Laín
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INTROITO
E L MOCOSO
«… y aunque los otros huyan del campo, sepas que éstos no huirán por ninguna manera, que conocen que han logrado ya bien sus días: y si les acaeciere querrán antes aquí morir que tornar las cabezas para huir…».
Libro II de La gran conquista de Ultramar, circa 1290.
Era huérfano. Y bastardo. Sin más apellido que su sombra. Un mocoso espigado y sucio.
Con sólo once años, no tenía espaldas para cargar con más culpas.
De su madre había recibido su única herencia, unos ojos grises como ceniza húmeda. A la desdichada la había matado la buba hacía ya cinco inviernos. Se fue a los cielos sin otra cosa que un mandil sobado y el profundo amor que sentía por su único hijo, al que dejaba solo.
De su padre, ni tan siquiera llevaba el nombre. Aunque, tal y como se oía en los cuchicheos de las gentes de San Paio, la estatura que el crío prometía y las greñas despeinadas, del color de la madera de haya recién cortada, eran muestra más que suficiente para todo el que quisiera saber la verdad.
Y él sabía la verdad. Pero no guardaba rencor alguno. Había aceptado las burlas, y también los abusos. Así era la vida, con sus desgracias. Igual que las heladas, el rayo o las piedras que zancadillean el arado al labrar la tierra.
Aun así, alimentaba sueños, amontonados unos encima de otros. Albergaba esperanzas, tibias y reconfortantes como una buena manta de lana en una fría noche de invierno.
Se llamaba Laín.
No tenía nada. Iba a perderlo todo.