Laín
Estrofa V. Las palabras de un muchacho
ESTROFA
V
LAS PALABRAS DE UN MUCHACHO
«… os respondo que nos tenemos la certeza de que vosotros los
templarios habéis recibido de nuestros antepasados y de nos mismo
muchos bienes y privilegios, y que habéis servido bien tanto a nos
como a los nuestros en muchas ocasiones…».
Archivo de la Corona de Aragón
Cartas reales de Jaime II
Eran diez, con un par de mulas para cargar con todos los pertrechos.
Nueve de ellos acababan de entrar al servicio del nuevo señor de San Paio, recién llegados del castillo de Ponferrada.
El décimo hombre era Guy de Tarba. Y el gascón supo que tendría problemas antes incluso de abandonar la fortaleza.
Los tres días que llevaban en camino no habían hecho sino confirmar sus sospechas.
A su juicio, con algo de suerte y la ayuda de Dios, uno podía hacer a lo largo de su vida tres grandes viajes. Con el primero maduraba la sesera, a lo largo del segundo podía comprenderse lo engreído que había sido durante el primero, y en el tercero debía asumirse que la despedida no quedaba lejos, porque pocos lograban comenzarlo y muchos menos lo acababan.
Un niño perdido en una promesa había partido de Cloyes tantos años atrás que prefería no pensar en ello. Después, ya con barbas que afeitarse, tras el tratado de Meaux, harto de las luchas entre ingleses, francos, occitanos y herejes, había acudido al sur para olvidar lo que quedaba a sus espaldas y encontrar en Burgos una ciudad vibrante que empezaba a erigir una orgullosa catedral. En la villa halló también en qué ocuparse, porque más allá del Guadiana seguían los sarracenos defendiéndose y la avaricia de tierras y conquista de Fernando de Castilla era suficiente para dar empleo a miles como él: hombres desahuciados con cierta habilidad para manejar el hierro y el hambre suficiente para dejarse pagar por ello.
Así fue como, en su segundo viaje, Guy de Tarba acabó luchando en Cazorla bajo los pendones reales que ondeaban en las fortalezas de Castilla, precisamente en los días en que murió el rey y su hijo hubo de abandonar la campaña y marchar a la meseta para convertirse en el tercero de los Fernandos en el trono. Para cuando regresó al sur, aquel rey había unido en un mismo blasón a Castilla y a León, y los nuevos pendones bajo los que siguió la lucha contra el sarraceno estaban ya acuartelados, porque junto a los castillos aparecían también fieros leones rampantes pintados de gules.
Y en Trujillo, junto a hombres de la Orden de Santiago, a punto estuvo de perder la vida bajo la afilada sombra de un alfanje agareno. También allí, en el barro de las orillas de la enorme charca que flanquea la ciudad, la misma a la que le dicen de San Lázaro, cubierto de lodos y cienos, le había salvado la vida a un ricohombre gallego al que un tajo en una pierna había dejado a merced de la furia de los infieles, que se resistían con denuedo a ser conquistados en nombre de Dios y para gloria de Castilla.
Aquél resultó ser un hidalgo de pocas tierras y buena palabra que le ofreció la mano con una sonrisa. Al fin, tras tanta sangre y remordimientos, después de abandonar su hogar para ganarse el pan con la muerte, Guy de Tarba había encontrado la paz al servicio de don Rodrigo, señor del pequeño feudo de San Paio, encomendero de Santa María de Sobrado. Y el gascón había pensado que acabaría sus días en los húmedos y verdes montes gallegos. Allí donde no sólo se había topado con un señor cabal al que honrar, sino donde también había dado con una mujer que le había enseñado que las heridas del alma, como las del cuerpo, podían sanarse.
Y ahora se había ido todo al carajo.
Partían en segunda feria, el día siguiente al domingo de Pentecostés, después de que en el monasterio de Santa María se extendieran en homilías y discursos, todos llenos de referencias a la sagrada misión que los llevaba a los santos lugares y en el buen augurio de la fecha, pues sobre ellos caerían las bendiciones del Espíritu Santo como las lenguas de fuego que habían inspirado a los apóstoles.
Pero Guy lo veía de manera bien distinta. Marchaba al quinto infierno junto a una troupe de facinerosos a los que, de haber sido tabernero, no hubiera fiado ni el fondo de una taza de vino.
Él, más que nadie, entendía que Teobaldo de Navarra hubiera querido seguir los pasos de sus ilustres antepasados de la Champaña. De las tierras francas habían partido hombres egregios a luchar por la cruz en ultramar, de aquellas quintas había partido Hugo de Paynes. Y él, más que nadie, comprendía la fuerza del juramento que don Rodrigo Seijas había hecho; al fin y al cabo, el del trono navarro le había arreglado el matrimonio. Aunque entenderlo no le servía de bálsamo a Guy cuando pensaba en que maldita la hora en que su señor había decidido marcharse al fin del mundo para pelearse por unas tierras que, por muy santas que fueran, quedaban, precisamente, tan lejos como para que, a cualquiera con dos dedos de frente, le importase un carajo si estaban en manos de Saladino o del Papa de Roma.
Porque Guy de Tarba no era un descreído y, de tanto en tanto, miraba a los cielos con un paternóster en los labios, pero había visto a los hombres jugar tan sucio en nombre de Dios que, tiempo atrás, había empezado a sospechar que la supuesta palabra del Señor no era otra cosa que la ocurrencia de orondos obispos vestidos de púrpura y ansiosos de gloria.
Escupió de medio lado a través del hueco del colmillo que le faltaba desde que un sarraceno le golpeara con el pomo de una daga en las sierras de Jaén, no lejos de unas cascadas a las que les decían de las Calaveras. El gargajo quedó colgando en una hoja de milenrama, al borde del camino.
Como le había sucedido muchas otras veces en su perra vida, Guy abrigaba el peso de los remordimientos. El deber y su palabra le obligaban, pero se sentía un imbécil por no ser capaz de dar media vuelta a su yegua Fatana y ponerse en camino hacia Compostela, hacia Egeria y, por qué no, también hacia el muchacho.
—¡Maldita sea mi estampa! —se le escapó en un murmullo.
El jinete que iba un par de pasos por delante se volvió y Guy pensó en dedicarse a asuntos más prácticos. Porque sabía que no podía quitarles el ojo de encima a la panda de facinerosos que Fruela había elegido para, supuestamente, traer a su padre de vuelta de los desiertos de Gaza.
Ese que lo miraba con ojos entornados por la duda se llamaba Berenguer. Un alcarreño calvo, rubicundo, de barbas negras como el carbón y una boca con más huecos que dientes. Con las hechuras de un verraco, tenía brazos y piernas cortas, una prominente barriga y un vello abundante que sobresalía por cada resquicio de sus ropas, como si se estuviera deshilachando. Cosa extraña, aparte de la espada llevaba al cinto un mangual apañado, con la cadena algo más larga de lo habitual, y una bola pesada de pinchos afilados. Tenía pintas de pendenciero y la manía de aprovechar las horas a caballo para silbar una tonada tras otra, como si fuera un músico virtuoso ensayando trovas. Y lo hacía bien, porque nunca se le iba una nota, y conocía un amplio repertorio.
A Guy no le gustaba. De hecho, no le gustaba ninguno de aquellos tipos que Fruela había traído de Ponferrada. Y todo aquel asunto le daba mala espina.
—¿Has dicho algo?
Guy le dedicó una mirada torva antes de responder lo primero que se le ocurrió:
—Sólo tarareaba ese romance que andas silbando. —Después de contestar, giró el rostro para no animar al otro a iniciar una conversación.
Pero el gesto no cambió la situación, porque los ocho restantes eran sólo un poco mejores que el tal Berenguer Baños.
