Laín

Francisco Narla · Capítulo 20 de 25

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Laín

Estrofa XVIII. Padre e hijo

ESTROFA

XVIII

PADRE E HIJO

«… En la entrada del palacio […] el maestro William el Parisino

ha construido un gran árbol de plata, y a sus pies

hay cuatro leones plateados…».

Viaje por la Tartaria,

del misionero franciscano Guillermo de Rubruquis

Un rebaño de nubes altas se movía en los vientos de las alturas. No eran más que unos pocos trazos blancos, como la práctica de caligrafía de un muchacho descuidado con el pincel. Y el sol, de un naranja intenso, se levantaba sobre las montañas, pintaba en ellas encajes de sombras púrpuras.

A aquella hora temprana ya se distinguían los detalles del horizonte. Se percibía, cortando las laderas, la línea sinuosa que marcaba el fin del bosque, la altitud donde los fríos eternos de las cumbres ya no dejaban crecer otra cosa que arbustos. Por encima de esa frontera, los matojos se disputaban el territorio con los roquedales; eran los dominios de los fieros leopardos. Bajo ella, abundaban los robles, viejos, recios y nudosos, con grandes copas que se abrían como los parasoles de las damas chin en la Corte. Más abajo aún, acercándose a los valles, se distinguía el cambio de color en el follaje, porque en las zonas templadas abundaban los pistacheros y los almendros.

El tiempo era bonancible. Se podía adivinar que por la tarde haría calor. Desafortunadamente, el invierno aún estaba lejos.

Faltaban lunas para que comenzasen las nieves, que era la mejor época para la caza, cuando las aves no perdían de vista a sus presas mientras escapaban a través del manto blanco recién cuajado. En lo más duro del año era fácil seguir los rastros y las pieles de las capturas aparecían lustrosas.

No era el momento propicio. Sin embargo, la ocasión merecía una celebración que ya había sido demorada demasiado tiempo. Había llegado la hora de que corriese el airag, de hacer oficial la celebración.

Los hombres se lo merecían. Se habían comportado bien durante el asedio. La disciplina se había mantenido férrea, aun a pesar de las largas semanas bajo los muros de Alamut. Y Hulagu, kan de los mogoles, quería recompensar a los guerreros de sus hordus con un día de asueto en el que habría luchas, competiciones de tiro con arco, carreras a caballo y, cómo no, cetrería.

Además, estaba de buen humor, pues su incursión en los aledaños de Bagdad le había deparado buenas noticias. La antaño prodigiosa ciudad, con su enorme universidad y su gigantesca biblioteca, había sido un ejemplo de prosperidad, pero los tiempos habían cambiado y la poderosa joya del califato ya no era más que una sombra de sus viejos esplendores. Bagdad caería bajo el puño mogol. Cosa que le satisfacía, porque ni él ni su esposa, que se había criado bajo la fe de los cristianos caldeos, tenían simpatía alguna por los mahometanos.

Aunque su rostro se conservaba terso como el de un bebé, las canas que salpicaban sus cabellos contaban la verdad: Hulagu iba a cumplir cuarenta temporadas en unos meses y, junto a sus hermanos, estaba empecinado en hacerse un digno heredero del legado de su grandioso abuelo Gengis.

Tenía la piel cobriza, los ojos almendrados propios de su raza y, desde hacía años, se dejaba crecer los bigotes, tal y como tenían por costumbre los funcionarios chin, entre los que eran habituales las barbas de chivo. De rasgos finos, en los que se adivinaba la influencia de su madre, una princesa de los keraítas, Hulagu tenía, sin embargo, la corpulencia propia de su estirpe, con anchos hombros fortalecidos por la práctica de la arquería desde su más tierna infancia. Él mismo era como un arco, tenso, listo para liberar una flecha; y su carácter, voluble, le había granjeado fama de temible. De hecho, en los consejos con sus generales, todos los presentes medían con tino sus palabras para no desatar la ira del kan.

Aunque hoy no había ni el menor asomo de furia en su rostro. La victoria sobre los nizaríes y las buenas perspectivas sobre Bagdad mantenían su ánimo elevado. En los últimos días, todo habían sido buenas nuevas, y lo único que lamentaba era haberle tenido que negar el salvoconducto al cristiano europeo que había sido prisionero en Alamut. Hijo y marido de mujeres que adoraban al crucificado, Hulagu tenía cierto apego por los practicantes de esa fe. Sin embargo, pese a los informes del explorador Kachiun, no podía permitirse que el europeo campase a sus anchas. Sólo había una explicación para que fuera retenido por los perros hashshashin, que les hubieran pagado por ello, y esa idea tenía consecuencias sobre las que Hulagu quería meditar antes de tomar una decisión. De modo que, por el momento, el europeo se quedaría con ellos.

El águila desplegó todo el poderío de sus alas que, de punta a punta, tenían una envergadura mayor que la altura de un hombre. Acomodó las garras y apretó el cuero del guante entre las uñas negras y afiladas. Estaba inquieta, deseosa de empezar la cacería, y el ansia del ave alejó las tribulaciones de la mente del kan.

—¿Están listos los batidores?

No se volvió para hacer la pregunta, pero de entre las dos docenas de hombres apostados tras su señor surgió rápida la respuesta:

—Lo están, partieron a la hora del buey y han hecho las señales convenidas. Han encontrado una manada.

Hulagu gruñó satisfecho. Todo parecía preparado y a punto. Y podía notar en su pulso la excitación previa a la caza. Igual que antes de una batalla.

Ésa era la pasión que los definía como pueblo y él se sentía orgulloso de ella.

Montado en el mejor de sus ponis, se mantenía erguido, con la espalda bien recta y el brazo derecho sosteniendo la enorme águila, tan pesada como un bebé en los meses de sus primeros pasos.

Otros hombres usaban horquillas que, sujetas al arzón de la silla, permitían apoyar el antebrazo y descansar del esfuerzo de mantener las grandes rapaces. Eran piezas hermosas, labradas y decoradas; algunas hechas con hueso de yak, otras con ramas de maderas duras, talladas y ahumadas para aumentar su resistencia. Sin embargo, él no quería ese tipo de ayudas. Ante sus tropas, expuesto al juicio de sus hombres, Hulagu permanecía hierático. Su rostro y sus gestos no daban la más mínima muestra del dolor que empezaba a expandirse desde su hombro por el trabajo de mantener al ave en posición.

Así se lo habían inculcado desde pequeño. Ningún mogol podía dejar que sus debilidades se conocieran, mucho menos un kan y, por supuesto, era impensable que el nieto de Gengis sucumbiese a un ejercicio tan banal.

—Un auténtico mogol puede mirar a los ojos de la muerte y reírse de ella. —Era una de las frases favoritas de su abuelo.

El águila volvió a batir sus alas con ansia. Hulagu sonrió, le acarició las plumas pardas de la garganta y perfiló con los dedos el pico dorado, poderoso y tan afilado como el mejor acero de Damasco.

—Pues si están listos los batidores, ha llegado el momento —dijo sin dirigirse a nadie en concreto.

Soltó las tiras de cuero que la aseguraban con un gesto lleno de práctica y retiró la caperuza que cegaba a la rapaz.

El espléndido animal cabeceó, sorprendido por la luz. Miró en todas direcciones para situarse y comprendió rápidamente que estaba en la cima de un risco desde el que se dominaba un estrecho valle de praderías rodeadas por bosques. Su aguda vista paseó por todos los rincones de la vaguada, grabando en su cabeza los detalles del terreno.

Aleteó, se inclinó hacia delante y levantó la cola para defecar. Se disponía a cazar, y su instinto le había enseñado que era mejor librarse del inútil peso de los excrementos antes de alzar el vuelo. Entonces reconoció una vez más el terreno circundante y Hulagu, que la conocía bien, supo que estaba lista para matar.

El mogol, sonriendo, sacudió el brazo hacia el frente. Y empleó en el gesto toda su fuerza; aprovechó los estribos para asegurar sus pies y obligó a los músculos de sus piernas a colaborar. Con todo su cuerpo trató de ayudar a la rapaz que, con pesadez, alzó el vuelo.

Con un poderoso batir que revolvía todo el aire a su alrededor, sacudiendo los hierbajos y arremolinando la gravilla, el águila avanzó.

Las plumas de los extremos de las alas, largas y recias, del color de la tierra húmeda, se combaban para negociar el viento, que le era favorable, pues trepaba del valle hacia la cima.

Poco a poco fue despegándose del terreno, cobrando altura, y Hulagu se complació al ver que la rapaz, bien dispuesta, no dejaba de aletear. Tenía ya seis años y el kan pronto la dejaría marchar para que disfrutase sus últimas temporadas en libertad. Le había servido bien y se había ganado el retiro. Pero en ese momento su edad no era una traba, sino una prueba de su experiencia en la caza. Otras aves aprovechaban las corrientes de aire y se mostraban perezosas en el ascenso, se dejaban llevar, pero ella no. Batía sus poderosas alas de continuo, dispuesta a elevarse cuanto antes y dominar el cielo sobre el valle.

Todas las cabezas miraban hacia el espectacular animal. Y, espiando a los suyos por encima de su hombro, la sonrisa de Hulagu se amplió al reconocer la admiración en los ojos de sus hombres.

