Laín

Francisco Narla · Capítulo 4 de 25

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Laín

Estrofa II. El halcón en la torre

ESTROFA

II

E L HALCÓN EN LA TORRE

«Con vos, Cid, con vos iremos por yermos y poblados,

y no os hemos de faltar mientras tengamos alientos.

En vuestro servicio se nos han de acabar

nuestros caballos y mulas, dinero y vestidos.

Ahora y siempre hemos de ser vuestros leales vasallos».

Cantar de Mío Cid, de autor desconocido

Era huérfano. Y bastardo.

Apenas tenía algo más que lo puesto. Iba descalzo, cubierto con retales remendados y, al hombro, llevaba un zurrón andrajoso. Aun así, sonreía contento. Lleno de quintales de tierna ilusión.

Caminaba por el bosque sintiéndose en el hogar que no tenía. Miraba en derredor. Reconocía el brezo y el tojo, las zarzamoras que empezaban a brotar, las huellas de un zorro en el barro fresco de las últimas lluvias. El olor penetrante de la tierra húmeda. Silbaba a los herrerillos, que se afanaban pintando en el aire sus amores primaverales. Distinguió una mata de verdolaga, y se dijo a sí mismo que tendría que llevarle unas cuantas ramas al aya Casilda, para la carraspera que la sacudía todas las mañanas.

Era huérfano. Y bastardo.

Pero no se sentía pobre o desdichado.

Además, no estaba solo. Unos pasos por delante caminaba su amiga. Una perrilla. Casi igual de escuálida, con algo de lobero y un pellizco de mastín, pero no más alta que un lechón. Ni joven ni vieja, de pelos recios y desordenados. Con flequillo despeinado y trote alegre, en su vientre se veían las ubres, estiradas por camadas de varias temporadas.

—¿Tú qué crees? ¿Estarán listos?

El animal se volvió. El chico la miró como si en verdad esperara respuesta, y su compañera le devolvió la serena lealtad de sus ojos, que eran ambarinos, como la resina en las tajaduras de los pinos.

—Yo creo que sí —se contestó el muchacho a sí mismo—. Es tiempo de que lo estén —sonrió—. Y a él le daremos una sorpresa, ya lo verás, le va a hacer mucha ilusión —aseguró, sacudiendo la mano—. Si el viejo Tomás trabaja duro, podría estar entrenado para cuando regrese. Él sabe hacerlo, ha olvidado más de lo que yo aprenderé jamás. Él fue quien adiestró al viejo halcón de don Rodrigo.

Ella lo miraba con paciencia, como una madre comprensiva.

—Podemos hacerlo —insistió él—, confía en mí —sonaba convencido y feliz, lleno de una esperanza que los años aún no habían oxidado.

La perrilla torció la cara, primero a un lado y luego al otro, como si se esforzase por comprender, y el crío, sin perder su amplia sonrisa, se agachó para rascarle las orejas. Ella, complacida, agitó la pata mientras recibía los mimos y, cuando se pusieron de nuevo en marcha, se echó a trotar tras el niño, moviendo el rabo, contenta.

—Le va a encantar. En cuanto regrese…

Entonces se detuvo de nuevo, sorprendido por una idea.

—A lo mejor Guy puede volver a instruirnos. —Aquel pensamiento iluminó su rostro—. Quizás nos den permiso para volver a dormir en el establo.

Aquello había sido duro.

Al morir su madre, la pequeña habitación aneja a las cocinas de la torre había pasado a la siguiente muchacha en ocupar el puesto. Y el niño se había quedado sin lugar en que vivir. Pero su padre, el señor de la fortaleza, don Rodrigo de Seijas, había decidido dejar que su bastardo tuviera donde dormir. Le había cedido el último pesebre del enorme establo a cambio de que ayudase en los trabajos de los palafreneros.

Con un par de órdenes, el señor de San Paio lo había favorecido, aunque no fuera más que un gesto modesto.

Además, si el chico obedecía al viejo Tomás, que era quien se encargaba de caballos y bestias de carga, aprendería. Don Rodrigo le habría brindado también la posibilidad de criarse en un oficio.

Y el niño no era el más listo, pero se daba cuenta de que su padre lo había hecho pese a las protestas de la señora. Porque todos en la torre, incluso en Compostela y Lugo, puede que hasta en Toledo, sabían que doña Urraca tenía agrio el carácter y escasa la voluntad.

A don Rodrigo de Seijas el confesor de la capilla sólo podía pedirle penitencias por una razón: la de caer en la tentación de encariñarse con las muchachas del servicio. Si bien era cierto que quizá, sólo quizá, la culpa podía cargarla la misma señora del lugar. Como casi cualquier otro matrimonio entre las casas de ricoshombres de Castilla, los esponsales se habían arreglado por la conveniencia de los tratos, promesas y juros que aprovechaban a los terratenientes, sin preocuparse por el gusto de los novios. Y doña Urraca, que había aportado su buena dote a los tesoros de la torre de San Paio, había resultado una yegua frígida y mandona. Además de arisca, porque solía varear a las ayudas de cámara y miraba con recelo malsano a todo el mundo.

Por el contrario, a don Rodrigo le gustaba encamarse con las hijas de los labriegos de sus quintas, pero en todo lo demás era hombre medido. De aquellos que saben estar donde les toca. Amable con los arrendatarios de sus tierras, respetado por sus compañeros de armas y dispuesto a olvidarse de sus títulos para ofrecer palabra a cualquiera. Era hombre de confianza, no sólo de la corona de Castilla, sino también del trono navarro. Y siempre se había ocupado de que a la madre y al muchacho no les faltara qué comer, a ellos y a todos sus bastardos, que por el alfoz de San Paio había otra media docena de chicuelos que también apuntaban altos y fornidos como el señor de la torre. Pero todo se había ido al traste cuatro años antes.

A don Rodrigo le había llegado carta lacrada del conde de Champaña y de Brie, de su alteza, el rey Teobaldo de Navarra.

Los dos se conocían de viejo. De los días en los que Fernando de Castilla, con la excusa de que convenía a las dos coronas, había concertado el casorio de su hijo, el infante Afonso, con la hija del navarro, ligando ambos reinos con el matrimonio de los herederos. Tuvo mucha relevancia el asunto; fueron negociaciones con muchos dimes y diretes. Había en juego no uno, sino dos reinos que llevaban años luchando contra el moro por hacerse mayores y mantenerse enteros. Había diezmos, impuestos, votos y tributos que cobrar. Molinos, herrerías que poner a funcionar. Mesnadas que llamar. Tierras que labrar. Silos que llenar. Y, como no podía ser de otro modo, con tanto como había estado en un brete, se cruzaron más de dos chismorreos y un puñado de los ricoshombres de ambos reinos llevaron recados. Hubo secretos y pagos so mano, sobornos, chantajes, amenazas. Porque, en sus políticas, los hombres aspiran a sus ideales pero vierten sus miserias.

Y entre tanto recadero, mensajero, aliado o enemigo, había estado don Rodrigo de Seijas, señor de San Paio y encomendero de Santa María de Sobrado.

