Laín

Francisco Narla · Capítulo 9 de 25

Páginas del PDF

Laín

Estrofa VII. Bajo los hábitos de San Cernin

ESTROFA

VII

BAJO LOS HÁBITOS DE SAN CERNIN

«… el patriarca penaba, y el hijo caminaba sin saber

a dónde ni para qué».

Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana

Entre ambos se había instalado una lógica complicidad. Y ambos se miraron con igual confusión.

—No lo entiendo —dijo Laín con resignación.

Se volvió hacia la muralla y, después de rascarse el cogote con aires pensativos, se giró de nuevo hacia su compañero.

—¿Y tú?

No hubo respuesta, sólo un gesto curioso al torcer el rostro hacia un lado, como quien quiere escuchar mejor un rumor lejano.

—Pues no eres de mucha ayuda —le dijo sonriendo.

Pero el otro tampoco se animó a hablar esta vez. Únicamente se pasó la larga lengua por los belfos, recogiéndose las babas y las migas de unas cortezas de queso con las que había cenado.

—Es una ciudad, pero hay tres murallas —dijo Laín, extendiendo tres dedos al frente, orgulloso de empezar a manejarse con los números—. ¿Cómo puede ser? Y no sólo eso, sino que, además, están a tortas los unos con los otros la mitad del tiempo y, la otra mitad, se miran preguntándose cuándo vuelven a liarse a golpes. Están locos estos tipos…

Entonces su compañero se acercó un paso, como si quisiera consolarle por su desconcierto, y Laín se agachó junto a él para rascarle la cabeza.

—No puede decirse que seamos muy listos —comentó mientras le daba mimos, un poco abrumado por el cúmulo de enseñanzas que Guy había estado vertiendo sobre él con generosidad, tantas y tan variadas que le hacían creerse incapaz de aprehenderlo todo—. Vamos a tener que trabajar duro —terminó mirando el murallón, que parecía alzarse hasta tocar el cielo.

Eran dos figuras solitarias en una callejuela empedrada, entre los rincones oscuros de las casas bajas de un barrio modesto de la ciudad, bajo el manto de una noche clara de verano, sin nubes que ocultasen las estrellas pero cargada como si anunciara una tormenta que viniese retumbando desde las montañas que encerraban aquel lugar.

Un chico y su perro. Los dos solos. Ante ellos se levantaba el cierre defensivo de la Navarrería; tras ellos, una de las callejas que se alejaban de la señorial travesía de San Pedro, la misma que desembocaba en el palacio real.

—Eso tampoco lo entiendo —siguió hablando el muchacho—. Se supone que ahí está la Corte —dijo señalando a sus espaldas, donde se encontraba el gran edificio almenado—, pero quien manda es el obispo y, sin embargo, viven todos juntos, como si fueran sementales en la misma caballeriza. A mí no me parece una buena idea. Dos gallos en un solo corral son muchas plumas para tan poco sitio, ¿no te parece?

Por toda respuesta, Lume captó en el aire cargado de la ciudad un aroma interesante y se alejó unos cuantos pasos para olisquear con excitación la esquina de una casucha modesta. Después de un concienzudo análisis, se colocó para dejar allí su marca con un chorro generoso y regresó junto a su amo, a tiempo de verlo de nuevo volviéndose hacia la muralla.

—Y ahí detrás hay un barranco, ¿te acuerdas? Lo vimos al llegar. Al otro lado del río.

Después de abandonar los montes gallegos, habían cruzado los campos de León con rapidez, manteniendo buen ritmo gracias al terreno llano. Por recomendación de Guy, procuraban alejarse de poblaciones castellanas importantes, no fuera a ser que alguien diera razón de ellos o que a sus talones quedasen pistas para cualquier otro grupo que pretendiese atacarles.

Aquél fue un trecho cómodo, cruzando anchos y escasos ríos de gravera en los que era fácil encontrar vados, y atravesando enormes trigales que maduraban tornando del verde al dorado intenso de la mies. Después volvieron a encontrarse con montes, más prietos y de verdes más oscuros que los gallegos, y el camino se complicó, porque en lugar de seguir la cómoda calzada que habían construido los romanos, hubieron de moverse por valles hechos de recovecos y trasegar duras pendientes, hasta que se encontraron con el río Arga y lo siguieron por la margen derecha, a contracorriente.

Al cabo de un día ya empezaron a distinguir los mazacotes de la ciudad de los navarros, toda murallas que servían de advertencia al forastero. Cuando alcanzaron el que llamaban Puente Nuevo, siguieron rodeando la villa por el norte.

—Ese paso lleva al burgo de San Cernin —le había explicado Guy—, y detrás hay otro, el de San Nicolás. Pero nosotros vamos hacia allá —le dijo señalando la tercera de las barriadas, separada por un barranco y otra inevitable muralla—, a la Navarrería, donde está el palacio y la Corte del rey Teobaldo.

Y habían seguido bordeando el río hasta que tomaron un ramal que los metió en la ciudadela, por la que llamaban Rúa de los Peregrinos, porque era la que usaban los que luego habrían de seguir rumbo a Compostela.

El lugar había impresionado mucho a Laín, y también a Lume. Al muchacho porque jamás había visto tal cantidad de gente en un mismo lugar, todos apretados entre aquellos muros. Al perro porque nunca se le habían colado en los hocicos tantos olores distintos a la vez.

Había pequeñas iglesias mirase adonde mirase, una gran catedral en la que trabajaban canteros, tenderetes que ofrecían tazones de alubias oscuras con sabor terroso, abaceros que servían sidra espumosa desde espitas clavadas en toneles cargados en pequeños carromatos aparejados con borricos, y comerciantes que pasaban de un lado al otro manejando con manos acostumbradas las anillas en los hocicos de bueyes que tiraban de gigantescos carros, llenos hasta los topes de los varales con casi cualquier cosa imaginable: sacos de mies, panes de sal que traían desde el fuero de Agnana, manzanas secas, arrabio para los espaderos de Toledo, barriles de creosota, leña cortada, cántaras de vino y de leche, telas, piezas de quién sabía qué máquinas, sillares de piedra. De hecho, muchas de aquellas mercaderías eran para Laín una pregunta más que hacerle al gascón, porque apenas sabía poner nombre a unas cuantas. Había incluso una judería con su fosal, y por allí se movían los hebreos, inconfundibles con sus caftanes negros y los sombreros de ala ancha bajo los que asomaban los rizos de sus patillas. Pero no eran los únicos que resultaban extraños. La ciudad era grande y vibrante, eje de paso en el camino a Compostela y heredera de la cultura muladí que la había subvencionado durante tantos años, manteniéndola como bisagra entre el impulso de los cristianos que reclamaban las tierras perdidas y los sarracenos que se iban retirando de lo que sus bisabuelos habían conquistado. También pasaron delante de unos titiriteros vestidos con jubones teñidos de colores brillantes y mangas acuchilladas, y Laín vio por primera vez a un malabarista hacer bailar sus pelotas entre dedos borrosos que se movían a velocidades endemoniadas. En los vestidos, en el aspecto, en los peinados, en los retazos de conversación que captaba, en las maldiciones que oía y en las bendiciones que escuchaba. Del sur y del norte, de todo el levante, había allí gentes de toda condición y, en los años que vinieron, Laín siempre recordaría que había sido allí, en la Navarrería, el primer lugar en el que se había topado con un númida, con la piel tan negra como el azabache, cabellos prietos y ensortijados y una dentadura tan blanca como la leche recién ordeñada.

Pero tantas sorpresas no le hicieron olvidar sus responsabilidades.

En tanto Guy y toda la partida de San Paio cumplían con las diplomacias de palacio, aún con el pasmo pintado en el rostro Laín había estado toda la tarde atendiendo a las monturas en las caballerizas, cumpliendo con el papel que se le suponía desde que había sido admitido en el grupo. Y, para esa misma noche, el gascón había trazado un plan a fin de que, sin levantar sospechas entre el resto de la compañía, pudieran acercarse a visitar al viejo conocido que tenía en la villa. Por eso estaba allí esperando, porque era lo que Guy de Tarba le había mandado. Se lo había dicho con un cuchicheo, disimulando mientras aparentaba inspeccionar el manto de su yegua Fatana, y le había hecho repetir las órdenes.

Y eso hacía, aunque a Laín no le cabía en la cabeza cómo iban a abandonar las murallas de la Navarrería, sortear el barranco y colarse en el burgo de San Cernin sin que alguna ronda les diera el alto.

—¿Crees que tardará mucho? —le preguntó entonces al perro.

En su corta vida, el muchacho había pasado tanto tiempo solo, sin otra compañía que la de sus animales, que, irremediablemente, se había acostumbrado a hablarles de igual a igual.

Y, aunque en el último par de meses las cosas habían cambiado mucho, no había perdido el hábito; de hecho, esa costumbre le acompañaría de por vida. Además, en esa ocasión, hablarle a su amigo le ayudaba a combatir el nerviosismo que se iba apoderando de él a medida que la madrugada se acercaba.

Guy había sido muy preciso con las instrucciones dadas. Si no lo alcanzaba antes de la medianoche, algo habría salido rematadamente mal y Laín debía recoger sus cosas.

Si el gascón no se presentaba, muy a su pesar, el muchacho había jurado que se pondría rumbo a Compostela para encontrarse con Egeria.

Y, por el momento, no se había presentado.

Cada vez más nervioso, Laín miró al cielo sobre los tejados de pizarra y, preocupado, descubrió que la luna seguía moviéndose en el firmamento nocturno.

—Es casi la hora —dijo, lleno de inquietud al comprobar que la esquirla de cuarto creciente estaba cerca de su cénit.

Pero el perro estaba cansado de tanto ajetreo y, como no podía comprender a qué esperaban, se había echado a dormitar, acurrucado a los pies del muchacho.

—Desde luego, ¿qué maneras son ésas? Contigo de guardián no se pierde un reino, ¿eh?

Lume sólo abrió el ojo por un instante, sabedor de que el enfado de Laín no era asunto del que preocuparse.

El muchacho se inclinó, doblando la cintura y sacando un dedo para seguir con su farsa, pretendiendo el aire de un padre enfadado con un chicuelo tras una travesura.

—¿Acaso no te dije que estuvieses aten…?

No acabó la pregunta porque sintió el inconfundible tacto frío del hierro en la nuca.

La punta de una espada bien afilada pesaba en su piel. Notaba el pellizco del peso tirando de los pelillos del cogote. También apareció el miedo, viscoso, recorriendo sus entrañas. Y la vergüenza. Lo habían pillado desprevenido pese a las recurrentes advertencias de Guy de que se mantuviera alerta.

Tomó la resolución firme de que no diría una palabra. Aunque le torturasen. Y cerró los ojos.

—¿No te has dado cuenta de que él no se ha puesto nervioso?

La voz, inconfundible por aquel deje, fue un alivio inmediato. Pero Laín tardó en comprender a qué se refería su mentor.

—Cabeza hueca. Te has dejado llevar por el miedo. Te has quedado petrificado y no te has fijado en que ese pulgoso ha empezado a mover el rabo en cuanto me ha visto —concluyó Guy mientras envainaba su espada y señalaba al chucho con el mentón.

