Laín

Francisco Narla · Capítulo 11 de 25

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Laín

Estrofa IX. Los canales de agua

ESTROFA

IX

LOS CANALES DE AGUA

«… somos poca compañía, de armas menguados seremos, si nos vencen, todos descabezados…».

Poema de Fernán González, de autor desconocido

Al mirar hacia arriba se dio cuenta de que era casi la hora sexta, y supo que más le valdría apurarse.

Acercándose al mediodía, el sol brillaba rabioso entre hiladas de nubes blancas que zurcían el cielo. Envuelta en un frío húmedo que calaba los huesos y hacía protestar a los viejos, la luz limpia de la mañana de invierno caía sobre la laguna, que era de aguas verdosas y plácidas, sacudidas tan sólo por las estelas de una miríada de barcos, falúas, chalupas y botes.

Por la bahía circulaba un tráfico constante en todas direcciones, un caos que dibujaba efímeros garabatos entre las suaves olas. Por algún capricho del destino, el Po y el Piave, en lugar de verterse a mar abierto, lo hacían a aquella laguna encerrada entre brazos de tierra, que era como un tazón de vino lleno de migas de pan remojadas. Y por entre aquel centenar de migas iban y venían, desde la costa, hacia el golfo o, simplemente viajando entre los islotes, todas aquellas embarcaciones de cualquier factura imaginable.

A media legua en tierra firme, desde donde estaba, no podía oír las maldiciones, las quejas y las protestas de los patrones, pero estaba seguro de que no faltarían los gritos que se dedicaban unos y otros, porque la sensación que transmitían rayaba la locura. Todo era agitación: se bamboleaban de un lado a otro y se veían puños alzados, gestos obscenos e imprecaciones para las que no hubiera hecho falta traducción. En las idas y venidas, hacia y desde el dédalo de canales, se palpaba el increíble ajetreo que definía el poderío comercial del lugar.

Aunque llevaba meses viendo el mismo trasiego, aquel pandemónium irrefrenable no dejaba de sorprenderle. Criado entre árboles y bosques, sin más compañía que sus animales, aquella inmensidad atareada de gentes, casas, iglesias, palacios, fosos, canales, y quién sabía qué mil cosas más, no dejaba de asombrarlo.

Frente a él, a una distancia que estaba seguro de poder cubrir nadando, estaba la primera de las islas, la que llamaban la Giudecca, donde le habían dicho que estaba la judería y que era uno de los barrios más antiguos. Allende, uno de los canales más amplios de entre la multitud que perfilaban aquel inigualable lugar y, más lejos, como una montonera de lentejas de agua que hubiera podido encontrar en un remanso de su río en San Paio, aquel laberinto de calles, callejuelas, callejones, puentes, pontones y brazos de agua de todos los tamaños que daban forma al abigarrado conjunto de islas e islotes. Era como observar un hormiguero, pero, en lugar de ramillas y hojarasca, allí sobresalían las cúpulas, las torres y las espadañas de los campanarios.

Lume gruñó y el muchacho, desentendiéndose de la asombrosa ciudad, se giró hacia donde estaba el perro.

Con los hocicos levantados, el animal venteaba la copa de un tupido ciprés, entre cuyas raíces habían quedado atrapadas unas piedras viejas y comidas por los años. Quizás en tiempos había sido la villa de algún potentado o algún ara olvidada. Ahora ya sólo se intuían escombros, enredados en madejas de hierbas. Lume, agitado, daba vueltas al tronco, mirando siempre hacia arriba.

—¿Qué has encontrado? —le preguntó a la vez que se alejaba de la orilla sobre la laguna—. ¿Están ahí?

El animal, encelado, apenas le prestó atención. Contenía sus instintos y hacía bien el trabajo para el que lo habían adiestrado, pero su excitación era evidente. Aun así, se refrenó hasta que su amo estuvo a su lado.

Y, antes de que pudiera darle la orden, las palomas, que se habían refugiado en algún escondrijo entre las frondosas ramas, salieron volando a toda prisa, alejándose por puro reflejo de la amenaza que intuían en los colmillos del perro.

—Buen chico, bien hecho —lo felicitó Laín palmeándole el pescuezo con golpes cariñosos—. Muy bien.

Se volvió para ver a las aves alejarse. Eran rechonchas, de plumas grises que viraban al azul, con ribetes blanquecinos, obispillos claros y unas curiosas franjas que les cruzaban las alas y sólo podían verse cuando las desplegaban para volar.

Como siempre que abundaba la basura, las había por doquier. De hecho, desde que habían llegado a Venecia a Laín no dejaba de asombrarle la cantidad de ellas que aleteaban de un lado a otro de la laguna, acomodándose en los altos edificios y haciendo que cualquier caminante desprevenido acabase con la pucha llena de cagadas si se arrimaba a las fachadas. Además, bastaba llevar un mendrugo de pan en la mano, o cualquier otra cosa que pudieran echarse al pico, para que, al poco, aparecieran, como por encanto, bandadas de ellas pidiendo limosna.

Una salió rápida como una flecha, apuntando hacia San Nicolás y el mercado de pescado, en uno de los extremos de aquella ciudad flotante. La otra, sorprendentemente, se volvió con una acrobacia y pasó por encima del ciprés, adentrándose tierra adentro, sobre un terreno donde crecían matojos desperdigados sin que los árboles lograran hacerse dueños, como si aquel lugar hubiera sido un campo de labranza hasta poco antes.

Laín la observó batir las alas y ganar velocidad mientras se alejaba.

—Ahora no vayas a estropearlo todo —le dijo al perro—. Quédate a mi lado y no armes barullo.

Sin perder de vista a la paloma, se encaminó en la misma dirección en la que se había echado a volar. Y el perro, que respiraba acalorado, con la lengua fuera y grandes resuellos, obedeció. Lo siguió pegado a sus talones, alzando de vez en cuando la cabeza para mirarlo.

—Ya verás —dijo con evidente excitación—. Lo hará bien, estoy seguro.

Empezaba a ganarles distancia, pero la silueta gris ceniza de la paloma seguía siendo perfectamente visible. Desplazándose con rapidez a unos palmos del suelo, sin ganar aire, aleteando frenéticamente.

Entonces el muchacho silbó con fuerza, echando de golpe todo el fuelle de sus pulmones, soplando entre los labios, fruncidos sobre dos dedos con los que sujetaba la lengua doblada hacia el cielo del paladar.

Y miró a las alturas para ver si ella reaccionaba a su llamada.

Iba a ser un lance difícil porque, si la paloma no ascendía, no habría oportunidad de maniobrar. Se corría el riesgo de que todo acabara en una desgracia. Podía estrellarse contra el suelo si marraba, aunque sólo fuera por un pellizco. Pero eso era parte de la emoción de la caza; esos envites eran los que se recordaban durante largo tiempo. Los que servían para contarlos con admiración, manejando las manos encima de una mesa con sus vasos de vino y su jarra terciada.

A partir de ese momento, todo sucedió tan rápido que Laín tuvo que esforzarse por no perder detalle.

—¡Va!, ¡va!, ¡va!, ¡va! —gritó animándola—, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va…!

Una figura afilada cayó en picado desde una altura increíble, como si se hubiera precipitado al vacío desde aquellas puntadas blancas que le hacían un pespunte al cielo.

Sin darse cuenta de que lo hacía, Laín entrecerró los ojos, igual que galopando a más no poder con la brisa obligándolo a lagrimear. Y cuando la rapaz giró para ajustar la trayectoria, él inclinó la cabeza, como si estuviera montando sobre sus alas, sintiendo el viento en la cara.

Hubiera dado cuanto tenía, que no era mucho, para poder imitarla. Cruzar el cielo así, en un suspiro, con aquella elegancia, cortando el aire como el mejor trabajo del herrero, acercándose al suelo en un picado imposible.

—¡Va!, ¡va!, ¡va!, ¡va! —volvió a gritar—, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va…!

Con una precisión difícil de creer, cuando apenas faltaban unos cuantos palmos para que las trayectorias de los dos pájaros se cruzasen, la hembra de halcón movió ligeramente una de sus alas. Laín pudo percibirlo por el cambio en la silueta. Incluso le pareció ver como las largas plumas remeras se curvaban por la tensión, adaptándose a la maniobra, igual que sogas en una polea.

Admirado por el valor de la cazadora, Laín reconoció con recelo que aquél era un lance casi imposible.

Lo más probable era que fallase, y lo que más temía Laín era que el halcón se hiriese al estamparse contra el suelo. Ya lo había visto antes: ciegas por la pasión de la caza, a veces las rapaces tenían un mal final en intentos como aquél.

—¡Va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!, ¡va!

Iba muy justo. Si fallaba por poco, evitaría la tierra, pero la paloma escaparía antes de que tuviera ocasión de volver a ganar altura; y, si fallaba por irse largo, lo más probable era que se rompiese la crisma.

Con el corazón encogido y sin poder hacer otra cosa que aguardar acontecimientos, Laín observaba intentando hacer acopio de esperanzas, porque en el tiempo que habían pasado juntos se habían hecho amigos.

La había criado desde que no era más que un pollo despelucado. Y había sido un esfuerzo considerable ocuparse de ella todos los días. Buscando huecos y tiempos para hacerla volar, para adiestrarla con el fiador, para atraerla con el cimbel, para prepararle las pihuelas y los cascabeles, para enseñarle a acudir a su llamada, para que atacase con la señal de su silbido.

No había sido fácil. La instrucción de Guy lo mantenía siempre ocupado y, cuando tenía un momento libre, debía atender a las incomodidades del viaje y a los quehaceres a su cargo.

Desde que abandonaran la Navarrería, todo habían sido prisas. Hasta ahora, que llevaban meses estancados en Venecia.

Al tomar la decisión de continuar adelante, y con la sospecha de cuáles eran las intenciones del alcarreño Baños y su grupo, no les había quedado más remedio que aprovecharse de los contactos de Ciriaco para abandonar la capital navarra al amparo de la noche, procurando despistar al grupo de templarios.

Guy de Tarba había advertido al muchacho de que se enzarzaban en una locura de la que sería difícil salir bien parados.

—¿Por qué no te vuelves? Ve a Compostela —le había sugerido—, Egeria te recibirá con los brazos abiertos.

Pero la determinación en el semblante de Laín le había dejado claro al gascón que aquél era un tema que no merecía la pena volver a discutir.

De modo que, sin previo aviso, después de saber la verdad sobre el destino de don Rodrigo, Guy se inventó mentiras que repartió con los de la compañía y, gracias al comerciante de reliquias, desaparecieron.

De hecho, el estrafalario Ciriaco se había unido a ellos.

—Es una oportunidad fantástica para cerrar algunos tratos por ahí —había declarado con aquella voz profunda—. La verdad, hacía tiempo que buscaba una excusa con la que airearme un poco. Lo pasaremos bien.

—Te juegas el cuello —apostilló Guy—. Si vas con nosotros imaginarán que intentas robarles los dichosos maderos —le advirtió—. No les hará falta indagar mucho para saber a qué te dedicas. Y, aunque no sea cierto, atarán cabos.

