Estelar

Mary Shelley · Capítulo 25 de 49

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Estelar

Capítulo 24

 

 

U na vez fuera, Vapor me hizo practicar con el equipo algunas formaciones de dispersión, una maniobra en la que el escuadrón se disgregaba y volaba en distintas direcciones para luego reagruparse. Pensé que nos serían útiles cuando lucháramos contra algo como las ascuas, que intentarían estrellarse contra nosotros.

Los demás debieron de sentir mi cambio de humor, porque nadie me rechistó y hasta Brade hizo los ejercicios sin protestar. Poco después concluyó el entrenamiento de la jornada y fue hora de regresar a la Pesos y Medidas.

Aterricé mi nave en el amarre y di una palmadita cariñosa en su consola. El caza no era M-Bot, pero sí estaba bien construido. Abrí la cubierta, salté al suelo con los demás y pude interpretar en sus actitudes una especie de entusiasmo agotado. Agotado porque había sido un día de trabajo largo, pero entusiasmo porque el entrenamiento había sido bueno. Habíamos progresado y ya empezábamos a dar la impresión de ser un equipo,

Hesho se echó a reír con ganas por algo que había dicho Morriumur, y de nuevo se acercó a él la kitsen del uniforme rojo, la que llevaba un escudo. Me había enterado de que se llamaba Kauri y era la oficial de derrota de la nave, además de la escudera de Hesho, aunque yo no estaba muy segura de lo que significaba aquello en nuestro contexto.

Mientras caminábamos juntos, reparé en que podía distinguir a algunos de los demás kitsen por sus voces. Era raro pensar que nuestro escuadrón se componía no solo de cinco pilotos, sino también de los cincuenta y siete tripulantes kitsen.

Me gustaba. Agradecía la energía que nos proporcionaba. Casi me ayudaba a olvidar las cosas tan extrañas que había sentido y visto en el laberinto. Nos ordenaron volver a la sala de salto y, aunque llegó un dron para guiarnos, Brade apretó el paso para adelantarse. Tal vez quería evitar verse obligada a relacionarse con nosotros.

Aceleré para alcanzarla.

—Eh —dije—, me ha gustado esa maniobra que has hecho justo antes de terminar. Esa en la que has serpenteado entre otras naves del escuadrón sin golpearlas.

Brade se encogió de hombros.

—Era sencilla.

—Tienes experiencia de vuelo —comenté.

—Es evidente.

—Bueno, pues me alegro de tenerte en el equipo.

—¿Estás segura de eso? —me preguntó—. Sabes lo que soy. Tarde o temprano voy a perder los papeles, y entonces habrá bajas.

—Cuento con ello —repliqué.

Se quedó inmóvil de sopetón, en el pasillo con alfombra roja, frunciéndome el ceño.

—¿Qué?

—En el lugar de donde vengo —dije con suavidad—, un poco de pasión es buena para un piloto. No me da miedo un poco de agresividad, Brade. Creo que podemos sacarle provecho.

—No tienes ni idea de lo que me estás pidiendo —me soltó con brusquedad, y siguió adelante con paso rápido.

Me quedé esperando a los demás y anduve con ellos hasta nuestra sala de salto. En esa ocasión no intenté mantener la dirección hacia la sala de máquinas: el guardia apostado allí ya sospechaba de mí, a juzgar por la forma en que sus ojos me siguieron al pasar.

Mientras nos acomodábamos en nuestros asientos, me concentré en hacer el ejercicio de la yaya. Cerré los ojos y dejé que mi mente saliera flotando, imaginé que volaba entre las estrellas y escuché.

Las voces de los kitsen charlando perdieron intensidad hasta esfumarse. Ahí estaba. Hipermotor preparado, dijo una voz. No hablaba en inglés, pero, como siempre, el idioma no importaba. Mi mente captaba el significado. ¿Por qué se comunicarían mediante la citónica, si solo era el puente llamando a la sala de máquinas?

Excelente. Ese era Winzik. Actívenlo.

Me preparé y esperé… pero no sucedió nada. ¿Qué era aquello?

Al momento, se envió otra comunicación.

Sala de máquinas, ¿hay algún problema?

Sí, por desgracia, llegó la respuesta. Estamos detectando interferencias citónicas de fuentes localizadas dentro de la nave.

Tuve una punzada de alarma. Ellos… sabían que yo estaba allí.

Ah, eso, dijo Winzik. Sí, era de esperar. Tenemos a dos de ellos viajando con nosotros.