Ahí había nacido su amistad con el rey de Navarra, y bien había estado, porque convenía tener bastones tan altos como aquél. Pero el favor de cualquier corona tiene siempre un precio.

Y hubo de pagarse. Un buen día, a Teobaldo de Navarra le habían hervido sus raíces gabachas. Como hombre de la casa de Champaña, bajo la sombra de sus ancestros, impulsado por la gloria y el honor de días pasados, el rey navarro había decidido seguir a sus antepasados más ilustres y convocar las armas para guerrear en ultramar. Para conquistar la Palestina a mayor gloria de Dios y su Iglesia. Porque en aquellos días del año del señor de 1237, lo poco que se había conseguido tras el llamamiento a la santa guerra en el concilio de Claramonte ya se había perdido en manos del pérfido Saladino. Poco había durado la ilusión de los cristianos de Oriente y Occidente. Echando la cuenta rápida, entre abuelos y nietos, las tierras bíblicas habían pasado de moros a cristianos y de nuevo a manos de los infieles. Y la tremebunda derrota de los hombres bajo la cruz en el infausto lugar de los Cuernos de Hattin todavía escocía en muchos palacios, castillos, colegiatas, capillas y catedrales.

Desde aquella nefasta victoria de los hombres del sultán, los peregrinos y los hombres de buena fe que querían peregrinar a los santos lugares se encontraban con la fiereza implacable de los turcos. Infieles malparidos que no dudaban en cortar la cabeza de cualquier cristiano que cruzase sus fronteras. La cruz ya no controlaba los santos lugares de las sagradas escrituras.

Así terminó don Rodrigo dejando su torre de San Paio para acabar rumbo a ultramar, obedeciendo al llamamiento fervoroso de Teobaldo de Navarra de participar en una nueva cruzada.

Y el mismo día en que se posó el polvo que dejaron sus caballos al partir, doña Urraca y su único hijo, el heredero del señorío, Fruela Rodríguez de Seijas, se ocuparon del bastardo que, a sus ojos, no era más que una clamorosa vergüenza.

No se atrevieron a desterrarlo a los bosques y dejarlo indefenso para el invierno, y tampoco a encargar a los hombres de la fortaleza que lo matasen, porque ni doña Urraca ni su hijo Fruela las tenían todas consigo si sopesaban cómo podría reaccionar don Rodrigo a su vuelta. Pero no les faltó el coraje de echarle a patadas del establo y quitarle cuanto tenía. Y Laín hubo de sentirse afortunado, porque podía seguir trabajando en la fortaleza, haciendo las veces de esportillero y mozo para todo. Además, en las cocinas siempre había una sonrisa y algunas sobras que repartir. Así que, desde el día de la partida de su padre, el muchacho, más que otra cosa, malvivía con el poco consuelo de esperar su regreso.

—Cuando don Rodrigo vuelva…

Laín no quería heredar la torre. No quería llenarse la bolsa de plata. Sólo quería el amor de su padre. Soñaba con que don Rodrigo lo mirase con orgullo y le diese un fuerte abrazo.

Pero aquella mañana de primavera, en el día de san Félix, el niño no sabía que un jinete cabalgaba a uña de caballo para traer noticias a la torre de San Paio, en los montes escondidos del interior de Galicia.

Hasta entonces, los únicos rumores del valle se habían centrado en las tardías heladas que ese año habían caído para amenazar las cosechas de los frutales. Aún se veían en las ramas de los árboles las hojas ennegrecidas por el frío, y todos hablaban del desastre que sería para los perales, los manzanos, los cerezos y los nogales.

Ahora, a mayores, desde Jerusalén llegaban tristes noticias.

Al otro lado del arroyo, la ladera ascendía con prisa. En la pendiente se agarraban abedules, pinos, tojos, silvas, fresillas, madroños, laureles y matas de guardalobo, que se enredaban en equilibrios imposibles que ponían a prueba sus raíces. Y entre las manchas verdes despuntaban roquedales ásperos de granito, piedras viejas manchadas de líquenes dorados y musgos pardos. El bosque resplandecía bajo el sol de la mañana, se sacudía el rocío de la madrugada. En las copas de los árboles, los arrendajos discutían con sus graznidos secos y una garza, que había estado pescando en el riachuelo desde la atalaya de sus largos zancos, alzó el vuelo asustada, batiendo sus enormes alas grises cuando el niño y la perrita aparecieron entre los brezales de la orilla opuesta.

—Es allí, ¿lo ves? —le dijo a su amiga, señalando la arboleda de enfrente.

En lugar de hacia el punto que indicaban las uñas sucias, el animal miró a su amo.

—No estoy seguro de en cuál de las grietas, pero es allí, los he visto salir muchas veces a cazar —le explicó a su compañera con gesto serio, como si esperase que ella se hiciera cargo de la gravedad del asunto.

Lúa, que así se llamaba, ladró una sola vez, como para refrendar aquellas palabras, y trotó junto a su amo ofreciendo la cabeza a fin de recibir cariños.

—Llevas toda la razón —concedió el niño, volviendo a sonreír, incapaz de mantenerse severo por más tiempo—. Ahora nos toca esperar —reconoció, y se agachó para complacer al animal—; tenemos que asegurarnos de que los padres no están.

Y así lo hicieron. El crío buscó asiento en un canto cubierto de musgo y la perrilla, a sus pies después de dar un par de vueltas sobre sí misma y acicalarse a conciencia la panza, se tumbó a sestear con un sonoro bostezo.

Bajo el sol de la mañana, Laín ejercitó su paciencia.

Un rato después, ambos eran ya una parte más del bosque, y las criaturas que allí vivían ganaron confianza. Con el arroyo tan cerca, las lavanderas revoloteaban de un lado a otro persiguiendo cachipollas que echarse al buche. Una ardilla pasó sobre sus cabezas, saltando de rama en rama, en busca de un lugar donde esconder sus tesoros, hechos con las primeras bellotas de la temporada. Y no muy lejos se oyó la llamada de un cuco y resonó el picoteo de un carpintero agujereando algún tronco.

Laín lo observaba todo y disfrutaba con cada sonido y cada gesto. Allí se sentía a gusto. No le importaba no tener más que un chamizo donde dormir, o no poseer otra cosa que lo puesto. Aquellos montes envejecidos eran su verdadero hogar.

De pronto, algo se agitó entre las matas de helecho de la orilla opuesta, y el niño prestó atención. Al poco, distinguió las franjas blanquinegras de un tejón que se recogía tarde de sus correrías nocturnas. Y entonces se acordó del viejo Tomás.

Aquello serviría para darle una sorpresa. El baqueteado palafrenero se mostraría encantado. Al viejuco nada le agradaría más que recibir unos mechones de pelo de tejón con los que atar nuevas moscas para la pesca del salmón. Ahora que los peces ya habían empezado a remontar los ríos, eso lo acercaría al éxtasis divino. Porque el crío sabía muy bien que sólo la pesca lograba avivar el mohíno y quejumbroso carácter del viejo, que siempre parecía quejarse de que la muerte tardase en venir a buscarlo. Pocos días antes, los dos habían estado observando los pozos tras el molino que faenaba en el río, en el valle bajo la torre de San Paio, y aunque la temporada acababa de empezar, ya habían distinguido el destello plateado de un salmón de al menos una arroba. Una silueta ondulante descansando en un remanso de las aguas claras, meciéndose en la corriente tras un canto que el río había rodado.