—Bah, no creo que suelten muchas lenguas por aquí —despreció Ciriaco con tono burlón—. Además, me importa un carajo, llevo demasiado tiempo apoltronado. Con un poco de suerte, podré hacer negocios provechosos. Me han soplado interesantes noticias sobre un griego que comercia en Venecia con quermes de buena calidad, y ya sabes que las tinturas son ligeras y caras, perfectas para hacer dineros viajando —declaró con una sonrisa enorme y radiante.

Tanto Laín como Guy estuvieron de acuerdo en que no estaban en disposición de rechazar la mano que les ofrecían, porque, pese a que no lo dijera abiertamente y se escudase en los negocios, ambos se convencieron de que el mercader pretendía ayudarlos.

Y sus servicios fueron inestimables. Fue Ciriaco el que proporcionó montura para el muchacho y un mulo para los pertrechos, además de que uno de sus contactos les hizo de guía para cruzar el Pirineo.

El tipo tenía las mejillas plagadas de lobanillos. Atildado y redicho, presumía de haber visto con sus propios ojos a las hordas mogolas cuando habían cruzado el Danubio para sembrar de fuego el reino de los polacos. Se daba las maneras de un ricohombre, aunque no fuera nada más que un trapichero de oportunidades, y respondía al nombre de Guillem. Sin embargo, a pesar de la mala espina que despertó en el gascón, cumplió eficazmente, demostrando el buen juicio de Ciriaco al elegirlo.

Los sacó de la Navarrería de noche. Con la familiaridad de quien lo hace habitualmente, sobornó a los guardas que protegían la puerta en las murallas y pagó con exceso a los que cobraban el pontazgo en el puente de la Magdalena, comprando silencios que, sin duda, serían frágiles, pero que les darían algo de ventaja en cuanto los templarios de Baños se dieran cuenta de que el hombre que guardaba el secreto que ansiaban se les había escapado.

Con la práctica de muchas otras noches similares, y encantado de tener la oportunidad de hacer un buen papel con quien era uno de sus mejores patronos, Guillem se esforzó planeando la ruta que seguirían.

Lo habitual, si uno no necesitaba pasar desapercibido, era aprovecharse del mismo camino que usaban los peregrinos que iban y venían de Compostela. O sea, seguir hacia el norte para atravesar la sierra a través del desfiladero de Roncesvalles.

—Ahí es donde murió heroicamente Roldán —le dijo Ciriaco al muchacho, quien, en los últimos tiempos, animado por la instrucción con la espada, se dejaba llevar por las ensoñaciones que despertaban las grandes gestas—. Los vascones se aliaron con los sarracenos y atacaron la retaguardia del ejército de Carlomagno. En aquel fragor, el aguerrido Roldán quedó solo, pero no se arredró, peleó hasta el final.

En cualquier feria había un trovador dispuesto a cantar alguna versión de la leyenda, y estar tan cerca de aquel lugar impresionó hondamente a Laín, que se llevó una decepción al saber que no tomarían esa ruta.

—Es mejor que vayamos hacia Jaca, por el camino que cruza las tierras del rey don Jaime —había aclarado Guillem—. Seguiremos el valle del Echo hacia el puerto del Palo y, de ahí, a Tolosa.

Aunque no le habían dicho que querían evitar que los siguiesen, su guía se había hecho rápidamente una composición de lugar sin necesidad de que le revelasen la verdad.

—El de los aragoneses es un camino más largo —les había informado Guillem—, pero imagino que nos conviene —supuso con actitud complaciente.

Y era cierto. Las dos rutas, brazos de una horquilla que desembocaban en Puente la Reina, les servirían para llegar a las tierras francas y lo más probable era que, cuando se dieran cuenta de su partida, el grupo de templarios se lanzase al galope hacia Roncesvalles por el ramal más directo, y no hacia el otro lado, que suponía un rodeo.

Así pasaron por lugares que enseguida despertaron la imaginación del muchacho, como el monasterio de San Juan de la Peña. El templo estaba excavado en la misma roca, en la ladera de una montaña plagada de enebros y endrinos, rodeada de nieblas que parecían colgarse como fruta de los árboles achaparrados que crecían en aquellas alturas del monte. Era un lugar donde la mística parecía transpirar de las mismas piedras. El cenobio tenía su origen en una fuente descubierta por un noble que abjuró de todas sus tierras y, junto a su hermano, decidió dedicarse a una vida de ermitaño en la cueva original. Allí, algún maestro cantero de habilidades excepcionales había tallado los capiteles de las columnas del claustro con escenas que impactaron vivamente a Laín; especialmente uno, el que representaba la circuncisión de Jesús niño, algo que le hizo reflexionar por primera vez en el hecho esquivo de que, antes de convertirse en el paladín de toda una iglesia completamente nueva, el Mesías había nacido y había sido educado como judío, como hebreo.

Además, en el increíble lugar había otras sorpresas, porque allí, tal y como le explicó Ciriaco, se guardaba una de las más importantes reliquias del orbe cristiano.

—¿Cuál? —había preguntado al momento Laín.

—Bueno —le había contestado riendo—, el mismísimo cáliz de Cristo, el Santo Grial. —Y lo condujo hasta la capilla en la que se mostraba el cuenco de ágata engarzado en oro y joyas—. La copa con la que nuestro salvador ofició en la Última Cena, la misma en la que José de Arimatea recogió su sangre.

—¿Y cómo llegó hasta aquí? —se había interesado Laín, asombrado por la pieza.

—Ah, ésa es una larga historia en la que hay que invertir mucha fe —le había respondido con una enigmática sonrisa—. Y yo no soy el más adecuado para contártela. No sabrías qué debes creer —había dicho entonces, echándose a reír.

Y, ante la cara de estupefacción del muchacho, el mercader de reliquias añadió algo más que no ayudó mucho:

—Muchacho, en algún lugar estará el Santo Grial, no lo dudo —comentó con una seriedad que se veía falsa a la legua—. Pero no creo que nadie pueda saber si éste es en verdad el auténtico o no. Porque, sin esforzar la memoria, yo puedo echar cuentas de otro en León y de otro más en manos del emperador Federico.

Tras echarse a reía a carcajadas, prosiguió:

—Y no creas ni una palabra de lo que puedan decirte los imbéciles de los ingleses, que siguen emperrados en sus cuentos sobre Arturo y todos esos caballeros mojigatos. ¡Incautos! Si me pagaran bien, yo les conseguía el Santo Grial antes de que cambiase la luna, pero es que los ingleses son unos asilvestrados sin cultura y sin pasado. Lo mejor que ha podido pasarles es que los normandos y los daneses los estén invadiendo cada verano, porque, si no fuera así, no habrían aprendido nada. — Por el tono se notaba que el discurso le divertía—. El Santo Grial, ¡vaya cosa!… Y lo mismo pasa con las astillas de la vera cruz, no vayas a pensar distinto; si la mitad de las que se supone que lo son, lo fueran, entonces podríamos llenar con ellas el claustro de este lugar y tener leña para cinco inviernos…

Así, con la curiosidad insatisfecha de Laín en el morral y un mar de dudas en su cabeza, siguieron camino. Atravesaron las montañas y Guillem los llevó por las tierras francas hasta la bulliciosa Tolosa, donde Laín comió por primera vez en su vida mejillones, adobados con mantequilla aderezada de hierbas. Un sabor tan intenso y diferente a todo lo que había probado que el muchacho lamentó dejar la ciudad cuando se pusieron rumbo a levante para atravesar la Provenza, cubierta en esos días del final del verano por interminables campos de lavanda, sobre la que Ciriaco dijo que se hacían pobres negocios, porque, aun siendo muy apreciada, era barata.

Allí se dio cuenta Laín del curioso fenómeno por el que, en lugar de toparse continuamente con peregrinos que se cruzaban con ellos para seguir camino a Compostela y visitar los restos de Santiago el Mayor, empezaron a adelantar a quienes viajaban en su misma dirección, una clase diferente de peregrinos que ansiaban visitar los santos lugares por los que Cristo había predicado. Y, entre éstos, había devotos tan auténticos que, por primera vez en su vida, el muchacho vio espaldas marcadas por el flagelo, e incluso a un hombre que tenía las manos y las rodillas desolladas porque había hecho el voto solemne de llegar hasta Jerusalén a gatas, algo que conmocionó a Laín.

Con aquel derrotero abandonaron definitivamente la ruta que Fruela había trazado para ellos en San Paio. El plan original los hubiera llevado a la novísima ciudad de Aguas Muertas, cuyo atareado puerto daba servicio a infinidad de viajeros y mercancías, que confiaban su seguridad a las imponentes murallas y torres que guarnecían el lugar. Sin embargo, como Ciriaco conocía bien la plaza, pues en más de una ocasión había aguardado allí la llegada de envíos de perlas y sedas, sabía que correrían el riesgo de dejar un rastro que cualquiera podría descubrir invitando a calvados en las tabernas del malecón. Así que desecharon la idea de tomar allí una carraca que los llevase a algún puerto de Tierra Santa.

En lugar de seguir las instrucciones de Fruela, abandonaron la Provenza para internarse en la Lombardía y cruzar un nuevo paso entre montañas, donde Ciriaco le habló al muchacho de Julio César.

—El más grande de los grandes después del mismo Alejandro —le había dicho—. En una ocasión, tras ser secuestrado por piratas bereberes, se enfrentó a ellos asegurándoles que los despellejaría uno a uno.

—Lógico —había repuesto el muchacho—, es lo que cualquiera hubiera hecho.

—Puede, pero lo que a él le molestó no fue el verse secuestrado, sino el bajo precio del rescate que pidieron a su familia —le había repuesto el mercader con una deslumbrante sonrisa que sacudió la mancha en su mejilla.

Abandonaron los picos por una antigua calzada romana a la que llamaban de Brenero, y pasaron por la anárquica Verona. Siguieron hasta la sacrosanta Padua, donde Laín se acordó del borrachín navarro con nombre de santo que comerciaba con cantárida y, finalmente, siguiendo un río impetuoso que se iba ensanchando, llegaron a la desembocadura, que se abría a una enorme laguna donde aguardaba su destino: Venecia.

Tras mucho reflexionar al respecto, Ciriaco y Guy habían llegado a la conclusión de que aquélla era su mejor opción para conseguir, de manera discreta, algún pasaje a San Juan de Acre, Jafa o Ascalona. Porque, desde la caída de Constantinopla, la impresionante urbe flotante se había convertido en la auténtica potencia comercial de todos los mares interiores. Gracias a su apoyo político a la causa del Papa de Occidente y a su contribución en naves y hombres, desde la caída en desgracia del patriarcado de Oriente, la República de Venecia se estaba convirtiendo en un gigante que amenazaba con acaparar hasta el último gramo de oro, el último lingote de plata y el último quilate de perlas que se moviera de un extremo a otro de las rutas comerciales.