Era cierto. Lume ya se había levantado y se restregaba contra las botas del gascón, levantando los hocicos para recibir un cariño.

Abochornado, el chico no se sintió capaz de contestar; se limitó a volverse e intentó que el rubor que le cubría las mejillas se atenuase.

—No des nada por sentado. No bajes la guardia. Te lo he dicho mil veces — insistió adusto—, y espero que este susto te sirva de escarmiento.

El muchacho alzó la vista para mirar directamente a Guy y respondió:

—Lo hará, no olvidaré la lección —aseguró con firmeza.

Aunque no lo dijo, a Guy le encantó advertir aquella vehemencia. Se había descuidado, pero también se había rehecho con rapidez. Y, como veterano de tantos combates que costaba recordar, el mercenario conocía la importancia decisiva de un error en un lance crucial, pero también sabía que un soldado no se medía por su infalibilidad, sino por su capacidad de levantarse una y otra vez pese a haber mordido el polvo.

—Eso espero, que no lo olvides —le dijo severo, sin alabar su entereza.

Se observaron mutuamente durante un instante más, mientras Lume se movía entre ellos con nerviosismo.

—Está bien, hay que ponerse en marcha, tenemos prisa —repuso al cabo Guy—. Con algo de suerte se habrán creído la sarta de embustes que les he contado.

Los dos sabían, y lo habían hablado, que, desde el incidente con la partida de embozados, Baños no les quitaba ojo de encima. Y no desestimaban la suspicacia del alcarreño. Pero Guy había decidido que no les quedaba otra opción si querían tener una posibilidad de saber a qué atenerse con todo aquel asunto de la vera cruz y las partidas de templarios dispuestas a matarse unas a otras.

Después de su metedura de pata, Laín se guardó el deseo de preguntar cómo se las había arreglado el gascón para escabullirse y fue al grano:

—¿Cómo vamos a hacerlo?

—Con prisa —respondió el mercenario—, no puedo ausentarme mucho. Dan por sentado que tú duermes en los establos, pero yo he de estar de vuelta en el tiempo de rondar a una moza.

Eso volvió a traer los colores a las mejillas del muchacho, que había empezado a preguntarse qué clase de magia encerraban las mujeres entre las piernas.

En el tiempo que llevaban de viaje, Laín había comenzado a entrever misterios. Inevitablemente, al compartir camino con hombres curtidos en la vida, las chanzas y las bromas obscenas de los campamentos se repetían a menudo. Y todo aquel ambiente había aumentado la morbosa curiosidad de Laín.

—¡Vamos! —exclamó Guy, sacando al muchacho de sus divagaciones—. No tenemos tiempo que perder.

Se puso en marcha sin volver la vista atrás y sin explicar nada más a Laín, que echó otro vistazo a la muralla y volvió a cuestionarse cómo diantres iban a atravesar aquellas piedras sin usar las puertas.

Guy se encaminó al sur. Evitó la calle principal de la Carbonería y fue moviéndose entre las casas hasta adentrarse en el barrio de la iglesia de San Agustín por callejuelas oscuras entre postigos cerrados y esquinas húmedas. El perro y el chico lo seguían.

—¿Cómo puede salirse de la ciudad? —preguntó entonces, sin detenerse.

Laín supo, por el tono y la situación, que estaba siendo instruido. Así que se esmeró por responder con lógica, porque era consciente de que su maestro no abusaba de la paciencia.

—Ésta es una ciudad amurallada, así que, salvo los pájaros, sólo puede entrarse a través de las puertas. —Como la de los Peregrinos, pensó, por la que ellos habían llegado.

—¿Y cómo estarán las puertas a estas horas?

—Cerradas a cal y canto —dijo Laín sin titubear—, con guardias y probablemente con un santo y seña del que no tenemos idea.

Guy lo miró por encima del hombro, pero no dejó escapar ningún cumplido.

—O sea que tendríamos que pelear con la guardia e intentar no armar escándalo, porque podríamos despertar a algún entrometido o llamar la atención de una ronda del veguer. Y, además, hacernos con un juego de llaves que tendrá, quién sabe dónde, algún tipo al que le pagan sus buenos pepiones, justamente para que no pierda de vista ese llavero. Muy bien, ¿y qué supondría eso?

—Que correríamos el riesgo de que nos descubriesen. Aunque el asalto saliera bien, antes o después se sabría. Estaríamos dejando a nuestras espaldas heridos o muertos.

—Eso es. Con suerte, tendríamos toda la noche, pero después del amanecer habrá un cambio de guardia. Y, en cuanto se abra la puerta, aparecerá más gente. Entonces, ¿nos arriesgamos?

—No, no creo que sea buena idea. Y tampoco podemos escalar para descolgarnos al otro lado; seguro que también hay rondas por el adarve.

—Muy bien —reconoció el gascón, satisfecho—. De acuerdo, ¿y qué hacemos?

Al muchacho no se le escapaba que Guy ya sabía la respuesta. El problema era que a él no se le ocurría nada.

Siguieron caminando en silencio; en tanto, Laín cavilaba sobre el dilema.

—¿Qué entra y qué sale de la ciudad? —cuestionó el gascón tras un rato.

—Muchas cosas, además de viajeros, recaderos y mensajeros. Mercancías, ganado, cereal, harina…

—Cierto —atajó—, ¿y cómo lo hacen?

—Eh, por las puertas —respondió Laín con cierta inseguridad.

—¿Y no hay nada que no necesite las puertas para salir de las murallas?

Laín lo pensó, pero seguía sin ocurrírsele nada.

—No lo sé.

—Piensa, esfuérzate.

—¡El agua! —dijo exultante—. El agua. Cuando llueve se escurre por los desaguaderos en la muralla.

—¡Cierto! ¿Qué más?

Decepcionado tras haber acertado en balde, Laín se estrujó los sesos, pero no cayó en la cuenta.

—La basura —dijo Guy al cabo.

Y se detuvo al tiempo que señalaba algo.

Había hecho el recorrido por la ciudad tan concentrado, que Laín hubo de esforzarse por comprender dónde estaba. Después de callejear por San Agustín, en algún punto que no recordaba habían girado de nuevo al oeste. Estaban otra vez junto a la muralla, pero mucho más al sur, casi en el extremo de la Navarrería. Y lo que Guy le indicaba era una portañola hecha con tablones ahumados y remiendos de chapa oxidada. Estaba encajada en unos rieles cubiertos de robín que terminaban en dos poleas por las que corrían cuerdas llenas de mugre que enlazaban contrapesos como piedras de telar. Todo estaba saturado de desperdicios salpicados, trozos de verdura pasada, regueros de viejos estofados que desprendían un olor malsano, algún mendrugo de pan duro como el granito y un hueso grande de pierna de ternera, vacío ya de tuétano, que Lume atrapó entre los dientes de inmediato y se puso a roer. Por allí lanzaban sus desechos los de esa parte de la ciudad, directamente al barranco que separaba los burgos navarros.

Antes de que Laín pudiera preguntar, Guy ya estaba levantando la portañola, lo que removió aquellos hedores a podredumbre y espantó a una rata gorda como un lebrato, tras la que salió corriendo Lume.

—¡Vamos!

Sin atreverse a lanzar una sola queja por tener que revolcarse como un gorrino en aquellas inmundicias, Laín se agachó y pasó por el vano abierto. Sólo perdió el tiempo necesario para lanzarle un silbido quedo al perro.

Al otro lado, en la pequeña arcada que dejaban las gruesas piedras de la muralla, Laín vio que una rampa de porquerías se deslizaba hasta el fondo del barranco, donde se arracimaban las chozas mugrientas de los más pobres, de quienes no tenían otro remedio en la vida que subsistir gracias a lo que otros tiraban. Entre ellas se distinguía la luz vacilante de algún candil, que escapaba por las rendijas de las precarias chabolas.

—No hay más remedio —dijo Guy con disgusto.

Y al instante, saltó sobre aquella enorme pila y empezó a deslizarse. A la escasa luz de la luna, Laín vio al hombre echarse hacia atrás para frenar la velocidad de su caída y se dio cuenta de que, hacia su derecha, si hubieran elegido cualquier otro de aquellos aliviaderos, se hubieran enfrentado a mayores alturas. Guy había escogido bien, pero, aun así, el descenso intimidaba.

—No hay más remedio —repitió el muchacho mirando al perro.

Y también se lanzó hacia aquella alocada caída.

El que mejor lo llevó fue Lume. Con la agilidad de una centella, el chucho brincó de un lado a otro, despreocupado, enterrándose hasta el corvejón en aquella masa informe de basura. Para Laín, que había creído estar a un tris de romperse la crisma en más de una ocasión, el alivio cuando llegó al fondo del barranco fue tal que sintió ganas de gritar.

—Ahora presta atención —le dijo Guy volviéndose hacia él—. Tenemos que caminar hacia el norte. Hay un sendero que lleva hasta la base de la torre de la Galea. Allí tendremos que hacer una señal y esperar.

Calló entonces, dando a entender que, a partir de ese instante, la suerte que corrieran no dependería de ellos y, tras una pausa, añadió:

—Va siendo hora de que uses lo aprendido —dijo tendiendo la mano.

Laín miró y en la palma abierta vio una daga. Sin adornos, filigranas o gavilanes, con empuñadura sencilla de cuero y un recazo pobre. Un arma modesta pero fiable, con unos cuantos años en la memoria y un filo que había pasado por la piedra de amolar cientos de veces. Era la misma que habían utilizado para practicar en los campamentos.

—Ahora es tuya, cuídala —le advirtió Guy—. Recuerda, no aprietes demasiado. Mantén el puño y la muñeca relajados hasta dar la estocada. Y si no te queda otro remedio que emplearla, no dudes, busca la ingle, el sobaco, el cuello o el corazón. Si has de empezar, termina rápido…

Pareció callar, pero agregó una última advertencia:

—Úsala con cabeza. No provoques nunca una pelea, no la enseñes en una taberna. No hagas que cualquier fanfarrón te deje las tripas al aire… No hagas que me arrepienta de habértela dado.

—Gracias —fue lo único que Laín pudo balbucir antes de que el otro se diera la vuelta y echara a andar.

Pese a la mala reputación de un lugar de desesperados como aquél, nadie los encaró. Caminaron por aquel foso natural que separaba los burgos y llegaron sin contratiempos hasta el lugar que Guy buscaba. Un recodo bajo otra de las murallas de la ciudad, la que llamaban de San Cernin y rodeaba el burgo que ocupaban los francos emigrados. Allí, para sorpresa de Laín, en una argolla que sobresalía de una piedra en la primera hilada, había una cadena que ascendía con la torre hasta el hueco de una tronera abierta sobre el barranco.

Sin dudarlo, Guy la cogió y tiró de ella un par de veces. Al momento, el eco lejano y quedo de una campanilla llegó hasta ellos.

—Ahora nos toca esperar —anunció el gascón mientras seguía sacudiéndose porquerías del sayo con palmadas.

