Laín

Francisco Narla · Capítulo 18 de 25

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Laín

Estrofa XVI. El amanecer del destino

ESTROFA

XVI

E L AMANECER DE L DESTINO

«Lo hemos revelado en la Noche del Destino,

y ¿cómo sabrás que es la Noche del Destino?

La Noche del Destino vale más que mil meses».

La sura al-Qadr, El Corán

Lo tenía difícil para salir con vida. Un mal paso y todo habría terminado.

Desafortunadamente, los acontecimientos se habían precipitado. Se había visto obligado a tomar una decisión arriesgada. Y ahora se hallaba metido en un aprieto. Pero ya no había marcha atrás. Y tampoco pensaba rendirse.

Todo había empezado la primera noche del mes de Ramadán.

Profesar la fe revelada por su profeta, peregrinar al menos una vez en su vida a la ciudad santa de La Meca, rezar cinco veces al día, pagar el azaque que se destinaba a limosna y ayunar durante los días del mes de Ramadán, ésos eran los cinco pilares en la religión de los mahometanos. Y, aunque en Alamut el culto tenía sus particularidades, como el uso de la resina de cáñamo o su búsqueda frenética de la verdad oculta en lo esotérico, la devoción era firme y las liturgias se respetaban a rajatabla.

De ahí que, para su segundo mes de ayuno en la fortaleza, Laín ya estuviera advertido de cómo se desarrollarían los acontecimientos. No sólo por el tiempo que llevaba retenido en la alcazaba, sino también porque hacía aún más años que vagaba por aquellas tierras de ultramar, lo que le había dado tiempo a conocer las costumbres de los mahometanos.

Durante el Ramadán, desde la salida del sol hasta el ocaso, el mandato era la abstinencia. No se comía, no se bebía y no se podían mantener relaciones sexuales. Los días debían dedicarse a la contrición y a buscar la iluminación del espíritu, lo que daba como resultado un período de ánimos contradictoriamente sombríos.

—No hay otro dios sino Allah, y Mahoma es su profeta…

Ésa era una frase que había escuchado hasta el hartazgo en sus días de cautiverio en Alamut.

Pero las costumbres que le eran ajenas o la moralidad de los hombres de la fortaleza no le suponían un problema. Su problema era lo que le había dicho el sheik Mohammed la primera noche del Ramadán.

Después de la puesta de sol y antes de la última oración del día, que siempre rondaba la media noche, el señor de la fortaleza lo había hecho llamar.

En la construcción que ocupaba el centro de la barbacana, semejante a la torre del homenaje de cualquier castillo europeo, la planta baja estaba también dedicada a un gran salón donde, rompiendo el ayuno del día, se servía un abundante festín de proporciones pantagruélicas.

Cuando lo acompañaron al interior, de inmediato sintió la bofetada de las especias con las que se habían aderezado los corderos y las abundantes fuentes de pilaf. Y, con el ajetreo, resultó evidente que aquellos hombres se lanzaban a la comilona con el ansia de una larga jornada de hambre reprimida. Además, sonaba música de timbales y címbalos que tocaban los esclavos del servicio doméstico; una melodía pegadiza al son de la cual bailarinas cubiertas con vaporosos vestidos de surá danzaban haciendo tintinear cinturones en los que pendían monedas brillantes. Laín había aprendido el año anterior que aquellos festines tenían visos de acabar en auténticos desenfrenos de glotonería que, a menudo, resbalaban hasta bacanales al más puro estilo de las orgías romanas.

Se le antojaba contradictorio y le recordaba las bromas que Ciriaco gastaba sobre obispos y abades que mantenían queridas a la vez que predicaban con furia contra los pecados carnales. No le gustaba.

—Cristiano —le había dicho el sheik Mohammed—, te alegrará saber que saldrás pronto de aquí.

Laín había estado haciendo sus planes y, por un momento, temió que hubieran descubierto lo que pretendía. Guardó silencio, sin embargo, para no delatarse en balde. E hizo un esfuerzo por contener sus preocupaciones. Lo malo era el opresivo ambiente, cargado de fuertes olores y agobiante por el calor que desprendían los braseros y la música repetitiva.

—Ha llegado un mensaje interesante a través de las rutas comerciales. Hemos recibido contestación en nuestra fortaleza de Merv —le contó tras tomar un puñado de arroz cocinado con pistachos y paloma—. Vendrán a por ti antes de que la nieve cierre los pasos.

Supuso un alivio comprender que no habían averiguado sus intenciones, aunque ponía de manifiesto que el tiempo se le terminaba. No podía arriesgarse. Tenía que dar por finiquitados los preparativos cuanto antes.