El problema al llegar al importantísimo puerto veneciano fue que, por más que porfiaron, no encontraron a ningún patrón dispuesto a embarcarlos, pese a los contactos de Ciriaco. El otoño apuntalaba ya el invierno y la travesía se anunciaba larga. Los rumores de naufragios colmaban los vasos de todas las tabernas y, para cuando el mercader de reliquias había arreglado ya sus compras de quermes y mandado de vuelta a la Navarrería a Guillem, todavía seguían empantanados en Venecia. Allí pasaron un amargo día de la Natividad, aun a pesar de que Ciriaco se gastó sus buenos dineros comprando polluelos de cisne que fueron albardados con tocinos y hierbas, rellenos con ciruelas y piñones, y cocinados en posada al espetón, sobre fuego manso, hasta que la piel quedó churruscada y crujiente.

La espera, entre la impaciencia y la desgana, hasta que llegara la primavera y se organizase una expedición en la que poder embarcarse, la mataban con la instrucción del muchacho y elucubrando qué harían una vez llegasen a las cercanías de Gaza, decisión que no era baladí. Estarían en territorio donde los turcos les rebanarían el pescuezo si los descubrían. Además, en el caso de Laín, cuando las obligaciones se lo permitían, se llevaba una barcaza hasta tierra firme y aprovechaba para hacer volar su halcón.

Y eso había hecho ese mismo día, a apenas una semana del comienzo de la Cuaresma y la misa de ceniza.

La rapaz había resultado un ave excepcional. Una hembra grande y fuerte, de vivos ojos dorados y plumaje brillante, con un pecho en el que destacaba un precioso jaspeado que parecía una cota de malla de la mejor factura.

Volaba bien y cazaba mejor, pero el desasosiego de Laín estaba más que justificado por lo peligroso del lance, y los ojos del muchacho no se despegaban de la acción.

En un parpadeo, las garras ya apuntaban hacia abajo, listas para sajar la carne. Las alas se curvaron con la tensión y la vertiginosa velocidad disminuyó un ápice. Justo a tiempo para impactar con un golpe sordo.

El choque fue tremendo. El picado de la rapaz se detuvo en seco, partiéndole el pescuezo a la paloma al tiempo que sus aguzadísimos garfios alanceaban las pechugas. Y en el aire quedó el campanilleo metálico del cascabel que la prima llevaba. Además, como si las hubieran soplado, salieron despedidas unas pocas plumas de la bravía.

La euforia le arrancó un grito de felicidad al muchacho, exultante por el espectacular vuelo de su halcón.

—¡Bravo, Landra!, ¡bravo! ¿La has visto?, ¿lo viste? —le preguntó a Lume, como si fuera el juez de una competición en las tierras de un rey aficionado a la cetrería—. ¡Ha sido increíble! ¡Espectacular! ¡Bravo, Landra!

Capturada la paloma, vencida por el peso de la presa y empujada por la inercia de su vuelo, la prima dio unos cuantos aletazos que relajaron la caída y terminó posándose en un hueco entre matas de tomillo.

—Túmbate y espérame aquí, no vayas a ponerla nerviosa —el muchacho señaló a Lume, que obedeció al instante, acostumbrado a que siempre le mandasen quedarse atrás cuando cobraban una pieza.

Cuando Laín llegó hasta donde se había posado la cazadora, la rapaz ya había empezado a desplumar a su congénere con fuertes sacudidas del pico abigarrado.

—Tranquila, preciosa, tranquila —le dijo a la prima en tono cariñoso—. Has estado soberbia, soberbia —la animó, imitando el mismo tono grandilocuente con el que solía hablar Ciriaco—. Anda, ven —la instó.

Al tiempo que le hablaba, acercó el antebrazo, protegido por el largo guante hecho con recio cuero de res. Una pieza que se había hecho él mismo con muchas horas de trabajo y un sinfín de errores. Aprovechando lo que el viejo Tomás le había enseñado cuando reparaban los arreos de los caballos con cordel encerado, había usado el delantal viejo que Guy le había conseguido en el taller de un herrero con el que se habían topado en el valle del río Eno. El gascón había aprovechado la coincidencia para encargar que reparasen unos herrajes y, sin decirle una sola palabra, se lo había dado esa noche, sabedor de que hacía tiempo que las garras del halcón necesitaban un asidero que no despellejase al chico, que hasta entonces se las había apañado dándole vueltas al antebrazo con los harapos de una túnica vieja.

Haciendo sonar el cascabel que tenía atado en una de las patas, obediente, el ave se encaramó a la percha que el muchacho le ofrecía, y Laín le atusó las plumas con caricias suaves que le hicieron cerrar los ojos. Era tan dócil que el muchacho ni siquiera trabó las pihuelas de cuero de chivo que pendían desde los tobillos del ave. Tenía una argolla preparada en un pespunte del guante para amarrarlas, pero casi nunca la utilizaba. Laín estaba seguro de que la rapaz no escaparía.

—Estás pesada —continuó hablándole mientras palpaba el hueso de la quilla bajo las plumas del pecho, que era la mejor medida para conocerle las gorduras al halcón —; eres una glotona y voy a tener que racionarte la comida.

Se hizo con el cadáver de la paloma y, con la práctica que había ido adquiriendo, desplumó y preparó las pechugas limpias para ofrecérselas a Landra, que no había hecho ni un solo ademán por levantar el vuelo otra vez y que lo miraba con ojos ávidos.

Con grandes bocanadas ansiosas, la rapaz aceptó encantada la carne aún caliente de la paloma.

—Van a reñirnos —dijo entonces Laín mirando cómo el sol había corrido en el cielo—. Se hace tarde, tenemos que irnos —añadió—. ¿Qué pensáis? ¿Tendremos buenas noticias? ¿Le habrá salido bien el asunto a Ciriaco?

Tenía tanta ilusión porque resolvieran por fin el entuerto que no se fijó en las dos amplias chalanas, cargadas de hombres, que bogaban hacia el archipiélago de Venecia.

 

Se albergaban en un piso de dos piezas en el barrio de Dorsoduro. Se lo había rentado uno de los contactos de Ciriaco en la ciudad y era un lugar estrecho, casi hacinado, porque en Venecia, amenazada de continuo por las inundaciones y sitiada por el agua, la tierra era más escasa que el oro. Pese al ingenio de muchas generaciones intentando robarle unos palmos a la laguna, las construcciones eran, en general, poco más que miniaturas con lo justo para vivir. La única salvedad la constituían las abrumadoras moles de piedra de los palazzetti que poseían los ricos comerciantes, los nobles y la todopoderosa Iglesia, que además contaba con templos como el de San Nicolás, el de San Pedro o la inmensa basílica de San Marcos.

Al contrario que esas excepciones, el suyo era un alojamiento humilde, con la única ventaja de que el alquiler incluía la chalupa, necesitada de un nuevo embreado, con la que Laín hacía sus excursiones. Por lo demás, no era otra cosa que la segunda altura en una de las muchas casas de madera en las que se hacinaban los venecianos: sostenidas con pilotes por encima de las aguas verdosas, apoyadas unas en otras, como dándose consuelo, casi todas pintadas con vivos colores, como si quisieran compensar la falta de lujos con optimismo.

No había muchas comodidades, era difícil acostumbrarse a que hiciera falta ponerse a remar para llegar a casi cualquier parte y, cuando el calor asomaba, por poco que fuese, los ojos lagrimeaban por el olor a pantanal. Aun así, Laín estaba encantado, porque casi cada día descubría un nuevo pedazo del mundo, algo que jamás hubiera soñado en su pequeño chamizo en el alfoz de la torre de San Paio. Además, estaban en camino para salvar a su padre, al hombre que le había dado aquella moneda y que había descosido la cruz de su hombro para dársela. Y nada podía hacerle más feliz.

Antes de que terminase de subir las escaleras, que estaban hechas de viejos maderos sobados capaces de crujir con lástima incluso bajo el peso de Lume, ya escuchó la voz ronca de Guy con aquel inconfundible acento:

—Ya estabas tardando. Apúrate, hemos de salir de inmediato —le llegó la orden como un rugido monocorde, vibrante a través de la puerta.

Y el muchacho entró a toda prisa, sin pensar siquiera en una excusa por el retraso, sabedor de que, dijera lo que dijese, sólo serviría para enfurecer aún más al mercenario gascón, en cuyo rostro baqueteado brillaba el único ojo sano.

—Y adecéntate un poco antes de salir —le ordenó.

Por lo que les había dicho Ciriaco, iban a ver a gente de las altas esferas del comercio de la ciudad, a los dueños de una fraterna compagnia que incluso tenía sucursal en el barrio veneciano que había en Constantinopla. Así que Laín se aseó a toda prisa después de vaciar el aguamanil en la palangana y, pese al frío que le erizaba el vello, se puso sus ropas nuevas sin secarse del todo el pecho y las axilas, bajo la severa mirada de Guy.

A su paso por Bolzano, sabedores de que se acercaba el invierno y, constatado el hecho de que las mangas de Laín ya sólo le cubrían hasta las muñecas, Ciriaco había tenido la idea de tomarse un día de asueto y buscar un sastre que, con algo de buen paño, le hiciera al muchacho alguna cosa que echarse a los hombros que no fuera aquel harapo que llevaba desde que había salido de San Paio. Con una bayeta teñida con cáscara de nuez, lo que le había dado un marrón profundo no tan distinto al de los sayos de los sargentos templarios, el costurero le había confeccionado unos pantalones con dobladillos largos que se pudieran descoser en meses venideros.

—Míralo —había dicho el mercader de reliquias—, salimos de San Cernin con un cervatillo y va camino de hacerse un venado. Va a ser más grande que tú —le había comentado a Guy, lanzándole un codazo cómplice, admirado por la talla del muchacho—. Y habrá que enseñarle también a afeitarse —añadió—, porque esa borrilla que le cubre la cara por parroquias le hace parecer un tiñoso.

Era cierto. El bozo que le poblaba las mejillas había empezado a despuntar poco antes, pero no daba la impresión de que, por el momento, pudiera presumir como lo había hecho el viejo emperador Federico, al que todos seguían llamando Barbarroja. Algo que desilusionaba al muchacho, porque estaba decidido a dejarse bigote y perilla de chivo, como la que había visto siempre en el rostro de su padre.

Para completar el juego, con una lana algo más prieta le habían cosido también una aljuba. Y el mercader, que manejaba los dineros con una soltura que no dejaba de asombrar a Laín, le había comprado además una abrigada pelliza y unas botas, que eran las primeras que estrenaba Laín, quien había andado descalzo desde el día en que diera sus primeros pasos.

—Te gustarán en cuanto llegue la nieve —había augurado Ciriaco con un gesto cómplice ante lo difícil que se le hacía al muchacho cubrirse los pies.

Y había acertado. Porque en cuanto el invierno empezó a recrudecerse, Laín llegó incluso a dormir con ellas puestas, ya que no se detuvieron pese a la amenaza de que los pasos quedasen cerrados, y el frío, hasta cuando dormían en postas, fue un enemigo temible durante el trayecto. A veces, cuando aprovechaban el camino para recoger castañas que luego asaban en el fuego del campamento, cuidando bien de cortarles un pellizco de la dura cáscara parda para que no explotasen, en lugar de comerlas en cuanto se habían cocinado, Laín se las guardaba en los pliegues de la camisa para que le calentasen la barriga y, a la mañana siguiente, las aprovechaba para ir mordisqueándolas mientras caminaba.