La caza con águilas era una de las grandes tradiciones de los mogoles. Desde niños se les enseñaba a apreciar el valor de cada ave y las virtudes que definían un buen lance. Buena parte de las fuerzas que habían asediado la fortaleza contemplaban a la rapaz y los ánimos nerviosos podían percibirse fácilmente. Aquél era el primero de los actos del día. Luego vendrían muchos más, y habría ocasión de divertirse.

Todos los presentes querían que la rapaz tuviera éxito. Si conseguía una buena pieza, su señor estaría contento, el airag correría, los oficiales recibirían oro o plata y disfrutarían de un día en el que su negocio no sería la muerte del enemigo.

Por eso, a espaldas de Hulagu, los más aduladores ya comentaban fascinados la impresionante silueta del águila de su kan.

Poco después, cuando el sol ya había logrado zafarse de las montañas y el aliento no se condensaba frente a los labios de los hombres, el águila había alcanzado más de un li sobre el valle y empezaba a planear en amplios círculos, vigilante.

—Que den la señal —dijo entonces a su cetrero sin volverse.

Y la orden pasó de boca en boca hasta que, en un extremo de la fila de jinetes, uno de los hombres alzó un estandarte teñido de rojo. Aquella señal les diría a los batidores que había llegado el momento de adentrarse en el bosque.

Entre ecos, los gritos y el ruido de las varas golpeando ramas llegaron hasta la cima donde aguardaban Hulagu y su séquito. Los gastadores intentaban espantar a los gamos para que salieran a descubierto y quedasen a merced de la cazadora.

Y así fue. Apenas habían pasado unos instantes cuando las hojas de unos pequeños robles en el borde del bosque se agitaron y una de las hembras del rebaño apareció.

Era un animal grácil de zancos finos en los que se marcaban los tendones, con grandes orejas que sobresalían a ambos lados de una cabeza delicada. Cubierta por un manto ocre plagado de motas blancas y barrado por una larga línea negra que nacía en el cuello, le recorría el espinazo y moría en la corta cola.

La bestia, confundida y asustada, se detuvo el tiempo justo para mirar en todas direcciones y, antes de arrancar de nuevo, pasaron a su lado otras tres hembras, seguidas de un par de crías de ese mismo año, pues tenían el aspecto de cabritillos.

En último lugar apareció el macho de aquel pequeño harén, más corpulento, luciendo una espléndida cornamenta de gruesos candiles. Se notaba su agitación en el modo en que respiraba apresuradamente y, de tanto en tanto, emitía graves ronquidos de alarma que animaban a sus hembras a huir del barullo que montaban los hombres a sus espaldas.

A toda prisa, el rebaño adelantó a la primera hembra salida del bosque, pero ésta no se movió hasta que su propio gamezno apareció, y quedó claro el porqué del retraso. El pobre animalillo renqueaba por culpa de alguna tara que le impedía usar una de las patas.

Cuando la cría cojitranca la adelantó, ella también se puso en marcha, y todo el rebaño siguió al gran macho, que lideraba a los suyos para atravesar el valle y refugiarse en los bosques del extremo opuesto.

Al poco aparecieron los batidores, agitados y resollando. Se detuvieron en la línea que marcaban los últimos árboles.

Había llegado el momento. Ahora todo dependía del águila, y Hulagu miró al cielo para descubrirla recortada sobre el manto azul.

La rapaz, que no había perdido detalle, inclinó una de las alas y varió su trayectoria.

Los ojos expertos de los mogoles reconocieron de inmediato que la rapaz se estaba preparando para lanzarse en picado sobre la presa más lógica: el gamezno renco que se esforzaba por no quedarse atrás.

Después de acalorarse con una carrera más, a Kachiun no le quedaba otro remedio que admitir, por más que le doliese, que no tenía ni la más remota idea de dónde podía haberse metido el europeo.

Y pensar en lo que le haría el kan Hulagu cuando lo descubriese le sugería tremebundas imágenes de desmembramientos.

—No lo pierdas de vista —le había ordenado en cuanto se había puesto en antecedentes tras regresar de Bagdad—. No podemos dejar que vaya donde le plazca sin saber quién es y quién le busca. Si esos perros lo tenían preso…

—Así se hará —había contestado obediente.

Pero había fallado. El pudor por retener a quien le había salvado la vida le había llevado a confiar en Laín. Incluso le había prometido que intercedería por él cuando tuviera oportunidad.

—Conseguiremos los salvoconductos para viajar a Qara Qorum —había asegurado al cristiano—, no te preocupes. Mi señor comprenderá que sólo deseas ver a tu padre y que no supones ninguna amenaza.

Y el europeo había asentido, como si comprendiese que, por el momento, no podía viajar a la capital.

Sin embargo, esa mañana el jergón de la yurta había amanecido vacío.

—Me va a despellejar —dijo para sí Kachiun en un susurro nervioso—. Me va a despellejar con un cuchillo romo.

El campamento estaba prácticamente desierto, no había más que unos cuantos rezagados y los centinelas estrictamente necesarios. Sólo se veía actividad alrededor del par de tiendas donde los chamanes atendían a los heridos durante la batalla de Alamut.

Todo el mundo presenciaba el comienzo del gran día de celebraciones.

Apremiado por su miedo, Kachiun montó y echó a galopar hacia el valle donde todos se habían reunido, dispuesto a recorrerlo de un extremo a otro. Quería albergar la esperanza de que el europeo estaría entre la multitud que disfrutaba del espectáculo de cetrería.

En cuanto llegó a la ladera abarrotada de gente, descabalgó de un salto. A su alrededor, cientos de hombres señalaban con ansia hacia el cielo, lo que atrajo de inmediato la atención del propio Kachiun, que, por un instante, se olvidó de sus tribulaciones al ver como el águila de su kan se lanzaba en picado.

Mostrando todo el poderío de su inmensa envergadura, la rapaz maniobró. Ajustó su trayectoria y los hombres pudieron intuir que elegía a su presa entre el rebaño en estampida.

En las estepas, con la caída de las primeras nieves, las presas habituales eran los zorros, a veces los lobos y, en rara ocasión, un pequeño ciervo almizclero. Pero allí estaban lejos de los grandes mares de hierba y las crías de los gamos persas tenían buen tamaño para las garras del águila.

Atrapar a uno de los gameznos sería un símbolo del poder de Hulagu, pues sería su ave la que cobraría una pieza respetable, ya que cualquiera de las crías pesaría al menos dos veces lo que el águila. Sería una demostración palpable de la habilidad del kan como cetrero.

Todos contuvieron el aliento, disfrutando del portentoso espectáculo que suponía el vuelo.

La rapaz recogió sus alas, ajustó suavemente el ángulo de su picado con la cola y se lanzó más rápida que una flecha salida del arco más poderoso.

Como cualquier otro mogol, Kachiun sintió el vello de su nuca erizarse por la pura anticipación del lance.

Todos observaron con admiración cómo la enorme águila abatía a una de las crías de gamo, una pobre bestia con alguna deformidad en una de las ancas.

Cayó sobre ella con total acierto y la derribó a la primera intentona. Pero el gamezno, pese a salir despedido por el impacto, logró zafarse y dar unas zancadas más, espoleado por el miedo.

Aprovechando el impulso, el águila se rehízo, batió las alas y consiguió caer de nuevo sobre la asustada criatura.

No fue rápido, pero sí lo bastante impresionante como para poner de manifiesto lo excepcional del ave del kan, y los mogoles lo celebraron con palmadas en los muslos y comentarios jubilosos.

Se oyeron un par de balidos lastimeros, pero las garras del águila los acallaron pronto, apretando el pescuezo del animal hasta asfixiarlo.

Y todos parecían a punto de estallar en exclamaciones de aprobación. Pero entonces algunos brazos se levantaron hacia el cielo.

Hulagu iba a echarse al galope hacia su águila cuando advirtió el gesto entre sus hombres y alzó la vista hacia lo que cada vez más guerreros señalaban.

Mucho más arriba de lo que había sido capaz de planear su rapaz, una inconfundible silueta cruzaba los cielos con poderío.

Ningún otro de entre sus hombres había recibido permiso para volar sus propios pájaros, de modo que Hulagu supuso, como todos los demás, que se trataba de un ejemplar salvaje que pensaba aprovecharse de la estampida provocada por los batidores.

El kan refrenó su montura y decidió disfrutar del espectáculo. Si se diera el peor de los casos, que el águila recién aparecida atacase a su ejemplar amaestrado, él podría espolear a su caballo y acercarse rápidamente.

Con su espléndida cornamenta, el macho que lideraba el rebaño estaba a punto de ponerse a resguardo en los bosques del extremo opuesto del valle. Y las hembras con sus crías no le iban a la zaga. La más retrasada era la que había perdido a su retoño que, temblando de miedo, miraba indecisa a un lado y a otro, sin saber si podía acudir al auxilio de su pequeño o si debía continuar con la huida.

En tanto, el águila de Hulagu empezaba a despachar a su presa y su congénere, desde una prodigiosa altura que admiró a todos los mogoles, tomó una decisión.

La rapaz giró sobre su propia espalda en una llamativa acrobacia y se lanzó en otro vertiginoso picado, en el que alcanzó rápidamente una velocidad impensable.

Con las alas recogidas, fue acelerando cada vez más hasta que, justo a tiempo para evitar estamparse, las desplegó con total precisión para maniobrar y caer como una lanza contra el cuello del macho.

Esperando por la última de las hembras, la bestia se había rezagado y la nueva amenaza lo había cogido totalmente desprevenido.