Con la mano reluciente de grasa, el sheik lo despidió con un ademán despectivo que lanzó unos cuantos granos de arroz sobre la lujosa alfombra. Y, rumiando sus problemas, Laín fue devuelto al cuartucho que le obligaban a ocupar por las noches.

Con ánimo preocupado, dedicó los días siguientes a apurar el plan que había ideado. Hizo acopio de vituallas y herramientas. Resolvió que, para no levantar sospechas, no recuperaría las armas de las que había sido despojado hasta la misma noche de la fuga. Y, lo que era más importante, se pasó las noches en vela, sin echar más que una cabezada ocasional, trenzando la cuerda y preparando el arnés.

Fueron veinte días de nervios y tensión, en los que, mientras los hombres de Alamut pretendían enfrascarse en su devoción, él se cargaba de disimulos y practicaba pequeños hurtos en distintas dependencias de la alcazaba, cuidándose de no ser avaricioso, de no levantar sospechas que lo delatasen.

Hacia el final del Ramadán se celebraba la «noche del destino», en la que se conmemoraba el aniversario de la madrugada en la que Allah había hecho descender el Corán de los cielos para entregárselo a su único profeta verdadero. Y ésa fue la fecha elegida.

Se suponía que aquélla era, de todas las del mes, la noche más sobria y contemplativa, la noche en la que los mahometanos debían plantearse sus propósitos como creyentes y agradecer profundamente las sagradas enseñanzas recibidas.

No sabía de cuánto tiempo disponía hasta que vinieran a buscarle. Mohammed no le había dicho mucho y sus preguntas al viejo Burzug tampoco habían servido de nada. Sólo sabía que vendrían a por él.

Así había acabado colgando sobre el vacío.

Caer significaría matarse. Un solo descuido bastaría para despeñarse. Y, dadas las prisas de las últimas preparaciones, había muchas posibilidades de que algo saliera mal.

No le había quedado otro remedio.

Aquella tablilla de arcilla le había mostrado el lugar, y el recuerdo de su escapada de la Navarrería con Ciriaco le había enseñado el modo.

Los trabajos en los desaguaderos de Alamut le habían brindado la ocasión.

Era la «noche del destino» y suponía su mejor oportunidad, quizá la única para llevar a cabo la huida. Aunque mirando hacia el oscuro precipicio, donde el resplandor de la luna hacía brillar la mica que salpicaba las rocas, su determinación flaqueaba. Ya no se sentía tan seguro de su trabajo como soguero improvisado.

—Si salimos de ésta sin rompernos la crisma, tendremos una buena historia que contar —le dijo a Lume con un murmullo, entre resoplidos de esfuerzo.

Asustado hasta la médula, el perro sólo emitió un gañido quedo.

Hubiera sido mucho más fácil afrontar aquella locura solo. Hubiera bastado con abandonar al chucho en la fortaleza, pero, desde el primer momento, Laín había decidido que escaparían los dos o ninguno, porque no había considerado, ni por un solo instante, dejar atrás a su único amigo.

Con viejas mantas de oración que pudo robar, Laín había cosido bastamente un petate con agujeros para las patas y asas que podían lazarse a un arnés que le rodeaba los hombros y la cintura. Así que, aguantando todo el peso de Lume, agradecido por haber heredado la fuerza y el tamaño de su padre, Laín asía la precaria cuerda que había trenzado con retales y el perro colgaba a una vara de sus pies en el improvisado artilugio.

—Pesas mucho —susurró a Lume, notando las gotas de sudor que le perlaban la frente.

Dentro de la fortaleza de Alamut quedaban dos hombres degollados y la puerta de uno de los armeros forzada. Mientras en el salón principal se rompía el ayuno del largo día, en un rincón de la muralla, por el hueco abierto de un desaguadero que vertía por un conducto anejo a una de las torres de flanqueo, se veía una cuerda tensa que chirriaba sobre un madero calzado en el agujero entre las piedras. Al final de la maroma estaba Laín, con los hombros agarrotados y el temor revoloteando en torno suyo; y, colgando de aquel muchacho que se había caído de un nido, el peso muerto de Lume, que miraba hacia el precipicio con aprehensión, pero que no profería ni el más mínimo sonido, como si comprendiese que les iba en ello la vida.

Bastaba que un centinela usase el filo de su gumía, un tajo a una pobre cuerda trenzada, y todo habría acabado.

Cuando Laín logró mirar hacia abajo, sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y, más allá de Lume, distinguió el repecho que había visto al asomarse a la muralla.