Sólo escaparon del frío cuando empezaron a descender hacia el valle del lago Garda, y fue por los pelos que no quedaron atrapados en las abruptas montañas que marcaban la frontera de los venecianos.

—¿Listo? —inquirió Guy cuando vio que el muchacho terminaba de vestirse—. Pues vamos, que hay prisa, Ciriaco ya nos está esperando. Y nada de bichería; el chucho y el pajarraco se quedan aquí.

El tono no daba lugar a protestar, y Laín no lo hizo. Se limitó a despedirse de los animales con unas caricias y, cuando Lume dio un par de vueltas sobre sí mismo para acabar tumbándose con un bostezo, el muchacho salió tras el gascón y cerró la puerta.

Caminaron un par de manzanas por aquellas calles que eran como pantalanes y, en una encrucijada con un amarradero que ya conocían, contrataron los servicios de una de las vistosas barcazas estrechas y de fondo plano a las que los lugareños llamaban góndola. Eran perfectas para moverse por aquel dédalo de canales poco profundos, pero los barqueros solían ser tipos poco fiables; les gustaba apropiarse de lo ajeno, les encantaba estafar a los extranjeros con estrambóticos negocios o con tarifas exageradas.

Laín, que había aprendido a apañárselas en las semanas que llevaban allí, chapurreó como pudo la traducción de las indicaciones que le dio Guy, quien, a su vez, las había recibido del mercader de reliquias. Y el gascón dejó hacer al muchacho, quizá porque era cierto aquello de que a perro viejo le cuesta aprender trucos nuevos, y Guy, para hacerse entender, en lugar de esforzarse por aprender el idioma del lugar, se dedicaba a repetir una y otra vez lo mismo, subiendo el tono en cada ocasión hasta que los gritos y su imponente figura cuajada de cicatrices convencían a cualquiera pese a no entender una sola palabra.

Laín se tomó la responsabilidad muy en serio y regateó con furia hasta acordar el precio con el remero, un tipo flacucho que calzaba una gorra estrafalaria con la que intentaba calentar las orejas y protegerse del húmedo frío que desprendía la laguna.

Con el chapoteo del único y largo remo acompañándolos, la colorida barquichuela los llevó hasta la parroquia de San Severo, a levante de la imperdible referencia que suponía el inmenso campanario, campanile como le decían los locales, de la basílica de San Marcos.

A través de aquel dédalo de canales en los que flotaban desperdicios de todo tipo, habían cruzado la ciudad entera, de un extremo al otro. Su destino estaba en el barrio donde se situaba el conocido arsenal veneciano, el astillero donde se construían, reparaban y aparejaban la multitud de galeras, galeazas y demás barcos de la importante flota que formaban las naves de guerra de la República y los mercantes de las compañías comerciales. Un lugar al que los venecianos llamaban sestiere del Castello, aunque Laín no había logrado averiguar si el nombre se refería al impresionante palacio del dogo que mandaba sobre los venecianos o a alguna fortaleza ya desaparecida. Aunque ése era sólo uno de los muchos misterios que guardaba aquella curiosa villa, donde pobres desgraciados pedían limosna en una esquina por la que pasaban nobles emperifollados con las mejores galas y, poco después, una reata de escandalosas rameras pintarrajeadas a las que seguían devotas monjas de largos hábitos. Era un lugar de contrastes y miserias, donde casi todo aparecía blanco o negro y apenas se intuían grises. En cualquier esquina podía uno encontrarse con uno de los grossos de plata que acuñaban como moneda propia, perdido tras una noche de jarana por algún vividor y, casi con las mismas probabilidades, toparse de frente con la punta aguzada de una daga y la amenaza de perder la vida si no se vaciaba la faltriquera.

Para todos esos misterios, la paciencia del mercader de reliquias apenas había aguantado hasta ofrecerle unas pocas respuestas.

—Usan el león como símbolo de la ciudad porque es el león el animal que representa al evangelista Marcos —le había explicado Ciriaco cuando preguntó, cerca del palacio ducal, frente a una enorme columna coronada con una de aquellas bestias, a la que el escultor había añadido alas portentosas—. Es el patrono de la ciudad y la advocación de su catedral. Marcos el león, Juan el águila, Lucas el buey y Mateo la cabeza de un hombre. Así que, aquí, en la Venecia de san Marcos, se han puesto un león por bandera —había terminado haciendo un floreo con las manos.

Aunque para todas esas enseñanzas Guy tenía versiones mucho menos halagüeñas.

—Fue un robo. Vil y malicioso. Un robo, con la excusa de la cruz —le había contado el gascón al muchacho, señalando los cuatro magníficos caballos de bronce que decoraban la terraza de la basílica de San Marcos—, pero un robo al fin y al cabo.

Y Ciriaco había intentado alegar que eso no les restaba un ápice de belleza, y mucho menos de valor, pues eran piezas de una factura exquisita y tan antiguas como los césares romanos.

—Un robo. No servirán para otra cosa que para que algún imbécil escriba alguna historia llena de elucubraciones propias de imbéciles —había apostillado Guy—. Tú los ves y piensas en lo que podrías sacar vendiéndolos. Y el dogo los puso ahí para demostrar que la República luchó en la toma de Constantinopla. Quizá fueron el símbolo de algo bello alguna vez, pero ahora no son otra cosa que excusas para avariciosos.

Hoy dejaban esa parte de la ciudad tras ellos. Aquel canal y aquella iglesia compartían el nombre de San Severo y, en aquel barrio, en aquel sestiere, como decían los locales, se podía respirar el ajetreo del comercio. Los muelles estaban abarrotados de gentes y mercancías que empezaban a prepararse para las expediciones que partirían en la primavera hacia cualquiera de los rincones bajo el gobierno de la Serenísima República de Venecia. Como Negroponte o Candía. O hacia destinos que, si bien no estaban bajo el mando del dogo, sí mantenían una relación comercial con los venecianos, como sucedía con Sicilia, con la costa de Dalmacia o con la ciudad de Nicosia, dominada por la dinastía de los Lusignan desde los tiempos en que Saladino conquistara Jerusalén. Además de la omnipresente Constantinopla, donde el barrio veneciano era de los más importantes de la ciudad, y cualquier punto de los litorales de ultramar, porque, tal y como le había explicado Ciriaco:

—Los venecianos son listos —le había dicho risueño—, les da igual la cruz o la luna, y les va al pairo a quien le rece cada cual. Lo único que les importa es el peso del oro que cada cual lleve en la bolsa.

Bajo el sol de la tarde que nacía, no sólo se percibía la intensa faena de los mercaderes, el ambiente estaba también cargado de un tono festivo palpable en los saludos apasionados y en las sonrisas de aquellos con los que se cruzaban. En todo aquel ajetreo se notaba el optimismo contagioso que provocaba la próxima gran fiesta del carnaval, que ya estaba cerca y que significaba riadas de dinero por los festejos que el propio dogo Jacopo Tiepolo sufragaría con su fortuna personal, tal y como era la tradición.

Y a la llamada de los dinaros venecianos acudirían saltimbanquis, prestidigitadores, buhoneros, trovadores y juglares, furcias de toda clase, apostadores de pasado turbio, caballeros venidos a menos que participarían en torneos, ladronzuelos con cuchillos afilados para cortar las cintas de bolsas sujetas al cinto, malnacidos con ganas de jarana, embaucadores, chicuelos con las cabezas llenas de pájaros. Y los nobles de la ciudad aprovecharían la ocasión para, enmascarados y vestidos de tal modo que no se les pudiera reconocer, dejarse llevar por los vicios terrenales y las pasiones de sus vasallos.

—Es una excusa como cualquier otra para el latrocinio y el desmadre —había explicado Ciriaco con una sonrisa—. Antes de que empiece la Cuaresma y haya que guardar las apariencias, hacer ayuno y pensar en la contrición, se puede uno regalar algo de vino, mujeres y diversión. Por lo que tengo entendido, no hace mucho que se enredan con estas celebraciones, pero cada año, a medida que la ciudad crece al amparo de los dineros que ganan con el comercio, se han ido haciendo más importantes —le guiñó un ojo—. Es una disculpa perfecta para arruinarse y pecar hasta quedar condenado a los infiernos —reconoció con una risotada—. ¡Diantres! Me juego el cuello a que en unos años se va a convertir en una fiesta que atraerá a moscones de cualquier rincón del mundo conocido, ya lo verás. No hay cristiano al que no le guste una juerga de la que luego pueda confesarse. Y estos tipos, que son listos, ya te lo he dicho, harán fortuna con ello.

Y allí, bien abrigado con una pelliza similar a la que había comprado para Laín, los aguardaba el mercader. Sonreía con ese aire indulgente y extravagante que le hacía parecer un gigante después de haber devorado una recua entera de bueyes.

—Menos mal, menuda panda de facinerosos vamos a parecer. —A pesar de las palabras, el tono resultaba, como siempre, divertido, porque Ciriaco era de esos hombres incapaces de tomarse nada en serio—. Es tarde, ¡vamos! Nos están esperando.

Siguiendo al mercader, caminaron unas cuantas varas y se cruzaron con los estibadores del puerto. Cargaban con las últimas corachas que olían a la pimienta oriental, con los pocos rollos de paño de Mosul que aún no habían sido vendidos y con unas cuantas alfombras turcas que salían para sufragar las siguientes travesías.

Al poco, después de atravesar un puente de madera de apenas unos pasos, llegaron a una esquina que servía de atracadero a unos almacenes de altos techos a cuya entrada bullía la actividad de los preparativos para los primeros viajes de la temporada.

El lugar impresionó de inmediato a Laín.

Para tratarse de Venecia, donde todo el espacio parecía tasado con tacañería, era un local enorme. Sito en el extremo de la ciudad que se ofrecía directamente a la laguna, se abría hacia el agua con una fachada de arcadas que sostenían una altura más. Estaba a medio camino entre atarazana y bastimento, con dos enormes galeazas atracadas junto a los pontones, donde circulaban con prisa marineros y mozos de carga que preparaban las naves para los próximos viajes. El interior, despejado excepto por las columnas que mantenían en pie el edificio, estaba casi vacío, a la espera de mercancías. Y, gracias a las ventanas que recorrían los aleros, tenía el aire de una colegiata; invitaba a susurrar plegarias, al menos hasta escuchar los gritos de los trabajadores, que no parecían sentirse intimidados por aquel espacio y despotricaban vivarachos.

Un poco más allá había herramientas de hierro forjado, cabos enrollados, sacos vacíos, toneles, duelas, cajas de bastimentos y bancos de trabajo por entre los que se movían artesanos que se preocupaban de asuntos que Laín no supo interpretar. Al fondo, hacia donde los llevó Ciriaco, se advertían unas separaciones levantadas con tablones cepillados.