Junto al calvo, había otros cuatro. Todos ellos de los que se hacían llamar pobres caballeros de Cristo y, aunque habían venido de Ponferrada, cada cual era de su padre y de su madre, pues, en manos de la Orden, habían viajado desde muy lejos. Uno de ellos, un tal Rolando, respondía al decirle de Avesnes. Montaba un espléndido garañón bayo que piafaba constantemente y él hablaba con el típico acento normando, como si pasase el día masticando clavos. Aunque tampoco decía mucho de utilidad, pues apenas hacía otra cosa que quejarse, porque era de esa clase de hombres a los que cualquier nimiedad les trae una protesta a los labios. Así, no dejaba de rabiar por andar entre gentes de tal calaña, e insistía en que su padre había sido uno de los caballeros francos que acudiera a la cruzada que el Papa concediera al rey de Castilla. Según decía, era hijo de uno que había abandonado a las tropas antes de llegar a las Navas de Tolosa. Y podía ser cierto, porque de las muchas leyendas de aquella gloriosa campaña, las había que contaban cómo los caballeros francos e italianos que acudieran se habían vuelto a sus hogares al ver que los castellanos, aragoneses y navarros daban merced a los moros vencidos en el camino al sur. Probablemente porque los que respondieron al llamamiento habían pensado más en saqueos que en ideales cristianos.
Otro, de origen catalán, atendía por Fortum Acenarez y abusaba de la mala costumbre de desayunarse a base de ajos. Era todo pellejo y huesos, como si cuanto comiera no sirviera para otra cosa que para permitirle respirar, y eso con cierta flojera, porque bajo sus ojos legañosos había siempre una eterna expresión de pereza, algo que sólo desmentían sus manos. El tal Fortum llevaba siempre un juego de pequeños puñales contrapesados que era capaz de lanzar con velocidad endemoniada y maldita puntería. Le bastaba señalar una rama cualquiera para que, en un parpadeo, apareciese allí cimbreando una de aquellas hojas de filo grueso y empuñadura ligera, cubierta con cuero trenzado.
Los dos últimos eran hermanos. Tan iguales que costaba distinguirlos. Los dos de pelambreras rubias pajizas, tan claras como arena de playa; ambos pecosos como daneses con demasiado tiempo bajo el sol y tanto el uno como el otro con gorduras suficientes como para pasar todo el invierno sin comer ni una sola hebra de carne. Al uno le decían Rui, al otro Godino, y los del resto en el grupo, cuando los llamaban, lo hacían por el oficio del padre, pues les decían siempre los Trillo. Aunque más habitualmente hablaban de ellos como los Cagafuego, porque, pese a la regla de la Orden que mandaba a sus frades ser comedidos en el comer, ellos tragaban como glotones consumados y les gustaba entretener los campamentos soltando portentosos cuescos, compitiendo el uno con el otro por ver quién de los dos armaba mayor escándalo.
Menos el calvo, que no tenía de donde esquilar, el resto llevaba los pelos cortos por delante y detrás, con las barbas rasuradas. Y todos calzaban botas que no eran puntiagudas y sin cordonadura, porque esos desmanes eran cosa de paganos. A mayores, vestían el sayo propio del Temple, con su gran cruz bien cosida en el hombro izquierdo, el del corazón, con cinto ancho de cuero recio y sin mangas. Todos la llevaban de ésas a las que llaman patadas, y bien tintas de rojo encarnado. Todos menos el quinto, el tal Berenguer Baños, que además de distinguirse por tener la calaverna monda, era el que mandaba a los otros cuatro y, en lugar de la cruz patada, llevaba la que decían de las ocho beatitudes, como si fuera un condenado escoto. Los dos hermanos llevaban el sayo negro como la noche, porque no eran más que sargentos, y los otros tres vestían blanco, porque se les suponía caballeros, aunque, viendo lo que había visto, Guy dudaba de que su linaje fuera mejor que un rastro de mierda de paloma.
Él no era más que un infante y los caballeros mandaban, así lo había ordenado Fruela; pero ni los modales ni las maneras lo convencían, y algo en todo aquello le olía a chamusquina.
Más que menos, se comportaban como debían. Salvo el vicio en el comer de los hermanos, parecían respetar con seso la regla de la Orden. No hablaban mal unos de otros ni cedían a cuchicheos. Tampoco abusaban de lujos o piedras en las empuñaduras y guarniciones. Aun así, iban todos bien provistos, con tahalí, espada, cota, adarga y pellejos de carnero para la noche, porque el voto de pobreza les prohibía el lujo de armiños o martas.
Mal que bien, aparentaban lo que debían. Incluso venían respetando el voto de silencio después de completas, y tras la comida de la mañana habían regalado el pan sobrante a un mendigo que se toparon por el camino. Pero el gascón tenía atravesada una espina en la garganta. Algo no le cuadraba. Especialmente con el jefe. Desde cuándo un noble admitido como caballero en la Orden del Temple podía llevar un apellido tan humilde como Baños.
Además, Guy se aventaba que aquél era el más peligroso de todos. No sólo porque era el alcarreño quien daba las órdenes, sino porque había pasado tiempo suficiente con los de su calaña como para reconocer a quienes confunden la justicia con la sangre derramada.
Con ellos iba también un lego que les hacía de sirviente. Un tullido maltratado que respondía al nombre de Eugenio. Le faltaba el antebrazo derecho, desde hacía tiempo suficiente como para haber aprendido a usar el tosco muñón que tenía en su lugar para sujetar los cabos de los arreos mientras enjaezaba los caballos, o para sostener los cacharros cuando atendía el fuego del campamento. Tenía ojos lechosos que a buen seguro no veían tanto como lo habían hecho años atrás, y raro era que acabase una frase sin tartamudear. Iba vestido con lo que eran casi harapos y se tocaba con un bonete que parecía negro de pura porquería. Era el único de los nueve que no preocupaba a Guy. No era más que un labriego berciano que, buscando fortuna, se había arrimado al castillo de Ponferrada y había terminado sirviendo a los pobres caballeros de Cristo. El paisano miraba cada espuela y cada gesto como si jamás en la vida hubiera sido testigo de prodigio semejante. Encantado y asustado a partes iguales.
También había un capellán con tonsura y latinajos que le colgaban de la comisura de los labios, pero con ganas de hablar de putas y lupanares en el camino a Navarra, que era su destino. Montaba un jamelgo tan escuálido que se le podían contar las costillas de un vistazo, y con un pellejo tan desmejorado que parecía haber dado cobijo a centenares de generaciones de polillas. Al parecer, era legado del obispo de León y había aceptado unirse a la partida porque deseaba predicar por la Palestina. Aunque a Guy le pareció, desde el primer momento, que cuanto el tal frey Domingo Seisdedos hacía, lo hacía en realidad para escapar de sus obligaciones pastorales y buscar fortuna. Porque allí, aparte del pago que entregara Fruela, se les había prometido que podrían quedarse con todo lo que arrebatasen a los turcos.
Y no hacía falta mucha imaginación para saber que, cuando pudieran, ésos se entregarían al pillaje.
Definitivamente no le gustaban, pero, por el momento, no tenía otro remedio que echarse al coleto aquel trago amargo, como las tisanas que le preparaba Egeria en invierno.
Y al pensar en ella, volvió a chistar de disgusto.
Los dos últimos de entre los nueve eran infantes, como el propio Guy. Pero de muy distinta ralea.
De uno no sabía nada, porque no hablaba ni con una daga al cuello. Y del otro sabía demasiado, porque no callaba ni bajo el agua. Al parecer, era nieto de uno de los artesanos que Gelmírez había traído de Pisa para montar atarazanas al modo de los genoveses, los venecianos y los mismos pisanos, grandes industrias en las que se habían construido galeras para que las mesnadas del obispo pudieran al fin defender las rías gallegas de los sanguinarios ataques de normandos y sarracenos, que llevaban codiciando la golosa Compostela desde los tiempos de san Rosendo.
