Laín
Estrofa X. Las arenas tras el mar
ESTROFA
X
LAS ARENAS TRAS E L MAR
«¿Por qué los marineros son más atrevidos que otros hombres?
Solución: Ningunos hombres tienen tantas veces miedo
como los marineros».
«De las cuestiones de la marinería»,
en El árbol de la ciencia, Ramon Llull
Habían partido el día de san Benito, en una mañana lluviosa y pesada. Dejaron a popa una Venecia triste, cubierta por un crespón de nubes grises que dejaban caer agua mansamente.
Hubo despedidas cariñosas, palabras de ánimo y promesas de volver a encontrarse. Y también resonó la carcajada de Ciriaco, encantado al ver el bochorno que ardía en las mejillas de Laín cuando la joven Bellela se despidió de él con un sonoro beso.
El viento no había ayudado y el esfuerzo de los galeotes debía medirse. Así que, pese a llevar casi un mes de travesía, aún no habían llegado a los derroteros entre las islas que bordeaban el aquilón de Candía. Iban con retraso.
—El lugar donde Dédalo construyó el laberinto que serviría de prisión al minotauro —le había explicado Ciriaco cuando hablaban de la ruta que seguirían.
Y el patrón de la nave, el único a bordo que, además de veneciano o parsi, chapurreaba el suficiente provenzal como para que Guy, Ciriaco o el muchacho lo entendiesen, no se había cohibido al exponerles los peligros del viaje. Era un tipo circunspecto, un griego atezado, de pelo negro y rizo como vellón de carnero. Respondía a un nombre impronunciable lleno de consonantes y siempre miraba a todos lados con suspicacia. Les había advertido de que aquel brazo de mar por el que bordearían Candía era conocido por las tormentas que allí se desataban; borrascas, galernas e incluso temibles mangas que arrastraban a las naos hasta la condena de los bajíos.
Pero la amenaza de tempestades y la demora eran sólo dos entre las muchas cosas que le sucedieron a Laín en esos días.
El viejo Tomás se lo había contado, porque en una ocasión, cuando no era más que un mozuelo, el caballerizo había ido hasta una importante feria de ganado en Crunia y lo había visto. Y le había repetido al muchacho las historias de aquel océano tenebroso, de aquella inmensidad que se extendía más allá de Finisterra y sobre la que cualquier marino podía pasarse horas hablando.
Años más tarde, en Venecia, lo había entrevisto. Aunque la multitud de islas y los brazos de tierra que encerraban la bahía de la laguna no le habían permitido captar el auténtico significado.
Y, unas semanas atrás, mientras finiquitaban los preparativos de la galeaza en los almacenes de los Polo, Ciriaco le había contado sus experiencias a bordo de naves similares.
—Una vez —le había dicho con una de aquellas sonrisas que rebosaban picardía —, a apenas unas leguas de Aguas Muertas, mientras oscurecía, algo surgió de las profundidades y se amuró al barco. —Los ojos de Laín se habían abierto como platos y su imaginación se había desbordado; algo que el mercader captó, y aprovechó para adornar la historia con esa habilidad suya para encadenar exageraciones.
De costados planos y una cresta colorida que le recorría todo el espinazo, una enorme sierpe plateada había nadado torpemente hasta ponerse junto al barco y allí, bajo el crepúsculo, con todos los hombres asomados por la regala, según le dijo el mercader, aquella bestia de los abismos había permanecido junto a la nave hasta la caída de la noche. Ondulándose en sus más de diez varas de largo, despidiendo reflejos carmesí desde los flecos que le decoraban la cabeza y atrapando en sus flancos la luz de los fanales del barco.
—No puede ser, ¡diez varas!
—Los hay más grandes —había concluido Ciriaco—. Mucho más grandes.
Y en el mapa que le había enseñado el mercader de reliquias para ilustrarle la ruta que seguían por el Adriático, se veían ilustraciones de aquellas enormes sierpes crestadas zambulléndose en las aguas.
Mirando la vitela, dibujada con primor y guardada en la bitácora de la nao de los Polo, recorriendo con su dedo las líneas que dibujaban los perfiles de tierra firme, le explicó que navegaban por un estrecho corredor entre las costas italianas y las de Dalmacia e Iliria, apenas un pedazo del inmenso mar. Pero llegó un momento en el que ni a un lado ni a otro, ni al frente ni a sus espaldas, se distinguía tierra firme, sólo la intuición borrosa de una mancha en el horizonte, y la impresión del muchacho fue tal que no pudo dejar de pensar en aquellas asombrosas criaturas que los estarían acechando en los abismos azules que se deslizaban bajo la proa. Porque al lado de aquella inmensidad, los pozos salmoneros de su río, allá en la torre, no eran más que baldes para fregar la cubierta.
Para colmo, al temor de acabar como Jonás en el vientre de uno de aquellos monstruos, se unieron también náuseas incontenibles que acosaban a Laín a todas horas. Porque en aquél, que sería el primer viaje de toda su vida a bordo de un navío, el muchacho descubrió que se mareaba como una cabra en una nave que cabeceaba continuamente por culpa de que sus bodegas no cargaban nada más que unos cuantos caballos, algo de forraje y el oro y las cartas de pago de los Polo.
—Menos mal que aprendí a nadar —había comentado, luchando contra la necesidad de volver a acercarse a la regala y echar hasta la primera papilla.
Y era cierto. Allá en San Paio había pasado incontables tardes zambulléndose en el río. Sabía hacerlo y lo hacía bien. Sin embargo, sus esperanzas se desvanecieron pronto.
—Muchos marinos no saben. Y tampoco importa demasiado —le había contestado Guy hoscamente—. Al fin y al cabo, serías incapaz de alcanzar tierra firme… Si nos sucede alguna desgracia —había aventurado con aquel dejo escéptico con el que se enfrentaba al mundo—, vendría a ser lo mismo que sepas nadar o que no.
Aquella idea había hecho que un escalofrío le recorriera el espinazo, pero no había dicho nada en voz alta. No sólo por evitar que lo tachasen de cobarde, sino también porque, para divertimento de la tripulación, tuvo que correr a la borda para acodarse y vaciar las tripas. Aunque no salió más que espuma biliosa, porque en los días que llevaba a bordo había sido incapaz de comer otra cosa que un par de mendrugos de pan duro, una mezcla de centeno propia de los marineros, horneada dos veces para evitar que se malograra.
