Laín
Estrofa final y coda. La niña
ESTROFA
FINAL Y CODA
LA NIÑA
«… Y cuando veas a tu enemigo bajo tu poder estima como
venganza el hecho de haber podido vengarte.
Entiende que perdonar es un honroso y excelente modo
de vengarte…».
Fórmulas para una vida honesta, Martiño de Dumio
Era inquieta y revoltosa.
Y también era grande para sus seis primaveras. Espigada. Con las rodillas llenas de arañazos por culpa de mil aventuras espoleadas por su mente despierta. Ágil y rápida, para rabia de los chicos, era capaz de ganar a muchos de ellos cuando hacían carreras. Tenía espesos rizos trigueños recogidos con un tramo de cáñamo en una coleta que bailaba en su nuca. Las manos las llevaba sucias, de trastear en la tierra. Y sonreía. Sus ojos, grises como la ceniza húmeda, brillaban de emoción ante la perspectiva.
Tras ella, tropezando, despistándose con mariposas y saltamontes, persiguiendo a las rubetas que saltaban en las zarzas, trotaba alegre un cachorro recién destetado. Un cruce de galgo y lobero. De capa casi negra y hocicos afilados.
—¡Vamos, Lusco!, hay que apurarse —gritó con una voz cantarina, llena del contento que sólo pueden tener los niños—, hay que llegar antes de que papá se dé cuenta.
Juntos sorteaban las matas de helechos y silvas. Seguían el sendero que corría por la orilla del río. Era pleno verano y las aguas bajaban cargadas, llenas antes de que empezaran las sequías del otoño. Tenían un dejo oscuro, como de infusión, y cientos de insectos revoloteaban de un lado a otro haciendo enloquecer a las truchas que se cebaban en ellos con cabriolas. En la ribera había malvas, aros, collejas, milenramas, loberas, pies de gavilán, margaritas y majuelos; todos con sus flores al sol. Los herrerillos y los pardales se cantaban sus amores en las ramas, bajo la mañana, limpia de nubes, radiante como la sonrisa de la pequeña.
Iban con prisa hacia una revuelta del río en la que un enorme castaño echaba sus ramas a cruzar el agua. El árbol era viejo y revenido, tenía la copa cuajada de las guirnaldas amarillas hechas con sus pequeñísimas flores y, en el tronco, las cicatrices de los cientos de tormentas que había visto en todos los años que había necesitado para ser tan ancho como para que ni tres hombres juntos pudieran abrazarlo.
—Es allí —le dijo al cachorro, que acababa de atrapar con un mordisco una de las moscas que revoloteaban por la orilla y cruzaba los ojos con expresión extraña—, lo vi trepar.
Conocía bien el lugar. En el otoño recogían allí montones de pinchudos erizos de castañas, los mismos que luego amontonaban para conservar los frutos hasta bien entrado el invierno.
En cuanto llegó al pie del inmenso árbol, lo examinó: las ramas viejas y rotas, ya secas; la corteza, abierta en sitios donde la madera antigua era pasto de carcomas y musgos que colgaban como barbas de viejo; y por alguno de aquellos recovecos se había escurrido el lirón, con su correr asustado.
La niña, pensativa, se arrancó una postilla de una herida en el codo y observó detenidamente todos aquellos escondrijos que plagaban el tronco. Al cabo, llegó a la conclusión de que el más aparente era uno en la horquilla de dos ramas altas, un hueco oscuro por el que se derramaban virutas oscuras de madera estropeada.
—Parece un buen lugar para vivir —le dijo al cachorro con una sonrisa, aunque éste, agotado por el paseo, se había echado a dormir entre grandes bostezos.
También ella se sintió tentada. Se había levantado muy temprano para ayudar a su madre con el pan, pero la emoción de descubrir la madriguera del lirón era demasiado intensa como para renunciar a la aventura por una siesta. Además, le esperaba un día lleno de emociones. Mamá le había dicho mientras amasaba en la artesa que, por la tarde, irían a buscar tomillo para secarlo; tenían que preparar cantidad suficiente para cuando la temporada hiciera aparecer calenturas y rojeces en los pacientes.
Se rascó un poco más las postillas del codo, pensó bien en la ruta de la escalada, dónde apoyar los pies o asegurar las manos y, acto seguido, se puso a la tarea.
El cachorrillo ni siquiera se dio cuenta de que faltaba su ama y la niña, con paciencia, comenzó a ascender laboriosamente.
Era un trayecto de unas cuatro varas y, como la corteza tenía sus caprichos, no pudo hacerlo directamente. Con trabajo, tanteando con las puntas de los pies descalzos, fue girando en torno al tronco, primero en un sentido, luego en el otro, buscando los huecos, los cabos de las ramas.
En las arrugas de la corteza se escondían cochinillas y milpiés que salían espantados a su paso y, al meter la mano en una oquedad, la sacó cubierta de una espesa telaraña, como las que mamá usaba para sanar los cortes.
