Laín
Estrofa XII. El látigo y la pluma
ESTROFA
XII
E L LÁTIGO Y LA PLUMA
«… si se retiraba al desierto, ofendería a Dios,
pues abandonaría a cuantos vasallos y gentes vivían
en su reino […] habría desórdenes y guerras civiles…».
El conde Lucanor, don Juan Manuel
Con un reniego de disgusto, Silko comprobó que la rata de Melik tenía razón.
Se acercaba uno de los lanchones. Forzando la vista bajo el sol de justicia, el nubio podía distinguir la proa, el vaivén de los remos, la vela auxiliar y a un hombre que agitaba los brazos.
—¡Por todo el marfil de Kush! —se le escapó en un susurro.
Apenas había pasado el mediodía, llegaba con muchas horas de adelanto y Silko lamentó reconocer a Karim apoyado en la roda y haciendo la señal convenida. El nubio no era dado a los afectos, nadie allí lo era; sin embargo, había acabado tomando cierto apego a sus hombres y no le cabía duda de que, fuera cual fuese la excusa para el pronto regreso, Karim y los otros tres guardias de la barcaza morirían. Wasif no titubearía.
Silko se ajustó el turbante, que empezaba a resbalar por culpa del sudor, y pateó un montículo de arena que el capricho del viento había dejado en las piedras del embarcadero.
Con él estaban Fadil, un ispahaní descastado que todavía llevaba en la nariz el anillo que delataba su pasado como esclavo, y también Samuel, un hebreo armenio que había huido de su país y de su tribu, y ninguno de los dos dijo una sola palabra, pero compartían el mismo humor sombrío del nubio.
Sobre los tres planeaba la misma pregunta, porque ninguno podía entender cómo Karim se había atrevido a desobedecer las órdenes del eunuco. Aunque murieran todos los esclavos, aunque encontrasen la mayor de las perlas, incluso si por pura casualidad abordaban la nao de la mismísima reina de Saba y se hacían con todos sus tesoros, las barcazas no debían regresar hasta la hora a la que se hubiera hecho la llamada a la oración de la tarde; y todo pese a que allí había pocos devotos que hubieran respondido al ikindi, porque en aquel rincón perdido de la costa del estrecho los que no habían perdido la fe habían renunciado a ella.
No fue hasta que faltaban unos cincuenta codos para que la chalana atracase que Silko se dio cuenta de que algo no iba bien.
Los remos se movían. Seguía viendo cómo Karim agitaba los brazos. Sin embargo, no distinguía a los otros guardias que debían estar a bordo y tampoco se oían los habituales saludos y bromas que siempre se lanzaban unos a otros en momentos como aquél.
Desconfiado por obligación, el nubio bajó las manos hasta las empuñaduras de sus cimitarras gemelas. Pero ya era demasiado tarde.
En la proa del lanchón asomó un joven que se puso en pie con rapidez y, asombrosamente, se llevó los dedos a los labios para emitir un largo silbido. Junto a él, un hombre corpulento apareció a espaldas de Karim, como si hubiera estado agachado tras él y, con un rápido empellón, atravesó el pecho del guardia de la fortaleza con una espada. A la vez que el hierro salió entre las costillas del pobre Karim, muchos más aparecieron por la borda; algunos eran esclavos a los que Silko conocía; otros, desconocidos armados a los que no había visto en la vida. Aunque aún faltaban más de veinte codos, alguno de ellos se tiró por la borda para echarse a nadar rumbo al atracadero.
En un parpadeo, el nubio se dio cuenta de que no saldrían con bien del ataque. Necesitaban al resto de guardias en la fortaleza, y lo mejor era que se atrincherasen.
Iba a ordenarlo con un grito, ya con las cimitarras desenfundadas, cuando aquel joven de la lancha braceó moviendo algo que parecía una honda y empezó a gritar en un idioma que no conocía.
—¡Va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!
Casi al mismo tiempo, a su lado, Fadil cayó desplomado después de que una piedra le hubiera saltado la ceja con un crujido.
Ni tan siquiera había sido capaz de volverse cuando una sombra cayó sobre él como una centella y, de pronto, Silko sintió un lacerante dolor en el rostro. No vio otra cosa que un remolino ante sus ojos. El golpe fue tal que tuvo que dar un paso atrás, incluso pese a su corpulencia. Y antes de poder siquiera acercar las manos a su cara, donde uno de los globos oculares ya había reventado, derramando sus humores sobre la mejilla de piel negra, notó el inconfundible frío del metal que le atravesaba las entrañas.
—¡Aprisa! Que no se escape ese malnacido —gritó Guy mientras sacaba su espada de las tripas del nubio y, con la otra mano, señalaba al guardia que corría como alma que llevase el diablo hacia la fortaleza.
El pequeño Cosroes salió tras él a todo correr con una gumía lista. Ciriaco ya organizaba el desembarco del resto de los hombres, ladrando órdenes de que ocupasen rápidamente la entrada a la fortaleza, donde aún se veían los portones abiertos. Y no sólo los que habían venido en la caravana de Cosroes, sino incluso los esclavos, malnutridos y físicamente derrotados por el cautiverio, se lanzaron tras el caldeo hacia el antiguo monasterio. Los primeros, ansiosos por la recompensa ofrecida; los segundos, movidos por la venganza.
Se le escapaba la vida por el tajo que Guy había abierto en sus entrañas. Aun así, el nubio oyó los chapoteos y las pisadas, pero no vio nada. Pegado a su rostro, cegándolo, seguía aquel amasijo de plumas y garras insaciables que le desbarataban la carne. Lo último que fue capaz de vislumbrar fue un aleteo que barrió los humores derramados en su carrillo.
En tanto el nubio espiraba su último aliento, Laín recogía a la hembra de halcón en su mano izquierda, vestida con el recio guante de cuero. En la derecha sostenía una espada y al cinto pendía la daga que le había regalado el gascón; la honda con la que había acertado a golpear a uno de los guardias la llevaba al cinto.
—No, es una locura —había dicho Ciriaco tras oír al muchacho ofrecerse a ser vendido como esclavo.
Guy, sin embargo, lo había meditado por un momento, mientras el mercader de reliquias lo miraba lleno de apremio, instándolo a rechazar la idea de inmediato.
Y el gascón había tenido que luchar consigo mismo. Porque, pese a que le doliese reconocerlo, le parecía una gran ocurrencia. Antes de llegar a Venecia le hubiera dicho al muchacho que adelante, que podían intentarlo. Sin embargo, después de lo sucedido en el almacén de los Polo, ya no estaba tan seguro de que le diera igual lo que le sucediese al rapaz.
—Pueden matarlo —había dicho Ciriaco.
—Es el mejor modo —había insistido Laín.
Entonces había intervenido Cosroes, moviendo su nariz como un topo buscando lombrices.
—Yo tengo un conocido en Dammam que se dedica a la pesca —había dicho con aires enigmáticos.
—Y yo una tía en Cuenca —le había repuesto Ciriaco de mala leche, sin apartar la mirada de la expresión dubitativa que cuajaba el rostro de Guy.
—Lo digo porque una barca podría venirnos bien —sugirió el caldeo con el tono meloso de una amante.
Y por una vez fue el gascón el que se encargó de los negocios, porque después de dirigir un gesto tranquilizador a Ciriaco, habló primero a Laín y luego a Cosroes.
—No, no te venderemos como esclavo. Hay demasiadas cosas que pueden salir mal, y ni siquiera sabemos aún si merecería la pena —dijo, sin querer mencionar explícitamente que no tenían la certeza de que don Rodrigo siguiera vivo—. Y tú — añadió volviéndose hacia el caldeo—, ya sé lo que pretendes, y no es una idea mucho mejor, pero es lo único que tenemos. Pero no vas a hacerlo gratis. —Cosroes fingió malamente sorpresa o indignación—. No me vengas con ésas…
Ciriaco los interrumpió en ese momento.
—¿De qué estáis hablando?
Guy lo miró con su único ojo y se explicó:
—No podíamos saberlo hasta llegar aquí. Pero es evidente que todo este tinglado que tiene montado el eunuco está muy bien pensado para controlar a los esclavos. Sin embargo, confía demasiado en que el terreno, el lugar y la fortaleza lo protegerán de un ataque. Y tiene razón, le basta encerrarse a cal y canto para que no quede otra solución que el asedio, lo que sería una locura en un lugar como éste.
—En eso llevas toda la razón —intervino Ciriaco.
—Lo sé, sin embargo, su solución es buena —dijo Guy señalando al caldeo—. Si consiguiéramos una lancha podríamos abordar una de las suyas en el mar y regresar a la fortaleza como si fuéramos uno de ellos —continuó—. Si el primer asalto sale bien, luego no tenemos más que esperar a que las barcazas vayan regresando. —Hizo un gesto como si barriese las migas de una mesa hasta su regazo—. De ese modo, en el primer envite estaríamos más o menos a la par en número de hombres y, para los siguientes, tendríamos superioridad.
—¿Pero cómo diantres piensas encontrar una de sus barcazas para abordarla? — inquirió Ciriaco.
—No será fácil, pero esto es un estrecho, la otra orilla es el Beluchistán y, si lo que hemos oído es cierto, no puede estar a más de cincuenta leguas —razonó Guy—. Y ellos —añadió refiriéndose a la flota del eunuco—, por lo que sabemos, van y vuelven en la jornada, no cubren grandes distancias. Puede que tardemos unos cuantos días, pero antes o después nos toparemos con uno de los lanchones.
El mercader de reliquias se quedó pensativo y Laín, emocionado, intervino.
—Puede funcionar —dijo exaltado.
—Sí, claro que puede —reconoció Guy—, pero este avaro quiere más…
Entonces Ciriaco se hizo cargo.
—Accediste a venir a cambio de la mitad de los aljofares que tuviera Wasif, ése era el trato. La mitad —aseguró tajante.
