Laín

Francisco Narla · Capítulo 6 de 25

Páginas del PDF

Laín

Estrofa IV. Las piedras del castillo

ESTROFA

IV

LAS PIE DRAS DE L CASTILLO

«Nada ocultes, ¿cuál es nuestra suerte?,

¿es destierro, es prisión, es hierro o es muerte?».

La tragedia de los templarios, François Raynouard

El sabor amargo del brebaje se le pegó al paladar y apenas pudo tragarlo. Tosió. Y sintió frío.

Todo estaba oscuro, apenas una vela de sebo iluminaba el lugar. Dejaba en el aire el inconfundible olor de la grasa quemada y había allí más de aquel tufo rancio que luz. La triste llama apenas podía hacer otra cosa que temblar entre sombras de recovecos irreconocibles.

Estaba helado.

Cuando las fiebres habían hecho mella en mamá, Laín había preparado tisanas de silva y, con algo de miel que sisaba en las cocinas, la ayudaba a beberlas aupándole la cabeza ardiente y acercando la taza de barro a los labios resecos.

Lo había hecho así, porque así lo recordaba. Así lo había hecho ella cuando él se había sentido enfermo. Mamá siempre había cuidado de él.

Notó la mano que recogía su cogote. Se dio cuenta de que le alzaban la cabeza y también de que volvían a acercarle una jícara con aquel amargor caliente que le mojaba la boca y se le escurría por la barbilla.

Tragó cuando inclinaron el recipiente y la poción se precipitó en su boca.

En todo momento se sintió lejos. Sabía que algo estaba sucediendo, y resultaba familiar. Sin embargo, no lo comprendía. Su mente, embotada, no encontraba las respuestas que buscaba.

Quizá mamá había regresado. En el aire, bajo el aroma socarrado de la vela, flotaba también el dejo rasposo del jabón basto que picaba en los ojos cuando mamá lo obligaba a meterse en la tina y restregarse bien.

Aquellas manos se comportaban igual que en sus recuerdos. Sintió cómo dejaban que se acostase de nuevo. Y los dedos, dulces como los de mamá, retiraron el pellejo de oveja con el que no conseguía espantar el frío. Luego, cuidadosamente, se ocuparon de las magulladuras y las heridas.

Advirtió un nuevo olor, un aroma mucho más dulce. Le recordó a los rosales en la esquina de la explanada, bajo la torre. Y enseguida, en los lugares en carne viva, sintió un inmediato alivio cuando quedaron cubiertos por la cataplasma.

—¿Mamá? —la pregunta fue apenas un murmullo y requirió de todas sus fuerzas.

Aquellas manos le apartaron el flequillo de la frente, pegajosa por el sudor frío y espeso.

—Tranquilo —oyó en un susurro calmo.

Fue una voz dulce y serena. Llena de cariño. Como la de mamá.

Pero Laín no tuvo siquiera un último resquicio de nervio para hablar de nuevo. Luchó con toda su voluntad, pero se hundió en algún lugar oscuro y brumoso, lejano.

Más allá de la consciencia, donde el dolor era un bisbiseo sordo.

Y permaneció allí hasta que un familiar tintineo de metal lo trajo de nuevo a la realidad.

—¿Cómo está?

Era una voz conocida, grave y rasposa, con un dejo que había escuchado antes. Pero no supo ponerle nombre.

—Tiene mucha fiebre, pero las heridas están curando bien.

No podía ser. Resultaba imposible, pero la respuesta la había dado mamá. Sonaba igual de preocupada. Tan dulce como ella cuando le contaba una historia antes de irse a dormir. Igual de serena. Y Laín hizo cuanto pudo por abrir los ojos. Quería ver a mamá, quería hablar con ella y decirle cuánto la había echado de menos.

Sin embargo, fue incapaz. Se sentía como sumergido en miel hasta el pescuezo. Inútil para cualquier cosa que no fuera escuchar.

—¿Saldrá adelante? —De nuevo ese acento en aquella garganta ronca.

Hasta el jergón donde convalecía se acercaron unos pasos que, en su delirio, también creyó reconocer. Todo a su alrededor resultaba familiar, pero las fiebres que lo consumían le nublaban la razón.

—Eso no puedo saberlo. Las heridas y los golpes son una cosa, pero le ha cogido un mal aire y tiene calenturas. Las he limpiado bien con vino…

El hombre quiso intervenir, pero ella lo atajó con un ademán brusco.

—No, esos remedios de aceite hirviendo que trajiste de ultramar no funcionan, ya te lo dije. He limpiado bien las heridas con vino. Y le aplico emplastos de rosas, pero le ha subido mucho la fiebre. Ahora depende de él, de cuánto luche. —Mamá hubiera dicho exactamente lo mismo; esas palabras sonaban a ella.

—Lo conseguirá, es fuerte. Y muy valiente.

Entonces también le pareció escuchar un ladrido quedo, y Laín pensó que, de algún modo misterioso e incomprensible, Lúa también estaba allí.