Al olor del oro compostelano habían venido sus buenas docenas de carpinteros de ribera. Muchos de ellos, después de cobrar, habían decidido asentarse en Galicia, donde sabían que no les faltaría trabajo.
—Así es, mi buen Guy, aquí donde nos ves —le había dicho el nieto del armador pisano, un tal Tello, corto de talla y pelirrojo como un picapinos—, ambos fuimos elegidos entre muchos otros, muchos —había recalcado mirando a su compañero, alto, gordo y moreno, al que le decían Acardo—, para servir de escoltas, loado sea el buen Señor, a su excelencia Jiménez de Rada, a quien llaman el Toledano. Yo no, por supuesto, lo digo sólo por aclararlo —puntualizó el lenguaraz bajito—, porque yo, con ayuda de Dios, procuro siempre ser hombre de buena compostura y mejores modales… En fin, fuimos escoltas de su ilustrísima excelencia cuando asistió al concilio de Letrán. Somos, mi buen amigo, hombres devotos y temerosos de Dios, dispuestos siempre a servir a quien aspire a mayor gloria de nuestro Señor.
Después de digerir toda aquella parrafada del tal Tello, Guy había mirado fijamente al callado Acardo, sopesando a aquella estrambótica pareja, bien avenida, en la que uno hablaba por los dos y el otro callaba por ambos.
—¿El concilio de Letrán? ¡Qué honor! —había replicado el gascón, suave como grasa de cordero—. Así que visitasteis la basílica, ¿no?
—Claro, claro —se había apresurado Tello en responder—, ¡qué grandeza! No hay otra igual en toda Roma. Veo que sabes bien de lo que hablas, mi querido amigo. Efectivamente, tuvimos ocasión de extasiarnos ante la belleza de tal prodigio. Por supuesto que sí. ¿Cómo íbamos a perdernos una oportunidad así?
—¡Claro!, ¿cómo? Y supongo que subisteis por la escalera de santa Águeda…
El otro se había puesto de todos los colores, lleno de excitación y asombro. Había empezado a sacudir la cabeza aventando las greñas rubias arriba y abajo.
—Por supuesto, desde luego —había respondido Tello alborozado, y el otro, el tal Acardo, había asentido solemne—. Y con cada peldaño que pisábamos rezábamos por nuestro Señor y rogamos por el alma del obispo Jiménez, que en tan grave e importante cometido se veía en el loable concilio.
En ese momento Guy supo que mentían. Y con descaro.
No recordaba el gascón cuánto tiempo había durado aquella reunión de obispos, cardenales, oblatos y frailes, pero, como poco, se habría prolongado un año y, en tanto tiempo, había que ser muy mentecato para, a base de esperar en la ciudad, no acabar topándose con la conocida como Santa Escalera, la que, según se decía, había que subir de rodillas para demostrar devoción y penitencia, pues aquellos mismos peldaños habían llegado del mismo palacio de Pilatos en Jerusalén, y no eran otros que los que el propio Jesús había ascendido el Viernes Santo para ser juzgado.
Y Guy no recordaba qué diantres había hecho santa Águeda o si alguna vez había subido un solo peldaño. Lo que sí recordaba era el nombre de quien, entre muchas otras reliquias, había llevado hasta Roma la escalera: Elena, la madre del emperador Constantino.
Así que, mientras cabalgaba hacia el castillo de Maceda, Guy volvió a soltar otro escupitajo por el hueco del colmillo. Esa vez le acertó a una manzana verde de piel áspera que empezaba a cuajar al final de una rama que pendía sobre el camino. Cinco eran templarios, y le gustaban menos que un forúnculo en las posaderas. A esos cinco los mandaba un jaque con hábitos de carnicero. Luego contaba con un campesino medio inútil y un fraile que, además, apestaba a orujo. Para rematar, dos embusteros tan bien avenidos y tan arrimados que, para disgusto del propio Guy, enarbolaban sospecha de sodomitas.
Pensándolo con frialdad, más bien parecía un cuento para contarse entre borrachos en una taberna.
Desde luego, no le faltaban motivos para arrepentirse de la decisión que había tomado.
Al menos el día era soleado, sin rastro de nubes que anunciaran una mojadura para la larga marcha que tenían ante ellos. El verano se anunciaba en los árboles verdecidos y el bosque envolvía el camino hacia Monforte de Lemos, primera parada relevante antes de Maceda.
A lo lejos se oía a uno de los últimos cucos de la temporada. Las abejas zumbaban afanosas, preparando miel y, también, lo que tenía más enjundia, fabricando la cera que permitiría a los monjes de algún monasterio cercano fundir velas y cirios.
Fue entonces cuando, a sus espaldas, Guy se dio cuenta de que algo se había movido entre los helechos de la ladera.
Podía haber sido algún animalillo asustado. Una jineta, un corzo o incluso maese raposo volviendo de espoliar algún gallinero.
No le dio importancia.
Sin embargo, para cuando el sol estaba ya al mediodía, mientras Guy pensaba en que ya no se veía en los árboles rastro alguno de las yemas que habían quemado las heladas tardías, volvió a escuchar algo parecido.
El tal Berenguer Baños también se volvió en la albarda de su garañón negro, aunque desestimó el asunto cuando el ruido se acalló sin repetirse.
Guy, por el contrario, se mantuvo atento.
Unas horas más tarde, la brisa que había estado soplando del nordeste decayó, las ramas dejaron de barajar sus hojas y, en ese instante de calma, Guy escuchó un murmullo metálico que le pareció sospechosamente familiar.
Al llegar la noche, en tanto esperaban a que el tullido Eugenio terminase de cocer el caldo de nabizas y los dos Trillo empezaban con juergas, el gascón ya había llegado a una conclusión.
Para colmo de desgracias, les estaban siguiendo.
Y hacía bien en preocuparse, porque la muerte iba a alcanzarles pronto.
Como venía siendo habitual en los últimos días, Egeria despertó cuando Lisco empezó a rebuscar en el morral algo con lo que desayunar.
El revoltoso turón parecía estar disfrutando con el viaje. En cada tramo del camino encontraba alguna pillería que hacer y, aunque no se separaba demasiado de ellos, acostumbrado al trato con los humanos como estaba, se escabullía para explorar siempre que podía. El mismo día de la partida, y preocupando a Laín, el animalillo se había ausentado un buen rato. Cuando regresó, traía entre los dientes un gazapo del que se llevó su ración de premio antes de que pasara a dar sustancia al puchero.
El inicio del verano hacía fácil la travesía. Ya no quedaba rastro de barro en los caminos, los días contaban con unas horas más de luz para alargar la marcha y el cielo despejado les ahorraba las mojaduras.
La jornada anterior, con los pies doloridos y los hombros cansados de cargar con los hatillos, la habían concluido cerca de un arroyo. Estaban en las estribaciones de los montes que dividían en dos los territorios gallegos, donde abundaban las escorrentías y regatos como aquél. Todo era verde intenso, salpicado por multitudes de pequeñas flores amarillas, blancas y azules.
Tenían por delante un largo día de ascenso entre pedregales y aulagas hasta coronar la sierra. Después, mucho más cómodos, bajarían por la ladera opuesta hasta toparse con el río Tambre y, siguiendo sus orillas como referencia, llegarían hasta las cercanías de Compostela en un par de jornadas. No era la ruta más directa, pero Egeria la conocía y así evitarían las viejas calzadas romanas, donde sería más fácil toparse con gentes que, dado el caso, podrían poner sobre aviso a Fruela.
Las sombras de San Paio y de su joven señor seguían cerniéndose sobre ellos.