Y Cosroes adujo que tendrían que alargar el viaje hasta Dammam, que sería necesario pagar por el alquiler del barco de sus amigos, que el asunto podía dilatarse. Y, lo que era más importante, ya que no todos podrían ir en la barca alquilada y, además, llevar todos sus pertrechos y animales, habría que montar un campamento donde harían guardia parte de los hombres.
—Y habrá que pagarles bien —había dicho—. Si no lo hacemos, podría ser que nos dejasen en la estacada.
Finalmente, acordaron que Cosroes se podría llevar dos tercios de cuanto contuvieran los almacenes de Wasif y, tres semanas después de haberse dado la mano, el pequeño caldeo remataba al carcelero al que Laín había abatido rebanándole el pescuezo con su gumía.
En tanto, la refriega se concentraba en el umbral de los portones de la fortaleza, donde otros guardias habían aparecido y la lucha se recrudecía.
Pero en la cara ratonil del caldeo apareció pronto una sonrisa codiciosa. Parecía que tenían todas las de ganar.
Por un lado, el plan había salido a la perfección. Según caía la tarde, los lanchones del eunuco se fueron acercando uno a uno.
Se aprovecharon de uno de los guardias, al que Guy convenció con sus mejores mañas, y fueron emboscando a cada una de las barcazas sin que se presentase el más mínimo inconveniente. Ni siquiera tuvieron la mala fortuna de que dos de ellas arribasen a un tiempo. Además, gracias a los esclavos, que conocían buena parte de la fortaleza, habían conseguido rescatar a unos cuantos cautivos más que estaban en las mazmorras. Y, si bien era innegable que el estado de cualquiera de ellos era, como poco, lamentable, ahora, unidos a los de Cosroes, su fuerza constaba de casi cincuenta hombres, más que suficientes para dominar la fortaleza.
Como remate, ahora que ya caía la noche y gracias de nuevo a las poco sutiles habilidades de Guy para los interrogatorios, sabían que en el antiguo monasterio tan sólo quedaban dos enemigos. Tras un recuento de los guardias muertos y apresados, únicamente se habían escapado el propio Wasif y un tal Melik, que no debía ser gran cosa. Y, según sus conjeturas, estarían escondidos en algún recóndito recoveco del caos de piedra que era el interior de aquel lugar.
La situación estaba bajo control. Tanto Ciriaco como Cosroes habían partido a lomos de sendos caballos de los establos de la fortaleza para reunirse con los demás y guiar a la recua de camellos hasta allí. Vendrían además el cuervo y Lume, que, muy a disgusto, había obedecido a Laín cuando se había embarcado en Dammam. El perro se había quedado con el retén de hombres que viajaría al norte siguiendo la línea de la costa hasta montar un campamento a tiro de piedra del antiguo monasterio.
Incluso habían descubierto los tesoros de Wasif. Primero en una de las salas, cerrada a cal y canto. Habían tenido que abrirla usando la basa de una columna como ariete, y allí había encontrado Cosroes un magro botín consistente en un cofre con perlas y otro con abundantes monedas de distintas procedencias. Rápidamente, habían deducido que debía tratarse de una engañifa. Y, después de seguir con el registro durante un buen rato, habían hallado un paso disimulado por un roído tapiz: un retorcido pasadizo por el que subieron a lo que quedaba de una de las torres. Allí se dieron de bruces con una habitación llena de lujos en la que todavía ardía incienso en un platillo. El eunuco se les había escapado, pero Cosroes estaba feliz como un chicuelo con zapatos nuevos, porque tenía cuanto había venido a buscar, probablemente más de lo que podrían cargar todos los camellos de su partida.
Por otro lado, desafortunadamente, no había señales de don Rodrigo.
Sus preguntas no estaban ayudando mucho, porque los pocos esclavos con los que fueron capaces de entenderse en cualquiera de las lenguas que manejaban entre todos sólo supieron explicarles que apenas se veían unos a otros, y que, salvo los que compartían la misma barcaza, rara vez se cruzaban.
Enseguida comprendieron que el aislamiento de las tripulaciones de cada lanchón era una ingeniosa solución del eunuco para evitar que los esclavos unieran fuerzas para organizar una rebelión. Aunque eso no les sirvió de consuelo.
Afuera ya empezaba a disponerse una gran fiesta en la que pensaba derrocharse la comida de las despensas del eunuco. Se preparaban hogueras aprovechando los quemaderos para la brea, se oían cánticos y, a excepción de los que eran mahometanos piadosos, todos habían empezado a beber el vino que habían encontrado. Además, para disgusto de Ciriaco, al que tan sólo habían permitido quedarse con un puñado de las más grandes y mejores perlas, el resto del tercio que les correspondía después del cobro de Cosroes lo habían repartido entre los esclavos. Ni Guy ni Laín habían querido quedarse con nada. Lo que ansiaban era averiguar qué había sido del señor de San Paio.
—Tendremos que preguntar a los guardias que hemos apresado —dijo entonces el gascón con un gruñido.
Y eso sirvió para avivar el aliento de Laín, porque tenían al menos a dos docenas de hombres maniatados, sentados en una fila junto a los amarraderos. La mayoría, tipos hoscos y renegados, pues hacía falta no tener nada que perder para acabar allí. Casi todos aparecían cabizbajos, resignados, como si supieran que la crueldad que habían dispensado a lo largo de los años los había alcanzado. Había armenios, beluchistaníes, persas e incluso un indio. Y casi todos tenían alguna herida o un ojo a la funerala.
Decididos, Guy y el joven gallego se encaminaron hacia ellos.
Estaban preparados para asumir la muerte de don Rodrigo, pero lo que descubrieron los dejó epatados.
—No puede ser —protestó el gascón.
—Lo juro por lo más sagrado.
Guy sopesó la respuesta y temió que el guardia, un afgano de ojos asustados, les estuviera dando falsas esperanzas para evitarse una paliza. Tenía en la nariz la marca de haber llevado el anillo de los esclavos y nada sabían de la truculenta historia que explicaría más tarde sobre cómo había acabado con sus huesos en aquel lugar maldito. Era fornido, con un rostro de niño en un cuerpo de hombre. Tenía los labios hinchados y partidos, además de un buen rasguño en el hombro.
—Cuéntamelo otra vez.
El otro, sólo unos años mayor que Laín, dejó escapar un barboteo rápido y repitió, casi palabra por palabra, lo que ya había dicho.
—¡Fugados! Es increíble, fugados —dijo Guy, aún incrédulo después de oírlo por segunda vez.
—Eso es, fugados —confirmó—. Encontramos la lancha al otro lado del estrecho, a dos parasangas al sur de Beh Ardasher, y tuvimos que remolcarla hasta aquí. —Se apresuró a concluir, locuaz, el afgano, que, sin duda, había visto a Guy manejarse con sus compañeros y estaba más que deseoso de evitar el mismo tratamiento a base de golpes—. Allah, el único, el inefable, guía mis palabras, efendi. Ni rastro de los esclavos, ni rastro de los otros guardias. Tienes mi palabra, por todas las huríes del paraíso anunciado, por nuestro bendecido profeta Mahoma. No había nadie allí. Y no pudieron ahogarse —aclaró, atragantándose con las palabras—: los remos, la vela, todo estaba en su lugar. Y la chalana, en perfecto estado. —Los miraba con la misma devoción con la que debía contemplar la mihrab cuando oraba y la verdad que sintieron en él les hizo creerlo—. No naufragaron, estoy seguro, atracaron en un playón. Ésa es la verdad, tan cierto como las azoras del Corán.
Con una belleza macabra, punteada por moscardones que ya rondaban los cadáveres, el sol pintaba de rojo sangre el horizonte. Y, bajo el ocaso, el desierto quedaba coloreado de forma ominosa. Mientras, la fiesta empezaba a degenerar con cánticos, risas y algarabía. Para entonces, quedó claro que la noche llegaría antes de que Cosroes y Ciriaco consiguieran regresar.
Pero en aquel momento, tanto Guy como el huérfano tenían asuntos más apremiantes que atender y no le dieron importancia al retraso.
—Quizás el eunuco sepa algo más —aventuró Laín.
—Puede —reconoció Guy dubitativo—, pero habrá que encontrarlo primero.
Dejaron a los guardias maniatados, sin preocuparse por si algún esclavo decidía tomarse la justicia por su mano, y regresaron a la fortaleza.
Pasaron junto al gentío alborotado que bebía, comía y bailaba entre hogueras en las que ardían los mejores muebles de Wasif y buena parte de los maderos de la fortaleza. Escucharon de refilón que algunos esclavos ya se organizaban para hacerse con una lancha en la que viajar hasta Mascate, desde donde pretendían regresar a sus hogares en algún punto en el golfo de Omán.
—Quizá no exista. A lo mejor murió hace tiempo y el nubio ha seguido con el negocio —sugirió Laín—. Nadie lo ha visto en años.
El gascón sopesó la idea.
—No creo —negó después de un rato—, algo como esto sólo puede seguir adelante gracias al odio y al miedo que inspira un tirano —repuso mientras se acercaban al enorme umbral del antiguo monasterio—. De todos modos, puede que no importe, ya sabemos cuanto necesitamos saber. Tenemos que ir al otro lado del estrecho —concluyó, echando el pulgar hacia sus espaldas y señalando el brazo de mar que los separaba del Beluchistán y leguas de tierras extrañas.
Siguieron caminando en silencio y atravesaron el revoltijo de piedras sembradas en el zaguán de la entrada, dejando atrás la bulla de la fiesta.
—¿Crees que lo encontraremos?
Sus pasos resonaban entre los ecos del enorme edificio, ahora desierto. Guy miró de reojo al joven y trató de animarlo.
—Seguro que sí —dijo animoso—. Si don Rodrigo ha sido capaz de salir de este infierno, lo más probable es que siga vivo.
