Laín

Francisco Narla · Capítulo 5 de 25

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Laín

Estrofa III. El sabor de la miseria

ESTROFA

III

E L SABOR DE LA MISERIA

«… pero los hospitalarios y los templarios estaban poco dispuestos

a seguir al emperador…».

Bellezas de la historia de las cruzadas por M. G.,

traducida al español por Francisco Pérez de Anaya

Al cabo, después de haberse quedado pasmado un buen rato, el viejo pudo hablar:

—Es magnífico, simplemente magnífico —murmuró extasiado.

Tumbada entre Tomás y el crío, Lúa mordisqueaba un currusco de pan duro que le había dado el palafrenero de la torre. A su lado, con sólo la cabeza a la vista, el turón Lisco robaba las migajas y las escondía en el zurrón como si fuera una despensa invernal. En tanto, el viejuco y el niño charlaban animosamente. Laín relataba sus peripecias para descubrir el nido y las largas horas de paciente vigilancia.

—Bien hecho, sí señor —alabó Tomás—. Había que esperar, así es como debe hacerse. Ni muy pronto, ni muy tarde. Justo en el momento preciso. No se pueden coger del nido antes de que las timoneras sean pardas —apostilló el viejo mientras apuntaba con los dedos callosos a la cola del pájaro.

Lo de la caída y el susto, Laín se lo ahorró. No tanto por la mentira piadosa, sino por evitarse el rapapolvo.

Tampoco le contó al vejancón que habían sido dos los pollos. El crío no tenía dudas de que su amigo no hubiera comprendido la pena que invadía a Laín al pensar en el regreso de la madre a una nidada vacía. El palafrenero hubiera preferido tener todas las aves posibles, no fuera a ser que acaeciese alguna desgracia y se quedasen sin ninguna. Aun así, Laín estaba convencido de haber hecho lo correcto.

A un lado, olvidados, habían quedado el hatillo de verdolaga para el aya Casilda y los mechones de tejón que Laín se había acordado de recoger como regalo para quien, sin pretenderlo, había ejercido de abuelo.

En cuanto había llegado a los establos de la torre, el niño le había contado al viejo lo de las hierbas, con lo que había arrancado una sonrisa al rostro cubierto de arrugas.

—Fantástico, se llevará una alegría —había dicho Tomás, contento por Casilda y orgulloso de que el niño tuviera tan buen corazón.

Luego, sacándolas del morral como un prestidigitador de feria, Laín le había dado las crines. Y aquello había ampliado la sonrisa hasta que a la vista quedaron los pocos dientes solitarios que aún tenía el viejo Tomás.

—Qué bien, justo a tiempo para el remonte.

Pero cuando le había ofrecido el pollo, el viejuco se había quedado pasmado, en un silencio de misa y homilía mientras digería la noticia.

Tomás, hecho de arrugas y remiendos, era un hombre fornido que en su juventud había contado con la fuerza de un toro. Meditabundo y cachazudo, tenía siempre el aire pesimista de quien teme haber obrado mal pese a tener la mejor intención. Y, a fuerza de costumbre, no era raro verle tironeándose de los pelos de la nariz hasta que sus ojos empezaban a lagrimear. Llevaba en la torre desde niño; había empezado a trabajar al servicio del padre de don Rodrigo en los días en que los cardenales elegían en Roma al sucesor del tercer Celestino para la mitra papal.

Había vivido mucho y había visto su buena ración de prodigios. A veces, cuando abusaba de los licores en los días santos, se le iba la lengua y contaba cómo, siendo un mozuelo, se había encontrado con una bella lavandera rubia que, tras prometerle un peine de oro, se había sumergido en el río para no volver jamás. Pero nunca en toda su vida, pese al mucho aprecio que le tenía al criajo, hubiera imaginado que aquel mocoso se fuera a presentar con un pollo recién sacado del nido.

Incrédulo, el vejancón sostenía entre sus manos estragadas al pequeño bicho. Y el pájaro miraba a uno y otro lado con desconcierto.

—Es magnífico, magnífico —repitió al fin, tras el largo silencio, extasiado, sin levantar del pollo sus ojos aguados por la edad—. El mismo rey Fernando estaría satisfecho…

Laín ya soñaba con la expresión que pintaría la cara de don Rodrigo, pero, conociendo como conocía al viejuco, también sabía que ahora cambiarían las tornas.

Éste dejó al pájaro en una sola mano y usó los dedos de la otra para arrancarse un manojillo de pelos de las narices. Entonces, Tomás volvió a hablar:

—Es una pena que aún sea tan pequeño —dijo rascándose la coronilla—, no sé si podremos criarlo. Ahora que me fijo, las plumas de la cola apenas tienen color. — Laín sabía que el viejo no podía refrenarse en sus quejas. Lo había recogido del nido en el momento justo, pero el optimismo de Tomás nunca duraba más que un suspiro —. Ay, sería fantástico si se convirtiera en una prima grande y fuerte, pesada, capaz de lanzarse a por las perdices más gordas. Pero eso está en manos del Señor. No sé. Quizá no ha sido buena idea… Hay tantas cosas que podrían salir mal…

Se conocían desde que podía recordar, y ese aire quejumbroso no engañaba a Laín.