Al parecer, servían de oficinas de aquella compañía armadora. Antes de que hubieran llegado hasta ellas, salió de allí un hombre que saludó afablemente a Ciriaco, al tiempo que abría los brazos para acogerle.

—Mio diletto amico! —dijo exultante, envolviendo al mercader con un abrazo.

El hombre era la imagen de la opulencia. Rubicundo, coloradote y entrado en carnes. Vestía calzas y aljuba de terciopelo verde oscuro. Espantaba el frío con una capa adornada en las solapas con dos anchas tiras de piel de marta sobre las que destacaba, como una gorguera, el amplio collarín de la camisa de seda blanca. Tenía una nariz aguileña de aires hebreos, unos ojos brillantes bajo la cornisa de unas cejas prominentes y un abundante pelo prácticamente blanco, cortado con pulcritud hasta unirse a la barba que le decoraba el mentón, que ocultaba la colgante papada que delataba su gusto por las buenas mesas y las mejores comidas.

Ciriaco lo presentó como Niccolò, uno de los tres hermanos que dirigían la compañía exportadora de aquella familia de la alcurnia veneciana. Y el hombre se comportó al instante como si todos fueran amigos de largo tiempo. Sin embargo, pese a las ansias que tenía Laín por recibir buenas noticias, en los retazos de conversación que fue captando se dio cuenta de que las negociaciones sobre su expedición a ultramar ni siquiera habían comenzado.

Estaban hablando de algo que quería enseñarle a Ciriaco y, después de gritarle unas órdenes en un tono mucho menos jovial a un tipo fornido que parecía uno de los capataces de la compañía, les pidió que lo acompañaran con gestos animosos.

Siguieron al hombre, que no cesaba de parlotear, hasta salir del edificio. Atravesaron un arco que les condujo a un anexo donde, de inmediato, los recibió una bofetada de calor que despabiló rápidamente el aire helado de la tarde.

En tanto, sin dejar de sonreír, Ciriaco les iba traduciendo la cháchara del veneciano:

—No me ha dejado decir ni media, ha insistido en que primero teníamos que ver los hornos cristaleros —le dedicó un guiño a Laín y un gesto que pedía paciencia a Guy, menos ducho en el arte de la diplomacia y a punto de estallar por la angustia de ir al grano—. Es evidente que busca algo más que el pago de unos pasajes. Creo que quiere liarme para que le haga una compra y me temo que, hasta que no lleguemos a un acuerdo, no me permitirá mencionar el asunto de nuestro viaje.

Aquella idea reveló un gesto de fastidio en el rostro de Guy, donde las cicatrices se volvieron nacaradas cuando apretó la quijada. Laín había visto aquella misma expresión cuando fallaba en algún lance de su instrucción. Aun así, tanto el hombre como el muchacho se hicieron cargo de la situación; era lógico que el comerciante intentase sacar provecho de su necesidad. Lo que ninguno de los tres imaginaba era que el veneciano sólo intentaba ganar tiempo para hallar el modo de decirle a su viejo conocido que no había un solo armador en la ciudad dispuesto a llevarlos a parte alguna.

Niccolò les señalaba grandes baldes donde había arenas, barrilla y sales, no lejos de una leñera, llena hasta los topes, que daba servicio a un horno abovedado hecho con ladrillos morunos y que era la fuente del calor por el que todos empezaron a aflojarse las ropas. El veneciano, al verlos sofocados, dijo algo que Ciriaco tradujo.

—Comenta que sí, que es un problema que ha causado multitud de incendios en la ciudad —explicó mientras se abanicaba con la mano—. Según Niccolò, muchos piensan que todos los cristaleros deberían ser obligados a trasladarse a un lugar menos abarrotado. Ha mencionado que la isla que puede verse al norte, a la que llaman Murano, está casi vacía por una revuelta de hace unos cuantos años. Él opina que sería el lugar ideal, porque está convencido de que esta industria seguirá creciendo —terminó tomando de manos del veneciano los abalorios que le ofrecía.

Por unos momentos, Laín olvidó que estaban intentando gestionar un pasaje que les diera la oportunidad de rescatar a su padre y quedó embobado por los preciosos cristales.

Sin embargo, lo que más le admiró no fueron las cuentas de múltiples colores y los pequeños frascos que vio fabricar cuando un maestro sacó del crisol vidrio fundido y, con pasmosa habilidad, lo fue dejando caer como un hilo de miel sobre una varilla que hacía girar con la otra mano. Ni tampoco el cómo usaban cañas para hacer que una burbuja del cristal fundido se hinchara hasta llenar un molde que un ayudante sostenía con grandes trapos empapados mientras, subido a un escabel y manteniendo el tubo hueco lo más recto posible, otro menestral soplaba con fuerza. Lo que más impactó al muchacho fueron los pequeños espejos, pues era la primera vez en su vida que veía un prodigio semejante.

Y el veneciano, ante la cara de éxtasis del muchacho, se deleitó en explicaciones.

—Cuenta que vierten el vidrio fundido en una plancha de bronce y que lo alisan con unos rodillos, luego lo dejan enfriar poco a poco, pasándolo a esos hornos de atrás —tradujo Ciriaco, señalando otras bocachas con los mismos ladrillos—; y cuando están listos cubren uno de los lados con azogue batido.

Ver su propio reflejo, incluso aquellas faltas en su barba incipiente por las que siempre recibía burlas de Ciriaco, dejó anonadado a Laín.

Aunque el pasmo le duró sólo hasta que llegaron los otros dos hermanos del veneciano, acompañados de la criatura más hermosa que el muchacho hubiera visto jamás.

—Son sus hermanos, Marco y Maffeo —presentó Ciriaco haciendo los honores —, y la damita es Bellela, la hija mayor de Maffeo, que, para disgusto de su padre, está aprendiendo el oficio del comercio.

Bajo la mirada divertida del mercader de reliquias, que se percató al instante de lo que sucedía, soportando el arrebol que de repente le quemó las mejillas y las orejas, Laín fue capaz, a duras penas, de articular su mejor saludo.

—Buonasera damina, oh qual contento!

A él le sonó de corrido, pero todos le oyeron balbucear y la aludida, sin duda acostumbrada a los galanteos, se dejó llevar por la situación ensayando una sonrisa cautivadora que la volvió aún más bella a ojos del muchacho, incapaz de pensar en otra cosa que en lo apropiado del nombre que llevaba la criatura.

Laín ya rozaba con el flequillo el hombro de Guy y, aunque ella era unos años mayor que él, resultaba una pulgada más baja, lo que consideró una virtud encomiable, como si ella hubiera detenido su crecimiento a propósito para ese momento de su vida.

Tenía espesos rizos trigueños. Y un rostro en forma de corazón donde destacaban dos cosas: unos ojos verdes como esmeraldas y una boca que era una promesa. Sus labios eran carnosos como fruta madura y el inferior, ligeramente abultado, con una gracia femenina inconfundible, bailaba con cada palabra de un modo incitador.

Llevaba un caro vestido de brocado, hecho con sedas orientales y guarniciones del mejor paño de lino. Y el recto escote dejaba adivinar un canal para el que no había en toda la ciudad comparación posible. Además, en donde el cuello perdía el nombre, un lunar refulgía con más fuerza que un mediodía de verano y, aun a riesgo de quedar en ridículo, Laín era incapaz de dejar de mirarlo con ojeadas furtivas.

Tanto se fijó en ella que descubrió el leve rastro de una cicatriz que se le escurría por la ceja derecha, apenas perceptible, pero suficiente para que el muchacho imaginase enseguida a una niña revoltosa cayéndose de algún andamio al que había trepado sin permiso.

En los últimos tiempos, sus noches habían sido agitadas y calenturientas, llenas de sueños con borrosas imágenes de muslos y pechos descubiertos. Algunas mañanas despertaba empapado en algo más que sudor y, con la cara abochornada, disimulaba como podía intentando borrar el rastro de su lujuria antes de que alguno de los otros dos se diera cuenta.

Completamente embrujado por la muchacha, Laín ni siquiera oyó los primeros gritos.

Desde aquella entrevista en San Cernin con el contrabandista de cantárida, cuando el chico había saltado como un resorte, el mercenario gascón sabía que el muchacho se estaba partiendo en dos.

Uno era un crío amable y bien dispuesto, un zagal que se hacía querer, con el que resultaba fácil convivir y lleno de aquel extraordinario don con el que parecía entenderse con cualquier bestia imaginable.

El otro era un pozo de rencor en el que hervía la bilis que las desgracias de su vida habían hecho aflorar. Un joven perdido que buscaba ansiosamente el modo de reparar lo imposible, lo que ya no tenía arreglo. Y ésa era una lección perdida. Una que el propio Guy había aprendido bien. Los eslabones rotos jamás volvían a formar una cadena, ni en la fragua del mejor herrero.

Y, desde el primer momento, cuando comenzó con la instrucción del muchacho, Guy tuvo la certeza de que estaba obrando mal al alimentar a la fiera despiadada que anidaba en el rincón más oscuro del corazón de Laín. Porque avivar el fuego de aquella forja sólo podía acabar templando a un descastado sin compasión. Pero ser consciente de que no estaba obrando de buena fe no detuvo a Guy a la hora de incitar aquel odio que latía en el alma del chico.

Había derramado demasiada sangre, sabía muy bien a lo que se iban a enfrentar cuando llegasen a Gaza y estaba convencido de que, dado cuanto se traían entre manos, el bien y el mal no importaban lo más mínimo. Lo único que importaba era que el muchacho sobreviviera y, para hacerlo, para poder soñar con regresar algún día, tenía que convertirlo en un desalmado dispuesto a matar o morir.

Había que hacer lo necesario, no lo correcto; eso se decía a sí mismo cuando escuchaba la voz de Egeria recriminándole.

Por eso, cuando vio como el muchacho se interponía entre el tajo de espada y la hija del veneciano, a Guy se le escapó un gruñido de satisfacción que le dio el tiempo justo para meterse de lleno en la refriega.

No sabía si se trataba de un robo a sus nuevos amigos armadores o de una de las legendarias rencillas entre las familias de la ciudad. Ciriaco, que llevaba años comerciando con los venecianos, había oído hablar de la insidiosa tirria que anidaba entre algunos clanes nobles, como los Tiepolo, los Dandolo o los Gradenigo. Y todos habían escuchado hablar de los combates de años antes, que habían asolado lo que allí llamaban terraferma. Pero sus dudas sobre la causa no lo retuvieron y, como habían hecho Guy y el muchacho, se dispuso a vender cara su vida.

—Al diablo —maldijo con una sonrisa mefistofélica—, rojos, albos, azules o colorados. Me va una higa quien os mande, pero vais a pagarlo caro.

Y desenfundó, echándose adelante para enfrentarse a los misteriosos atacantes.