El caos del interior de la nave se había incrementado con la lucha y el registro ansioso de Cosroes, de modo que iban sorteando los obstáculos y seguían caminando en la penumbra, ambos taciturnos.
Cuando ya no tenían más espacio para avanzar, enfrentados a un viejo derrumbe, tomaron asiento en unos escombros. Laín aprovechó para dejar a Landra en una percha improvisada con un tablero y sacarse el guante de la mano izquierda, recocida y sudada por culpa del calor que proporcionaba el cuero. La prima aleteó un par de veces y chilló satisfecha en su asiento antes de empezar a acicalarse las plumas con diligencia. El huérfano, recordando lo bien que se había portado, acarició suavemente el cogote de la rapaz, justo como a ella le gustaba.
Con un suspiro, Guy se echó hacia atrás y apoyó la espalda en la pared, cubierta por los andrajos de un viejo tapiz en el que se veían símbolos caldeos. Quizás había sido parte importante de algún ritual de aquellos cristianos perdidos en tierras que devoraba el Islam. Había cruces de brazos iguales, no tan distintas a los símbolos templarios; areolas desvaídas de colores dorados y restos más oscuros que parecían trazar las penalidades de un viacrucis. Raído, era el hogar de generaciones de polillas que se habían alimentado con sus carnes de hilo.
—Me estoy haciendo viejo para esto, chico —dijo con aire cansado, masajeándose la pierna, en la que había recibido un golpe durante las refriegas del día.
Laín atendía a la prima, que se dejaba hacer encantada. Pero oyó que el gascón hablaba a sus espaldas y sonrió. Era un hombre rudo, hosco, poco dado a las muestras de cariño y con escasa habilidad para conversar, y aun así era lo más cercano a un padre que jamás había tenido.
—Pues más vale que te cures pronto, porque aún tenemos mucho que hacer — respondió sin volverse—. Debemos cruzar el estrecho y seguir pateando.
Por toda respuesta escuchó un gruñido, como tantas otras veces. Por desgracia, no se volvió hasta que fue demasiado tarde.
Los restos del tapiz se movían frenéticos, las escenas del viacrucis cobraban vida de un modo grotesco. Los brazos de Guy forcejeaban con un bulto informe que se debatía. Los viejos puntos del tejido saltaban con el ruido de remiendos al desgarrarse. Sus piernas intentaban hacer fuerza, pero las botas del gascón resbalaban en la arena que cubría las losas del suelo.
Laín reaccionó tan rápido como pudo. En un parpadeo estaba en posición y el puño encerraba su daga. Pero cuando asestó la primera de las puñaladas al bulto entre los pliegues del tapiz, ya no encontró más resistencia que la de la propia urdimbre. Llevado por la furia, a horcajadas sobre el gascón, apartó de un tirón aquellos andrajos y vio que escondían un pasadizo. Metió la cabeza por el hueco polvoriento, arrastrando telarañas, y descubrió algo parecido a un niño. Algo grotesco que gateaba a toda prisa, alejándose hacia las entrañas de la fortaleza.
Sin pensarlo dos veces, se alzó sobre las piedras para seguir al asesino y darle caza.
—¡Laín!
Se quedó paralizado. Estaba seguro de que aquélla era la primera vez que lo llamaba por su nombre.
—Laín…
Sonaba casi igual que siempre, con aquel dejo que jamás había sido capaz de perder, aquel tono que delataba su lugar de nacimiento en tierras francas. Hubiera reconocido aquella voz en cualquier parte. La misma que le había gritado que sostuviera la guardia, que no se quejase tras recibir un golpe, que aguantase el dolor, que cumpliera su palabra. Sonaba casi igual, pero más débil.
Laín se dejó caer, se giró. Y al instante vio la mancha roja que se extendía por la pechera de Guy de Tarba.
Las celebraciones continuaban. Aquellos hombres que habían sufrido durante años penurias indecibles estaban ahora eufóricos y nada podía detenerlos. Se dejaban llevar por la efervescente sensación de la libertad reconquistada. Más que cantar, bailar, comer o beber, sobre todo reían. Sus carcajadas se escuchaban por encima del rumor de las olas y del chisporroteo de las hogueras.
Mientras tanto, el cielo empezaba a oscurecerse y la fortaleza se arropaba en las tinieblas. En la fachada danzaban los reflejos dorados que desprendían las llamas de los fuegos. Y entre los grandes bloques de piedra las sombras de los esclavos liberados se deformaban, escurriéndose por las grietas.
Dentro, los ánimos eran muy diferentes.
—¿Guy? —preguntó Laín.
Oyó un sonido sibilante. Y las pequeñas burbujas en los labios de la herida. El punzón afilado había entrado junto a la paletilla y había atravesado el pulmón. Era el trabajo de alguien que sabía lo que hacía. El aguzadísimo hierro se había usado con la fuerza y pericia necesarias para atravesar el sayo, el chaleco y la cota. Y a Laín le entristeció reconocer que el propio Guy le había hablado de cómo los infieles habían aprendido a usar ese tipo de armas contra las protecciones que vestían los caballeros cristianos.
Transido de dolor, el gascón tosió. De entre sus labios salieron despedidas gotas de sangre, y más burbujas atrapadas en el líquido viscoso.
—Aguanta —reaccionó Laín—, voy a…
Intentó recordar lo que Egeria le había enseñado. Se devanó los sesos y negó lo evidente.
—No —repuso Guy sujetándolo débilmente—. Es tarde… No hay nada que hacer, estoy condenado.
Le habló sin emoción. Después de tantos años bregando, sabía la verdad y la aceptaba.
—Quédate conmigo, he de…
Le sacudió un nuevo ataque de tos. La mancha carmesí se extendió hasta su regazo.
—He de hablarte —le dijo Guy.
Laín se acuclilló junto al hombre y le sujetó las manos entre las suyas.
Apagándose como un candil sin aceite, el gascón le reveló el secreto que a tantos había llevado a la tumba. Le explicó cómo llegar al lugar donde Jacques de Lunel, templario de Saint Gilles, había enterrado los maderos de la vera cruz expoliados de Constantinopla.
Después lo obligó a que repitiese, palabra por palabra, cuanto le había confesado.
—¿Satisfecho? Pues déjame marchar a buscar agua y un hierro que poner al rojo, aún podemos…
Guy volvió a interrumpir al muchacho con una orden seca.
—Estoy muerto, no hay nada que puedas hacer —le aseguró sin asomo de duda —. Pero aún hay algo más…
Incapaz de hacer otra cosa que obedecer, Laín permaneció a su lado.
—Hay algo…
Tosió otra vez.
—Egeria —susurró.
Hasta ese preciso momento, la realidad había eludido a Laín. No había asimilado lo que estaba sucediendo. Sin embargo, al oír aquello, la verdad lo golpeó como un mazo.
Su pecho también se sacudió y, pese a que luchó con todas sus fuerzas, las lágrimas asomaron a sus ojos.
Sin poder evitarlo, aunque se había jurado que no volvería a hacerlo, Laín comenzó a llorar. Mansamente.
Acudieron a él mil recuerdos. Cuando le había enseñado a usar el eslabón y el pedernal. Los nudos de la camisola. La mañana en la que le había dejado usar su propia espada.
El gascón alzó una mano temblorosa y con sus dedos ásperos secó la mejilla de Laín, en la que se escurría una lágrima solitaria.
—Está bien —dijo con aire cansado—. Llevaba mucho tiempo de prestado.
Su voz era un suspiro al final del camino; se oía en ella el alivio de llegar a destino.
La sangre ya le empapaba las perneras. En su rostro ceniciento el color había huido y las cicatrices destacaban. Su único ojo ya no brillaba con la furia de siempre.
Se apagaba. Un poco más cada vez que respiraba.
—Lo harás por mí. Júralo —añadió Guy entre carraspeos—. Debes jurármelo.
Las lágrimas corrieron por las mejillas de Laín. Se las apañó para asentir.
—Tienes mi palabra, sea lo que sea —logró decir.
El gascón buscó la mano de su pupilo y la apretó entre las suyas. El calor de la sangre quedó entre los dedos.
—Has de regresar.
Cada palabra era un suplicio y Guy necesitó un instante para continuar:
—Tienes que volver. A Compostela…
Calló un instante y su único ojo se cerró.
—Egeria, debes verla…
Volvió a quedar en silencio, pero consiguió abrir los párpados.
Laín tragó con dificultad.
—Asegúrate de que esté bien. Que no le falte de nada… Cuídala.
La mano del gascón apretó más fuerte, ansiosa por saber que las últimas palabras eran escuchadas.
—Tranquilo. Lo haré, lo haré —pudo contestar conteniendo un sollozo.
Los dedos se relajaron.
—Y dile…
No le quedaban fuerzas.
—Dile que lo siento. Que me equivoqué —tosió—. Dile que lo siento mucho. Que la amo…
Ya no volvió a hablar.
El silencio los envolvió. Con un último hálito de vida, llevó una de las manos de Laín hasta el pomo de su espada.
El niño al que había ido a buscar junto al crucero de San Paio se quedó a su lado.
Lejanos llegaban los gritos y la diversión de otros. La noche era un crespón negro sobre el desierto. La marea alta lamía las piedras de los atracaderos.
En su pecho tinto de sangre siguió trabajando el fuelle de sus pulmones. Perdía fuerza con cada inspiración.
Laín ya no tenía lágrimas. Sólo pena. Dolor.
Guy apretó la mano sobre la empuñadura de la espada, débilmente, una última vez. Y dejó de respirar.
Laín se quedó donde estaba. Veló a su mentor. Su amigo. Su maestro. Estuvo con él, ignorando los rotos de su alma. Junto al cuerpo sin vida, atesoró recuerdos. Sonrió. Sintió la más honda melancolía.
No lo abandonó hasta que la luna apareció, bien alta, y vertió su luz de plata sobre la costa del mar de Omán.