—Si sigue vivo para cuando regrese don Rodrigo, no se lo va a creer —continuó Tomás—. Vamos muy justos de tiempo, pero quizá tengamos suficiente para enseñarle a volar como Dios manda antes de que vuelva de la Palestina. Quizá, ay, no sé…

Otro tirón en las narices y unas lagrimillas le resbalaron por el canto de los ojos.

—Va a ser mucho trabajo. Y yo ya no tengo edad para estas cosas —se lamentó —. Hay que ocuparse de ir a buscar arrendajos y urracas con las que alimentarlo, o sisar algo en las cocinas cuando se pueda, y luego habrá que coserle pihuelas y caperuzas, preparar un cimbel o dos con buenas lazadas. Buff… Estoy viejo para estos tejemanejes, demasiado viejo.

A aquel continuo frufrú de quejas Laín estaba acostumbrado; sin embargo, jamás hubiera adivinado lo que su amigo estaba a punto de decirle.

—El problema es que los años no pasan en balde —repuso volviendo a toquetearse la nariz, grande y bulbosa, cuajada de pequeñas venas carmesí—. Y en unas semanas será aún peor. No creo que yo pueda ocuparme de echarlo a volar todos los días. Es una pena, una auténtica pena, pero no creo que pueda atenderlo como es debido. Ya me duelen las junturas cuando me levanto, y con los cambios de tiempo se me agarrotan los dedos —relató, apenado—. Ya no soy un mozo y un halcón es mucha responsabilidad, y mucho trabajo… Es casi una esclavitud. Ay, no sé cómo voy a hacerlo.

El nubarrón de un susto pasó por los ojos de Laín, pues de repente temió que el palafrenero le pidiera que devolviese el pájaro al nido.

—Quizá tú podrías ayudarme —le dijo entonces con una sonrisa pícara, dejando ya de fingir.

—¿Yo?

Tomás asintió y todo su rostro fue un laberinto de arrugas que sonreían sobre piel curtida.

—¿De verdad?, ¿yo?

—¿Quién, si no?, ¿la perra? —inquirió el viejo, deshaciéndose con un papirotazo de más pelillos recién arrancados.

Lúa miró hacia arriba como si hubiese adivinado que hablaban de ella y, al percibir la alegría de su amo, agitó el rabo, con el que barrió el heno seco y los restos que cubrían el rincón de los establos donde Tomás ordenaba las herramientas y organizaba sus asuntos.

Emocionado, Laín se echó encima del viejo, con el tiempo justo para que el otro pudiera alzar la mano y evitar que el pequeño halcón acabase aplastado.

Ése fue uno de los momentos más felices de su vida y, en los años que vinieron, un bálsamo al que recurrir en más de una ocasión. Lo recordaría con cariño hasta la vejez, sin dejar de sorprenderse de la tremenda fragilidad con que el hombre construye su felicidad.

Abrazado a la cintura del palafrenero, tan contento que las lágrimas le asomaban por la comisura de los párpados, Laín no oyó el alboroto. Pero el viejo Tomás sí se dio cuenta.

—¿Qué estará pasando?

El crío se despegó de su amigo y se giró hacia la salida que el establo tenía abierta al pequeño patio de armas de la fortaleza. Más allá del quicio, se veía la luz de la tarde cayendo sobre las piedras grises, las columnas de las galerías y apenas una hilada de los sillares del primer piso, donde estaban las habitaciones. No se distinguía la puerta que salía a las cocinas, tampoco la que bajaba a la bodega excavada en la roca, pero sí la de las escaleras que descendían desde las piezas principales.

Por allí, trastabillando y visiblemente afectada, apareció una de las muchachas del servicio.

—Mientras estabas fuera llegó un jinete, pero se marchó poco después —dijo Tomás sin aclarar nada más.

Lúa fue la primera en salir y, cuando reaccionaron, los otros dos la siguieron al exterior. El palafrenero aún llevaba el pollo en las manos.

—¿Qué sucede, muchacha? —preguntó el viejo ya antes de alcanzarla.

Se llamaba Teresa. Era todo grandes ojos verdes y un rostro redondo al que le sobraban las carnes, con los mofletes eternamente abochornados. Una joven tímida y callada que hacía su trabajo sin protestas. Dulce como los bollos que sacaba del horno de leña en las cocinas, donde estaba empleada. Y ella siempre tenía a mano algunos recortes de masa que darle al pequeño Laín. O un mendrugo de pan untado con un poco de la nata del ordeño del día anterior.

—Hija, cálmate —le pidió Tomás, ofreciéndole el hombro para apoyarse—. ¿Qué ha pasado?