A Laín, lo que le apetecía era admirar la daga, tentarla un poco en la mano, pero sabía que al mercenario se lo llevarían los demonios si lo veía hacer algo así. De modo que, sin otra opción, se le ocurrió preguntar algo:

—¿Cómo lo sabías? Lo de llegar hasta aquí, lo de la portañola, lo de la cadena, todo eso, ¿cómo lo sabías? —inquirió sacándose de un pliegue en la manga una monda de nabo.

Guy, que se pasaba la mano por los cabellos desprendiendo hierbajos resecos y migas duras como grava, parecía haberse perdido en sus propios pensamientos. Tardó en contestar.

—No es la primera vez que la vida me trae hasta aquí —respondió melancólico —. Recuerda que doña Urraca era navarra. Acompañé a don Rodrigo en más de una ocasión cuando se preparó el compromiso.

Con lo poco que sabía de la Corte y los matrimonios concertados entre las casas nobles, Laín no lograba imaginar qué podía tener todo aquello que ver con lo que estaban haciendo. Le costaba creer que el tal Ciriaco fuera un alcahuete de la corona de los navarros o un correveidile del reino de Castilla.

—Pero —insistió Laín—, ¿y ése a quien vamos a ver?, el que me dijiste, ese tal Ciriaco.

Hubo un silencio amargo que el gascón necesitó para remendar sus recuerdos y decidir qué contar.

—Él… Yo… Los dos fuimos niños de Cloyes —respondió, con la mirada de su único ojo perdida entre aquellas chozas que abultaban el foso.

Estaba siendo una noche de sorpresas para Laín.

—¿Los dos? —preguntó de inmediato—. ¿De los que siguieron a aquel pastor a París?, ¿y qué pasó?, ¿qué es eso que dijiste del naufragio? —insistió, acordándose de lo que contaran en Maceda. Espoleado por la curiosidad, no pudo contenerse—. ¿Y llegasteis a Génova? ¿O a Venecia? No, a ultramar, hasta las costas de ultramar… ¿Qué fue lo que pasó en realidad?

Las palabras salían a borbotones.

—¿Qué tiene todo eso que ver con la vera cruz?

En cuanto se dio cuenta de su ímpetu, Laín se sintió cohibido y bajó la mirada con vergoña. Sin embargo, el gascón pareció no darle importancia. Con un aire cansino que le estropeaba la sonrisa, Guy lo observó con indulgencia, comprendiendo el ansia del chico.

—Acabamos topándonos con uno de los hombres que había arrasado Constantinopla cuando el ataque de los venecianos…

Mientras el gascón iba desmenuzando las frases, Laín intentaba atrapar cada retazo. Pero se le escapaban demasiadas cosas. Apenas sabía de los niños de Cloyes lo poco que le había contado el viejo Tomás. Y del legendario descalabro del Imperio de Bizancio aún sabía menos. Sólo que la mítica Constantinopla había caído cuando los cruzados se había hartado de la dinastía de los Alejo, y aquello no era mucho, porque en aquel asunto también se mezclaba la rivalidad entre papas y patriarcas, entre la Iglesia de Occidente y la de Oriente. Demasiadas cosas para que Laín pudiera comprender causas y consecuencias.

—… Alguien que se hacía pasar por caballero de la Provenza, un templario de Saint Gilles —el acento del gascón se cerró aún más, arrastraba las palabras.

Con una extraña mezcla de melancolía y arrepentimiento, Guy iba desgranando retazos sueltos que Laín apenas entendía.

—Fue uno de los que saqueó Santa Sofía. Uno de los pocos que entró en las catacumbas del templo. Encontraron la lanza de Longino, el santo sudario, la corona de espinas del mismo Cristo, la imagen de Nicopea… Y los maderos que Elena había llevado hasta allí desde Jerusalén, los auténticos travesaños de la vera cruz.

Guy chistó con disgusto y sacudió el mentón negando.

—Y ese condenado tacaño supo sacarle provecho. Vendió buena parte de lo que robó, desde Roma a Nicea. Incluso tenía tratos en Trebisonda —añadió el gascón—. Se hizo rico, jodidamente rico, como jamás podrías imaginarte. Así fue como Ciriaco aprendió el oficio…

Se quedó callado y pensativo, quizá sopesando lo que acababa de decir o, simplemente, envuelto en el peso de sus recuerdos.

—¿Qué pasó?

El único ojo sano del gascón se posó con languidez en el muchacho.

—Lo que tenía que pasar —suspiró con resignación—, que lo mataron. Le abrieron las tripas, se las ataron a un poste y lo obligaron a correr —explicó como si tal cosa—. Se le fueron desmadejando las entrañas con cada paso… Antes de dar media docena, cayó muerto sobre la arena.

La imagen perturbó a Laín. Pero tuvo que tragarse el mar de dudas que le asaltaba, porque, justo cuando abría la boca, un ruido sobre sus cabezas los obligó a alzar la vista.

Del mismo ventanuco del que pendía la cadena cayó una escala de cuerda como las que se usaban para los asedios.

—Veo que los sobornos de Ciriaco siguen manteniendo los engranajes de San Cernin bien engrasados —comentó Guy antes de levantarse para agarrar el primer travesero de esparto—. Vamos, no perdamos tiempo —urgió al chico.

Y, cuando se disponía a seguirlo, se dio cuenta de algo. Se volvió hacia Lume, que se las había apañado para traer hasta allí aquel hueso roñoso que seguía royendo ruidosamente. Volvió a mirar hacia la silueta que ascendía por la pared de la torre Galea, y admitió para sí que no tenía otra opción.

—Tú por ahí no puedes subir, así que tendrás que esperarnos aquí, ¿me has oído?

El perro levantó la mirada hacia su amo. Y por un momento a Laín le asaltó una punzada de dolor, porque aquellos ojos le recordaban vivamente a los de Lúa.

—Espérame aquí —le repitió, echando él también mano a la escala.

Antes de entrar, Guy echó un vistazo preocupado a sus espaldas para ver cómo el cuarto de luna ya pasaba de la espadaña de la iglesia de San Cernin, la que daba nombre al burgo.

—Deberíamos apurarnos —murmuró por lo bajo, al tiempo que traspasaba el umbral.

El lugar era húmedo y oscuro, lleno del profundo olor de las curtidurías que abarrotaban la cercana calle de las Pellejerías. Una estancia alargada que en tiempos había servido de bodega vinatera y que ahora era una suerte de almacén en el que aún permanecía el dejo de los mohos del vino.

El sirviente que les abrió después de que el gascón susurrara su nombre en una rendija oxidada les pidió que esperasen mientras avisaba al señor de la casa.

La luz pobre de un par de viejas lamparillas de aceite descascarilladas no permitía ver más allá de unos pocos pasos, y el eco de las pisadas del hombre se fue atenuando a medida que se alejaba.

—Mantén la boca cerrada —le dijo el mercenario a Laín sin volverse hacia él.

Y cuando el muchacho asentía se oyó una voz que bien podía haber sido de algún oso que aprovechase aquella curiosa gruta como guarida.

—Malnacido hideputa, después de tantos años —se escuchó entre gruñidos—, casi se me caen los calzones cuando me dijeron que eras tú quien llamaba a estas horas de la noche. Desagradecido zampabollos. Seguro que vienes a mendigar favores, ¿por qué si no ibas a acordarte de los viejos amigos?

A medida que la rotunda voz se acercaba por el túnel, una silueta se fue dibujando en la titubeante luz. Y Laín pudo echar, por fin, un vistazo al misterioso Ciriaco.

Resultó ser el hombre más estrafalario que el muchacho se había echado a la cara en su corta vida. Pese a la profunda y ronca voz, tenía rasgos finos y elegantes, con una afectación casi femenina. Sus ojos eran de un verde profundo, iluminados de continuo por una expresión risueña que esculpía hoyuelos en sus mejillas. Sin duda, en cuanto a su aspecto físico, también era el hombre más atractivo con el que jamás se hubiera topado Laín. Especialmente cuando sólo se veía su perfil izquierdo, porque en el derecho estaba el único defecto de aquel armonioso conjunto: una mancha del color del vino joven que se extendía por su mejilla como una polilla que se hubiera posado allí, atraída por la luz que parecía irradiar el animoso personaje.

Iba vestido con una aljuba del más fino cordobán oscuro y en las hombreras resaltaban los mechones de rubio intenso que le caían desde las cinceladas sienes. Llevaba los párpados perfilados con tintura negra de malaquita y estibio, tal y como el viejo Tomás le había contado que hacían los agarenos. Además, desprendía aromas de caros afeites y bálsamos. Tal era su encanto que la mancha que le estropeaba el carrillo se olvidaba pronto, y sólo aquella voz rugiente desentonaba, como si la hubiera tomado prestada de un gigante, porque Ciriaco era grácil y bien proporcionado, pero apenas le sacaba una cabeza al crecido Laín y aquel vozarrón tan poderoso parecía quedarle grande.

—Buenos ojos te vean —bramó risueño el mercader, lanzándose en un abrazo con el que envolvió a Guy—, canalla. ¿Cuántos años han pasado? Quince —se contestó a sí mismo, separándose del gascón pero manteniendo las manos sobre sus hombros y mirándolo con genuino interés—. Por lo menos quince, desde que quedó resuelto el asunto de la dote de esa grulla malcarada con la que se casó tu señor.

Era de esa clase de hombres afables que rozaban las mañas de embaucador. Hablaba como un vendedor de feria, con grandes gestos que remarcaban sus palabras, entonadas siempre como si prometieran acceso a los cielos y permiso del mismo san Pedro para sentarse a la derecha del Padre. Y parecía incapaz de escuchar una respuesta, pues hablaba de corrido. Se bastaba él solo para llenar toda la charla, porque a cada pregunta que hacía le daba por sí mismo una contestación, sin que le importase averiguar si llevaba o no razón.

—¿Y ese muchacho? No me digas que has conseguido hacerte con un escudero… ¿Y tú cómo aguantas a este desagradecido mentecato? —preguntó a Laín, volviendo hacia él su rostro brillante y cubierto de sonrisas—. No, no me lo digas, que te juegas unos verdugazos. Bien lo conozco yo. Capaz de partirle a uno el espinazo por no darle la razón.

Entonces soltó uno de los hombros de Guy y se palmeó la frente.

—¡Cómo he podido ser tan imbécil!, ¿dónde ha quedado mi hospitalidad? Por favor, seguidme, este reencuentro bien se merece un trago en el que ahogarlo. Puede que incluso emborracharse, sí, claro, ¡eso es! Beberemos hasta perder la cabeza y la memoria. Así no habrá ocasión para reclamaciones o deudas en días venideros — dijo, guiñándole un ojo a Laín con picardía—. Seguidme, seguidme hasta mis despachos. Estoy seguro de que tenemos mucho de qué hablar, ¡mucho!

Si la entrada había resultado impactante por lo tétrico, ahora el asombro le vino por lo contrario.