Pese a todo, en el barco se notaba la prosperidad de la compañía de los hermanos Polo. Además del humilde pan, también cargaban con salazones, encurtidos y cecinas variadas. Y no faltaba un buen surtido de coles, mantecas y otras viandas que mantenían a la tripulación con el ánimo alto. Se veía que estaban todos orgullosos de su nave.
En tiempos, los venecianos habían construido rápidos jabeques de borda baja y amplias velas que usaban para las rápidas maniobras de combate cuando se enfrentaban a gibelinos o a cualquiera que amenazase a la República. Y, de manera muy distinta, conservando una tradición que venía desde los tiempos de la Roma imperial, habían armado también gordas galeras, con mucha obra muerta para dar espacio suficiente a amplias bodegas que garantizasen la prosperidad del comercio. Sin embargo, la suya era una idea novedosa que había salido del arsenal veneciano para aunar lo mejor de ambas naves.
Con tres palos que sostenían el trapo, una cubierta de remeros, castillo y toldilla, la galeaza llevaba el nombre de Bellela, en honor a la hija de Maffeo Polo, y aún olía a la brea que habían empleado los calafates para terminarla justo antes de la partida. Gracias a las velas, resultaba más maniobrable que las pesadas galeras clásicas y, pese a ser más estilizada, sus interiores tenían espacio de sobra para almacenar las fortunas traídas de Oriente que esperaban conseguir los tres venecianos.
—Cuando atraquemos en Acre, ellos —había traducido Ciriaco señalando a Niccolò y a su hermano Maffeo— cerrarán los acuerdos que avanzaron el verano pasado en la ciudad. Y, cuando la nao esté cargada y lista para zarpar, los dos y un par de docenas de sus hombres arreglarán algún trato en el caravasar y montarán una caravana con la que seguirán viaje por tierra hasta los dominios de los tártaros. Irán y volverán a lo largo de dos años y, para entonces, otro cargamento que habrá arreglado Marco —el hermano que se había quedado al cargo de la compañía en Venecia—, los recogerá y volverán a casa. Con suerte, si las dos travesías van bien, será un periplo de tres años; si va mal, ¿quién sabe?
Como tantas otras cosas y aun a pesar de sus mareos, aquello había impresionado a Laín, que había reflexionado largamente sobre lo distinta que veía ahora la vida de los comerciantes, sin aquellos salones esplendorosos de la casa de los Polo y echando a faltar todos los lujos de los que disponían en su hogar.
Y esta idea enseguida se ratificó, porque, a mayores, Laín también conoció el gran problema que suponían los piratas berberiscos. Gracias a los rumores de los marinos y a su veneciano chapurreado, supo que los piratas esperaban al acecho aguas adentro, como lobos vigilando el cercado de los corderos. Dispuestos a abordar cualquier barco que se alejase demasiado de la costa.
Pero los peligrosos berberiscos no eran el único motivo por el que no se alejaban del litoral.
También se mantenían cerca de tierra firme, a pocas millas de la costa, para navegar con la certeza de que no se perderían, porque los mejores portularios y los secretos de las rutas más seguras estaban, al parecer, en manos de la Orden del Temple.
Sin embargo, aun con aquellos miedos e incomodidades, al cabo de casi tres semanas, cuando ya empezaban a costear las playas griegas, una mañana, sin previo aviso, el malestar desapareció y, como por ensalmo, Laín empezó a amar lo que había llegado a odiar.
Olvidados los terribles mareos, el muchacho encontró solaz en el rechinar de los maderos del barco, en el punzante olor salino que le llenaba el bofe, incluso en el ritmo que marcaba el cómitre para que los desdichados remeros mantuviesen la pauta en las bogadas. Y, por encima de todo, más que ninguna otra cosa, quedó encandilado por la sensación de libertad que le transmitía la mar. Algo que enseguida compartió con Lume, que se había mostrado encantado de estar embarcado desde la primera jornada de navegación.
Raro era el día en que, acodado en la regala con el perro a su lado, no disfrutaran un rato de la brisa revolviéndoles los flequillos; el perro con la bocaza abierta y el muchacho mirando hacia el horizonte, al lugar donde estaba el padre que estaba decidido a encontrar.
Desafortunadamente, no le dejaron disfrutar mucho tiempo de aquel relajo. El exigente Guy encontró enseguida un modo de ocupar el tedio de los pasajeros en una nave que, pese a una tripulación bien engrasada, avanzaba lentamente.
—Anda, ve junto a Ciriaco —le había dicho entonces Guy, contento de ver que el muchacho había recuperado el color—. Debes retomar tus lecciones de persa, nos hará buena falta.
Desde antes de llegar a Venecia, sabedores de su destino, el mercader de reliquias se había ofrecido a contribuir en la instrucción del muchacho enseñándole la lengua del antiguo imperio de Jerjes y Darío. Porque aún en esos días, a pesar de que los turcos seljúcidas habían arrasado Ispahán dos siglos antes, el idioma persa seguía siendo común para muchas tribus y lugareños, e incluso los mogoles tártaros lo usaban como lengua franca.
El parsi se había convertido en la jerga del comercio a través de buena parte de las rutas de las especias o la seda, y Laín se aplicaba en las lecciones, especialmente desde que no sentía su cabeza abanearse a todas horas. Sin embargo, aquel alfabeto, en que las letras parecían lombrices apareándose, le estaba costando, especialmente cuando había marejada y trazar aquellos garabatos con el carboncillo se convertía en una tortura.
Aun así, sus dificultades con el parsi tuvieron la ventaja de mantenerlo apartado de las preocupaciones que compartían Guy y Ciriaco, que, de vez en cuando, cuando la mar lo permitía, miraban hacia levante y charlaban con desasosiego sobre lo que les depararía su llegada a San Juan de Acre.
Sumados los mareos de sus primeros días, aquel cúmulo de novedades y los tremendos esfuerzos que le exigía aquel idioma tan extraño, Laín tardó en darse cuenta del peligro que los acechaba.