Reuniendo toda su fuerza de voluntad, sintiendo que la cuerda se le trababa en los muslos, por donde la había pasado para ayudarse a controlar el descenso, Laín obligó a sus hombros ardientes a seguir trabajando. Obligó a los dedos doloridos a aliviar la tensión.

Una mano en alto, sobre la cabeza, la otra por debajo de la cadera y la cuerda trabándose en su carne.

Se deslizó unas cuartas hacia abajo.

Había visto a los fida’i de Alamut hacerlo. Como entrenamiento para sus crímenes, se descolgaban de los adarves de la muralla hasta la barbacana enrollando las maromas en sus piernas como sierpes en el bastón de un galeno. Y él iba a hacer lo mismo, con la diferencia de que no descendería unas cuantas varas, sino todo un precipicio.

Sentía la soga mordiendo su piel a través de las ropas y, cada vez que se detenía para tomar aire, la lazada que le pasaba bajo el trasero le mordía con la fuerza de un cepo para osos. No aguantaba únicamente su propio peso, sino también el de Lume y el del hatillo que había preparado, donde había metido un odre repleto de agua. Pese a la noche fresca, empezaron a picarle los ojos por culpa del sudor.

—No sé si lo conseguiremos —confesó al perro entre jadeos—. Me voy a descoyuntar los hombros.

Su meta era un repecho que aún estaba quince varas más abajo, y la única alegría que pudo llevarse fue vislumbrar el final de la cuerda retorciéndose sobre la piedra como una culebra.

Había calculado la longitud necesaria cuidadosamente, asomándose a los trabajos de reparación y echando vistazos casuales mientras paseaba inocentemente por la muralla. Sin embargo, no había tenido oportunidad de confirmarlo hasta ese mismo momento. Resultó un alivio.

Las prisas le habían obligado a asumir riesgos, pero no le había quedado otro remedio.

Aun así, disponer de soga suficiente no resolvía todos sus desvelos. Alguno de los hashshashin podía abandonar sus meditaciones, el festín nocturno o lo que estuviera haciendo, y decidirse a dar un paseo refrescante por la barbacana de la plaza.

Sabía que su tiempo era escaso y descendía tan rápido como se lo permitían sus hombros quejosos y su pecho jadeante.

Aún faltaban diez varas cuando Lume volvió a gañir.

—Tranquilo, tranquilo —susurró Laín intentando reconfortarlo—. Poco a poco.

Las palmas de las manos le ardían. Las partes de su cuerpo por donde pasaban las lazadas de cuerda palpitaban de dolor. Y todos los músculos de su torso y sus brazos amenazaban con fallar mientras su corazón latía desbocado.

Pestañeó, sacudió la cabeza. Gotas de sudor cayeron desde sus cejas y se precipitaron en el vacío del desfiladero.

Si lo lograba, tendría que improvisar para seguir descendiendo. En aquellos vistazos desde la muralla sólo había podido intuir una posible ruta, que iba a exigirle la destreza de una cabra montesa.

Ya sólo faltaban cinco varas.

Intentó espantar el tormento pensando en lo que le había dicho el sheik. Al poco de salir de San Paio ya habían averiguado que los templarios iban tras ellos; de hecho, a juzgar por lo que había sucedido en aquel bosque cerca de Monforte, distintas facciones dentro de la Orden parecían dispuestas a pelear entre sí. Sin embargo, ahora, además se confirmaba la sospecha que había nacido con el ataque de Venecia: tenía más enemigos que los hombres del Temple.

Alguien más, alguien poderoso y con medios, andaba tras el secreto que Guy y Ciriaco habían guardado tantos años.

Algo se rompió en su hombro izquierdo y un suplicio terrible lo atravesó de parte a parte, obligándole a reprimir un grito.

Intuyendo el problema, Lume miró enseguida hacia arriba, clavando sus ojos ambarinos en el hombre.

—Estoy bien —logró balbucir—, tranquilo. Ya sólo faltan tres varas —le dijo.

Mintió, no porque el animal necesitase consuelo, sino porque él lo necesitaba.

Apretó los dientes, soltó la mano izquierda y aguantó con la derecha. Buscó acomodo para los pies, apoyados en la pared de roca, e intentó aliviar algo el peso. Estiró y flexionó los dedos libres, hizo rotar el brazo para comprobar el juego del hombro y acabó tragándose un quejido.

De no ser porque temía herir a Lume, se hubiera descolgado sin más, con la esperanza de ser capaz de controlar la caída y quedarse en la cornisa que formaba el repecho. Pero el riesgo de que el perro se golpeara o de que cayese después de no hacer pie lo retuvo.