Salían del almacén y se apelotonaban en la exigua entrada de los hornos. Habrían arribado al amarradero y quién sabía cuántos más peleaban en el edificio principal. Hasta los talleres de cristalería habían llegado al menos dos docenas, que abarrotaban el lugar. Venían todos armados, cada cual con lo primero que había cogido, y no había entre todos ellos dos sayos iguales. Al verlo, Guy lanzó un suspiro de alivio, porque ninguno calzaba el hábito templario y no se distinguía por parte alguna el estandarte blanco y negro de la Orden. Fueran quienes fuesen, no se trataba de hombres enviados por el alcarreño Baños.

En medio de la marabunta, un larguirucho, provisto de una clava con manchas de robín, se echó hacia ellos con la clara intención de reventarle los sesos a la muchacha o a su padre, al primero que le cuadrase. Laín, haciendo gala de cuanto había aprendido, saltó como una liebre. Aprovechó el loco impulso del otro y, agachándose para evitar el golpe, estiró la mano, lo agarró de la corva en plena zancada y lo mandó a rodar por el suelo. El grito asustado de la muchacha, difuminado en el follón de la batahola, ni siquiera lo oyó.

Guy se deshizo de otro de los atacantes con un codazo que le desbarató las narices con un crujido de huesos y, escuchando como su atacante se ahogaba en su propia sangre, prestó atención a su pupilo.

Tal y como le había enseñado, lo vio saltar a horcajadas sobre el otro, con la daga ya desenvainada. Pero cuando acercó al pescuezo la hoja afilada, Guy también percibió las dudas que asaltaban al muchacho. Afortunadamente, el de la clava había perdido el conocimiento por el testarazo que se había dado al caer contra el suelo. De no ser así, Laín no lo hubiera contado.

—¡Vamos! —rugió a pleno pulmón—. Remátalo.

Los ojos del muchacho se volvieron hacia él, suplicantes, y Guy actuó de inmediato.

En tres zancadas se puso a su lado, sin más estorbo que un tajo con el que había cortado la muñeca de otro de los atacantes, todavía aferrada a una espada roñosa.

—Las dudas matan a más desgraciados que los turcos —le gritó, echándose encima y poniendo su mano libre sobre la del muchacho—. Él lo haría con los ojos cerrados —añadió refiriéndose al larguirucho inconsciente.

Y empujó lo justo sobre el antebrazo del muchacho. Nada más que lo suficiente para que la punta de la daga se moviese una pulgada, hasta tocar la piel del cuello de aquel hombre, en la que Laín distinguió la mancha terrosa de una salpicadura que se había secado, y también cómo la nuez subía y bajaba cuando respiraba.

—¡Hazlo! —le chilló Guy al oído—, por todos los demonios, ¡hazlo! Y antes de que cualquiera de esos otros nos coja desprevenidos —añadió, señalando la trifulca, en la que ya participaban los trabajadores de los hermanos comerciantes.

Laín escuchó los gritos de dolor, los gruñidos de esfuerzo de las fintas, el reverberar de las armas chocando unas con otras. Entrevió a los hombres luchando con frenesí. Figuras borrosas en las que apenas distinguía amigos de enemigos.

Ensayar con las espadas de madera, bajo las risas de Ciriaco, era una cosa muy distinta a arrebatar una vida humana.

Guy los defendió a ambos de otra embestida.

—¿Acaso crees que Rodrigo hubiera dudado? ¿Piensas que él querría que su hijo fuera un cobarde?

Mientras lo decía, se odió por ello, pero no calló.

—¿Es esto lo que quieres contarle cuando lo encontremos? Que te faltaron agallas cuando hacían más falta…

Quizás aquellas palabras causaron el efecto deseado, o fue tan sólo un acto reflejo cuando los ojos del otro se abrieron de pronto con expresión de sorpresa. Todo sucedió a la vez, en medio del barullo que llenaba el pequeño espacio de los hornos.

Bajo la mano de Guy, la del muchacho se movió.

La daga entró en la piel delicada de la garganta. Se deslizó con un siseo, cortando pellejo, carne y vida.

—Vamos, no te quedes quieto —le gritó, obligándolo con un empujón a dejar atrás lo que ya era pasado—, hay muchos más.

Sólo dudó un instante, lo justo para ver la sangre que goteaba desde el filo de la hoja. Luego se sacudió como una trucha en el anzuelo y se puso en pie a toda prisa, tomando con la otra mano la clava del primer hombre que había matado.

A partir de ese momento, el mercenario vio al muchacho entregarse de lleno a la lucha. Sin preguntarse nada más, sin detenerse. Sin dudar. Y algo le dolió en el alma al comprobar que estaba consiguiendo lo que buscaba. Pero no pudo pararse a pensar en ello, porque se le echó encima un desharrapado con un cuchillo roñoso en cada mano, dispuesto a quitarle la vida.

De entre todos, el único feliz era Ciriaco, que aullaba con deleite mientras hacía volar su hierro de un lado a otro con rápidos movimientos de muñeca. Parecía encantado de recuperar la acción de su juventud.

Por su parte, los tres hermanos comerciantes no eran hombres de armas, pero habían corrido mundo y no se arredraban fácilmente. Llamaron a los suyos a gritos, y éstos aparecieron desde todos los rincones del lugar con cuchillos para las sogas, atizadores para el fuego, rebenques de las naves e incluso con las pequeñas anclas de los lanchones auxiliares.

Maffeo, en cuyo rostro se percibía la angustia, llegó corriendo de algún otro lugar y protegió a su hija entre sus brazos, pese a que no tenía más armas que las largas pinzas de hierro que había cogido de entre las herramientas desperdigadas de los cristaleros.

El caos comenzó a ceder poco a poco. Entre los marinos y empleados de los comerciantes no tardaron mucho en dominar la situación. Sin embargo, cuando parecía que la suerte se decantaba por ellos, apareció un enemigo mucho más poderoso. El temido fuego del que les había hablado Niccolò.

Quizás algún crisol lleno de vidrio fundido se había caído, o podía ser que alguno de los atacantes, viéndose vencido, hubiera hecho un último esfuerzo por arrastrarse y abrir la portañola que servía para alimentar la cúpula del gran horno. Podía haber sido el tropiezo de cualquiera y nunca lo sabrían.

Deliberadas o no, las llamas comenzaron a extenderse con rapidez y pronto hubo que preocuparse del incendio. Se propagaba hacia el almacén principal y las preciosas mercancías que aún guardaba.

Aquello despertó la codicia del comerciante Maffeo, que llamó a gritos a sus dos hermanos y, entre los tres, empezaron a chillar órdenes para que algunos de los suyos se ocupasen de baldear agua y detener el desastre.

Entre las llamas y el bullicio, Laín vio que el veneciano se detenía en sus prisas para decirle algo a su hija. De inmediato, marchó en pos de sus hermanos para ayudar a extinguir el fuego, en tanto que Ciriaco terminaba con el último de los atacantes.

Por un momento, a Laín le pareció que todo quedaba en calma. Todos se movían a su alrededor y el fuego no se detenía, pero él sintió una quietud incómoda ahora que el frenesí de la lucha había terminado. Miró a todos lados y vio a Guy rematar a uno que intentaba gatear para salvar la vida, y a Ciriaco, exultante. Y a la preciosa Bellela, que sollozaba haciendo que su escote produjese horizontes montañosos en los que, de repente, tuvo el deseo irrefrenable de perderse.

Pero antes de que pudiera resolver la confusión que lo atenazaba, sucedió lo inevitable.

Pese a los esfuerzos de los empleados de la fraterna compagnia, el fuego avanzaba y, en su avaricia, ya lamía la leñera y algunas de las columnas que sostenían la techumbre del taller de los cristaleros.

Con un crujido que sonó como un lamento, parte de todo aquel entramado se derrumbó. Las chispas, las cenizas y las astillas prendieron como yesca y una bocanada de fuego pareció engullirlo todo.

La hija del comerciante veneciano, petrificada por un horror que le demudaba el rostro, se había quedado atrapada junto a los hornos, demasiado cerca de la leñera, que ya ardía con fuerza.

Laín, que estaba junto al depósito de barrilla, lo vio todo entrecortado por las llamas y por el correr ajetreado de quienes intentaban apagar aquel infierno. Y también oyó sus gritos, y los de su padre, Maffeo, que se acercaba a las llamas y volvía a apartarse inmediatamente.

El cerco de fuego se achicaba desde el lado en donde estaba Laín, los cubos de agua y el trabajo de tantos hombres estaban dando resultado. Pero, al otro lado, el calor del horno daba fuerza a las llamas, y la pobre muchacha había retrocedido hasta una esquina abarrotada, entre un banco de trabajo, un tonel cortado donde había restos de cristales y unos cuantos leños caídos. Estaba arrinconada. Fuiscas que se desprendían del incendio chispeaban en el carísimo vestido. Ella, entre sollozos y gemidos, pedía auxilio e intentaba apagarlas con fuertes palmadas.

Laín miró a su alrededor buscando ayuda, pero todos estaban ocupados. Ciriaco contenía al veneciano que, con los ojos en blanco, forcejeaba, dispuesto a lanzarse entre las llamas para rescatar a su hija. Los otros dos hermanos se afanaban con cubos de agua y Guy corría también, cargado con un balde en cada mano.

Estaban dominando el fuego y parecía que pronto lo apagarían. Pero pronto podía ser tarde. No quedaba mucho tiempo para que las llamas alcanzasen a la muchacha.

Sin pensarlo dos veces, Laín se sacó la pesada pelliza que le había regalado Ciriaco e interceptó a Guy.

—Dame eso —le dijo al gascón en un tono que no admitía réplica.

Y cuando el otro dudó, el muchacho le arrebató uno de los baldes y tiró la pelliza dentro, para empapar el vellón. Sin perder un instante, cogió también el otro cubo y, tras levantarlo por encima de su cabeza, se lo vertió encima, quedando empapado al instante.

—¿Qué demonios crees que vas a hacer? No es asunto nuestro, no merece la pena arriesgarse.

Laín no contestó. Cogió la pelliza, esparciendo agua por doquier, y, cubriéndose con ella, se echó hacia el fuego.

—¡Bravo, muchacho! —se oyó el grito de Ciriaco, que reía como un poseso—. Así se hace.

En ese instante, Guy admitió para sí que quizá nunca lograría hacer del muchacho lo que pretendía.

Las becadas, bien rustidas, rezumaban su relleno de manteca y uvas pasas. Los patos, de piel crujiente, ofrecían sus lenguas exquisitas en los picos abiertos. Un costillar entero de cerdo, limpio de lardos, se había asado con miel y romero hasta ofrecer un aspecto deliciosamente tostado. Peces de san Pedro, abiertos por la raspa, se habían cocinado sobre brasas y lucían en las bandejas, bien untados de aceite en el que se había majado diente de león y colmenillas secas. Humeaba una sopera con un caldo lleno de colorido, hecho con pequeñísimos tropezones de todas las verduras imaginables. Había también una fuente de pequeños nabos horneados con aceite de oliva y la misma pimienta oriental que habían visto en los almacenes. Castañas cocidas en vino y servidas sobre cuajada de leche de oveja. Peras salteadas en grasa y cubiertas de pequeñas lonchas de tocino crocante con trozos de avellana pasada por el almez. Pastel horneado a fuego lento, hecho con huevo y leche, aderezado con trozos de paletilla de cerdo adobada. Un oloroso pan de nueces hecho con harina de tranquillón a la que se le había dejado el salvado. Y gruesas tajadas de hogazas confeccionadas con capas alternas de centeno y trigo.