Aquel griego circunspecto con el nombre lleno de cacofonías demostró que conocía bien su trabajo.
No sólo porque acertó al pronosticar que corrían el riesgo de toparse con una tormenta, sino también porque, cuando se desató la furia del mar, se manejó con una sangre fría envidiable, incluso después de que una enorme ola que arrasó la cubierta de la Bellela se llevase en sus entrañas a dos de los mozos que hacían de gavieros.
La mar les hizo pagar muy caro su atrevimiento. Sintieron toda su fuerza implacable. El viento rugió, las drizas chirriaron como plañideras, las cuadernas crujieron. La lluvia, en lugar de caer desde las alturas, fue un juguete en manos de la galerna y, por primera vez en su vida, muchos vieron cómo las gotas corrían de un lado a otro en las ráfagas del vendaval.
En un embate, el artimón crujió como un árbol bajo el hacha del leñador. Salieron astillas disparadas y una de ellas dejó tuerto a un ilirio cenceño que aulló a todo pulmón, presa del dolor. En un abrir y cerrar de ojos, el enorme mástil se desplomó, aplastando a otros dos hombres, rompiendo la regala y haciendo añicos la toldilla. Los cabos quedaron sueltos como culebras y, en medio del rugido del mar, las protestas del viento y los golpes de las olas, todo fue caos y muchos a bordo pidieron perdón por sus pecados e intentaron ponerse a bien con su dios.
Sin embargo, el griego de pelo ensortijado se mantuvo firme, gritó hasta despellejarse la gorja y los obligó a aguantar.
Maltrechos, desaparejados, con una vía de agua y una docena de remeros de menos, consiguieron atracar, por puro milagro, en el puerto de Famagusta, al levante de la isla de Chipre.
—Un par de semanas, tres a lo sumo —dijo Ciriaco en cuanto cruzó el umbral.
La mala noticia le arrancó a Guy un gruñido, pero ni siquiera levantó la cabeza de su tarea.
—¿Eso ha dicho el griego? —insistió mientras pasaba la gamuza aceitada por el filo de la espada.
—Eso mismo. Me ha dado un montón de detalles de los que no he entendido ni la mitad, pero sí, eso ha dicho.
—¿Y los hermanos?
—Los Polo dicen que el griego es el que sabe y que ellos se fían, que no zarparemos hasta que el patrón dé el visto bueno a los arreglos. La verdad, hablan más de lo que les van a costar las reparaciones que del retraso que llevamos —dijo el mercader tomando asiento a la mesa donde estaban el muchacho y el gascón.
Era la única habitación de una pequeña casa que habían alquilado a la viuda de un marinero, dispuesta a irse con su hermana y ganar unos cuantos dineros por la renta mientras los carpinteros de ribera se afanaban en la Bellela.
—No me gusta, no me gusta un pelo —comentó Guy, dando por finalizada su labor y envainando el hierro—. Les hemos dado todo el tiempo del mundo.
Landra gañó desde su percha, con sus intensos ojos dorados fijos en los hombres.
Y Lume, que dormitaba junto a los pies de Laín, alzó la cabezota con pereza para mirar al halcón. Entre tanto, el muchacho, que prestaba atención, pretendió seguir esforzándose en copiar las palabras que Ciriaco le había dictado antes de salir hacia la atarazana del puerto donde estaban laborando en la galeaza.
—Lo sé —concordó Ciriaco—. Pero eso no cambia nada. Siempre lo hemos sabido. ¿Acaso hubieras hecho tú algo distinto?
Guy resopló con disgusto y se limpió las manos en un trapo que había sobre la mesa, junto a la tablilla donde el muchacho garabateaba las incomprensibles letras del farsi.
—No les hacía falta seguirnos mientras cruzábamos la Provenza. Era mucho más fácil esperarnos en destino.
—Ahí le has dado —concedió el mercader ensayando una de sus sonrisas—. ¿Para qué iban a esforzarse? Les bastaba esperarnos en San Juan de Acre, a dónde íbamos a ir, si no. En esa maldita costa, lo que no está en manos de los turcos, está amenazado por los mogoles. Lo único que queda es lo poco que consiguió Corazón de León y, te guste o no, eso es Acre.
Laín comprendió a qué se refería Ciriaco. Lo que en tiempos había sido reconquistado por los cristianos estaba de nuevo en manos de los mahometanos. Tras la rendición, el rey inglés había llegado a un acuerdo con Saladino para mantener la cruz en la ciudad, pero era prácticamente el único lugar donde desembarcar para un cristiano.
—Allí está el cuartel de los templarios —dijo Guy sombrío.
—Y el de los teutónicos y el de los hospitalarios —repuso Ciriaco con retintín—. Y también el de los pisanos y los genoveses. —Fue abriendo la mano y, con gestos exagerados, estiró los dedos como si estuviese intentando contar los granos en un saco de trigo—. Y un montón de gentes más: hebreos, persas, dálmatas…
Como un gato enfadado, Guy bufó.
—Ya lo hemos hablado, una y cien veces —dijo entonces Ciriaco ensayando un aire más solemne—. Antes de llegar a Venecia, en Venecia y una vez embarcados. Y tienes toda la razón —admitió—. Vamos a una ratonera. Y cada día que pasa más posibilidades les damos para que estén aguardándonos —concedió con un mohín—, pero nada podemos hacer por el momento.
Laín había dejado ya de disimular, y ni siquiera sujetaba el carboncillo. En ese momento sólo sus animales permanecían ajenos a lo que se estaba tratando. La prima miraba hacia el seco exterior a través del único postigo de la pieza, que estaba abierto hacia un paisaje de rocas rojizas, arbustos encogidos y tierra seca, un pobre pastizal en el que Fatana y sus demás monturas buscaban alguna sombra y algo de hierba que pacer. Lume proseguía con su siesta, sin darle importancia a su cogote, tiznado de hollín cuando el muchacho le había rascado detrás de las orejas con los dedos manchados de carboncillo.
—Pues maldita sea la gracia que me hace —dijo Guy entonces—. ¿Qué vamos a hacer si nos están esperando?
Ciriaco se manoseó el mentón reflexivo.