—Adiós…
No perdió el tiempo. Sorteó a los borrachos e inconscientes, evitó una vomitona que hedía a vinagre y se hizo con dos maderos largos en cuyos extremos enrolló trozos de aquel tapiz, decorado con cruces no tan distintas a las de los templarios. Eran los restos que habían quedado después de preparar la mortaja.
Encontró brea para calafatear en una tina y la aprovechó para finiquitar las dos antorchas. Robó un morral abandonado y lo llenó con cuanto le pareció oportuno. Saqueó a un guardia muerto para hacerse con un cinturón nuevo, del que prendió el tiracol que sujetaba la vaina de la espada de Guy. La única cota de malla era la del gascón y, visto lo visto, tampoco le dio importancia, se la dejó puesta y se recordó a sí mismo que, en cuanto cumpliera con su deber, tendría que darle sepultura.
Taciturno, se vistió con un gambesón que le robó a uno de los muertos.
Alguno de los esclavos liberados le habló, y uno de los guardias maniatados, al verlo, le pidió merced. Pero él no respondió a ninguno.
Cuando se consideró preparado, arrimó una de las antorchas a una de las hogueras y echó a andar hasta el lugar al que hubiera preferido no llegar jamás.
La sangre, aún fresca, se extendía por el suelo, y se distinguían las marcas que delataban por donde lo había arrastrado, pero no se fijó en ellas. Arrimó el hachón al agujero en la pared y observó cómo las llamas oscilaban por la corriente.
Sin darse la oportunidad de recapacitar sobre ello, se dispuso a cazar.
El pasadizo era estrecho, mucho para alguien de la corpulencia de Laín, pero no se arredró y, siguiendo la luz escasa del hachón, avanzó. Se arrastró con los codos y se ayudó empujando con los pies.
No duró mucho. Pronto la angostura se abrió a unos escombros que se amontonaban en una pequeña estancia tapiada. Las piedras del vano de entrada, irregulares y mal dispuestas, eran muy distintas a las originales del monasterio, y le dijeron dos cosas: llevaban tiempo allí, a juzgar por el polvo y las telarañas, y había sido un trabajo apresurado.
Ésa fue la primera de las engañifas con las que se topó. Y le llevó un buen rato darse cuenta de que, de modo similar a como había hecho el tapiz, los propios escombros disimulaban otro paso que descendía en la tierra misma.
Terminó en un pozo en cuyo fondo rezumaba agua salitrosa. Allí, el resplandor de la antorcha le mostró las huellas de un camino trillado. El rastro llevaba hasta una pared excavada en la misma roca que debía servir de cimiento al enorme edificio. Quién sabía cuándo, algún artesano había labrado hábilmente mechinales como los que servían para sostener los andamios en las grandes obras de las catedrales.
Las muescas estaban sobadas, lo supo enseguida; se habían usado como una escalera de mano para trepar pared arriba.
A base de pulso y fuerza, usando sólo una mano y las punteras de las botas, sin soltar el hachón, Laín se aupó hasta el repecho donde terminaba el ascenso y se encontró con un pasillo que, intuyó, estaba a espaldas de las celdas donde Wasif había mantenido a los esclavos en grupos incomunicados.
Allí también había muestras de uso abundante y, gracias a ellas, desconfió.
No se dio cuenta de que, poco después de su paso, también cruzó por la abertura Landra, que, en una muestra de lealtad excepcional, había abandonado su percha y había seguido a Laín hasta las entrañas de la fortaleza.
La luz apenas se filtraba por las grietas entre las grandes piedras y el ambiente estaba cargado de un penetrante olor salino.
Más adelante en la galería, escondido en un hueco desde el que solía espiar a los guardias mientras abusaban de las esclavas, estaba el asesino de Guy de Tarba.
Melik había llevado la más perra de las vidas hasta que había encontrado el amparo del eunuco.
Enano, deforme, cojitranco y pobre como una rata, la desgracia se había cebado en él desde el mismo momento de su nacimiento en los lejanos suburbios de El Cairo, pero junto a Wasif había conocido el poder que otorga el miedo y lo había disfrutado hasta la última gota.
Como bien hubieran podido atestiguar los desdichados que habían terminado en la fortaleza, Melik se había cobrado con creces las burlas, los desplantes y las palizas que había recibido a lo largo de su vida. Había matado, conspirado y torturado por el mero placer de ver sufrir. Especialmente si eran altos, fuertes y bien dotados. Incluso guardias inocentes habían muerto bajo el látigo de Wasif porque el enano había sabido susurrarle las palabras adecuadas. Pero nunca había perdido de vista la realidad, y siempre había tenido la certeza de que más le valía apurarse hasta atragantarse de gloria, porque su fin estaría cerca y sería terrible.
Ese temido fin había llegado, y él estaba dispuesto a morir matando.
Escondido en uno de los muchos recovecos que había ido preparando a lo largo de los años, escuchó las pisadas del joven cristiano. Melik se frotó las manos con ansiedad. Le faltaban unos pocos pasos para llegar a la trampa.
El enano, que conocía aquellas galerías como la palma de su mano, empezó a imaginarlo todo. Le bastaba seguir el compás de los tacones de las botas.
Seis, cinco, cuatro.
Tres pasos más y pisaría la laja suelta que desprendía la cuña. La dovela se soltaría y las piedras caerían sobre su cabeza. Probablemente no lo matarían, pero sería suficiente para que él tuviera tiempo de rajarle el pescuezo con su cuchillo.
Dos, uno.
Se oyó el derrumbe. El suelo retembló. El eco dispersó el sonido de los cascotes y Melik salió como un rayo, impulsándose con los brazos y arrastrando sus inútiles y deformes piernas. Llevaba la hoja entre los dientes y reía como un djinn maligno, seguro de que encontraría al cristiano atrapado entre los escombros.
Distinguió la antorcha tirada en el suelo. En su luz parpadeaba el polvo.
Una pila de piedras se asentaba con crujidos, bloqueando buena parte del paso, y Melik se apresuró.
Estaba a punto de alcanzarlas. Ya había cogido el cuchillo con la derecha y usaba la izquierda para impulsarse, pero una garra lo aferró por los pelos.
Eran dedos fuertes como hierros y el brazo tras ellos lo alzó sin problema. Melik reaccionó rápidamente y utilizó su cuchillo. Cortó carne, no oyó un solo lamento. Enseguida sintió el brutal golpe de un puñetazo que se estrelló en su rostro como una embestida del mismísimo Amón.
—¿Qué clase de engendro eres tú?
Muchas habían sido las tardes que había pasado en el bosque siguiendo a los zorros o a los lobos. Tras el rastro de los tejones para regalarle al viejo Tomás unos mechones con los que atar sus anzuelos para pescar salmones. Y en el bosque había aprendido mucho.
Laín había visto las huellas en la galería, el desvío a un lado, claramente marcado, y de inmediato fue consciente de que había gato encerrado.
Una vez sobre aviso, todo había sido fácil, y había tomado una decisión rápidamente. Usaría la trampa en contra de quien la había ideado.
Le bastó sacrificar la antorcha que había traído de sobra para empujar la losa suelta y luego no había tenido más que esperar a que apareciera el culpable.
—¿Por qué lo mataste? —preguntó Laín.
Melik había perdido su arma con el puñetazo y se debatía como una trucha en el anzuelo, agitándose de un lado a otro.
Lo miró. No con disgusto o repugnancia por la cadera deforme o las piernas terminadas en muñones en los que los dedos de los pies se apelotonaban como las escamas de una piña. Pero sí con odio por lo que había hecho.
—Tú lo asesinaste.
El enano no dijo una sola palabra, pero cejó en sus empeños por liberarse y le escupió. En su rostro grotesco no se veía asomo alguno de arrepentimiento o duda; como mucho, la resignación de quien sabe que el fin que se ha buscado le ha alcanzado.
Aquella expresión taimada fue la que realmente enfureció a Laín.
Del morral, sacó el punzón, manchado aún con la sangre de Guy.
Con la misma fuerza que había empleado al golpearlo poco antes, usó todo su cuerpo para impulsar el hierro afilado y se lo clavó en el mentón al enano.
La aguja entró con un siseo por la carne blanda de la papada, crujió cuando hizo estallar el paladar y atravesó los sesos de Melik como si fueran manteca. Al instante aquel cuerpo diminuto se relajó, vencido, y Laín lo estampó contra la pared, rompiendo buena parte de aquellos huesos deformes.
No le dedicó un solo pensamiento más. Sabía que no era ese triste despojo a quien buscaba. Aquél no era más que el cadáver de un recadero.
Así que se volvió y siguió caminando. En sus manos, en sus ropas, había sangre de media docena de hombres, incluyendo la de quien le había enseñado cuanto sabía.
Hacía mucho tiempo ya que Laín no acudía a plegarias o jaculatorias. No había tenido muchas oportunidades de alimentar su fe. Pero allí mismo, mientras daba el primer paso de su búsqueda, juró por lo más sagrado que sólo saldría de las entrañas de la fortaleza después de haber dado muerte al eunuco Wasif.
—Te encontraré —susurró entre dientes apretados a aquel lugar infecto.
Siguió el rastro más reciente entre todos los que fue encontrando. Cruzó espacios abiertos. En una ocasión pasó cerca de las manchas de sangre, que le produjeron una honda sensación de pena. Y en otra tuvo que volver a rodear el mismo montón de escombros de la trampa fallida. Al final, perdió la noción del tiempo.
Sin darse un mínimo descanso, vagó durante toda la noche por los intestinos del inmenso edificio en busca de Wasif.
Pero no lo encontró hasta que dejó que el odio se aquietase y la razón empezara a trabajar.
Si lo que había oído era cierto, el eunuco no podía moverse con rapidez, y ni mucho menos sería capaz de utilizar aquellos angostos pasadizos por los que se había movido su deforme recadero.