No recordaba un derroche semejante. Quería probarlo todo y, si no se lanzó como un poseso sobre todas aquellas bandejas, fue por pura vergüenza. Eran tantas las exquisiteces que no supo por qué decantarse, hasta que probó uno de los dulces cuidadosamente colocados sobre una fuente de plata, adornada con tantas filigranas y hojas diminutas que sólo podía ser obra de un orfebre hebreo. Se trataba de pastelillos de muchas capas finísimas, arrolladas unas sobre otras al modo moruno y rellenos de una exquisita mezcla de un requesón local y miel. Después de catar el primero ya no pudo detenerse. Se dejó llevar por la glotonería hasta que, abochornado, y pese a que nadie hizo comentario alguno, se obligó a refrenarse ante el impulso de la gula.

Le habían parecido tal delicia y tanto se había concentrado mientras los saboreaba, que apenas había prestado atención a la larga explicación que Ciriaco había desgranado sobre lo sucedido en el almacén de la fraterna compagnia.

Al parecer, según pudo entender Laín, en los últimos años la vieja disputa entre los güelfos y los gibelinos se había pervertido.

Inicialmente, ya antes de los días de Federico Barbarroja, las dos facciones habían empezado a luchar para favorecer cada cual a la casa de Welf o a la de Waiblingen en la sucesión al trono del Sacro Imperio. Pero, con el paso del tiempo, muchos facinerosos habían aprovechado las luchas para arreglar cuentas pendientes y, en los últimos años, los que se hacían llamar gibelinos apoyaban las campañas imperiales contra el papado, mientras que quienes se hacían llamar güelfos, como era el caso de los venecianos, se empecinaban en llevarle la contraria al emperador y guardarle las espaldas al cuarto Inocencio, que era quien sentaba sus ilustres posaderas en la cátedra de san Pedro.

A Laín todo aquello se le antojó un embrollo tremendo del que apenas entendió nada, especialmente porque su atención estaba muy ocupada con los pastelillos de la fuente de plata. Además, la conversación que había mantenido con Guy esa misma tarde, antes de partir hacia la casa de los comerciantes venecianos, todavía le retumbaba en los oídos.

—Ven, hemos de hablar —le había dicho el gascón.

Tumbado en el suelo, frente a un tablero de ajedrez en el que Ciriaco le había planteado un problema, Laín había estado discutiendo las variantes con Lume, como si el perro pudiese comprender la compleja red de movimientos entre los que debía elegir para darle al mercader de reliquias una respuesta acertada.

Dubitativo, con cierta sorpresa por la inesperada invitación del mercenario, el muchacho se había puesto en pie y se había dirigido a la mesa que ocupaba buena parte de aquella pieza.

Ya sentado, con un vaso entre las manos y mirando la percha donde Landra se repasaba el plumaje, Guy tardó en comenzar, pero el huérfano estaba acostumbrado a los silencios de su mentor, así que esperó paciente, procurando no tensar con sus gestos los incómodos vendajes que cubrían las quemaduras.

—Don Rodrigo…

El gascón se detuvo, miró con fijeza al joven, se pasó la lengua por los labios y, mudando el gesto, volvió a empezar:

—Tu padre me salvó la vida en una ocasión.

Como siempre que oía algo sobre el señor de San Paio, el joven prestó toda su atención.

—Nos habíamos conocido poco antes, en Trujillo —calló Guy por un momento y acudió a su memoria el barro de la charca de San Lázaro, ahíto de sangre y vísceras, plagada la orilla de cadáveres—. Vencimos a costa de un alto precio, se perdieron buenos hombres allí…, como siempre.

Había hastío en su voz y, como en otras ocasiones, Laín intuyó el cansancio del gascón. Demasiadas batallas, demasiados amigos perdidos, demasiados purgatorios en los que sufrir.

—Llevar a la muerte por compañera es una mala decisión. Penosa —divagó por un momento, con su único ojo clavado en algún lugar más allá de los muros de aquel sencillo apartamento veneciano—. Tu padre tenía la pierna maltrecha, se había llevado un buen tajo y, durante días, atendimos a los heridos en el patio de la mezquita, que ahora ya se habrá convertido en iglesia. Fue en ese momento cuando me ligó por juramento y yo empeñé mi palabra a su servicio.

Tras acercarse, Lume se sentó junto a la silla de su amo. Inconscientemente, sin dejar de atender a la historia, Laín bajó la mano sana y lo acarició.

—Al principio, yo accedí por la plata prometida —reconoció Guy—. Hasta entonces había servido a varios señores, sin preocuparme de otro asunto que no fuera intentar colocarme siempre con el mejor postor. La sangre, sangre es. Y, con las tripas abiertas por un espadazo, no se distingue al moro del cristiano, ni al pecador del piadoso —resopló, enredado de nuevo en sus recuerdos, y volvió a perder el hilo de su historia—. He visto morir a hombres magníficos, y he visto salir indemnes a auténticos malnacidos que no merecían ni la mierda que arrastraban en la suela de las botas. Y puedo asegurarte que la muerte puede ser injusta, pero es el auténtico rasero que nos mide a todos, antes o después.

Volvió a guardar silencio durante unos instantes en los que Laín permaneció callado. Lume aprovechó para tumbarse después de bostezar.

—Estaba con nosotros un matasanos que había estudiado en Córdoba, un agareno que había renegado de su fe…, supongo que para salvar el pellejo —dijo con cinismo —. Gracias a él salieron adelante muchos de los heridos, incluyendo tu padre, que apenas un mes después de la batalla estaba listo para partir, cojeando y con la cicatriz aún tierna, pero listo —insistió golpeándose la pierna como si la probase antes de iniciar una caminata—. Así que, igual que otras partidas de rezagados, nos avituallamos, limpiamos las armas y nos pusimos rumbo a Toledo.

»Éramos poco más de una docena y yo apenas los conocía, pero todos habíamos sobrevivido a Trujillo y nos unía la camaradería. —A Laín no le costó comprenderlo —. El problema fue que no teníamos noticias de que grupos de mahometanos escapados de la escabechina de Trujillo se habían atrincherado en el valle del Tajo, como bandoleros. Luego supimos que llevaban tiempo rondando y que causaron muchos problemas durante unos cuantos años, hasta que caballeros de Santiago les dieron caza como a jabalíes.

Landra interrumpió al gascón batiendo las alas y recolocándose en la percha que Laín le había fabricado. Sólo Lume le prestó atención volviéndose hacia ella.

—Nos emboscaron —continuó Guy—, en una vereda retorcida que rodeaba un encinar. Los movía el hambre y no la fe. Si acaso, el ansia de vengar a sus caídos en Trujillo. Aunque, a día de hoy, yo creo que no querían otra cosa que robarnos las provisiones —aventuró con un dejo de tristeza que remarcó su acento—. Desde el primer momento quedó claro que no nos iban a dar cuartel. Se lanzaron como fieras heridas que se revuelven contra el cazador, sin otra cosa que perder que la misma vida…

»Nos superaban en número y estaban rabiosos como perros. Antes de darnos cuenta, ya habían caído varios de los nuestros. Otro hombre y yo nos quedamos rezagados, espalda con espalda, sin otra cosa que hacer que rezar alguna plegaria y morir matando, completamente rodeados. El resto del grupo, incluyendo a tu padre — en ese momento el único ojo del gascón se clavó en Laín—, habían conseguido adelantarse y galopaban a uña de caballo…

Se le escapó un suspiro resignado antes de continuar. Y Laín tuvo tiempo de darse cuenta de que jamás antes lo había escuchado hablar tan largamente, y un pensamiento que le llevó a otro: el de que aquel relato debía ser de suma importancia.

—A veces los asuntos de la guerra se dan mal, sin que sea culpa de una mala decisión. A veces la derrota es inevitable —sentenció Guy—. No queda otro remedio que aceptarla con el mentón arriba y la espada en la mano, espantando la cobardía. Al otro le atravesaron el pescuezo con una estocada de alfanje y, antes de acabar un paternóster, estaba yo solo, evitando pisar los cuerpos de los caídos, intentando recuperar el resuello y enfrentándome a media docena de infieles mientras el resto de su partida empezaba el saqueo.

»Pensé que no lo contaría. Recé lo que pude y me dispuse a morir. —Su mano se movió como si empuñase su espada, la que colgaba al cinto, con grandes guarniciones y el pomo labrado con una cruz—. Despaché a uno de esos malnacidos, pero cuando me daba la vuelta para evitar la hoja de otro, un tercero me agarró por la espalda e hizo presa. Yo solté un cabezazo y oí sus narices romperse, y sentí en el colodrillo el hueso cediendo —gesticulaba como si estuviera de nuevo peleando—. No sirvió de mucho, enseguida apareció otro más que sustituyó al caído y, antes de que pudiera hacer nada más, me tenían sujeto, maldecían en su idioma, me escupían y el que parecía estar al mando había apoyado el filo de su cimitarra en mi pescuezo. Iba a morir…

Laín se retrepó en su asiento. En su rostro se veía que estaba viviendo el episodio que el gascón narraba. Casi podía sentir el aliento del hombre que lo tenía apresado por la espalda, el peso del hierro mahometano en el cuello.

—Y entonces apareció tu padre —le dijo mirándolo con intensidad—. Habían dado un rodeo y se habían abierto para atacar.

Guy pareció acordarse del vaso que tenía entre las manos y echó un trago.

—Cuando todo terminó, mientras los que quedaban de los nuestros celebraban la victoria y descabellaban a los moros, me acerqué a tu padre y le hablé sin tapujos.

Laín arqueó las cejas, preguntando sin abrir la boca.

—No tenían por qué volver. Lo normal era que hubiera huido, contento por salvar el pellejo, él era… Él es el señor y yo un vasallo. Y yo, que para aquel entonces ya había servido a unos cuantos, sabía muy bien que aquel gesto había sido excepcional.

—¿Y qué contestó? —preguntó Laín sin poder evitarlo.

—Contestó que un señor valía tanto como valen sus vasallos, y le quitó importancia al asunto.

Y el gascón dejó que las palabras calasen en el muchacho, sin explicarle cuánto había significado para él y el cambio que había propiciado en su vida, porque a partir de aquel instante Guy de Tarba había decidido no dejarse llevar por el dinero ofrecido, sino, precisamente, por la palabra dada.

Pero sí hizo algo más, algo que creyó importante.

—Lo que has hecho hoy en el almacén —dijo el mercenario—, quiero que sepas…

Laín lo miraba con ojos francos y a él le costó expresarse, incluso pese a guardarse mucho de lo que pensaba, incluso pese a no admitir que el muchacho le había hecho comprender que se había equivocado al guiarle por ciertos caminos.

—… quiero que sepas que estoy orgulloso de ti.