Sentía que una aguja al rojo le hurgaba en el hombro y el cansancio no ayudaba, ¡pero faltaba tan poco! Un esfuerzo más y lo conseguiría.

Sacó fuerzas de flaqueza.

—No te rindas, ¡nunca te rindas!

El único ojo mirándolo desde aquel rostro curtido y cubierto de cicatrices. Siempre se podía mejorar. Nunca había halagos, sólo exigencias.

Lo recordaba bien, muy bien. Y ni siquiera comprendía cuánto lo había cambiado.

Volvió a asirse con fuerza y mordió el dolor apretando las quijadas. Le rechinaron las muelas y algo más se desgarró en su hombro.

—Podemos hacerlo —se dijo entre gemidos de esfuerzo.

Faltaba poco más de una vara. Lume, inquieto, movía sus patas como si pudiera apoyarlas en la piedra y, en cuanto lo hiciese, Laín sabía que sentiría el alivio de todo aquel peso.

Un poco más.

Fue entonces cuando la cuerda se movió. Pensó que su hombro dolorido le jugaba malas pasadas. Pero en cuanto volvió a concentrarse para seguir descendiendo, lo sintió de nuevo.

Una sola vara.

Estaba casi hecho cuando la maroma cimbreó y se dio cuenta de que alguien tiraba del otro extremo.

Oyó los gritos de alarma. Creyó reconocer la voz del viejo Burzug. Percibió en las lazadas la fuerza con la que jalaban desde el desaguadero abierto. Se alejaba del repecho, y Lume ladró con alarma.

Dos varas.

Trasteó buscando su daga. Cortaría las tiras del arnés, liberaría al perro y luego se dejaría caer, confiando en no lastimarse. Pero jalaron con fuerza. Un tirón tras otro. Había más de un hombre esforzándose allá arriba.

Lo habían descubierto.

Ya estaba a más de tres varas. Y, para cuando consiguió hacerse con el puñal, no se atrevió a cortar los amarres que sujetaban el petate de Lume. Estaban demasiado altos. Era tarde.

Cada vez que arriba tiraban de la cuerda, la sentía apretarse dolorosamente contra su muslo. Lume ladraba con furia, debatiéndose en su prisión de tela, haciendo que los fatigados músculos de su amo se resintiesen.

Fueron sólo unos momentos, pero para él significaron una eternidad en el purgatorio. De un instante al siguiente, su plan se había convertido en un fiasco.

Empujada por la resignación, su barbilla se hundió. Su cuerpo se sacudía con cada tirón y las voces de los hashshashin se acercaban.

Por encima de su cabeza pululaban luces vacilantes en lámparas de aceite, ruido de pasos, gritos de ánimo, gruñidos de esfuerzo.

Lo inevitable llegó. Sintió que su costado se deslizaba en las piedras que habían sido erosionadas por años de lluvia, las que estaban justo debajo del desaguadero. Se le hizo interminable.

—Picha cristiana, descreído, malnacido, ¿así pagas nuestra hospitalidad?

Era la voz de Burzug.

—Todos los djinn de todos los desiertos de sal te persigan a ti y a tus hijos, ¡y a los hijos de tus hijos!

Una mano que no era la del viejo lo agarró del antebrazo y otra lo tomó por la axila. Dos de los hashshashin de Alamut tiraban de él para que pasase por el agujero abierto en la base de la muralla.

—Tienes suerte de que sólo nos sirvas con vida —Burzug continuaba despotricando—, escarabajo que se alimenta de las bostas de los camellos con el vientre suelto. Mameluco traidor. Cristiano estúpido. Debería haberte rajado las tripas cuando te encontré.

Lume seguía ladrando.

Su única esperanza se había desvanecido. Toda su vida parecía un rosario de oportunidades malogradas. Lo había perdido todo y a todos, y ahora era un prisionero a la espera de que viniesen a ajusticiarlo por el único pecado de haber intentado ganarse el respeto de su padre. Sin embargo, pese a la terrible desazón que lo asaltó, Laín no sabía que las cosas estaban a punto de empeorar.

Ya sólo sus pies restaban fuera de la muralla. Las cinchas del arnés que sostenía a Lume se le clavaban en la piel mientras su peso seguía colgando en el vacío. Y el pobre animal no dejaba de ladrar enfurecido, deseando verse libre para atacar a los que estaban haciendo daño a su amo.

—A ti te necesitamos con vida, maldito cristiano, pero no nos van a pagar nada por tu chucho de mierda.

Las palabras tardaron en calar. Estaba demasiado ocupado lamentando su suerte. Por eso no se dio cuenta de lo que Burzug pretendía cuando se agachó junto a sus piernas, que ya salían del desagüe.