Sería una historia que muchos de los presentes contarían durante largos años al calor de las estufas de las yurtas. La presa más grande que jamás habían visto capturar por un águila. Un hito increíble que dejó a todos boquiabiertos.

Aprovechando toda la velocidad del picado, las garras del águila se clavaron en el cuello del gamo con una embestida increíble y, aunque el macho sacudió su cabeza con furia, abanicando sus astas, la muerte ya lo había encontrado, porque las uñas afiladas le habían rebanado las venas palpitantes del pescuezo y, sin saberlo, ya estaba condenado.

Tan asombrado como cualquiera de sus hombres, encantado por haber presenciado aquel prodigio en el que sólo podía ver buenos augurios, Hulagu se sentía satisfecho con el resultado de la cacería.

Los rumores recorrían la multitud igual que olas de una marejada. Las cabezas de las hordas mogolas se movían de un lado a otro, pasando cumplidos de unas orejas a las siguientes.

Mientras tanto, el sol seguía alzándose sobre las montañas y la mañana se desenvolvía dando brillo a los colores del valle. En cualquier momento, cuando se asentase la sorpresa, estallarían los gritos de júbilo.

Confiado, Hulagu estaba a punto de sacudir las riendas para ponerse a trotar hacia su águila, cuando algo captó su atención.

Antes de que su poni diese el primer paso, un jinete apareció. Salió desde el bosque por el que se había perdido el resto del rebaño.

Y, de inmediato, todas las miradas se dirigieron hacia él.

Era el europeo cautivo de los nizaríes.

Laín, manteniendo la calma, muy erguido en su montura, procurando que su rostro no reflejase la más mínima emoción, cabalgaba lentamente.

Era muy consciente de que caminaba por la cuerda floja; debía cuidarse mucho. La línea entre la ofensa y el halago era muy fina, y si el kan malinterpretaba sus acciones podía acabar muerto.

A más de cien pasos, Kachiun se mordía las uñas de la mano derecha, recuperando un hábito que le había costado abandonar siendo un niño. Indefectiblemente, su destino había quedado ligado al del europeo y no pudo quitarle el ojo de encima mientras éste avanzaba.

Al principio, el mogol temió que, por despecho o por simple ignorancia, hiciera alguna locura, como molestar al águila del kan. Y, como él, ninguno de los presentes entendió qué pretendía el extranjero.

Cayó sobre el valle al completo un silencio cargado de excitación. Se anticipaba que iba a suceder algo crucial.

Atento a las reacciones del grupo de Hulagu, el preocupado Kachiun vio con alarma cómo, en el séquito de su kan, un arquero se preparaba a la espera de la orden que segaría la vida del cristiano. Pero apenas tuvo tiempo de reparar en ello, porque a su alrededor se elevó un murmullo.

Cuando volvió a mirar hacia el valle, advirtió que el cristiano no se dirigía hacia el águila que había derribado al gamo cojitranco.

El europeo se detuvo junto al ejemplar salvaje que había abatido al gran macho. Y la rapaz no se asustó, simplemente chilló, reclamando la presa abatida, pero dejó que el hombre se aproximase.

Entonces el cristiano descabalgó y usó la manta de su caballo para envolverse el antebrazo izquierdo y acuclillarse junto al ave.

Para pasmo de todos, el magnífico ejemplar aleteó con fuerza, volvió a chillar y saltó a la percha que el forastero le ofrecía.

—Está adiestrada —dijo alguien tras él en un susurro.

—¡Si no lo veo, no lo creo! —repuso otra voz.

—Es increíble, ¡un macho adulto!

Alrededor de Kachiun la admiración fue creciendo igual que ondas desperdigadas en el agua tras caer una piedra. En los lances de cetrería todos ellos habían visto aves salvajes que intervenían, bien para aprovecharse del trabajo de los batidores bien para pelearse con las rapaces domesticadas, pero nunca hubieran imaginado que aquel increíble ejemplar obedeciese al extranjero.

El águila no accedió con la rapidez de un ave amaestrada, se la notaba inquieta. Pero al fin obedeció.

Y todos vieron cómo aquel brazo firme recibía el enorme peso del pájaro, y las palabras de asombro siguieron extendiéndose por las laderas del valle.

Usando sólo su mano derecha y un cuchillo que Kachiun no sabía de donde habría sacado, el cristiano abrió el pellejo claro que vestía el vientre del gamo y expuso las asaduras.

Con pericia, después de maniobrar un poco, extrajo el corazón, aún tibio, y, como si cortase rodajas de una manzana, le fue ofreciendo tajos al águila, que los engulló con placer entre chillidos y aleteos.

Los cuchicheos seguían creciendo y la tensión no iba a la zaga. El cristiano se había inmiscuido en la cacería que celebraba la gran victoria de Alamut. Con un pájaro y un lance que menospreciaban a los del mismísimo kan.

El arquero en las filas de Hulagu estaba preparado para disparar. Kachiun contuvo el aliento.

Entonces el forastero se puso en pie sin que nadie pudiera advertir el esfuerzo de alzarse con la rapaz en el brazo, se volvió lentamente hasta encarar la ladera en la que estaba el kan e inclinó la cabeza en una respetuosa reverencia que mantuvo durante un largo rato. Luego alzó el rostro y ofreció el pecho abriendo los hombros.

Ni a Kachiun ni a hombre alguno a su alrededor les cupo duda de que el extranjero veía perfectamente el arco tenso y la flecha que llevaba su nombre.

Pasó el tiempo y nadie vio que el brazo del cristiano temblase por el peso del pájaro. Lo único que siguió fue otro gesto de sumisión.

La mano del europeo señaló el gamo abatido, y para todos resultó evidente que brindaba la pieza al señor de los mogoles. Acto seguido, hincó una rodilla en tierra y volvió a inclinar el rostro para mirar al suelo, ofreciendo entonces su nuca vulnerable. El cristiano ponía su vida en manos del kan.

Durante los calores del verano las tribus se reunían para que los hombres de los clanes luchasen, corriesen con sus caballos, compitiesen con el arco o hicieran volar sus águilas. Así lo habían hecho desde tiempos inmemoriales para mantener sus cuerpos y sus habilidades tan afilados como sus espadas.

Y el europeo había ganado.

Su águila había volado más alto y había capturado la mejor pieza. Sin embargo, en lugar de reclamar la victoria y disputar el liderazgo del kan, a lo que tendría derecho, estaba ofreciendo su vida.

El silencio pesaba como una losa. Nadie sabía cómo reaccionar ante aquello. Estaban embelesados, pero dudaban. Y ni uno solo de los hombres se atrevía a intervenir.

Sólo se oía la brisa, que se paseaba por el valle.

El sudor se le escurría por la frente, resbalaba en las cejas y hacía que le picasen las comisuras de los párpados. El brazo izquierdo empezaba a adormecerse y Laín dudaba de que pudiera aguantar mucho más. Pero no se le ocurría qué otra cosa podía hacer, aparte de seguir esperando a que Hulagu tomara una decisión.

Había hecho su apuesta.

No había vuelta atrás.

Y tampoco sabía si le importaba.

Quería terminar con todo de una vez y sacarse de encima el lastre de sus penitencias.

Aguantó. Esperó a sentir la aguzada punta de una flecha mogola que le atravesara el pecho.

Mordiéndose las uñas, Kachiun supo, instintivamente, que sólo conservaría su propia vida si el cristiano salía con bien de aquello.

Entonces, sin darse cuenta siquiera, tomó una decisión.

—¡Bravo! —gritó con todas sus fuerzas.

Nadie le siguió. Todos dudaban.

—¡Bravo por el cristiano!

Parecía que nadie iba a secundarle, y Kachiun temió por su vida.

Sin embargo, cuando ya iba a volver a gritar alguna consigna, alguien se le adelantó.

—Su águila es la mejor que he visto en mi vida.

Fue una voz a sus espaldas, y tras ella llegó una auténtica marea que se desató imparable.

—¡Sí!, ¡bravo!

—Nunca había visto algo semejante.

—Mis nietos contarán esta historia…

—¡Bravo!

Los vítores se siguieron y se oyeron gritos de apoyo en los que se percibía admiración por la gesta de Laín.

Funcionó. Ya sólo faltaba la reacción del kan, pero Kachiun estaba seguro de que Hulagu no querría apagar aquel repentino fuego de asombro entre sus hombres. Eran mogoles y habían sido educados para respetar el valor. Para honrar las gestas. Para apreciar la valía de un hombre sin importar el origen.

No, Kachiun no creía que su señor, al menos en público, quisiera menospreciar la hazaña del cristiano.

Y tenía razón. Una orden que fue apenas una sacudida del mentón detuvo al arquero y la cuerda se destensó.

Cuando la flecha volvió al carcaj, Kachiun respiró hondo; mientras, a su alrededor, se desataba la turbamulta. Algunos ya corrían hacia el europeo, en tanto que uno de los hombres del séquito de Halagu se encargaba de recoger el águila del kan, a la que todos habían olvidado ya.

El europeo viviría un día más.

Los dos se habían salvado.

Por el momento.

Afuera se celebraban las primeras rondas de la competición de lucha y, de tanto en tanto, se escuchaban los gritos de ánimo de los espectadores.