Pues será un problema, señor, envió Ingeniería.

¿Cómo de grave?

Ahora lo veremos. Estamos cambiando la unidad hipermotora. Una fresca debería funcionar, siempre que la activemos de inmediato.

Esperé, tensa. Transcurrieron unos minutos.

Entonces volvió a suceder. Otro volcado de información en mi mente, esa vez apuntando a Visión Estelar. Luego un chillido.

Tuve la misma sensación desorientadora de que me arrojaran a una vasta negrura. De nuevo, los zapadores no me vieron. Estaban concentrados en el chillido.

Caí de golpe a mi asiento, con la mente palpitando. De nuevo flaqueé en mis correas, aunque los demás ni siquiera interrumpieron sus conversaciones. No se habían dado cuenta de que había tenido lugar el hipersalto.

La sensación que había tenido, aquel volcado de información… me decía hacia dónde iba a ser el hipersalto. Podría haber utilizado esa información para saltar por mi cuenta a Visión Estelar. Empezaba a desaparecer de mi mente, pero despacio. Quizá… quizá fuese capaz de hipersaltar yo sola desde allí al laberinto de zapador y de vuelta, si me hacía falta.

Los números aleatorios que me había dicho M-Bot no funcionaban, pero había algo en esa información inyectada sin intermediarios en mi mente… que sí. Demostraba lo que ya sospechaba: que necesitaba ser capaz de algo más que saber mi punto de destino. Tenía que poder sentirlo. Era una pista, la primera pista sólida que encontraba sobre cómo podría lograr controlar mis poderes.

Exhausta, me levante con los demás y volví con paso pesado al hangar de recogida, que tenía vistas a Visión Estelar, una vibrante y resplandeciente plataforma azul de la que brotaban edificios como estalactitas y estalagmitas.

Me despedí de los demás y subí a mi lanzadera asignada. Por desgracia, en esa ocasión no tenía una para mí sola y une oficial hizo entrar a un trío de alienígenas reptilianos detrás de mí. Al parecer, su alojamiento estaba cerca del mío. Se sentaron en los asientos traseros y empezaron a charlar en voz baja en su propio idioma, conversación que mi servicial alfiler me tradujo. Como solo hablaban de qué iban a cenar, apagué el intérprete.

La lanzadera despegó, y en el instante en que salimos del hangar una voz se alzó en mi auricular:

—¿Spensa? —dijo M-Bot—. Spensa, vuelvo a captar tu señal. ¿Estás bien? ¿Va todo bien? ¡Han pasado ocho horas sin comunicación!

Me sorprendió lo mucho que anhelaba oír aquella voz y me descubrí suspirando de alivio. Mi tarea estaba volviéndose más intimidante a cada momento que pasaba, pero ese núcleo de confianza me recordó que no estaba sola del todo.

—He vuelto —le susurré, echando un vistazo a los alienígenas que iban detrás de mí—. Te contaré más cuando llegue a la embajada.

—¡Tirda, qué alegría oírlo! —exclamó M-Bot—. ¿Lo has oído? Acabo de decir una palabrota. Si empezara a soltar palabrotas, ¿crees que eso demostraría que estoy vivo? Los ordenadores inertes no reniegan. Sería raro.

—No creo que puedas argumentar que no eres raro.

—Pues claro que puedo. Puedo argumentar casi cualquier cosa, si estoy programado para ello. De todas formas, ¡deben de tener alguna clase de bloqueo de comunicaciones en la Pesos y Medidas! Al perder tu señal, he temido que iba a quedarme solo con la babosa para siempre.

Sonreí y la verdad es que empecé a emocionarme cuando nos aproximamos a mi edificio. Tenía mucho que explicar a M-Bot. El laberinto de zapador. Vapor. Y había hecho progresos con Brade, ¿verdad? Pero por desgracia, al llegar descubrí que la señora Chamwit, la empleada del hogar krell que me había asignado Cuna, estaba esperando en la puerta principal.

—¿Qué hace aquí todavía? —susurré, mirando la armadura de la mujer alienígena mientras mi nave aterrizaba.

—Cuando ha terminado de limpiar, ha dedicado el tiempo a esperar a que volvieras —respondió M-Bot.

Sí que estaba decidida a espiarme, ¿eh? Mientras yo bajaba de la lanzadera, la krell se acercó afanosa y empezó a hablar con voz energética.