A la luz de la luna brilló la hoja de metal. Laín la vio con el rabillo del ojo y la comprensión lo golpeó.

—¡Nooooooooo!

Había gritado en su propia lengua. Pero nada que pudiera decir hubiese evitado lo que sucedió.

—¡Noooooooooo!, ¡no!, ¡noooooo!

Uno de los otros le dio una patada que le sacudió la cabeza. Otras manos le sujetaron los hombros.

Lume ladraba desesperado. Intuyendo que algo iba mal, quería liberarse para estar junto a Laín.

—Cristiano malnacido —gritó Burzug, y bajó su alfanje igual que el verdugo dejando caer la hoja sobre el pescuezo del condenado a muerte.

Como un hacha en el cepo, el arma del hashshashin cortó las cinchas del petate y chispeó al golpear con las piedras que había debajo.

Cabalgando sobre nubes cargadas de nieve llegó el invierno sin noticias de quienes habían pagado por la cabeza de Laín.

En los montes de la antigua Persia, los mismos que habían caído bajo el poder del gran Alejandro, los rebaños de cabras montesas descendieron de las alturas para resguardarse del frío y los leopardos dejaron sus grandes huellas en las rocas nevadas. Algunos árboles perdieron sus hojas mientras los cedros, con sus recias agujas, aguantaron estoicamente las ventiscas y heladas. Los ratones buscaban los huecos en los graneros y los zorros, que empezaban a darse arrumacos que traerían cachorros con la primavera, intentaban emboscarlos.

Los pasos quedaron cortados y los campos, a la espera de labranza. Los neveros engordaron, acumulando reservas con avaricia para poder aguantar sus hielos incluso cuando llegase el calor del verano.

Y en la fortaleza de Alamut la vida se ralentizó a medida que los días se achicaron. Los fida’i empezaron a pasar más tiempo con los médicos y los boticarios, discutiendo venenos con los que cumplir sus encargos. Se pospusieron las prácticas de esgrima, porque la barbacana de la plaza quedaba oculta bajo un manto de más de dos pies de nieve y nadie se ofrecía a pasar la penuria de cruzarla si quedaba otro remedio.

Las mujeres contaban historias a sus hijos al calor de la lumbre. Los hombres hablaban de glorias pasadas mientras intentaban espantar el miedo de ser una nación acorralada entre la codicia de los seljúcidas y el arrojo imparable de los mogoles.

A excepción del fuego en la forja del herrero, que seguía trabajando a destajo, y de los jardineros, que cuidaban los impresionantes parterres de la alcazaba, la vida se volvió una espera. Un largo aguardo en el que cada cual sobrellevaba las incomodidades como podía. La única excepción a aquella desidia invernal fueron los pocos días que duraron las reparaciones después de que una fuerte borrasca estropeara las tejas y reventara cañerías heladas durante la noche.

El frío, las pocas horas de luz y el mal tiempo hacían de aquellos días una época miserable. Pero de todos los que vivían en Alamut, uno fue el más desdichado.

En un rincón de las murallas, junto a los portones que llevaban a los jardines, había una torre de flanqueo en cuyo piso inferior, ya en tiempos anteriores a que los hashshashin ocuparan el lugar, se habían instalado unas mazmorras medio excavadas en la piedra, integradas en los cimientos. Eran habitaciones pequeñas y oscuras, llenas del frío y la humedad que ascendían desde el corazón de roca de la montaña.

Con apenas dos zancadas en cualquier dirección podía tocarse una pared, y alguien tan alto como Laín no podía estar de pie si no era inclinando la cabeza. Para dormir en el jergón mohoso del que disponía, se veía obligado a atravesarlo de esquina a esquina si quería estirarse por completo, cosa que tampoco hacía a menudo, porque, si se tumbaba cuan largo era, tenía que dejar los pies fuera del magro acolchado y el contacto gélido con las losas se los dejaba insensibles.

Le daban una sola comida al día. Normalmente una escudilla desportillada con algo de pilaf grasiento en el que escaseaban restos de carne que había empezado a verdear, especiado hasta la saciedad para enmascarar la podredumbre. Tenía un cubo para hacer sus necesidades, que sólo vaciaban cuando se acordaban. Un jarra cubierta de robín contenía el agua, que renovaban un día sí y otro no, obligándole a aprovecharse de los copos que se colaban por el único ventanuco, de apenas una cuarta, por el que entraba algo de luz en aquella celda infecta.

Poca cosa, pero un auténtico aliviadero para la desesperación de su cautiverio. A su través podía dejar pasar las largas horas contemplando las montañas persas e imaginando cómo recuperar la libertad.