El suelo estaba cubierto por complicados arabescos de enormes alfombras traídas de Oriente. Había muebles de maderas nobles, taraceados con la exquisitez de los mejores mosaicos, y grandes candelabros de larguísimos brazos en los que bailaban las llamas de unos cirios que lo bañaban todo con luz dorada. Desde el primer paso que dio en el interior, el lujo inmenso de aquella habitación, también enorme, atosigó enseguida los sentidos de Laín. Allí predominaban los olores penetrantes de la mirra, el olíbano y el estoraque. Se esparcían por todo el lugar gracias al humo que salía de un platillo donde ardían lentamente resinas de incienso, rodeadas de viejas cenizas que delataban la costumbre. No había rincones vacíos, incluso los huecos más pequeños se habían aprovechado para aquella abundancia de miles de objetos en los que, ante todo, predominaba el poderoso color dorado que Laín asociaba a la Iglesia y al poder de la nobleza. Por todas partes había cruces de variados tamaños, tiradas por doquier sin reverencia alguna. También se veían desperdigadas arquetas de todo tipo, grabadas, orladas, perfiladas, esculpidas. Y trabajos de orfebrería con motivos religiosos como corderos, hojas de palma, vid y olivo, centellas y rayos luminosos, o con decoraciones menos piadosas, como pequeñas ondulaciones, ajedrezados y cordonaduras. También se distinguía el brillo intenso de las piedras preciosas, salpicadas por todos lados. Había rubíes de rojos intensos, esmeraldas que recordaban a los pozos salmoneros, diamantes que centelleaban como estrellas y montones, cientos de perlas engarzadas en monturas de plata y oro, recorriendo los trabajos de los joyeros. Eran relicarios, de todo tipo y condición imaginable.

—Tranquilo, muchacho, son fruslerías para incautos —dijo Ciriaco a los ojos abiertos de Laín—, engañabobos; la mayoría de lo que ves no tiene valor alguno —le explicó con una sonrisa cautivadora—. Pero puedo conseguir lo que quieras, lo que se te antoje.

Miró al chico, evidentemente divertido por el asombro que lo cohibía.

—Basta con que tengas suficiente oro como para pagarlo —le dijo—. Puedo traerte un saco de las escasas y pequeñas perlas rojas de Ponto Euxino, o las azules de las tierras Xin. ¿Sabías que esos tipos las sacan de los ríos? Sí, de los ríos, ¿puedes imaginar qué clase de inmensos ríos ha de haber en esas tierras dejadas de la mano de Dios? Y también puedo hacerme con los mejores aljófares traídos de Mascate, brillantes como muslos de una virgen, una verdadera delicia —explicó con picardía —. Les ponen los dientes largos a curas y capellanes, si los vieras suspirando por ellas… Son muy demandadas para relicarios y cálices, y puedo asegurarte que, al menos la mitad de las que puedes ver en las iglesias de Castilla, las he conseguido yo. Desde que los mogoles controlan el levante, las rutas de comercio han florecido bajo su paz, y yo tengo amigos hasta en el infierno, créeme, hasta en el mismo infierno. Claro que, si lo prefieres, puedo conseguir preseas más patrias, como antiguas joyas godas recuperadas en las sierras de Jaén; desde que echamos a los infieles de esas montañas se han encontrado muchas piezas… Y las que no se encuentran, pueden inventarse…

Se habían sentado en dos enormes sillas, hechas con arcos de madera labrados y cuero tensado entre riostras que tenían detalles de pan de oro. Ciriaco, que ya había dejado claro su gusto por las costumbres morunas, se repantingó en unos enormes cojines con profusos trabajos de marroquinería. Entre ellos, el sirviente que les había granjeado el paso, silencioso todo el tiempo, colocó una bandeja con vasos y licores varios, además de almendras y altramuces. Todo dispuesto con mucho orden en una mesita baja, tallada al modo bereber, llena de agujerillos que dibujaban intrincados patrones. La bandeja de plata repujada quedó junto a un tablero dividido en escaques, como los escudos de armas, unos del color claro de la madera de haya y otros teñidos con algo como el betún de Judea. Sobre algunos de los espacios había delicadas miniaturas, también de colores alternos, dispuestas de un modo enigmático. Tanto le llamaron la atención al muchacho que, durante un rato, se perdió la conversación.

—… Bueno, ya está bien de cháchara —declaró Ciriaco, girándose hacia Guy—. Porque me huelo que no tenéis un mal maravedí que aportar a mis pobres empresas…, así que, ¿a qué se debe este honor? No me dirás que me has obligado a salir de mi lecho para interesarte por el negocio. No, no lo creo, mucho tendrías que haber cambiado —se corrigió con aire reflexivo—. Aunque, si es así, si en verdad te has decidido a seguir los pasos de ese malparido Jacques de Lunel que nos acabó criando como ladrones, te diré que hace sólo unos días he recibido una pluma, ¡óyeme bien!, una pluma del glorioso, venerado y maravilloso. De aquél a quien el mismo Padre enviará en nombre de Cristo. —Pese a las piadosas palabras, el tono burlón era inconfundible—. Sí, eso es, una pluma del Espíritu Santo. ¡Eh! ¿Qué me dices? Ni ese gabacho tacaño consiguió jamás un golpe semejante. Y también puedo conseguirte una cabeza de san Juan Bautista. Aunque, claro, si tienes algo limitados los fondos, te juro por lo más sagrado que puedo proporcionarte el índice de san Fructuoso o el cordón con el que san Cucufato se cosió el vientre después de su martirio…

Todo aquello sobrepasaba al pobre Laín en cualquier sentido imaginable. Ya no sabía qué creer al respecto. Joyas falsas. Reliquias imposibles. Mentiras que parecían verdades y juramentos que no valían nada. Pero entonces fue cuando Guy se decidió a hablar.

—Seguro que también tienes en algún frasco el suspiro de san José cuando se enteró de que era un cornudo.

Ante aquella blasfemia, de forma inconsciente, a Laín se le escapó un quejido, pero ninguno de los dos hombres le prestó atención. Sin embargo, el tono serio y rotundo de Guy pareció obrar un cambio en el otro, en cuyo rostro se relajó la sonrisa. De pronto aquellos aires de timador se apagaron como la llama de una vela al soplar.

—Está bien, veo que el ánimo no es el propio de una feria. ¿Qué necesitas?

Y Laín percibió la franqueza de Ciriaco. Eran dos amigos que no se veían desde hacía muchos años y, sin embargo, tanto el uno como el otro parecían dispuestos a confiar ciegamente. Esto también impresionó al muchacho, que, de inmediato, envidió a Guy. El zagal obvió el sufrimiento, las batallas, la perra vida del mercenario hasta haber llegado a la torre de San Paio, y sopesó lo que sabía con el ardor de la adolescencia. Sólo consideró el valor, el honor, la gloria del gascón y de su amigo por contar en su pasado con una historia así, por conservar aquella lealtad idílica de los compañeros de armas.

—Puede que me haya metido en un problema serio con la Orden…

Aquella primera frase arrugó el entrecejo del peculiar comerciante de reliquias, que, tras atusarse los cabellos con la mano, asintió gravemente.

—Antes o después tenía que pasar —gruñó, perdiendo buena parte de aquel humor cálido que había mostrado hasta entonces—. Supongo que estamos hablando de lo mismo, de la muerte de Jacques de Lunel, ¿no es así?

Ahora el que asintió con seriedad fue Guy.

—Ése es un fantasma del que hemos huido demasiado tiempo —reconoció Ciriaco con evidente resignación—. Tú y yo sabíamos que antes o después nos iba a tocar pagar esa penitencia. —Y se pasó la mano por la mejilla frunciendo un pellizco de piel que cambió el dibujo de la mancha que allí tenía—. Está bien, ¿qué ha pasado?

Consciente de que tenía el tiempo tasado si quería evitar que la cuadrilla de los templarios se oliese que los habían dejado de lado, Guy hizo gala de buenas mañas en su parlamento. Sin dejarse nada de importancia en el tintero, resumió lo sucedido desde que recibieran en San Paio la noticia de que don Rodrigo se había perdido para siempre en los desiertos de la Palestina.

—Hay algo más —añadió el mercenario gascón—, algo extraño que sucedió cuando nos atacaron en Monforte. El que los manda, ese alcarreño que se hace llamar Baños, utilizó uno de los signos secretos después de matar al ballestero.

En ese instante, Laín recordó lo curioso de la escena. El ademán le había llamado la atención, pero los días que siguieron, llenos de emociones y tareas, le habían hecho olvidar el detalle.

Más tarde, cuando tuvo oportunidad de preguntar por ello, el muchacho descubrió que los caballeros de la Orden del Temple habían aprendido de los monjes cistercienses un lenguaje de signos. Una estratagema que empleaban sobre todo los oficiales y maestres. Según le explicaría Guy, aquello les permitía comunicarse en público secretamente, algo muy útil cuando tenían reuniones con obispos, condes o reyes. Y, no por primera vez, Laín pensó que los templarios tenían matices más oscuros bajo aquella supuesta intención de proteger a los peregrinos que acudían a los santos lugares de ultramar.

—¿Cuál? —inquirió Ciriaco interesado, para alivio de Laín, que hervía de curiosidad.

—La de que mantuviesen la boca cerrada —contestó Guy, repitiendo el modo en el que Berenguer Baños había movido su mano aquel día bajo el roble donde Laín había acertado con su honda en la cabeza del ballestero—. Y lo que es más, tuve tiempo de ver como al menos uno de los otros asentía, uno de los hermanos que son sargentos.

De inmediato, Laín se recriminó a sí mismo por no haber advertido aquel otro gesto. Estaba admirado por la perspicacia del gascón.

—Eso sólo puede significar una cosa —asintió el mercader—. Que ya en ese momento él sabía que otros podían andar en busca de lo mismo.

—Eso pienso yo —concordó el gascón.

—Pero ¿cómo? ¿Estaba don Rodrigo al corriente de la verdad?, ¿se lo contaste alguna vez?

Laín no comprendió a qué se refería el comerciante, y la respuesta de Guy sólo le permitió intuir algo de aquel misterio.

—Sí —reconoció—. Él y yo compartimos años, viajes, penas, noches y borracheras. Y también demasiadas batallas. Además, me ayudó a dejar todo atrás — añadió con evidente nostalgia—, me dio una nueva oportunidad. Sí, don Rodrigo lo sabía. Y jamás mostró el más mínimo interés en intentarlo, ni siquiera cuando el rey Teobaldo le pidió que se uniese a su santa misión en ultramar —aclaró a favor del señor de San Paio—. Cuando nos despedimos ni siquiera lo mencionó. Es un hombre honrado y está por encima de esas especulaciones.

A Laín le gustó mucho oír que hablaban de su padre como si continuase con vida. Pese a las pullas que los hermanos Cagafuego dejaban caer en las noches de campamento, el muchacho seguía creyendo, con firmeza, que el viaje que habían emprendido no sería en balde. Estaba convencido de que don Rodrigo seguía respirando en algún rincón perdido de Gaza.

—Pues entonces —respondió Ciriaco—, a la luz de lo sucedido, hay que suponer que también ese cabroncete de Fruela lo sabe. Al menos eso explicaría una buena parte del asunto.

Con un gruñido de mala gana, Guy le dio la razón a su amigo:

—Supongo que sí, al fin y al cabo son padre e hijo. Es natural suponer que en algún momento hablaran del asunto.