En el interior de la yurta, Laín se asombró al comprobar que la austeridad, como en cualquier otra parte del campamento, seguía reinando. Pese a tratarse de la tienda personal del kan, no había lujos. Al contrario que en las cortes europeas, los mogoles no olvidaban su pasado como ganaderos nómadas. Se preciaban de soportar las penalidades con estoicismo.

Comprendió que seguirían siendo un poderoso imperio mientras no cayesen en la tentación de la banalidad. Su austeridad y esa altivez ante lo adverso los mantenían unidos, fuertes. Era la esencia de su pueblo y, si la perdían, el gran reino se desmembraría.

Sólo había un par de sirvientes, dos mujeres entradas en años y cubiertas de arrugas, y un modesto escaño de madera con asiento de cuero, vacío por el momento.

Laín también percibió que, a su lado, Kachiun se esforzaba por ocultar su nerviosismo. Se dio cuenta de que lo miraba con ojos ansiosos, deseando hablarle, pero el protocolo parecía impedírselo y decidió que, si el otro se mantenía en silencio, él haría lo mismo. Más aún, imitaría a su compañero en todo, para demostrar respeto por las costumbres de aquellas gentes peculiares.

Como el mogol, cuando una anciana les tendió una bandeja, tomó el cuenco que le ofrecían. A imagen de Kachiun, usó la mano derecha para la bebida y utilizó la izquierda para sostener el codo contrario antes de sorber un trago de aquella curiosa infusión que, para su sorpresa, empezaba a gustarle pese al contraste entre el amargor y la salazón.

En aquella espera tensa, con el único consuelo del té calentando sus palmas, los mantuvieron un buen rato, hasta que, tras un atronador griterío en el exterior, la puerta de la tienda se abrió y Hulagu apareció escoltado por un par de hombres de su confianza.

Antes de dirigirles la palabra, el kan dejó en un armero casco y espada e hizo un gesto para que le trajesen también algo de beber. Sólo cuando tomó asiento pareció reparar en ellos.

—¿Por qué estabas preso? —inquirió usando un parsi neutro, propio de los comerciantes en las rutas de la seda.

No los conocía mucho, pero a Laín, como le sucedía con el té, empezaba a gustarle que los mogoles no perdieran el tiempo con formalidades inútiles. Aquél era el momento de la entrevista que Laín había temido, y se alegró de que el otro fuera al grano.

—No lo sé.

Como era de esperar, aquella clase de respuesta no satisfizo a Hulagu.

—Los nizaríes eran perros codiciosos. Y despiadados —afirmó el kan con vehemencia—. No conocían la clemencia —empleaba el pasado con desprecio, recalcando el infausto destino de la secta—. No tenían por costumbre hacer prisioneros. Si te mantuvieron con vida, ha de haber una explicación.

Laín intuyó que el otro sabía más de lo que aparentaba, y tuvo la corazonada de que debía ampararse en la verdad.

—Desde hace años, desde que partimos de la fortaleza de mi padre, han intentado apresarme con vida —dijo, aludiendo a lo sucedido en Venecia, a las emboscadas de los templarios y a lo que le había revelado el sheik Mohammed—. Pero no sé quién es el culpable —reconoció, mirando al kan a los ojos—. Sólo sé que pagaron a los nizaríes para que me retuvieran; sin embargo, cuando llegó la primavera y los pasos se abrieron, nadie vino a buscarme. Sólo aparecisteis vosotros.

No intentó adular a Hulagu o a su pueblo. Y no hizo referencias a su victoria en Alamut. Esas gentes no digerían la pedantería.

Entre tanto, el kan tironeó de sus bigotes con aires reflexivos y valoró la expresión del cristiano.

—No sabes quién, pero sabes el porqué…

No era una pregunta, aunque era evidente que Hulagu quería respuestas.

Terminada su taza de té salado, Kachiun la dejó en la bandeja con mimo. Y se cuidó de no hacer ruido, pues la tensión empezaba a crecer en el interior de la yurta.

Mientras, Laín consideró qué debía contestar. Si seguía diciendo la verdad, quizás lo torturarían para sacarle el secreto de Jacques de Lunel. Si mentía y lo averiguaban, lo despellejarían. No eran opciones halagüeñas y él, más que ninguna otra cosa, se sentía harto. Cansado del largo juego del gato y el ratón en el que había vivido durante años.

—La vera cruz —contestó escuetamente—, es por culpa de la vera cruz — escupió como si reventase un forúnculo.

Una de las cejas del kan se alzó con extrañeza. Fue su único gesto.

Y entonces Laín, después de soltar un suspiro de puro hastío, se dejó ir. Le habló de cómo Guy de Tarba había heredado un secreto incalculable, de cómo su padre lo había averiguado, de cómo él mismo se había enterado. Y de cómo ese secreto parecía perseguirle dejando tras de sí un rastro de muerte.

Sin ánimos, resignado, aventándose que le convenía decir la verdad, Laín le contó buena parte de su vida al kan Hulagu. Se puso en sus manos.

—Así que supongo que ahora tú también querrás saber dónde encontrar esas reliquias…

Una vez concluido su relato, dejó otro suspiro en el aire y clavó los ojos en el rostro redondo y atezado del nieto de Gengis.

Expectante, Kachiun se mordisqueaba las uñas. No se había perdido detalle de las peripecias del europeo, y le agradó constatar que el hombre que le salvara la vida en Alamut valía la pena, pero temía el carácter voluble de su kan.

—Has dicho la verdad —aseguró Hulagu en tono neutro, sacando a los presentes de sus meditaciones.

Como antes, no era una pregunta, pero Laín asintió.

—No, cristiano, yo no tengo interés en unos maderos viejos —dijo el líder mogol —. Ni siquiera creo que sean en verdad los que sostuvieron al crucificado.

De hecho, Hulagu conocía bastante bien las tradiciones y liturgias cristianas. Y no lograban calar en él. A sus ojos, un redentor, el salvador de un pueblo, no podía dejarse capturar, torturar y matar sin más. Para él, no tenía sentido.

—Mis hombres y su lealtad, mis caballos, mi arco, mi águila, una tienda en la que dormir, un clan al que llamar hogar y, lo que es más importante, un horizonte de tierras por conquistar. —En su tono se percibía que hablaba con convicción—. Todos los reyes de Europa, todos vuestros papas y obispos, todos deberían rendir pleitesía al linaje del gran Gengis. No, no me interesa saber dónde están esos maderos. Sin embargo —añadió, tironeándose de nuevo de los bigotes—, saber el porqué no nos ha revelado el quién. Aunque sin duda es alguien poderoso… Mandó sus órdenes al duque de Venecia y convenció a los nizaríes para que te mantuvieran preso.

Pese a lo que ya le había contado Kachiun sobre las incursiones más allá del Danubio, a Laín le seguía resultando extraño que allí, tan lejos de todo, el kan hablase con familiaridad de la lejana Europa y que entendiese lo que significaba ostentar el cargo de dogo en la ciudad de los canales.

—Imagino que sí —concedió—, que debe tratarse de alguien poderoso.

Lo cierto era que Laín se había preocupado más por mantenerse con vida que por averiguar la identidad de su hostigador.

—Y no sabes de quién se trata… —porfió Hulagu.

—No, no lo sé.

Volvió a mirarlo intensamente.

—Voy a contarte algo, cristiano.

Y, confirmando las sospechas de Laín, el señor de los mogoles le reveló que sabía mucho más de lo que había dejado entrever.

Según le explicó, el verano anterior, a través de las rutas comerciales, unos frailes misioneros habían preguntado por un grupo de europeos en el que incluían a un joven que no podía ser otro que él mismo.

Ahora, de aquel grupo, ya sólo quedaba el propio Laín.

—Ellos debieron de ser los que avisaron a los nizaríes —concluyó Hulagu, volviendo a atusarse los largos bigotes, en los que se veían largas hebras blancas.

—Yo sólo quiero encontrar a mi padre —murmuró Laín finalmente.

Aquello hizo que Hulagu volviese a mirarlo fijamente, como si quisiera escudriñar el alma del europeo a través de aquellos ojos grises.

—Cristiano, bajo el Padre Cielo sólo la herencia de Gengis tiene valor. El resto son patrañas —aclaró soltándose el mostacho—. Y tu causa me parece noble —le señaló—. Cumples con el deber de un hijo y yo no te lo impediré. Te lo has ganado. A un hombre pueden robarle sus tierras, sus caballos, sus armas, incluso sus esposas. —Aplastó uno de sus puños en la otra mano, como si moliese un grillo que sostuviera en la palma—. El destino, sus enemigos o los traidores pueden despojarlo de cuanto posee. De todo, menos del honor.

Calló durante un instante para dejar que sus palabras calasen.

Seguía mirando al cristiano con intensidad cuando, tras una pausa en la que volvió a oírse el alborozo que despertaban los combates de lucha, le puso coda a su discurso:

—Porque el honor es algo que sólo uno mismo puede robarse.

Y, a un mundo de distancia, años después de escuchar un discurso semejante, aquellas palabras trajeron a Laín el dolor del recuerdo por la muerte del gascón.