Podía ser el purgatorio o los mismísimos cielos, o quizá las ánimas de los fallecidos habían vuelto a buscarlo, como en los cuentos que el viejo Tomás hilaba al mor de la lumbre. De repente, fue presa del miedo. Quizás estaba siendo castigado por sus pecados. A lo mejor estaba a punto de entrar en los infiernos y sufrir el tormento eterno.

Se desvaneció hasta que un nuevo ruido lo rescató.

Sonó a cacharrería. A cuchara de madera en un pote colgado sobre las brasas. Y de nuevo un olor vino hasta él, el aroma de carne estofada con hierbas.

Cuando logró entreabrir los ojos apenas distinguió manchas borrosas. Como si estuviera bajo el agua, buceando en el río para levantar cantos rodados y atrapar aquellas gordas larvas de libélula con las que el viejo Tomás le había enseñado a pescar. Estaba intentando darle sentido a esa mezcla de realidad y recuerdos cuando también advirtió algo cálido junto a su cadera, un bulto que se movía de tanto en tanto, pero fue incapaz de llevar la mano hasta donde sentía aquel rebullir.

Le ofrecieron unas cucharadas del caldo y notó el sabor de las verduras y la chicha.

—Entonces, ¿cuándo volverás?

Era ella. Pero no le hablaba a él, se dirigía a alguien a sus espaldas. Una sombra que parecía sentada en un banco junto al hogar.

—Sobrado está aquí al lado. El entierro tiene sus parafernalias, pero, en cuanto termine, regresaré. Con suerte estaré aquí antes de la noche. —Era aquella otra voz ronca.

—¿Sigues pensando que la mató él?

—No lo sé. Los frailes dicen que no. Que fue un síncope. Y todo el mundo parece creerlo a pies juntillas, nadie duda de que una mala noticia puede llevarse a alguien por delante…

Hubo un silencio breve.

—Sin embargo —volvió a hablar aquella voz con acento—, Urraca tenía una salud de hierro; ya sabes, mala hierba nunca muere… Quizá lo hizo ese cabroncete. ¿Cómo saberlo? Aunque no importa lo que yo piense. Ahora él es el nuevo señor, y su palabra es ley. Esto no son tierras del rey, y el obispo tampoco se inmiscuirá. Él es el señor de San Paio y no hay sayón o alguacil que se vaya a enfrentar a él —dijo convencido—. Además, ya ha enviado cartas a Toledo para que el rey Fernando sancione el testamento de don Rodrigo. Tanto si me gusta como si no, su palabra es ahora ley —repitió.

—¿No hay nada que puedas hacer?

—No, por ahora no. Ya veremos.

—¿Tienes idea de lo que planea?

La conversación era apenas un murmullo lejano. Reconocía las palabras, y creía entenderlas, pero no calaban en sus sesos reblandecidos por la fiebre.

—Supongo que habrá misas durante días. Y él tendrá que mantener las apariencias. Además, debe supervisar el trabajo de los canteros para la lápida. Y ya ha dicho que, si llegan noticias de Toledo, encargará otra para su padre… Hay muchos cabos sueltos. Aunque no importa, yo tengo orden de volver aquí. Él piensa partir hacia Ponferrada en cuanto termine con los asuntos de su madre.

—¿Y qué le lleva a Ponferrada? —cuestionó ella.

Le seguían ofreciendo cucharadas del caldo tibio, y el calor que se esparcía por su cuerpo resultaba reconfortante.

—No me lo ha dicho, pero imagino que irá al castillo.

—¿A ver a los templarios? —Incluso a Laín le fue fácil reconocer la sorpresa que había en la pregunta de la mujer—. No lo entiendo, ¿por qué?

Otra cucharada más del guiso se había quedado a medio camino y Laín se esforzó por abrir los labios para pedir que se la acercaran, pero fue incapaz.

—Supongo que necesita aliados —contestó el hombre.

—¿Para ir a la Palestina en busca de su padre? ¿Crees que piensa cumplir con su deber?

Ella pareció darse cuenta de que el niño intentaba tragar y le acercó la cuchara colmada.

—No lo sé, imagino que sí… Pero mal sitio es ése para buscarlos —respondió el hombre—. Mal sitio. Es como vender tu alma al diablo. Da igual lo que prometa a cambio —empleaba el tono de quien estaba muy seguro de cuanto decía—, el precio siempre será demasiado alto. Es un camino peligroso… Ya sabes que no me gustan esos fanáticos.

Se alejó del fuego del hogar y se acercó hasta donde estaba ella, junto al jergón del muchacho. Mientras se movía, Laín no pudo verlo bien, pero cuando se detuvo, distinguió un rostro masculino que lo miraba por encima de la cabeza de la mujer. Él de pie y ella sentada. Los dos lo observaban y Laín quiso hablarles, pero las fuerzas le fallaron.

Algo en el hombre despertaba recuerdos que Laín no pudo identificar.

