Laín

Francisco Narla · Capítulo 21 de 25

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Laín

Estrofa XIX y estribillo. La cuenta pendiente

ESTROFA

XIX Y ESTRI BILLO

LA CUENTA PEN DIENTE

«… El razonamiento nos lleva a una conclusión […],

pero no hace que la conclusión sea cierta…».

Opus Maius, Roger Bacon

El tiempo es buen consejero, pero nunca regala nada. Pasa inexorable burlándose de nosotros, pobres pecadores descarriados.

Recuerdo el sabor del potaje de habas, el olor intenso a hierbas medicinales, el chisporrotear del fuego en el hogar y el tintineo de la lluvia al otro lado de la puerta, pero, sobre todo, recuerdo su belleza.

Oyó la historia de su padre componiendo un rostro sereno, hasta que, cuando supo de la muerte que lo había sorprendido en aquel monasterio caldeo, lloró mansamente. Y la pena transformó su rostro como el último retoque que debió dar el maestre Mateo en el pórtico de la Gloria. La amargura estropea siempre el semblante, afeando las facciones. Pero cuando las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, su belleza se hizo radiante. Nunca jamás vi una virgen, una talla y, ni mucho menos, otra mujer que deslumbrara los espíritus de hombre alguno con el solo hecho de llorar.

El gato acabó en el regazo de Laín. Y buena parte de su relato pareció dedicárselo al minino, que ronroneaba complacido.

Y yo, por una vez en mi vida, no sólo iba a conocer la historia, sino a vivirla. Me sentí como aquel pastor Martín que guió con calaveras de vaca a los ejércitos del octavo de los Afonsos cuando vencimos a los almohades en las Navas de Tolosa. Era el mío un papel de refilón, pero de importancia capital, pues de mí iba a depender la vida del héroe.

Pero me estoy adelantando una vez más al contar este entuerto.

Para cuando nos reveló cómo había salido con vida de la fortaleza de Alamut, la luna intentaba ya asomarse entre las nubes que seguían descargando su agua sobre Compostela y la noche nos aconsejó que dejáramos aquellos asuntos para el día siguiente.

Sin embargo, al despertar por la mañana, Laín ya se había marchado. Y, hasta que regresó, bien pasado el mediodía, no supimos adónde había ido.

—Está aquí, lo he visto —anunció nada más entrar.

No había clientes en la botica. Almodís, el gato y yo compartíamos unas escudillas de caldo.

—¿Quién? —se interesó ella.

Laín se deshizo del capote que traía terciado al hombro, se acercó hasta donde estábamos, junto al hogar, nos miró a ambos con aquellos ojos que eran como una helada y dijo una sola palabra:

—Fruela.

Pronto comprendí que aquél era el asunto que lo había llevado a La Guyenne, y por eso mismo se había hecho pasar por ladrón. Con los sobornos adecuados, era el lugar para obtener información de un noble al que desplumar, aunque, obviamente, la intención de Laín era bien distinta.

—¿El hijo de don Rodrigo? —pregunté por impulso.

Él se sentó en uno de los bancos junto al hogar y se limitó a asentir. El gato se le arrimó enseguida, incluso a pesar del aire taciturno. Almodís se afanó sirviéndole una ración del caldero.

—¿Es a él a quien buscabas en San Paio? —quise saber yo.

Y Laín volvió a asentir, a la vez que tomaba el cuenco caliente entre las manos.

—¿Para qué?

Él suspiró antes de hablar, se revolvió los cabellos y dio una caricia al gato.

—Me juré a mí mismo que no olvidaría quién era y de dónde venía…

Yo pensé en la visita al crucero y a sus tumbas en el alfoz de la torre de San Paio.

—… Le juré a Guy de Tarba que volvería y que me encargaría de que a Egeria no le faltase de nada, y…

Calló un momento.

—… y que supiera que lo sentía…

Comprendí sus palabras del día anterior, lo que había visto en sus ojos cuando hablaba con Almodís. Y reparé una vez más en la bolsa repleta de perlas que seguía donde había quedado, sin que nadie, aparte del gato, le hubiera hecho caso.

—… Y le juré a mi padre que lo vengaría.

Recuerdo. Redención. Muerte.

Tres juramentos.

Eso era lo que había dicho junto al crucero.

—¿Vas a matarlo? —le pregunté por impulso.

Antes de que Laín pudiera contestar, lo hizo Almodís:

—Eso no va a traer a mi padre de vuelta —se apresuró a decir—. No te va a devolver lo que perdiste —aseguró en tono calmo.

Recuerdo bien que él la miró con aquellos ojos que parecían cinceles capaces de labrar piedra. Ojos que eran una helada arrasando la cosecha.

—Voy a matarlos a todos —respondió en tono firme.

—¿A todos? —salté yo, comido por la curiosidad—, ¿a quién?

Pero él no me contestó y ella volvió a intervenir:

—Escúchame —le dijo mientras se acercaba hasta donde él se había sentado—. No sigas castigándote. —Y yo supe que no hablaba de condenar su alma a ojos de la Iglesia—. Has vuelto, vive tu propia vida. No dejes que el pasado te venza, eso fue…

Almodís necesitó un instante para continuar.

—Eso fue lo que le pasó a mi padre y murió lejos, sin que yo pudiera conocerle.

Negó Laín con fuerza, sacudiendo el mentón.

—No merece la pena —insistió ella—, nada volverá a ser lo que fue. Recuerda lo que te dijo antes de morir, que lamentaba…, que se arrepentía…

Con calma, sin aspavientos, él se levantó. Recogió el capote.

—Úsalas como más te convenga —dijo señalando la bolsa con las perlas—, tuyas son.

Se fue al establo y preparó la yegua, en tanto en el rostro de Almodís se veía una tristeza que rampaba con crueldad. Y yo, que no sabía qué hacer, me di cuenta de que se me acababa el tiempo. Él se disponía a marcharse.

—Sólo te pido que guardes el secreto hasta mañana —le dijo encarando la puerta con las riendas en la mano—. Después de esta noche puedes contárselo al sayón, al obispo o al veguer. Para entonces ya me habré marchado y poco importará que me busquen.

Y salió sin mirar atrás.