Le llevó un buen rato, pero, después de muchos esfuerzos, con el pelo revuelto escapando de la coleta, alcanzó la horquilla entre las ramas.
A pulso, quedó colgando con una mano en cada una y se alzó hasta que su cara pasó por encima de aquel escondrijo. Para su enorme felicidad, en el interior oscuro, húmedo y caliente, se agitaban los bigotillos y el morro del lirón, que había retrocedido hasta el fondo de su madriguera y la miraba con ojillos asustados y brillantes.
Aguantó todo lo que pudo, allí colgando. Y disfrutó de cada instante. Sin embargo, cuando ya le temblaban los brazos y empezaba a buscar donde apoyar los pies, se oyó un crujido y sintió que su mano se movía.
Se resquebrajó la rama. Y la niña tuvo el cuajo suficiente para soltarla a tiempo de que no la arrastrase en la caída.
La vio estamparse contra el suelo, romperse en pedazos de madera seca. Y llegó el miedo. Braceó apurada. Intentó usar la mano libre para afianzarse; a la vez, pateaba frenética, buscando apoyar los pies.
Tras unos instantes en los que fue incapaz de hacer una cosa o la otra, llegó el pánico. Y su brazo ya no pudo más.
Cayó, con un grito desconsolado de horror.
Sintió el aire silbar. Agitó los brazos buscando asidero. Cerró los ojos temiendo el impacto. Tuvo miedo, mucho miedo. Ese terror alocado que sólo pertenece a los niños.
En cualquier momento chocaría contra el suelo, igual que la rama seca. Con suerte, se rompería algún hueso; sin ella, se mataría.
Por un momento, olió de nuevo la harina, el agua y la sal de la masa. Vio la sonrisa de su madre al despedirse de ellos esa mañana.
Apretó con fuerza los ojos, se preparó.
El golpe no fue tan brusco.
Sintió que caía en un almiar rebosante de paja, como en sus juegos de otoño. Algo la había retenido.
Se obligó a abrir los párpados apretados. Se atrevió a mirar. Descubrió que estaba a salvo. En brazos de su padre, que la observaba con el rostro serio y enfadado.
—¡Papá!, ¡papá!
Él no dijo nada y ella, olvidado el miedo por la caída, temió enseguida la regañina.
—He visto al lirón, papá, ¡lo he visto! —le dijo emocionada, mientras él la dejaba en el suelo.
Lo conocía bien. El ceño fruncido y los labios tensos confesaban que estaba enfadado. Mucho.
—Ya sé que me habías dicho que no me separase, pero lo vi —hablaba a toda prisa— y lo seguí. He visto su madriguera. —Así, llena de emociones contrapuestas, empezó a contarle su aventura.
En tanto, él le dio un mimo al cachorro, que zascandileaba a sus pies. Recogió la recia vara de avellano, la liña y el resto de los trastos, evidentemente abandonados a toda prisa mientras corría hacia el viejo castaño para salvar a su hija.
Después de la cháchara agitada llegó el silencio incómodo, y ella, que temía las palabras de su padre, se apresuró a añadir algo más.
—Lo siento, papá, no volveré a hacerlo. —Los dos sabían que ella lo intentaría, pero que no lo conseguiría.
Era inquieta y traviesa. Siempre buscaba aventuras a las que enfrentarse.
—Lo siento —insistió echándose a andar tras él.
Caminaron un rato sin hablar. Sus pisadas retumbaban y ella, admirada de que aquel gigante fuera su padre, le cogió la mano. Él aceptó el gesto, cerrando los tres dedos que le quedaban en torno a la pequeña palma, pero siguió callado.
Preocupada por el enfado que se olía, pícara como era, intentó cambiar de tema.
—¿Has pescado algún salmón?, ¿lo has hecho?
Entonces él la miró directamente. De un vistazo podía saberse que eran padre e hija. Tenían el mismo color de ojos, intenso, gris, azulado, como la pizarra en aquellos montes.
—No, ninguno. He tenido que cazar una ardilla que andaba trepando a los árboles —respondió sin perder un ápice de seriedad.
Al principio ella no cayó en la cuenta, pero enseguida entendió a qué se refería.
—¡No soy una ardilla! Soy una niña —se rebulló enfadadiza—. Una niña.
—Una niña con demasiados pájaros en la cabeza —dijo él con un resoplido, reconociendo, íntimamente, que él había sido igual de atolondrado.
Pero tampoco tuvo tiempo de seguir reflexionando sobre ello, porque la pequeña, tan vivaracha y atolondrada, cambió otra vez de tema.
—No se lo dirás a mamá, ¿verdad?
Él no contestó y ella lo inspeccionaba de reojo, torciendo la comisura de los labios en un gesto peculiar que había heredado de su madre.