El vejancón, que había vivido más de lo que le gustaba recordar, se olía algún lío con otro de los sirvientes. Aquellas gorduras abultaban el mandil que vestía la muchacha y, si él hubiera tenido treinta años menos, habría intentado convencerla para compartir un rato a solas en el pajar. No sería la primera vez, ni sería la última, que algo así sucedía en la fortaleza; en ésa o cualquiera. Al fin y al cabo, hasta en los conventos caen los pecados, se dijo Tomás.

—¿No te habrán preñado? —inquirió con el ceño fruncido.

Teresa se escapó del abrazo del viejo y el halcón pió indignado por la brusquedad. A Laín se le subieron los colores de pura vergüenza, aún joven para comprender los secretos entre hombres y mujeres.

—¡No! —protestó escandalizada—. ¿Cómo se te ocurre? ¡Viejo verde! Yo soy una mujer decente, temerosa de Dios. Yo jamás…

Tomás entornó sus ojos con desgana. Excusas semejantes ya las había escuchado antes y sabía que la mayoría quedaban en agua de borrajas. Había visto las miradas que la muchacha vertía en Antón cuando se cruzaban, pero decidió darle un voto de confianza.

—Está bien, te creo. Entonces, ¿qué sucede? Habla, por el amor del cielo — insistió impaciente—, ¡habla!

Perpleja, la muchacha se quedó a medias aguas, sin saber si seguir protestando por la insinuación o contarles lo que pasaba.

—¡Habla!

Los ojos redondos de Teresa, de párpados pesados y vacunos, se abrieron por un momento; luego, el enfado se diluyó y la pena regresó a su rostro como una violenta marea que arrastró el color de sus mejillas.

—Es el señor —el dolor, sincero, se dejaba sentir en sus palabras—, don Rodrigo —empezó a sollozar de nuevo—. Han llegado noticias de Navarra —su pecho subía y bajaba con prisa—, sigue en la Palestina.

El viejuco intercambió una mirada con el niño, pero la pregunta quedó en el aire.

—Está perdido —logró decir Teresa con un lamento ronco—, perdido en el desierto.

Por un instante todo fue conmoción. Más gentes del servicio se acercaron y cada cual tenía una nueva ocurrencia que preguntar. Pero la pobre Teresa, abrumada, estrujaba el mandil entre sus manos regordetas y miraba a unos y a otros sin ofrecer otra cosa que balbuceos que se le atascaban en los labios.

No tenía respuestas para todos.

—No lo sé… No lo sé, yo…

Y así era. Poco más podía hacer aparte de titubear. Ella había subido a la planta noble con un refrigerio que ofrecer a doña Urraca. Era la costumbre de la señora cuando se acercaba la hora nona. Normalmente, un cuartillo de la leche ordeñada por la mañana y algún pastelillo de miel.

—Para calmar el estómago antes de irse a la cama —decía siempre la señora.

En el pasillo tras la escalera le llegó el griterío. Y, mientras se acercaba, Teresa puso el oído para escuchar a hurtadillas el vocerío que atravesaba la puerta del salón. En la pieza, con la señora, estaban también el gascón Guy y el muchacho Fruela. Los tres muy alborotados desde la partida del jinete que había llegado por la mañana. Discutían acaloradamente. Hubo palabras que no entendió, pero el tono rabioso del joven era inconfundible.

Dio unos pasos más. Y lo que oyó la puso tan nerviosa que tropezó. A punto estuvo de derramar la leche, y el tintineo a cascajo del jarro que la contenía le sonó a estruendo.

—¿Teresa? —había llamado doña Urraca, después de mandar callar a los otros dos.

La pobre muchacha, intentando evitar el temblor de las manos, había tenido que hacer acopio de todo su valor.

Cuando dejaba las cosas en el salón de la planta alta, junto a la chimenea, en una mesita donde también descansaban las labores de bordado de doña Urraca, a la pobre moza se le blanquearon los nudillos por mor de la tensión, pero no se atrevió a abrir la boca en el silencio que siguió. Los tres en el salón la observaban con impaciencia. El asunto que flotaba en el aire había que tratarlo con prisa y todos querían que la moza terminase cuanto antes.

Salió a todo correr de la habitación, bajo la severa mirada de doña Urraca. No sin ver la expresión angustiada en el rostro tuerto del mercenario gascón y el semblante jubiloso del joven Fruela.

La pobre Teresa había pagado caro el pecado de escuchar a hurtadillas.

Pero no sabía nada más de lo que ya había contado. Sólo había oído retazos de una discusión interrumpida a través de la hoja de la puerta. No tenía más que ofrecerles.

—¡Calma! Mantengamos la calma —pedía Tomás, que ejercía como padre de todos ellos.

Allí estaba Antón, el alto y lustroso muchacho que ayudaba en las caballerizas. También Isabel, que era quien mandaba en las cocinas, y Tancredo, que se ocupaba del forraje de los animales y de atender los frutales. Y el pequeño Nicolasito, que hacía recados para todos, siempre con una sonrisa, y que soñaba con hacerse fraile de Santa María de Sobrado. Incluso la vieja Casilda había tenido tiempo de acercarse. Buena parte de los que trabajaban en la fortaleza se hallaban en el patio, y la noticia los apremiaba a todos, tanto que el viejo no daba abasto pidiendo paciencia. Todo el atrio era un barullo de chismorreos preocupados.