Se habían marchado después de que los amigos que dejaban atrás se despidiesen entre lágrimas de tristeza. Hasta la casita de piedra se había acercado el viejo Tomás. También la cándida Teresa, que había sisado una jícara de leche que regalarles para que les sirviera durante el camino. Antón. Casilda. Algunos de los sirvientes y labriegos del alfoz, todos los que apreciaban al muchacho. Y les habían deseado suerte. En muchos ojos, Egeria había intuido el deseo de acompañarlos lejos de los tiempos inciertos que se avecinaban para la fortaleza.
Porque desde su vuelta de Ponferrada, Fruela había dejado claro que iba a poner San Paio patas arriba. El nuevo señor de la torre parecía dispuesto a cambiar el mundo conocido a base de puntapiés.
Estaba gastando sus buenos maravedíes comprando espadas, lanzas, cotas de malla y adargas. Además de otros tantos meticales en monturas fogosas preparadas para los estruendos de la guerra, y también albardas, jaeces y guarniciones para todas ellas. Se rumoreaba que había entregado un marco de plata a un orfebre de Compostela, una señal para que le hiciera un nuevo sello de los Seijas ahora que el original se había perdido para siempre en algún lugar de los desiertos de Gaza. Y ese trabajo no era una menudencia, aún tendría que entregar más dineros para rematar el pago. El escudo de la familia llevaba cinco palomas, una labor fina para el espacio de un anillo, tanto como para que no hubiera muchos dispuestos a aceptar el encargo, sólo los mejores entre los hebreos. Iba a ser caro.
Pero había mucho más. También había contratado a un nuevo herrero, a tiempo completo. Un menestral de buena fama que había hecho venir desde la ribera del Riotorto, en las montañas del norte, de la comarca de Honor de Miranda, tierras duras de las que se había dicho siempre que criaban hombres buenos con el hierro y mejores con hoces y guadañas. Además, había puesto a disposición del artesano una vega para que se construyese un molino de mazo en el río que pasaba por el valle bajo la torre. Y, en el mismo cauce, Fruela se había hecho con los derechos de dos presas anguileras en las que atrapar ingentes cantidades de escurridizos peces cuando migraban hacia el mar cada primavera, momento en que quedaban atrapados en los garlitos instalados en los desagües de las represas.
También habían empezado a avivarse cuchicheos inquietantes, porque mensajeros habían partido a uña de caballo a Compostela, Mondoñedo, Oviedo y León. Todos ellos acompañados por mulas cargadas con lo que, según se decía por los alrededores de San Paio, eran lujosos regalos para los obispos. Muchos se preguntaban a qué venía aquel acercamiento de Fruela Rodríguez de Seijas a los prelados de la todopoderosa Iglesia.
—Quiere comprar reliquias —había susurrado el viejo Tomás después de echarse al coleto un trago de orujo.
Pero Egeria no había sabido si creer o no al caballerizo. No entendía qué asuntos podía tener el joven señor de la torre con huesos de santo, retales de la cruz y espinas de la corona del crucificado.
Como remate, nuevos hombres acudían a la llamada al servicio de la fortaleza de San Paio casi cada día. Y muchos ya chismorreaban que otros señoríos, como el de Lemos y el de Traba, comenzaban a mostrarse preocupados por las ansias del joven señor. Porque, para colmo de males, Fruela heredaba también el título de merino, lo que implicaba que era él quien administraba justicia y hacía cumplir la ley, asunto que tenía la oscura vertiente de otorgarle mano libre para cualesquiera que fueran los desmanes que se le ocurriesen. Y eso que, para cuando Egeria y Laín habían partido, aún no había llegado palabra de su majestad Fernando de que se ratificaba el testamento de don Rodrigo.
Todo su mundo había cambiado en unos pocos días y la paz, caprichosa y quebradiza, se había escapado una vez más entre sus dedos como arena en una playa. Quizá por eso a Egeria le estaba costando conciliar el sueño.
Había tenido que elegir entre las hierbas de su botica y las pertenencias que había ido acumulando en la modesta prosperidad de los últimos años. Lamentó amargamente que todo lo que había aprendido a querer hubiese quedado atrás. Las prisas y la necesidad los habían obligado a marcharse con poco más que lo puesto. Aunque, pese a lo escaso de su bagaje, al menos llevaban las monedas de Guy, la mayoría meajas de vellón de las que había acuñado el noveno de los Afonsos en las cecas gallegas durante los últimos treinta años, muchas de ellas con motivos que alababan el sepulcro o la ciudad de Compostela, orgullo de los viejos reinos desde que el segundo de los Afonsos, al que habían llamado el Casto, había empezado a difundir la noticia de que se encontraran los restos del patrón Santiago.
Y por mor de aquellas preocupaciones, aparte de desperezarse, en cuanto abrió los ojos Egeria tuvo también que ocuparse de dos asuntos: espantar su desasosiego por lo que andaba haciendo Fruela y despegarse de la tristeza que la carcomía.
Se incorporó con desgana, porque la melancolía le quitaba el anhelo de ponerse en marcha, pero pensó en el muchacho. Se lo debía a él, que había sido lanzado a un mundo que desconocía por el único pecado de ser bastardo.
—¿Laín? —preguntó restregándose los ojos con los jamoncillos de los pulgares.
Sólo le respondió Lisco, que salió del morral como un congrio asomando entre las piedras del puerto y la miró con sus pequeños ojos a través del antifaz de pelo oscuro.
—¿Laín?
Se giró en todas direcciones. Los restos cenicientos de la hoguera y la pila de leña seca que no habían terminado de echar en la fogata. El pequeño pote donde habían guisado la noche anterior, bien tapado para que el turón no les robase su desayuno de sobras. Su hatillo, la vara de fresno ahumado que había tomado para el camino. El cacharro con el fondo requemado donde habían traído el agua del arroyo. Pero el chico no estaba.
Sólo la hierba aplastada donde el muchacho se había preparado el lecho la noche anterior, al otro lado del fuego, para espantar el relente.
Detrás de los hilos de humo que aún salían de las brasas, el pasto aún se veía estropeado.
—¿Laín? ¿Estás ahí? —gritó con más fuerza.
Sólo se acercó el turón, que hociqueó entre sus ropas buscando alguna miga.
Egeria recogió al animal en su regazo y empezó a acariciarlo.
No había ido a por más agua, el cacharro seguía allí; tampoco a por leña, había de sobra. Y si hubiera tenido que atender a los intestinos o a la vejiga, no estaría tan lejos como para no contestar. Quizá se había acercado al arroyo a pescar un par de truchas con alguno de los saltones que brincaba entre la hierba. Pero no veía sus cosas por ningún sitio. Sólo el sobado morral y el turón.
No le costó mucho imaginar lo que había pasado.
Era lo que había temido desde el primer momento. Incluso había hablado de ello con Guy, ambos preocupados por lo que sería del zagal.
Lisco gañó, reclamando atención, y ella intensificó los arrumacos.
—Nos ha abandonado, ¿verdad?
El turón no contestó, pero Egeria imaginaba que el muchacho había dejado atrás a su mascota como un regalo de despedida, una suerte de gesto sincero con el que decir mucho hablando poco. Seguramente había pensado que así ella no se sentiría tan sola. En las últimas semanas, la mujer y el animalillo habían hecho buenas migas. Podía apostar que había sido duro para Laín dejar atrás a su pequeño amigo. Aquello era una prueba más del buen corazón del chico.
Sin embargo, esa ternura inicial que la embargó se disipó pronto.
—Es un cabeza de chorlito, no tiene remedio —le dijo al turón, bajando el rostro hacia su regazo y negando con sacudidas del mentón.
Lo había hablado con Guy. Ambos habían considerado aquella posibilidad. Por eso supo lo que haría a continuación. Pero no sirvió de consuelo, porque el zagal le había ganado el corazón y ahora le esperaban días de preocupación hasta que el asunto se resolviese.