Pensando en su amigo, el niño sonrió. Y se prometió que, cuando bajase del nido, se acordaría de buscar entre las zarzas y aulagas las rutas del animal. Laín había aprendido en el bosque que los tejones eran tozudos con sus idas y venidas hasta la madriguera; siempre hacían sus rondas pasando una y otra vez por los mismos lugares. Si rebuscaba un poco, encontraría mechones que llevar al viejo, y así lo convencería para que algún día montaran las varas de avellano e intentaran atrapar a alguna de aquellas magníficas criaturas con aquellos extravagantes anzuelos que el palafrenero decoraba con sedas, torzales, pelos y plumas para que los salmones se engañasen.

Como no le había advertido de sus intenciones y, conociendo por adelantado las protestas del viejo por el trabajo que supondría criar al halcón, Laín se convenció de que aquel pequeño soborno sería el acicate para que Tomás accediese a entrenar a la rapaz.

El sol se movía hacia el mediodía y, como la perrilla, el chico se fue amodorrando en la fragante tibieza. Una lagartija se acercó hasta la piedra donde estaba. Un animal de casi un palmo de largo, con el aspecto viejo y resquebrajado de todos los suyos, de un lomo verde intenso, jaspeado de motas negras. Se detuvo a apenas una vara de la cabeza del crío y se dispuso a imitar a sus dos inesperados vecinos, aprovechando el calor que empezaba a asomar.

Sin gestos bruscos, Laín ladeó la cabeza para observarla, pero el reptil no se asustó, ni siquiera después de girarse para devolverle la mirada. Se limitó a abrir la boca y ventear con su lengua afilada, haciendo que su escamosa papada subiese y bajase.

Así había sido siempre. Desde que podía recordar, incluso desde antes, si daba crédito a lo que mamá le había contado.

Se entendía con cualquier bicho. Siempre había tenido pegado a los talones a un perro o a un gato. Incluso los temerosos corzos parecían mantener la calma cuando el muchacho caminaba por el bosque. Fuera por el motivo que fuese, don divino o simple casualidad, ni siquiera los lebreles más fieros de la torre, aquéllos con los que don Rodrigo iba de montería, le ladraban. Y si nadie más podía acercarse a ellos, el pequeño Laín sí.

Incluso el garañón que don Rodrigo se había llevado a la guerra, un semental zaíno y grande como una galera, bien entrenado para batallar lanza en ristre. Era un bicho con un carácter endemoniado, pero siempre había consentido que el niño le repasase los cascos o lo almohazase sin un solo relincho de protesta.

Durante el invierno anterior a que el señor de la torre marchase, una podredumbre de los cascos que ni el viejo Tomás lograba curar había hecho del caballo una mala bestia con poca paciencia y, para cuando el herrero se había negado a trabajar por miedo a que una coz le destapara la sesera, el niño se había entrometido.

Sobre cómo el pequeño paseó la mano por la frente del semental, susurrándole dulces palabras, aún se cuchicheaba entre las gentes de la fortaleza de San Paio. Inexplicablemente, en manos del crío, el encabritado animal se volvió dócil como un potrillo, y dejó hacer al nervudo herrador y al viejo palafrenero que, de tanto en tanto, echaban miradas desconfiadas al jaco y luego vistazos incrédulos al muchacho.

Y en San Paio y su alfoz lo sabían, porque daba igual si se trataba de caballo, oveja, cerdo o chucho de mil leches, incluso fieras del bosque como raposos, lobos o jabalíes. El niño se las apañaba bien.

Todos los sirvientes de la torre lo tenían en mucha estima, pues, pese al cruel trato que le dispensaban la señora y el joven Fruela, el crío no se quejaba. Doblaba el espinazo como el que más y siempre estaba dispuesto a echar una mano, cualesquiera que fueran los trabajos. Aun así, pasaba mucho tiempo a solas, sin más compañía que la de todos los bichos a los que cuidaba y recogía.

El pequeño Laín se entendía con los animales y ellos parecían corresponderle.

Hablaba más con ellos que con sus semejantes, y pasaba más tiempo con ellos que con ningún otro en la fortaleza. Eran sus amigos.

—Allí está —dijo de pronto en poco más que un susurro.

Lúa y la lagartija lo miraron, pero Laín observaba la pendiente de la otra orilla. Algo a su derecha, desde un resquicio en el roquedal, había echado a volar.

—Ésa es la madre —le explicó a la perrilla y a su nueva amiga—, es siempre más grande. Y, si ha dejado el nido atrás, es que los pollos ya están crecidos. Comen mucho —añadió, dando énfasis con un gesto de las manos— y los dos padres han de trabajar duro. No es fácil llevar al nido bichería suficiente para llenar las panzas de los pequeños glotones —miró a Lúa con una sonrisa—. Tú lo sabes bien, ¿verdad?

En tanto la perra no contestaba, la rapaz giró sobre las copas y batió las alas. Aprovechó los rebufos del viento para ascender por la pendiente y, poco a poco, fue ganando altura. Sus alas tenían los tonos de la pizarra húmeda y brillaban al sol. Sobre el pecho blanco le corría un barrado de tonos pardos que se extendía por la parte inferior de las pechugas e, incluso en la distancia, se apreciaba la silueta de la cabeza, provista de un pico afilado. Era un halcón, un baharí como le decían los sarracenos.

Al otro lado de la loma había campos de centeno recién sembrado, donde las perdices aprovechaban las lindes para anidar. Y Laín supuso que la diligente madre centraría allí su atención. Seguramente patrullaría los cielos, intentando descubrir alguna presa apeonada a la que sorprender en cuanto levantase el vuelo. También podía buscar a las torcaces que zureaban en las copas de los pinos que había aguas arriba, en los altos de la sierra donde nacía el arroyo.

—¡Vamos! No tenemos tiempo que perder; volverá pronto, tiene mucho y bueno donde cazar.

La lagartija no se inmutó y la perrilla bostezó.

—¡Oye! No seas perezosa, ¡vamos! —la instó echándose a vadear el arroyo.

Como la pared de una iglesia, con sus arbotantes y sus cúpulas, las piedras formaban una fachada por la que trepaban hiedras y madreselvas, en los huecos crecía el musgo y los helechos colgaban de las lajas más sombrías. Las puntas de algunas ramas de los árboles en derredor acariciaban las piedras y entre las grandes rocas se veían fracturas gastadas por el viento, grietas que corrían paralelas como huellas del gran cataclismo que había dejado allí, chantados en medio de la ladera, aquellos enormes berruecos.

—Tiene que ser ahí arriba —le dijo a la perra.

Allí donde se veían churretones blancuzcos que manchaban la pared de piedra, rastros de las sobras que caían del nido y de las cagadas de los polluelos.