Nadie en la fortaleza le deseaba mal alguno a su señor. En los días de feria oían sobre la vida en otros lugares. Eran conscientes de que en San Paio disfrutaban de un trato justo. Don Rodrigo era encomendero para el monasterio de Santa María de Sobrado, ejercía de merino y de recaudador para la corona de Castilla; tenía, así, una posición segura que cubría como un capote a sus vasallos.

Y más allá del río Minio, hacia el sur, allende Castilla, las cosas podían ser peores. La mayoría de las villas eran sombras de lo que habían sido tiempo atrás, conquistadas y reconquistadas una y otra vez en la lucha eterna contra los sarracenos. Con el paso de los años se había ido ganando terreno a los moros y no hacía mucho que el buen rey Fernando había arrebatado Córdoba a los infieles. Pero la guerra contra los agarenos no se detenía. Los infieles contraatacaban.

En suma, allí eran felices, y sabían que se lo debían a don Rodrigo Seijas. De ahí que estuvieran tan preocupados por la noticia.

Por suerte, para sofocar sus angustias, por el mismo camino por el que había llegado Teresa apareció también el eco de un andar pesado. Precedido por el tintineo de la cota de malla, de las escaleras surgió Guy. Y hacia él se volvieron todas las miradas, ansiosas y suplicantes.

El silencio cayó de pronto en el patio, como un jarro de agua fría. Pero el pollo de halcón, alborotado con todo el jaleo, no entendía de aquellas razones y pió con enfado haciendo que, por un instante, Tomás fuese el centro de atención.

El infanzón, sin embargo, se las había apañado en peores campos de batalla. Miró al pájaro con sólo un atisbo de sorpresa y, tras enderezarse, apoyó la mano en el pomo de la espada colgada a su cintura.

En el rostro curtido del hombre, Laín distinguió algo que no supo identificar. No lo conocía mucho, al menos no tanto como quisiera, pero el crío pensó que, además de la pena, tras el único ojo vivo del gascón había también una chispa de ira.

—Como ya sabéis —empezó a hablar Guy, que pese a los años seguía cantando las frases con ese deje que revelaba su origen franco—, han llegado noticias de Navarra. El rey Teobaldo ha regresado de las tierras santas de ultramar. Su esfuerzo ha sido provechoso —declaró con dignidad, rebuscando las palabras para su discurso —. Gracias a su intervención se han canjeado prisioneros que tenían los turcos en sus calabozos, e incluso se ha firmado un acuerdo con el sultán de Egipto. Lamentablemente, Jerusalén sigue en manos infieles. Allí continúan adorando al falso dios en la mezquita de Omar y no se ha recuperado la piedra misteriosa de Jacob. Sin embargo —puntualizó—, el viaje no ha sido en balde, no debe perderse la esperanza.

A los que vivían, trabajaban o dependían de la torre de San Paio poco les iba o venía con los santos lugares. Aun así, el decoro obligaba al infanzón a ensalzar la expedición del rey navarro y sus logros.

—Ahora bien, me temo que también porto malas noticias —continuó Guy, cambiando las tornas—. Me temo que hubo dificultades.

Uno de los puños de Ana, una lavandera entrada en años que había sido ama de cría de don Rodrigo, acabó entre sus dientes amarillos. La mujeruca se mordió los dedos, enrojecidos de tanto enjugar ropas en las frías aguas del río.

—Se perdieron muchos hombres. —En su expresión se palpaba un lamento por los compañeros de armas caídos—. Algunos fueron enterrados cristianamente, según debe ser. Pero de otros, desafortunadamente, no hay noticias —aclaró con su dejo melódico—. Del señor don Rodrigo y de los hombres de San Paio nada se sabe desde la campaña en Gaza. —El pequeño Laín oía los nombres de aquellos lugares lejanos, intuía lo que había sucedido, pero le costaba creer que fuera la verdad—. Según parece, lo buscaron durante días, aguantando escaramuzas con los turcos, pero quedó atrás en algún lugar de aquellos desiertos dejados de la mano de Dios.

La lavandera ahogó un sollozo y algún hombro entre los presentes se ofreció a recogerla. Teresa empezó a llorar ruidosamente.

Guy estaba a punto de empezar a hablar de nuevo cuando se oyeron gritos que llegaban desde los aposentos, escaleras arriba. Ninguno supo qué decían, pero la aguda voz de doña Urraca resultaba inconfundible.

Todos se volvieron en aquella dirección, sin saber qué nueva sorpresa esperar. Las contras de madera estaban abiertas y, más allá del hueco, se veían los pesados cortinones de bayeta basta, teñida de gris con agallas de roble.

De pronto, por el hueco, salió volando el mismo cuartillo de leche que Teresa había estado a punto de romper. Todos, incluso el halcón, vieron el pequeño jarro cruzar los aires y estrellarse en las piedras del patio.

—¡Jamás! ¡Se acabó!