—Tú fuiste uno de ellos —le dijo ella, entonces.

—Sólo fui armígero —reconoció él en tono defensivo.

—Pero uno de ellos.

Él resopló con desgana.

—Por eso mismo no me gustan, porque los conozco demasiado bien —oyó que decía el hombre—. Puede que antes, cuando la Orden se fundó… Pero no ahora: ahora admiten incluso a los excomulgados, sólo les preocupa la guerra y entre sus filas hay gente de la que es mejor mantenerse apartado. Además, gozan de demasiadas libertades —dejó escapar un gruñido resignado—. No responden más que ante sí mismos y el propio Papa. Ni obispos, ni prelados, ni arciprestes, ni cardenales. Créeme. Los templarios no son lo que presumen.

Entonces Laín perdió la consciencia una vez más y la oscuridad lo envolvió.

Se llamaba Egeria. Y no se parecía a mamá.

Habían hecho falta días, pero al fin su cabeza febril se había aclarado lo suficiente como para entender lo sucedido.

Estaba en una casita limpia y bien mantenida. No la conocía, pero resultaba familiar, tanto como para adivinar que debía ser alguna de las viviendas en el alfoz de San Paio. Seguramente, su propio chamizo, el antiguo alpendre en el que se había instalado cuando doña Urraca lo había echado de los establos, no estaría lejos.

El suelo era de tierra pisada, pero estaba bien compactado y lo barrían a menudo. Las paredes, hechas con hiladas de piedra gruesa cortada toscamente, aparecían limpias; se habían fregado todos los veranos y, como el hogar tenía chimenea propia, la cumbrera no necesitaba estar abierta para dejar salir los humos de la lumbre. No había más que mobiliario sencillo, pero de buena factura. La mesa, las sillas, la artesa y el aparador daban testimonio de que no se trataba de la morada de un simple labriego que arrendase las tierras de don Rodrigo, allí había medios y maravedíes para pagar algunos lujos, como los buenos cacharros de hierro que estaban junto al fuego o las chacinas, embutidos y unto enrollado en lino prieto que pendían de la repisa que rodeaba el hogar. Además, pulcramente colgadas en cordeles tendidos entre las esquineras de las vigas, estaban dispuestas a secar hierbas, flores y ramilletes. Podía reconocer el tomillo, el madroño, la dedalera, el escaramujo, el espino, la malva y muchas otras de las que no sabía el nombre. Y fue aquella despensa medicinal lo que le trajo la idea.

—Tú eres…

Las palabras sonaron como un fuelle con la piel descosida. La garganta le raspaba con cada sílaba y el paladar parecía hecho con arena. Apenas fue un murmullo audible. Aunque bastó para que ella se girara hacia el jergón y le sonriese.

—Eres…

Ella empezó a acercarse, pero Laín volvió a caer en el sopor que tan natural se había hecho para él en los últimos días.

Y en esa ocasión despertó porque aquel revoltijo cálido que le había estado haciendo compañía comenzó a moverse y a trepar por su torso, bajo el pellejo de oveja con el que se cubría. Asomando por un pliegue en el vellón apareció un hocico afilado bajo un pequeño antifaz de ratero.

—¡Lisco!

Ella ya estaba junto a él, sentada en un taburete que debía llevar todos aquellos días junto al jergón.

—No se ha separado de ti desde que llegaste —le dijo la mujer con una sonrisa dulce.

Laín consiguió acariciar la cabeza del turón y el animalillo, contento de ver que su amo estaba mejor, le respondió mordisqueándole cuidadosamente los dedos.

—¿Quién eres? —preguntó el niño al fin, dirigiéndose a la mujer.

Entonces ella se levantó, arrimó un caldero al fuego para prepararle una nueva ración de la tisana que había estado administrándole y comenzaron las explicaciones.

Guy lo había llevado hasta allí desde el crucero. Ya habían pasado cinco días. Tomás había venido a visitarle y le había traído todas sus cosas. Fruela había ordenado que quemasen el chamizo donde Laín había estado viviendo. Ante eso, hubo un gesto de dolor que ella comprendió de inmediato.

—No te apures —le había dicho mientras soplaba la taza con la infusión—, el viejo se ocupó de todo. Espantó a los gatos antes de que el hijo de don Rodrigo llevase las antorchas. Alguno ha pasado por aquí de vez en cuando y se ha llevado de regalo unas cuantas sobras. Tomás también trajo a ese pillastre —añadió señalando al turón que, enroscado, se había echado a dormir en el pecho del muchacho—. Además de tu morral y un par de cosas más que encontró en el alpendre —terminó, señalando un hatillo que estaba a los pies del jergón.

Sombría, una idea asomó a los ojos de Laín.

—¿Y los cachorros? —logró preguntar con un susurro.

En el rostro de ella se adivinó algo ominoso.

—¿Y los cachorros?, ¿están bien? —insistió él, inquieto.