El muchacho lo recibió como un lance de espada durante su instrucción, sin saber si amagar, contraatacar o asumir la verdad.

—Y, cuando lo sepa, tu padre también lo estará. Muy orgulloso.

Por unos breves instantes, la mirada cenicienta del muchacho se volvió cálida, aun pese al frío color de sus ojos, y Lume, siempre atento a su amo, apoyó la cabeza en sus piernas, alzando las cejas peludas y observándolo con atención.

Tantos manjares había allí que los deliciosos olores del banquete lo abarrotaban todo. Resultaban tantos y tan intrincados en su elaboración, que competían con la profusa decoración y los lujos expuestos en la casa de los venecianos.

Todos hablaban, comían y sonreían. El ambiente era festivo.

Demasiadas emociones y mucho que asimilar. A Laín le bullía la sesera y no se enteró de buena parte de lo que se comentaba a su alrededor. Sin embargo, sí captó la escandalosa noticia de que, pocos días antes, Inocencio IV había excomulgado con grandes alharacas al emperador Federico, nieto de Barbarroja, que se había ganado la fama de gastarse la misma mala leche que el abuelo. Llevaban tiempo a la gresca por culpa de las reticencias del emperador a gastarse los dineros en la reconquista de Judea y, harto de aquellos remilgos, el Papa había cortado por lo sano. Aunque, según había dicho Maffeo entre risotadas, al propio Federico no le debía importar mucho la cosa, porque ya era la segunda vez que lo apartaban de los sacramentos de la Santa Madre Iglesia.

Además, en esos días había muchos más rumores jugosos sobre la silla del santo Pedro, en la que parecía haber polillas que roían la tapicería. El papa Inocencio también había anunciado su intención de enviar embajadores ante los tártaros para pedirles ayuda en la conquista de Tierra Santa. Un intento desesperado para que el gran Imperio del este se aviniera a trabajar junto a los cristianos para, como una tenaza, aplastar a los mahometanos. Pero había resultado un sonoro fiasco y causa de chanza en las tabernas. El kan de los mogoles se había tomado todo aquello a chufla y le había respondido al Papa que eran Roma y los cristianos quienes debían rendir pleitesía al señor de las estepas. En aquel momento, a Laín se le atragantó un bocado de los pastelillos por la risa que le entró al escuchar a Ciriaco mofarse así del propio Inocencio.

En resumen, que ya cuando intentaba limpiarse las migas sin éxito, Laín comprendió que en esos tiempos el ambiente estaba muy revuelto en lo político en la Serenísima República de Venecia. Y que, por ende, una pandilla de facinerosos había decidido atacar a una de las compañías ilustres de la ciudad para castigar las economías que ayudaban al papado a mantener su disputa con el emperador y con los tártaros mogoles.

Explicarlo con muchos más detalles había llevado buena parte de la opulenta cena, en la que todo fueron sonrisas y halagos para Laín, que se dedicaba a los pastelillos como si no hubiese comido desde los días en que gateaba y, de tanto en tanto, se tragaba también un quejido por culpa de las quemaduras que, envueltas en cataplasmas de rosas, le cubrían el hombro y el brazo con el que había protegido a la hija del comerciante Maffeo. Para entonces, la conversación ya había tomado otros derroteros menos políticos.

—Dice que se llamará Marco…

Laín volvió a prestar atención. Uno de los hermanos, el coloradote que los había recibido en los almacenes, estaba hablando orgulloso del varón, porque estaba seguro de que sería varón, que su mujer esperaba en avanzado estado de gravidez.

—Comenta nuestro amigo Niccolò —tradujo Ciriaco las palabras del futuro padre — que en esta expedición que prepara llegarán mucho más allá de Cilicia, y también que su hijo, en cuanto pueda viajar, será el primero de los Polo que llegue hasta las tierras de los mandarines, más allá de la Tartaria.

—¿El primero de los qué? —había preguntado Laín, apañándoselas con dificultad con las pegajosas migas del requesón.

—El primero de los Polo —había repetido el mercader de reliquias—, así es como se apellidan y ése es el nombre de la compañía.

El veneciano asentía orgulloso mientras acariciaba el abultado vientre de su esposa, sentada junto a él ante aquella mesa cubierta de bandejas, fuentes, jarros, cuchillos y copas.

—Marco appellare si dovrà. Marco Polo…

—Y será el primero en llegar hasta las tierras de los mandarines —terminó Ciriaco con una amplia sonrisa.

Aquellas palabras produjeron una ternura especial en Laín, que se olvidó del estropicio de los crocantes pastelillos y pensó en don Rodrigo. Sin embargo, Guy, con su habitual impaciencia, intervino en la conversación sin sentirse conmovido por aquel orgullo paterno:

—Bueno, me parece fantástico. Estoy seguro de que el crío va a ser un tipo fenomenal —dijo, señalando con cortesía hacia la mujer del veneciano—. Señora, estoy convencido de que su vida se escribirá para ser espejo de príncipes. Será un muchacho fantástico y tocará las vestiduras del mismísimo kan de los tártaros. Pero para eso faltan unos cuantos años. Y a nosotros nos ocupan asuntos más urgentes. — Se notaba tanto que intentaba contenerse, que daba la impresión de estar masticando arena—. Y no en la Tartaria, sino en Judea. ¿Cuándo piensan partir para esa expedición a Cilicia?, ¿y cuánto va a costarnos que nos lleven?

Niccolò, que, como buen comerciante, chapurreaba más de una lengua, había entendido las palabras del mercenario y su semblante se tornó sombrío.

Le pidió a su mujer que se retirase. También a sus cuñadas y a sus sobrinas, con sonrisas que se veían forzadas. Y ordenó a los criados que no molestaran.

Al cabo, tras algo de ajetreo y unas cuantas despedidas, los tres hermanos quedaron solos con los tres extranjeros. Y el que habló fue Maffeo.

—Dice que nos debe la vida de su hija —el veneciano hablaba con evidente sinceridad, mirando fijamente a Laín, que se ruborizó al instante—. Y que los tres, que la compañía de los hermanos Polo, nos debe su prosperidad. Que no sólo los salvamos de que los…

—Quei dannati ghibellin…

Ciriaco sonrió por la interrupción y, después de palmear el antebrazo del veneciano, continuó:

—No sólo los salvamos de que esos gibelinos malnacidos se llevaran lo poco que quedaba en su almacén —añadió sin perder el buen humor—, sino que también ayudamos a sofocar el incendio.

Los tres hermanos asentían con vehemencia mientras Ciriaco hacía entender a los otros dos las palabras de Maffeo, que entre tanto soltó otra parrafada que transmutó el rostro del mercader.

Como si no hubiese entendido bien, tuvo que hacer un par de preguntas para asegurarse de que había escuchado lo que pensaba.

—Dice que ni ellos ni ningún otro comerciante de Venecia tenían intención de llevarnos a parte alguna.

—¿Cómo? —rabió Guy—. ¿De qué está hablando?

Los tres hermanos pidieron calma y hablaron apresuradamente para que Ciriaco pudiera seguir traduciendo.

—Dicen que podemos estar tranquilos. Que podemos contar con ellos —explicó el mercader intentando calmar a su amigo—. Pero quieren que sepamos que ésa no era su intención cuando fuimos a su almacén. Se lo han prohibido, a ellos o a cualquier otro armador, patrón o navegante de la República.

—¿Cómo que lo han prohibido? ¿Quién lo ha prohibido? ¿Por qué?

Al gascón se le atragantaban las preguntas y el resto de los hombres en la mesa volvieron a pedir calma.

—Dicen que no saben el porqué —tradujo Ciriaco—. Pero que es una orden del dogo. Días antes de que llegásemos, todos los comerciantes de la ciudad recibieron el mandato. Si aparecíamos debían negarnos el embarque, retenernos todo el tiempo posible y dar aviso.

—¿El dogo? Santo cielo, ¿y crees que los del Temple han podido llegar tan lejos? ¿Hasta el mismísimo dogo de Venecia?

Se cruzaron algunas elucubraciones, pero no había manera de dar nada por seguro. Sin embargo, la opinión general de la mesa concluyó que aquello estaba lejos del alcance de la poderosa Orden.

—Pero no de algunos de sus amigos —aclaró Ciriaco—. Quizá Teobaldo de Navarra, o Jaime de Aragón. Ambos tienen buenos tratos con los pobres caballeros de Cristo. Cualquiera de los dos podría querer devolver un favor…

Aun así, no podían saberlo. Su única certeza era que, si permanecían en la ciudad, antes o después los atraparían como a ratas. Porque aun cuando los Polo hubieran guardado silencio, algún otro de los contactos de Ciriaco con los que habían intentado conseguir un pasaje podía haberse ido de la lengua.

Entonces intervino Niccolò:

—Dice que no nos preocupemos. Nos esconderán aquí, en su casa, durante unos pocos días. Y, en cuanto las naves estén listas, embarcaremos con ellos —tradujo Ciriaco—. Dice que nos llevarán a San Juan de Acre; allí tienen conocidos en el barrio veneciano y están seguros de que nos pueden organizar ayuda para sacarnos de la ciudad sin que se sepa que hemos atracado.

—En San Juan de Acre está el cuartel general del Temple —apuntó Guy—; es como meterse de cabeza en la boca del lobo.

Discutieron un poco más sobre el asunto, valorando la situación. Pero se dieron cuenta de que, con el tiempo que llevaban retenidos en Venecia, el mismo mensaje podría haber llegado a Génova, a Constantinopla o a Nicosia.

—En cualquier momento pueden venir a por nosotros si nos quedamos y, desembarquemos donde desembarquemos, puede haber una orden que rece por nuestra captura.

—Pero en San Juan de Acre…, ¡Dios santo! Berenguela vivió allí mientras Corazón de León luchó. Aún quedan aliados del reino de Navarra.

En una feria, tanto tiempo atrás que parecía otra vida, Laín había oído a un trovador contar cómo la infanta navarra había residido en la ciudad, apartada de su esposo, el rey inglés Ricardo, aguardando por él mientras éste combatía a los mahometanos con furia. En la cantiga se hablaba de la pena de la reina por estar separada de su esposo.

—No creo que tengamos muchas más opciones —reconoció Ciriaco—. No tenemos otra que fiarnos de ellos —dijo, haciendo un ademán que abarcaba la mesa —, y ellos dicen que tienen contactos en Acre que nos podrían ayudar.

Guy meditó sobre aquellas palabras. El mercader de reliquias insistió:

—O les dejamos hacer a ellos, o nos damos la vuelta y desaparecemos en las montañas hasta que las aguas se calmen.

Entonces intervino el chico, y Guy vio de nuevo tempestades en los ojos del muchacho.

—Yo me fío de ellos —dijo Laín señalando a los venecianos—. Y yo me voy a Acre.

Ni al gascón ni a su amigo les cupo duda alguna de que lo haría, aunque tuviese que ir nadando. Claro que el muchacho no parecía caer en la cuenta de que ahora tenían otro enemigo más del que preocuparse, aparte de los templarios, un enemigo poderoso.