Los aullidos estaban cargados de rabia y a ninguno le cupo duda de que era la voz del joven Fruela. La respuesta llegó como un murmullo ahogado, y todos imaginaron que era doña Urraca quien hablaba.

La perrilla, desde la puerta del establo, miraba a aquellas gentes, preocupada por la algarabía que cercaba a su amo.

—¡Nunca! —se oyó lejos, como un eco.

Era de nuevo Fruela, jurando entre maldiciones.

Entonces les llegó un nuevo barullo que no identificaron. Un forcejeo, unos gruñidos. Luego todo fue calma. Incluso el pequeño halcón permaneció callado.

Se hizo el silencio, tenso y espeso. Se cruzaron miradas nerviosas.

Lo rompió Fruela. Apareció por las escaleras, igual que una tromba de agua.

Era mayor que Laín, ya tenía dieciséis temporadas. De hecho, antes de marchar a la Palestina, don Rodrigo había empezado a gestionar un matrimonio conveniente para él, posiblemente con alguien de la Corte de Navarra, para mantener en buena salud las relaciones que ya tenía con aquel reino.

Fruela era bien parecido. Los cabellos, ensortijados y rebeldes, le barrían la frente; sus ojos, vivaces, tenían el color de las avellanas. Iba vestido como cualquier infanzón, con cota de malla y capa acolchada, todo de buena factura. Aunque no llevaba tahalí o espada. Cierto era que tenía algo del aire zancudo de su madre; sin embargo, gracias a lo que había heredado de su padre, su aspecto era más galán. Tanto como para que algunas de las mozas del lugar sonrieran cuando lo veían, al menos hasta que aprendían que aquello no era una buena idea, pues corrían el riesgo de que Fruela quisiera aprovecharse de sus atenciones.

Apresurado, caminaba con largos trancos, lleno de aspavientos y enfurecido, directo hacia el hombre de confianza de su padre.

—Mi madre está indispuesta —le chilló a Guy como si le hablase a un viejo sordo, sin mirar a los demás—. Las malas noticias le han afectado mucho…

Calló por un momento, enigmático.

—Pero ambos creemos que no hay tiempo que perder —continuó—. A falta de noticias de mi padre, hay decisiones que tomar. Ya hemos acordado que harán falta más hombres. Mañana mismo enviaremos una partida —espetó al infanzón—; habrá que ir a Pambre, a Maceda, a Doiras… —gesticuló en todas direcciones con apremio —, adonde se nos ocurra, pero necesitamos más hombres en la torre.

—¿Queréis organizar una partida para viajar a ultramar?

Por un momento hubo desconcierto en el rostro acalorado del muchacho.

—Sí, eso es. Necesitamos hombres para viajar a la Palestina, ¡cuanto antes!

Laín pensó que mentía, aunque no dijo nada. Sabía que no tenía derecho a intervenir. Y su hermanastro no le gustaba. Desde que podía recordar, Fruela había aprovechado cualquier oportunidad para retarle, sacudirle o, simplemente, ponerle la zancadilla. Y las cosas habían empeorado después de la gracia que don Rodrigo le había concedido el día de su partida.

—Está bien, lo organizaré mañana —concedió Guy—. ¿Mando a alguien al monasterio para que vengan los monjes a atender a doña Urraca?

Ya era tarde. Fruela, más calmado, había tenido tiempo de asimilar lo que tenía ante sus ojos. En cuanto vio el pequeño halcón en la mano del viejo Tomás, empezó a buscar a Laín entre los que allí estaban.

—Si lo envío ahora mismo —Guy hablaba, pero su nuevo señor no le escuchaba —, podría llegar a tiempo, antes de que anochezca…

El heredero de San Paio no le dejó terminar. Autoritaria, su mano se alzó para ordenarle al gascón que se callase.

—Tú, malnacido bastardo, ¡tú!

De sus ojos salían chispas y la sonrisa que le torció el rostro tenía algo maléfico.

—¿Qué pensabas? Eh, ¿qué pensabas? ¿Que por un halcón ibas a ocupar mi lugar, que podías quitarme lo que me pertenece…?

Laín no respondió. Se mantuvo donde estaba, en silencio, lo más erguido posible. Los demás se fueron apartando mientras el muchacho avanzaba hacia el niño, apuntándole con un dedo.

—¿Acaso crees que el hijo de una puta barata puede aspirar a poseer tierras? Sí, una puta, eso es lo que era —chillaba, y entonces la voz se hacía aguda, a veces temblaba por la rabia, le salían espumarajos entre los dientes. Todos se dieron cuenta de que aquello llevaba mucho tiempo bullendo en el interior de Fruela y que la desaparición de don Rodrigo había dado alas a una ira contenida—. Ella una puta y tú un bastardo. No, ¡no! Un animal, eso es, un animal. Por eso te entiendes tan bien con todos esos bichos —dijo con desprecio, señalando hacia Tomás y el pollo de halcón que aún sostenía.