—Tomás también los trajo —contestó ella en tono comprensivo—, y les he estado dando leche todos los días, pero me temo que era muy pronto para separarlos de su madre…

Una avalancha de emociones se derrumbó sobre el muchacho. Volvió a vivir la terrible escena en el patio de la torre, su angustia, su miedo. Más que ninguna otra cosa, su impotencia. Casi pudo escuchar una vez más el crujido de los huesos bajo la bota de Fruela.

Ella lo advirtió y le puso una mano cariñosa en la frente, apartándole una vez más el flequillo.

—Uno de ellos sí ha sobrevivido —aclaró señalando un cesto de tiras de castaño que no estaba lejos del hogar.

Sobre el borde del capazo, como si supiera que hablaban de él, asomaron dos orejas del color de la mies antes de pasar la guadaña. Luego, una frente amplia y unos ojos ambarinos que apenas destacaban entre el pelaje pajizo. Una versión más robusta de su madre, pero con el aire desmañado de cualquier cachorro. Y se dio cuenta enseguida de que le estaban prestando atención, porque una pata gruesa se colgó del remate de la cesta. Quería trepar fuera, escapar de su cálida prisión junto al fuego del hogar. Gañó quedamente, una sola vez, sin insistir. Y al niño le gustó de inmediato que el cachorro lo mirara con impaciencia, pero le gustó más comprobar que no era un quejica.

Intentó levantarse para acercarse, pero todas las heridas y moratones aullaron a un tiempo. Fracasó y, antes de que volviera a intentarlo, ella intervino.

—Bébelo todo y yo te lo traeré —prometió Egeria, tendiéndole la taza humeante.

Entonces se acordó Laín de algo más.

—¿Y el halcón?

—Tranquilo, está bien. Hace apenas un rato que le he dado de comer un poco de liebre, estará durmiendo —le dijo señalando otro cestillo que había encima de la mesa—. Anda, sé bueno, bébelo todo.

Tantas emociones fueron demasiado para el zagal y, apenas terminó de tragar la tisana, volvió a quedarse dormido hasta que, horas más tarde, ella le despertó sin querer cuando le cambiaba los vendajes. Entonces continuó el relato de lo que había sucedido mientras la paliza de Fruela se había cebado en el muchacho.

Así se enteró de que a doña Urraca la estaban enterrando en el monasterio de Santa María de Sobrado. Y también de que Guy estaría a punto de regresar ahora que el día terminaba.

Además, ella también le contó que el ambiente en San Paio se había enrarecido en esas pocas jornadas. Las noticias traídas de la Palestina y el desenlace que habían tenido pesaban gravemente sobre las gentes de la comarca. Todos estaban preocupados por las decisiones que Fruela tomaría en adelante, por cómo gobernaría las tierras de la fortaleza. Hasta entonces habían vivido un período de prosperidad. Apenas se recordaban las incursiones de los sarracenos y sólo los más viejos del lugar podían encontrar en sus memorias a sus propios abuelos hablándoles de las salvajes razias de los fieros normandos, que todo lo pasaban a sangre y fuego. Al sur, las fronteras se iban expandiendo y las villas tenían sus fueros, las Cortes tomaban decisiones y en Toledo las ciencias veían la luz. El reino prosperaba, pero, en San Paio, el equilibrio del que habían disfrutado se había roto en pedazos.

—Parece que se avecinan tiempos difíciles —concluyó ella al tiempo que recogía la taza de entre las manos temblorosas del muchacho.

Al escucharla, Laín cayó en la cuenta de cuál era su situación.

—¿Qué voy a hacer? —logró preguntar.

Ella sonrió, llena de conmiseración. Le acarició el rostro con tanta dulzura que una nueva punzada de dolorosos recuerdos trajo a mamá a su lado.

—De momento, vas a ponerte sano —le contestó, haciendo lo posible por sonar animosa.

Entonces se abrió la puerta y, con una bocanada de aire fresco, entró Guy de Tarba.

El gascón dejó el saludo que había empezado sin terminar. Se había dado cuenta de que el chico había despertado y lo miraba fijamente.

—¿Por qué lo hiciste? —rasgó la voz de Laín.

En la pregunta había mucho más de lo que se hubiera atrevido a confesar. Junto al crucero, el muchacho había deseado sinceramente morir. Y le asustaba reconocerlo. Pero también quería comprender por qué aquel hombre arriesgaba su propia vida al ponerle a salvo.

Con lo poco que Egeria le había contado, a Laín le había quedado claro que a Fruela le encantaría tener una excusa para deshacerse del que había sido hombre de confianza del señor de San Paio.

Y, por joven que fuese, sabía que él era la excusa perfecta.

El gascón se acercó taciturno, apoyó una mano en el hombro de la mujer y, clavando su único ojo en el zagal, contestó:

—Le di mi palabra a don Rodrigo.

El silencio del muchacho demostraba que seguía sin entenderlo.

—Un hombre vale tanto como su palabra, ni más ni menos —aseguró el tuerto.