—Hombres… Pfff… ¡Qué pronto empiezan a comportarse como imbéciles!
El turón no contestó y ella lo acarició, dejándole, como hacía Laín, que le mordisquease los dedos. Luego se llevó la mano al vientre en un gesto cariñoso.
—Empiezan pronto y lo siguen haciendo durante toda su vida.
Lisco olisqueó por los alrededores de su regazo, y Egeria no supo si el animal había descubierto su secreto.
Una lágrima se echó a rodar por su mejilla.
—Es una pena —añadió.
Durante un rato, se quedó donde estaba, repartiendo caricias entre el turón y su propio vientre.
Se rumoreaba que, en ausencia del señor don Fernando Gutiérrez de Castro, muy noble alférez de Castilla, el díscolo abad de San Vicente Pino aprovechaba un pasaje subterráneo que iba desde el monasterio que regía hasta el palacio señorial de los Castro, señores de Lemos y Sarria, pertigueros de Compostela y comenderos de la iglesia de Lugo. Y, si se daba crédito a los rumores de los deslenguados, el monje lo hacía con la sana intención de alegrar las solitarias noches a la señora cuando don Fernando se ausentaba para negociar asuntos con la Corona o para luchar contra el moro en el sur. Aunque también había otra versión más amable: los más devotos defendían el honor de la dama alegando que la única intención del fraile era ofrecer cristiana confesión.
Había oído también que la villa tenía una notable población de hebreos; orfebres, prestamistas y mercaderes en su mayoría. Y el gascón suponía que muchos de ellos habrían emigrado desde más allá del Guadiana, donde, en las últimas décadas, el radicalismo apocalíptico de los sarracenos se había vuelto recalcitrante. Ya no restaban más que unos pocos terruños en los que aún tuvieran fuerza y los mahometanos ya no se aguantaban ni entre ellos, menos aún a los judíos.
Por último, de tanto en tanto, había oído elogios sobre las ferias y mercados del lugar, que eran bien conocidas y casi tan apreciadas como el vino de la región.
Aparte de eso, lo único que Guy sabía de Monforte era que sería su siguiente parada antes de seguir camino hacia el castillo de Maceda. Allí, ya en las lindes del antiguo reino de Galicia, y según les había dicho Fruela, les aguardarían enviados del mismo Fernando III, quienes les darían cartas y permisos para ser recibidos en la Corte de Navarra.
El nuevo señor de San Paio se había mostrado muy explícito al respecto.
—Si he de enviar un mensajero —había dicho Fruela sentado en el salón del primer piso de la torre, exactamente en el mismo escaño de madera de roble en el que tantas veces había escuchado Guy impartir órdenes a don Rodrigo—, es necesario que sepa adónde.
Monforte de Lemos primero, después Maceda. Y, desde allí, hacia Astorga, donde tomarían la vía romana que cruzaba Castilla de poniente a levante, por la que atravesarían el reino a contracorriente de los peregrinos en romería a Compostela. Ese camino habría de guiarles hasta Reliegos. Más tarde vadearían el río Carrión, dejando atrás la fortaleza de Castrojeriz. Después vendrían el monasterio de Rodilla y la villa de Albéniz, a tiro de piedra de Navarra. Porque, una vez tratado el recado que llevaban en la Corte de Teobaldo, partirían rumbo a ultramar con la esperanza de encontrar a don Rodrigo.
En cualquier momento, entre las ramas del bosque aparecerían las murallas de Monforte, cuajadas con los escudos de seis roeles de los Castro.
Los dos hermanos Cagafuego bromeaban entre sí, prometiéndose lujosos manjares una vez llegasen a la villa; todavía recordaban, rechupándose los dedos, el guiso de anguilas que habían cenado la noche anterior en una posada de Portomarín antes de pasar sobre el Minio por el viejo puente romano que, pese a haber sido reconstruido no mucho antes, se caía a pedazos como si en lugar de argamasa hubieran usado cataplasma de tomillo.
Berenguer Baños silbaba otra de sus alegres tonadas de lupanar de medio pelo. Fortum llevaba un buen trecho sin encontrar un blanco para sus puñales. El fraile dormitaba en su montura, dándose golpes en el pecho con la barbilla. Rolando mascullaba alguna queja por lo que tardaban en llegar. Tello hablaba de cualquier fruslería y Acardo escuchaba. El sirviente Eugenio tiraba de los ronzales de las mulas, algo tercas para seguir el paso de las caballerías, más briosas por naturaleza.
Y el propio Guy de Tarba llevaba unas leguas sin percibir nota alguna de que continuaran siguiéndolos, de ahí que hubiera empezado a cavilar sobre la ruta que tenían por delante.
Era el tercer día en camino desde su partida. Descendían con calma por una loma suave hacia el cauce del Cabe, donde pronto se toparían con Monforte, sin más noticias que algún rebuzno airado de las acémilas.
Y eso fue lo que puso sobre aviso al gascón. De no ser por los roznidos de los pollinos, hubiera acabado muerto.
Sin venir a cuento, o quizá porque era un soldado viejo que sabía escucharse las tripas y seguir sus instintos, recordó de pronto cómo los pastores solían usar un borrico entre sus rebaños de ovejas, precisamente porque los pollinos eran los primeros en oler al lobo y sus rebuznos estridentes daban la alarma.
Se giró buscando el motivo de excitación de los animales y, al hacerlo, sintió el siseo del aire junto a su mejilla. Un soplo rápido que le revolvió la patilla.
Un bodoque de ballesta pasó a apenas una pulgada de su rostro, justo donde había estado su carrillo antes de volverse. Con el rabillo del ojo vio el ramalazo blanco del emplumado girando a toda velocidad mientras estabilizaba el dardo.
Se clavó veinte pasos más allá, en el tronco seco de un castaño, desperdigando astillas cuando la punta de hierro vibró en la madera y dejó caer el astil. En un parpadeo, Guy se dio cuenta de que aquél había sido un disparo de guerra.
Durante la lucha con los sarracenos, muchos habían aprendido que las puntas, sujetas con apenas una vuelta de hilo o simplemente por la presión de colocarlas en la vara de madera de fresno con la que solían fabricarse los astiles, tenían la viciosa costumbre de desprenderse tras el impacto. Era un hábito malévolo. Propio de las sucias artes de los hombres cuando ingenian cómo matarse. Dejaba al herido con un pedazo de hierro revolviéndose en las entrañas, condenándolo a una muerte dolorosa y lenta. En la caza se mataba siempre que se podía y, cuanto más rápido, mejor, pero en la guerra el asunto era bien distinto. Los años de prácticas habían enseñado que más valía un lesionado que reclamase ayuda e incordiase a sus compañeros que un muerto que no volviese a suponer problemas.
Eso le dijo al gascón que debía andarse con ojo. No se trataba de salteadores de caminos que hacían vida a base de desvalijar incautos, los estaban atacando auténticos soldados.
A partir de ese instante, todo sucedió muy rápido.
—¡A las armas! —bramó Guy al tiempo que él mismo desenfundaba su espada.
El fraile Seisdedos dejó tras de sí un par de blasfemias muy poco cristianas y se tiró al suelo como un fardo para, de inmediato, echar a correr. Y los tropiezos con el ruedo del hábito lo hacían trastabillar, pero no lo detenían. Desapareció en la arboleda tan rápido como una centella.
Las mulas, asustadas por la confirmación de sus temores, se encabritaron. Una de ellas empezó a soltar coces; la otra temblaba visiblemente con los ojos tan abiertos que mostraban los blancos. Las monturas, acostumbradas a la guerra, mantuvieron la calma. Pero, aunque los otros habían seguido el ejemplo de Guy y todos tenían ya sus hierros en la mano, aún no sabían de dónde venía el peligro.