—¡Bienvenida, señora! He indagado en los requisitos nutricionales de su especie y creo que tengo la receta perfecta para la cena de esta noche. ¡Pudin akokiano! ¡Una mezcla deliciosa de dulce y salado!

—Hummm… No, gracias —dije—. Ya tengo comida. La encargué hace un par de días.

—¿Señora? ¿Se refiere a las tiras de alga que hay en su unidad refrigeradora?

—Claro —dije—. Están buenas. —Sosas, pero buenas.

—Bueno, quizá pueda prepararlas de acompañamiento —propuso la señora Chamwit—. ¿O tal vez prepararle un postre para después?

—No hace falta —insistí—. De verdad. Gracias. Tengo trabajo esta noche y no quiero interrupciones.

Gesticuló con aire alicaído, pero no me lo creí. Si la krell estaba triste, era solo porque estaba negándole la posibilidad de espiarme. Al cabo de un rato, después de tres confirmaciones más de que no necesitaba nada, bajó la escalera hacia la calle para marcharse.

Suspiré, me sequé la frente, subí al tejado del edificio y entré en la cabina de M-Bot.

—Oscurece la cubierta —le pedí—. Y asegúrate de que la espía alienígena se ha ido de verdad.

La cubierta se hizo negra.

—No estoy nada seguro de que sea una espía, Spensa —confesó M-Bot —. No ha registrado tus cosas. Solo ha ordenado el dormitorio y luego ha pasado el rato haciendo sopas de letras en su tableta.

—Ordenar es la tapadera perfecta para espiar.

Me recliné en el asiento y rasqué a Babosa Letal debajo de la barbilla.

La babosa trinó en tono abatido y parecía letárgica cuando se acercó a mí poco a poco, así que la cogí y la acomodé en mi regazo. Nunca la había visto moverse tan despacio. Había algo en aquella estación espacial que parecía estar enfermándola.

—Vale, M-Bot —dije—, tenemos un problema. Es posible que tengamos que apoderarnos de esa nave de transporte entera.

—Excelente —repuso M-Bot—. ¿Prefieres que incineren tu cadáver o que lo eyecten al espacio?

Sonreí.

—Muy bueno.

—El humor es un identificador esencial de un ser vivo —dijo M-Bot—. He estado trabajando en unas subrutinas que me ayuden a identificar y hacer mejor los chistes.

—Puedes hacer eso, ¿eh? —dije—. Reprogramarte a ti mismo para convertirte en algo nuevo.

—Tengo que ir con cuidado —matizó M-Bot—, porque otra parte esencial de estar vivo es la persistencia de la personalidad. No quiero cambiar demasiado quien soy. Y además de eso, hay ciertas cosas que, si intento reescribirlas, me hacen entrar en…

Clic, Cliclicliclic.

Suspiré y cambié de postura en el asiento mientras acariciaba a Babosa Letal. Estaba blanda y mullida. Incluso los pinchos del lomo, por los que flauteaba, no estaban tan rígidos.

—He vuelto —dijo M-Bot por fin, y soltó un exagerado suspiro—. Qué molesto. Bueno, estabas diciendo algo de una misión suicida que consistía en apoderarte de un acorazado de la Supremacía, ¿verdad?

—No es un acorazado propiamente dicho —repuse—. Habrá solo como… pongamos cincuenta o sesenta tripulantes a bordo.

Me lancé a una explicación de lo que me había ocurrido ese día: las conversaciones que había escuchado, el laberinto de zapador, la relación con los demás pilotos y con Vapor. Hasta las extrañas experiencias dentro del laberinto en sí.

—En pocas palabras —resumí—, no van a darme una nave con hipermotor, así que tendremos que buscar otra manera de hacerlo.

—Qué curioso —dijo M-Bot—. ¿Y puedes oír las órdenes que da Winzik a la sala de máquinas? ¿Por qué?

—Supongo que hablan a través de la ninguna-parte.

—¿De una parte de la nave a otra? —se sorprendió M-Bot—. No tiene ningún sentido. Debería bastar con un sencillo sistema cableado. ¿Estás segura de que eso es lo que estás oyendo?

—No —dije con sinceridad—. Y «oír» ni siquiera lo define bien, tampoco. —Me quedé un momento pensativa antes de seguir hablando—. A lo mejor no tenemos que secuestrar la nave entera.

—Bien, porque lo único que quedaría después de que te hicieras matar sería la babosa, y no estoy nada convencido de querer que sea mi piloto.