Años después, Laín seguiría recordando aquella sentencia como si acabase de escucharla.

El pequeño halcón iba mudando su plumón y empezaba a perder el ridículo aspecto de todos los pollos. Ya prometía la rapaz en la que se convertiría.

Aún era pronto para saber si era hembra o macho, pero Laín tenía el pálpito de que sería una prima, grande, fuerte y pesada, capaz de lanzarse a velocidades endemoniadas desde los cielos y derribar incluso a las perdices más gordas.

En cuanto al cachorro, estaba claro que tenía más del padre, fuera quien fuese, que de Lúa. Desproporcionado, con las patas muy gruesas y las orejas demasiado grandes, correteaba desmañado de un lado a otro y, más de una vez, bajo la severa mirada de Egeria, Laín había tenido que ir a la fuente a por un balde de agua para limpiar los desastres que iba dejando por todos lados el pequeño animal, que aún no había aprendido que ciertas cosas no podían hacerse dentro de la casa.

—Voy a llamarlo Lume —le dijo a ella una mañana, un par de semanas después de la partida de Fruela a Ponferrada.

Egeria, que estaba preparando una aromática mezcla de abrótano, ajo y tomillo, se lo quedó mirando un instante.

Tenía una espesa cabellera de rizos pelirrojos que caía en mechones rebeldes. Y sus ojos, vivos, de un color verde y profundo, lo observaban todo con intensidad, como queriendo aprovechar un tiempo que le faltaba. Era alta y voluptuosa, de caderas amplias, más joven que Guy. Y Laín pensaba que cuadraban bien el uno junto al otro, porque ambos eran grandotes.

—Siempre buscas nombres parecidos para todos tus bichos —repuso al chico con una sonrisa enigmática—. Lúa, Lisco, Lume…

Las mejillas del muchacho enseguida se encarnaron.

—Y tú te llamas Laín…

En los últimos días, su vida había dado un vuelco. De pronto volvía a formar parte de una familia. Conocía el calor de un hogar más allá de los recuerdos que compartía con mamá. Aunque sabía que no era más que una ilusión, a medida que su cuerpo se iba recuperando de la paliza, Laín había empezado a ayudar en las tareas de la casa. Mantenía el fuego en el hogar, iba a por agua o a por leña, recogía brazadas de retama verde para barrer, ayudaba a Egeria con sus hierbas y, cuando alguien venía a visitarla en busca de algún remedio, el muchacho prestaba atención y aprendía. Se había acostumbrado rápido a las atenciones de ella y a la severidad de él.

Laín guardaba silencio la mayor parte del tiempo, temeroso de meter la pata por lenguaraz, pero el ambiente doméstico de aquella casita en el alfoz de San Paio se le había colado dentro.

No les había hablado de mamá, y tampoco de las cosas en las que soñaba cuando llegaba la noche.

Había pensado mucho, pero no se había atrevido a expresarse en voz alta. Como tampoco tuvo el valor de explicarse ante la pregunta de Egeria.

Ella abandonó las hierbas en el cuenco y sonrió.

—Seguro que es una buena historia, ¿verdad? Cualquier día, cuando te apetezca, me la cuentas.

Y como el muchacho seguía mirando al suelo, abochornado, ella añadió:

—Me parece que Lume es un buen nombre. Con esos colores que tiene, le sienta bien —concluyó, ampliando su sonrisa.

El cachorrillo, ajeno a que estaban tomando una decisión tan importante para él, correteaba de un lado a otro jugando con una agalla de roble que Laín le había traído unos días antes, cuando se había atrevido a dar un primer paseo por los alrededores, confiando en que nadie se lo diría a Fruela a su regreso de Ponferrada.

—Ea, pues Lume —se animó el muchacho, que inmediatamente empezó a prestarle atención al perrito, repitiendo el nombre varias veces seguidas para intentar que lo aprendiese.

Empezó a tirarle la agalla de roble a un lado y a otro, y el animal demostró enseguida que era hijo de su madre, porque salía corriendo a por ella con sus andares algo descoordinados y la cogía entre los dientes para acercársela de nuevo. Las primeras veces le costó que aflojara las quijadas y soltara la presa, pero Lume aprendió pronto el truco y estuvo encantado de jugar con el muchacho hasta que le venció el sueño y, bostezando ruidosamente, se fue a su cesto a echar una siesta.

Entumecido tras el rato en cuclillas con su nuevo amigo, Laín se estiró con cuidado.

Ya no tenía fiebre, las brechas cicatrizaban bien y los cardenales habían tomado un desagradable color amarillento. En breve estaría restablecido. Lo único que aún le molestaba era el costillar, que Egeria mantenía prieto con un vendaje tenso.

Al pensar en ello, sus miedos salieron a flote.

Se preguntaba qué pasaría cuando estuviera sano. Si lo echaría el gascón. Si tendría que buscarse la vida en el bosque. Si acabaría uniéndose a algún buhonero para dedicarse a la venta ambulante.