—¡Claro! Claro, cómo no… —Entonces una mueca divertida arrugó la mancha en la mejilla del estrafalario comerciante—. Y, en vista de todo ello, tú has venido a verme a mí —dijo señalándose a sí mismo con aspavientos—. Por si acaso, no fuera a ser que el viejo Ciriaco hubiera escuchado algo, un rumor al respecto, ¿no es así?

Esta vez, el gascón se limitó a asentir fríamente, esperando que su viejo amigo desvelase la respuesta que buscaba.

—Y no has pensado que, si se descubriesen tus intenciones, me pondrías a mí en un aprieto… —dijo Ciriaco en tono burlón—. Si esos malnacidos supieran que ambos estábamos allí aquel día, con Lunel… Por el amor del cielo… Me atarían una soga al cuello y me obligarían a llevarlos hasta aquel condenado lugar a patadas, como a un chucho. —El vozarrón de Ciriaco expresaba quejas, pero, más que ninguna otra cosa, el mercader de reliquias parecía jovial, como si disfrutase de aquel embrollo—. Que, por cierto, es exactamente lo que están haciendo contigo. ¡Eso mismo! Porque supongo que a estas alturas no seguirás pensando que esa patraña de ir a rescatar a don Rodrigo tiene sentido alguno. Tú nunca has sido tan idiota para dejarte emboscar así. —Laín hubo de hacer un esfuerzo por acallar las implicaciones de aquella frase —. Lo sabes, ¿verdad? Te están utilizando para que los lleves hasta allí, porque lo único que quiere ese pequeño mamón de Fruela es hacerse rico y que le deban favores hasta en la misma Roma. ¡Vaya que sí! Eso es lo que quieren todos los de su calaña. Y ese malnacido es una buena pieza; por lo que has contado, ha podido matar a su madre.

Pareció que Guy iba a intervenir en defensa de Fruela, pero se lo pensó mejor y siguió escuchando la cháchara del mercader.

—Pues déjame decirte algo, por si aún no lo tienes claro. Lo conseguirá, puedes apostar tu bolsa por ello —aseguró convencido, después de echar un trago de vino—. ¡No! Puedes apostar ese único ojo que te queda sano. ¡Maldita sea! Nuestro Santo Padre —añadió con evidente cinismo—, el cuarto Inocencio… Ese capón cebado de Roma está buscando a locos que quieran ir de embajadores hasta la tierra de los tártaros, y está muy disgustado con el sacro emperador Federico, pero no me cabe duda, ni la más mínima… Ese codicioso dejaría que ardiesen las vestiduras de san Pedro y aplaudiría con las orejas si le llegasen noticias semejantes. Me lo imagino babeando como un perro hambriento en cuanto se enterase de que un noble de baja estofa le promete encontrar lo que tú y yo sabemos.

»¿Cómo has podido meterme en esto? ¿Acaso no me debías ya favores suficientes? ¡Qué poco considerado! Es lo último que hubiera esperado. Tú y yo nos conocemos desde que mojabas los calzones cada noche…

Como si supiera que su viejo amigo protestaba en balde, Guy lo atajó:

—Basta —le ordenó, severo aunque sin alzar la voz—. Te has hecho rico usando lo que Lunel nos enseñó, pero jamás has querido volver allí y sacar provecho de lo que dejamos atrás —se mostraba inexorable—, así que no te hagas el mártir. Además, con tus sobornos tienes comprados al sayón, al veguer y a la mitad de la Corte, nadie se atrevería a tocarte aunque esta visita se conociera. Así que abandona tus quejas infantiles y recuerda que yo, que los dos, tenemos prisa —finalizó rotundo—. ¿Sabes algo o no? ¿Qué has oído?

Ciriaco echó otro trago de vino y cargó el puño con almendras. Sin perder aquella sonrisa pícara que hacía hoyuelos en sus mejillas, las fue cogiendo una a una de entre sus dedos cerrados, con parsimonia, y las mordisqueó como si fueran el más exquisito manjar traído desde el lejano imperio de los Xin.

Envuelto en aquel aire de pícaro irredento, pese a la expresión de Guy, que se iba endureciendo como un horizonte que amenaza tormenta, el mercader de reliquias no volvió a hablar hasta que se palmeó las migas que habían caído en su regazo.

—Sí, la verdad es que sí —reconoció el estrafalario personaje con una sonrisa lobuna—. De hecho, te he estado esperando desde que me llegaron rumores de Monzón —dijo divertido—. Se han revolucionado mucho las cosas en la Orden desde que se destapó el secreto de que alguien sabía cómo hacer ricos a muchos… Podría decirse que, en el momento en que a ese desgarramantas se le ocurrió ir al castillo de Ponferrada, se lió parda.

»Otro con más luces hubiera llevado el asunto con más discreción, pero ese inconsciente dejó que el viento llevase la noticia, esperando beneficiarse con las pujas. Fue como lanzar una pedrada a un avispero. Y las avispas ya están zumbando, nerviosas, muy nerviosas… Hay demasiados que quieren quitarle los dulces a Fruela, y buena parte de ellos están deseando hacerse con lo que guardas en tu atolondrada cabeza —añadió señalando hacia Guy—. Lo que Lunel dejó enterrado aquel día en el desierto vale mucho más que un reino. Y hay mucho desaprensivo suelto. Por no hablar de un puñado que aún se la tienen jurada a la sombra de Lunel y a todos sus muertos. No olvides que ese cabrón se hizo rico a costa de que muchos otros acabasen pobres como ratas. Además, ya sabes que el ilustre gran maestre, nuestro querido Armando de Perigórd, hace la vista gorda mientras le llegue su diezmo de los negocios.

Al pobre Laín, confundido, aquel galimatías empezaba a atragantársele. Lo poco que sabía acerca de los pobres caballeros de Cristo era que, precisamente, debían ser pobres y humildes. Y ahora, para su sorpresa, descubría que muchos de ellos se enriquecían con el comercio de reliquias, cayendo incluso en tropelías, extorsiones, sobornos y fechorías. El muchacho, como cualquier otro de su tiempo, había oído infinidad de historias sobre la Orden, pero ahora empezaba a dudar de las buenas intenciones de aquellos hombres.

Se decía que los óleos de Damasco que los templarios vendían ayudaban a financiar sus campañas contra los infieles, nada más. Pero ahora ya no sabía qué creer.

Pese a notar las tribulaciones de Laín, el gascón no perdía de vista lo que era importante para ellos en ese momento.

—¿Cuántos? —preguntó Guy.

—Ufff… Mi querido amigo —contestó Ciriaco con grandes aspavientos—, casi cualquiera que se entere y tenga mando suficiente como para contar con unos cuantos hombres dispuestos. Yo vigilaría mis espaldas. Un pedazo de la vera cruz de media toesa, como el que escondió Jacques de Lunel aquel maldito día, hace que todo esto parezca inmundicia —dijo abarcando con sus manos los tesoros que inundaban la habitación.

Cogió del platillo las últimas almendras y se levantó para agregar algo más de incienso en el braserillo.

—A estas horas, o mucho me equivoco, o cualquiera con una pizca de poder está dispuesto a despellejarte para que indiques el lugar donde Lunel enterró aquel madero podrido. ¡No! —se corrigió, escandalizado, con una expresión de horror tan exagerada que sólo podía ser fingida—. A despellejarnos a cualquiera de los dos, si es que por tu culpa alguien llega a imaginar que estábamos juntos aquel día y que yo también conozco el lugar.

Volvió a sentarse con pomposidad. Miró al hombre y al muchacho, sin que aquella expresión divertida se borrase de su atractivo rostro. Tentó con los dedos los altramuces, pero parecieron no convencerle tanto como las almendras y, finalmente, abandonó la idea.

—Si yo estuviera en tus calzones, me olvidaría de ese don Rodrigo y de hasta el último grano de arena de esos condenados desiertos. Probablemente está muerto, y más seco que el cagajón de un legionario —dijo sin tapujos—. Y, si no lo está, lo estará antes de que consigáis llegar. En los últimos tiempos los venecianos controlan casi todas las naves, y no son amables con los extranjeros. Desde que cayó Constantinopla, ya no hacen falta turcos para matar a los cristianos. Ahora nos bastamos solos para destriparnos los unos a los otros. Poniente y levante —añadió, alzando las manos alternativamente—, dos iglesias para un solo dios y, lo que es más importante, para un solo saco de diezmos —concluyó con evidente cinismo—. Es lo que suelen hacer el oro y las riquezas: volver a los corderos leones.

Echó un nuevo trago de vino y, como ya había sucedido con las almendras, terminó con lo que les habían servido.

—Si yo fuera tú, pondría tierra de por medio, tanta como me fuera posible. No lo dudes —dijo entonces Ciriaco en tono burlón—. Vuélvete a Galicia y escóndete en Finisterra. O en alguna gruta de algún puerto dejado de la mano de Dios.

Quedó todo en silencio por unos instantes, y los dos adultos se miraron con intensidad.

—Así que —añadió Ciriaco repantigándose en sus lujosos cojines—, ¿qué vas a hacer?

En ese momento, Laín se giró para observar al gascón. Vio en aquel rostro severo una expresión de disgusto a la que siguió un gruñido, y esperó ansioso la respuesta de su mentor.

Nunca jamás hubiera imaginado lo que sucedió. Porque Guy se volvió hacia él y le habló directamente:

—¿Qué crees tú que debemos hacer?

No supo cómo reaccionar ante aquella responsabilidad depositada en sus manos. Pero la fría mirada del gascón no daba resquicio alguno para la condescendencia. El mercenario quería una respuesta y la quería ya.

Durante las últimas semanas, Guy se había tomado muy en serio el asunto de su instrucción y no era la primera vez que lo llevaba al límite, esperando sacar lo mejor de él, estrujándolo como si escurriese una bayeta sucia después de fregar, hasta la última gota. Así que Laín tragó saliva y dijo lo que le salió del corazón.

—Un hombre vale tanto como su palabra, ni más ni menos.

Y aquello pareció sorprender al baqueteado mercenario, porque, con enorme trabajo, una sonrisa se abrió paso en su rostro, descascarillándose como pintura de un santo mohoso en una capilla húmeda.

Ciriaco estalló en estentóreas carcajadas.

—Tiene cuajo el muchacho, vaya que sí —anunció, encantado con la situación—. ¿De dónde lo has sacado? No, no me lo digas, nos lo jugaremos a los dados… Grandioso, esto es grandioso…

Pero el gascón miraba hacia el muchacho. Lentamente, bajó el mentón y asintió con gravedad, demostrándole por una vez que se sentía orgulloso.

—Muy bien —le dijo al chico—, entonces hay algo de lo que tenemos que ocuparnos. —Se volvió entonces hacia el mercader, que había empezado a aplaudir —. ¿A quién conoces en el palacio?, ¿tienes algún contacto entre los hombres de confianza del rey Teobaldo?

—Puede que sí —contestó Ciriaco con aires enigmáticos—. Depende de para qué.

Aquello volvió a repetir el prodigio de abrir una sonrisa en el rostro del gascón.