Finalmente, la idea de que se iba y se escapaba mi historia caló. A toda prisa, abandoné el cuenco de caldo, salí corriendo —no pisé al gato de puro milagro— y recogí a mi mula echando vistazos por la puerta que daba a la calle, mientras lo veía alejarse.

Antes de salir yo también la miré una última vez. Parecía una virgen en un retablo. Tan triste que sólo podía ser una piedad.

Toda aquella sangre. Por el amor del cielo.

No fue la primera vez en mi vida en la que mi bocaza me traía perdiciones, pero fue la última. Lo juro por lo más sagrado. Aquella madrugada aprendí la lección.

Pese a todas mis noches de ronda, nunca había visto algo así. Me asusté. Y, para mi vergüenza, por desgracia, he de reconocer que el miedo que sentí fue, más que nada, por temor a perder mi historia.

Ya lo he mencionado antes, no soy un santo. Menos aún en aquellos años en los que la lujuria y la codicia me podían.

Temía perder mi historia.

Pero me estoy adelantando una vez más.

Salió mal.

Si los caminos de nuestro buen Señor son tortuosos, mucho más lo son los del mismo diablo.

No pudo resultar peor. Y la culpa fue mía.

Nos alejamos de la botica y, antes de doblar la esquina de la rúa Nova, eché un último vistazo atrás, pero ella no se había acercado al umbral para vernos marchar. Nos dejó ir sin despedirse.

Y él no me dijo una palabra en toda aquella tarde, sólo me obligó a seguirlo mientras callejeamos por Compostela.

Hasta horas después, cuando llegó la noche, no supimos que ésa fue nuestra condena, porque en tanto deambulábamos mis palabras nos alcanzaron.

Fue culpa mía.

Tras mucho merodear, abandonamos Compostela por la puerta de la Trinidad, la que lleva a Finisterra. Nos alejamos hacia poniente junto a quienes marchaban de la villa después de haber hecho negocio en los mercados, y continuamos hasta que encontramos un recodo en el camino por el que nos adentramos en el bosque. En un claro pisoteado, aguardamos a que cayera la noche sin otra palabra que las de la piedra de amolar afinando el hierro de la espada.

Para cuando pasaba de nona, yo no podía aguantar más. Era incapaz siquiera de sacarle unas notas a mi cítola, estaba demasiado intranquilo. Y a Laín le había dado tiempo a afilar incluso sus dos puñales, aceitar los filos y repasar hasta el último de los aros de su cota. Así que le pregunté qué pensaba hacer. Cómo iba a hacerlo. A quién más pensaba matar además de a Fruela.

Pero no dijo nada. Miró hacia el sol poniente y se levantó. En un santiamén estaba sobre su yegua, de vuelta a Compostela.

Y supongo que, de no ser por lo que le rondaba por la cabeza, se hubiera dado cuenta de que nos seguían. Pero no lo advirtió, y yo tampoco, que aquéllos no eran menesteres de un pobre trovador como yo.

Empezó a llover de nuevo, con fuerza. El agua caía con el ímpetu de haberse estado reservando desde el orvallo del día anterior. Pronto quedó todo anegado. Las piedras de Compostela lloraban. Por los adoquines de las calles había escorrentías que se llevaban los meados de los perros y las bostas de las caballerizas.

No tardamos mucho en acabar empapados.

El chivatazo de La Guyenne nos llevó hasta una de las esquinas del palacio que se construyera el obispo Gelmírez.

Y resultó que la pista que saliera de aquel antro era cierta.

Para bien entrada la noche ya estábamos tan mojados como náufragos. Y, a esas horas de vigilia en las que los monjes de san Martín Pinario estarían cantando sus oficios, apareció un grupo. Tres que venían de la rúa Maior. Vestían capas amplias y se oía el tintineo de sus armas mientras caminaban. Uno de ellos silbaba con tino una canción marinera que yo conocía bien de los muelles de Vigo.

No cabía duda de que iban camino del palacio, que en aquel entonces ocupaba el prelado Juan. No sé qué negocios los llevaban allí a aquellas horas intempestivas, pero era fácil oler que nada bueno. Bastaba verlos.

A mí se me aferraron los nervios al espinazo. Era la primera vez en mi vida en la que, en lugar de alejarme de una pelea, me iba a meter en ella de cabeza. Me bastó ver que Laín desenvainaba para saber que se avecinaban problemas que me quedaban grandes.

No hubo preámbulos.

Salió de la esquina desde donde espiábamos y se plantó en la calle, bajo la lluvia. Yo asomé los hocicos a tiempo de ver cómo los otros se detenían y llevaban la mano a los hierros. Al abrirse las capas, me fijé en que dos de ellos vestían el sayo de los sargentos templarios.

—¿Me recuerdas? —preguntó Laín aferrando su propia espada.

Los tres jaques echaron las capuchas atrás.

La sorpresa apenas duró. Se la llevó la lluvia. Todos tenían el colmillo retorcido por lances similares, y no perdieron el tiempo.

En el medio, mandándolos, estaba Fruela Rodríguez, hijo del señor de la torre de San Paio. Lo reconocí de inmediato. Se daban un aire los dos; era casi tan alto como el propio Laín, algo más espigado y con un rostro fino y hermoso que yo envidié al instante. Era de esas caras que levantan las faldas y bajan los escotes. A un lado, el que dejó de silbar no podía ser otro que el alcarreño Berenguer Baños; grueso y con aires de leño recién cortado, las grasas se le apelotonaban en el cuello como una bufanda. Al otro lado, también con el sayo negro y la cruz encarnada cosida, el último, del que nunca supe el nombre. También se lo llevó la lluvia.

—Traicionaste a padre —anunció Laín con una voz que fue apenas un susurro por encima del rumor del aguacero.

Todo eran sombras. La calle semejaba carbones apagados. De poco servía la luna en aquella madrugada cubierta de nubes negras. No había cerca postigos abiertos, ni luces de candil que se colaran por las rendijas de alguna puerta.

Estaban ellos cuatro, tres a uno. Estaba la noche oscura. Y yo para contarlo. Nada más.

—Chico —saltó el alcarreño Baños con una voz que sonó a óxido—, saliste con vida de ultramar, ¿quién lo hubiera dicho? Tantas leguas de viaje para que te saque las tripas al aire a dos pasos de casa. Debiste quedarte allí —le dijo apuntándolo con su espada.