No lo sabía. Como tantas otras cosas.

La única certeza era que no podía quedarse en San Paio. Eso se lo había arrebatado Fruela, para siempre. Y su mente infantil empezó a recordar viejas historias de los bosques que rodeaban la fortaleza. En la sierra al oeste se contaba que había una cueva donde habitaba una enorme sierpe que se alimentaba de mulas y terneros. En el camino de los peregrinos abundaban rateros que no dudarían en destriparlo y robarle lo poco que tenía. Y todos sabían que las ánimas de los condenados vagaban por los senderos oscuros a la caza de incautos.

Además, había peligros mucho más reales a los que enfrentarse. Los lobos, a los que podía oírse muchas noches. Los osos, que estarían cebándose para pasar el invierno durmiendo. El frío que llegaría con el otoño. Y el más temible de todos: el hambre.

No tenía mucho donde elegir.

Lugo estaba demasiado cerca, y desde San Paio se acudía a la ciudad amurallada de tanto en tanto. Allí Fruela podría encontrarlo. Vigo, por el contrario, quedaba muy lejos; cómo iba a llegar hasta allí, si apenas conocía del lugar otra cosa que el nombre. Quizá podía ir a Compostela; le bastaría con seguir a los romeros. Allí podría intentar emplearse de aprendiz. Había oído que los plateros hebreos no solían aceptar a nadie fuera de su fe, pero quizás algún pichelero lo haría. O a lo mejor podía buscar algún molino de batán en el que trabajar. También cabía la posibilidad de ofrecerse a algún albardonero, un guarnicionero o un herrador. Compostela era una ciudad de viajeros y los menestrales que se ocupaban de las cabalgaduras tenían trabajo más que suficiente para aceptar ayudantes. Y si no le quedaba otra opción, podía colocarse de mozo en unos establos. O una posada.

Todo eran dudas.

Mirando en derredor, volvió a notar ese sabor a hogar que empezaba a resultarle familiar, y le dolió pensar que lo perdería.

Si Fruela no volviese nunca de Ponferrada.

Ése era un bonito sueño.

Si Fruela no volviese, entonces él no tendría que marcharse. Podría quedarse con Egeria e instruirse en el trabajo de sanador. Eso era algo a lo que no le costaría apegarse. Le gustaba pasear por el bosque, recoger hierbas, prepararlas. Además, le complacía la idea de comprender. Mamá se había ido sin que pudiera hacer nada. Lo que estaba aprendiendo rellenaba ese hueco de algún modo.

—¿Los brotes de abedul? —le preguntaba ella machaconamente.

—Son buenos para la gota —respondía él después de rebuscar en su memoria.

—¿Y la bolsa de pastor?

—Para el dolor de muelas y las llagas en las encías —decía de corrido al tiempo que señalaba las ramillas secas.

—¿La uña de gato?

Entonces el muchacho se sonrojaba.

—Para regular la orina —respondía con vergüenza—. Y también la cola de caballo —añadía con una sonrisa satisfecha.

—¿Y cómo debe prepararse?

Él respondía con algún titubeo. Al fin y al cabo, sólo llevaba un par de semanas intentando asimilar aquel torrente de conocimientos. Pero le gustaba el juego de relacionar cada mal con su remedio.

Aunque había algo muy peligroso en la sanación, un espinoso cariz que le arredraba. Porque si uno dedicaba su vida a la curandería, había que dedicar mil ojos a evitar que se enfureciesen los monjes, los de Santa María de Sobrado o cualesquiera otros, porque los hombres de la Iglesia estaban siempre pendientes de quienes pudieran conchabarse con el diablo y, en los oficios de sanador, no era extraño que alguna denuncia terminase en una terrible ordalía para probar la fe única y verdadera.

Resolvió sacar el tema esa noche cuando Guy volviese después de atender los asuntos de la torre. Se armaría de valor y se lo preguntaría.

Si el gascón le daba permiso, se quedaría allí. Podía ser que a Fruela no le importase con tal que no rondase por la fortaleza. Quizá le había bastado con darle una paliza. A lo mejor, con un poco de fortuna, ahora que iba a gobernar las tierras de San Paio, su hermanastro no volvería a pensar en él.

No era tan tonto como para engañarse, pero resultaba reconfortante avivar sus esperanzas.

Ni por asomo pensó que se estaba equivocando.

Las llamas lamían el fondo del pote. Dentro hervían nabos, cebollas, lascas de tocino y unas cuantas hierbas que llenaban la estancia de suculentos aromas. También el último puñado de castañas secas que quedaba a esas alturas de la primavera. Además, apoyados en las piedras del hogar, había curruscos de pan de centeno que se tostaban al calor de la lumbre, tomando un delicioso color pardo oscuro.

Afuera, la noche comenzaba y, mientras esperaban a que llegase Guy, después de cebar al pequeño halcón con las pechugas de una torcaz abatida con la honda de Laín esa tarde, Egeria repasaba con el zagal los rudimentos del alfabeto, escritos a tizón junto a los trozos de pan. El turón Lisco, que se había encariñado de ella en los últimos días, dormitaba a los pies de la curandera.