El kan estaba a punto de anunciar su decisión, y ése era el momento que más temía Kachiun, porque de la suerte que corriese el europeo dependería la suya propia. Por lo que había oído hasta ese momento, se atrevió a abrigar esperanzas de salir con bien de todo aquello. Sin embargo, quedaron hechas trizas en cuanto Hulagu volvió a hablar:

—Tu causa es justa y tu propósito noble. Pero no te ayudaré. No voy a involucrarme en tu búsqueda, ni yo ni ninguno de los míos. —Laín no agachó la cabeza y no dejó ver su desesperación—. Mis hombres y yo debemos seguir camino. Bagdad debe caer, y también caerá Alepo, y Palmira, y Berseva, y Acre. Hasta La Meca. Todo el horizonte será conquistado bajo los cascos de nuestros caballos…

No sonaba grandilocuente, no era un loco convencido de que aquél era su destino; era sólo un hombre seguro de que nada podía interponerse a las hordas de guerreros mogoles. Y hablaba con sobriedad. Pero Kachiun temió que lo siguiente sería una sentencia de muerte para el cristiano y, quizá, lo mismo para él.

—… Y no puedo permitirme que alguien que conoce mi campamento, mis hombres y mis armas vagabundee por ahí dispuesto a vender al mejor postor cuanto sabe. No, no puedo dejarte ir. Tu vida es tuya, pero tendrás que quedarte con nosotros hasta que terminemos las campañas.

Kachiun quiso suspirar de alivio. Al menos no había ordenado que los despellejaran.

Sin embargo, Laín no se contentó. Podía ser que, si seguía con vida para entonces, cuando hubiera caído la última ciudad en la última frontera, los mogoles lo dejasen marchar. Pero no estaba dispuesto a esperar.

—Así se hará, mi señor —se atrevió a decir Kachiun, antes de que el cristiano abriese la boca y tuviera que volver a morderse las uñas con nerviosismo.

—No lo conseguiréis —aseguró Laín.

Hulagu le lanzó una mirada cargada de desprecio.

—No hay hombre que pueda detener a nuestras hordas. —El tono de aquellas palabras hizo que Kachiun se quedase sin uñas con las que desfogarse.

Incluso los guardias se pusieron tensos, dispuestos a acatar cualquier orden. Y el explorador mogol tuvo la certeza absoluta de que lo siguiente que ordenaría su líder sería que los encadenasen a cuatro caballos y que los desmembrasen. Ya había visto cómo se hacía.

—No lo harán los hombres —dijo Laín antes de que Hulagu continuase—, lo hará el desierto. Pero yo sé cómo podéis evitarlo y rodear al enemigo —añadió, tentador.

Sus palabras surtieron efecto.

—¿De qué estás hablando?

—Viajé hasta Berseva, y de allí a la costa de Ormuz. Un ejército como el vuestro no atravesará esos páramos…

—Conocemos el desierto, cristiano. Al sur de nuestras tierras hay un lugar que sólo sirve para ser cruzado, lo llamamos Gobi.

—Y no lo teméis precisamente porque lo conocéis —aseguró Laín—. Tenéis rutas de caravanas que lo atraviesan por los hitos en los que pueden abastecerse de agua. Pero no sabéis nada de las planicies de Judea o sobre el desierto de Gaza.

Leve, apenas perceptible, una sombra de duda pasó por el rostro del kan, y Laín la advirtió.

—Pero yo sé cómo podéis sortearlo —aseguró Laín con la compostura de un mercachifle—. Puedo darte una ruta que rodea las ciudades y cruza los grandes desiertos del sur, las temibles arenas de Rub al-Jali.

—Eso es imposible —rebatió Hulagu.

—No, no lo es. Y podríais aparecer en La Meca desde el sur. Nadie pensaría jamás que haríais algo semejante. ¡Los cogeréis por sorpresa!

El cebo estaba en el agua y sólo faltaba que el pez lo mordiese. Pero el pescado, en lugar de lanzarse a por la carnada, se atusaba los bigotes, pensativo, y a Laín le tocó esperar hasta que el kan tomó una decisión.

—Está bien, habla.

No había hecho ninguna promesa, pero Laín no albergó dudas. Lo que conocía de los mogoles y las propias palabras del kan sobre el honor lo dejaban claro. Para bien o para mal, habían hecho un trato.

—Me lo contó un eunuco maldito en un lugar maldito —dijo Laín—: hay una ruta que pasa por la ciudad perdida de Ubar.

Aquella revelación hizo que la disciplina de todos los mogoles fallase. Desde los guardias hasta el mismo kan, a todos se les escapó un mohín. Les estaban contando que la leyenda era cierta.

Poco a poco, atendiendo con paciencia a la retahíla de preguntas que le fue haciendo Hulagu, Laín desgranó los detalles que Wasif le había dado. Le facilitó hasta el más mínimo de los aspectos que el eunuco había mencionado durante su larga charla en el monasterio caldeo. E insistió en que, desde que la ciudad fuera abandonada, el lago subterráneo de Ubar había tenido tiempo a regenerarse, con lo cual las hordas mogolas tendrían un suministro fiable en el que rellenar sus odres y abrevar a sus bestias.

—Llegaríais por el sur —concluyó Laín—, podríais seguir la costa hacia Acre o incluso cruzar el mar de los Juncos y atacar a los mamelucos. Nadie ha cruzado ese desierto en años. Ya no lo hacen ni las caravanas de olíbano. Llevaréis con vosotros la ventaja de la sorpresa.

Para cuando el gallego terminó, la competición de lucha ya había acabado y se oían los relinchos de los ponis con los que pronto empezarían las carreras.

Al cabo, tras otra sesión en la que el kan a punto estuvo de alargarse los bigotes de tanto estirarlos, Hulagu los miró a los dos con intensa concentración y, antes de hablar, esbozó una sonrisa torcida que levantó sólo una de las puntas del mostacho.

—Te ayudaré. Podrás viajar con mi permiso por las tierras unificadas bajo el estandarte de las colas de caballo, pero —añadió levantando un dedo— los salvoconductos a Qara Qorum tienen un precio.

Llevaba demasiado tiempo compartiendo camino con la miseria. Al escucharlo, ni siquiera se alegró. Lo aceptó como un tirabuzón más en su destino; otro paso que dar en su continuo ir y venir.

Frío, Laín sopesó los ojos castaños del mogol.

—¿Cuál?

Hulagu asintió para sí.

—Te doy mi palabra de que a ella la dejaré tranquila, es tu pájaro —dijo con tono sincero—. Pero quiero saber cómo la conseguiste. ¿De dónde sacaste a tu águila?

Ante aquella pregunta, Laín reaccionó de tal modo que el poco sosiego que había reunido Kachiun quedó hecho pedazos.

—¿Lo juras?, ¿la dejarás tranquila?

A su lado, el atribulado Kachiun volvió a morderse las uñas. Sin embargo, el kan pareció entender, pues contestó afablemente.

—Lo juro.

Aun así, el cristiano tardó en responder.

—De mi celda en Alamut —contestó Laín.

Aquello hizo que el alterado Kachiun se volviese a mirarlo. Pero Hulagu se mantuvo impertérrito, se limitó a revolver el aire con su índice animándolo a continuar.

—Me encerraron en un calabozo en los cimientos de la muralla principal —se explicó el gallego—. Pequeño, húmedo y frío como ropa mojada durante una nevada. En parte excavado en la misma roca y en parte tapiado con las piedras de la fortaleza. —Su tono era neutro, el de un penitente que ha traspasado ya la barrera del dolor y no puede sentir el látigo que le castiga la carne—. Sólo tenía una pequeña ventana por la que entraba algo de luz. Poco más que una rendija, como la tronera de un arquero, era imposible escapar.

Laín se guardó para sí la desesperación y la melancolía. Decidió no compartir con aquellos hombres la agonía sufrida durante su cautiverio, ni los verdaderos motivos por los que se había acercado al ventanuco la primera vez, haciendo equilibrios sobre el cubo de desperdicios. No dijo nada de la cuerda que había tejido arrancando jirones de su ropa, ni del modo en que había planeado usar el asa del balde para asegurarla en el ventanuco.

Había sido en aquel instante, mientras planeaba cómo asentar el pedazo de hierro en el vano, cuando había visto el nido.

No quería que la cuerda se rompiese o que el improvisado cáncamo cediese en cuanto diera la definitiva patada al cubo y quedase colgado. Estaba decidido a hacerlo. E iba a hacerlo bien, sin fallos. A conciencia. Pero al ver a la industriosa madre, una parte de su infancia había venido a salvarle.

—Si me estiraba lo suficiente, si alargaba el brazo a través del ventanuco, podía incluso tocar las ramas rotas y los palos amontonados —continuó explicando Laín.

Era una cornisa en la que apenas se hubiera podido tender un hombre; un pequeño repecho en la pared de roca que se fundía en las murallas de la fortaleza, en el lado de sotavento y bien protegida de la lluvia por los quiebros de la piedra. Y no era la primera vez que la pareja lo utilizaba para sacar adelante a sus polluelos. Las peñas se veían manchadas de excrementos viejos, sobadas por el roce de las plumas.

—Se fueron acostumbrando a mí —aclaró, sabiendo que un pueblo que conocía tan bien a las rapaces lo comprendería—. Yo no tenía otra cosa que hacer — reconoció—. Y la pareja de águilas se convirtió en compañía a la que hablarle — admitió sin pudor.

Sus palabras calaron en los mogoles. Era una escena parecida a la leyenda que se contaba sobre la vida del joven Temujin, el mejor acero, el chiquillo que había nacido con un coágulo de sangre atrapado en el puño derecho, en el de la espada.