Laín dio un paso hacia ellos. Sólo miraba a su hermanastro. La punta de su propio hierro rozaba los adoquines empapados, dejaba en el aire un chirrido que daba dentera.

—Traicionaste a padre, y a ti mismo. En San Paio la gente pasa hambre y, mientras los tuyos se mueren cada invierno, tú te enriqueces con tratos sucios en compañía de estos malnacidos. Eres una desgracia para tu casa. Has olvidado el rostro de tu padre.

El señorío había visto tiempos mejores, de eso no cabía duda. En el poco tiempo que pasé en el alfoz de la torre, se advertía que era aquél un lugar donde los impuestos ahogaban y el hambre sobraba. Pero Fruela siguió callado. Era Berenguer Baños el que tenía mucho que decir.

—Debiste dejar que te matasen los moros, como a ese gascón de mierda. Ahora será peor. —El desprecio pesaba en cada palabra; el alcarreño escupía su discurso—. Nos hicisteis perder una fortuna cuando os escabullisteis en Acre. Y no sirvió de nada, otros se hicieron con el premio. —Aquella confesión me hizo preguntarme por el asunto de los maderos de la vera cruz de los que Guy de Tarba sabía, pero no tuve tiempo de pensar en ello—. Aunque me alegro de que hayas aparecido. Te la tenía jurada y la pagarás.

Laín hizo caso omiso.

—He venido a buscarte para cumplir mi palabra —anunció mirando fijamente a su hermanastro—. Reza lo que sepas, porque será la última vez que lo hagas.

Entonces Fruela reaccionó. No me hizo falta más luz de la que había. En su rostro brillaba la sed de sangre.

—Bastardo.

Fue odio en un susurro al compás de la lluvia.

Y la lluvia arreció. Dio la impresión de que, igual que hacía con la mierda de caballo, quería lavar Compostela de aquel rencor que crispaba la noche.

—Eres tan iluso como padre —dijo Fruela—. Y de nada servirá la embajada, ya hemos hecho tratos con el obispo y llegará hasta el Papa. Nos pagarán bien la información. Ricardo ya va camino de Aquisgrán. Ya está hecho. No puedes impedir nada. Nos ganaron por la mano para conseguir los maderos, pero la información vale casi lo mismo. Y ya se ha vendido —aclaró señalando al palacio del obispo.

Yo quería seguir escuchando. Demonios, quería hacerles preguntas, saber qué había sido de las reliquias, qué bando del Temple las había conseguido y por qué. Quería conocer hasta el último detalle de la historia que pensaba contar. Pero ellos no tenían ánimo de colaborar. Sólo pensaban en matarse.

—Eres un imbécil y un bastardo —insistió Fruela—, un maldito bastardo. ¡Tu madre era una fulana!, una cualquiera que se dejó preñar —echaba espumarajos por la boca igual que un perro—. ¡Y tú no eres más que un bastardo! No hay nada que puedas hacer ya.

Ni por un solo instante me pareció que la voluntad de Laín flaquease. No vaciló lo más mínimo.

—Ya es tarde —porfió Fruela—. Nos ganaron una batalla, pero no ganarán la guerra. Y yo tendré el beneplácito del mismo Papa. En cuanto acabe contigo, bastardo, recibiré lo que merezco, ¡todo lo que merezco! Eres un iluso si crees lo contrario. Morirás, Afonso caerá, Ricardo se coronará y Roma me pagará. Cobraré lo que se me debe.

Respiró, acalorado, después de verter todo aquello, y añadió una cosa más:

—¡Voy a matarte!

—Adelante —le respondió su medio hermano.

Y se echó al frente levantando la espada.

Yo permanecí a resguardo en mi esquina, apoyando las manos en la cantonera de granito, asomando la cabeza nada más. Laín no parecía rezar; yo sí, para que no me vieran.

Seguía lloviendo, con fuerza.

A mí empezaron a castañetearme los dientes. Estaba muerto de frío, pero a los otros tres y a Laín no les afectó la madrugada o la lluvia. En un abrir y cerrar de ojos empezaron a volar los mandobles y las espadas entrechocaron. Sonaban a campana repicando, como la llamada a difuntos de una vieja iglesia.

Me pareció grandioso. Allí había versos que merecían la pena. El resonar de los metales se abría paso en el rumor del aguacero. El héroe pródigo saldaba viejas deudas. La traición de su hermano. La alianza de sus enemigos. Tenía que ser muy torpe para no componer una buena historia con todos aquellos mimbres. Claro que no tenía idea de que estaba a un tris de convertirse en tragedia.

No estábamos solos. Y yo andaba tan abstraído imaginando los versos que compondría…

Me tomaron por sorpresa.

De improviso, unas manos de hierro me arrancaron de la esquina.

—Bienaventurados los ojos, pescadito.

Entonces sí que tuve frío. Más frío que nunca antes en mi vida. El agua que empapaba mis pelos se coló por el cogote y se escurrió hasta la rabadilla. Pero ésa no fue la causa de que se me encogiera la hombría: fue mi miedo.

Y había sido mi miedo el culpable. Aquel día en el que acabé colgado como una chacina, aquel día yo les había dicho a aquellos malparidos que iba camino a Compostela. Una más de mis muchas mentiras; sólo otra más en la larga cadena que llevaba por penitencia. Cómo iba a saber yo que acabaría precisamente en la villa de Santiago. Lo había dicho para evitar reconocer que había escapado de los muelles de Vigo con la honra de una casada y un puñado de deudas. Podía argüir mil excusas, pero lo había hecho, se lo había dicho. Y ahora ellos estaban allí.

—Al fin te encontramos. —Era la voz del bizco Julián.

Y no faltaba ninguno, porque escuché el gruñido de oso del tal Perico. Y el filo que me apoyaron en los riñones tenía que ser del otro tipejo. Seguro que nos habían avistado durante la tarde mientras callejeábamos sin rumbo fijo.

Probablemente habían estado esperando el momento oportuno. La noche siempre ha sido cómplice de tropelías y mi compañero de viaje estaba demasiado ocupado para ayudarme. Eligieron bien los malparidos.

—Pescadito, el Tres Cantos va a saltar de alegría con el regalo que le llevaremos —oí que decía el barbudo, al tiempo que la hoja de mis riñones se apretaba contra mis carnes tiernas.