Volvió a la estancia de la torre, donde aún resplandecían buena parte de los tesoros que pronto vendría Cosroes a buscar, y lo revolvió todo.
Empujó los arcones, apartó las alfombras, movió los cofres y, cuando estaba a punto de desistir, levantó el nido de cojines donde aún podía percibirse el sudor rancio del eunuco. El gigantesco triclinio era pesadísimo, estaba hecho con grandes maderos que debían haber sido las cuadernas de un barco. Sin embargo, al observarlo durante un rato, se percató de que en el suelo había unas marcas que, hasta entonces, no había visto.
Parecía que lo moviesen a menudo. Tentativo, lo empujó con las dos manos y, fácilmente, el mueble se desplazó. Ansioso, Laín se agachó y palpó las muescas, y enseguida percibió el tacto resbaladizo de la grasa.
Empujó con más fuerza y el triclinio se dejó ir con facilidad hasta el lugar donde el ingenio no estaba lubricado, donde se paró con un chirrido.
Allí estaba la trampilla.
Bien disimulada, estaba preparada con un resorte de carraca, como los de las ballestas, pero sin pestillo que la aguantase. Le bastó soltarla de nuevo para que volviera a su posición, arrastrando un contrapeso que, además, devolvió el triclinio a su lugar.
Por un momento consideró la idea de bloquear de algún modo el mecanismo y, simplemente, cerrar para siempre la trampa, dejando allí encerrado a Wasif. Pero las posibilidades de que hubiera otra salida o de que, de alguna manera, el eunuco pudiera abrirla desde el interior, lo animaron a deslizarse por el agujero.
Ya no tenía antorchas, pero el amanecer comenzaba a despuntar e intuyó que era una habitación gemela, el piso inferior de la misma torre, con la misma hilada de estrechas troneras por las que se colaba la misma cantidad de luz mortecina.
Dudó sobre cuál sería el mejor modo de actuar en aquellas circunstancias. Entre la apertura de la trampilla y las escaleras que descendían no veía bien, y no podía saber qué le aguardaba más abajo.
—¡Al demonio! —se dijo a sí mismo con un gruñido, sin percatarse de que sonó parecido a las maldiciones del propio Guy.
Y se descolgó por el hueco.
Eran peldaños amplios. La escalera bajaba con poca pendiente, ceñida a la pared de la torre. Laín supuso que se había construido así para que resultase útil al gordo Wasif.
Un trallazo lo golpeó. Sintió la tarascada cruzándole la espalda. Perdió el equilibrio y cayó rodando, chocando con las piedras y braceando para intentar encontrar algún asidero en el que frenarse.
Cuando lo consiguió, aturdido, intentó ponerse en pie y, antes de poder hacerlo, llegó otra sacudida brutal que le abrasó el torso. Fue entonces cuando lo vio, tan grotesco, obeso y deforme como las peores versiones de Cosroes.
Ayudándose con uno de sus bastones de ébano, en un esfuerzo evidente por aguantar su propio peso, el eunuco Wasif blandía un látigo que hacía ondular, preparándose para el siguiente golpe.
Laín tuvo el tiempo justo de agradecer la calidad del gambesón. De no habérselo puesto, el cuero hubiera atravesado la carne y llegado a las costillas.
Echó a correr, esquivando por menos de un palmo el nuevo latigazo, que restalló llenando la vacía estancia de ecos sordos.
Como un gato jugando con un ratón, se sucedieron varios intentos más, pero la juventud y la agilidad de Laín estaban a su favor. Corrió de un lado a otro, cambiando bruscamente la dirección de la marcha, agachándose, girando sobre sí mismo y escuchando, cada vez, el endemoniado estallido del cordel que ponía fin al larguísimo látigo.
No cabía duda de que el eunuco rozaba la maestría con el condenado chisme y, pese a los esfuerzos de Laín, lo alcanzó otras dos veces. Una en la pierna y otra con una vuelta que se enredó en el brazo y que Wasif aprovechó para tirar de él y hacerle caer de nuevo. A la siguiente, el látigo golpeó con una fuerza inmensa el espacio donde, un instante antes, había estado la cabeza del joven.
Al cabo, el esfuerzo condenó al eunuco, que, sin aliento y resollando igual que un enorme buey, se dejó despatarrado.
Laín intentó aprovecharse, pero en cuanto dio el primer paso, el maldito cuero se desenrolló con furia a menos de un palmo de su pecho.
A partir de ese instante, empezaron a tantearse.
Incluso sentado y sin aliento, el eunuco se mantenía alerta y manejaba el látigo con una habilidad y rapidez endemoniadas. Así que Laín comenzó a caminar de costado, rodeando a su enemigo y calibrando la distancia. La justa para permanecer a salvo del peligroso rebenque. Igual que un perro de presa azuzando a un oso atado a un poste. Laín se mantenía justo al límite del alcance del látigo y, para su desconsuelo, se dio cuenta de que el otro había sido más espabilado que él, porque la ruta hacia las escaleras era imposible. Si lo intentaba, acabaría muerto a latigazos, de eso no le cabía duda.
—Voy a matarte —le dijo a Wasif.
El eunuco acomodó el látigo haciéndolo ondular y repasó el agarre. Sólo entonces le devolvió la mirada.
—Eso ya me lo han dicho muchas veces —repuso empleando también el parsi—. Ven e inténtalo.
Trazando un arco de un extremo a otro del espacio disponible, Laín amagó en un par de ocasiones y el eunuco tentó la suerte haciendo restallar el cuero. Pero pronto les quedó claro a ambos que estaban, simplemente, atascados.
Recordando los consejos de Guy, el gallego decidió regalarse un momento para pensar y, bajo la mirada penetrante del eunuco, que no lo perdía de vista, tuvo una ocurrencia.
Como si se diese por vencido, resopló y tomó también asiento. Dobló las rodillas y, sin más, se dejó caer.
Wasif usó el látigo una última vez y el pellejo de camello de la punta silbó en el aire a apenas un par de palmos de donde Laín se había sentado.
—No saldrás de aquí con vida —amenazó, convencido.
Y el eunuco rió con carcajadas estruendosas.
—Eso ya lo sé. Pero ten por seguro que tú tampoco.
Entonces, sorprendiendo a Wasif, la daga de Laín salió disparada de su mano con el mismo gesto que había aprendido gracias a Fortum Acenarez.
La hoja voló girando sobre sí misma y se clavó certera en las gorduras del eunuco, que dejó escapar un alarido, pero cuando Laín se puso rápidamente en pie y echó a correr, un nuevo latigazo lo detuvo en seco, esta vez abriendo el gambesón y cruzándole el pecho con una fea herida que empezó a sangrar de inmediato.
Las abundantes carnes de Wasif hacían ridícula la pequeña herida que había causado el puñal, apenas un rasguño. Y Laín retrocedió. Volvió a sentarse, sin prestar atención al dolor o al cansancio.
Ambos estaban agotados y heridos. Ambos habían comprendido que, a partir de entonces, sólo les cabía una opción: esperar a que el contrario cometiera un error o quedase vencido por el cansancio.
Laín reconsideró su situación y se acomodó lo mejor que pudo. Dejó a un lado la espada, apoyada en su propia vaina, suelta del cinturón, que también se quitó y enrolló. Se despojó del gambesón y lo usó como cojín. Se ajustó la camisola y usó parte de una de las mangas, que desgarró para restañar la herida abierta en el pecho. Intuyó que, por ahora, el dolor era soportable, pero si había un mañana, el tormento por los latigazos recibidos sería un auténtico martirio.
Al poco, Laín se dio cuenta de que, pese a lo que pudiera parecer, todo estaba de su parte, porque Cosroes y Ciriaco volverían pronto y, sin duda, los oiría trastear en el piso superior, desvalijando los tesoros del eunuco. Bastaría con gritarles.
Laín no podía saber que era una esperanza vana.
El tiempo pasó sin apenas cambios. Cada cual lamió sus heridas y procuró estar lo más cómodo posible. Llegaron a parecer dos estatuas y lo único en torno suyo que mudó fueron los rayos de luz que se colaban por las troneras, jugando con las sombras que barrían el suelo.
Sobre las piedras correteó un grillo de larguísimas patas que le ayudaban a espantar el calor de las arenas del desierto y fue a detenerse, justamente, en el centro de uno de los recuadros de luz que arrojaban los vanos de las aspilleras.
Laín lo observó con atención. A medida que el sol se movía en su arco por el horizonte, aquel rectángulo dorado se fue achicando e, igual que él se mantenía al límite del alcance del látigo de Wasif, el grillo se fue moviendo poco a poco, quedándose justo en el límite que dibujaba el comienzo de las sombras.
Anunciando lo que debía ser el mediodía, la peregrinación del bichejo lo llevó hasta el borde de las vestiduras de Wasif y el eunuco, con un gesto rapidísimo, impropio de su corpulencia, lo atrapó y se lo llevó a la boca, donde lo masticó sin mostrar el más mínimo asomo de asco.
—¿Fue así como te las apañaste para cruzar el desierto de Rub al-Jali? —inquirió Laín por mero impulso.
El eunuco rió complacido, con carcajadas que hubieran encajado a la perfección en los relatos sobre monstruosas criaturas marinas que Ciriaco le había contado en su viaje desde Venecia.
—Estoy seguro de que sabes que el problema no es la comida, sino el agua.
—¿Cómo lo hiciste?
Wasif pareció tomarse unos instantes para calibrar a su enemigo y, finalmente, con un encogimiento de hombros que fue igual que ver moverse a dos montañas, se animó a hablar:
—El secreto se lo saqué a un caravanero de olíbano —reconoció el eunuco—. Hacía tratos con el perro de mi señor. Y siempre conseguía el mejor precio porque era el que empleaba menos días en el viaje…
En tanto el eunuco explicaba cómo se había ganado la confianza de aquel hombre para que le desvelase su secreto, Laín dejó de prestar atención por un momento y miró hacia el techo. Lo hizo cuidándose de que el otro no se diera cuenta, con mucho disimulo, y enseguida retomó el hilo de lo que Wasif le decía.