—Muy bien —espetó el crío convencido—. Tú tienes que esperarme aquí. Yo voy a subir.

Como si comprendiera, la perrilla miró hacia aquel risco de granito y gañó con preocupación. Había al menos veinte varas de lisa roca hasta el pequeño repecho donde se intuía la alcoba de las rapaces. Apenas se veían asideros y, aunque el sol había secado ya el rocío de la mañana, las matas verdes que crecían en las rendijas de la piedra daban fe de que aquel berrocal conservaba la humedad. Intentarlo suponía arriesgarse a acabar descalabrado. Con suerte, con sólo unos huesos rotos; con desgracia, con la crisma abierta contra las mismas piedras.

Era una escalada peligrosa, pero él estaba dispuesto. Sólo se tomó el tiempo de ajustar la correa del morral y comprobar brevemente que su carga estaba a salvo.

Algo se movió en el interior y las manos del crío se escondieron un instante en la tela encerada.

—Tú no te habrás comido todo, ¿eh, ladronzuelo? —preguntó al interior del bolso antes de cerrar la tapa y volver a mirar hacia la pared de piedra—. Se va a llevar una alegría enorme cuando regrese, ya lo verás —insistió a la perrilla al tiempo que empezaba a escalar.

Un año después de que don Rodrigo se hubiera marchado para unirse a las huestes del rey Teobaldo, el halcón que había usado para la caza, un torzuelo espejado y bien entrenado que jamás había hecho ademán de perderse, había aparecido muerto al pie de su percha. Había sido una mañana triste para el viejo Tomás, que era quien había enseñado al pájaro a cazar desde que no era más que un volantón.

Así había empezado todo. En los últimos meses se había hablado mucho del próximo regreso de don Rodrigo. Habían pasado ya cuatro años desde su partida a la Palestina, de modo que, pese a que no tenían más noticias que una carta que había llegado desde Génova casi tres años atrás y que venía con meses de retraso, todos contaban con que ya iba siendo hora de que el señor de San Paio regresase de su lucha contra los infieles mahometanos. Y, unos días antes, mientras compartían un currusco de pan y unas mondas de queso, después de haber limpiado los establos de la torre, el crío se había puesto a hablar con ilusión del pronto regreso de su padre.

Laín, como infinidad de veces antes de esa mañana y con tanta expectación como si jamás hubiera escuchado antes aquellas historias, había empezado a preguntarle al jefe de los caballerizos, a rogarle que le contase, una vez más, anécdotas de su padre.

—… aquel lance de las perdices, el de la quinta de Lema —le había instado, poniéndose en pie y recogiendo migas del regazo para llevárselas a los labios con los dedos.

El viejo Tomás había carraspeado, fingido hastío y protestas, aunque apenas era incapaz de engañar a nadie con aquella actitud.

—Tenemos mucho trabajo por hacer, hay que atender a las yeguas preñadas…

Pero los ojos suplicantes del muchacho lo miraban con tanta intensidad que, como todos en la fortaleza, no pudo decirle que no. Porque Laín se había convertido en el hijo, sobrino o nieto de todos y cada uno de los sirvientes de la torre y, a no ser por doña Urraca y su hijo Fruela, no había quien no tuviera aprecio por el huérfano.

—Está bien, está bien —había concedido—, pero aprovecharemos para ir cosiendo aquellos arreos —dijo intentando sonar severo.

Y el viejo Tomás, a quien se le daba bien contar viejas batallas, se había pellizcado los bigotes canos, rascado el cogote bajo la boina y, cogiendo los útiles de costura, se había puesto manos a la obra. Enhebró la recia aguja con cordón encerado y, sentándose con un crujido de huesos, empezó a hablar.

Mientras oía la historia de cómo el halcón había acuchillado a la esquiva perdiz en un quiebro imposible bajo las ramas de un alto aliso, Laín se había acordado de la nidada que había visto el año anterior en aquel roquedal. Y, pacientemente, había esperado hasta la época correcta.

Había visto a los padres cortejarse, haciendo cabriolas en el aire en las que el torzuelo ofrecía galante una paloma recién cazada a la hembra. Acrobacias impensables en las que, en cualquier momento, parecía que ambos pájaros caerían del cielo como dos piedras, pero de las que siempre se recuperaban alzando el vuelo de manera milagrosa. También los había observado elegir los lugares para las nidadas, porque Laín sabía que los halcones eran quisquillosos con eso. Siempre escogían más de un lugar y así poder mudarse si presentían peligro. Los había localizado, pero había sido necesario esperar a que la primavera estuviera bien entrada, para que los pollos hubieran ya mudado buena parte del plumón, para que estuvieran crecidos y fuertes y para contar con que, de vez en cuando, quedasen solos en el nido.

El momento había llegado al fin.

—Vamos —insistió, y echó las manos a la pared de piedra—. Volveremos a dormir en el establo y Guy nos enseñará a usar la espada y la ballesta, ya lo verás.

Apenas había escalado un par de varas cuando resbaló por primera vez. Y no cayó sólo porque tuvo la agilidad necesaria para aferrarse con los dedos de sus pies descalzos en un resquicio de una pulgada escasa. Pese al susto, no recapacitó. Siguió avanzando, pendiente sólo de la ruta hasta la cornisa donde estaba el nido.

Tenía que conseguir aquel pollo, a cualquier precio.

Don Rodrigo siempre había tenido una palabra amable para él, le había revuelto el pelo con cariño cuando se cruzaban, le había dado permiso para coger algo de miel de las despensas y, una vez, cuando se había organizado una gran feria en el pueblo al auspicio de la fortaleza, le había dado una moneda para que pudiera gastarla con los abaceros, comprando alguna niñería.

No era mucho un maravedí, pero para Laín constituía una fortuna. Aun así, fue el león rampante en la cara de la pieza lo que despertó más sueños en su candidez infantil. Porque el niño imaginó al verlo legendarias cacerías y grandes aventuras en las que valerosos caballeros se apostaban la vida.

Y no se atrevió a gastarlo en uno de los suculentos pastelillos al estilo moro que vendían en la feria. Laín le había dado la moneda a mamá y había observado la mirada cómplice que su padre y ella se habían brindado entre la ajetreada muchedumbre que recorría los puestos bajo el vocerío de los buhoneros y vendedores. Había muchos misterios en la vida de los adultos que el niño no entendía, ni entonces ni ahora, como tampoco comprendía por qué doña Urraca lo había echado de los establos obligándolo a vivir en un chamizo fuera de las dependencias de la fortaleza, condenándolo a subsistir de lo poco que encontraba en el bosque, de las sobras que le daban los que le querían en San Paio y trabajando de tapadillo en la fortaleza, siempre atento a que Fruela no lo encontrase por el patio y le apeteciese pegarle una golpiza. Sí estaba seguro, sin embargo, de que quería volver a ver esa sonrisa en su padre, recibir una vez más esa palmada de orgullo en el hombro. Tenía que hacer las cosas bien.

Siguió escalando, con la cabeza llena de pájaros. Soñando despierto. Recordando.