Se oyó un grito ahogado a la vuelta de la esquina. Alguien había tragado hierro hasta las entrañas y la refriega empezaba a decantarse, pero yo no podía saber qué estaba pasando.

—Vámonos ya —sugirió el que empuñaba la daga que amenazaba mis cuadriles —. ¡Átalo!, y nos lo llevamos adonde convenga.

La pelea seguía unos pasos más allá. Por encima de la lluvia se oían los gruñidos, las maldiciones y el trabajo del metal, como en la forja de un herrero martillando.

—Espera —intervino el tal Perico, demostrando que no era mudo—. Quiero ver si lo matan.

—Es buena idea —dijo Julián—. Fue tu amigo el que nos zurró la badana el otro día. Puede que tengamos oportunidad de rematarlo —añadió con ilusión.

Yo intenté hablar, pero la daga apretó más y el dolor me hizo callar. Pude sentir algo nuevo y cálido escurriéndose por mi piel. Estaba sangrando.

Entonces el tal Perico, que era como un oso antes de echarse a dormir para el invierno, me sujetó por el pescuezo con una de sus manazas y me obligó a moverme con él hacia la esquina. Y fue mejor así, porque si hubieran llegado a atarme no sé cómo hubiera salido de aquel entuerto.

Se conocía que tenían ganas de revancha y, a empujones, doblamos la esquina para ver el espectáculo.

Fruela y el otro sargento yacían en el suelo. Sólo quedaba en pie el alcarreño y, para mi desgracia, parecía llevar las de ganar.

Yo había alimentado la loca esperanza de que, una vez despachados aquellos indeseables, Laín acudiera a rescatarme. Pero pintaban negras.

Estaba herido. En algún momento, mientras a mí me exprimían a la vuelta de la esquina, alguno de los tres que se había echado a la cara había logrado hacerle daño. Cojeaba. Llevaba un tajo en la pantorrilla y más de un golpe.

La lluvia no cejó, pero las nubes se abrieron y la luna vertió su luz. Cientos de abalorios brillaron en el granito de los sillares. Los edificios se cernían sobre los dos combatientes. Las sombras se alargaron a sus pies, dispuestas a bailar con la muerte en el filo del acero. La noche ya no era de carbón, se había vuelto de plata y pintaba sus siluetas. Se rondaban el uno al otro en un círculo. Indecisos.

El robusto alcarreño se había llevado lo suyo. Tenía el brazo izquierdo inútil y había perdido la espada. Pero en la mano buena balanceaba un mangual, un arma terrible, con la cadena muy larga y una bola erizada que parecía pesar como un becerro. Daba pavor mirarla. Y, cuando vi a Laín agarrarse el costado, imaginé que aquel diabólico instrumento le había desbaratado el costillar en algún momento.

—Te voy a abrir la sesera —amenazó Baños sin detenerse.

No creo que ninguno de los dos se diera cuenta de que habíamos aparecido por la esquina.

Laín no dijo nada, giró el rostro y escupió lo que no podía ser otra cosa que un gargajo de sangre. Él tampoco se detuvo.

Giraban, como unidos por los radios de una rueda. Y estuvieron así un rato más. Ambos maltrechos, les costaba decidir quién sería el primero en atreverse a acortar la guardia. Los dos eran conscientes de que un error acabaría con su vida.

—Vamos, chico —lo instó Baños, burlón—, o es que te falta cuajo… ¿No te atreves?

Yo no apoyaba en los adoquines mojados más que la punta de los dedos de los pies. Estaba empapado, pero tenía la boca seca. Y me costaba llenar el buche de aire, porque la mano de Perico me sujetaba como si tuviera la intención de desnucarme igual que a un pollo. Y entre los otros, empezaron enseguida a cuchichear, haciendo cábalas sobre cómo se sucedería el combate.

Al final, comprendiendo que podían eternizarse en aquel girar y girar, se detuvieron. Como moviéndose en lodo espeso. Muy despacio. Y a mis espaldas calló toda la palabrería, porque todos supimos que era aquél el instante definitivo.

En el telón del agua, los veía de perfil, mirándose el uno al otro. Las sombras pintaban líneas oscuras en las mejillas, el pescuezo y las narices. Sus rostros recordaban a calaveras y a mi cabeza acudieron historias de ánimas en pena, vagando sin rumbo noche tras noche para cumplir su condena.

Laín volvió a escupir, alzó un hombro para estirar el costado herido, acomodó los pies y se preparó para el final. El alcarreño hizo lo propio.

—¿Qué, chico, te has decidido? ¿Ya te has puesto a bien con Dios?

No le contestó. Sólo asintió con un gesto rotundo. Y, como una exhalación, dio tres zancadas al frente, cortando por la mitad la distancia que los separaba.

Con una agilidad sorprendente para alguien con aquellas gorduras, Baños reaccionó haciéndose a un lado y levantando el mangual en un arco pesado.

La bola atravesada de púas ganó una velocidad endemoniada. Silbaba cortando el aire. Y eso era lo que Laín debía haber estado esperando, porque dio la vuelta sobre sí mismo acercándose hacia el alcarreño, muy dentro del alcance del mangual.

La pesada cabeza con pinchos cayó en el empedrado con un trallazo. Chispas salieron disparadas en todas direcciones, esquirlas de piedra saltaron, la cadena tintineó sobre los adoquines. Y Baños estuvo rápido, pues, antes incluso de que las centellas se apagasen, ya había empezado a recoger.

Sigo convencido de que sabía lo que se le venía encima, pero no se rindió. Intentó lanzar otro ataque, incluso a pesar de que Laín estaba tan cerca de él como para que tuviera que usar el mangual igual que una porra, con el brazo recogido y empuñándolo por la misma cadena.

Lo intentó. No tuvo tiempo. Antes de que la bola pudiera coger otra vez impulso, Laín había completado su vuelta y, usando la mano izquierda para asegurar el pomo de la espada, hundió el hierro en la papada del alcarreño.

El puño de Berenguer Baños quedó firme durante un suspiro, con el cabo del mangual prieto entre los dedos. Entonces Laín hizo girar la espada y el alcarreño se desmontó como un espantapájaros.

Se había terminado y Laín, exhausto, cayó de rodillas.