De entre los árboles del bosque surgieron entonces las figuras embozadas de cinco hombres. El gascón, sin embargo, supo que uno más se había quedado a resguardo en alguna rama alta desde la que hacía lo posible por sacar partido a la ballesta. Y enseguida volvió a oír el peligroso siseo de más dardos en el aire.
Tello soltó un alarido y cayó del caballo cuando uno de los proyectiles le golpeó el hombro como un ariete, clavándose en la carne pese a la cota de malla. Su compañero, el tal Acardo, se echó al suelo para protegerlo, cubriéndolo con sus espaldas.
Luego, en cuanto otro bodoque se clavó cimbreando entre los pies del mercenario, se dio la vuelta y empezó a jalar de su amigo hacia la espesura. Guy tuvo tiempo de fijarse en el modo en que aquellos dos cruzaron miradas temerosas, y ya no le cupo duda de que ambos eran presas de la lujuria por el más nefando de los pecados.
Mientras los dos se afanaban, el uno tirando y el otro gateando de mala manera, otra flecha fue a dar en la pierna de Tello y, antes de que su nuevo grito de dolor se apagase, el catalán Fortum hizo gala de su habilidad con los cuchillos y abatió al primero de los atacantes con un certero lanzamiento.
Los hermanos Cagafuego ya se habían enzarzado en luchas a espada con sendos encapuchados. Los golpes sonaban como campanas a rebato, adornados con gruñidos de esfuerzo, maldiciones que salían entre escupitajos y palabras de ánimo que se daban el uno al otro.
Los de la partida del gascón tenían la ventaja de ser más, pero la sorpresa los había desbaratado. Además de Tello, el normando también había caído, muerto por un acierto del ballestero que salía del cuello del tal Rolando en un ángulo extraño. Bajo él, con el rostro blanco, ya empezaba a formarse un charco de sangre que se extendía entre el musgo y la hierba. La mano se le había quedado a medio camino al pescuezo, porque la muerte se lo había llevado sin darle tiempo a quitarse el aguijonazo.
Las mulas no dejaban de rebuznar y el pobre Eugenio hacía lo que podía por calmarlas. Tan ocupado estaba, y tan pocas mañas tenía para la guerra que no vio que la parca se le echaba encima. Uno de los atacantes se cernía sobre él con la hoja dispuesta.
Tras desmontar a toda prisa, Guy corrió hacia el sirviente, pero no llegó a tiempo, el pobre tullido recibió el tajo en el hombro y el filo resbaló levantando un filete de carne y un remiendo del sucio jubón que vestía el desdichado. La espada chocó contra la mejilla y la oreja, dejando un grotesco corte por el que se veían muelas picadas. El sirviente gritó y el horror en su rostro era mayor que el de las mulas.
No pudo evitar Guy que el encapuchado rematase la faena con un segundo golpe que cayó en el colodrillo del acemilero, como el hacha de un leñador en el cepo.
Antes de que llegara la tercera arremetida, la espada de Guy atravesó la pechera del embozado y recibió de lleno una exhalación que le reveló que al otro le gustaban las cebollas.
El gascón giró la muñeca y empujó. Retiró el filo, dejando un reguero de sangre burbujeante que escapaba de los pulmones. Se derrumbó ante él y, cuando Guy se volvió, otro se le echaba encima con una maza turca.
Tuvo el tiempo justo de agacharse antes de que el terrible golpe que le hubiera reventado los sesos pasase un palmo por encima de su coronilla.
Giró sobre las punteras de sus botas para barrer con la espada las piernas del nuevo atacante, sin embargo, Berenguer Baños se le adelantó. El calvo, sin desmontar, había echado su montura al trote, se había hecho con una de las lanzas que portaban los borricos con una agilidad encomiable para un tipo tan tosco y, con el arma lista, atravesó al otro con un lanzazo de parte a parte, como si no fuera más que una oliva.
Guy vio salir la punta del arma a través de la carne y la tela. Las entrañas de su atacante se abrieron con un crujido de huesos y un desgarrón ronco de la piel. Incluso percibió el hedor de sus interiores. Un hedor al que jamás se acostumbraría por muchas veces que hubiera de enfrentarse a él. Ningún animal abierto en canal apestaba tanto, ni tan fuerte, como las vísceras de un hombre hecho a la imagen y semejanza de Dios.
El extremo aguzado de la lanza se detuvo a apenas un palmo de los hocicos del gascón. Al otro lado del asta, por encima del hombro del agonizante cuitado, estaba la cínica expresión de Berenguer Baños, que sonreía socarrón.
—Me debes una buena jarra de vino en la próxima posada —le dijo con aire de suficiencia.
Guy sabía que no merecía la pena desmentirlo. Estaba seguro de que hubiera podido apañárselas solo, pero el tal Baños era de esos hombres que llevaban la razón incluso estando equivocados. Además, la reyerta aún no había acabado.
Una de las mulas había escapado a la carrera, dejando un rastro de pertrechos y alforjas que se perdía en el bosque. La otra rebuznaba desconsolada. También se oía la cantinela de Tello.
Rolando había muerto, y su estupendo caballo había desaparecido. El cuitado Eugenio ya no respiraba. Uno de los hermanos tenía un tajo en la mejilla; el otro estaba intacto, lanzando juramentos. Del fraile, como del jaco y de la acémila, nada se sabía. Y el catalán Fortum Acenarez iba recuperando de los cuerpos los cuchillos que había lanzado.
Habían salido con bien, pero aún no habían acabado.
—Falta el ballestero —tascó Guy.
Y todos los demás se volvieron de pronto hacia el bosque con semblantes preocupados. Nadie más había caído en la cuenta de que aún no estaban a salvo.
—¿Y por qué no ha vuelto a disparar? —preguntó Godino Cagafuego en tono burlón.
—Ése ha salido por patas cuando ha visto que les dábamos para el pelo a sus amigos —le contestó el otro hermano, burlón.
—¡Callaos los dos! —les gritó Berenguer, malhumorado, sin dejar de mirar, como Guy, hacia el entramado de ramas del bosque—. Tiene razón, no podemos quedarnos aquí sin más. Ese hideputa está por ahí, subido a un árbol como una puñetera ardilla y, si le damos oportunidad, podemos acabar igual que un acerico. ¡Hay que batir el bosque! Y con mil ojos.
Tensos, aguardaron. Por un rato, ninguno de ellos hizo otra cosa que observar detenidamente cada árbol, cada rama, cada hoja.
Sabían que, en cualquier momento, una de aquellas rapidísimas flechas podía acabar con cualquiera.
—Os lo he dicho, ése ha salido por patas —insistió uno de los hermanos.
Nadie le contestó, pero los dedos de más de uno se apretaron en torno a las empuñaduras. Tampoco se movieron. Eran blancos fáciles donde se encontraban, pero cambiar de posición era un riesgo aún mayor.
El sudor caía por la frente de Guy. El catalán empezó a hacer saltar uno de sus cuchillos, volteándolo en la palma de la mano como si fuera un malabarista. Y la mula, cansada de que nadie prestara atención a sus rebuznos, calló por fin, dejando ante ellos un silencio que, tras la escandalera, ni siquiera los pájaros rompían.
De pronto se sacudieron unas matas de sauce al otro lado del camino.
—Ese malnacido los tiene bien puestos —aseguró Acardo con un susurro tenso.
Para Guy no se trataba de un acto de valor, sino de una locura. Que el ballestero hubiera abandonado su puesto para enfrentarse a ellos cara a cara, no tenía sentido. Aun así, afirmó los pies en el suelo. En sus talones se levantaron nubes de polvo y asentó la guardia.
—A lo mejor quiere parlamentar —dijo uno de los hermanos.
