Estelar
Capítulo 16
M orriumur y yo seguimos a un grupo de alienígenas emocionados hacia una amplia escalinata que descendía a las entrañas de la estación minera. Justo antes de pisar el primer peldaño, vi una nave grúa remolcando un caza krell negro hacia un hangar cercano. Me maldije para mis adentros. Había planeado esperar a Brade y ver si lograba que hablara conmigo, pero al parecer había aterrizado con disimulo apartada de los demás y ya se había esfumado.
Suspiré y eché a andar escalera abajo hasta alcanzar a Morriumur, que caminaba a solas al final de la muchedumbre. El paso era lento en la escalera por un embotellamiento en la puerta que había al fondo.
—Gracias por no dejar que hiciera una estupidez ahí arriba —dije a Morriumur mientras esperábamos.
—¡Bueno, gracias a ti por salvarme la vida! —exclamó Morriumur. Apretó los labios con firmeza, lo que le dio un aspecto disgustado, pero yo ya empezaba a preguntarme si el problema estaba en que no comprendía las expresiones diones, porque sus siguientes palabras fueron amistosas—. ¡Eres una piloto fantástica, Alanik! Creo que nunca había visto uno mejor que tú.
—¿Has visto a muchos? —pregunté—. O sea, ¿no eres… muy joven?
—¡Ah, sí! —dijo Morriumur—. Tengo dos meses de edad, pero cuento con algunos recuerdos y habilidades de mis ascendientes. Une de elles, mi progizquierde, fue piloto comercial en su juventud. De ahí heredé yo la habilidad.
—Vaya —dije, bajando un escalón—. He hablado con gente a la que le sorprendía que hayas venido a la prueba. ¿Por qué iba une dione a presentarse a algo como esto? ¿Y por qué no se le ha ocurrido hacerlo a nadie más de tu especie? Bueno, si no es una pregunta demasiado atrevida.
—No, no —dijo elle—. No es una pregunta demasiado atrevida en absoluto. ¡La paz no lo quiera! Animamos a las especies inferiores a aprender nuestras costumbres, ya que confiamos en que eso os ayude a llegar a la inteligencia primaria. La respuesta a tu pregunta es sencilla. No había más diones en la prueba porque mi gente tiene unas almas cuidadosamente cultivadas, purgadas por completo de toda agresividad y violencia. Venir aquí y luego entrenar para matar… ¡vaya, eso seria impensable!
—Pero ¿no hay diones entre los pilotos de drones? —pregunté.
—Nunca duran mucho tiempo. Los pilotos de drones son casi siempre tenasi —explicó Morriumur, nombrando a una de las especies dirigentes de la Supremacía a ninguno de cuyos miembros había conocido—. Tienen una capacidad especial para combatir, pero sin volverse emocionales al hacerlo. El resto somos gente muy pacífica.
—Y aun así —dije—, ¿les líderes diones no tienen problemas en enviar drones para asesinar a un grupo de pilotos sin preparación?
—Esto de hoy… —Morriumur bajó la mirada hacia los pies mientras descendía otro peldaño—. Esto ha sido inesperado. Seguro que los altos cargos saben lo que hacen. Y tienen razón en que no serviría de nada enviar a la batalla a gente que vaya a huir a las primeras de cambio. Por tanto, era necesario algún tipo de prueba extrema, ¿verdad?
—Pues a mí me parece que son un hatajo de hipóc… —empecé a decir.
—Spensa —me interrumpió M-Bot al oído—. No soy precisamente un experto en anticipar las reacciones sociales adecuadas de los orgánicos, pero por favor, ¿podrías no insultar a la primera amistad dione que haces? Podríamos necesitar averiguar algo de elle.
Me mordí la lengua con dificultades. Supuse que M-Bot tenía razón.
—¿Por qué viniste tú a la prueba, entonces? —pregunté a Morriumur en vez de seguir por donde iba—. ¿Tu alma no está…? ¿Cómo lo llamabas, purgada de agresividad?
—Yo soy… un caso especial —respondió—. Nací con una personalidad agresiva, de modo que debo demostrar mi valía. He venido aquí para intentar hacer eso.
Terminamos llegando al final de la escalera y entramos en una gran sala de techo bajo. Unos brillantes focos blancos iluminaban mostradores y mesas al estilo de un restaurante. Me recordó al comedor de la base Alta, aunque los olores eran… bueno, inusuales. Identifiqué algunos conocidos: comida frita, pan horneado y algo similar a la canela. Pero esos aromas se entremezclaban con toda una multitud de olores extraños. Agua fangosa. Pelo quemado. ¿Grasa de motor? En conjunto, creaban una muralla de sensaciones abrumadora y confusa que me detuvo de golpe en el instante en que crucé el umbral.