—¡Es nuestro! —gritó Julián, lanzándose hacia delante.

Se quedó conmigo el oso de Perico, que no estaba dispuesto a soltarme, y los otros se abalanzaron sobre Laín.

Aunque el problema no fue despacharlos, pese a las heridas y al costado maltrecho.

El mal llegó después.

Maltrecho como estaba, dolorido, bulléndole en la cabeza cuanto se traía entre manos, parecía presa fácil. Pero Laín no tuvo que esforzarse mucho para acabar con aquellos jaques.

No eran hombres dedicados a la guerra, sólo matones de tres al cuarto que habían hecho porvenir cobrando deudas en los atracaderos de Vigo. Una mano le hubiera bastado para despacharlos.

Cuando se le acercaron a toda prisa, lo vi renegar con aires cansinos, harto. No les dijo nada, ni siquiera los conminó a olvidarse de aquel asunto. Sólo se dejó llevar por sus años de experiencia, por cuanto había aprendido arriesgando el gaznate en correrías por miles de leguas.

En la primera embestida, el brazo de Julián Núñez acabó en el suelo de un tajo limpio, y a los otros dos los ensartó sin más dificultades.

En apenas un suspiro, ya sólo quedaba Perico, que seguía agarrándome del pescuezo, mientras que yo no tenía otra que mantenerme de puntillas para respirar malamente.

Se volvió hacia nosotros y levantó la espada hasta que apuntó por encima de mi hombro, hacia mi captor. Era una advertencia clara. Y yo me sentí aliviado de inmediato. Parecía que, una vez más, iba a salir del lío con el pellejo entero.

Lo recuerdo bien. Con los años, mi memoria se ha hecho frágil. Me cuesta acordarme de lo que pasó ayer, o anteayer. Diantres, me cuesta acordarme de lo que pasó esta mañana en el refectorio, pero no olvido aquellos años, aquellos días. Aquella noche de lluvia en Compostela sigue viva, brillando como fuego.

Al norte de la catedral estaba el palacio de Gelmírez y el mercado que usaban los peregrinos, al que llamaban «del Paraíso»; entremedias, rodeando la inmensa iglesia, unas pocas calles que iban y venían a la sombra de aquellos grandes edificios. Era una barriada pequeña, apretada entre la seo y las antiguas murallas. Algunos la llamaban Sofrades, que era también como le decían a la puerta que daba, precisamente, al monasterio de los frades de San Martín Pinario.

Y allí estábamos. A la vuelta de una esquina hecha de granitos viejos. La lluvia volvió a arreciar. Se levantó un viento que aulló en los callejones.

Mal sembrados a su alrededor estaban los cuerpos, sobre las losas cubiertas de agua. Él, en pie, amenazaba con su espada.

Yo sentía la garra de Perico apretándome el gaznate. Y, justo cuando había empezado a alimentar esperanzas de que Laín me sacaría de allí entero, lo vi.

A sus espaldas, uno de los muertos se movió.

Al principio pensé que era sólo un estertor, quizás un último acto de contrición piadosa ante la agonía de la muerte. Pero entonces la mano del cadáver buscó el pomo de una espada que había cerca, empapada en las piedras bañadas de agua.

Cuando el muerto aferró el arma, no sólo yo me di cuenta de lo que pretendía, también Perico, que gruñó, apretó su presa y dio un paso atrás, tentando a Laín.

Fue una danza. Él, con la espada en alto, también avanzó y, en su expresión, se advertía que no le quedaba paciencia.

—Suéltalo —dijo—, suéltalo y marcha en paz.

Entonces fue cuando intenté avisarle. Y Perico tendió su trampa. Dio otro paso atrás, arrastrándome. Apretó aún más, haciendo que cada vez que yo respiraba me saliera de la gorja un silbido angustioso.

Forcejeé para zafarme, pero el antebrazo de aquel oso era como hierro forjado; de nada servían mis golpes y mis arañazos y no era capaz de gritar para advertir a Laín. Intenté señalar con mi mano temblorosa, pero no funcionó.

Me vio, pero debió tomarlo como súplica, como la de un mendigo pidiendo limosna.

Intenté gritar otra vez. Fui incapaz.

Perico lo veía tan bien como yo. Estaba intentando atraer a Laín, encelarlo, darle una oportunidad al otro, que ya se había puesto a gatas, con la espada en la mano.

Era Fruela. No estaba muerto.

Yo hacía cuantos aspavientos podía, intentaba gritar, pero nada funcionaba. La lluvia, la engañifa de Perico, que seguía retrocediendo, quizá también su cansancio y sus heridas… Laín no se percató de que su enemigo se preparaba para atacarle por la espalda.

Propio de aquel hideputa cobarde y malparido.

También estaba herido, sangre oscura, negra en aquella penumbra, manaba de un tajo que le había atravesado las entrañas, y la lluvia se la llevaba como queriendo limpiar la ofensa. Pero el odio le daba ánimos. Fruela se tambaleó, logró afianzar los pies, equilibró la espada en su mano y dio un paso más hacia las espaldas de Laín.

Por primera vez en mi vida reuní el valor de hacer algo más que quejarme de mi mala suerte. Lo juro. Y no en vano. Sentí la obligación de hacer algo para evitar la desgracia. Sentí el peso de la conciencia.

Un hierro afilado apuntaba ya hacia el cuello de Laín y, no sé de dónde, lo juro por lo más sagrado, no lo sé, pero saqué fuerzas de flaqueza.

Levanté el pie derecho tan arriba como pude, y descargué, con toda mi alma, un pisotón en los juanetes de Perico.

Era un tipo enorme, baqueteado por cientos de peleas de taberna, y seguro que no le hizo mucho daño, pero lo tomó por sorpresa. Soltó un alarido y su brazo se relajó.

—¡Detrás de ti! —ronco, grité a todo pulmón mientras me revolvía para escapar.

Me dolió en el alma hacer algo así, pero no pude evitarlo; al escabullirme me di la vuelta y, con el acierto que da la costumbre, cogí la cítola que llevaba al hombro.

Qué pena. Me había acompañado muchos años y con ella había compuesto muchas tonadas.

Se la estampé a Perico en los morros. Y me dolió tanto a mí como a él. Sonaron por última vez las cuerdas al desaparejarse, como maullidos lastimeros. Saltaron astillas, se quebró el mástil. Y yo volví a gritar.