De no ser por la pequeña rendija, se habría vuelto loco semanas atrás.

Desgraciadamente, el pequeño ventanuco no servía para planificar una huida. Para escapar, o encontraba el modo de desmantelar un murallón grueso como una carreta, o adivinaba cómo perforar la roca viva del suelo, lo que dejaba como única opción atrapar en un descuido a alguno de los guardas que traía la comida o vaciaba el cubo de desperdicios. Y aquélla era una elección peligrosa. Su celda estaba en un corredor en la parte baja de la torre, donde habría más hombres. Y, si lograba salir, se encontraría en la barbacana, en el centro de la fortaleza de Alamut.

Aunque Laín no pensaba mucho en escapar, tenía demasiado que lamentar.

Pasaba los días apático, reflexionando sobre las oportunidades perdidas y alimentando un odio que, en los últimos tiempos, había comenzado a burbujear en su interior con fuerzas inusitadas. Un odio ciego que pensaba despachar contra quienquiera que viniese a por él al llegar la primavera.

Gracias al mísero ventanuco, su único consuelo, vio al tiempo dejar su huella en el paisaje y, gracias al mísero ventanuco, hubo recuerdos a los que acudir como solaz en su cautiverio.

Su cuerpo fuerte lo fue librando a duras penas de los sabañones y otros rigores. Pero su mente, desde el momento en que lo habían encerrado allí, había sufrido un durísimo castigo que él mismo se había impuesto.

Con razón o sin ella, Laín se sentía responsable de todos los males vividos, responsable por las vidas perdidas por su culpa. Y en su alma pesaba una bilis correosa que lo convirtió en un hombre taciturno.

Sobre el sobado jergón, en una de las esquinas de la celda, permanecía sentado con la cabeza gacha y los ojos alzados, mirando el pedacito de cielo gris más allá del ventanuco, contemplando las manchas cenicientas de las panzas de las nubes. Sin darse cuenta, evitaba el frío abrazándose las rodillas contra el pecho.

Oyó un ruido metálico y ni siquiera se volvió cuando una trampilla en la puerta se abrió y una mano atezada cogió el cuenco vacío para, tras rellenarlo de pilaf, volver a deslizarlo sobre el suelo húmedo.

Para cuando se cerró la portañola, Laín no se había movido.

Se miró las manos, marcadas por pequeñas cicatrices, callos que delataban el entrenamiento con la espada o el uso de las riendas para guiar el caballo, pieles agrietadas por culpa del frío y la humedad de la celda. Cerró los puños con las muñecas apoyadas sobre las rodillas.

Eran las mismas manos que le habían partido el pescuezo a Burzug.

Fue un instante de furia incontenible.

Algo se había roto en su interior y, antes de que los hashshashin pudieran hacer nada, Laín se había abalanzado sobre el viejuco y lo había desnucado como a una gallina. Luego había cogido el alfanje y otros cuatro habían muerto antes de pestañear.

Se había convertido en la misma parca, dispuesto a segar una vida tras otra hasta el fin de los tiempos.

Salvó el cuello únicamente porque el sheik Mohammed gritó a sus hombres que sólo valía algo si aún respiraba, pero hicieron falta media docena de aguerridos fida’i de Alamut para retenerlo y encerrarlo en aquella mazmorra helada de la que no había salido en meses.

En la fortaleza de los hashshashin sus manos se habían convertido en las de un asesino.

Ya no era un huérfano bastardo queriendo ganarse el amor de su padre. En sus ojos grises se distinguía un odio templado.

Como había soñado Guy de Tarba, el niño que había recogido se había hecho un hombre, con el corazón de pedernal y el alma marchita.

Exactamente lo que le había inculcado el gascón.

—Averiguaré la verdad.

Habló en un susurro, como si Lume pudiera oírle, o el mercenario tuerto, o Ciriaco, o Lúa, o Landra, o su madre. O cualquiera de los que habían quedado atrás y de los que nada sabía, como Egeria, como el viejo Tomás, como Casilda.

Habló para sí porque nadie le quedaba con quien hablar y así evitaba tontear con la locura.

—Averiguaré la verdad y los mataré a todos.

Y sus puños se apretaron hasta que las uñas se clavaron en las palmas de sus manos.

Y sus ojos del color de la ceniza prendieron igual que brasas sobre las que se sopla.

—Los mataré a todos. Pagarán por lo que han hecho.

Lo que no sabía era que, para esa primavera, antes de que los hombres que habían pagado por su cabeza llegasen a Alamut, la fortaleza recibiría una inesperada visita.