—¿Qué comes tú? —preguntó Morriumur, señalando unos letreros colgados por encima de los puestos de servicio—. Vegetación basada en el carbono, supongo. Hay cócteles de minerales, aunque dudo mucho que puedas metabolizarlos. Y allí al fondo está la cola para la carne cultivada en laboratorio.
Eso parecía molestarle, a juzgar por cómo frunció el ceño y retrajo los labios en una mueca que me mostró sus dientes.
—Hummm… —Traté de pensar cómo respondería Alanik.
—Tu especie —me dijo M-Bot al oído— tiene una dieta bastante parecida a la humana, aunque con más frutos secos y menos carne. Ah, y nada de leche.
—¿En serio? —susurré mientras avanzaba con Morriumur hacia la cola de las verduras. Hice un gesto en dirección a mi torso—. Alanik tiene pechos. ¿Qué son, de adorno?
—No beben leche de otras criaturas, quiero decir —explicó M-Bot—. Tu especie lo encuentra de lo más asqueroso. Y yo también, por cierto. ¿Alguna vez te has parado a pensar cuántos líquidos extraños chorreáis los orgánicos por vuestros orificios?
—No más extraños que las ideas que chorreas tú a veces por tu orificio, M-Bot.
Hice la cola detrás de Morriumur y cogí una ensalada de algo que parecían tiras de alga. M-Bot me aseguró que era compatible tanto con mi fisiología como con la de Alanik. Mientras recogíamos la comida, no pude evitar fijarme en cuánto espacio nos dejaban los demás pilotos.
Cuando fui a coger agua, tuve que apretujarme entre dos enormes alienígenas gorila burl que ni siquiera me miraron, por lo que no era yo de quien se apartaba todo el mundo. Era Morriumur. «Sí —pensé mientras daba un sorbo al vaso de agua y entraba en otra zona despejada al regresar con elle —. Morriumur les da miedo.» Los miembros de otras especies no dejaban de echarle miradas, como si la presencia de une dione en aquel espacio reservado a las especies inferiores les despertara suspicacia o preocupación.
Fui con mi bandeja hacia una mesa vacía que había cerca de la esquina del comedor, donde el olor a canela era más intenso. Pero cuando hice ademán de sentarme, Morriumur me cogió del brazo.
—¡Ahí no! —susurró—. ¿Estás loca?
Fruncí el ceño mirando la mesa vacía. Era como todas las demás. Morriumur me llevó a otra mesa vacía y se sentó.
Tirda. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo. ¿Qué había de malo en la primera mesa? Me senté, confusa. Tenía que robar un hipermotor cuanto antes, porque tarde o temprano acabaría reventando mi tapadera.
—Entonces, hummm… —dije a Morriumur mientras atacaba mi ensalada —. ¿Dices que llevas viviendo… esto… dos meses?
—¡Sí! —respondió Morriumur—. Naceré dentro de tres meses como bebé, aunque conservaré estos recuerdos cuando crezca. O mejor dicho… bueno, espero nacer dentro de tres meses. Que pueda llegar o no a la parte final del proceso de gestación dependerá de si mis parientes aceptan o no que esta personalidad merece unirse a sus filas.
—Eso es… Vaya. —«Rarísimo.»
—¿Diferente? —sugirió Morriumur—. Soy muy consciente de que no es como hacen las cosas la mayoría de las especies.
—No quiero ofender —respondí con cautela—, pero sí, para mí es un poco raro. O sea, ¿cómo funciona? ¿Ahora mismo tienes dos cerebros?
—Sí, tengo dos de casi todos los órganos internos, aunque los brazos y piernas adicionales se absorbieron durante la formación del capullo, y los cerebros de mis ascendientes están enlazados por el momento y funcionan como uno solo.
Caray, qué conversación más extraña.
—Si no te molesta que lo diga —prosiguió—, tienes pinta de pertenecer a una especie con reproducción sexual, compuesta de dos sexos distintos, macho y hembra, ¿verdad? —Esperó a que yo asintiera y continuó—. Es uno de los patrones biológicos más populares en la galaxia, aunque nadie sabe muy bien por qué. Podría ser evolución en paralelo. Pero yo prefiero la teoría de que todos tenéis antepasados comunes que se expandieron por las estrellas mediante hipersaltos citónicos mucho antes de que usarais siquiera herramientas de piedra.
Me senté más erguida.
—¿Hipersaltos citónicos, dices? —pregunté, con toda la inocencia que pude.
—¡Ah, lo más seguro es que no hayas oído hablar de ellos! —exclamó Morriumur—. Antes la gente era capaz de hipersaltar usando solo la mente. Era muy peligroso, pero a mí me parece una teoría interesante, que explicaría por qué varias especies procedentes de planetas distintos tienen un aspecto parecido. ¿No crees también que sería emocionante, si pudiera demostrarse algún día?