—¡Cuidado! ¡A tu espalda!

No sé qué hubiera pasado si yo no hubiera encontrado mis agallas. Mientras Perico se tambaleaba, acusando el golpe con el que yo había destrozado mi querida cítola, tuve tiempo de ver cómo Laín recibía en el hombro el tajo que iba para su cuello. Cayó de rodillas y temí que Fruela tuviera tiempo de intentarlo de nuevo. Pero yo tampoco tenía ocasión que perder. Las maderas de mi pobre cítola no eran rival para el gigante Perico y me escurrí como pude hasta una daga perdida que había visto brillar en el suelo. Dispuesto a seguir peleando con mi valor recién descubierto.

De no ser porque llevaba de ventaja el golpe de la cítola, no hubiera podido hacerme con él.

La suerte me acompañó y, cuando echaba los brazos hacia delante para atraparme en un abrazo con el que me hubiera quebrado el espinazo, aproveché la diferencia de estaturas. Le clavé el puñal en el sobaco y, en cuanto lo retiré, salió tanta sangre como jamás había visto en mi vida. A borbotones, tan rápido que su rostro congestionado se volvió ceniciento.

Aquel matasiete de Perico, de poco seso y mucho tiro, es el único hombre al que he quitado la vida. Y, pese a haberme confesado y haber sido absuelto, sigo sintiendo remordimientos. La excusa de saber que no tenía otro remedio, que luchaba por mi vida, nunca me ha servido de consuelo. Yo lo maté, y el peso de ese pecado atroz es el que me ha terminado llevando a este monasterio de Carboeiro desde el que, muerto el rey Afonso, cumplo por fin mi palabra y escribo la historia que viví junto a Laín de San Paio.

Tan terrible es quitar una vida que nunca he podido comprender cómo los caballeros, los soldados y los hombres de la guerra pueden siquiera conciliar el sueño. Cuántos tormentos y pesadillas deben perseguirles cada noche.

Perico se derrumbó sin decir una sola palabra, mirándome con aquellos ojos grandes y oscuros.

Cuando me pude dar la vuelta, descubrí a los dos hermanos tendidos en el suelo anegado. Y yo temí que ambos estuvieran muertos.

Dentro de mí sentí el impulso irrefrenable de salir por piernas, de alejarme de aquel desaguisado y no volver la vista atrás. Bien sabe el Señor que siempre he huido de los problemas. Y la tentación fue grande.

Ninguno de los dos se movía. Parecía que tampoco respiraban.

Una parte de mí quería marcharse a toda prisa y olvidar aquel condenado asunto para siempre.

—¿Cómo demonios he acabado yo metido en esto?

Me lo pregunté a mí mismo y no supe responderme. En cualquier momento vendrían los guardias del obispado o algún caballero. Acabaría preso o muerto. Nadie iba a creer a un pobre trovador.

—Las buenas mujeres y las buenas historias…

Tomé la decisión de inmediato.

—A tomar viento…

Pero no pude hacerlo. Uno de ellos se movió con un lamento. Seguía vivo.

Y, por primera vez en mi vida, hice lo correcto.

Cuanto más se negaba, más bella me parecía.

Sacudía su cabeza y repetía una y otra vez:

—No, imposible, ni hablar, no, no. No.

En algún momento de aquella retahíla yo solté mi primer estornudo y aquello pareció preocuparla, porque me miró con ojos llenos de conmiseración.

—¡No! —repitió con firmeza, recomponiéndose.

Y me cerró la puerta en las narices, dejándome abandonado bajo la lluvia, cubierto de frío, estornudando.

Laín había levantado su mano hacia mí. Estaba vivo.

Resultó evidente que lo mío no era la guerra: por segunda vez aquella noche había dado por muerto a quien no lo estaba.

Yo no reaccioné hasta que intentó incorporarse. Había recibido otra herida en el pecho, tenía la mitad de la cara magullada por algún codazo y aferraba la espada en la mano izquierda con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Era el hierro de Guy de Tarba, el mismo que había recuperado en Alamut rebuscando entre las cenizas después de que los mogoles arrasaran el lugar.

La sujetaba como si fuera la soga que lo unía a la vida que le quedaba.

Estaba vivo, pero se moría. No me cupo duda.

Por unos instantes sentí la imperiosa necesidad de lavarme las manos como el mismo Pilatos. Era mucho más fácil salir corriendo. Sin embargo, igual que había encontrado los redaños para enfrentarme a Perico, en algún lugar desconocido de mis tripas surgió la conciencia.

Lo malo fue que pensarlo era muy distinto a hacerlo. Laín me sacaba más de dos palmos, y yo pesaba tanto como una sola de sus piernas. Peor aún con el sayo empapado, la cota de maya, las armas y toda la pena que cargaba. Cuando intenté alzarlo, fue imposible.

Fue entonces cuando apareció la yegua. De la mula nunca más se volvió a saber; probablemente salió espantada y terminó por encontrar una esquina donde vaciar el vientre podrido que tenía. Pero la yegua se acercó a su jinete haciendo sonar los cascos en la piedra. Resoplaba por los ollares y traía la cabeza gacha, arrastrando las riendas por charcos en los que la lluvia pintaba espirales. No se dignó a mirarme siquiera y olisqueó el pecho de Laín sin asustarse por el tufo de la sangre.

El agua le caía por las crines y le deslustraba el manto, pero lo que daba pena eran los ojos, en los que se veía el miedo que sentía por la pobre condición de su amo. Laín volvió a levantar la mano y le acarició la frente, y ella resopló con calidez.

Entonces tuve la idea.

—Tú me ayudarás —hablé a la yegua.

Ella tirando, yo empujando y Laín amarrado a las riendas. Tras mucho porfiar, conseguimos ponerlo en pie y luego, tras otra tanda de resoplidos y, gracias a que el animal aguantó en el sitio con paciencia y entendimiento, se consiguió echarlo encima de la silla como un fardo.

Después vino la decisión que tomar.

Y lo único que se me ocurrió fue presentarme en aquella puerta de la botica, la que acababan de cerrarme en las narices.