—He estado pensando mucho. Si me preguntas mi opinión —contestó, engolando la voz como un abacero en feria—, lo mejor sería olvidarse de todo y dar media vuelta. Si esa proposición no te convence, entonces yo me inclinaría por desenterrar de una vez los maderos de Jacques de Lunel y hacernos asquerosamente ricos…
La fría expresión en el único ojo del gascón dejaba claro que el horno no estaba para bollos, y el mercader se puso serio; al menos, tan serio como pudo.
—Entonces, creo que nuestra solución es el preste Juan.
Aquello dibujó una sorpresa en el rostro severo de Guy, y una aún mayor en el de Laín.
—No me vengas con cuentos. Eso es una patraña —repuso el gascón conteniendo el enfado.
Aunque vagamente, Laín sabía de qué hablaba el mercader y entendía las dudas del gascón. Según se contaba, en algún lugar entre Bagdad y Qara Qorum, un rey que también era sacerdote había logrado sobrevivir al asedio de mogoles, tártaros, rus, eslavos y turcos. En algún lugar perdido en la inmensidad de aquellas tierras al norte de las rutas de la seda había instaurado un reino piadoso en el que se adoraba a Cristo y que era refugio de todo cristiano. Pero el muchacho no tenía ni idea de si era leyenda o realidad. Desde que saliera de San Paio había visto tal cantidad de prodigios que casi podía creer cualquier cosa.
—Probablemente. Estoy seguro de que das en el clavo de nuevo —concordó Ciriaco—. No he tenido ocasión de tratar con los mogoles, pero, teniendo en cuenta que han mandado al mismísimo Papa a freír espárragos y que le han ordenado que les rinda pleitesía, me cuesta creer que uno de sus kanes permitiera un reino así en las tierras de su vasto imperio. Cierto. Pero la idea sigue siendo buena.
—Más vale que te expliques y que lo que digas tenga sentido —amenazó Guy.
Los hoyuelos del mercader volvieron a aparecer en sus mejillas y pidió calma con un gesto de la mano.
Se fijó en las manchas negras que adornaban el cogote del perro y su sonrisa se agrandó. Luego observó durante un instante al dueño. De espaldas, cualquiera lo hubiera tomado ya por un hombre, pues había crecido hasta tener los hombros anchos y una buena estatura. Aunque en cuanto se le miraba de frente se veían la nariz demasiado grande y los rasgos desproporcionados de un adolescente, una imagen bisoña que acentuaba el corte en el mentón que se había hecho un par de días antes al intentar rasurarse. Sin embargo, aquellos ojos de color tan perturbador contaban las historias de un viejo, no las de un niño.
Era un buen rapaz, y Ciriaco pensó que lo mejor sería darle una última oportunidad de abandonar aquella locura en la que se habían metido de cabeza.
—Muchacho —le dijo entonces a Laín—, hazme el favor, ve al pozo y trae algo de agua fresca. Este condenado calor me está matando, esta maldita isla parece que sólo sirve para las lagartijas.
Con pesar, pero sin atreverse a protestar, Laín se levantó y fue a cumplir con el recado mientras el mercader desgranaba sus ideas con Guy.
Cuando regresó, lo primero que le oyó decir fue:
—Está bien. Llevas razón. En cuanto al resto —pareció dudar por un momento—, puede funcionar. Son como los hebreos —añadió el mercenario razonando sobre ello —, son reservados. Y se mantienen fieles a los suyos. Pero eso no resuelve todos nuestros problemas. ¿Qué haremos si al llegar a puerto descubrimos que esa recua de malnacidos nos está esperando? Desembarcar sin más…
—No, eso no sería buena idea. Ya sé que, si por ti fuera, saltaríamos a tierra con el puñal entre los dientes, la espada en la mano y la furia espoleando los riñones — reconoció el otro con una amplia y sardónica sonrisa—. Sangre y fuego, ¿verdad? Así es como lo solucionarías. Si por ti fuera, te lanzarías solo a la conquista de Tierra Santa.
Gruñó de nuevo el mercenario y Lume levantó las orejas por un momento.
—¿Qué haremos? —insistió cortando las pullas del mercader.
—Pues creo que para eso también puedo tener la solución, aunque necesitaremos la ayuda de los Polo, y puede que también de ese griego malcarado.
El pesado calor del día aún se desprendía de los ladrillos de adobe y los roquedales, como si le costase apartarse de aquello a lo que ya había tomado cariño.
Olía a esa mezcla inconfundible en la que se distingue el salitre, las algas abandonadas en la línea de pleamar, el hedor a restos de pescado y el penetrante tufo de la brea.
Cerca de la medianoche, una luna casi llena rielaba en el horizonte y, sobre el mar en calma, parecía un disco de plata bruñida, colocado en las almenas de la que llamaban torre de las Moscas. Una mole fortificada, hecha con sillares rojizos de la arenisca que tanto abundaba en aquella costa, construida a conveniencia sobre un peñasco que despuntaba entre las mansas olas. Era la primera línea de defensa del puerto.
Como la marea era alta, había apenas unos palmos de agua oscura entre el roquedal que servía de cimiento a la atalaya y los espigones que protegían los amarraderos para las naves.
A partir de ahí, siguiendo hacia el norte, se extendía la ciudad, donde predominaba aquella misma arenisca que lo ocupaba todo. Bien pegados al malecón principal estaban el arsenal, la atarazana y los que llamaban cuarteles de venecianos, pisanos y genoveses, que eran quienes movían las mercancías y los dineros. Después, estaba todo rodeado por una inmensa muralla cuajada de torres y garitas defensivas; la de san Nicolás, la del rey Hugo, la de los teutones, la del legado y otra media docena más. Intramuros, con el caos propio de haberse levantado a prisa y corriendo, se entrecruzaban las calles típicas de una ciudad marinera, amplias calzadas que daban servicio al puerto y estrechos callejones que se perdían en laberintos cuyo centro ocultaba tugurios donde los navegantes se gastaban el jornal dejándose atrapar por los vicios terrenales.
Además de las casas cubiertas de tejas, el palacete del patriarcado, las tienduchas, los puestos, el caravasar y alguna mansión de los comerciantes más pudientes, destacaban los campanarios de la iglesia de san Andrés y de otros templos menores, desperdigados por todos los rincones con arquitecturas variopintas, porque, además de santuarios occidentales, había en la ciudad muchos otros con la recargada inspiración del cristianismo oriental, como el de los armenios, huidos de su país tras la invasión de los turcos, y cuyos párrocos, además de casarse, llevaban largas barbas y estrambóticos tocados.