—Hoy nos han contado un relato pormenorizado, lleno de bendiciones y loas al señor, bendiciendo la santa campaña del reino de Navarra. Nos han dado todos los detalles imaginables de lo que pasó, y media docena de cartas de recomendación y de privilegios para el feudo de San Paio —explicó el gascón al respecto de su estancia en el palacio real—. Incluso salvoconductos para ponernos en marcha hacia la Palestina, firmados por el mismo rey Teobaldo, que, por cierto, no ha asomado los hocicos. Sin embargo, me temo que todo eran patrañas.

—Ya, me hago cargo —concedió Ciriaco—. No me cuentes más. Os vais a embarcar en esta locura y quieres saber qué diantres le sucedió de verdad a don Rodrigo en los malditos desiertos de Gaza, ¿no es así?

El gascón asintió con severidad.

—Pues si estáis decididos a seguir con esta condenada chaladura, podéis contar conmigo —aseguró el mercader convencido—. Creo que tengo exactamente al hombre que necesitáis —añadió ensanchando su sonrisa—. Si alguien sabe lo que pasó en esa desastrosa aventura, es él. Puedes jurarlo. Aunque dudo de que vayan a canonizarlo con tantas prisas como al de Padua… Este desgraciado se gana la vida con la lujuria, vende cantárida…

Dicho eso, Ciriaco se echó a reír, divertido por su propia broma. Y el desconcertado Laín se preguntó qué diantres tendría que ver san Antonio de Padua con el hombre al que iban a conocer.

A la tímida pregunta de Laín, el mercader de reliquias le explicó entre bromas que la cantárida era un bichejo que correteaba por los árboles, especialmente en las antiguas taifas de los sarracenos, donde el sol brillaba con más fuerza que en las montañas del norte. Le contó cómo, tras capturar a los escarabajos y secarlos, se hacía con ellos un polvo fino que se podía tomar si un hombre quería asegurarse de cumplir en el lecho con una mujer dispuesta.

—… con la verga tiesa toda la noche —le había dicho, riendo de sus propias palabras.

De inmediato Laín se sintió abochornado, y en su cabeza enseguida se agolparon multitud de nuevas preguntas que ya no se atrevió a formular.

Sin embargo, pese a que pareciera tomarlo todo a chanza, Ciriaco cumplió con lo prometido.

Más aún, no sólo encontró a quien les diera las referencias que buscaban, sino que también le pagó de su propio bolsillo. Y la única condición que puso fue la de estar presente y enterarse también de qué había sucedido exactamente con don Rodrigo. Aunque, visto adonde les había llevado la peripecia, Laín no se hubiera extrañado si el mercader hubiera salido por patas de aquel lugar infecto.

—Claro que lo recuerdo —contestó de inmediato, en cuanto los pepiones que le había entregado el mercader dejaron de tintinear en su bolsa—. Un bigardo…

Carraspeó e intentó una sonrisa beatífica que no sirvió para otra cosa que para cuartear la capa de mugre que le cubría la cara, donde también se anunciaba el destino de los dineros, porque las telarañas rojizas que le tejían las narices delataban una afición desmesurada por el vino barato. Tenía el mismo aspecto desaliñado y miserable que un montón de ropa olvidada en un rincón.

—Un caballero aguerrido —corrigió—, de buenas maneras y mejor planta. Usaba cinco tórtolas sobre fondo azur como blasón…

Laín estuvo a punto de intervenir para corregirlo, porque eran palomas lo que adornaban el escudo de los Seijas. Sin embargo, le bastó pensar en la fría mirada que le hubiera despachado Guy para contenerse y guardar silencio.

—… Le echó coraje, mucho coraje.

No podía saber si lo decía por halagar, incentivado por las monedas, o si hablaba con sinceridad, porque tenía aspecto de rufián venido a menos. Pero le gustó que hablara así de su padre. Aunque no sabía si el juicio de aquel menesteroso tenía algún valor.

El tipo era una desgracia humana. Enteco y revenido, daba la impresión de estar hecho con trozos rescatados de aquel muladar por el que habían pasado Guy y el muchacho. Hasta un puñado de moscas lo rondaba, zumbando alrededor de los escasos mechones grasientos que se desperdigaban despeinados por una cabeza afilada que, sin duda, había sufrido de tiñas persistentes. Le faltaban los dos dedos menores de la mano izquierda, y el trabajo del barbero había sido una chapuza, porque los retorcidos muñones tenían el aspecto de sarmientos recién podados. Sin embargo, con los que le quedaban se mostraba extremadamente hábil en hurgarse los mocos de sus narices mugrientas. Parecía una escurridiza anguila recién sacada de un pozal de barro.

Según les había dicho Ciriaco, era uno de los escuderos que habían salido con el ejército armado por Teobaldo, y su única virtud a la vista era la de disimularse hasta casi la perfección en la inmunda covacha a la que les había guiado el callado sirviente del mercader, que era quien se había encargado de los arreglos.

—Fue culpa del maldito Papa —dijo, escupiendo por un hueco de entre los muchos que tenía para elegir en una boca donde ya sólo le quedaban media docena de valientes, todos negros y carcomidos—. A Teobaldo le llegó el tufo de la gloria y fue como si le hubieran prendido fuego en los calzones. Lo organizó todo en un abrir y cerrar de ojos, y salió tan rápido como una flecha…

Parecía que el tipo estaba contento de tener quien le escuchase, probablemente porque allí no recibía muchas visitas. El lugar era una zorrera inmunda en aquel laberinto de chozas que se extendía en el barranco entre los burgos de la Navarrería, no lejos de la torre de los Triperos, en un recoveco en la hoya que quedaba al pie de la iglesia de San Jaime. Un cuchitril apestoso en el que sólo Laín era capaz de estar de pie sin verse obligado a torcer el cuello para evitar golpearse con las ramas verdes que servían de travesaños para sostener la mezcolanza de tepe, hierbas y lonas que hacían las veces de techumbre.

—… Sacó de Navarra a muchas tropas de infantería y caballería —siguió explicando aquel desecho que respondía por el nombre de Antonio, y eso era lo único que tenía en común con el santo de Padua—, además de cuatrocientos caballeros de solar conocido y sus armas en blasón para protegerse a sí mismo si había lances arrestados —intentaba darle dignidad a su relato—. Entramos en París en bien cumplido el estío del treinta y nueve, llenos de ilusión, esperanzados. Claro que era porque nos habían mentido como a bellacos. Creímos todas aquellas promesas de gloria y dineros. Y allí nos reunimos con muchos más incautos, de la Champaña, de Bria y de cualquier otro rincón donde valiesen los sueldos que pagaba Teobaldo. Y antes siquiera de empezar, ya se fue todo al carajo —aseguró, volviendo a lanzar un gargajo con tanta habilidad como para acertar a una de aquellas moscas que le servían de escolta.

Les explicó que los malditos genoveses y venecianos andaban a la gresca, malmetidos por la cizaña de los pisanos. Además, el Papa discutía sobre Cerdeña con el emperador Federico. Y, todo a un tiempo, los regentes del joven Balduino pedían auxilio desde Constantinopla, asediados por los búlgaros. Para colmo, las fuerzas del Imperio mogol avanzaban sin freno hacia el Mediterráneo y ya habían atacado el país de los magiares.

De todo aquel lío, Laín sabía poco y le importaba menos. Pero le quedó claro que había cinco lobos disputándose el mismo rebaño de ovejas. El Sacro Imperio del emperador Federico, que dominaba Occidente y, mal que bien, se entendía con Roma. En Oriente, el Imperio latino, fundado tras la conquista de Constantinopla, que no se entendía con el heredero de Pedro, ni mal ni bien, porque tenían un Papa propio al que llamaban patriarca. Los mogoles, que habían conquistado casi todo el levante y, a cada noticia que llegaba de ellos, más cerca parecían. Los turcos, que ocupaban los santos lugares y que no se dejaban conquistar. Y los ítalos, que se repartían entre pequeños reinos peleados entre sí por el comercio del mar interno, y que, según les conviniese, apoyaban o no a los Estados Pontificios.

Un desbarajuste que, fuera por los motivos que fuese, cosa que a Laín se le escapaba, resultó en la división de las fuerzas del rey Teobaldo. Hubo caballeros que quisieron auxiliar al Santo Padre, mientras que otros prefirieron seguir hacia la Palestina, ya para reconquistar los santos lugares o para echar una mano en el Bósforo.

—Nos dividimos, cada cual por su lado y allá cada cual con su conciencia — explicó el mugriento Antonio hurgándose con una ramilla entre los huecos que le llenaban la boca—. Según le apeteciera a cada caballero congraciarse con Aquisgrán o con los hábitos papales, unos se fueron por tierra, otros por mar y unos cuantos se dieron la vuelta. Que cada chucho se rasca las pulgas como más le conviene.

Aquello le supuso un disgusto a Laín, porque temió que hubieran hecho todo aquel esfuerzo en balde. Quizás este cuitado le había perdido la pista a don Rodrigo y, pese a las suposiciones de Ciriaco, tendrían que seguir buscando a quien les diera referencias de lo que había acaecido al señor de San Paio.

—Y los pobres como yo hicimos lo que nos mandaron, que no teníamos otra opción…

Entonces Ciriaco se hartó de tantas divagaciones y apresuró a aquel desdichado a explicarse.

—Lo que nos interesa es saber qué fue de don Rodrigo —lo exhortó con aquel vozarrón—, ve al grano.

Se siguió un estornudo y un reguero de mocos que acabó estampado en la manga deshilachada.

—Embarcamos en Aguas Muertas y navegamos hacia San Juan de Acre, pero nos recibieron con cajas destempladas —contó con un gruñido—. Los caballeros del Temple estaban enfrentados con los oficiales del emperador Federico, a los que mandaba un tal Rainaldo de Baviera. El tipo tenía una tregua con los sarracenos y no quiso oír hablar de unir fuerzas para atacar a los infieles; al contrario, él y los suyos aprovechaban cualquier ocasión para mandarnos al carajo, porque íbamos con el beneplácito del Papa, y el emperador Federico, para variar, andaba jodiendo con la santa Roma.

Pareció divertirle su crudo relato y sonrió con malicia, enseñando aquella covacha putrefacta que tenía por boca.

—Aun así —añadió con resignación—, Teobaldo tomó la decisión de aliarse con los templarios y desobedecer a los tudescos de Federico. —Paró para sorberse los mocos ruidosamente—. Nos pusimos en campaña. Y el señor me perdone, incluso a mí me entró el ansia devoradora de la guerra. Teníamos hambre de venganza, queríamos matar a todos los turcos que se nos pusieran por delante.

Por un instante, aquella desgracia humana pareció cobrar algo de orgullo.