El destino, una vez más, se alejaba de su alcance, y su propia vida, una vez más, estaría en manos de otros.

El poni era bajo y greñudo, robusto. Un bayo desvaído con manchas más oscuras en el interior de las patas y la barriga redondeada. Un animal sin gracia si se comparaba con los espléndidos animales de los califatos, pero con una envidiable resistencia para trotar durante horas a lo largo de las inmensas llanuras de hierba. Y duro. Capaz de aguantar el invierno, la nieve y el hielo sin más que mordisquear que líquenes, musgo o hierba seca. Era un caballo de las estepas.

El amanecer era apenas una promesa anaranjada y la noche aún ocultaba la silueta del caballo que, sacudiendo la cabeza, esperaba por su jinete.

Tras unas matas de murta, donde había tirado de las riendas para refrenar la montura y descabalgar a toda prisa, el hombre estaba de espaldas al caballo, de pie junto al tronco de un cedro. Terminó de aliviar la vejiga, se sacudió ostentosamente, orgulloso de su virilidad, dejó escapar un largo cuesco y estiró la espalda entumecida por los largos días de cabalgata y rastreo. Los huesos de su espinazo crujieron igual que un costurón que se rompe. Dejó escapar un suspiro de alivio.

Llevaba una recia túnica, bien acolchada con capas de fieltro prieto, de la mejor calidad. Ni armadura ni espada visible. El arco y las flechas estaban bien escondidos en los pertrechos que colgaban de los flancos del animal, junto a la manta y las alforjas.

Se había despertado con la luna llena todavía en el cielo y había obligado al jamelgo a trotar por aquellos vericuetos entre las montañas durante un buen rato, para alejarse del improvisado campamento en el que había pasado la noche anterior, sin más comodidades que una escasa fogata de excrementos secos de oveja, prendida entre unas piedras y bajo un palio de ramas verdes, todo dispuesto con mucho cuidado para que ni el humo ni la luz fueran visibles.

Era un hombre fornido, de hombros cargados por las largas horas de práctica con el arco. Más bien bajo. De rostro redondo, piel atezada y manos callosas. Sus ojos, casi negros, eran sesgados, de párpados pequeños, y todo en él anunciaba que, como su caballo, era uno de los hijos de las estepas.

Miró en derredor asegurándose de que no le seguían la pista y, tras deshacer unos nudos en la cuerda trenzada que sujetaba la silla, levantó el arzón para sacar algo de la carne que él mismo había ablandado al cabalgar sentado sobre ella.

Ese cordero, seco y especiado, además de un trozo de queso de cabra, duro como una piedra, fueron su magro desayuno. No tenía airag, ni modo de calentarlo; tampoco té, o sal para condimentarlo. Y el día anterior había terminado el agua de su odre, pero, mientras roía el queso, sacó su cuchillo de entre los pliegues de la túnica y, palmeando el cuello de la bestia para calmarla, hizo un tajo ligero en una de las venas que bajaba por la paletilla.

El pellejo del poni retembló como si espantase un tábano y, de inmediato, empezó a manar sangre. El hombre acercó los labios a la herida y bebió hasta saciarse con el líquido tibio. Al terminar, presionó con los dedos el corte, se limpió en la manga de su deel y escupió en su mano libre, donde se las apañó para recoger algo de tierra del camino e improvisar un emplasto con el que selló el tajo para evitar que continuase sangrando sin necesidad.

Reconfortado y satisfecho, sabedor de que nadie lo observaba, dejó escapar otra ventosidad y un mohín de desgana ante la tarea que aún tenía por delante. Pero era un hombre disciplinado, así que volvió a asegurar la cincha de la panza, acarició las crines del pequeño caballo y montó de nuevo con la soltura de quien hace muchos años que dejó de ser atado a la silla. Y era cierto, casi los mismos que hacía que no andaba a gatas.

Estaba cansado y los días de viaje pesaban, aunque jamás se hubiera quejado ante ninguno de sus superiores, como tampoco hubiera demostrado la ilusión que tenía depositada en convertirse en el rastreador que volvería al campamento tras encontrar el lugar que su gente buscaba.

Era un honor haber recibido aquella confianza y, en su fuero interno, estaba convencido de que tendría suerte y sería él quien llevaría la gran noticia de vuelta.

Aquel paisaje agreste de bosques y montañas no le gustaba. Se sentía a gusto en los mares de hierba, donde el horizonte despejado hacía que uno pudiera soñar con la libertad. Al fin y al cabo, su sangre era la de los nómadas de las praderas, y eso pesaba. Pesaba casi tanto como las tradiciones y leyendas de su pueblo.