Y lo más llamativo eran los rotundos cuarteles de las órdenes de caballería. Entre ellos destacaba la mole de los templarios, enclavada en el cabo de tierra que ponía fin a la ciudad por el sur y separada del puerto únicamente por el barrio de los pisanos. Era una alcazaba inmensa, erizada con sus propias torres y garitas. Una mezcla entre monasterio y castillo, con espacio para refectorio, celdas, capilla, enormes almacenes, establos, amplio patio de armas y barbacana. El muro exterior se fundía con las murallas que rodeaban la ciudad y, sobre ella, ondulaba el inconfundible estandarte de la Orden, el baussant blanco y negro.
Era San Juan de Acre, y los siglos de continuas luchas la habían fortificado hasta el extremo de parecer una tortuga varada en las arenas de las playas palestinas.
Y, como cualquier ciudad regida por la actividad de un puerto comercial, era fácil encontrar en qué entretenerse a esas horas de la madrugada. Por eso, con un chasquido de fastidio, Rui Trillo, más conocido como uno de los hermanos Cagafuego, le arreó un puntapié a un guijo que se topó en su camino mientras hacía la ronda por el espigón.
Llevaban allí todo el invierno, esperando ociosos a que empezasen a llegar las primeras naos de la temporada. Y no lo habían pasado mal. Habían tenido tiempo de conocer los burdeles más limpios, las camas con menos liendres y las bodegas donde no aguaban demasiado el vino. Habían causado unas cuantas refriegas, más de una con sangre de por medio. En una ocasión, durante la víspera de la Natividad, se habían topado con uno de los pocos mahometanos que malvivían en la ciudad gracias a trapicheos de baja estofa y le habían abierto la garganta para abandonarlo a las ratas del puerto.
Pero ni el magistrado, ni los alguaciles del patriarca habían llegado hasta ellos. Al fin y al cabo, eran templarios, y Acre estaba bajo su talón. Además, Baños, el que los mandaba, tenía manga ancha, le venía dando igual cuanto hicieran con tal de que no se les escapase el gascón tuerto cuando llegase el momento. Rui no tenía ni idea de por qué valía tanto la cabeza de aquel mercenario, pero los rumores entre los hermanos y lo que había visto hasta el momento le cuchicheaban al oído que había detrás de aquel asunto algo muy gordo, algo de lo que se ocupaban los maestres, los senescales y los reyes. Pero eso tampoco le preocupaba mucho. Se limitaba a hacer lo que le ordenaban, aparentar que obedecía la regla de la Orden cuando convenía y a intentar vivir la vida, que para los soldados de fortuna como él solía ser corta y preciosa.
Y en Acre lo habían pasado bien. Además, estando en el Oriente se les dispensaba de escuchar maitines y la regla templaria se relajaba, haciendo su vida mucho más placentera. En el inmenso cuartel del Temple se ofrecían rigurosamente dos comidas diarias a los hermanos y carne hasta tres veces a la semana; asimismo, el comandante de Acre era generoso con el vino que ofrecía en las mesas de sus hombres. Así que Rui y su hermano estaban contentos con sus menesteres, sin otro trabajo que el de esperar la llegada de los barcos mercantes para atrapar a aquellos que perseguían desde Navarra.
Ahora sabían que eran tres, porque Baños, con métodos muy expeditivos que tenían que ver con la habilidad de usar un martillo de carpintero con mucha maña, había sonsacado a un tiñoso de San Cernin al que habían encontrado después de unas cuantas preguntas en la barriada de los francos.
Sin embargo, a Rui Cagafuego le daba igual si eran tres o veinte, porque estaba convencido de que ya no vendrían. Había pasado demasiado tiempo sin noticias de ellos. Los mensajes que Baños había hecho correr en Génova, Pisa y Aguas Muertas no habían recibido respuesta, y del puerto de Venecia sólo habían sabido que podían haber llegado hasta allí, pero ninguna novedad sobre que hubieran partido.
De modo que, como tenía la certeza de que estaban en Acre en balde, en esos días se ocupaba con mucho más interés de otros menesteres. Andaba enamoriscado de una mozuela que servía en una posada cerca de la puerta de san Antonio. La muchacha era capaz de hacerle aullar y sólo tenía el defecto de andar algo suelta de cascos, porque tanto le hacía ojitos a él como a su hermano Godino. Así que, mientras paseaba por el espigón sin dejar de echarle continuos vistazos a la última galeaza que había atracado, una veneciana que se veía baqueteada, no podía apartar de la cabeza la idea de que su hermano estaría ahora mismo poniendo a la moza a gatas y disfrutando de la gloriosa visión de aquellas posaderas que parecían cojines de nácar.
Baños había sobornado a los alguaciles del puerto, que andarían jugando a los dados en la garita que había al final del malecón, procurando no entrometerse en los asuntos de los templarios, dueños de la ciudad. A aquellas horas por allí sólo rondaban los gatos, que o bien andaban en peleas de enamorados o bien rebuscaban entre las cajas de pescado intentando encontrar una raspa con la que aplacar el hambre. Acre era en esos días un lugar atestado, lleno a rebosar de los miles de refugiados, exiliados, expatriados y meros desgraciados que escapaban del empuje de los turcos o del ansia conquistadora de los mogoles. De hecho, las luchas internas entre los propios mahometanos también habían propiciado extrañas alianzas entre enemigos, pues en Acre existía incluso un pequeño barrio de comerciantes llegados de Damasco que convivían entre los cristianos vendiéndoles artículos de lujo, y unas cuantas casas de tejedores que habían escapado de Mosul, quienes seguían dedicándose a su ancestral habilidad con los telares. Resultaba que entre los mahometanos coexistían muchas doctrinas diferentes con variopintas interpretaciones sobre las enseñanzas de su profeta y su libro sagrado, el Corán. Los había que incluían el uso de hachís en el culto, y los había que obviaban la prohibición de consumir vino, además de variadas disquisiciones de las leyes incluidas en el Fiqh y los preceptos de la Aqidah. Y no era extraño que las distintas facciones lucharan entre sí con fiereza.