El día en que don Rodrigo se había marchado…

En la explanada al pie de la torre aguardaban por su señor buena parte de los sirvientes de la plaza, un puñado largo de los labriegos que trabajaban las tierras de San Paio, el herrero con su familia de mujer gruesa y niños escuálidos, el molinero, con las ropas cubiertas de harina, y un fraile, legado del monasterio de Santa María de Sobrado, que oficiaría una misa para rogar por la vuelta, sanos y salvos, de los que partían. Y también doña Urraca. Tras todos ellos, los que marchaban a la Palestina: doce hombres a caballo, sus ayudas, otro monje de Sobrado que actuaría como confesor y el gordo Manuel, que se encargaría de las vituallas.

Menos estos dos últimos, todos los demás vestían guantes, tabardos, cotas de malla, espadas, lanzas y adargas. Todos con aire severo y muy compuestos para lucir dignos ese día tan significado. Además, todos llevaban una cruz encarnada cosida al hombro. Marchaban dispuestos a unirse en Navarra al rey Teobaldo. Ellos, como muchos otros en toda Galicia, en Asturias, en Castilla, en Aragón y en los condados catalanes. Desde cualquier rincón de la tierra que había sido arrebatada a los sarracenos a sangre y fuego, cientos de infanzones, mesnaderos, caballeros y ricoshombres se preparaban para seguir a aquel rey que deseaba cubrirse de gloria recuperando para la cristiandad la ciudad del Santo Sepulcro. Gotas en el océano del orbe cristiano que pretendían barrer como una galerna las tierras de los turcos infieles, llamados por el deber, la lealtad o, simplemente, por la promesa del perdón divino de sus pecados pasados y futuros. Pues desde que el papa Urbano II llamara en el año del señor de 1095 a la primera guerra de ultramar en el concilio de Claramonte, las indulgencias eran el premio de los que se atrevían a acudir a las cruzadas.

Ese día, después de que terminaran la misa y las bendiciones, el pequeño Laín se presentó en la explanada con Lúa a sus talones. Se había bañado en el río, había lavado la mejor de sus dos camisas y sus únicos calzones, incluso había restregado a la perrilla con uno de los cepillos de las caballerizas. Había hecho su hatillo y, para sorpresa de los presentes, apareció allí con el rostro muy serio.

Bajo las miradas asombradas, obviando los cuchicheos de los palafreneros y el semblante severo del viejo Tomás, había caminado hasta donde el señor de San Paio, junto a su impresionante montura, aguardaba a que el cura terminase con sus latinajos.

—Estoy dispuesto —había escupido de golpe lo que se había pasado horas ensayando, cuadrando los hombros y poniéndose derecho.

Nada tenía y nada dejaba atrás, más que recuerdos. Sólo quería cumplir con lo que creía era su deber.

Entre los rudos caballeros se escapó alguna sonrisa, pero todas fueron indulgentes. Porque reconocieron el valor que chispeaba en aquellos ojos grises y en la quijada lampiña que apretaba los dientes con nervios evidentes.

Don Rodrigo había suspirado y había mirado a la ventana de la fortaleza donde estaba la habitación de su otro hijo. El señor de San Paio, muy serio, había palmeado el cuello de su semental y había despedido al capellán con una sacudida del mentón. Hizo de tripas corazón y se obligó a ocultar la decepción que sentía porque no fuera su primogénito el que se hubiera presentado ante él, listo para jugarse la vida en Jerusalén.

No. Fruela estaría jugando con alguno de sus muchos caprichos, ésos que le concedía su madre a todas horas. Ante él, en cambio, formaba un zarrapastroso batallón. Un muchachito andrajoso y una perrilla mestiza que se mantenía sentada y con las orejas erizadas, ambos listos para pasar revista.

Incluso olió el fuerte dejo rancio del jabón basto en el pelo, todavía húmedo, del niño.

En cuanto su padre se acercó, el pequeño Laín echó fuera una rápida carrera de palabras que en su cabeza habían sonado antes mucho más convincentes.

—Creceré durante el viaje —afirmó, estirándose para parecer más alto—. Ya puedo encargarme de enjaezar a los caballos, soy un buen mozo de cuadras. Y sé aceitar las espadas, Guillermo me enseñó —aclaró, señalando a uno de los jinetes, un caballero de origen bretón que tiempo atrás se había establecido en León y había terminado al servicio del señor de San Paio—. Sé repasar las cotas de malla y puedo preparar las lanzas. Además, sé apañarme con cazos y cacerolas, puedo ayudar con las comidas. Y a herrar los caballos…

Por un instante, pareció que no iba a decir más, pero en sus ojos se veía la agitación por encontrar argumentos.

—Y cuando llegue la batalla —echó el pecho fuera y abrió los brazos—, haré lo que se me ordene.

En los ojos de su hijo, don Rodrigo vio a la madre y tuvo que desechar por un momento lo que pensaba de su esposa Urraca. La cocinera sólo había tenido un defecto: su sangre villana. Jamás don Rodrigo había conocido a mujer igual y la había amado como jamás antes. De hecho, si examinaba su conciencia, la seguía amando. De no haber sido por las circunstancias…, la política, las familias, las relaciones con la corona. Urraca estaba emparentada con el rey Fernando. Un hombre de su posición era presa de su destino, no siempre podía elegir lo que deseaba, obligado por las apariencias y el deber.

Fijó su atención en el muchacho y Rodrigo se dijo a sí mismo que ahí, delante de él, estaba la prueba de que un hombre podía ser mucho más que su sangre. Era una idea peligrosa pensar que el linaje no determinaba el sino de cada cual. Pero aquel mocoso, sin saberlo, parecía convencido de poder demostrarlo.

El señor de San Paio miró hacia los hombres que le habían jurado lealtad y que estaban dispuestos a seguirlo hasta Tierra Santa para jugarse allí la vida. Entre ellos, la fe era algo cómodo a lo que aferrarse en caso de necesidad, pero, a excepción de un par de auténticos devotos, estaban allí, dispuestos a lo que viniera, más por el botín y la gloria que por sus convicciones religiosas. Quizás incluso alguno de ellos había reflexionado en ese perdón por los pecados que había prometido la Santa Madre Iglesia, pero aquel zagal no había recapacitado sobre ninguna de aquellas cuestiones, simplemente había pensado que era su deber, y lo había hecho.

El bretón Guillermo asentía despacio, con una sonrisa de medio lado en los labios, divertido por el coraje del crío.

—Así que estás dispuesto a luchar contra el turco…

Si cabía, Laín se enderezó aún más, y la perrilla, al reflejo de su amo, estiró las patas delanteras y asentó las manos.

—Lo que haga falta, mi señor —contestó el crío.

Las muchachas de las cocinas bisbisearon frases que nadie más escuchó. Uno de los caballos relinchó. Y el señor de San Paio tomó una decisión.

—Arrodíllate entonces —dijo, componiéndose muy serio mientras su hijo bastardo se postraba de hinojos—. ¿Juras por la gloria eterna y la divina providencia que obedecerás las órdenes que recibas y que guardarás lealtad a tu señor?