Egeria era la nieta de un modesto terrateniente que había conseguido una quinta por behetría durante las repoblaciones de la corona en las tierras conquistadas a los sarracenos. Laín aún no conocía toda la historia, sólo algún detalle suelto se había colado en las conversaciones mantenidas esos días. Pero sabía que, antes de terminar con Guy en la fortaleza de San Paio, Egeria había pasado por muchas vicisitudes; entre ellas, haberse quedado huérfana, como él, por lo que había acabado bajo la custodia de unas monjas en algún monasterio del que hablaba poco. Allí había aprendido rudimentos de latín, algunas mañas en la cocina y también a leer y a escribir, además de labores de costura.

Laín recitaba a medida que ella señalaba y, con una mano, rascaba tras la oreja al perrillo, que sesteaba tumbado junto a ellos.

Era un momento de paz y felicidad, pero el desenlace que había estado acechando al muchacho llegó como una tromba en cuanto la puerta se abrió.

Ceñudo, Guy cruzó el umbral y los miró a ambos.

—Ha vuelto.

No hizo falta que dijera el nombre, los otros dos sabían a quién se refería.

—Y contento… No sé qué diantres ha estado tramando en Ponferrada —dijo cerrando el postigo y deshaciéndose del tabardo que vestía—, pero le ha salido bien, rematadamente bien. Jamás lo había visto así, tan radiante como una novia camino al altar.

Hasta el perro lo miró con aires inquisitivos, pero el gascón se limitó a acercarse al fuego en silencio. Con semblante taciturno, cogió una de las cucharas de boj colgadas en los ganchos junto al hogar. La miró largo rato y luego la usó para remover el contenido del pote.

Se entretuvo dándole vueltas al guiso y luego lo probó usando la punta del cucharón, después de lo cual lo devolvió a su sitio y deslió la trabilla del tiracol que sostenía su espada. No llevaba cota de malla, sólo un gambesón de cuero que también se quitó entre resoplidos, pero no añadió nada más.

Ellos lo miraban. Él siguió en silencio y se limitó a usar agua del balde para refrescarse.

—¿Y bien? —inquirió ella—. ¿Vas a contarnos algo más?

El gascón buscó un trapo con el que secarse y no contestó, aunque vertió sobre Egeria una significativa mirada que sirvió para decirse algo que Laín sólo supo intuir.

—Ha preguntado por él —reconoció finalmente, al tiempo que tomaba asiento en una de las sillas—. Y lo que más me ha preocupado es que lo ha hecho sonriendo como el mismo diablo.

Sus ojos miraban al muchacho mientras hablaba. Pero Laín no se atrevió a intervenir; Egeria, sí:

—¿Qué crees que pretende?

El gascón sólo necesitó un instante para contestar:

—Despellejarlo vivo. Eso es lo que pretende —repuso, sin titubear y sin apartar los ojos del zagal.

Egeria se volvió hacia el muchacho y el cachorro. El turón Lisco se rebulló inquieto, mirando a todos lados con ojillos asustados.

—Tranquilo, nadie le dirá dónde te has escondido, todos te aprecian. Estás a salvo.

—Pero ellos no —aseguró Laín de inmediato—, mientras siga aquí. Soy yo quien los pone a ellos en riesgo. Y no es justo. He de irme y olvidarme de San Paio.

Ella se dio cuenta de que Guy asentía al oír aquella respuesta responsable en labios tan jóvenes. Y también percibió la pena que veló las palabras del muchacho.

—Nos iremos todos —dijo Egeria—. Desde que llegó ese mensajero de Navarra, has hablado de ello. Nada nos aguarda aquí con ese indeseable al frente de estas tierras.

Laín vio que el gascón negaba pesadamente, sacudiendo el mentón.

—Suena muy bonito… Pero sabes que no puedo hacerlo.

—¿Por qué no? Él está muerto, ¿o acaso crees que ha podido sobrevivir al desierto? Hace al menos un año que se tuvieron noticias de don Rodrigo por última vez. —A medida que hablaba iba elevando la voz—. Teobaldo ya está sentado en su trono, componiendo cantigas y negociando con los francos. Lo abandonaron allí. — Se había puesto en pie y miraba fijamente al hombre—. Y les ha dado tiempo de regresar. ¿No lo comprendes? Está muerto.

Acalorada, Egeria mantenía los pies firmes en el suelo, como dispuesta a luchar. Y eso impresionó a Laín, que seguía sin comprender los misterios de las relaciones entre hombres y mujeres. Ella parecía más que enojada.

—No puedo hacerlo, he de cumplir con mi deber —repuso él con calma.

—Sí puedes, claro que puedes. —Lágrimas de rabia empezaron a asomar en las comisuras de sus párpados—. Él está muerto, ¡muerto! Y a ese imberbe desdichado y malcriado le importa un carajo. —Se había acercado mucho a él, con los puños apretados, temblando de ira.