—Creo que está pasando algo raro en esa sala de máquinas —expliqué—. Además, al volver del laberinto de zapador ha fallado algo en el hipermotor por mi culpa. Lo han cambiado por otro, así que las unidades hipermotoras deben de ser lo bastante pequeñas para poder reemplazarlas rápido.

—Eso ya lo sabíamos —dijo M-Bot—. Yo antes tenía algo en esa caja vacía de mi casco donde se supone que va mi hipermotor.

Asentí, repasándolo todo otra vez mientras rascaba la cabeza a Babosa Letal, que flauteó satisfecha.

Yo había teleportado a M-Bot dos veces por mi cuenta, pero sus sistemas afirmaban tener un «hipermotor citónico». Había dado por sentado que su anterior piloto, el comandante Spears, había sido el hipermotor que había llevado a M-Bot a Detritus. Pero entonces ¿para qué era la caja vacía? Me faltaba una pieza enorme del rompecabezas.

—Tenemos que pensar cómo colarnos allí y observarlos mientras activan el hipermotor o le hacen el mantenimiento. Tirda, tal vez si robara el aparato que utilicen para especificar su destino, podría usarlo para activar mis propios poderes y por lo menos devolvernos a casa.

—Según me cuentas, es una zona bien asegurada —dijo M-Bot—, dentro de una nave militar con patrullas organizadas. Colarte no será fácil.

—Por suerte, tenemos acceso a una nave espía y una IA avanzada diseñada para operaciones furtivas. Nuestra misión es recuperar datos de una posición enemiga segura. ¿Qué piensa tu programación que deberíamos hacer?

—Tendríamos que colocar dispositivos de espionaje —respondió M-Bot al instante—. La mejor solución sería usar drones autónomos, que podrían infiltrarse en la posición y tomar grabaciones. El escudo de la nave de transporte impedirá que las señales se envíen al exterior, pero de todos modos sería inadmisible intentarlo porque los escáneres podrían detectarlas. Así que recuperaríamos los dispositivos manualmente para descargar la información que contuvieran. —Se detuvo un momento—. Uuuh. ¡Es muy buena idea! A veces soy más listo que yo mismo, ¿verdad?

—Puede —dije, reclinándome en el asiento—. ¿Tenemos dispositivos de esos?

—No —respondió M-Bot—. Tengo puestos de lanzamiento para unos pocos drones remotos pequeños, pero están vacíos.

—¿Podemos construir uno nuevo? —pregunté, alzando el brazo e inspeccionando el brazalete que proyectaba mi holograma—. ¿Igual que construimos uno de estos?

—Es posible —dijo M-Bot—. Tendríamos que reutilizar algunos de mis sistemas de sensores y encargar varias piezas nuevas… y hacerlo sin que los pedidos levanten sospechas. Hummm… Es un desafío interesante.

—Dale un par de vueltas —dije, bostezando—. Ya me contarás qué se te ocurre.

M-Bot calló mientras computaba y yo debí de amodorrarme, porque al poco tiempo me despertó el sonido de Babosa Letal imitando a alguien que roncaba. Que no podía ser yo ni por casualidad. Los guerreros, por supuesto, nunca roncamos. Hacerlo revelaría a nuestros enemigos dónde estamos durmiendo.

Me desperecé y salí de la cabina a una ciudad que, a pesar de la hora, estaba en constante movimiento. Me quedé al borde del tejado, contemplando la interminable metrópoli, y no pude evitar sentirme abrumada. Ígnea, la ciudad más grande que mi pueblo había construido jamás, podría haberse perdido sin remedio en solo unas pocas manzanas de Visión Estelar.

Cuánta gente. Cuántos recursos. Todos dedicados a destruir o al menos a reprimir Detritus. Era un milagro que nos fuese tan bien como nos iba.

Una luz en el ordenador del tejado, que servía para hacer diagnósticos a las naves y monitorizar el edificio, indicó que me había llegado una entrega. Bajé la escalera pensando que M-Bot debía de haber encargado ya algunas piezas para construir nuestro dron espía. Pero en el cajón de entrada había un pequeño hojaldre y una nota que rezaba: «Por si las algas están pasadas. Señora Chamwit».

La guerrera que había en mi interior no quería comérselo. No por miedo a que estuviera envenenado, ya que si Cuna quisiera envenenarme, lo único que tenía que hacer era inyectar algo en el suministro de agua del edificio. No quería comerme el hojaldre porque sería como reconocer mi derrota ante la señora Chamwit.

Resultó ser la derrota más sabrosa que había sufrido jamás.