—Lo juro —respondió raudo Laín.

Todos los presentes conocían la fórmula. Y los caballeros junto al señor habían pasado por la misma ceremonia unos pocos días antes.

—¿Estás seguro? ¿Entiendes lo que significa lo que acabas de hacer?

Sólo una breve sombra de desconcierto nubló los ojos del muchacho.

—Lo estoy —afirmó vehemente—. Y lo entiendo —mintió con desparpajo, sólo por el convencimiento de que eso era cuanto debía hacer.

—Sea entonces. Ponte en pie como un hombre, tú que te has arrodillado como un niño.

El alivio en el rostro del pequeño arrancó más sonrisas entre los presentes. Sólo doña Urraca parecía haberse tomado a mal aquel acto inocente de ensoñación infantil; echaba chispas por los ojos y la frente fruncida afeaba aún más su expresión afilada.

Era una mujer enjuta y de miembros zancudos, siempre tensa bajo una cara cetrina. De buena familia navarra, de una casa de postín, de las que ocupaban los lujos entre el barrio de la iglesia del Carmen y el palacio real. Su padre era hombre influyente en la Navarrería y tenía relaciones con ricoshombres de Toledo y León. Incluso estaba emparentada de lejos con la corona de Castilla. Pero no era agraciada. Y ella lo sabía. Por eso vestía siempre con las mejores y más caras galas que podían comprarse. Traído por los comerciantes más lujosos de Flandes, doña Urraca llevaba ese día un excelente brial del mejor paño de lana, decorado con encajes ingleses vendidos en la Bretaña y mangas brocadas, aunque el escote quedaba flácido, porque ella no era más que un amasijo de huesos y pellejo. Y bajo el velo caído de su exquisita cofia de gasa, su mirada, furtiva y oscura como un pozo, se mantenía clavada en el crío.

—¡Guy! —llamó el señor de San Paio.

De entre los presentes se adelantó un franco, un gascón de la Bigorra que, como tantos otros en esos días confusos, cuando el recuerdo de la santa lucha del papa Inocencio contra los albigenses estaba aún fresco, había compuesto su vida a un mundo de su hogar, quizás huyendo del castigo que tragaron aquellos herejes de la Provenza francesa, quizás escapando de las luchas por aquellas tierras que mantenían los anglos, aquitanos, occitanos e incluso los navarros.

No era extraño que muchos se movieran buscando fortuna o huyendo. A través del valle de Arán, bajo el latín de curas y ricoshombres educados, los pueblos compartían retazos de sus propias lenguas, todas parecidas. Al mediodía y al levante de la Aquitania inglesa, desde los condados francos y catalanes hasta la misma Compostela, pasando por las tierras occitanas, mal que bien, unos y otros se entendían. En Finisterra y en el puerto de la recién fundada Aguas Muertas, se oían las mismas cantigas y los mismos trovadores pedían monedas, porque todos las entendían.

Quizá Guy de Tarba tenía un oscuro pasado de herejías, pues su ciudad no quedaba lejos de la Provenza de los albigenses, o quizás había traicionado a algún noble de aquellas guerras lejanas.

Pero a excepción del propio don Rodrigo, nadie en la torre o en su alfoz sabía nada de él, sólo que se había convertido en la mano derecha del señor de San Paio mucho tiempo antes, en una de las campañas contra los agarenos del rey Fernando, al que ya en esos días habían empezado a llamar el Santo.

El gascón era un tipo fornido que parecía hecho con los descartes de un cantero. Duro como un tocón de roble. Alto y corpulento. Pese a que no llevaba más que un tabardo recio, abultaba más que la mayoría de los que vestían cota de malla. Su pelo era un cepillo cano y, como los britanos, traía las barbas afeitadas. Era un hombre callado sobre el que circulaban mil rumores en la fortaleza, porque de su misterioso pasado sólo se conocían las huellas que le había dejado: tenía una cicatriz que le subía desde el cuello a la mejilla y uno de sus ojos, anegado en nieblas, era inútil; además, le faltaban tres dedos de la mano izquierda y, cuando amenazaba tormenta, cojeaba.

Había vuelto de Burgos con don Rodrigo años atrás, en los tiempos en que se había concertado el matrimonio con doña Urraca y, desde entonces, las cocineras juraban que sólo le habían escuchado decir media docena de palabras. Se rumoreaba que podía ser hijo de algún mercenario vikingo de los que habían secuestrado a los reyes navarros años antes, y también se oía que había caído en desgracia al enfrentarse a alguna orden del emperador Federico. Incluso se chismorreaba que andaba amancebado con una meiga que hacía de curandera para las gentes del valle. Fuera como fuese, había demostrado su valía en más de una ocasión y, durante una cacería, había salvado la vida de don Rodrigo al evitar que un verraco furioso lo empitonara con sus colmillos retorcidos. Hazaña a la que se añadía que, pocos años antes, cuando habían peleado en Mérida contra los almohades, había decapitado a un sarraceno a punto de alancear al señor de San Paio. De no ser por su edad, todos sabían que hubiera acompañado a los hombres en esta nueva guerra, pero, como las viejas luchas le habían hecho pagar un alto precio, él había sido el designado para guardar la casa de su señor durante la ausencia obligada y, además, actuaría de ayo del joven Fruela, ocupándose de que se le enseñase a empuñar la espada y manejar la lanza, como se esperaba del heredero de San Paio.

Laín, al verlo acercarse, tuvo la sensación de que se cernía sobre él un gigante, pero entonces su atención se desvió, porque, para su sorpresa, don Rodrigo había puesto una mano en su hombro.

—Este hombre ha demostrado coraje —le dijo el señor de San Paio al gascón.

Por toda respuesta recibió un gruñido afirmativo del mercenario, que observó con su único ojo al hombre que no era más que un niño.

—Y se merece la confianza que se deposita en los valientes. En los bravos de espíritu que están dispuestos a arriesgarlo todo por su señor, su rey y su dios. — Rodrigo no miraba a su hijo, pero era consciente de que el crío lo contemplaba embobado—. Por eso va a quedar a tu cargo y te ocuparás de que reciba la instrucción debida.

El mentón de Laín cayó como hecho de plomo y, boquiabierto, vio cómo su padre, al que nunca se había atrevido a llamar así, echaba la mano libre a su propio hombro y arrancaba de un tirón la cruz encarnada que doña Urraca había cosido allí.

Ninguno de los presentes se percató de la furia que hervía en la mujer al ver cuánta atención estaba recibiendo aquel pequeño bastardo.

—A partir de hoy mismo —siguió hablando Rodrigo a su hombre de confianza—, te ocuparás de que aprenda lo que debe para hacerse merecedor de llevar esta cruz que ahora le doy.

Y le tendió al crío el pedazo de tela teñida.

Ni en sus sueños más alocados Laín hubiera esperado algo semejante. El valor que le había hecho falta para plantarse en la explanada no fue nada comparado con la fuerza de voluntad que hubo de emplear para evitar que no le saltasen lágrimas de emoción. Incluso la perrilla se dio cuenta, y se movió para acercarse a las pantorrillas de su amo con aire preocupado.