—… el secreto estaba en Ubar —desveló al fin con una sonrisa lobuna.
—¿La ciudad maldita? —preguntó Laín con interés.
—Veo que conoces la leyenda, cristiano.
Los ojos de Laín lo traicionaron al buscar una vez más las alturas, y no supo si el eunuco lo había advertido. Obligado como estaba a dejarse llevar, se esforzó por no volver a alzar la vista.
—Algo he oído —le dijo al eunuco.
Wasif se pasó la lengua por los labios, gruesos y deformes por culpa de su quijada rota y mal recompuesta. Sus ojos oscuros brillaron por un momento y, después de limpiarse el sudor de su frente abollada con la mano obesa, tomó de nuevo el mango de su látigo.
—Pues es una leyenda cierta; Ubar existe.
Para ese instante, los dos se habían dado cuenta de que algo había cambiado y ambos sabían que la conversación era una farsa. Pero cada cual siguió con su juego, esperando descubrir cuánto sabía el otro.
Ubar había caído por culpa de su propia ambición. El lago subterráneo que proporcionaba agua a la ciudad supuso una fuente de prosperidad y riqueza en la inmensidad de las arenas del desierto de Rub al-Jali. La ciudad se convirtió en la única posta de cualquier caravana que quisiera viajar desde la costa del mar de los Juncos hasta Ormuz o cualquier otro lugar del golfo de Omán. Así, Ubar fue creciendo y poblándose hasta que el lago que la abastecía no pudo atender a tantas almas como habitaban la ciudad y, cuando su única fuente de agua se secó, la muerte barrió el lugar.
—El viento y el sol convirtieron la soberbia ciudad en ruinas y escombros. El tiempo la olvidó y se convirtió en leyenda.
—Pero tú la encontraste —dijo entonces Laín en tono adulador.
—Sí, yo la encontré, y lo que el caravanero me había contado resultó ser cierto: el lago volvía a tener agua dulce…
Mientras Wasif se regodeaba, Laín silbó con fuerza.
Al principio sólo había visto la silueta de su sombra pintada en el suelo. El inconfundible perfil cuando ella se había girado. Landra estaba encaramada a una de las troneras, observando el interior de la estancia. Y cuando Laín chifló, la hembra de halcón respondió al entrenamiento.
—¡Va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!
Laín se había puesto en pie y gritaba a todo pulmón.
—¡Va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!
La prima se descolgó desde las alturas. Se precipitó en un veloz picado. En sus ojos dorados brillaba la emoción de la caza.
Volaba, recta como una flecha, hacia el gordo eunuco.
Al tiempo, habiendo reunido todo su coraje, todo su odio, toda su voluntad, Laín también se lanzaba al ataque.
Después de haber visto la sombra de Landra, se había abierto en él un hueco a la esperanza.
Mientras le daba conversación al eunuco, procurando evitar que también se percatase de que la hembra de halcón estaba apostada en una de las troneras, Laín había valorado sus opciones cuidadosamente.
Había llegado a la conclusión de que, gracias a la prima, tenía la posibilidad de plantear un ataque simultáneo desde dos direcciones, lo que debería servir para inutilizar el peligroso látigo de Wasif, que no daría abasto para repeler ambas amenazas.
—¡Va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!
Al mismo tiempo que gritaba a todo pulmón, Laín corría con la espada de Guy, desenfundada y lista.
Sin embargo, Wasif no había levantado su estéril imperio en aquel lugar dejado de la mano de Dios con la única ayuda de la fortuna. Era cruel, despiadado, codicioso y estaba movido por un odio hirviente, pero también era inteligente.
No se había dejado engañar y, para cuando Laín puso en marcha su emboscada, el eunuco estaba preparado.
Pese al intento de distracción del joven, Wasif también había visto la sombra del halcón y había intuido lo que sucedería. El fiel Melik le había informado de cuál había sido el destino de Silko y, además, el amo del eunuco en La Meca, como muchos otros señores de aquellas tierras desérticas, tenía unos cuantos peregrinos con los que practicaba la cetrería, un arte de caza que los beduinos y otras tribus de aquellos lugares habían ejercido durante generaciones hasta convertirse en maestros. De hecho, su amo le había confesado entre risas que valoraba mucho más a sus halcones que a sus esposas. Y el propio Wasif había dispensado cantidades ingentes de plata para que los baharíes de su amo disfrutasen de todas las comodidades.
—¡Va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!…
Sin detener su carrera, Laín movió las manos y llevó la empuñadura de la espada hasta su hombro derecho, manteniendo la hoja bien recta, como un estandarte. Se preparaba para descargar un golpe brutal.
Con una precisión increíble, el látigo restalló.
En los años que vendrían, cuando Laín recordase aquel momento, siempre habría dos sentimientos que acudirían. Uno sería el remordimiento. Otro, la admiración.
Guy había sido un mentor riguroso, poco dado a los cumplidos, y siempre le había insistido en que no cometiese el error de menospreciar las virtudes de sus enemigos por despecho.
—Si es mejor que tú con la espada, admítelo y escoge la ballesta para vencerle — le decía siempre—. Los camposantos están llenos de hijos de perra orgullosos y demasiado tontos. Conoce sus fortalezas y sus debilidades y piensa, ésa es tu mejor arma —le insistía, lanzándole un coscorrón en la coronilla—. Piensa.
Y Laín creía que había sopesado sus opciones con acierto. Pero se había equivocado. Y se arrepentiría toda su vida.
No hubo un solo chillido, ni una queja. El cuero de camello impactó a una velocidad endiablada y manojos de plumas salieron en todas direcciones cuando Landra quedó prácticamente partida por la mitad y cayó sobre el suelo bajo una lluvia de su propia sangre.
Ya no podría regalársela a su padre.
En los años que vendrían, el remordimiento siempre perseguiría a Laín por haberse aprovechado de la lealtad incondicional de la peregrina. Ella se había entregado, confiando ciegamente en él, y ahora estaba muerta.
Los restos de la hembra de halcón quedaron desperdigados en aquel juego de sombras, atrapados en una fina niebla de polvo, pequeñas arenas que titilaban y caían grácilmente sobre las plumas, rotas, ahora manchadas de carmesí.
Pero no tuvo tiempo de asimilarlo, porque, con una habilidad impensable, impropia para aquella montaña de grasa bamboleante, Wasif volvió a tender el látigo con un giro de muñeca y lo usó para lanzar un nuevo trueno que se abatió sobre Laín.
En los años que vendrían, Laín no dejaría jamás de odiar al eunuco por haber causado la muerte de Landra y por haber sido el responsable de que Melik hubiese matado a Guy, pero también guardaría por siempre admiración por su habilidad con aquel condenado látigo.
El cuero de camello mordió la camisa y trabó la carne, abriendo un nuevo desgarrón que le cruzó el antebrazo y el hombro izquierdos.
Cayó de mala manera.
Antes de que tuviera tiempo de reincorporarse, el rebenque lo azotó de nuevo con un estallido y, como un cuchillo caliente atravesando mantequilla, le cruzó la espalda con un tajo que dejaría una cicatriz igual a las que había visto en el torso desnudo del nubio Silko.
Cuando consiguió ponerse a gatear con la intención de recuperar la espada, que había caído al suelo dejando tras de sí el ruido de campanadas que sonaron a toque de difuntos, llegó otro latigazo.
Con el nuevo trallazo, Laín se dio cuenta de que sólo tenía una oportunidad para salir de allí con vida: ponerse a toda prisa fuera del alcance de Wasif. Sin embargo, darse cuenta de ello no era suficiente, había que hacerlo. Y antes de que pudiera siquiera intentarlo aquella bestia volvió a atacar, acompañada del tronar que retemblaba en los oídos, y de nuevo mordió su espalda con saña, con tanta fuerza que lo echó hacia delante como si le hubieran dado un puntapié en las costillas.
Abandonó la idea de recuperar la espada y, sin otra idea que huir, reunió cuanta fuerza de voluntad le quedaba para arrastrarse.
Oyó muy lejos las risas del eunuco, tan enormes como él mismo. Y el látigo volvió a resonar, alcanzándole ahora las corvas, abriendo llagas en ambas piernas.
A punto de desfallecer, desarmado, herido y sin esperanza, logró seguir, un poco más, un impulso más.
Y, por fin, el siguiente latigazo se estrelló en las piedras del suelo, justo tras las punteras de sus botas.
Laín alcanzó el gambesón y se abrazó a él igual que un nadador exhausto que consigue llegar a la orilla. Tras él resonó un último trallazo y las risotadas estridentes del eunuco.
Allí perdió la conciencia.
Era de noche cuando despertó.
Tras la confusión inicial, el recuerdo de las plumas de Landra lo sacudió. Caían igual que copos en una tarde perezosa de invierno. Una nevada manchada de sangre, de sangre derramada por su culpa. Un sacrificio al altar dedicado a su gesta, a la búsqueda de un padre al que apenas conocía, cuando, el único al que sí había conocido, el que le había curado las heridas, el que le había enseñado el valor de la palabra, estaba amortajado con los jirones de un descolorido tapiz. Sin una tumba siquiera.
Resopló. Abrió los ojos lentamente y comenzó a ver los detalles ya conocidos de aquel piso bajo la torre del antiguo monasterio.
Con manos inciertas, intentó incorporarse y su cuerpo maltratado protestó. Todas y cada una de sus heridas parecían chillar con voz propia, recordándole el tremendo castigo. Pero no dejó escapar un solo lamento, porque el recuerdo de Landra le había advertido: allí estaba también su enemigo.