Seguía lloviendo, porque en Compostela, cuando no orvalla, es que diluvia, y yo estaba allí parado, sin saber qué hacer, estornudando y sintiendo las primeras fiebres subirme desde la riñonada. Él estaba herido, yo enfermo. La fortuna que cargaba, la que había recuperado de Alamut junto con la espada, se la había regalado a ella y no teníamos un mísero cobre.

Estaba empezando a arrepentirme de haber obrado de buena conciencia cuando la puerta se abrió otra vez y, de nuevo, asomó la luz de un candil.

—¿Y la mula? —preguntó Almodís.

—Cagándose por alguna esquina —respondí atontado.

Vi más luz en su rostro al sonreír que la que había en aquel pobre fanal de grasa rancia que ardía lastimero.

—Pasa —me dijo sin más, recogiéndose un mechón caído detrás de la oreja.

Crucé el umbral echando un último vistazo a la espalda. Por puro milagro no vi a ninguno de los hombres del obispo. Estábamos a salvo.

A partir de entonces, loado sea el Señor misericordioso, ella se hizo cargo de todo.

Arrimó leña al fuego, puso agua a hervir, sacó trapos limpios, aguja e hilo de sutura, preparó tinturas y emplastos, y sólo me obligó a seguir entero para que la ayudase a desvestir a Laín.

Recuerdo que la cabeza ya no me regía como era debido. Entre los estornudos y la fiebre galopante, apenas me tenía en pie. Sin embargo, a mí se me encogió el corazón y a ella se le escapó un suspiro cuando vimos las cicatrices.

No tenía aún treinta años, y además de los requiebros de sus músculos, tenía la piel cubierta de cicatrices. La vida lo había hecho viejo antes de tiempo.

Lo tumbamos junto al fuego del hogar y el gato vino enseguida a hacerle arrumacos. Él estaba ido.

Me dio una infusión amarga, me dijo que me sacara la ropa empapada y que usara una vieja manta de lana para taparme.

Me durmieron las fiebres y, antes de ponerme a soñar con la fama que lograría gracias a aquella historia, lo último que vi fue a Almodís remendando las heridas de Laín al contraluz del fuego.

Hace ya muchos años que no bebo otro vino que no sea el dulce de la misa, pero en mi alocada juventud pasé por más de una buena borrachera, de esas que le dan a uno fuerzas de mentira y voluntad firme como grasa caliente. Así me sentí por unos días.

Las fiebres me consumieron. Tosía, estornudaba, dormitaba. De tanto en tanto sorbía caldos que ella me ofrecía con paciencia y, cuando podía, echaba un vistazo al otro paciente de la botica.

Estaba peor que yo. Mucho peor.

Todo magullado. Apenas consciente. Las heridas enrojecidas abultaban los puntos, cosidos con largos cabellos de las muchachas de mala vida que ejercían cerca de la puerta de Mazarelos, pues, cuando les faltaban clientes, vendían mechones a boticarios y cirujanos para que remendasen a los cristianos que peleaban con el moro en el sur.

Recuerdo bien que todo olía a ajo y a romero porque, machacados con unto de ciervo, de eso estaban hechos los emplastos que Almodís usaba para luchar contra la muerte, que campaba por la casa esperando su oportunidad de llevarse al bastardo de San Paio.

No sé cuántos días pasé en aquel duermevela inquieto y bochornoso de las fiebres, y tampoco le pregunté. Pero cuando una noche desperté sintiéndome con nervio para incorporarme, me la encontré allí. No nos había abandonado ni un solo instante; quién sabe por mor de qué lealtades. Estaba sentada en un taburete y le cambiaba los trapos empapados de la frente, los que usaba para combatir las calenturas que, también a él, le estaban royendo las carnes.

—¿Estás mejor?

Mi cabeza seguía sin regirme como Dios manda, pero sentía en el cuerpo que las fuerzas habían regresado, al menos en parte. Iba camino de salir del trance.

—Creo que sí.

Recuerdo que tenía la boca como si hubiera metido la lengua en cera de abeja derretida.

—Cambia las compresas cuando se calienten y, si despierta, intenta que coma algo de caldo —añadió señalando el pote junto a las brasas—. Yo voy a descansar un poco.

Ni las ojeras ni el mal color la estropeaban en lo más mínimo. Pero no tenía yo el cuerpo para galanteos y asentí levantándome.

Ella se arrebujó en el mantón que tenía echado sobre los hombros y nos dejó a Lisco y a mí la tarea de velar por Laín.

Una parte de mí volvió a gritarme que debía marchar, que ya tenía lo que buscaba. Mi historia. Una buena historia. Sin embargo, inexplicablemente, había nacido en mí la necesidad de comportarme como era debido.

Ahora que los años me han regalado juicio me doy cuenta. De no ser porque aquel encapuchado apareció para salvarme de los matones del Tres Cantos, me hubiera acabado condenando a los infiernos. Hasta entonces la mía había sido una vida descarriada y mísera, llena de pecado, vacía de arrepentimiento.

Menos mal que la providencia me dio otra oportunidad.

Pasé una larga noche cambiando las compresas por otras recién remojadas en cuanto el calor que salía de su cuerpo las destemplaba. Sólo se oía su respirar trabajoso, el laborar del fuego en las brasas y, de vez en cuando, un maullido lastimero, al que la yegua contestaba desde los establos con un resoplido.

Fueron pasando los días y yo me recuperé. Gané aplomo y pude dar pequeños paseos por la casa. Los estornudos fueron a menos; la tos se quedó en una molesta carraspera que me dejó la voz ronca. Fue entonces cuando me preocupé por mis habilidades para cantar, y caí dolorosamente en la cuenta de que había perdido para siempre mi cítola.

Me había acompañado tantos años y sería tan difícil reunir vellón suficiente para comprar otra…

En aquellas cuitas estaba unos días después, junto a Laín y al dichoso gato, que no se había separado de él, y, aún sin tener cuerdas que rasgar, empecé a tararear para probar mi voz, que aún sentía quebradiza, con el romance de los infantes.

Saliendo de Canicosa

por el val de Arabiana,

donde don Rodrigo espera

a los hijos de la su hermana,

por campo de Palomares

vio venir muy gran compaña…

Fui entonando con mimo. Aún tenía la garganta rasposa.