Laín llegó a pensar que Egeria pegaría una bofetada a aquel hombre que, más que ninguna otra cosa, parecía triste.

—En eso te equivocas —dijo él sin ceder un ápice—. Me ha pedido que vaya a Jerusalén con una partida. —Luego su tono cambió—: Unos tipejos que ha traído consigo de Ponferrada.

La mano de Egeria se levantó, preparándose para tomar impulso y lanzar un sopapo. En sus mejillas, privadas de color, vibraba el reflejo del llanto.

—Me habías jurado que no volverías a hacerlo, ¡me lo habías jurado!

Guy negó una vez más. Pasó la mano por la cicatriz que le marcaba el rostro y terminó por peinar con sus dedos el rebelde cepillo de pelo entrecano.

—Es lo que soy, y es lo que debo hacer. Puede que los motivos no sean los correctos…

Ella lo miraba con desazón. Laín había cogido al perrillo en el regazo y lo acariciaba, lleno de incertidumbre.

—… Creo que ese condenado de Fruela trama algo —admitió con disgusto—. Es cierto. Huele a chamusquina. Pero no importa lo que yo crea. Debo ir.

Abrió los labios para replicar, aunque, después de que temblasen sin encontrar las palabras que buscaba, Egeria calló. Incluso el joven Laín comprendió que entre el hombre y la mujer había sentimientos con raíces profundas en el pasado.

—Tú y el chico debéis marcharos —concluyó Guy con vehemencia.

Nadie le preguntó su opinión, pero Lume dejó escapar un ladrido que los distrajo a todos. Sin darse cuenta, Laín había detenido sus caricias y el perrillo, que entendía tan poco de lo que sucedía como su dueño, reclamaba más atención.

Egeria no apartó los ojos del hombre con el que compartía su vida. El gascón miró al animal y dejó que en su rostro se colgase una sonrisa cansada. Vio también el semblante preocupado del muchacho y, aunque no le habló, le guiñó su único ojo.

—Creo que los dos corréis peligro —reconoció con tono derrotista—. No me fío de Fruela. —Se dirigió entonces a ella—. Una vez me haya ido, no tendrás quién te proteja. Y a él le bastaría con denunciarte a los frailes de Santa María… A la Iglesia le hacen falta pocas excusas para encontrar brujas.

Algo quedó sin decirse en el gesto de Egeria.

—Debéis marcharos. Los dos. Llévatelo —añadió señalando al muchacho con el mentón—. Coge la bolsa tras la piedra de la chimenea y no olvides las cartas de don Rodrigo. Te abrirán las puertas que necesites.

Quedamente, Egeria comenzó a llorar, y Guy dio un paso tentativo hacia ella, aunque se refrenó justo antes de ponerse a su altura. Lisco, desconcertado, miraba a todos lados sin saber qué hacer.

Laín pensó que le gustaría recibir un abrazo tanto como creía que lo ansiaba la mujer, pero el curtido infanzón no se lo dio, ni a uno ni a otro. El crío se percató de que ahí tenía una lección que aprender: aquel mercenario, al que había aprendido a admirar, se cuidaba mucho de mostrar la debilidad de sus sentimientos.

No supo decidir si le gustaba o no. Podía advertir el dolor de Egeria. Y el suyo propio. Pero la lección estaba allí.

Se empezó a preguntar cómo iba a ser su vida a partir de entonces. Egeria era buena con él. Nunca olvidaría a mamá, se dijo severamente, pero con la mujer del infanzón se sentía arropado. A gusto. Creyó que estaría bien.

—Lo que fue, fue. Lo que será, será. Y lo que es, es —sentenció Guy, recomponiéndose—. Yo le juré lealtad a don Rodrigo, y cumpliré mi juramento. Es mi deber.

Una vez más, Egeria levantó la cabeza y empezó a decir algo que se atascó en los sollozos de su garganta. Laín, incapaz de contenerse por más tiempo, se acercó a ella y, titubeando, la abrazó. Incluso Lume, que no contaba con las dudas de los humanos sobre cómo comportarse, colaboró instintivamente lamiendo las mejillas arreboladas de la mujer. Y el turón Lisco se anudó entre los pies de los dos, apoyándolos a su manera.

El modo en que fruncía el ceño demostraba la intensidad de lo que sucedía en el interior de Guy, pero él no se acercó a ellos.

—Debéis marcharos. Es la única solución. Debéis marcharos y poneros a salvo.

Dio un solo paso hacia la mujer y el muchacho. Había en él mucho más que dar, pero se refrenó.

—Y yo…

Las palabras eran bocanadas de hiel en su boca.

—Yo volveré. No sé cómo ni cuándo. Pero volveré.

La fiereza de la determinación brillaba en su ojo sano.

—Lo juro.

Entonces se dio la vuelta y salió sin cerrar la puerta a sus espaldas.