—Eres duro, cristiano —oyó que decía el eunuco a sus espaldas—. Pensé que morirías desangrado. He tenido buceadores a los que he matado con menos latigazos.
Laín no contestó. Lo único que hizo fue esforzarse por tomar asiento de nuevo, procurando no darle el gusto a Wasif de escuchar una queja.
El gambesón hacía un poco más cómodo su precario asiento, pero las heridas de los muslos volvieron a abrirse y a sangrar en abundancia. Estaba rodeado de un charco pegajoso y oscuro, casi negro en aquella penumbra.
—Los perros de tus amigos han estado aquí —siguió hablando el eunuco.
En el tono de voz había una insinuación que Laín no logró identificar. No hasta que, en la siguiente frase, llegó la burla.
—Y ya se han ido —terminó riendo por lo bajo.
Laín intentó cambiar de postura para buscar alivio, pero no le sirvió de mucho.
—Los escuché robarme, a los condenados —dijo después Wasif—. Reían, se gritaban unos a otros. Yo diría que estaban muy contentos. Los malditos se llevaron todo lo que encontraron. ¡Perros! Les costó rendirse —siguió hablando—. Uno de ellos estuvo trasteando con la trampilla durante un buen rato —añadió señalando hacia la cima de la escalera.
Eran noticias desalentadoras. Y, para su desgracia, Laín no reflexionó sobre cuanto había oído.
Sabía que el eunuco únicamente hablaba para hacerle perder toda esperanza de salir de allí con vida. Sin embargo, su vida ya no le preocupaba, sólo le preocupaba la de Wasif. Porque estaba decidido a encontrar el modo de matar a ese condenado gordo malnacido.
Con pausa, intentando no hacerse más daño, se acomodó lo mejor que pudo y volvió a recordar las palabras de Guy, que, incluso muerto, volvía para ayudarle.
Estaba desarmado, había perdido la ocasión de alertar a Ciriaco para que le ayudase y, como siempre le había dicho el gascón, le quedaba un único recurso: él mismo.
—Piensa —murmuró para sí.
No era fácil, el dolor nublaba su mente.
Obligado por la disciplina, Laín desgarró los andrajos de la camisa y atendió sus heridas lo mejor que pudo. Con mucho esfuerzo, moviéndose con tino, logró una postura confortable. Pero no duró mucho.
A la luz de las estrellas y la luna, que se colaba por aquellas troneras, llegó el último mazazo. De algún lugar de sus inmensas ropas, Wasif sacó un pequeño odre y bebió, lentamente, con ostentación, para restregarle que su disposición era mucho mejor.
No le hizo falta hablar, la sentencia resultaba evidente.
El eunuco no había recibido más que una pequeña herida, tenía reservas de grasa como un camello con la joroba bien llena y disponía de agua. Además, dominaba la única salida de aquel lugar y había demostrado una admirable habilidad con su maldito látigo.
Poca o ninguna esperanza podía alimentar Laín.
—Piensa —se repitió con un susurro, sintiendo el peso de Guy en su memoria—, piensa, maldito gusano imberbe.
No era fácil. Pero el gascón acudió de nuevo en su ayuda, porque no le hacía falta esforzarse para escuchar al de Tarba gritándole que se levantase, que espabilase, que no se rindiese.
Y funcionó.
De niño, en los bosques de San Paio, había aprendido mucho observando.
En el río la garza se quedaba muy quieta, en algún tronco hundido o en alguna piedra, esperando a que una trucha despistada pasara justo frente a su pico, que entonces descargaba como una lanza. También las arañas tejían con diligencia sus trampas entre las ramas de los sauces, y esperaban. O el cárabo, encaramado en algún castaño, hasta que un topillo despistado levantaba la hojarasca. O los lobos, que cercaban a los ciervos desde la contra de una loma y aguardaban a que el rebaño pasase sin darse cuenta de la emboscada.
De niño había aprendido a tener paciencia.
Y Ciriaco, años más tarde, le había enseñado a ejercitarla delante de un tablero de ajedrez, donde muchas veces no había más que encelar al enemigo y esperar a que se condenase por sí mismo. Igual que la trucha, igual que las moscas de la piedra, igual que los ratones, igual que los venados.
Sólo tenía que aguantar.
Debía ser paciente, aguardar a que el sueño, el hambre o la sed vencieran al eunuco. Ser más duro que él. Soportar la espera mejor que él. No debía arriesgarse con otro ataque. Le bastaba esperar.
Y eso fue lo que hizo.
Igual que había pasado durante el día, el barrer de luces en el suelo contó que el tiempo transcurría inexorable. Como la sombra del gnomon reptando en la esfera de un reloj de sol.
En las primeras horas, el eunuco echaba furtivos vistazos de soslayo a las paredes y a la trampilla. Al principio, con disimulo; más tarde, con apremio. Y Laín comprendió que, pese al dolor y al esfuerzo sobrehumano, ahí estaba su primera recompensa. La primera oportunidad de hacer flaquear al eunuco.
—No vendrá —logró decirle con la lengua pastosa y los labios agrietados.
Aquello captó la atención de Wasif. De pronto, no parecía tan animado.
—Estás esperando que ese engendro deforme venga a salvarte, ¿verdad? Pues será mejor que sepas que está muerto. —Hablar era un auténtico suplicio, y la sed resultaba abrumadora, pero estaba convencido de que tenía que aprovechar la ocasión para minar la moral del eunuco—. Intentó que cayera en una de las trampas que habéis instalado en este condenado laberinto, pero se confió demasiado. Lo maté. — Se pasó la lengua por los labios resecos—. Como voy a matarte a ti.
Wasif aparentó tomarse la noticia con indiferencia, pero Laín vio más allá de los ojos porcinos, encerrados entre mofletes y grasa. Supo que había conseguido una pequeña victoria.
—Está muerto y nada puede hacer por salvar tu gordo culo —porfió.
A partir de ese momento, sin necesidad de hablar sobre ello, resultó patente que Wasif había comprendido de qué se trataba el juego. Casi de inmediato, sin sentir el apremio de la necesidad, volvió a echarse un trago de agua al coleto, con más ostentación incluso que la vez anterior.
Ambos sabían que se jugaban la vida, y ambos sabían que el primero que desfalleciese caería en manos del otro.
Pasaron las horas. Y el frío se convirtió en un enemigo inesperado que se añadió a la larga lista.
Wasif, enorme como una montaña, se mantenía muy quieto y, salvo en las ocasiones en las que se llevaba el odre a los labios, parecía la estatua de un dios grotesco al que rezasen desconocidos paganos.
Llegó el amanecer y, en cuanto el calor comenzó a sentirse, aparecieron las moscas que, para disgusto de Laín, se cebaron en los restos de la peregrina.
El hambre era dura. La sed, terrible. El tormento de sus heridas, insufrible. Y sus miembros agarrotados, una auténtica penitencia. Aun así, pese a todo, Laín se mantenía alerta.
Sucedió por la tarde, en algún momento entre sexta y nona. Contaba con agua y tenía reservas de sobra, pero no era un joven al que la instrucción militar y la marcha de un largo viaje hubieran fortalecido. Durante apenas un parpadeo, Wasif cabeceó, atrapado por el cansancio.
No volvió a repetirse hasta que llegó una vez más la noche. La segunda ya. Para cuando la sed que acometía a Laín le hacía sentir la lengua hinchada y los labios como corcho. Más aún, le parecía que por sus venas corría melaza y no sangre.
Laín sabía que no aguantaría mucho más, pero para cuando llegó completas, las varias papadas de Wasif retemblaron y el mentón escondido entre sus gorduras cayó vencido.
Duró un poco más que la otra vez. No mucho, pero fue tiempo suficiente para que Laín aprovechase el momento parar estirar las piernas entumecidas y repasar los vendajes.
En cuanto se despabiló de nuevo, echó otro trago de agua y, aunque intentó aparentar lo contrario, Wasif apuró hasta la última gota. Con ese buche el odre quedó vacío.
El eunuco siempre había sabido que moriría por culpa de la vida que había elegido. El Corán que tanto se había empeñado en olvidar seguía prendido a su memoria, y en sus azores se prevenía contra el orgullo, la vanidad y la codicia. Siempre había sabido que algún djinn, o incluso el mismísimo saitán, vendrían a buscarle para rendir cuentas. Aunque no pensaba entregarse fácilmente.
El problema era que, desde hacía años, apenas lograba dormir más que unas pocas horas seguidas. Siempre se despertaba angustiado y con la sensación de que el aire le faltaba. Y por culpa de sus noches inquietas, en sus días dormitaba a ratos, sin siquiera darse cuenta de que el sueño lo vencía. Muchos habían sido azotados por hablar de ello.
De pronto abrió los ojos y vio la luz del amanecer.
Estaba de nuevo en La Meca, enamorado, perdido por el pecado. Empezaba la mañana y el muecín llamaba a la primera oración mientras el sol tendía sus rayos sobre la ciudad santa. Incluso olió las especias que escapaban de las cocinas. Sintió el ábaco entre sus dedos y la pluma del recado de escribir. Era una mañana como cualquier otra, en la que trabajaba para su amo y codiciaba el amor de una de sus esposas, de la más hermosa: Despina.
Era bello, pero, cuando parpadeó, todo desapareció. Estaba de nuevo en la torre.
—Me alegro de que hayas despertado —dijo aquella voz que estropeaba la armonía del parsi con un acento duro—. Te estaba esperando.
Una mano ensangrentada cruzó ante sus ojos para sujetarle la barbilla con fuerza y, antes de que pudiera reaccionar, otra mano encontró el puñal enterrado en sus carnes y lo liberó. Casi al instante, sintió el filo contra su oreja.
Con aquellas gorduras protegiéndole el cuello, podía fallar si intentaba rajarlo. O si buscaba el corazón, o la ingle. Tras meditarlo, Laín había decidido que tendría que atravesarle los sesos.