Así que la ciudad se había convertido en el principal refugio de cualquier cristiano de ultramar, de mahometanos que escapaban de sus semejantes y de muchos otros que no tenían donde caerse muertos. Sin embargo, el puerto, de noche, era un lugar vedado. El acceso estaba controlado y se pretendía garantizar la seguridad de los navíos y las mercancías, porque Acre entera tenía muy en cuenta que su supervivencia dependía, en buena medida, de su prosperidad.
Un poco más allá del espigón, donde empezaban a enredarse las madejas de callejuelas, había gente por doquier, incluso de madrugada, pero en el recinto del puerto el único que se movía era Rui.
A excepción del jefe, que mandaba pero no trabajaba, a cada uno de los suyos le tocaba hacer guardia en el puerto una de cada cuatro noches. Por eso, tras tantos meses, Rui se conocía la rutina. Entre el oficio de vigilia y los largos salmos de maitines, mientras los más piadosos entre los suyos dormían en el enorme monasterio templario que podía distinguir desde donde estaba, sólo aparecerían algunos pescadores que, al amparo de la luna, saldrían con sus chalupas de vela triangular, listos para llegar a los caladeros al amanecer. También había un viejo arrugado que, una de cada dos noches, zarpaba con un facho encendido. Una vez le había preguntado y el pescador le había explicado que le servía para encender un candil a proa, lo que proyectaba en el agua una luz que atraía a los peces, una magia que a Rui le pareció un disparate.
Por lo demás, su hermano, que era quien le había dado el relevo, le había advertido de que ninguna nao había atracado ese día y que en la galeaza veneciana se había visto algo de trajín.
—El armador —le había dicho Godino—, ese gordo colorado como un cochino, ha ido y ha vuelto un par de veces. También han traído unas cuantas barricas a lomos de camellas y las han cargado.
—¿No han bajado nada?
—Nada —había respondido su hermano con rotundidad.
Y los dos se habían sonreído, contentos de que su trabajo estuviera siendo relajado, porque ninguno de los dos era aficionado a las labores pesadas.
Por eso, cuando le tocaron el hombro, cogiéndolo desprevenido por estar pensando en la suerte de su condenado hermano, además de enfadarse consigo mismo, Rui Cagafuego se sorprendió.
Al darse la vuelta descubrió a un hombre tan alto como él, pero mucho más delgado; un tipo espigado que parecía un cordel de esparto con el que un grumete hubiera estado practicando nudos marineros. Tenía barba espesa y rizos negros le caían sobre las orejas; lo poco que se veía de las mejillas aparecía curtido como cuero viejo dejado al sol. Tan tieso y salitroso que no dejaba lugar a dudas sobre su profesión.
—Buenas nos dé Dios —le dijo con una amplia sonrisa que mostró unos dientes blancos y bien hechos en el rostro aceitunado—. Me llamo Kyrigiakos y soy el patrón de la Bellela, esa galeaza de ahí —se presentó, al tiempo que señalaba hacia la nao.
Por un momento, a Rui le costó reaccionar. Cuando logró hacerlo, llevó la mano a la espada e, instintivamente, se preparó para luchar. Sacó medio palmo del hierro, dejando ver que era buen acero al estilo de Damasco, con las inconfundibles filigranas azules que dejaba en el temple la mezcla de cenizas y vinagre de sidra.
—¡Calma! Calma, por favor —exclamó el griego alzando las manos en son de paz—. Sólo he venido a proponerte un negocio —aclaró, y alcanzó la bolsa con un tintineo de monedas.
El otro no contestó, pero tampoco abandonó el pomo de su arma. Así que el patrón dudó si debía o no continuar con su parlamento. Sin embargo, poco después, Rui relajó su expresión.
—Llevo unos días fijándome —comenzó tentativo—. Hace un tiempo que hay un negocio que me ronda.
La mano seguía apoyada en el hierro, pero el semblante ya no era amenazante.
—Sin embargo —continuó el griego—, he visto que siempre hay ronda por el puerto. Así que, como zarparemos pronto y se me acaba el tiempo, he pensado que, a lo mejor, podría interesarte participar y mantener la boca cerrada.
Sabiendo que se jugaba terminar en alguno de los míseros calabozos que abundaban en los subterráneos al norte de la ciudad, donde se decía que jamás se volvía a ver la luz del día, el patrón hablaba despacio, intentando calar las reacciones del otro.
Rui contuvo la sonrisa que quiso aflorar a sus labios. Puso los brazos en jarras y, abandonando por fin la espada, animó al otro a continuar sin mediar palabra, sólo con un leve gesto, como fingiendo que aún no estaba convencido.
—Hoy nos han traído un cargamento de barricas. —El Cagafuego recordó lo que su hermano le había dicho en el cambio de guardia—. Algunas especias, sobre todo pimienta. Un poco de mirra, otro tanto de incienso y una entera, llena a rebosar, de óleo del Santo Sepulcro —desveló el marino con una sonrisa cómplice.
Al oír aquello, aunque pretendió evitarlo, las cejas del sargento templario se alzaron. Ésa era una de las mercancías más valiosas que se podían encontrar en Oriente; su precio en Toledo, París o la misma Roma alcanzaba el de su peso en oro.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó al fin Rui.
—Bueno, en realidad, no mucho. La mayor parte del trabajo ya está hecho —dijo el griego en un tono que pretendía restarle importancia al asunto—. Un par de mis tripulantes y yo teníamos preparado un juego de tres barricas con doble fondo y hemos hecho algunos cambios…
Dejó las palabras en suspenso, como si ya no hiciera falta explicarse más, pero Rui lo animó a seguir girando los dedos regordetes de su mano.
—Hemos vaciado buena parte del cargamento en esos barriles amañados, para no levantar sospechas, y el resto lo hemos escamoteado. Lo tengo listo para venderse — explicó el patrón—. Yo esperaba hacerlo antes de zarpar. No pueden seguir a bordo cuando salgamos, por si al jefe le da por hacer inventario y no le cuadran las cuentas. Aquí tengo contactos, un genovés que regenta un negocio cerca de san Sabas. Y ya lleva varias noches esperando el cargamento, sin embargo…
—Quiero un tercio —intervino solemne el Cagafuego.