Los grandes ojos de Teresa estaban abiertos como platos y la grasa de su barbilla temblaba de preocupación. Ella había tenido que aguantar los pellizcos y los abusos de Fruela. Había visto una parte de su crueldad. Temía por Laín, por todos ellos. Empezó a bisbisear un padrenuestro rogando porque don Rodrigo siguiera vivo y regresase cuanto antes.

—No eres más que una bosta de vaca —siguió Fruela, haciendo el gesto de apartarse de la cara las moscas molestas de una tarde de verano—, ¡un bastardo apestoso!

Guy se fijó en el niño, firme y callado, aguantando la ventisca con entereza. Siempre le había caído bien aquel crío, pero le gustó más aún en aquel instante.

No se detuvo, nada podía hacerlo ya. Fruela arremetió contra Laín con las dos manos, empujándolo con toda la fuerza que pudo imprimir al golpe.

Al niño se le escapó el aire. Cayó de espaldas con un golpe seco, repicando las magulladuras que ya cubrían su cuerpo, mientras el otro seguía gritando cuantas obscenidades se le ocurrían.

Parecía dispuesto a abalanzarse sobre él. A acabar con él allí mismo, a base de patadas.

Entonces, apareció Lúa.

El animal corría hacia su amo, ladrando.

El sabor de la sangre en la boca le trajo un recuerdo lejano; una vez en la que había mordido una moneda porque eso había visto hacer a los mayores.

Quiso girarse para mirar hacia su amiga, pero llegó otro puñetazo que le sacudió la quijada haciendo que le retemblasen todos los dientes. Fruela estaba a horcajadas sobre su pecho, enfurecido, gritando, descargando un golpe tras otro. Aprovechándose del palmo que le sacaba de alto y de las dos arrobas que le ganaba de peso. Laín nunca había recibido castigo semejante.

Su hermanastro le había pegado otras veces. Tiempo atrás se había caído de un árbol intentando descubrir un nido de verderones. Siendo aún más niño había sufrido de destemplanzas que lo agotaron y le hicieron pasar tanto frío que le castañeteaban los dientes. Nada anterior se acercaba siquiera. Jamás había sentido que hasta la última onza de sus carnes se deshacía.

Pero eso no le importaba.

Todo parecía haberse vuelto espeso y amargo. Ya no era más que un pelele, incapaz de defenderse. Aunque no sentía el dolor. Incluso, tumbado como estaba, boca arriba, cuando el bracear de Fruela se lo permitía, veía el azul del cielo lejano, que se teñía ya de ocre hacia la noche. Incluso olió el aroma lejano de las malvas que crecían entre las hiladas de piedra que alzaban la fortaleza.

En la lejanía advirtió los rumores, las frases atemorizadas de la gente. Los gritos ahogados de Teresa.

Nada de todo eso le importaba.

Tampoco el tormento que se derramaba por todo su cuerpo como aceite hirviendo.

Lo que en verdad le lastimaba era escuchar a su amiga.

Lúa había protegido a su amo. El niño no se había movido. Conocía a su medio hermano. En su corta vida había aprendido a ejercer su papel de bastardo. Pero la perra no comprendía a los hombres. Sólo había querido cuidar del niño.

Ladrando, gruñendo, con los belfos arrugados y espumarajos colgando de los colmillos. Laín la vio. Incluso advirtió en su morro unas migas del mendrugo que Tomás le había dado una eternidad antes. Le había gritado, con todo su corazón. Pero Lúa no había obedecido y, al escucharlo, Fruela había caído en la cuenta de dónde podía hacer daño de verdad.

La patada fue brutal. Una descarga de furia contenida largo tiempo. Y de la perrilla quedó colgando un gañido lastimero al que siguió el grito de horror de Laín.

—¡Como tu madre!, ¡una perra!, ¡una perra pulgosa!

Y Laín se había echado hacia ella, pero la mano de Fruela lo había detenido con un tirón seco.

Comenzaron los golpes. Uno tras otro. Sin pausa. Con las rodillas, con los codos, con los puños. Con la ira que llevaba encarcelada toda una vida.

El suelo lo recibió con un costalazo. Y su hermanastro no se detuvo. Ya jadeaba por el esfuerzo, pero el odio le daba fuerzas.

Intentó girarse hacia Lúa, quiso desembarazarse del peso de Fruela sobre su pecho. Apenas se pudo arrastrar poco más de un codo, y barrió con la espalda estiércol fresco de caballo; quizá lo había dejado el mismo mensajero que había traído las noticias de Navarra.

La perrilla estaba un poco más allá, desmadejada. Con el cuerpo estropeado por los huesos rotos, con una de las patas en un ángulo extraño. De su boca colgaba la lengua, empapada en la sangre que le salía de las entrañas. Temblorosa, intentaba gatear hacia su amo. Sus ojos dulces lo miraban sin pestañear, amándolo con devoción.

Lo intentaba, hacía cuanto podía por ponerse en pie e ir hacia él.

—¡Bastardo! ¡Hijo de perra!

No le importaba, nada le importaba. Sólo los reflejos que veía en los ojos de su amiga.