Sabía Rodrigo que su esposa enloquecería de rabia, pero el crío se merecía aquello. Él lo había decidido. Ahora ya no tenía tiempo para discutir. Su palabra era ley en San Paio y ella tendría que aguantarse.

Lo que no imaginaba era que Urraca, quien ya se alejaba del lugar entre aspavientos y bufidos, no tenía la más mínima intención de obedecer. Aquello era algo que ponía a los dos hijos de Rodrigo a la par, y ella no estaba dispuesta a consentir que un bastardo hiciera peligrar la posición de su retoño.

Sin duda, de saber lo que acarrearía su decisión, el señor de San Paio hubiera callado.

—Hoy no partirás conmigo —le dijo con gravedad—, pero debes darme tu palabra de que, a mi regreso, serás digno de mi confianza. ¿Lo juras?

Aturdido, Laín no supo adónde mirar o qué hacer, se había quedado sin palabras. Y no salió de su abstracción hasta que don Rodrigo insistió en el ademán de tenderle la cruz encarnada. Entonces, el crío alzó las manos y tragó saliva.

En el rostro de su padre vio mucho más que las palabras dichas; creyó distinguir amor y orgullo. Por primera vez en su vida, Laín conoció el calor en el pecho que alimenta el sentirse querido.

Al cabo, respondió con voz temblorosa:

—Lo juro —respondió tan serio como pudo—. Así será, mi señor.

Y eso mismo se repitió ahora para ahogar el esfuerzo de la escalada, mientras revivía aquella escena de nuevo en su memoria.

—Así será.

Laín no quería renunciar a nada. Iba a ofrecerle al señor de San Paio un halcón entrenado para sustituir el ave muerta. Y Guy volvería a ocuparse de su instrucción.

Conseguiría el halcón para su padre. Un regalo de príncipes, un gesto que, a buen seguro, conseguiría la aprobación de don Rodrigo.

Doña Urraca lo había echado de la torre. Ahora vivía entre la indigencia y la mera suerte. Fruela aprovechaba cualquier ocasión para meterse con él, y muchos días se iba a dormir con un labio partido o las piernas cubiertas de verdugones hechos con la pesada espada de madera que el heredero usaba en sus prácticas con el infante gascón. Pese a todo, Laín aguantaba sin protestar. Y, con aquel regalo, esperaba no faltar a la palabra que había comprometido. Con aquel halcón le demostraría a su padre que no se había equivocado al darle la cruz encarnada.

Estaba ya a más de diez varas del suelo y, en la lejanía, le parecía escuchar los gañidos preocupados de Lúa, que daba vueltas inquieta al pie del muro de piedra.

Tenía las yemas y los nudillos raspados. Le dolían las articulaciones de los dedos. Una de las uñas se le había astillado y la sangre le corría por la muñeca y el antebrazo. Los hombros le ardían. Y, para colmo, el pecho le subía y bajaba con rapidez, acusando el esfuerzo.

Al mirar hacia arriba vio que aún le faltaba un largo trecho y hubo de reunir toda su fuerza de voluntad para no rendirse, porque a esas alturas ya le faltaba el resuello.

Fue entonces cuando, por un hueco entra la tapa y la bolsa del morral, asomó un hocico bigotudo y afilado. Lisco, que así se llamaba el turón que siempre acompañaba a Laín, decidió salir a curiosear y, al ver por donde lo llevaba su amo, se puso nervioso.

—Tranquilo, pequeño —le susurró quedo.

Al sentir al animalillo agitarse, Laín soltó una mano de su asidero e intentó calmarlo, pero antes de que tuviera tiempo de acariciar al turón o de susurrarle algo más reconfortante, la única mano con la que se sujetaba a las piedras resbaló.

Sucedió en apenas un parpadeo.

De pronto ya no sentía bajo sus dedos el tacto áspero de la piedra. Su puño se cerró, pero ya no encontró dónde aferrarse. Sólo aire.

Sin tiempo para asimilarlo, los pies le fallaron y el vacío de la caída lo envolvió con un soplo de aire.

Cruzó por su cabeza el recuerdo de mamá, de su rostro sonriente. Se acordó de cuando le reñía por haber llevado a casa a algún animalillo del bosque. Siempre que aparecía con algún pájaro caído de un nido, o con el cachorro suelto de una madriguera saqueada por los cazadores, ella protestaba. Repetía las mismas letanías, pero la sonrisa que intentaba disimular en su rostro la traicionaba.

Lúa empezó a ladrar.

No se movía.

A su lado, la perrilla gañía preocupada. Hacía por curarlo a lametones. Le empapó la coronilla pegoteándole los cabellos. Luego se afanó en el pescuezo, lamiendo tan fuerte que la delicada piel enrojeció enseguida. Indecisa, Lúa respiraba junto a las mejillas de su amo. Se movía de un lado a otro. Daba vueltas en torno al cuerpo inerte. Se paraba, lo empujaba con el hocico, le apoyaba las manos. Volvía a lamentarse. Y empezaba de nuevo.

Pero él no se movía.

La primera bocanada de aire fue un trago apresurado de terror.

El pecho parecía a punto de estallarle. Frente a sus ojos, los destellos de luz entre las ramas bailaban como ánimas. Creía ver el lejano azul del cielo, enrejado por las copas de los árboles. En realidad, todo aparecía borroso.

Lúa insistió con sus lametones y el crío ganó fuerzas.

—Ya está, ya está, creo que… que…

Iba a decir que se sentía entero, pero tardó un poco en verse capaz de mover sus extremidades. Primero tentó los dedos de una mano y, pese al dolor que empezó a recorrerle el cuerpo, sintió un alivio inmenso al comprobar que podía cerrar el puño.

—Estoy bien —logró balbucir para contento de la perrilla, que empezó a mover el rabo con auténtica pasión sin dejar de llenarle la cara de lametazos.

Entonces movió la otra mano para devolver las caricias y el miedo se apoderó de repente de todo su cuerpo.

—¡Lisco! —exclamó incorporándose y palpando a toda prisa el morral.

En cuanto desató la presilla de la tapa, asomaron los bigotes y el hocico afilado del turón; detrás vinieron los ojillos asustados y Lúa, tan contenta que prácticamente temblaba, le dio un baño completo al animalillo.

Dolorido, asustado y aliviado, todo a un tiempo, Laín sacó a su amigo del morral y lo acarició. El turón, alargado y fino para cazar en las madrigueras de liebres y conejos, tenía el pelaje de un color pardo desvaído que se oscurecía en las patas y el rabo. En el rostro, aplanado, apenas destacaban las dos pequeñas orejas redondeadas y una banda de pelaje blanco que rodeaba los ojos, enmarcados con un antifaz de pelo oscuro que le daba el aspecto de un ladronzuelo.

—¿Estás bien?

Como toda repuesta, el turón mordisqueó suavemente las yemas de los dedos de Laín con sus dientes finos y afilados como agujas.

Tentativamente, el niño se puso en pie e intentó estirarse, igual que si estuviera desperezándose. Al día siguiente enormes cardenales le cubrirían toda la espalda, pero estaba entero.