El griego se lamentó profundamente, acudió a la memoria de sus humildes abuelos, pidió clemencia, ofreció un octavo y el otro se negó en redondo.
Tras un buen rato, como era evidente que ambos querían sacar provecho de la ocasión, acordaron un sexto.
—Pero quiero ver las barricas —advirtió Rui—. Si lo conociera, no me fiaría de mi padre.
El griego aceptó y, después de apretarse las muñecas, lo condujo hasta la Bellela, donde lo guió a las bodegas.
Había también sacos, corachas y enormes gavillas con corteza de canela atada bien prieta.
—Ábrelas —dijo Rui cuando llegaron hasta las barricas apiladas, donde aguardaban dos marineros de manos callosas y mirada huidiza—, quiero ver la carga.
El susto se pintó en la expresión del griego, que dio de pronto un paso atrás, temeroso. Algo que, de inmediato, puso en alerta a Rui, quien volvió a llevar la mano hasta la empuñadura de la espada.
—Ya te lo he dicho —se explicó en tono frío sacando hierro de la vaina—. Si lo conociese, no me fiaría de mi padre, ya te lo he dicho. Así que ya puedes ir haciendo saltar los tapones si no quieres que te abra las tripas aquí mismo y me invente cualquier historia. ¿O acaso creías que iba a dejar que me estafases?
Aquello sirvió para calmar al griego que, acostumbrado a lidiar con mercaderes, conocía la codicia de los hombres. Dio unas órdenes en veneciano a sus marineros y éstos se hicieron enseguida con herramientas de madera que les permitirían apalancar los tapones sin riesgo de que, al rozar las duelas, se soltase una chispa que prendiese los vapores del aceite.
Cuando se hicieron a un lado, Rui, muy ufano, comprobó el cargamento de cada una de las tres barricas. En cuanto arrimó los hocicos a la primera, le sobrevino un salvaje estornudo que le dejó dos velas colgando de las narices.
—Ése es el de pimienta —dijo el griego.
Y el templario se volvió de inmediato para descubrir la burla en el rostro del otro. Pero no vio el menor asomo: el patrón permanecía expectante y, evidentemente, nervioso. Se notaba que estaba deseando terminar.
En el siguiente, que también desprendía un intenso olor, podían verse trozos de una goma aceitosa.
—Mirra —anunció el patrón, y Rui dio un gruñido aproximándose a la tercera de las barricas, que era un poco más pequeña.
Aprovechó para coger uno de los restos de cordel encerado que habían asegurado las tapas y, cuando se asomó a la última cuba, hundió el bramante en el espacio abierto por los marineros.
Cuando lo sacó y lo pasó entre sus dedos, quedó en ellos un rastro brillante e inconfundible.
—Óleo del Santo Sepulcro —anunció el griego.
Rui gruñó satisfecho.
—Está bien, podéis descargarlos. Yo me encargaré de que los alguaciles del puerto hagan la vista gorda.
—¿Nos ayudarás? —le preguntó el patrón de la Bellela.
—Eso es asunto vuestro, el mío es cobrar mi parte de lo que saquéis. Además, no pienso abandonar el malecón. Id hasta donde tengáis que ir, haced lo que tengáis que hacer y mañana al alba me buscas en el Traspié —dijo al griego, refiriéndose al figón donde trabajaba la mozuela por la que bebía los vientos—. Ése que está junto a la puerta de san Antonio, el del cartel roto.
El griego protestó un poco más. Abogó porque redujera su porcentaje si no iba a ayudarlos con las tareas pesadas.
—Aunque sólo sea para descargar las barricas por la rampa y llevarlas rodando hasta el carromato. No quisiera que nos viera algún pescador…
No sirvió de nada.
—Les tengo demasiado aprecio a mis cuadriles para malograrlos con esfuerzos semejantes —adujo Rui—. Allá os apañéis vosotros. Además, del puerto ya te he dicho que no me muevo. Le tengo apego al oro, pero más se lo tengo a mis huevos y, si aparece Baños por aquí y descubre que me he escaqueado, hará que me los trague. Ni hablar, búscame en el Traspié cuando acabe mi turno y dame mi parte.
Dicho lo cual, se marchó muy airado, dando pisotones que retemblaron en la rampa que bajaba desde la nao al amarradero.
Nunca llegó a saber que su vagancia le había salvado la vida.
Los dromedarios tenían mucha menos grasa donde acomodar los traseros. Además, resultaban monturas bamboleantes a las que costaba acostumbrarse. Y eran bestias con costumbres desagradables para los jinetes, como la de morder, o la de cocear igual que mulas ariscas. Aunque el peor de sus hábitos era el de escupir con desdén, asunto en el que se mostraban especialmente habilidosos, pues, mientras rumiaban, moviendo a un lado y a otro sus grotescos labios elásticos, eran capaces de levantar uno de los belfos lo justo para echar un gargajo sucio y maloliente en el que podían distinguirse restos de los brotes secos con los que se alimentaban: tallos de aquellos arbustos sarmentosos y esmirriados que parecían ser los únicos capaces de crecer en aquel erial, por el que pululaban poco más que alacranes.
Sus amplias pezuñas, sin embargo, tenían una gran ventaja sobre los cascos de los caballos. Los camellos apenas se hundían en aquella mezcla horneada de gravilla y arena que semejaba un trozo del mismísimo infierno. Su facilidad en aquel terreno les había permitido llevar un buen ritmo durante la travesía. Con suerte, gracias a que habían apretado el paso tanto como se habían atrevido, llegarían a la pequeña ciudad en un día más.
Y eso a pesar de que limitaban el viaje a las primeras y últimas horas del día. Si lo intentaban al mediodía, corrían el riesgo de caer fulminados bajo aquel sol de justicia que brillaba inclemente en el cielo, donde no se veía ni una sola nube. De noche no osaban probarlo, porque les habían advertido de que, de tanto en tanto, podían toparse con engañosas costras de sal que cederían fácilmente bajo el peso de los zancudos camellos. Y eso podía significar una terrible muerte entre arenas movedizas.