… muchas armas reluciendo,

mucha adarga bien labrada,

mucho caballo ligero,

mucha lanza relumbraba,

mucho estandarte y bandera

por los aires revolaba…

Vi que Almodís se paraba en sus tareas. Andaba barriendo con un hatillo de ramas de retama y se detuvo para mirarme. Para mi consuelo, en sus ojos no sólo había sorpresa, sino también encanto. Y descubrí aliviado que la enfermedad no me había robado mi única virtud.

Fue maravilloso verla sonreír de nuevo.

—No, no pares, por favor, nos conviene algo de alegría —me dijo, poniéndose de nuevo a la faena, con la cabeza inclinada para oír mejor.

—¡Mueran, mueran —van diciendo—

los siete infantes de Lara!

¡Venguemos a don Rodrigo,

pues que tiene de ellos saña!

Allí está Nuño Salido,

el ayo que los criara;

Desde que nos había acogido como fugitivos se había mantenido taciturna y seria. Tasaba las palabras y parecía luchar con el impulso de echarnos a patadas de su casa y librarse de todos los problemas. La botica permanecía cerrada, pero yo no creía, y sigo sin creer, que el problema de ella fuera la falta de clientes y de sus dineros. No le gustábamos. Quizá fuera mejor decir que no le gustaba lo que representábamos, o lo que le recordábamos. Y era fácil entenderlo. Laín le traía al presente el fantasma de un padre al que no conoció, de un padre que había abandonado a su familia por culpa de un deber que ella no podía comprender.

Yo cantaba y me iba gustando tanto a mí mismo que ni siquiera me di cuenta de que subía el volumen a medida que ganaba confianza en mi propia voz, aún frágil. Seguía el compás taconeando y movía los dedos como si tuviera la cítola entre mis manos.

… como ve la gran morisma

de esta manera les habla:

—¡Oh los mis amados hijos!

¡Quién vivo no se hallara

por no ver tan gran dolor

como agora se esperaba!

Si no os hubiera criado,

no sintiera tanta rabia;

mas quiéroos tanto, mis hijos,

que se me arrancaba el alma.

¡Ciertamente nuestra muerte

está bien aparejada!

Entonces fue cuando lo vi. Sus ojos, abiertos, eran como esquirlas de pizarra.

—Almodís —dejé de cantar y la llamé, pues era ella quien ejercía de sanadora.

Al notar que callaba ya se había vuelto hacia donde estábamos.

Laín no quedó desconcertado. Como casi todo en la vida, se tomó su despertar con cachazuda resignación. Nos miró, miró en derredor, miró al gato y pidió agua.

Se la dio Almodís, fresca de la fuente que había en la rúa Nova.

Y no fue tan fácil como lo había sido para mí; claro que lo mío era una mojadura y lo suyo tajos, heridas de espada y una golpiza, pero se fue recuperando poco a poco. Cada día permanecía más tiempo despierto y con la cabeza despejada.

Lo que no mejoraba era el humor de Almodís. Yo temía que se hartase de nosotros y nos mandase a tomar viento con dos puntapiés en salva sea la parte.

—En cuanto se tenga en pie, os vais —repetía de tanto en tanto mirándonos muy severa a los dos.

Y Laín ponía toda su voluntad en complacerla, pero la herida de la pierna seguía tierna y sus fuerzas estaban mermadas.

Pese a su convalecer, hablábamos de vez en cuando. Bueno, yo hablaba y él asentía o negaba usando tan pocas palabras que, tal y como me había contado sobre el infante Guy de Tarba, parecía que le salieran caras.

Para cuando el otoño estaba bien asentado y de la calle llegaban noticias de vendimia, yo ya había empezado a componer esta historia y, una tarde, mientras Lisco ronroneaba en su regazo, le hablé de ello.

—Recuerda, no hasta que el rey muera —me insistió—; no puedes contarla antes.

Yo seguía sin entender a qué venía aquel empecinamiento. Afonso, el décimo, llevaba con la corona en la testa unos pocos años por aquel entonces, cuatro o cinco si no recuerdo mal. Era aún hombre joven y fuerte, gallardo. Había ya conquistado Jerez, Morón y Lebrija, aunque los moros seguían resistiendo en el reino de Niebla. Se rumoreaba que tenía el ímpetu de su padre por cruzar el estrecho y conquistar África en una cruzada contra los agarenos.

Además, en esos días se hablaba mucho de los últimos fueros publicados por el rey, de la pobre Cristina de Noruega, a la que había traído para casar con ella, pero que tenía abandonada en algún convento de Burgos. Se comentaba también el asunto de Teobaldo de Navarra, que le había rendido vasallaje a cambio de San Sebastián y Fuenterrabía.

Y, más que de ninguna otra cosa, se charlaba sobre la embajada llegada de Pisa y el asunto del trono imperial. Muchos mentideros aseguraban ya que la cosa estaba hecha, que nuestro rey Afonso iba a llevarse la corona del Sacro Imperio Germánico.

Vamos, que le faltaban años de quehaceres terrenales al rey Afonso antes de verse la cara con san Pedro a las cancelas del cielo. Y yo, tonto de mí, no entendía aquel empecinamiento de Laín. Sin embargo, estaba dispuesto a cumplir mi palabra.

—Descuida, así lo haré —le aseguré con toda honestidad.

Entonces, como todo parecía zanjado, se me ocurrió preguntarle:

—¿Y qué harás tú? Ahora que ya ha terminado todo.

Recuerdo muy bien el escalofrío que me subió por el espinazo cuando se volvió hacia mí. Mirarlo era como mirar una galerna acercarse desde un falucho desvencijado al que se le han caído los remos.

—No ha terminado.

No entendí.

—Pero ya consagraste las tumbas —dije yo, alzando un dedo—, ya diste el recado —continué, alzando dos y señalando con el mentón a Almodís, que nos miraba mientras atendía con el cucharón el pote del trébede—, y acabaste con Fruela —terminé con tres dedos en el aire, como sus juramentos.

Él me miró con aires cansados.

—Fruela no era el único, hay otro.

—¿El templario? ¿Baños? También murió —le dije yo.

Pero él negó e insistió.

—Aún no ha terminado.

Su voz fue un lamento, como el más lúgubre tono de una gaita perdiéndose entre las piedras mojadas de la ciudad.

—Hay algo más que debo contarte…