Ojo avizor, siempre pendiente de no toparse con quien pudiera levantar la liebre, siguió su camino. De tanto en tanto daba un rodeo y buscaba algún desnivel que le permitiera vigilar sus espaldas. O, simplemente, se detenía, se escondía entre los arbustos, obligaba al caballo a tumbarse a su lado y esperaba durante un rato, pendiente del más mínimo ruido.

En ocasiones, como el deshielo dejaba barros abundantes en la vereda, cortaba unas ramas de arrayán y barría sus huellas cuidadosamente.

No se detuvo hasta bien pasado el mediodía, junto a un arroyo en el que se permitió un pequeño descanso y rellenó el odre.

Para cuando la tarde caía la vio por fin, y le costó creer que los dioses habían colmado sus ruegos. La había encontrado.

Colgada en la cima de la montaña, dispuesta como una corona de piedras sobre la testa del monte, hacía honor a su nombre, igual que el nido de un águila. El lugar que buscaban. No le cupo duda.

Era la fortaleza de Alamut. Una sonrisa lobuna le cambió el rostro. Allí, como mujeres asustadas, en un recoveco entre las rocas, sin dar la cara, estaban los escurridizos hashshashin. Los malnacidos nizaríes que se habían atrevido a dar caza y muerte al mismísimo Chagatai, hijo del más grande, vástago del inmenso Gengis. Ellos lo habían asesinado. Utilizando sus mañas arteras y sus métodos sibilinos. Pagados por algún ser indigno y rastrero al que despellejarían. Lo habían matado e iban a pagar por ello, con su sangre y su vida.

Ya habían arrasado otras de sus alcazabas, ya habían cobrado su venganza con cientos de aquellos miserables hashshashin pero aún faltaba su baluarte, su más preciada fortaleza, el lugar del que se habían apoderado con la artimaña de la piel de toro.

Ellos iban a ser borrados de la faz de las tierras bajo el Padre Cielo por haberse atrevido a tal desfachatez.

Él lo había jurado.

Se llamaba Kachiun. Era un orgulloso miembro del clan de lobos, el auténtico, el mismo que había visto nacer entre los suyos al gran señor Temujin, el que había conquistado el mundo para su pueblo, el que había unificado a todas las tribus. Y se jactaba de ello.

Era un mogol. Y, tras él, vendrían miles. Decenas de miles. Ésas habían sido las órdenes: uno de cada diez hombres disponibles bajo el ojo del Padre Cielo, uno de cada diez habían partido desde todos los rincones del Imperio para someter las provincias de poniente y acabar con los mahometanos. Habían cruzado el Oxus sedientos de sangre y conquista. Y todos eran guerreros que, desde su nacimiento, no habían conocido otra cosa que la más férrea disciplina. Entrenados con el arco y la espada hasta la saciedad antes incluso de que sus cabezas pasasen por encima de las pezoneras de los carros, eran los mismos que habían hecho huir como chotos a los keraítas, a los yurkanos, a los uiguros, a los naimanos, a los merkitas, a los ongutos e incluso a los chin, cuya gigantesca muralla no era más que una piedra en el camino ante las hordas mogolas.

Nadie tenía la fuerza o la voluntad necesarias para oponerse a quienes cabalgaban bajo la sombra del gran Gengis.

Y en ese año de la serpiente que recién había comenzado, Alamut caería. El Imperio legado por el kan de los océanos de hierba sería aún más grande. El mayor que conocerían los hombres. Mayor que el de los faraones de Egipto, mayor que el del mismo Alejandro, mayor que el esplendor de Roma. El más grande.

Durante dos días, ocultándose, observó y aprendió hasta el último de los detalles de la inmensa fortaleza. Mantuvo las distancias, pero llegó incluso a adivinar los cambios de guardia en las torres. Y, cuando se dio por satisfecho, cuando estuvo seguro de que no podía averiguar nada más sin delatarse, volvió grupas y cabalgó hacia levante para llevar las noticias.

Su pueblo borraría de la faz de la tierra a los hashshashin. Y en eso, estaba seguro, no se equivocaba.

Después caerían los luros. Luego Bagdad, la gran capital sería reducida a escombros. Más tarde, el mundo entero. Nada bajo el sol escaparía al talón de las botas mogolas. Si el Padre Cielo lo permitía, sus hijos, los señores de las grandes praderas de hierba, dominarían el horizonte.

Todos los horizontes.

No le cabía duda alguna.

Lo que no sabía era que, pocos días después, iba a deberle su vida a un hombre llegado desde el otro extremo del mundo.