendo.
—Hologramas —dije—. Llevo uno portátil en el brazalete.
—¡No disponemos de la tecnología para crear un proyector tan pequeño! —exclamó Cuna—. Pero se rumoreaba que… que los humanos sí, durante la primera guerra. Durante su alianza con las quimeras. Asombroso. Los mensajes del planeta natal de Alanik… ¿Allí saben de tu existencia?
—Se lo dije, pero no sé si me creyeron. Me he dedicado sobre todo a darles largas.
—Asombroso —repitió Cuna—. ¡No se lo enseñes a nadie más! Podría ser un desastre.
Me soltó la mano y, en lo que me pareció un acto inconsciente, se la limpió contra la túnica. Intenté no ofenderme.
—¿Vienes del planeta del caparazón? —preguntó Cuna—. Ese que tiene plataformas defensivas.
—Detritus, sí —confirmé.
—Luché por vosotros hasta desgañitarme —dijo Cuna—. En las reuniones cerradas del senado, cuando se hablaba a favor del exterminio. No creía que… ¿Estás ahí delante, hablando conmigo? ¡Asombroso! ¡Llevas semanas en Estelar! ¿Has…? Hummm, ¿has… matado a alguien? Sin querer, quiero decir.
—No —respondí—. De verdad que no somos así. He pasado casi todo el tiempo intentando averiguar cuál de los diecisiete cuartos de baño se supone que debo usar. ¿Sabes lo confuso que puede ser sin leer unas instrucciones?
Cuna hizo una línea con los labios. Le devolví la sonrisa.
Caminó a mi alrededor.
—Espectacular de verdad. Os hemos observado todos estos años, pero sabemos muy poco. Es por la interferencia que crean esas plataformas, ¿sabes? Y aun así… Os acribillamos hasta dejaros casi en una edad de piedra, y menos de un siglo más tarde ya volvéis a tener hipermotores. No sé si impresionarme o intimidarme.
—Ahora mismo, dejémoslo en empate —dije. Toqué mi brazalete y reactivé mi holograma para recuperar el aspecto de Alanik—. Cuna, Winzik está más loco de lo que crees. Brade me ha contado algunos de sus planes. Intentan reclutar a Alanik para que se una a una especie de grupo citónico que tienen. Creen que pueden controlar a los zapadores.
—Seguro que exageras —repuso Cuna—. El programa que hemos desarrollado utiliza un arma para distraer a los zapadores. Según nuestros análisis, si pasan demasiado tiempo en nuestro espacio sin consumir un planeta, terminan desapareciendo. Lo que intentamos hacer no es tanto controlarlos como apartarlos de los núcleos de población el tiempo suficiente para que se marchen.
—Ya, bueno, pues hay más —dije—. No eres solo tú a quien preocupa que la Supremacía pierda el control cuando todo el mundo sepa de las babosas hipermotoras. Winzik pretende usar la amenaza de un ataque zapador para mantener la galaxia a raya.
Cuna desnudó los dientes.
—Si eso es verdad, entonces me queda mucho más trabajo por delante. Pero no tienes por qué preocuparte. Nuestro programa está solo en sus fases iniciales. Hurgaré hasta saber la verdad y actuaré para frustrar las aspiraciones políticas de Winzik. Aún no tiene tanto poder como para ser imparable.
—Muy bien. Yo veré qué puedo hacer para que la plaga humana recule un poco.
—No puedo permitir que te lleves ese dron.
—Por lo menos déjame coger la unidad sensorial que le instalé —pedí—. Mi nave la necesita. —Miré a Cuna—. Por favor, deja que me marche, Cuna. Volaré de vuelta a Detritus y convenceré a mi pueblo de que alguien entre los krells quiere hablar de paz. Creo que me escucharán. ¿Qué pasaría con el poder de Winzik si, de pronto, su departamento ya no fuera necesario? ¿Y si la plaga humana pasara a ser aliada de la Supremacía, en vez de su enemiga?
—Queda un camino muy largo para que ocurra eso —respondió Cuna—. Pero… sí, puedo imaginarlo. Es un trato, pues, entre tú y yo. —Cuna titubeó un momento y luego volvió a tenderme la mano—. O un trato de quizá llegar a un trato.
Se la estreché. Luego apreté los labios formando una línea. Cuna, a su vez, sonrió. Bueno, fue una especie de sonrisa. Un esfuerzo meritorio, por lo menos.
Saqué el sensor y la unidad holográfica que había añadido al dron y me los guardé en los bolsillos del traje de vuelo, pero dejé en la mochila el dron en sí. Cuna me acompañó a la puerta y yo intenté no pensar en el pobre alienígena al que acababan de exiliar. No podía permitirme sentirme responsable de lo que le había ocurrido. Tendría que limitarme a hacer lo que pudiera.
¿Qué ocurriría si de verdad hacíamos las paces? ¿Significaría que ya no hacían falta los cazas estelares? Eso me costaba creerlo; los zapadores seguían ahí fuera, ¿verdad? Habría batallas. Siempre había batallas.
De todos modos, se me hacía un poco raro que, de toda la gente que había, fuese yo quien diera los primeros pasos hacia la paz.
—Puedo llevarte en lanzadera a tu embajada —dijo Cuna, sacándome por la puerta de seguridad al cielo abierto—. Luego rellenaré los documentos debidos, indicando que «Alanik» vuelve con su pueblo. No sé cómo haremos que esto funcione después de eso, pero…
Cuna dejó la frase en el aire al ver que una lanzadera militar, que parecía la misma que nos había llevado hasta allí, descendía casi en picado y aterrizaba con un apresurado topetazo en plena hierba, sin hacer caso a la plataforma de lanzamiento que quedaba más lejos. La compuerta se abrió de golpe, pero dentro no había nadie. Al instante olí a canela.
—¡Deprisa! —exclamó la voz de Vapor—. Alanik, nos han movilizado.
—¿Qué? —pregunté con brío—. ¿Cómo que movilizado?
—Envían nuestro escuadrón a la batalla. Creo que han avistado un zapador.