Pensó en mamá. Recordó el día en que había tenido el valor de presentarse en la explanada. La cruz de tela encarnada que le había dado su padre. Estaba más allá del abismo y se sintió igual que unas horas antes, cuando se había caído desde el repecho de piedra.

El sabor de la derrota no era amargo, era intragable.

No le dolían los golpes, lo que le dolía era escuchar los lamentos de Lúa. La perrilla lo llamaba.

—¡Basta! ¡Es suficiente!

Tras los aspavientos de Fruela apareció un borrón difuso.

—¡Basta! —chilló Guy a pleno pulmón.

Aquello pareció detener a su hermanastro, que, jadeante, comenzó a levantarse.

Laín oyó que el infante gritaba algo más, pero no lo entendió. Y no le importó. Se volvió sobre su espalda y empezó a arrastrase hacia su amiga.

Con ese sencillo gesto, todo volvió a empezar.

Esta vez fue el niño el que recibió la patada. Y Laín se encogió por un momento, escuchando desde muy lejos el insulto que el viejo Tomás se había atrevido a espetarle al heredero de San Paio.

—He dicho que es suficiente, ¡basta!

Pero llegó otro puntapié bajo el que algo crujió en el pecho de Laín. Sintió una punzada de martirio atravesándole el bofe, derramándose en sus entrañas, inmediatamente, tomar aire fue un suplicio. Pero siguió arrastrándose.

—¡No lo consentiré! Tu padre no lo hubiera hecho —añadió Guy bajando la voz.

Las últimas palabras del gascón parecieron surtir efecto. La sombra de don Rodrigo seguía pesando demasiado, incluso desde los desiertos de Gaza.

Pero la pesadilla no había terminado.

Fruela miró con odio al infante, escupió al suelo, inspiró hondo para recuperar el aliento y se volvió hacia el bastardo. El medio hermano que amenazaba su posición. Los derechos que él creía indiscutibles.

—Ahora soy yo el que manda en estas tierras —dijo con un murmullo que burbujeaba ira—, ¡son mías!, ¡mías! Y yo soy el que rige el destino de todos y cada uno de los vasallos de San Paio. —No le hizo falta alzar la voz, entrecortada por la falta de resuello; le bastó mirar a los congregados en el patio, deteniéndose en cada uno—. Yo soy el nuevo señor de la torre. Mi palabra es ley.

A Laín le dio igual, él sólo miraba a su amiga. Ambos se arrastraban como podían, el uno hacia el otro.

La pausa le dio oportunidad a Fruela para ver lo que estaba pasando y sus labios se torcieron en una sonrisa que enseñó sus dientes.

Todos se dieron cuenta de lo que iba a pasar en ese mismo instante. Tomás se atrevió a correr, aunque no llegó a evitar la desgracia porque el mozo Antón, convencido de que el viejo acabaría muerto, lo retuvo, sujetándolo con fuerza por los hombros. Casilda arrastró con sus manos estropeadas la pañoleta negra con la que se sujetaba los cabellos, la estrujó ante su rostro arrugado, tapándose los ojos. Le lechera Teresa ahogó como pudo un sollozo.

Le bastó dar dos pasos. Alzando el talón lentamente, Fruela se preparó. Vertió sobre Laín un vistazo que rezumaba odio.

Lúa no se dio cuenta. Sólo tenía ojos para su amo y seguía obligándose a avanzar, dejando tras ella rastros de sangre que salían por los recovecos de su cuerpo maltrecho.

—¡Noooo!

Fue lo único que tuvo tiempo de decir.

Un lamento que gritó con todas sus fuerzas. Y la palabra se ahogó en el crujir de huesos. Sonó como un estacazo entre ramas secas. Como piedra rompiéndose bajo la helada.

Sólo era un niño. Y jamás se había sentido tan solo.

La tierra se abría bajo sus manos y sus lágrimas caían en el socavón que, poco a poco, iba creciendo.

Los sollozos le hacían difícil respirar. En sus mejillas se mezclaban mocos, saliva, sangre y la misma tierra que arrancaba penosamente del suelo del bosque. Su rostro amoratado era el mapa de los golpes recibidos. En sus heridas empezaban a secarse costras pegajosas que dolían con cada gesto. Apestaba a estiércol de caballo.

Era el más miserable de los miserables.

A un lado, la tumba de mamá. Al otro, el cadáver de su amiga.

Qué más podían arrebatarle si nada más tenía. Únicamente el dolor profundo de su soledad.

Allí, bajo el palio de las hojas de los árboles, junto al crucero que marcaba un viejo camino olvidado, terminaban los desesperados.

Era el lugar de los anxiños, el purgatorio de los angelitos, donde, según decía el viejo Tomás, penaban las almas de los más pequeños. Los bebés que morían antes de que un hombre recitase las palabras sagradas que les abrían las puertas de los cielos por el mero hecho de bautizarse. Y allí terminaban también los desgraciados que no encontraban otro camino que el de quitarse la vida. Y las madres que cometían el pecado mortal de enamorarse y tener un hijo fuera de un matrimonio bendecido por la Santa Madre Iglesia, dueña y señora de la providencia y los designios divinos. Ninguno de aquellos desdichados tenía el derecho de ser enterrado en suelo sagrado porque habían salido de este valle de lágrimas envueltos en el siniestro bordado del pecado mortal. Por suerte, en cientos de encrucijadas escondidas en las montañas había cruceros de piedra que ofrecían consuelo a los desesperados y al duelo de sus familias.