—Cuando mis raciones eran abundantes, las compartía con ellos —siguió contando Laín—. No les gusta demasiado el cordero especiado —aclaró con una sonrisa lánguida—. Luego, durante el asedio, las cosas cambiaron. La comida empezó a escasear. —Al oírlo, el kan asintió complacido—. Al principio, aunque no fuera todos los días, me daban algo de pilaf, sin carne, poca cosa, pero un cuenco que llevarme a la boca al fin y al cabo. —Recordándolo acercó la taza de té salado a los labios y echó un trago—. Luego, cuando traían algo, lo hacían con menos frecuencia y menos cantidad. Hasta que no trajeron nada. Durante días…

Entonces, sin asomo de vergüenza, les contó lo de la carroña. Cuando el hambre se hizo insoportable la necesidad lo llevó a robar restos del nido. Pese al color verdoso, aunque no fueran más que tendones o hebras sueltas.

Se había estirado, haciendo equilibrios en los bordes sucios del cubo y, bajo la mirada curiosa del único pollo que había sobrevivido, había robado el costillar de una marmota gracias al cual aguantó dos días más. Chupeteó los pequeños huesos como un perro callejero tras rebuscar en la basura.

—Me salvaron la vida —añadió sin explicarles que era cierto por muchas más razones que por el mero hecho de hurtar las sobras.

El kan asintió. También la leyenda de Temujin hablaba de roer osamentas para espantar el hambre y el frío cuando el invierno había caído sobre el niño mientras no era más que un paria desterrado.

Íntimamente, Hulagu reconoció para sí que la del europeo era una hazaña increíble.

No sólo se las había arreglado para sobrevivir, o para congeniar con el águila, sino que luego había sido capaz de cazar con ella, con un ave apenas domesticada. Sin el largo adiestramiento al que era necesario dedicarle días y días. Sin fiador, sin cimbel, sin pihuelas, cascabeles o caperuza. Sin otra cosa que harapos para envolver su brazo.

—Y escalaste la pared de roca para llegar al nido…

El tono estaba entre la admiración y la pregunta. También Temujin había escalado la Montaña Roja para conseguir un pollo de águila que regalar a su padre, en los días antes de que los tártaros lo matasen.

Temujin, el «mejor acero», el niño que saldría con bien del destierro para convertirse en el señor del océano de hierba, Gengis Kan.

Laín contestó sacudiendo el mentón.

—Sí, tuve que escalar, no había modo de acceder al nido desde las ruinas de la fortaleza.

Había hecho algo más que recoger al águila. Escabulléndose de la vigilancia de Kachiun, había empleado tiempo y esfuerzos en registrar los escombros de Alamut hasta encontrar cuanto sospechaba que necesitaría. Pero eso era algo que no quería compartir con el kan.

—¿Por qué la liberaste? —preguntó entonces Hulagu.

Laín sabía que no podría explicar la verdad con palabras.

No podía hablar sobre los que ya habían muerto. Y dudaba de que pudiera hacerlo alguna vez. No quería volver a perder lo que amaba. Jamás. Por eso, antes de entrar en la yurta acompañado por Kachiun y los guardias del kan, se había encarado a la montaña donde anidaba Alamut. Había sacudido el brazo, con fuerza, ayudándola con el primer impulso del vuelo. Y había visto al águila ganar altura, alejándose, ascendiendo hasta los restos de la antigua alcazaba de los hashshashin.

—Porque ya era vieja —mintió—. Éste será su último año de cría, como mucho, el que viene.

De haber tenido más tiempo, si hubieran visto el lustroso plumaje más de cerca, quizá los mogoles hubieran sabido que era un embuste. Quizás algunos se habían dado cuenta. Pero a él no le importó. Mintió, sabedor de que solían recompensar a la fiel cazadora con la libertad después de años de servicio, mientras todavía le quedasen fuerzas para enfrentarse a una nueva vida.

Mintió, y supuso que algo así podrían respetarlo.

El kan asintió levemente al oírlo. Y con eso pareció dar por zanjado el asunto.

Pidió más té salado y, mientras esperaban a las sirvientas, preguntó con interés sobre el viaje de Laín, queriendo conocer detalles de todos los lugares por los que había pasado. Desde aquellas tierras del fin del mundo que miraban al mar, pasando por el Pirineo y las montañas de los Alpes. E insistió largamente en los detalles sobre Venecia, de la que quiso conocer hasta el último resquicio de cuanto guardaba Laín en su memoria.

Sólo cuando hubo terminado otra taza de té y tuvo la certeza de que había exprimido los recuerdos del cristiano al máximo, volvió al tema de los salvoconductos para Qara Qorum.

—Está bien —concedió el kan—, te diré lo que vas a hacer.

Tras la muerte del gran Gengis, la verdad se ocultó.

El gran Gengis, señor de las estepas, el que había unido a los keraítas, a los yurkanos, a los uiguros, a los naimanos, a los merkitas, a los ongutos y a los tártaros bajo un solo nombre, mogol, les había dado también la lengua escrita, había fomentado la ancestral medicina chin y había conquistado para los hijos de sus más de treinta esposas y cientos de concubinas un inabarcable imperio.

Gengis, el señor de los océanos de hierba, era leyenda.

Y, mientras cabalgaba, Laín comprendió enseguida que el astuto mogol se había esforzado porque así fuera.

Bajo el cielo gris de una mañana que no parecía atreverse a cumplir con su amenaza de lluvia, los cascos de sus robustos ponis iban dejando huellas que trazaban un rastro rumbo al nordeste.

Le habían dejado elegir uno de entre los muchos ponis de los corrales, y Laín había escogido al picazo de cara amable que conociera mientras deambulaba por el campamento mogol. Y había demostrado ser una buena elección. Era una bestia dispuesta y agradecida, que hacía divertidos sonidos de contento cuando, cada anochecer, Laín le restregaba los cueros con hierba seca para almohazarlo. Como le solía suceder al gallego, montura y jinete se habían entendido bien desde el primer instante. Sin embargo, no le había puesto más nombre que «Caballo».

Unos pasos más atrás, Kachiun montaba su bayo greñudo y, como el mogol no hablaba mucho, Laín reflexionaba sobre los acontecimientos atropellados de los últimos días.

Gengis había dejado que su historia se contase en los fuegos del campamento y se había esforzado porque los chamanes hablasen de él con devoción. Había sido capaz de los actos más crueles y de la clemencia más piadosa. Además, se había probado como un inigualable guerrero, un brillante estratega y un infatigable soldado. Gengis había sabido ser un avezado político y había demostrado sus habilidades en multitud de ocasiones, incluyendo una de sus más audaces acciones: la última.

Muchos aún creían que seguía vivo, patrullando las estepas de sus conquistas con hombres de confianza, impartiendo justicia. Y otros tantos especulaban sobre si había muerto a manos de una concubina celosa, víctima del tifo o por mor de una caída de caballo, sin que ninguna de las tesis cobrase fuerza sobre las otras.

Fuera como fuese, treinta años después de su última cabalgada, la sombra del gran Gengis seguía cerniéndose sobre la memoria de su pueblo, y era evidente que sería imperecedera, porque se las había arreglado para que su vida fuera recordada y su muerte ignorada.

A mayores, nadie tenía ni la más remota idea de dónde estaba enterrado. Lo que era un impagable abono para los rumores y la excusa perfecta para que un cristiano al que habían puesto precio viajase por las extensas tierras de los mogoles.

—… Y tú le acompañarás —le había dicho el kan Hulagu al nervioso Kachiun para dar por finalizada la azarosa entrevista.

Eso había pasado cinco días antes y, desde entonces, Laín había tenido tiempo de cavilar sobre el asunto.

Si se daba crédito a aquéllos en cuyas habladurías se podía confiar, una vez apagada su vida el deceso se ocultó durante años. Sus hijos y generales siguieron actuando como si nada hubiera pasado, mientras, en secreto, planificaban el mejor modo de cumplir con las últimas voluntades de Gengis.

Se armó una caravana en la que se incluyeron cuarenta de los mejores caballos mogoles y otras tantas doncellas, además de carros con bienes y riquezas de todos los territorios conquistados: seda, perlas, piedras preciosas, porcelanas, oro y plata. Y también de una buena provisión de espadas, escudos y, como no podía ser de otro modo, arcos y flechas.

Para escoltarla se escogió a un nutrido grupo de soldados y, llegado el momento, la expedición se puso en marcha para peregrinar al lugar elegido por el propio Gengis, que era un misterio en sí mismo.

Probablemente, pero sin certeza alguna, el gran kan escogió un páramo de su niñez, un lugar cerca de donde su clan había pastoreado en sus años mozos, no lejos de los bosques en los que había sobrevivido tras ser desterrado, cerca de los territorios de los rus, al sur del gran lago Baikal. Aunque todas las suposiciones eran sólo eso, suposiciones. Y la respuesta más precisa que logró Laín fue que debía tratarse de algún punto en las estribaciones de las montañas Khentii, a las que los mogoles llamaban el «gran tabú», pues eran consideradas sagradas.

La caravana peregrinó durante años para despistar a cualquiera que pensase en descubrir la verdad. Tomó rutas falsas, deshizo el camino y todos y cada uno de los desgraciados que tuvieron la mala suerte de toparse con ella fueron pasados a cuchillo para que jamás pudieran contar lo visto.

Al fin, después de un tiempo prudencial, dieron sepultura a Gengis con todo su ajuar, sus armas, sus caballos y las pobres doncellas, a las que sacrificaron. Cuando terminaron, siguiendo las órdenes dadas, mil caballos pisotearon una y otra vez el terreno para borrar cualquier indicación.