—O es el fraile que vuelve con el rabo entre las piernas —le contestó el otro.
Y al gascón le pareció una soberana tontería, porque el capellán se había largado por el otro lado del camino, el que ahora quedaba a sus espaldas.
Todas las elucubraciones quedaron en humo.
El saucedal se sacudió y apareció un gozque desmañado, de color pajizo, un cachorro crecido que ya había perdido la borra de su primer pelaje, aunque la desproporción de las grandes orejas y el hocico afilado chivaban que aún no tenía más que unos meses.
—¡La madre que lo parió! —exclamó Acardo—. ¡Es sólo un perro!
Y antes de que Guy pudiera hacer nada, el animal corrió hacia él, contento, sacudiendo el rabo, con la lengua fuera. Aparentemente estaba encantado de reencontrarse con el gascón.
—¡Qué diantres! —soltó Berenguer Baños.
—¡Cuidado! Viene alguien más —advirtió uno de los Cagafuego.
Las estilizadas ramas del sauce volvían a sacudirse. En cuanto se abrieron, quedó a la vista un muchacho alto, sucio y con un guante de cuero en el que había apoyado un halcón.
—Está en un roble, a veinte pasos —dijo el zagal apuntando con el pulgar de la mano libre a sus espaldas—. Colgando de una rama. Sin sentido.
Eso hizo mover al catalán Fortum y a Baños, que echó pie a tierra y se puso a correr, todo a un tiempo. Los hermanos se miraron el uno al otro por un instante y, después de encogerse de hombros, siguieron a su jefe hacia el bosque.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó Guy muy serio—. Tendrías que estar camino a Compostela.
Amedrentado por el ceño fruncido, Laín llamó a su perro con un chasquido de los dedos y no se atrevió a hablar.
—¡Contesta! ¿Por qué has desobedecido?
Lume se dio cuenta de que algo sucedía y dejó de trastear para sentarse a los pies de su amo, mirando fijamente al gascón.
Los separaban apenas media docena de pasos y Guy los cubrió con un par de zancadas ansiosas, sin envainar la espada. Se le había ocurrido algo terrible.
—¿Le ha pasado algo a Egeria?
Aquello animó al muchacho a responder, aunque no se atrevió a levantar el rostro.
—No, ella está bien, le dejé a Lisco para que la cuidase.
Con esas palabras, prueba de la candidez del chico, la ira de Guy se desarmó.
—¿Por qué lo has hecho? —inquirió en un tono menos agresivo.
Tardó en responder.
No lo hizo hasta que fue capaz de alzar el rostro y componer un semblante serio.
—Di mi palabra.
Guy iba a protestar cuando sus propias frases se agolparon en sus recuerdos. Eso mismo le había dicho él a la mujer que amaba. Ése era el rasero por el que él mismo se había medido.
Miró en los ojos del muchacho, de aquel azul grisáceo tan perturbador, y vio miedo, incertidumbre y dolor. Pero también firmeza. Y se acordó de la primera vez que había visto algo exactamente igual, el día de la partida de don Rodrigo, en la explanada al pie de la fortaleza de San Paio.
No dijo nada al chico. Y no se permitió que el orgullo que empezaba a sentir aflorase a su rostro. Decidió que, por el momento, había asuntos más acuciantes de los que ocuparse.
—¿Qué ha pasado?
Laín suspiró con alivio.
—Os estaba siguiendo, buscando el valor de acercarme para hablar contigo — reconoció sin dejar de mirar a los ojos del gascón—. Y ellos aparecieron por el camino —añadió, señalando los cuerpos de los encapuchados—. Yo me escondí…
—¿Aparecieron? —interrumpió Guy—. Así, sin más, ¿no nos estaban siguiendo ellos también?
Desconcertado, el muchacho no supo qué responder.
—¿Crees que sabían dónde encontrarnos? —preguntó el gascón muy serio.
Titubeó Laín por unos instantes, asombrado de que le pidieran su opinión sobre un asunto tan delicado, pero sin comprender las ideas que revolvían la cabeza del hombre.
—Supongo que sí —dijo finalmente—, venían al galope. Y yo me escondí, los vi pasar, se detuvieron, desmontaron, dejaron los caballos, hablaron un rato entre ellos y se separaron. Cinco por un lado y uno, el de la ballesta, por otro. Comprendí que no estaba a tiempo de dar el aviso, y luego pensé que a lo mejor podía ayudar, así que intenté seguir al ballestero, pero lo perdí en el bosque.
En esa ocasión, Guy también disimuló el asombro por la reacción tan madura del muchacho.
—Está bien, de acuerdo, y ¿qué significa eso de que está sin sentido?
—Oí los gritos, me di cuenta de que habían atacado y me puse a buscarlo por todas partes, pero no lo encontraba. No sabía dónde se había metido…
El gascón comprendió al vuelo que el muchacho se sentía culpable por haber tardado en dar con el ballestero. Aun así, sabiendo lo que pasaba por la atribulada cabeza del chico, no dijo nada.
—… Oía los rebuznos de las mulas y los gritos. Pero no lo encontraba. Al final, fue gracias a él —explicó señalando al perro, que los miró con aires divertidos, como esperando que le tirasen un palo al que perseguir—. No sé, de pronto desapareció y, cuando volvió, muy nervioso, empezó a mordisquearme los tobillos. Me di cuenta enseguida de que quería enseñarme algo. —El gascón no interrumpió al chico, aunque le costó creer que no se tratase de una simple casualidad, porque, mirando al cachorro, no parecía que pensase en otra cosa que no fuera jugar—. Me llevó hasta un roble, y allí estaba…
—¡Eh! Será mejor que vengas a ver esto.
Era la voz de uno de los hermanos Cagafuego, inconfundible por el tono risueño.
Unos carboneros discutían en un abedul cercano, lanzándose trinos descarados, y se echaron a volar en cuanto el perro, cachazudo y descarado, se acercó al pie del árbol, lo olisqueó y, tras levantar una pata, marcó el tronco con un sonoro chorro.
—¿Qué te parece? ¿Crees que caerá en cuanto madure? —preguntó sonriendo uno de los hermanos.
Guy y el muchacho llegaron tras el perro y miraron hacia donde les señalaban. Unas varas más allá del lugar que Lume había elegido para extender su territorio.
Allí donde les indicaba, a horcajadas, montado en una gruesa rama de roble que apuntaba al lugar del camino donde habían peleado, aparecía el cuerpo de un hombre. Llevaba una larga capa negra que le cubría el sayo y, pese a la buena temperatura, la capucha estaba echada sobre el rostro. Iba vestido igual que el grupo de cinco que los había asaltado.
—No está muerto, se le ve respirar —siguió diciendo el otro hermano, el que Guy pensaba que era Rui Cagafuego.
El gascón miró al muchacho sin pronunciar la pregunta, pero entornando los ojos.
—Le acerté con la honda —respondió Laín, desatándose de la cintura las ligas de su modesta arma de campesino.
No sin admiración, todos volvieron a girarse hacia el cuerpo y el otro hermano fue el que habló por ellos:
—¡Menuda puntería! —exclamó Godino Cagafuego.
No era un tiro lejano, cualquier rapaz con algo de habilidad podía acertar a una liebre quieta a treinta pasos, pero atinar entre las ramas del bosque a un tipo encaramado a un árbol y que está a sus buenas cinco varas de altura, eso era harina de otro costal. Más aún cuando esa liebre lleva una ballesta y, en cualquier momento, puede volverse para disparar.
—¡Bien hecho, chico! —lo animó Rui.
—Me importa un carajo —anunció Berenguer Baños de pronto—, acabemos con él —propuso acercándose a la ballesta que, madura o no, había caído desde las alturas cuando su dueño recibió la pedrada.