Continuaron caminando. Descendían el río por la orilla, siguiendo el sendero de ribera entre abedules, helechos y hierba alta. Y, tras un rato, ella pareció darse cuenta de la gravedad de lo sucedido.
—Papá…
Lo miró, llenando de súplicas aquellos ojos.
—Papá, tuve miedo.
Una lágrima tímida confesaba que era cierto.
—Gracias por recogerme.
Él se detuvo. La miró largamente. Dejó la vara y los aparejos en el suelo y se agachó para ponerse a su altura. Algo se rompió en aquel rostro severo y la niña percibió que él se ablandaba.
—Estaré siempre ahí, siempre —le dijo con la voz tomada.
Ella no lo sabría hasta muchos años después, cuando escuchara por primera vez la historia de un muchacho que se cayó de un nido. Pero en aquellas palabras había demasiados recuerdos contenidos. Dolor, amarguras y resentimiento. Él no hablaba mucho y ella hubo de hacerse mayor para comprender.
—Y si caes, te ayudaré a levantarte.
Le pareció ver los ojos de su padre empañados, y le costó creerlo. Su padre talaba árboles con dos golpes, levantaba los costales de grano con un solo brazo, era el hombre más fuerte del pueblo, el único que aguantaba los empellones de los bueyes en el arado. Y a él acudían todos cuando necesitaban consejo.
—Estaré ahí cuando me necesites.
Y ella recordaría durante toda su vida aquel torpe abrazo de oso. Uno de los pocos que le daría antes de que la edad lo venciese muchos años después. Su padre era un hombre callado y de pocos gestos. Por eso, aquél y los que vendrían serían para ella recuerdos imborrables.
Ella se dejó envolver en los fuertes y cálidos brazos, sintió la barba cosquillear en la frente, el olor recio a endrinas, bosques y trigo, la tibieza en la mejilla, apoyada en la lana basta que cubría el retumbar del corazón, firme y calmo, el sonido de su respiración, pausada y segura. Y también apretó con fuerza, estirándose para abarcar lo que podía de aquel torso rocoso en el que tantas veces había apoyado la cabeza para quedarse dormida.
Serían los años los maestros que le explicarían la verdad. Aquellos abrazos fueron su verdadero hogar. Las caricias de su madre, las risas junto al fuego, los cuentos en las noches de invierno que él le contaría. Aquél fue su verdadero hogar. Pero eso vendría después, con la madurez; aquella mañana junto al río, seguía siendo una niña. Avispada, lista, pilla y atolondrada.
—No soy una ardilla —volvió a refunfuñar—. Soy una niña. —Entonces se le volvió a iluminar el rostro; todo había pasado en un instante y la felicidad colmaba el presente—. ¿Cómo se llamaba la abuela? —preguntó en un susurro que contenía risas.
Era una de sus bromas, uno de los juegos que para ellos significaba lo que nadie más podía entender.
—Toda —contestó él con un último apretón antes de separarse, dejándose llevar por aquella vitalidad incontenible.
—¡No! —refutó ella, fingiendo escándalo en tanto se echaban a andar de nuevo.
—Berenguela —probó él con voz tentativa, simulando a su vez no saber la respuesta.
—¡No!, la abuela no se llamaba así. ¡Qué nombre más feo!
—Ah, ya recuerdo. —Una sonrisa cohibida asomaba en la comisura de sus labios —. Beatriz, su nombre era Beatriz.
—¡No!
Y ella lo miró, implorando la respuesta correcta, porque necesitaba que el juego acabase bien. Necesitaba sentirse segura, como cuando él la había abrazado. Tenía que espantar los últimos flecos del terror que la había atenazado.
Se miraron una vez más y el tono de él cambió. Se disipó la broma y volvieron aquellos recuerdos tristes a campar en los ojos de pizarra.
—Se llamaba como tú, Lambra.
La niña, a la que aún le faltaban años para comprender, sonrió de oreja a oreja.
—¡Como yo! La abuela se llamaba como yo…
Y se puso a saltar y a dar vueltas con los brazos abiertos.
El cachorro, tan emocionado como ella, brincaba de un lado a otro y soltaba ladridos contentos.
—Como yo —repetía ella—, igual, ¡nos llamamos igual!
Él la miraba, con la alegría de que nada hubiera pasado, contento por su felicidad, intentando alejar la amarga certeza de que esa inocencia acabaría pronto, que su niña cambiaría.
Y tenía razón. El tiempo, inexorable, fue desgranándose. A veces rápido y a veces despacio.
Hubo desgracias, días mejores y días peores. Los castaños ofrecieron sus frutos cada otoño. Los salmones remontaron el río cada invierno. Los tojos asomaron sus flores amarillas cada primavera. Los campos de centeno maduraron cada verano.
Y él mantuvo su promesa.
Siempre estuvo allí, con ella. Hasta el final.
Cumplió su palabra.