—Vas a morir. Ponte a bien con tu dios.
—Hace mucho que eso ya no importa, cristiano.
No fue glorioso. Y no sirvió para devolverle la vida a Guy. O a Landra. O a Lúa. Tampoco encontró a su padre.
Sólo fue triste y sucio.
Un empujón y la hoja se deslizó con un siseo. Un pataleo convulso del eunuco y todo acabó.
Se quedó allí, junto al cadáver del eunuco, a punto de desfallecer. Durante toda una eternidad. Sintiéndose vacío. Con el rostro contraído por un rictus de agonía. En una soledad infinita.
Cuando al fin logró rehacerse, cada paso fue una tortura y, aunque no prestó atención, sangre fresca de sus heridas empezó a manar por varios lugares de su castigado cuerpo.
Probó el odre, para confirmar que estaba vacío. Arrancó un trozo de aquella lujosa túnica de calicó, tan enorme como una tienda beduina, y cubrió los restos de Landra, sin poder evitar que una rápida sucesión de recuerdos galopase por su frente.
Luego, no supo qué más hacer. Se quedó allí donde estaba, sin más. Tan derruido como el achacoso monasterio caldeo.
Al cabo, fue una vez más Guy el que acudió a su rescate.
—¡Levántate!, ¡arriba! Aún no hemos acabado.
Al girarse, casi pudo verlo, con una de las espadas de madera que usaban en las prácticas. Mirándolo con aquel único ojo que parecía arder. Con el semblante cosido por las cicatrices.
Ni siquiera se dio cuenta, pero asintió como había hecho tantas veces antes y, sobreponiéndose al terrible dolor, empezó a ascender por las escaleras. Del mismo modo en que tantas otras veces se había puesto en pie al oír los gruñidos del gascón. Sin importar el cansancio.
—Aprende de tus errores, no te concedas cuartel. ¡Tú!, tú eres tu peor enemigo.
No sabía qué podía aprender de aquel error, sólo que lo embargaba una pena honda y amarga.
—La derrota siempre empieza por uno mismo.
—Lo sé —contestó a sus recuerdos.
Se pasó la lengua por los labios agrietados. Asintió para sí, o para el recuerdo del gascón.
Recompuso sus pertenencias, registró a fondo el inmenso cadáver, encontró lo que había supuesto que encontraría y se marchó sin volver la vista atrás.
Intentó subir los peldaños. Uno a uno, sin prisas, convencido de que podía haber alguna otra salida, aquélla por la que Wasif había esperado que regresase el repugnante Melik, pero seguro también de que no merecía la pena buscarla.
Forcejeó con la trampilla un buen rato. Le fallaban las fuerzas y la sed le nublaba el juicio. Para cuando logró abrirla y salir, encontró el caos.
Lo que no estaba revuelto, estaba roto. Nada parecía quedar de los esplendores y lujos que Wasif había despilfarrado. La estancia era un revoltijo de andrajos, añicos y piezas sueltas. Incluso uno de los maderos del enorme triclinio estaba roto y astillado.
—Un pellizco de fortuna —se dijo a sí mismo al comprender que podía haber quedado atrapado en el piso inferior si el mecanismo se hubiera bloqueado.
Ya nada quedaba del imperio de terror y miedo que el eunuco había levantado allí. Pateó el mango roto de un enorme abanico de plumas de avestruz.
Y se puso a buscar algo de agua o comida.
Tan exhausto que no pudo hacer otra cosa que gatear entre los restos, levantó los pisoteados cojines con exquisitos brocados. Se lastimó la mano con una astilla de cedro y, cuando apretaba el pulpejo del pulgar con los dientes, para quitársela, algo se abalanzó sobre él.
Se vio vencido por el impulso, tanteó a ciegas buscando la daga que se había quedado incrustada en la calaverna de Wasif, la misma que Guy le había regalado y que, más tarde, había sido retocada por un herrero de la Provenza para poder usarla como Fortum Acenarez le había enseñado.
Rodó por el suelo, a merced de su improvisado enemigo. En cada golpe revivió las heridas que había abierto el látigo del eunuco y, cuando al fin intentó incorporarse para luchar, algo húmedo le empapó el rostro, despelucándole las barbas y el flequillo.
—¡Lume! —gritó cuando comprendió lo que sucedía.
El perro sacudía el rabo con tanta fuerza que parecía a punto de dislocárselo y con amplios lengüetazos le limpiaba las mejillas. Tras el revoltijo de pelambrera pajiza, los dos ojos, como abalorios de ámbar, lo miraban con adoración. Gañidos de puro nerviosismo sacudían la gorja del animal, que le había puesto las patas encima y no dejaba de mimarlo.
—¡Lume! —gritó emocionado, correspondiendo como podía a aquella efusividad incontenible—, ¿qué haces tú aquí?, ¿eras tú el que hacía ruido en la trampilla?
Hasta mucho tiempo después, en la lejana Toledo, Laín no sabría toda la verdad. Sin embargo, a medida que paseaba por las ruinas del antiguo monasterio caldeo, con el perro pegado a sus talones, intuyó retazos de la historia que se había perdido mientras se jugaba la vida en su particular duelo con el eunuco.
Le quedó claro que allí ya sólo había cadáveres, caos y destrucción, además del terrible hedor que emanaba de la corrupción de los muertos, para la mayoría de los cuales nadie había perdido un instante concediéndoles la última gracia de una sepultura en las blandas arenas que rodeaban el lugar.
Estaba desierto. No quedaban esclavos, ni guardias. A excepción de la prueba indiscutible de que los alijos de perlas habían desparecido y de que Lume estaba allí, no había ninguna otra evidencia que le dijese adónde se habían dirigido Ciriaco y el nervioso Cosroes.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó a Lume.
Y, como el perro no le supo responder, Laín no pudo saber quién los había traicionado. Se figuró su propia versión en tanto procuraba rehacerse.
Durante un par de días se cobijó en aquel lugar maldito, huyendo siempre de los cadáveres, y no sólo por el tufo y las moscardas, sino porque, especialmente por la noche, los chacales acudían a disputarse los restos entre peleas llenas de gruñidos.
—Eso explica ese feo tajo que tienes ahí —le dijo a Lume mirando la herida que lucía en el anca—. Tuviste que defenderte de esos condenados —añadió, señalando una pequeña manada que despedazaba lo que aún quedaba de la osamenta de algún desdichado—. ¿Y por qué te dejó Ciriaco aquí?, ¿qué pasó?
Se le ocurrieron muchas respuestas, pero resultó un ejercicio inútil, porque nada de cuanto encontró le sirvió para saber qué había pasado.
Se bañó en el mar, apretando los ojos para luchar contra el escozor que provocó la sal en sus heridas. Abusó de lo que pudo rapiñar en las maltrechas despensas, se las apañó con el pozo del antiguo monasterio y bebió hasta saciarse, espantando el terrible recuerdo de la sed. Una experiencia que le provocaría pesadillas en los años venideros.
Había pasado la mayor parte de su vida solo, sin más compañía que sus animales, y esa soledad era una amante conocida con la que se encontraba cómodo.
—¿Qué haremos? —le preguntó una tarde a Lume, mientras observaban desde el adarve del murallón el sereno juego de las olas sobre la playa—. El desierto o el mar, ¿adónde vamos?
No era muy difícil tomar esa decisión. No tenía camellos u otra montura y, aunque recordaba algunas de las indicaciones de Cosroes a lo largo de la travesía, dudaba de que fuera capaz de recorrer aquella costa maldita y adentrarse en el desierto en busca de alguna posta, y mucho menos alcanzar Berseva.
—Seguramente Ciriaco me dio por muerto —le explicó a Lume, señalando algunas de las tumbas que alguien había cavado a un lado del monasterio—. Eso es lo que debió suceder —pensó para zanjar el asunto.
Sólo media docena de cuerpos habían recibido sepultura. Todos ellos habían sido cubiertos con cascotes, y cruces improvisadas se habían alzado en los extremos de las tumbas.
—Seguramente dejaron a los guardias y a los esclavos muertos a merced de los chacales, pero enterraron a los nuestros —le comentó al perro, convenciéndose a sí mismo de que el cuerpo amortajado de Guy no había terminado entre las fauces de aquellas bestias.
Al menos, no había visto restos de aquel tapiz con el que había amortajado al gascón. Y allí mismo se ocupó de Landra.
—¿Sabes remar? —le preguntó al terminar a Lume, alejándose de aquel patíbulo.
Se había dado cuenta de que sólo tenía un camino: seguir tras la débil pista de su padre.
Seis días después de haber matado a Wasif, todavía maltrecho, Laín subió a su perro a la más pequeña de las chalanas, en la que se había preocupado de almacenar agua, víveres y bastimentos.
Con poca práctica y rígido por culpa de sus heridas, aún sin curar, Laín empezó a remar sobre aquellas aguas de azul intenso en una mañana radiante, bajo un sol encaramado a un cielo impecable.
La mar, calma, no le puso dificultades. Apenas con unas pocas paladas pudo sobrepasar la línea de las rompientes.
Aunque iba ganando profundidad a medida que él bogaba, el fondo seguía siendo visible. No tardó mucho en distinguir las siluetas de muchas criaturas que poblaban aquel mar cálido y angosto, incluyendo las afiladas líneas de tiburones de tres varas de largo y el impresionante contorno de una manta casi tan grande como la barquichuela. El fantástico animal hacía ondular sus enormes aletas y daba la sensación de volar bajo las aguas; junto a ella, nadaban también pececillos que la rodeaban, incluyendo una rémora que llevaba pegada al lomo. Tan poderosa era que no se asustó lo más mínimo cuando la quilla le pasó por encima.
Dejaron tras de sí el vagabundear del increíble animal y pusieron rumbo al levante, esperando que la mar les concediese una tregua y pudiesen llegar al otro lado del estrecho, sanos y salvos.