Apenas lo dijo, ya estaba junto al arma que, por lo que pudo ver Guy, era de excelente calidad. Un trabajo fino de algún maestro toledano. Tenía la cureña taraceada y era una de ésas a las que llamaban cervera, de las que llevaban las palas reforzadas con cornamenta de venado. No era parte del arsenal de un bandolero cualquiera, sino el arma de un mesnadero a buen sueldo de un señor con posibles. Y a Guy, como a cualquier otro caballero o infanzón, no le gustaba. Con la espada o el mangual se mataba cara a cara, hacían falta redaños, habilidad y años de entrenamiento, pero la ballesta era arma de cobardes y pusilánimes, capaz de quitarle a uno la vida a cien pasos sin la oportunidad de reconocer a su asesino.
—Ha habido suerte —anunció Baños alzando en una mano la ballesta y en otra el virote que aquel tipo debía estar preparando para lanzar antes de recibir el cantazo del muchacho—. Tenemos munición.
Se metió el astil del virote entre los dientes para tener las manos libres y, mientras pisaba el estribo del arma con el pie dentro del arco de hierro, tiró de la cuerda para tensarla.
Guy aprovechó la tarea para acercarse hasta él.
—Sería mejor que lo dejases vivo —sugirió—. Nos conviene interrogarlo.
El calvo gruñó por el esfuerzo cuando la cuerda alcanzó por fin la muesca de la nuez donde quedaría asegurada y tensa, lista para disparar en cuanto colocase el bodoque en la ranura.
—¿Y de qué servirá eso? ¿Acaso importa saber si querían las armas, las monedas o el virgo de Fortum? —respondió socarrón—. Está claro que son matarifes que buscaban nuestra bolsa, ¿qué más quieres saber?
Ya estaba apuntando hacia el encapuchado.
—Yo no creo…
Guy no terminó la frase, porque entonces cayó en la cuenta de algo peligroso. Se volvió hacia el muchacho, lo miró con intención y, disimulando, se echó el índice a los labios para indicarle que mantuviese la boca cerrada.
En ese instante se oyó un latigazo. El engranaje del gatillo había girado la nuez y la cordonadura, libre, arrastraba el virote a una velocidad endemoniada.
—Cuando el Señor la ponga en tu mano, matarás a filo de esta espada a todos tus enemigos —recitó Berenguer Baños bajando la cureña de su hombro.
El disparo, certero, se clavó en lo que debía ser la mejilla del tipo y, con la fuerza del impacto, el cuerpo se tambaleó por un momento. Luego cayó danto vueltas en el aire. Se golpeó con el tronco, rebotó en el nacimiento seco de una rama que el árbol había perdido tiempo atrás y, tras aquella danza macabra, se estampó contra el suelo con un ruido sordo.
Conocía la cita. Guy la había oído muchas veces antes. Una pobre excusa con la que muchos de los hombres del Temple perdonaban la crueldad de la batalla. Era del libro del Deuteronomio.
—¡Hala! Listo —dijo Baños, volteando al muerto con la puntera de su bota y asegurándose de que ya no respiraba—. A recoger todo y en camino. Quiero llegar a Monforte antes de la noche. Y mañana partiremos al alba —advirtió con severidad.
Se echó a andar de vuelta al lugar del asalto, silbando ya por su montura. Y los dos hermanos y el catalán lo siguieron de inmediato.
—Quizás el muchacho podría ocupar el lugar de Eugenio —sugirió de pronto Guy, sorprendiendo a Laín—; nos vendrá bien un sirviente, y el zagal parece espabilado.
Berenguer Baños se detuvo donde estaba, rumiando la idea.
—¿Es de fiar?
—Sí, lo es, trabajaba en los establos de San Paio —respondió el gascón, sabedor de que no les convenía mentir.
—Está bien —concedió Baños sin volverse—, como te plazca. Se encargará de los caballos y de las faenas de campamento —miró entonces directamente al crío—. Chico, no metas la pata y te haremos un hombre —le dijo con una sonrisa rapaz.
Y siguió alejándose.
Laín, desconcertado, tan lleno de asombro que no imaginaba qué decir, quiso agradecer el gesto de Guy, pero el gascón lo mandó callar de nuevo y dio unos pasos hacia el muerto.
—¡Vamos! Es para hoy —gritó Baños con impaciencia, haciendo un aspaviento curioso con una mano, como si se quedase a medias en el ademán de espantar una mosca.
El gascón lo advirtió y, con disimulo, miró de reojo a los demás, buscando alguna reacción.
Los observó mientras se alejaban. Y, cuando estuvieron a sus buenos veinte pasos, Guy se arrodilló con prisa junto al cuerpo y le abrió la capa negra hasta que el pecho quedó a la vista. Entonces asintió satisfecho, como si hubiera encontrado justamente lo que estaba buscando.
Con el mentón, animó al muchacho a mirar también.
Laín se acercó y observó lo que le indicaba.
El hombre era corpulento, de rostro abotagado cubierto con cañas recias de una barba morena que despuntaba en las mejillas. Tenía los ojos cerrados, pero el rostro se adivinaba severo, con una nariz aguileña y afilada. Contraído en una mueca de dolor con la que se presentaría en los cielos. El virote había entrado en la juntura de la mandíbula y se había enterrado en algún lugar del interior de la cabeza. Por el momento, desprendía un ligero olor a humo y fogata de campamento. Y en los pliegues de la capa negra había prendidas ramillas, restos de hojas secas y polvo de mil caminos.
Ahora, más cerca, Laín se dio cuenta de que no era negra, sino de un marrón muy oscuro. Una pieza de buena calidad, paño prieto, bien teñido con cáscaras de nueces, en varias veces y con buena mordiente. Laín había visto al viejo Tomás hacerlo en varias ocasiones y había aprendido que no era sencillo y, por tanto, tampoco barato. Aquéllos no eran bandidos cualesquiera aprovechando el descuido de unos viajeros.
Como el chico seguía observando, Guy usó la punta de la espada para, prendiendo un pliegue de la tela con el hierro, abrir más la capa.
—A lo mejor resulta que somos leones —susurró Guy con sorna.
—Oh, es…
El gascón, mirando a las espaldas de los que seguían alejándose, mandó al muchacho callar una vez más.
—Sí, lo es. Y ahora, ¡vamos! Tenemos mucho de qué hablar —le dijo con urgencia—, y en Monforte hay que encontrar a alguien que le haga llegar un mensaje a Egeria. Estará preocupada por ti.
El muchacho echó un último vistazo, asegurándose de que sus ojos no lo engañaban. Porque le costaba creer lo que estaba viendo.
Llevaba una túnica blanca, sucia por el camino, y en el hombro del caído se veía la cruz patada de los pobres caballeros de Cristo. Roja como la sangre que le pintaba el cuello.
Era templario.
Por la ballesta, bien podía ser un genovés, como las famosas escuadras que contrataban los ingleses. Todos sabían que Ricardo Corazón de León había pagado a miles de ellos cuando decidiera embarcarse en las cruzadas de ultramar.
Sin embargo, eso no podían saberlo con seguridad. Lo que sí sabían era reconocer el sayo. Como el de Baños, como el del catalán, como el de los hermanos Cagafuego. Era uno de los hombres del Temple.
Al cabo, cuando se volvió para seguir al gascón, las preguntas le bullían en la cabeza.
Para la más sencilla, la respuesta llegó poco después; en un rato en el que pudo hablar a solas con Guy comprendió a qué había venido el chascarrillo.
Según rezaba la regla de la Orden, a los templarios les estaban prohibidos lujos como el de cazar con aves o el uso de ballestas, a no ser que fuera para enfrentarse a un león.
Sin embargo, para entender por qué hombres del Temple luchaban entre ellos aún tendría que esperar. Para esa pregunta, ni siquiera el propio Guy tenía respuesta.