—Destruimos el país llano del rey de Damasco y el soldán de Egipto, no dejamos piedra sobre piedra —explicó Antonio con furia—. Resultó que esos dos estaban desavenidos entre sí y fue fácil pagar traiciones. Pero nos pagaron con la misma moneda: plantaron la cizaña entre nosotros y tendieron la mano a los templarios. Si queréis saber más, tendréis que preguntar a ese hideputa de Teobaldo… Acabamos divididos otra vez, cada cual luchando dónde y cómo le parecía. Los del Temple se escaquearon, los de la Champaña dijeron que se volvían, y los que quedamos allí intentamos apoderarnos de Ascalona. Pero no dio resultado, salió rematadamente mal. Pero eso no fue suficiente para el muy noble rey de Navarra, ese avaricioso quería más, quería seguir los pasos del duque de Bretaña. Olía la fama como un chucho a una perra en celo. Estaba empecinado en volver a casa cubierto de gloria — aseguró, asintiendo varias veces—. Le cegaron las ansias y nos condenó. Ese cabrón avaricioso y malparido nos llevó directo a las puertas del averno. Nos lanzamos a la conquista de Gaza, porque ya andábamos cerca de la plaza. Sin descansar durante la noche y sin conocer el terreno, nada más que lo poco oído aquí y allá…

Recordando a su padre, Laín se vio inmerso en aquel viaje. Casi pudo sentir el aire abrasador, la arena bajo los pies. Se imaginó cabalgando por aquel desierto calcinado, siguiendo los pendones de Navarra, llevado por el deber al lado de don Rodrigo de Seijas, señor de San Paio.

Se permitió incluso desear que, en aquellos días de penuria, mientras vagaba por aquellos lugares dejados de la mano de Dios, su padre hubiera hecho algo parecido. Quizá don Rodrigo le habría dedicado un pensamiento. A lo mejor se había acordado de él.

—… Dimos con unos arenales. Una maldita broma, ¡una condena! No lo creeríais, pero los cascos de los jamelgos se hundían hasta el corvejón como en barro blando. Las monturas piafaban asustadas, y todos gritaban órdenes alocadas, cada cual pensando que tenía la solución. Fue un desastre. Ni maniobrar se podía. Y corríamos el riesgo de romper las patas de las pobres bestias.

Una sombra de aquel terror le cruzó los ojos y todos vieron que era sincero.

—Es lo peor que he visto en mi vida —continuó—. Nos enterrábamos en vida en aquellas arenas calientes. No se podía avanzar o retroceder. Cada paso era una condena, ¡un calvario!… Un auténtico viacrucis —dejó escapar un suspiro de resignación—. Y, como suele pasar cuando la mierda te llega a los huevos, antes o después te acaba llegando al gaznate. —Pese a sus esfuerzos por contar el relato con la dignidad de un trovador en la Corte, su condición mandaba y las obscenidades se le caían de los labios, más a medida que avanzaba en la historia—. Nos descubrieron, ¡maldita sea! Nos descubrieron, allí empantanados, como moscas en un plato de miel, y el gobernador de Gaza, que era perro viejo y que sabía de nuestras intenciones, aprovechó la ocasión. ¡Como para no hacerlo! Si se la pintaban calva. Apostó su guarnición de tal manera que no había resquicio por el que retirarse ni otra solución que ahogarse en aquel mar de arena ardiente. Nos encerró como a gorrinos en el establo el día de matanza.

Negó repetidamente, sacudiendo aquellas greñas mugrientas que le bailaban en las sienes. En sus ojos pardos, más allá de las legañas, Laín distinguió un breve destello del horror que le traía aquel recuerdo.

—Estábamos sitiados, y empezaron a pasar las jornadas. Mediodías abrasadores y noches frías, peor que al relente de Burgos en pleno invierno. El agua escaseaba. Los odres estaban vacíos y las gotas que quedaban sabían a pellejo de tenería…

Volvió a suspirar y volvió a negar, pero ninguno de los otros tres lo apremió.

—Alguno murió con la lengua negra e hinchada —dijo sacando la suya, sucia y cuarteada por la escrófula o la peste que fuera que lo aquejaba—. Otros bebimos sangre de los mulos que aún no habían muerto. Unos pocos, el Señor los perdone y los acoja en su gloria, locos de angustia, se rebanaron el pescuezo para no seguir viviendo aquel tormento. Era como haber muerto y estar condenado en los infiernos. Nos asábamos como pan en el horno y al caer el sol tiritábamos tanto que parecía que lleváramos cascabeles. Se nos quemaba la piel, que nos salía a jirones, como si nos despellejáramos… Los caballos enloquecían y se desbocaban en estampida. Y los hideputas de los turcos nos miraban y se reían. Por las noches los oíamos, os lo juro; la brisa nos traía sus cánticos y sus juergas, ¡malditos hijos de perra!

En el temblor de la voz se percibía la pesadilla que habían vivido aquellos hombres. Ya no había intento alguno por darle dignidad al relato, y tampoco la crudeza obscena de un hombre sin suerte en la vida. Sólo la sinceridad del martirio por el que había pasado.

—Nos dejaron allí, asándonos a fuego lento. Los condenados nobles y los plebeyos por igual. Importaba un bledo el color de la sangre, todas hervían lo mismo. Y nos llegó la hora…

Tragó ruidosamente. Se sorbió los mocos. Laín casi pudo sentir aquella calima hecha de brasas cayendo sobre él. Los días sucediéndose iguales, uno tras otro, sin más diferencia que el número de muertos que empezaban a hincharse y a apestar en cuanto espiraban su último aliento.

—Esperaron hasta que estuvimos maduros y, un amanecer, el cuarto o el quinto desde que habíamos embarrancado, atacaron. Esos perros infieles nos echaron encima cuanto tenían… Luego supimos que se atrevieron porque habían recibido refuerzo de mamelucos venidos de Egipto. Aunque para entonces ya nada importaba. —Volvió a escupir, arrancándose un gargajo espeso y purulento de algún lugar en los pozos de sus entrañas—. Para cuando se abalanzaron sobre nosotros, el hambre, la sed y la vigilia habían mermado nuestras fuerzas y ya no teníamos voluntad. No éramos otra cosa que peleles. Apenas fuimos capaces de ofrecer resistencia.

Laín apretó los ojos. Y Guy, chasqueando la lengua con disgusto, confirmó sin decir nada que cuanto le habían contado en el palacio de la Navarrería era una sarta de mentiras.

Cuando Fruela lo había llamado, después de que partiera de San Paio el mensajero de Teobaldo, las noticias habían sido que en aquellos arenales del desierto se habían perdido unos cuantos hombres. Y eso mismo le habían repetido esa mañana.

Nadie había mencionado el ataque del gobernador de Gaza.

—Fue una masacre…

Necesitó una pausa antes de continuar. Y manoteó espantando las moscas que revoloteaban a su alrededor.

—Fue horrible. Esos infieles desconocen la piedad. Son como zorros rabiosos, y estaban deseando cobrarse venganza. Nos destriparon. Uno a uno. Hasta que ya no podían sostener los alfanjes y nuestra sangre les llegaba a los codos.

Tuvo que detenerse de nuevo y luchar contra un escalofrío que le recorrió el espinazo. Los otros tres se dieron cuenta y Antonio los miró como un cachorro, ensayando una sonrisa avergonzada.

—Al final sólo nos salvamos un puñado —murmuró en cuanto logró continuar—, incluyendo a don Teobaldo y al duque de Borgoña, que mantuvieron la cabeza pegada al cuerpo porque muchos, ¡muchos!, dieron la vida por ellos, ¡maldita sea! Y miradme ahora, me prometieron el cielo y me llevaron al infierno… Ni tan siquiera me pagaron la soldada prometida. —Eso arrancó otro escupitajo y la mano de Antonio se cerró en un puño del que sacó su pulgar mugriento, maldiciéndolos con el gesto—. Una higa para ellos y todos sus descendientes, ¡malditos sean esos bastardos! Tuvimos que caminar durante dos miserables días con sus noches miserables, hasta que llegamos a Jafa y al campo de Ascalona; otros dos días y dos noches de sed. Íbamos dejando muertos detrás de nosotros como si sementáramos aquella tierra condenada. Pero llegamos… Llegamos y, en cuanto se corrió la noticia entre los cristianos, cundió la preocupación al saber que los mamelucos habían acudido a la llamada del gobernador de Gaza… Eso les hizo apretar el culo a todos ellos, se les subieron las brevas al cogote, porque después de la masacre todos temieron correr el mismo destino. Apenas calmamos la sed, huimos como perros cobardes. Todo el ejército de los soldados de Cristo se puso en camino a San Juan de Acre para encontrar naves con las que regresar y dejar a nuestras espaldas a los turcos, a los santos lugares y a la madre que los fundó a todos. Pero ahí no acabó la cosa, no, claro que no…

Entre los pocos dientes se le escaparon maldiciones que nadie escuchó.

—Para colmo, todo aquel asunto soliviantó a los templarios. En cuanto se enteraron de que el de Navarra quería regresar, supieron que ellos se quedaban solos —aclaró, poniendo los ojos en blanco, como dando a entender que no fue ninguna sorpresa—, sin otro remedio que hacer tratos con los infieles.

»Pero al condenado Teobaldo aquel pandemónium que se montó se la trajo al pairo. Buscó tiempo y ganas para cumplir con las peregrinaciones de ultramar. Visitamos el Santo Sepulcro y ese malparido tuvo la desfachatez de pedir una oración por los caídos, ¡maldito cabrón! Ni siquiera intentó tratar por los prisioneros de los turcos en Gaza, o por los desaparecidos. Sólo se dedicó a aparentar su devoción y piedad.

Negaba con sacudidas rotundas del mentón, sucio de churretones morados que únicamente podían ser vino seco. Y Laín, a quien el gascón le había contado sobre el mensaje entregado en San Paio, apretaba los puños con desesperación.

—Salvó el culo y las apariencias, porque para entonces ya había llegado noticia de que Ricardo de Inglaterra tenía intención de partir hacia la Palestina para luchar contra los infieles. Otro iluminado ansioso por hacerse con la gloria… El caso es que el inglés sirvió en bandeja la excusa a Teobaldo, así pudo volver a casa con el rabo entre las piernas. Al fin y al cabo, ya venía el desgarramantas ése a seguir los pasos de su tío Corazón de León y a ocupar el lugar de Teobaldo. A seguir peleando contra los turcos y los mamelucos para mayor gloria de Cristo. Y ya se ocuparía él de los prisioneros si había ocasión. Y si no se ocupaba, me huelo yo que a nuestro querido rey le importaba un carajo.

Por un momento, sólo se movió Lume, al que habían recogido de camino a casa del Bicho. Se terminó el hueso que había encontrado en el muladar horas antes y cambió de postura a los pies de Laín, después de dejar escapar un sonoro bostezo.

Al cabo, Ciriaco fue el que habló con aquella voz ronca que gastaba:

—¿Y cuándo fue la última vez que viste a don Rodrigo?

Durante un instante estúpido, Laín albergó la imposible esperanza de que su padre hubiera sido uno de los que se habían marchado en alguna de las confrontaciones de la expedición. Quiso creer que a lo mejor había llegado ya a San Paio. No tenía sentido, pero él quiso creer igualmente.

Por desgracia, la respuesta lo devolvió con un empujón a la cruda realidad.

—En Gaza, cuando nos atacaron. —A Laín se le escapó un lamento entre los labios fruncidos.

Calló entonces el tal Antonio, carraspeó e hizo ademán de hablar, pero le salió la voz ronca y, aunque el muchacho no lo entendió, los otros dos sí comprendieron.

Guy hizo un gesto de asentimiento a Ciriaco y el mercader hurgó en la bolsa para lanzarle dos monedas de vellón a aquella desdicha humana, que las atrapó al vuelo y, después de morderlas con alguno de sus míseros dientes, las hizo desaparecer en algún rincón de sus harapos.