Entonces los guardias de la caravana asesinaron a los desgraciados que se habían deslomado cavando el mausoleo y regresaron sólo para encontrar que, a su vuelta, otro grupo de soldados los aguardaba para asesinarlos y, con sus muertes, callar para siempre el secreto de dónde había sido enterrado el gran señor de los océanos de hierba.

—Algunos de aquellos hombres escaparon —le había aclarado Hulagu en su yurta, mientras afuera comenzaban las primeras carreras de caballos—, sólo unos pocos. Pero uno solo es demasiado.

Y resultó que, pese al tiempo pasado, los hijos y nietos de Gengis seguían empeñados en cumplir la voluntad del patriarca. A esos pocos desesperados que habían huido de una muerte segura como castigo por el único delito de haber cumplido con su deber, aún los seguían persiguiendo con ahínco.

—Uno de esos perros desleales lleva el nombre de Li —le explicó Hulagu—, un chin descarriado que puso tierra de por medio y al que le perdimos la pista —añadió con un lamento—. Pero —puntualizó— durante el sitio de Alamut, recibí, al fin, noticias. —Y al decirlo la sonrisa de su rostro se volvió cruel.

Los espías que el kan había enviado al este para reconocer el terreno de sus futuras conquistas habían vuelto con gratas novedades que nada tenían que ver con las mejores rutas para el avance de las hordas mogolas. Al parecer, por un cúmulo de casualidades, habían dado con un cabo del que tirar y, en el ánimo de complacer a su señor, los adelantados habían descubierto qué había sido del tal Li.

El fugitivo se había instalado en los barrios comerciales de Acre y había envejecido mercadeando entre venecianos, genoveses, hebreos y mahometanos. Y allí seguía, disfrutando de una vida plácida y acomodada entre sus nietos.

—Tú te harás pasar por el hombre al que he contratado para que lo mate —le había explicado Hulagu.

Resultó que eso era precisamente lo que el kan había ordenado y, para aquellos días, un hospitalario codicioso estaría esperando su recompensa por haber acabado con el escapado Li.

—Harás como si hubieras cumplido el encargo. Y se pretenderá que te envío a la capital para llevar la noticia, con discreción pero con rapidez. Eso alejará cualquier sospecha sobre ti y aquietará los rumores, para que sea quien sea el que te busca, no te encuentre. Y eso será lo que pondrá en los salvoconductos. Viajarás bajo la protección de mi propio sello y desde aquí hasta Qara Qorum se te abrirán todas las puertas —le aseguró—. Mi hermano Mongke te recibirá en la Corte y, para él, te entregaré una carta que revelará la verdad.

E hizo una pausa antes de añadir una última orden:

—Y tú le acompañarás —había terminado dirigiéndose a Kachiun.

De modo que, después de haber preparado cuanto necesitaban, se habían puesto en marcha. Ahora cabalgaban rumbo a la primera gran etapa de su camino hasta Qara Qorum, la antigua y mítica Samarcanda, la misma que el propio Gengis había convertido en poco más que un amasijo de cenizas.

La teoría era fácil, pero el agua fría y el poco interés que mostraban sus contrincantes empezaban a minar su moral.

—Son los lobos del río, los tamen —le había dicho Kachiun sonriente, señalando la corriente con un dedo de uña mordisqueada—. Son astutos y escurridizos.

No creyó que pudiera hacerlo por mucho más tiempo.

Llevaban más de un mes de viaje y el ánimo del mogol había ido mejorando día a día, en especial desde que se habían internado en el laberinto de montañas que habían sido las tierras de su infancia.

La travesía había empezado con mal pie. Al poco de abandonar el campamento, los sorprendió una seguidilla de implacables tormentas veraniegas que los mantuvo empapados durante días, sin encontrar un mísero rincón en el que prender una hoguera y calentarse. Por eso, y pese a que Hulagu les había recomendado evitar las grandes aglomeraciones, habían continuado por los valles persas hacia el nordeste, rumbo a Samarcanda.

Pero el lugar había resultado una mera sombra, triste y apagada. La gran encrucijada del comercio de especias y seda había quedado arrasada veinte años antes bajo el talón de Gengis, y sus gentes todavía intentaban recuperarse de su poca ventura. No vieron mucho más que una posada y algunas ruinas, pero Laín tuvo tiempo de recibir otra prueba más de lo compleja y enrevesada que era aquella parte del mundo, tan lejos del hogar. En la misma ciudad, a la distancia de un plácido paseo, podían visitarse los extremos de la misma cuerda. En un espléndido camposanto cercano a la muralla, donde abundaban los caserones de los más ricos mercaderes, podían presentarse respetos al mausoleo de Qusam ibn Abbas, mártir para los mahometanos y primo del propio Mahoma, quien supuestamente recogió del suelo su cabeza decapitada y descendió a un pozo en el que siguió viviendo. Y en las afueras de la ciudad, donde aún se distinguían ruinas de un antiguo asentamiento, se topaba uno con peregrinos cristianos y hebreos que visitaban la tumba del deportado Daniel, el profeta del Antiguo Testamento que había interpretado los sueños de los reyes babilónicos y que había escapado del foso de los leones.

Los valles persas los habían llevado cómodamente al nordeste y, después de abandonar Samarcanda, se internaron en las estepas, donde fue sencillo comprender por qué aquella ruta era tan utilizada por los comerciantes. El camino resultaba llevadero, sin una sola cuesta que negociar, con agua abundante y caza a disposición del viajero.

Cubiertos de monotonía, cabalgaron un día tras otro, siempre con el mismo horizonte sobre poniente. Las montañas a su derecha y, al frente, interminables extensiones de hierba ondulante por la que, de tanto en tanto, se veía a lo lejos una manada de unos bichos que tenían un poco de caballo, bastante de cabras con largos cuernos y un pellizco de ciervos; con una carne roja y prieta que Laín apreció desde la primera ocasión en la que asaron unos trozos de pernil en la hoguera del campamento.

Como era de esperar, por aquellas interminables planicies avanzaron con rapidez durante varias semanas, igual que los nómadas con los que, de tanto en tanto, se topaban y, gracias a los cuales, conseguían algo de cuajada, un poco de queso o leche de yegua, de la que Kachiun parecía capaz de beber cántara tras cántara sin saciarse jamás.

Rodearon un lago, al que el mogol le dio el nombre de Baljash, y Laín, para su sorpresa, descubrió que en un extremo el agua era dulce y en el otro salada.

No mucho después, volvieron a aparecer las montañas, y el humor de Kachiun mejoró notablemente. Pasó de ser un compañero de viaje eficiente y menesteroso, pero taciturno, a convertirse en un tipo animado y dispuesto a hablar.

El problema fue que Laín, sin darse cuenta siquiera, ya no era un muchacho alegre y parlanchín, sino que, de algún modo, había heredado aquellos largos silencios de Guy de Tarba. A lo que se unía el hecho de que, por fin, después de tantos años y penurias, la meta estaba al alcance de la mano.

—En una luna podrás beber del árbol de plata de Qara Qorum —le había asegurado una noche en las estribaciones de las montañas.

Y Laín no sabía cómo enfrentarse a lo que sentía. Los años y la vida misma habían erosionado los recuerdos de su padre y, cuando miraba aquel viejo retal encarnado en forma de cruz, ya no galopaban en su pecho las certezas que habían impulsado su juventud.

Por unos días tuvieron que desviarse hacia el sur y, durante un tiempo, viajaron buscando los valles, sorteando altas montañas de picos nevados que entretejían encajes. Salieron después a nuevas estepas, más raquíticas, ventosas y frías, con hierbajos duros y resecos y el aspecto de un océano batido en marejada. Sin duda, daban sentido al nombre que Temujin había elegido para sí: aquéllos eran los «mares de hierba», aquél era el hogar de Gengis.

—Estás pisando la patria de los mogoles —le anunció Kachiun una mañana, mientras desayunaban tasajo y contemplaban aquella extensión en la que hasta la última criatura y la última brizna de hierba parecían tener que labrarse la vida a base de golpes—, las estepas de nuestro hogar.

Y aquel paisaje hacía entender por qué los mogoles eran duros, estoicos y resignados.

—Al sur empieza el desierto de Gobi —le había explicado, señalando hacia mediodía—; más allá, el que fuera reino de los Chin, donde el señor de todos los mogoles, Mognke kan, el hermano de Hulagu, ha empezado a construir su palacio de verano en la más fastuosa ciudad que puedas jamás imaginar, Xanadú.

Subieron hacia el norte y el terreno empezó a arrugarse como si envejeciese a ojos vista. Pequeñas lomas y oteros se encadenaban en racimos que salpicaban el panorama ante ellos, y se toparon con multitud de arroyos, riachuelos, ríos y lagunas. Para entonces, el humor de Kachiun se volvió excelente y, pese a que Laín no las correspondía, el mogol hacía bromas a menudo. La mayor parte de las veces con alguna referencia a las virtudes de una cortesana chin entrenada desde niña para dar placer al cansado guerrero que vuelve al hogar.

—Preparan baños calientes en los que te sumergen. Dan masajes con manos delicadas como mariposas. Usan aceites y perfumes. Y saben desfogar los calores de un hombre —le decía moviendo aquellas manos de uñas roídas.

Laín lo miraba de reojo y seguía cabalgando.