Asentí. Quizá pudiera averiguar algo sobre mí misma en aquel comedor.
—Me pregunto cómo lo hacían. ¿Sabes algo sobre el proceso?
—No —dijo elle—. Solo lo que viene en los libros… y la advertencia de que es peligroso. Los textos se cuidan mucho de no concretar los detalles.
«Porras.» Observé a Morriumur y, cuando se me ocurrió comprobarlo, me fijé en que la mitad izquierda y la derecha de su cara tenían rasgos distintos. Era cierto que dos personas se habían fusionado juntas de algún modo para crear a Morriumur, un individuo más grande que la mayoría de les diones que había visto, pero solo por unos pocos centímetros. La pareja debía de haber perdido mucha masa durante… ¿la pupación?
Me di cuenta de que estaba siendo grosera y bajé la vista hacia mi ensalada, sonrojándome.
—Perdona.
—No pasa nada —dijo Morriumur riendo—. Ni me imagino lo raro que debe de resultarte, aunque a mí me parece extraño que tantas especies se reproduzcan a vuestra manera, sin comprobar siquiera la personalidad que tendrá el bebé. ¡Lo dejáis todo al azar! Yo, en cambio, puedo relacionarme con mi familia, cercana y lejana, y elles pueden decidir si esta es una versión de mí que les gusta.
Había algo muy perturbador en lo que acababa de decir.
—¿Y si no? Si no les gustas, quiero decir.
Morriumur titubeó y removió un poco su comida en el plato.
—Bueno, en ese caso, cuando entre en el capullo dentro de tres meses, mis ascendientes decidirán que no estoy bien del todo. Volverán a pupar y yo emergeré con otra personalidad. La familia pondrá a prueba esa versión durante cinco meses y al final se decidirán por una versión de mí que guste a todo el mundo.
—Suena peligroso —dije—. O sea, no te ofendas, pero no creo que me guste lo que implica. ¿Tu familia puede agitar tu personalidad una y otra vez hasta que salga algo que aprueben? No creo que nadie me hubiera aprobado a mí.
—Les nodiones siempre decís cosas como esa —afirmó Morriumur, enderezando la espalda—. Pero este proceso ha resultado en una sociedad muy pacífica, de inteligencia primaria. Sin embargo… sí que me crea un poco de presión para demostrar mi valía, eso es verdad. —Hizo un gesto hacia la sala llena de pilotos—. Y eso me ha empujado a tomar una medida extrema. Como te decía, esta versión de mi personalidad es un poco… agresiva. Así que pensé: «¿Y si demuestro a mi familia que eso es bueno?». Quizá fuese un acto impulsivo por mi parte responder a la petición de pilotos, pero con solo tres meses de plazo, me pareció la mejor manera de ponerme a prueba.
—Pero… —empecé a objetar, pero guardé silencio al fijarme en que había entrado alguien en el comedor. Bueno, más bien un grupo de álguienes: unos cincuenta kitsen, cada cual con unos quince centímetros de altura.
Las criaturas peludas desfilaron basta nuestra mesa, la mayoría vestidas con pequeños uniformes blancos de estilo naval, de los que sobresalían sus tupidas colas. Contuve una sonrisa. Parecían ser una poderosa especie espacial que había mostrado valentía y lealtad en combate. Pero… tirda, además eran monísimos.
Se detuvieron junto a la silla vacía que había a mi lado y unos pocos de ellos alzaron una escala y la apoyaron en ella. Otros la usaron para subir a la silla y colocaron otra escala hasta la superficie de la mesa. Por último, Hesho, aún vestido con su ropa formal de seda roja, subió por ambas escalas hasta la mesa. Alzó una zarpa hacia mí, con los dedos cerrados en un puño. Al verlo de cerca, pude distinguir en el pelo blanco de su hocico un patrón rojo, color que se repetía en los bordes de sus orejas largas y puntiagudas.
—¡Alanik de los UrDail! —saludó, y su collar traductor proyectó una voz intensa y profunda—. ¡Hoy festejamos nuestra victoria!
—¡Capitán Hesho de los kitsen! —exclamé, imitando su gesto con el puño cerrado—. ¿Acabáis de llegar ahora para comer?
—Hemos ido a recoger nuestros propios víveres y nos los hemos traído — respondió—. No confiamos en que un restaurante de la Supremacía disponga de las viandas adecuadas para un banquete que corresponda a nuestra posición.