—Había aguantado bien el tal Rodrigo —dijo con admiración—. Para ese día, aún le quedaba media docena de hombres que mandar. En su grupo se había racionado el agua y aún tenían tasajo que masticar durante horas para engañar el hambre. —Al oír aquello, Guy asintió con orgullo, recordando a sus compañeros de San Paio, contento de que se hubieran comportado como debían—. Y entonces llegó ese condenado amanecer y los turcos atacaron.

»Y nosotros nos defendimos, por Dios, por la fe, por la patria, o por lo que a cada uno le salió de sus entendederas.

Poco a poco, su tono se había ido tornando agrio, y a ninguno de los tres les cabía duda ya de que aquel hombrecillo lastimero opinaba que todo aquel asunto era una locura de la que arrepentirse de por vida.

—Bajo el estandarte de las tórtolas. —Laín tampoco intervino esa vez para corregirlo.

—Bajo el estandarte de las palomas, pelearon con rabia. Yo tenía que andar a mis propios asuntos, que no quería acabar degollado en aquel infierno. Pero tuve ocasión de ver a ese don Rodrigo empalando a un turco con la lanza y, después de que se partiera el asta, descabalgar para usar la espada.

»Sus hombres hicieron piña con él. —Estas palabras provocaron un nuevo asentimiento de Guy—. Aguantaron las embestidas de los malditos infieles, que parecían incapaces de desfallecer, como si la batalla, la sangre y aquella carnicería no los fueran a detener jamás. Salían de la arena como alacranes. Tantos que tapaban el sol. Pero los de don Rodrigo aguantaron, ellos y otros cuantos que andaban desperdigados. Nadie hubiera apostado ni el forro de la bolsa, pero aguantaron. Para cuando un grupo de aquellos perros infieles logró separar a Teobaldo de su escolta, a los vuestros —aclaró, señalándolos con un golpe de mentón— aún les quedaban tres y el tal don Rodrigo, y no lo dudaron, echaron a correr para defender a nuestro querido rey de Navarra y conde de Champaña.

Y movió las manos con prisa, para ilustrar la batalla, persiguiendo la izquierda con la derecha.

—Lo vi con estos ojos que se han de comer los gusanos. Los turcos ya se relamían pensando en el rescate que iban a pedir por Teobaldo, ya sólo quedaba él en pie…, y uno de sus escoltas, y al pobre le rebanaron el pescuezo a la segunda arremetida —explicó, pasándose el dedo por la garganta mugrienta—. Allí estaba Su Majestad, solo, cagado de miedo…, que hasta yo podía oír cómo le castañeteaban los dientes al condenado cobarde. Gritaba y gritaba, llamando a sus caballeros para que lo defendieran, pero los pocos que aún se tenían en pie andaban lejos, peleando con otra piara de turcos. Y los primeros que llegaron fueron los vuestros —continuó, señalando hacia los tres—. Lanzando mandobles a diestro y siniestro, con los cojones bien puestos y un paternóster entre los dientes. Daba gloria verlos —reconoció con un amago de sonrisa—. Iban jodiendo a esos barbudos, dándoles lo que se merecían. Pero de donde no hay, no se puede sacar…

Los miró con complicidad, como si no hiciera falta explicar nada más. Y tanto Ciriaco como Guy asintieron, comprendiendo que les estaban descubriendo una lucha en vano, pues los hombres de San Paio habrían estado superados en número por una proporción impensable de enemigos.

—… Era evidente que iban a acabar con ellos, pero los vuestros dieron tiempo a los caballeros del rey a acudir en su rescate. Apenas un puñado de hombres con jamelgos exhaustos, pero más que suficientes para proteger la huida de un cobarde. —De nuevo se notó el desprecio por el monarca que destilaban sus palabras—. Al final sólo quedaban dos, el tal don Rodrigo y uno de los suyos, con una tajadura en el hombro que sangraba malamente…

En ese momento, Guy le interrumpió:

—¿Qué aspecto tenía el que aún seguía en pie con don Rodrigo?

Por la descripción que les hizo Antonio, el gascón supo que se trataba de Alvar, un joven de Ourense que llevaba ya diez años al servicio de la torre de San Paio. Un hombre de palabra, honrado y serio, como todos los que él había elegido para proteger a la familia Seijas y servir la encomienda del monasterio de Sobrado.

Cuando miró hacia el muchacho, vio que Laín no había apartado los ojos de aquella desgracia con pies y se dio cuenta de que esperaba saber por fin qué le había sucedido a su padre.

—Está bien, continúa —urgió a aquel deshecho maloliente—. Y más vale que cuentes toda la verdad y nada más que la verdad —lo exhortó, con una mano en la empuñadura de su espada—. Ya estoy harto de mentiras, embustes y farsas. ¿Qué le pasó a don Rodrigo?

El otro asintió una vez más, agitando sus guedejas.

—Lo hicieron preso —declaró sin fingir pesadumbre—. Es lo que hacen cuando distinguen a alguien bajo blasón con anillo al dedo. Saben que hay una posibilidad de cobrar un rescate y prefieren un vivo al que cambiar por oro que un muerto que no vale más que lo que puedas robarle de los bolsillos.

—Y el rey Teobaldo, ¿no hizo nada?

Hasta Lume se giró al oír la voz de Laín, que no había podido aguantar callado por más tiempo.

Guy se fijó en que las mejillas del chico estaban encendidas. En sus ojos se veía una furia que nunca antes había mostrado. Ni siquiera durante la paliza que Fruela le había dado en el patio de la torre. Tenía los puños tan apretados que los nudillos aparecían blancos, y estaba tan tenso que todo su cuerpo cimbreaba como una vara de mimbre.

Compungido por la escena, el gascón puso la mano en un hombro al chico y apretó suavemente los dedos, con la intención de reconfortarlo. Pero no sirvió de mucho. El muchacho insistió:

—¿Qué pasó?

Antonio había sobrevivido tantos años sin nada más que ofrecer que los polvos de cantárida con los que contrabandeaba que, a la fuerza, había aprendido a calibrar a los hombres que se le echaban a la cara. Y aunque aquel que tenía enfrente no era más que un chico, ya era más alto que él y de espaldas más anchas. Pero no fue el tamaño lo que lo arredró, sino la determinación que vio más allá de sus inquietantes ojos, del color encapotado de una galerna deshaciéndose en la mar revuelta.

—No hizo nada, sólo huyó para ponerse a salvo —contestó finalmente, dando un tímido paso atrás, temeroso por la reacción del muchacho—. Eso es lo que hacen los reyes, salvar su culo y aparentar. Y el tal don Rodrigo no es el único, de la Palestina apenas volvió un puñado de hombres de todos los que partieron. Puedes apostar a que de todos los que allí quedaron, si tenían tierras y dinero, están ahora en los calabozos de los turcos.

Con un tirón brusco, Laín se deshizo de la mano del gascón y se encaró al borrachín.

—¿Es ésa toda la verdad? —cuestionó poniéndose a un palmo del rostro acongojado del otro—. ¿Toda?

Sorprendido por el arrebato del muchacho, Guy vio al otro asentir, al tiempo que daba pasos atrás y, por un momento, temió que la furia que percibía en Laín se desatara y empezara a sacudir puñetazos a aquel desgraciado. O peor aún, que le diese por estrenar la daga que acababa de regalarle, arreglándole la madeja de las tripas de un tajo.

Lume se había puesto en pie y estaba junto al chico, atento a cualquier señal. Con los belfos retirados y los colmillos brillantes por la baba, el chucho estaba dispuesto a atacar si su amo lo hacía.

Entonces, sobreponiéndose con un esfuerzo sobrehumano, el muchacho se dio la vuelta. Dudó por un momento y echó a correr. Se apartó de todos a empujones, lleno de prisa enrabietada. Sólo el perro lo siguió.

Ciriaco y Guy se miraron por un instante y el mercader de reliquias se hizo cargo. Pagó al borrachín para que mantuviera la boca cerrada, cosa que dudaba, pero que hizo igualmente, y animó a su amigo a que saliera.

—Vamos, no habrá ido lejos —le dijo.

Para cuando ya estaban fuera, caminando por entre la miseria de aquel lugar en el barranco, volvió a hablar:

—Yo ya había oído rumores de cosas parecidas… ¿Crees que Fruela sabía la verdad?

Sin dejar de mirar por si veía al chico, Guy le contestó pesaroso:

—Todas las piezas están en el tablero, como en ese juego de ajedrez que tanto te gusta —dijo, como si le costase articular cada palabra—. Estoy seguro de que lo sabía, pudo sobornar al mensajero que trajo los recados de Teobaldo…

—O sacar información en Ponferrada de los templarios —lo interrumpió Ciriaco, más dado a soltar la lengua—. Sabes tan bien como yo que no hay descosido en la Corte para el que los de la Orden no tengan el hilo. Puede que hasta lo supieran antes que nadie; quizá ya recibieran mensaje directamente desde la Palestina. Esa ruta que siguieron hacia Gaza los tuyos suena extraña, probablemente el rey Teobaldo quería seguir hacia el sur, hacia las reliquias de Lunel. Seguro que despertaron las sospechas del Temple.

El mercader suspiró con disgusto antes de continuar.

—Siempre están al tanto de todo —repuso, seguro de sí mismo—. Además, por lo que se ve, esto no era más que un secreto a voces. Ya no hay duda, yo tenía razón, por más que me pese —añadió, y alzó las manos como quien suelta una olla caliente—. Estaba en lo cierto, y no vales más que tus recuerdos sobre lo que Jacques encontró. En toda esta locura nunca hubo intención alguna de salvar la vida de don Rodrigo. Y no olvides un último detalle —añadió enigmático—: Me contaste que en Maceda os topasteis con la comitiva del infante Afonso…

Guy se giró hacia su amigo y arqueó las cejas para preguntar, pues no veía qué podía tener que ver el heredero del trono con todo aquel embrollo en el que andaban metidos.

—Ya sé que no es más que un crío —dijo Ciriaco refiriéndose al infante—, pero hace años fue prometido a Blanca de Champaña, que no es otra que la hija del mismísimo rey Teobaldo.

Abrió Guy los labios para decir algo. Podía objetarse que ahora la Corte andaba en tratos para casar al infante de Castilla con la hija del conquistador Jaime de Aragón, pero era evidente que allí había una relación que, hasta entonces, se les había escapado. Y por eso, al cabo, cerró la boca y no dijo nada.

Callaron durante un rato más, sin dejar de mirar a un lado o a otro, buscando al muchacho.

—¿Qué vas a hacer?

En esa ocasión, la respuesta fue casi inmediata. Guy no lo dudó.

—Teobaldo quería las reliquias. Los templarios quieren las reliquias. Del infante Afonso… No tengo idea, puede que sí, puede que no. Pero yo no tengo más remedio…

El mercader arqueó una ceja que tironeó de la mancha en su mejilla.

—… que seguir adelante —contestó el gascón con parquedad.

Ciriaco meditó por un rato aquellas palabras, tasando con cuidado su significado.

—Pues me da en la nariz que sólo tienes una opción —sugirió seguro de sí mismo.

—Lo sé.