—Saben usar sus labios, y sus piernas. Perderás el sentido en cuanto sientas el calor de sus muslos —insistía el mogol.

Y el gallego aceleraba un poco el trote, sumido en sus tribulaciones.

—Tienen la piel tersa y blanca como el marfil, bocas dulces como la miel, y saben usarlas, ya lo creo que sí, saben usarlas —porfiaba Kachiun, encantado.

Curiosamente, cuanto más se acercaban a su destino, menos prisa tenía Laín. Parecía mucho más fácil seguir eternamente en el camino que llegar al final. Y no podía dejar de preguntarse qué le diría su padre, cómo le respondería él, cuál sería su vida una vez hubieran regresado a San Paio.

Ya no sabía lo que quería. Por eso, a la mañana siguiente de que Kachiun le anunciara que llegarían a Qara Qorum en poco más de una semana, Laín se había quedado mirando uno de aquellos ríos de aguas cristalinas y había preguntado:

—¿Hay peces ahí?, ¿sabéis pescar?

Había sido un puro acto reflejo; lo primero que se le había ocurrido para retrasar un día más su llegada a la capital de los mogoles.

Y ahora estaba con el agua fría por la cintura, vareando una rama de lo que parecía avellano para manejar una liña en cuyo extremo había un anzuelo cubierto con mechones de pelo de yak.

—Ha de ser como un ratón que nada de una orilla a la otra —le había explicado Kachiun, enseñándole a mover aquel anzuelo con extravagante peluca por la superficie del agua.

Le había dado unas cuantas lecciones. Cómo lanzar, cómo mover la caña para tirar de la liña engrasada y cómo hacer que el engaño provocase una estela que, con imaginación, podía pasar por la de un animalillo nadando. Después, el mogol lo había abandonado y se había marchado río arriba, para buscar algún pozo en el que probar suerte él mismo, contento de tener aquella oportunidad.

Para cuando el sol caía en el cielo desde el mediodía, Laín ya estaba cansado.

La treta no había sido más que un modo de retrasar su llegada, y lo que él quería era pensar, no dedicarse a atrapar un fantástico pez sobre el que circulaban leyendas que decían que podía morder la mano de quien intentara pescarlo o que era capaz de tragarse de un bocado a un patito descuidado.

—El lobo del río —dijo para sí mismo en un susurro burlón, incapaz de creer que una trucha pudiera lanzarle un bocado a aquel esperpento peludo que el mogol había puesto al extremo de su liña.

Movía los brazos por pura inercia. Lanzaba el engaño a través de la corriente, tiraba de él y levantaba la vara lentamente, acercándolo hacia sí. Y, cuando lo tenía a apenas un par de palmos, aprovechaba para volver a enviarlo lejos.

Mientras, su mente divagaba haciendo el trabajo más difícil al que un hombre ha de enfrentarse en su vida: juzgarse a uno mismo.

Una docena de veces, como si despertara de un mal sueño, había tomado la decisión de salir del agua, secarse al sol y sentarse en la orilla. Y, abstraído, una docena de veces había seguido allí, en medio del agua fría, lanzando y recogiendo aquellos mechones de pelo recio que, con tanto mimo, había elegido Kachiun.

Las montañas acunaban el río. Estaban hechas de una piedra gris que se escurría entre las manchas verdes del follaje. Algún bicho chiscaba entre las hierbas. Una bandada de pardales pasó de largo sobre el cauce, tan claro que incluso en lo más profundo del pozo podían verse los cantos.

El pelo de yak patinaba sobre la superficie del agua, dejando su pequeña estela y, de pronto, una sombra salió disparada desde el resguardo de una roca del fondo.

Con todo el impulso de su velocísimo nadar, una bocaza parda se abrió para tragárselo con un chapoteo y, de inmediato, el pez se dio la vuelta con el cebo en las quijadas, sintiendo al instante la traición del anzuelo.

No tuvo que clavar siquiera; bastante trabajo fue mantener la vara entre las manos ante la arrancada del tamen herido, que usó toda su fuerza para volver a su escondrijo bajo el canto rodado.

Pero el viejo Tomás le había enseñado bien cuando peleaban con los salmones, allá en San Paio, y Laín vadeó enseguida en las aguas frías para reducir la tensión en la liña y evitar que el pez rompiera el aparejo.

Aunque ninguno de los salmones que había pescado en su niñez se parecía a aquella bestia que tiraba denodadamente de la liña con poderosos coletazos. Antes de que pudiera darse cuenta, Laín se vio obligado a meterse en el agua hasta el pecho y, con otra carrera del pez, no le quedó más remedio que seguir adentrándose en la zona más profunda, donde resbaló y quedó a merced del agua.

Burbujas plateadas del aire que se le escapaba se le enredaron en los cabellos, se le encogió el bofe por el frío que lo cubrió, y lo único que pareció seguir funcionando fue el ímpetu de aquel lobo del río, que continuaba luchando por su vida con toda la fuerza que los años le habían dado.

Lo vio al extremo de la línea, y no le cupo duda de que pasaba de largo de una arroba. Era tan grande como una de sus piernas. Tenía las formas de un salmón, pero era más oscuro, con el aspecto del nogal aceitado de las truchas y con pintas claras como ellas. En los carrillos tenía manchas rojizas y las enormes mandíbulas sí parecían capaces de cortar los dedos de una mano descuidada. La pelambrera de yak se sacudía en la comisura y el pez, inagotable, tiraba de la liña.

Consiguió apoyar los pies en un canto y, dándose impulso, sacó la cabeza y tomó una bocanada de aire. Para entonces, habían ido río abajo y la corriente atrapó al hombre y al animal, empujándolos mientras seguían aherrojados por la línea tensa.

Ya le dolía todo el brazo y el agua fría le robaba las fuerzas, pero Laín no soltó la flexible vara, que no paraba de cimbrearse, transmitiéndole las ansias de recuperar la libertad de aquel formidable pez.

Llegó un momento en que la misma corriente lo llevó a un trecho de guijarros en los que pudo recobrar pie, asentarse y sujetar con fuerza, sintiendo en cada tendón el desafío del tamen.

Había descendido al menos veinte varas desde el punto donde lo había anzolado. Hombre y pez se sacudían, gotas de agua salían despedidas y el sol, radiante, las convertía en perlas que se disolvían en las aguas del río.

No había nada más allí. Sólo los dos contendientes, ambos luchando con toda su voluntad desde extremos opuestos de la línea. Unidos por la fuerza. Los dos presos de sus propios anzuelos. El hombre se había servido de la traición. El animal se servía de su entorno. Y el río era su juez.

El lobo del río flaqueó un momento y Laín levantó la vara ejerciendo más presión. Después, sintió que, por primera vez, su oponente se dejaba arrastrar.

Pensó que ya lo tenía y dio unos pasos atrás, para acercarse a la orilla, mirando a ambos lados, buscando un lugar donde varar al formidable pez.

Parecía entregarse, tumbado sobre un costado, deslizándose tras la liña a medida que Laín retrocedía con la caña en alto, flexionada en un arco que ponía a prueba la madera.

Estaban los dos agotados, pero el hombre tuvo la impresión de que la victoria era suya. Entonces el enorme pez reunió los últimos redaños y saltó con todas sus fuerzas, coleando, brillando al sol, enseñando aquellos matices bermellón que eran como las cruces que los caballeros se cosían al hombro para marchar a Tierra Santa.

Brincó fuera del agua y cimbreó como un junco al viento.

Y el anzuelo se soltó.

Salió disparado y el tamen quedó en suspenso sobre los rizos cristalinos. Sus escamas húmedas destellaron y el tierno blanco de su boca se vio por última vez antes de que cayera con estrépito.

Laín aún pudo verlo allí, en la corriente, quieto y confuso. Era una enorme mancha gris. Boqueaba y las agallas se abrían y cerraban, dándole vida. Un suspiro después, coleó y la corriente lo recibió como a un hijo pródigo, ocultándolo en sus remolinos.

Por un rato, resollando, empezando a sentir de nuevo el frío que el viento le ponía encima del agua que lo empapaba, Laín se quedó allí, quieto.

Revivió cada instante de la pelea. Repasó cada recuerdo y, mientras su corazón lograba volver al trote, sonrió.

Por un breve instante, volvió a ser un niño feliz.

Por un solo instante, miraba al viejo Tomás. Estaban en el río de San Paio. El viejuco contaba mentiras sobre los grandes peces que había pescado, mientras señalaba al pozo donde los salmones descansaban en su largo remonte desde el mar. El bosque los arropaba. Unos arrendajos graznaban escandalosos entre las ramas de los fresnos, probablemente asustados porque algún ratonero tenía cerca su percha. Un martín pescador pasaba raudo en busca de un apostadero, como una flecha azul. Lúa olisqueaba el rastro de maese raposo en los senderos de la orilla. En las cocinas de la torre, con dulces de miel y castañas recién horneadas, mamá esperaba a que su hijo volviese.

Por un solo y bendito instante, recobró algo.

Tibio, cálido, reconfortante.

Y sintió en su pecho el consuelo que sólo un niño puede sentir cuando se acuesta con la certeza de que, a la mañana siguiente, todo sería igual. Antes de que los años le enseñen la dura lección de que sus esperanzas no son otra cosa que mentiras.

Por un solo y bendito instante, volvió al hogar.

Luego cayó en la cuenta. En unos días vería a su padre.