Otro kitsen llegó con una silla de tamaño exagerado, que situó en la mesa para que Hesho pudiera sentarse, con su cola espesa asomando por detrás. Otros trajeron una mesita pequeña, que colocaron delante de él y cubrieron con un mantel.
—Bueno —dijo Hesho, pasando la mirada de mí a Morriumur—. Ahora somos camaradas, ¿verdad? ¿Queréis que establezcamos un pacto formal de ayuda y apoyo mutuos?
Miré a Morriumur.
—La verdad es que no había llegado a pensar tanto en el tema —dije.
—Necesitaremos aliados dignos de confianza si queremos sobrevivir a futuros enfrentamientos —insistió Hesho—. Aunque si os soy sincero, no sé si tener a une dione en nuestra pequeña flota servirá a nuestro progreso o lo lastrará.
—Supongo que lo lastrará —dijo Morriumur, bajando de nuevo la mirada a su plato—. Los entrenadores me presionarán más que a un miembro de una especie inferior.
—En ese caso, los kitsen aceptaremos gustosos la dificultad añadida— afirmó Hesho con solemnidad—. Quizá eso demostrará por fin que somos dignos de convertirnos en ciudadanos de pleno derecho de la Supremacía.
—¿Tenéis alguna idea de lo que va a pasar ahora? —les pregunté—. Hemos superado su prueba, ¿verdad?
—Ahora nos entrenarán para combatir a los zapadores —dijo Morriumur.
—¿Y qué significa eso? —pregunté. Seguía sin tener ni la menor idea de en qué me había metido.
—Es difícil de prever —dijo Hesho—. No creo que nadie de nosotros esperase que la prueba de hoy fuera tan brutal como ha sido.
Mientras hablaba, otro grupo de kitsen llegó con platos humeantes de comida, que dispusieron en la mesita de Hesho. Una de ellos, que llevaba un vestido de seda, le cortó la comida y empezó a llevársela a la boca. Los demás se afanaron en llenar varias sillas de las que rodeaban nuestra mesa con materiales para un banquete.
—La Supremacía es extraña —siguió diciendo Hesho mientras iba masticando su minúsculo filete—. Sus dirigentes se esmeran con mucho empeño en proteger las impolutas y pacíficas vidas de los inocentes, pero una vez abandonas los límites del decoro, su venganza puede ser rápida y brutal.
—La Supremacía es sabia —dijo Morriumur—. Ha sobrevivido durante siglos, proporcionando seguridad y prosperidad a miles de millones de seres.
—No pongo en duda la veracidad de esos hechos —replicó Hesho—. Y mi pueblo arde en deseos de incrementar nuestro nivel de ciudadanía. Sin embargo, no me negarás que algunos departamentos, en particular el de Servicios de Protección, pueden mostrar una inquietante carencia de empatía.
Asentí y la mesa quedó en silencio. Mientras comíamos, noté que mi atención se desviaba hacia algo que debía de estar sintiendo desde el principio. La… llamada de las estrellas. El campo de supresión citónica de Visión Estelar la había acallado, pero en aquella plataforma minera podía oír de nuevo su canción. No era capaz de distinguir lo que se estaba diciendo, pero ese sonido en el fondo de mi mente significaba que la estación estaba emitiendo comunicaciones.
Dejé el tenedor, cerré los ojos y me imaginé a mí misma volando entre las estrellas, como me había enseñado la yaya. Sentí que me dejaba llevar. Quizá… quizá pudiera seguir aquellos rastros invisibles. ¿Algunos de ellos llevarían a Detritus, a las fuerzas de la Supremacía apostadas allí?
Pero no encontré nada que sugiriese que así era. En cambio, sí que sentí otra cosa cercana. Una especie de vibrante familiaridad. ¿Qué era eso?
«Brade —comprendí, recordando la sensación de antes—. No está en el comedor, pero sí cerca.»
Abrí los ojos y miré alrededor. La ajetreada sala estaba repleta de alienígenas comiendo y bebiendo, o en el caso de unas criaturas rocosas muy extrañas, derramándose líquido en las cabezas.
La sensación llegaba desde fuera de la estancia. Me disculpé con los demás y les dije que necesitaba ir al servicio. Morriumur me explicó dónde estaba y salí del comedor con la mirada en la dirección que me había indicado le dione. En el pasillo había una hilera de puertas, cada una con un letrero identificando el tipo de unidad de eliminación que contenía.
Miré en la dirección opuesta, de donde parecía proceder la sensación citónica de Brade. No había guardias a la vista, así que me escabullí pasillo abajo.
La sensación se hizo más fuerte cuando llegué a una puerta que había a un lado. Estaba entreabierta y eché un vistazo rápido para confirmar que, en efecto, Brade estaba allí. Hablaba con un grupo de funcionarios diones, además de con Winzik.