—Habrá que volver a empezar —dijo en voz alta, tanto para sus animales como para sí mismo.

Y, para cuando el sol estuvo bien alto sobre el horizonte, cuando ya alcanzaba el cénit, se encontró, sin aliento, encaramado a un repecho en la roca. Cara a cara con dos pollos de halcón que lo miraban con aire circunspecto.

En la cornisa de piedra, de apenas una vara de largo y un par de palmos de profundidad, el nido se extendía de manera sencilla. Era poco más que una montonera de gravilla con pequeñas plantas pisoteadas, porque, como era habitual en su raza, los padres no habían llevado plumas, pelos o palos con los que acomodar el lecho. Había huesecillos desperdigados, pedazos de cáscara parda de los huevos de la puesta, y se podía oler el tufo agrio de la carne pasada que se pudría en los restos sembrados por los alrededores.

Como cualquier otro pájaro, siendo tan jóvenes tenían un aspecto un tanto lastimero. El plumón despeinado que los cubría aparecía y desaparecía donde las primeras plumas maduras empezaban a crecer. Y sus rostros, más que una imagen fiel de las feroces rapaces en que se convertirían, aparecían desproporcionados, toscos.

Sólo dos. Quizás hubo más huevos, pero no todos habían salido adelante. Y, como Laín ya había imaginado, uno de los polluelos era un poco mayor que el otro, porque la madre habría esperado un par de días entre la puesta de un huevo y el siguiente.

Ambos pajarillos lo miraban fijamente. Seguían sus gestos con atención, tal y como hubieran hecho si uno de sus padres se hubiera posado en el nido con una torcaz recién capturada.

—Hola, pequeños —los saludó con una sonrisa.

En precario equilibrio, pero decidido a hacerlo lo mejor posible, Laín comenzó con sus preparativos.

El crío no quería espoliar la pollada. Algo en su interior le decía que no estaría bien privar a la pareja de halcones de toda su prole, así que había decidido que sólo se llevaría a uno de ellos. Además, él sabía que a don Rodrigo, como a cualquier cetrero, le encantaría tener una hembra, ya que las primas eran siempre más grandes y pesadas que los machos, mejores cazadoras para piezas grandes como las perdices o las becadas. Sin embargo, los pollos eran demasiado pequeños para saber si serían torzuelos o primas, no había modo de diferenciarlos. Por eso Laín había hecho el esfuerzo de traer consigo el morral.

Bajo la atenta mirada de los pajarillos, el crío apoyó el pecho en la cornisa de piedra para repartir el peso sin necesidad de usar los brazos. Con las manos libres, sacó de la bolsa de lona un zorzal desplumado que había capturado con liga el día anterior. Imitó lo mejor que pudo el piar de una madre, sintiéndose a la vez ridículo y emocionado, y los dos pollos abrieron los picos de inmediato, ofreciendo el gaznate con impaciencia. Con delicadeza, el niño fue sacando pedazos de la pechuga que les ofreció, alternando entre uno y otro.

El mayor de los dos enseguida aguijoneó al hermano con su pico. Como era de esperar, los escasos días de ventaja lo habían hecho más fuerte, la mejor opción para asegurarse de que se convertiría en un imponente reflejo de sus padres. Sin embargo, un brillo de los ojos del más pequeño de los pollos le susurró algo al crío. Captó algo en el animalillo que no supo explicar, pero aquel ser despelucado y desvalido lo miraba de un modo especial.

Entre tanto, muy nerviosa, Lúa lo vigilaba desde el pie del precipicio, y Lisco, temeroso de asomar el hocico y llevarse un susto como el de antes, se había refugiado en el fondo del morral, desde donde mordisqueaba los dedos pegoteados del niño cada vez que él metía la mano para alimentar a los pollos. Laín, convencido de que aún tenía algo de tiempo antes de que la madre volviese al nido, siguió cebando a los pajarillos y observándolos con atención. Sopesaba su decisión.

El mayor volvió a hincar el pico en las carnes tiernas de su hermano. Y Laín sabía que aquello era normal, pero creyó intuir algo de maldad en él. Por el contrario, en el más pequeño, fuese verdad o imaginación del niño, Laín preveyó una fuerza estoica. El pollo no se arredraba ante los empellones de su hermano.

Finalmente, tomó al menor de los pequeños halcones, dejó que le picotease los dedos, sonrió y se lo guardó dentro de la camisa, agradeciendo que las garras de su pasajero no fueran todavía las cuchillas afiladas en las que se convertirían en unos meses.

En cuanto terminó el descenso, Lúa se lanzó encima de él moviendo el rabo con frenesí, tan contenta que gemía inconteniblemente. Ambos celebraron el éxito con mimos, palabras cariñosas y ladridos de excitación. Y, después de serenarse un poco, el crío se puso en marcha con la mayor de las sonrisas iluminando su rostro, mientras su amiga trotaba feliz unos pasos por delante.

Aquel regocijo no duraría mucho.

Justo en ese momento del día, un mensajero renuente a aceptar la hospitalidad de una señora demasiado arisca, partía de San Paio al galope, hacia la antigua calzada romana que salía hacia Castilla.

Cabalgaba rumbo a Astorga, camino de Navarra. Ya había cumplido con su cometido. La carta del rey Teobaldo había sido entregada, y ahora no podía pensar en otra cosa que no fueran los galanteos que había dejado pendientes con una moza, una ramera, pelirroja como brasas ardientes, que frecuentaba la posada en la que se había detenido dos días antes, en la venida.

Aquella lujuria que lo carcomía no era una de las órdenes que le habían dado en palacio. Pero, desobedeciendo lo mandado, había hablado de lo que no debía, de lo que ni siquiera se suponía que debía saber.

En el burgo de san Cernin, donde vivía entre los francos, los rumores habían comenzado en cuanto el rey Teobaldo regresó para sentarse en su trono y, pese al empeño de la Corte por ocultarlo, en cualquier esquina se podía escuchar lo que de verdad había pasado en la Palestina. Y él pudo confirmar aquellos chismorreos porque había hecho migas tiempo atrás con un tal Antonio, uno al que llamaban el Bicho y a quien le compraba cantárida de mala calidad, de la que se traían de tapadillo los que hacían tratos con los sarracenos de Granada. No era más que un desharrapado que se había embarcado en la locura del rey buscando fortuna y, tras salvar el pellejo de milagro, había terminado dedicándose al contrabando de aquel polvo que levantaba el ánimo de los hombres y arreglaba los matrimonios. Aquel borrachín, ansioso por despotricar en contra del rey, le había revelado la verdad de lo ocurrido.

Por eso, cuando el heredero de San Paio le había ofrecido los dineros, él había caído en la tentación y había dejado libre el secreto.

Por contar lo que le habían dicho que callara, llevaba en la bolsa sus buenas meajas de vellón con las que, esa noche, planeaba rendir a la voluptuosa zagala de Astorga.

Sin dejar de sacudir las riendas, escuchando el tintinear de las monedas en su bolsa, la sonrisa del jinete se amplió.