Pasaban sed, que malamente apagaban con el agua recalentada y con sabor a pellejo que transportaban en los odres. Se les habían cuarteado los labios, tenían el rostro despellejado como los lagartos, e incluso las bestias parecían estar sufriendo.
Aun así, Ciriaco era capaz de mantener su habitual buen humor.
—No salió tan mal —dijo durante un descanso.
No corría un soplo de aire y hacía un calor asfixiante, incluso al resguardo del tenderete que habían levantado.
Como si fueran una cabila de beduinos, estaban todos echados sobre esterillas que templaban el calor del suelo, bajo la sombra que les proporcionaba la improvisada jaima. Sólo faltaban los camellos, que pacían cansinamente entre los hierbajos.
Amodorrados como estaban, las respuestas fueron poco animadas. Guy gruñó con disgusto. Laín torció el rostro para mirar hacia el mercader. Y Lume bostezó sonoramente después de pasarse las manos por el hocico intentando librarse de algo de aquella arena.
—Bueno, hombre, podía haber sido peor —le dijo Ciriaco al gascón—, al fin y al cabo sólo hizo falta frotar un poco.
Era ya la vigésima vez que el mercader recordaba el cómico aspecto del infante cuando al fin les habían dejado salir de las barricas. El depósito de aceite que habían preparado bajo la tapa, por si a alguien se le ocurría comprobar el contenido, había terminado resquebrajándose y, cuando el gigantón salió del tonel igual que un pollo de la cáscara del huevo, también apareció pringoso y empapado por alquitrán rancio, porque Maffeo Polo y su hermano Niccolò habían estado más que dispuestos a echar una mano, incluso a arriesgar sus vidas con todo aquel asunto, pero no a desperdiciar el carísimo óleo del Santo Sepulcro.
Quizás era aquel asfixiante calor. O la incertidumbre de las indicaciones que habían recibido. Si se equivocaban, podían acabar vagando por aquel desierto por el que había errado el mismo Jesucristo. Y a ninguno se le escapaba que no serían capaces de sobrevivir allí cuarenta días. Pero, fuera cual fuese el motivo, Ciriaco notó que el joven Laín no rió la gracia.
Y algo se conmovió en las asaduras del mercader.
Había intentado convencer al muchacho de que volviese a Venecia con el barco de los Polo, pero no había servido de nada. Ahora tenía la impresión de que, a cada día que pasaba, el que había sido un chicuelo alegre se convertía en un hombre taciturno.
Estaba entero y se mostraba duro. En lugar de intentar echar una cabezada, como el gascón, permanecía sentado con las piernas cruzadas, compartiendo unas tiras de tasajo con el perro y el halcón. Igual que Guy, el muchacho se había acostumbrado a hablar poco o nada y parecía preferir la compañía de sus bichos.
—Sigo creyendo que no fue tan terrible —insistió, más para sí que para ninguno de los otros dos, que no le hacían caso.
Y antes de tumbarse para intentar descansar un poco, volvió a reírse al recordar a Guy saliendo de la barrica, pringado de aceite, despelucado y escupiendo maldiciones.
Se oía la brisa, que sonaba rasposa por culpa de la arena. Se escuchaba el rumor de los camellos mientras comían. Y el único olor era el de aquella penetrante sequedad.
Gracias a los contactos de los hermanos Polo, habían abandonado Acre en una caravana que marchaba hacia Jerusalén bajo el mando de un viejo amigo de los venecianos, con el que llevaban años haciendo tratos; un hebreo de nombre Mirdin, enclenque y de nariz ganchuda, que los había guiado y llenado con consejos.
Antes de llegar a la ciudad santa, donde sabían que no serían bien recibidos, el judío les había dado indicaciones para que pudieran alcanzar su destino, insistiendo en lo que ya sabían: que no se les ocurriera acercarse a Gaza.
Y aquélla no era la única trampa. Damasco, Alepo, Mosul, la mismísima Palmira que fundara Salomón, cualquier ciudad en la que pudiera pensarse estaba en manos mahometanas. Desde las campañas de Saladino, había muy pocas opciones, prácticamente ninguna para tres cristianos perdidos por aquellos pagos. Acre y un puñado de asentamientos más a lo largo de la costa era cuanto había podido conseguir el inglés Corazón de León cuando los cristianos habían tomado la cruz por última vez para recuperar Tierra Santa.
De ahí que, pese a que pareciese un callejón sin salida, hubiesen decidido adentrarse en el desierto del Neguev, el mismo por el que había vagado Moisés después de que los suyos atravesasen el mar de los Juncos, tras abandonar Egipto.
Una planicie árida y condenada en la que sólo abundaba la sed, pero en donde estaba su única esperanza: Berseva.
Era un villorrio tan viejo como el tiempo, en el que podían encontrarse con los únicos aliados que aún tenían en aquellas tierras y que, quizá, pudieran ayudarles a encontrar razón de lo que pudo haberles pasado a los hombres perdidos de la expedición del rey Teobaldo II de Navarra.
A apenas ocho leguas al levante de Gaza, no era más que un lugar de paso en la ruta al sur de Jerusalén, sin otra virtud que permitirse los últimos abastos antes de adentrarse aún más en el corazón de aquel condenado desierto en el que no había más agua que la del mar Muerto, tan salada que estropeaba cuanto el Jordán vertía en él. Un lugar maldito a cuyas orillas habían quedado las cenizas de Sodoma y Gomorra.
—No, no es gran cosa —se dijo para sí Ciriaco en un susurro que sólo captó Lume.
Y, ciertamente, Berseva no era gran cosa, pero en ella había un pequeño barrio de mercantes caldeos. Y los caldeos podían no recibirles con los brazos abiertos, pero eran cristianos. Y entre ellos mercadeaban usando las ciudades en las que tenían presencia como postas seguras. Los caldeos conocían las noticias que corrían por las rutas de la seda y las especias. Los caldeos podían serles de utilidad. Ésa había sido la idea que Ciriaco había tenido pensando en el mítico reino del preste Juan, la que había compartido con Guy en la isla de Chipre.
Además, y eso no lo había compartido con su viejo amigo, Berseva no estaba a más que cien leguas del lugar en el que Jacques de Lunel había enterrado los maderos de la vera cruz.