Era un cerro a menos de una legua de la fortaleza. Un lugar de paso olvidado por los años. Y también el improvisado cementerio de quienes no tenían derecho a unos palmos de camposanto en el patio de una iglesia.

Pero Laín lo conocía bien, muy bien. Allí le había ayudado el viejo Tomás a enterrar a mamá inviernos atrás. Y allí había llevado a su amiga. Porque no tenía ningún otro sitio adonde ir.

La escalada por el roquedal de unas horas antes le había despellejado las manos. Ahora las tenía en carne viva. Pero no le dolían.

No le dolían los dedos magullados, ni las uñas resquebrajadas, ni los golpes que había recibido. Sólo le dolía el alma, porque no era más que un niño al que le habían arrebatado todo.

Los dos brazos de la cruz, tallados en granito oscuro, tendían una sombra que se alargaba a medida que el ocaso crecía. Habían visto la miseria de muchos. Allí acudían los desconsolados, los que ya no tenían otra esperanza. Pero nunca antes nada semejante. No hubo jamás amante más celoso ni caballero más galante. Ningún cantar. Ninguna gesta. Nada que un trovador hubiera escrito jamás podría haber contado lo profundo de aquel amor y lo terrible de aquel dolor.

Después de abrir la fosa, cogió el cuerpo entre sus brazos agostados y caminó, tambaleándose hasta un arroyo cercano, el mismo donde cada otoño, junto a ella, recogían zarzamoras con las que se hacían dulces en las cocinas de la torre. Allí la limpió.

Desenredó los nudos del pelaje con dedos temblorosos, soltó restos de hojas de los mechones y una aguja de pino marchita que había quedado prendida entre las orejas. Se ocupó de que estuviera casi tan linda como cuando, por las mañanas, lo despertaba con lametones alegres, saltando de un lado a otro, dispuesta a seguirle hasta el fin del mundo.

Lloró hasta la última de sus lágrimas mientras peinaba aquellas greñas que tantas veces había acariciado. Y el agua del riachuelo se llevó la sangre de ella y el llanto que él derramaba.

Mientras regresaba hacia el crucero, con su amiga en los brazos, la noche empezó a teñir los árboles al oeste y él tarareó las mismas canciones que mamá le había cantado. No sabía plegarias, ni misas de réquiem. No sabía nada, era sólo un niño. Pero le cantó a su amiga con lo que salía de su corazón, porque ella siempre había estado a su lado. Ella nunca le había mentido, jamás le había traicionado.

Y sonrió al recordarla. Aquella vez que se había clavado una espina y lo había seguido, cojeando sin protestar. Y cuando el río lo había arrastrado mientras intentaba pescar unas truchas para el viejo Tomás, ella se había echado al agua, para salvarle, y los dos habían acabado en un pozo corriente abajo, empapados y doloridos, pero riendo, contentos de seguir vivos y sofocando el susto con juegos compartidos.

Pese al frescor que empujaba el anochecer, cuando regresó a la fosa recién abierta se quitó la camisa. No era más que una modesta prenda de lino, usada y remendada, pero era cuanto tenía y se la cedió sin dudarlo. Sin otra cosa a mano, sin dejar de cantar aquellas mismas nanas que recordaba, el niño envolvió a su amiga en la tela con manos temblorosas.

Tan absorto estaba, tan abatido, que ni siquiera se dio cuenta de que alguien lo observaba desde la vereda del viejo camino.

En la antigua encrucijada, bajo el crucero de granito donde musgo y líquenes eran el único retablo del crucificado, Laín empezó a cubrir con tierra la mortaja. Puñados que caían en la tela sucia y sobada, cada uno de ellos una nueva herida.

En sus costados se veían los moratones, que crecían tras la paliza que había recibido. Los cardenales, las heridas, la sangre y la suciedad lo cubrían. Era una triste y patética figura que se recortaba contra el horizonte donde se ponía el sol.

Las convulsiones de su llanto incontenible.

La fragilidad de su cuerpo sin hacer.

En aquella luz oxidada, el niño enterró a su amiga. Y también enterró su niñez.

Apenas hubo terminado de palmear la tierra de la tumba, sólo le quedaron fuerzas para arrastrar un par de piedras que, años antes, un cantero había labrado para servir de peana al crucero. Una vez colocada la triste lápida, se derrumbó.

Quedó a merced de la oscuridad que empezaba a tragarlo todo.

Y no le importó, ya nada le importaba.

Entre los árboles, un búho hizo la primera pregunta de la noche y, poco después, unos pasos cargados, tintineantes de metal, se acercaron a las tumbas. Y al chico.

Laín no los escuchó.